martes, 26 de julio de 2016

PARA UN LUCIDO 13 DE OCTUBRE

12 DE OCTUBRE.
¿DESFILE MALAGUEÑO DE LOS PUEBLOS HISPANOS?


Si alguien conoce asociaciones de paraguayos, argentinos, bolivianos, colombianos, mexicanos o venezolanos en Málaga, le rogamos que nos lo indique en nuestro e-mail:
ciriacodp@gmail.com
Este Club, en su lucha por el rescate histórico de Málaga, trata de poner en marcha un DESFILE DE LOS PUEBLOS HISPANOS EL 12 DE OCTUBRE. Sabemos que existen hermandades muy activas de las nacionalidades citadas, y que todcas ellas tienen grupos culturales y folclóricos que se prestarían a un lucidísimo desfile de Hispanidad.
Por favor, escríbannos a
ciriacodp@gmail.com

martes, 5 de julio de 2016

INTENTAN ORGANIZAR EL PRIMER CORO GAY DE MÁLAGA

INTENTAN ORGANIZAR EL PRIMER GAY CORO DE MÁLAGA
Un grupo de paisanos muy inquietos y, al parecer, dispuestos a que Málaga “se abra”, como quería Federico García Lorca, intentan organizar en Málaga uno de los primeros coros de hombres gay de España. Ruienes deseen intentarlo y probar, pueden escribir a
jonfer2052@gmacil.com
Cuatro ejemplos de coros gay de Madrid, México, Londres y Los Ángeles;





lunes, 30 de mayo de 2016

Tercer cuento de LA HORA DE 3.000 AÑOS

Publico la primera parte del tercer cuento de mi colección "Unahistoria mítica de Málaga"

LA cabeza del dio0s

III - La cabeza del dios
El chamán no era compasivo ni había tratado jamás de parecer cordial. Tampoco había disimulado nunca su intención de ser tenido por cruel o extremadamente cruel. Meng miró de reojo a su compañero de condena; aunque consideraba que era un poco más viejo, parecía más joven que él, y ni siquiera giró el cuello mientras se adelantaba, por no verlo quedarse atrás y sentarse a dudar sobre un tronco abatido por un rayo; tenía miedo. Ah tenía miedo, una novedad demasiado inesperada. ¿Era el chamán el que conseguía ese efecto? Tenía que ser eso; A Ah le atemorizaba la indiferencia con que el chamán perforaba el pecho de los sacrificados y bebía su sangre. Nunca antes había visto flaquear la determinación de su compañero. Debía alegrarse, pero tenía que fijarse bien en lo que el chamán hacía y decía.
Ah tenía que haber conocido más de quince soles, pero exhibía jactanciosamente una fuerza y un poderío que Meng envidiaba desde que tenía memoria. No sabía poner nombre a ningún sentimiento, ni la envidia ni el placer, pero deseaba poseer el poder de Ah, que siempre fuera tan imbatible, y ahora, ante el chamán, flaqueaba tan ostensiblemente.
Meng nunca estaba del todo seguro de en qué mundo vivía, el placentero y luminoso que recorría después de dormirse en el fondo de la cueva o el sudoroso donde pasaba la mayor parte del tiempo buscando comida, siempre con Ah, nunca sin él. Después del cansancio, al rendirlo los demonios de lo oscuro, hablaba reposadamente con seres refulgentes, tan bellos como la luna llena. Uno de esos seres, acudía con frecuencia a recibirlo en su jardín; sólo tenía pelo en la cabeza, una larga fronda amarilla que le llegaba a las pantorrillas; el resto de ese ser era sonrosado como una flor al estallar, a diferencia del suyo y el de Ah, que eran como mantos de yerba seca. No recordaba haber tocado nunca a ese ser, sólo tenía constancia del apremio de su deseo, que nunca era capaz de dilucidar si consistía en hambre o embrujo; tal vez quería comérsela porque debía ser deliciosa de paladear o tal vez deseaba adorarla como una diosa, pero el chamán no hablaba jamás de diosas en femenino. Ahora, el único mundo era el de las penalidades, y le tocaba penar junto a Ah. Con él. Temiendo quedarse sin él.
De reojo, vio que Ah continuaba sentado en el tronco, resistiéndose a obedecer la orden del chamán. Meng, en cambio, se arrodilló de inmediato, esperando lo que se le asignarse; podía ser un gigantesco pedrusco que le partiera la cabeza, un afilado pedernal que abriera su pecho o una antorcha ardiente que cauterizara sus ojos.
La condena se la habían ganado, tanto él como Ah, por disputarse violentamente los favores de una hembra, la más casquivana de la tribu. Ambos sabían de sobra que Tarna regalaba sin límites sus mieles a todos los machos en edad de hacerle sentir placer; lo único que Meng y Ah habían hecho mal era tratar de matarse mutuamente, por unos favores que ambos podían haber conseguido sin ninguna clase de dificultad, si no hubiesen pretendido gozar de Tarna el mismo día y a la misma hora, puesto que nunca se separaban.
El chamán actuaría tan expeditivamente como siempre. Los dos condenados sabían que los chamanes de otras tribus se comportaban de manera diferente; convocaban a los más ancianos de la tribu, se reunía una especie de asamblea y aunque el poder de resolución de los chamanes fuera siempre igual de indiscutible, al menos los demás hacían participes a sus respectivas tribus de la clase de condenas que dictaban. El chamán de su tribu, no. Arrodillado, Meng miró el reguero de su sangre que se mezclaba con la tierra; sentado en su tronco, Ah también continuaba sangrando, pero sin compadecerse de sus heridas, el chamán se alzó ante ellos en actitud altiva, indicó con el índice derecho hacia el norte, mientras señalaba cinco con la otra mano.
Meng notó que Ah, con los ojos cerrados, trataba de no enterarse de la orden. Por ello, y como la condena ya había sido dictada, abandonó la postración y, acercándose a él, le tendió la mano para obligarlo o ayudarle a alzarse. Tenían que caminar cinco noches completas, siempre en pos de aquel misterioso lucero que todos ellos adoraban, porque así lo habían ordenado los dioses. Al quinto día, tales dioses les dirían qué debían hacer. Era la palabra del chamán que nadie podía discutir.
Durante cuatro noches, siguieron a través de la selva un sendero ascendente. Tan empinado, que no paraban de jadear. Tuvieron que enfrentarse a feroces animales que nunca habían visto, sobre todo los onagros chillones cuyos aspavientos alertaban a todo el bosque. Eran otra clase de seres. Gruñían, relinchaban o rugían, pero ninguno era capaz de decir su nombre ni decirles cualquier otra cosa, sólo querían matarlos. En muchos momentos, Meng cubrió con su cuerpo el de Ah para protegerlo mientras se libraban de los rugidos; en otros momentos, era Ah quien protegía a Meng. Sorprendentemente, ambos se protegieron, porque sería más fácil sobrevivir los dos que uno solo y, sin saberlo, ninguno de los dos creía que pudiera vivir sin el otro.
Nunca llegaban a saciar el hambre del todo. Como habían tenido que emprender desarmados la condena, no podían cazar más que seres pequeños que sabían de antemano que no podían comunicarse, pero eran castañas y otros frutos lo que más comían. Siempre al borde del desfallecimiento, no les aliviaba el baño en las pozas ni devorar raíces o legiones de insectos. El hambre era un agujero sin fondo en su cuerpo. Una tronera por donde se les escapaba el orgullo, el odio, la rivalidad y el rencor. Sin acordarlo, dormían las tardes completas, por turnos; uno soñaba misterios mientras el otro velaba y constantemente se protegieron como si jamás hubiesen querido matarse. Pero, ahora, nunca volvía Meng a entrar en el jardín del ser sonrosado de melena dorada. Algo estaba ocurriendo. El poder de la condena del chamán les alcanzaba allí donde estuvieran, aunque les separasen de él montañas monstruosas. La condena abarcaba toda su vida, sólo podían liberarlos los dioses cuando cumplieran sus órdenes.
Cada vez que se hundía el sol, los ruidos de la selva transportaban demonios terribles. Cuando los dioses permitían que volviera, los demonios sólo se escondían tras las rocas o entre las raíces de los árboles, al acecho. Ya no tenía que temer las miradas o las acometidas de Ah, ahora era su aliado, como lo había sido siempre hasta la irrupción en sus cuerpos de aquella clase nueva de placer.
Vieron el cuarto amanecer desde un promontorio, desde donde divisaron una extensa llanura. La temperatura era muy inferior a la de las piedras calientes junto al gran paisaje de agua que habían abandonado allí abajo. Ahora sentían frío. Habían ultrapasado, a su izquierda, una muralla divina hecha de piedras cortadas por desconocidos titanes, una especie de espinazo gris de animal imaginario, a cuyo lado pasaron sigilosamente, por temor a despertarlo.
Ah señaló un punto indeterminado. Meng notó que deseaba ordenarle algo, pero no podía obedecerle y miró hacia el lado contrario. Los dos eran simples exiliados, condenados a no sabían todavía el qué.
La llanura era más verde que el paisaje junto a la gran superficie de agua, pero con menos árboles. No había nada que anunciase tribus; ni humo ni el resplandor madrugador de fuegos dispuestos para los primeros alimentos; los únicos signos de vida eran varias bandadas de aves muy grandes que, a lo lejos, se dirigían al sur. Pese a lo mucho que se odiaban, tanto Ah como Meng se comunicaban sin apenas sonidos, con sólo algún gesto y constantes miradas. No sabían si compartían madre o padre, pero no recordaban haber estado jamás lejos el uno del otro. Lo más sobresaliente eran los retozos alborotados mientras los zarandeaban las ondas líquidas llenas de misterios y maravillas. Siempre permanecían uno al lado del otro, en las disputas por la comida, en las persecuciones de rivales comunes, en las luchas contra seres peludos que les doblaban en altura y podían comerse, y en el recreo del ronroneo al sol. Todos sus recuerdos eran a dúo; las cacerías; las incursiones en la procelosas aguas en busca de aquellos animales tan resbaladizos; los bailes ceremoniales; los juramentos de sangre. Los primeros aprendizajes del placer, que fue lo que les inclinó a odiarse. Pero ignoraban por qué nunca se habían separado.
Los ojos de Ah dijeron “vamos abajo”, Meng asintió tras una corta vacilación y ambos emprendieron el descenso. Cuando la pendiente acabó, comprendieron que todavía les quedaba un largo trecho por recorrer, porque el sol tardaría en hundirse. Pararían una vez que refulgiera del todo el quinto amanecer.
Una vez que dieron por culminada la primera parte de su condena, el camino, se echaron despreocupadamente a dormir. No sabían cuándo ni dónde llegaría el mandato de los dioses; debían aguardar mansa y humildemente. Al menos, Meng lo consideraba así pese a la actitud incomprensible de Ah,que no mostraba la paciente mansedumbre a que les obligaba la condena.
Los dioses no les hablaban. Llevaban acampados tanto tiempo en el mismo lugar, que se comunicaron la intención de fundar un poblado allí mismo, pero no había mujer para comenzar el poblamiento. Y no podían volver atrás ni seguir adelante. El tiempo pasaba sin recibir sonidos en ninguna de las dos vidas, la del día ni la de la noche. Un día, despertaron temblando a causa de un desconocido fuego blanco, que les escocía en la piel y enrojecía sus dedos. Habían asistido a la desaparición de las hojas de todos los árboles, seguramente por el maleficio de algún dios desconocido, pero ese fuego blanco era todavía más extraño y mucho peor.
El fuego blanco les impedía echarse en el suelo, les obligaba a temblar con los miembros descontrolados, y tuvieron que moverse. Siempre dormían entre las zarzas, en procura de que los temblores se calmaran, pero esa tarde no encontraron ninguna, sólo una extensión verde sin ningún abrigo a la vista. La primera parte de la noche no consiguieron dormir, por lo que se afanaron en amontonar las piedras más pesadas que encontraron, para componer un pequeño abrigo, hasta que el agua de su piel empezó a convertirse en humo. Meng se preguntaba a cada paso en qué momento trataría Ah de partirle la cabeza con una de esas rocas, pero dejó de preguntárselo cuando ya no era capaz de ver su cara, envueltos ambos por las tinieblas. Cayeron exhaustos, sin capacidad de recordar preguntas ni miedos.

martes, 17 de mayo de 2016

COLECCIÓN QUE LLEVO 3O AÑOS ESCRIBIÉNDOLA



LA HORA DE 3.000 AÑOS

      COLECCIÓN para ilustrar el conocimiento de la verdadera

 antigüedad del poblamiento de la bahía de Málaga. 


     
    Una historia mítica de Málaga contada en 30 cuentos, que estos meses trato de completar, porque una institución se ha interesado por ellos. 

Títulos:

I - El templo del Cataclismo.
II – El túnel del agua
III - La cabeza del dios
IV - Llamadla Reina 
V - El muchacho de Tiro
VI - Púrpura
VII - La hetaira del ágora.
VIII - El jardinero de las palmas.
IX - El senador y la esclava
X – Factoría de garum.
XI - Enamorados del atrio.
XII - Dos llamitas azules.
XIII – El templo de Chindasvinto.
XIV – La revuelta imposible.
XV - Un árbol para ahorcar.  
XVI - El perchelero de Nápoles.
XVII -  Peste y sangre
XVIII - Todos somos uno..
XIX - LA TORRE OFRECIDA.
XX - La alcubilla de Capuchinos.
XXI - La noche de los cuchillos largos de Napoleón.
XXII - El noray del gitano Heredia
XXIII - El fantasma de la orza.
XXIV - La emparedá.
XXV - El cenador de la bella.
XXVI - Mardito bisho 
XXVII - Ancha del Carmen.
XXVIII - La Virgen de la Peña
XXIX - El boquerón de la suerte.

XXX - Poseidón furioso

jueves, 28 de abril de 2016

NOVELA INÉDITA QUE ESPERO PUBLICAR PRONTO

Esta novela la escrbi a principio de siglo, 
con la sola idea de reirme yh hacer reír.
INTUYO QUE PODRÍA PUBLICARSE PRONTO.


Los Tercios de Omar Candela

Luis Melero                                      

TERCIO DE SUEÑOS
  
I – CAPEA

Don Juan Tenorio, ¡ése sí que se comía todas las roscas que le daba la gana! A su lado, lo de Jesulín parecía cosa de niños de colegio de curas, por mucho que el Cañita se lo propusiera como ejemplo de fortuna con las mujeres, pintándole el paraíso que conquistaría si se arrimaba un poquitillo más a los bureles.
Omar Candela tenía diecisiete añitos cabales, floridos en el porte sandunguero de quien se siente arropado e impulsado por el clamor de su pueblo, con el alcalde a la cabeza, capaces munícipes y vecinos de perdonar a la gloria local los dos novillos que habían sido devueltos vivos al corral la semana anterior y los muchos más que habían escuchado los tres avisos meses atrás. Nadie en Cártama le acusaba de cobarde por  perder el resuello en los ruedos huyendo de los toros, ya que el brillo del traje de luces les cegaba y sólo conseguían ver el resplandor que el chiquillo podría, algún día, proyectar sobre su paisanaje. Ahora, sentado por primera vez en su vida en la butaca de un teatro, Omar tenía las cosas más claras. Lo de Jesulín resultaba brumoso por muchas bragas que le tiraran en las plazas, porque no era capaz de imaginarse a sí mismo reinando en un cortijo que valía una pechá de millones y emulando a Tarzán, rodeado de bichos todavía más peligrosos que los toros. En cambio, lo de don Juan sí tenía color, porque el gachó no necesitaba jugarse la vida para que las titis se abrieran de piernas con entusiasmo y sin más pretensión que el placer. Sin pejigueras.
Esa tarde, Manolo el Cañita había llegado a Cártama con una de sus frecuentes rarezas:
-Escucha, niño, necesitas una mijilla de pulimento, porque la última vez que te entrevistaron por la radio, en vez de un mataó de novillos parecías un asesino del idioma. Mira, he comprao dos entrás pa "Don Juan Tenorio", que lo dan esta noche en el Cervantes. A ver si te fijas en cómo habla la gente.
Y, sin permitirle protestar, le había empujado dentro del Clío echando a correr hacia Málaga, porque sólo faltaban noventa minutos para la función y a esa hora el tráfico tenía mandanga.
Aunque ir a un teatro le parecía propio de maricones, ahora se alegraba de no haber podido escaparse del Cañita, cosa que intentó cuando esperaban entre el mogollón de gente que había a la puerta del teatro, sin conseguirlo porque el apoderado le sujetaba el brazo como quien se protege en un burladero de un morlaco de quinientos kilos resabiado. No era capaz de captar lo que había de diferente entre como hablaban los actores del escenario y su modo de expresarse, salvo esa majaretá de dialogar en verso, pero sentíase fascinado por el protagonista, al que le daba igual follarse a una duquesa que a una mendiga y que era capaz de convencerlas a todas, lo mismo a putones que a novicias de conventos, sin arriesgarse más que a ser perseguido por cornudos metafóricos en vez de por verdaderos astifinos. Desde que el actor comenzara a jactarse de sus proezas de alcoba, tenía la bragueta inflamada imaginándose a sí mismo en las situaciones descritas, sorprendido entre los brazos de cientos de mujeres por los maridos, padres y hermanos burlados, y sacando con valentía el estoque de matar para defenderse de los que tenían cuernos pero no eran ni la mitad de fieros que los toros.

A su lado, el Cañita notó que Omarito se rebullía en el asiento y, de reojo, percibió en el pantalón el relieve del pitón corniveleto que ya conocía de largo, de tanto ayudar al niño a enfundarse la taleguilla. Manolo Rodríguez el Cañita, sexagenario con unos duros ahorrados, que no tenía empacho en "invertir" apoderando a Omar Candela, llevaba ya tres o cuatro meses al borde del arrepentimiento por haber creído en un muchacho que, aunque poseía las condiciones de un estilista, estaba demostrando ser un gallina que, tal como iban las cosas, no iba a escuchar en las plazas más que carcajadas y pitos. Para más inri, cargaba en las entretelas el miedo a que la inversión se pudiera malograr con las calenturas del niño, que a veces no eran calenturas sino volcanes en erupción, erupción que, según la experiencia, iba a producirse en seguida con la consiguiente descarga de lava, porque Omarito no paraba de jadear por lo bajini y movía acompasadamente las caderas como debería hacer pero no hacía en la plaza, en una tanda de naturales rematados con el pase de pecho que todavía no había sido capaz de dibujar en siete meses de carrera, carrera en el sentido literal, ya que, perseguido por los toros, el aspirante a matador daba la impresión de estar preparándose para batir el récord mundial de los cien metros lisos. Dentro de unos minutos, tendría que aguantar las mojigangas del niño, que se resistiría a ponerse de pie para que nadie descubriera la mancha, y él, a sus años, obligado a hacerle de biombo pasillo adelante. Apretó los labios con algo de ira, preguntándose quién le mandaba meterse en esos berenjenales, con lo tranquilo que vivía, ocioso y disfrutando de la pensión y las rentas, antes de "descubrir" a Omar aquel aciago día en una capea donde sólo había esbozado un par de bonitos capotazos.
-Don Manuel, éste don Juan sí que comía buenos jamones -comentó el novillero cuando se dirigían en busca del coche, con los folletos de mano de la función sujetos de modo que ocultaran la humedad del pantalón.
-Pues ya sabes lo que tienes que hacer. Arrimarte.
-¿A las tías?
-¡A los toros! Si quieres mojar tanto como don Juan, lo que tienes es que tomarte el toreo a pecho, que me tienes de un harto... Llevo la tira de días pensando que debería dejarte en la cortijá donde te conocí capeando malamente, y que vuelvas a apencar con el azaón. Mira, Omarito, tienes un estilo con el capote que me recuerda a Ordóñez de joven y, cuando el bicho no anda cerca, compones con la muleta figuritas la mar de postineras. Pero, hijo, es que te cagas patas abajo cuando lo ves llegar. Arrímate una mijilla, joé, y en dos años confirmarías la alternativa en Las Ventas. Te lo juro por éstas. Entonces sí que podrías meterla en caliente tó lo que te salga del forro.
-¿Y ahora, no podría meterla un poquillo?
-¿Qué quieres decir?
-Que si me adelanta usted unos duros pa ir a un puticlub.
-¿Adelantarte? ¿Tú sabes lo que me debes ya, los tres vestíos, los tentaeros y lo que me cobran por dejarte torear?
-¡Es que me dan unos meneos!
El Cañita observó a su pupilo. Llamaba "meneos" a los nervios y eran los síntomas de lo que iba a ocurrir la próxima semana si no le ponía remedio. Volvería a estar en trance hormonal y de nuevo iba a pasar unos cuantos días sin conseguir concentrarse en la placita cortijera donde lo obligaba a entrenar con el toro de mimbre, recibiendo las falsas cornadas en cadena y enrojeciendo y tirando los trastes cada vez que alguno de los presentes comentara con sorna lo del abultamiento infatigable del pantalón. Cuando le entraban los temblores en una novillada, con el traje de luces luciendo tienda de campaña porque alguna serrana, sentada en la barrera, le dedicaba un piropo, siempre tenía que mandarlo a esconderse para aliviarse, porque, si no, perdía la cabeza y no sólo no se acercaba al toro, sino que dejaba de saber dónde estaba por grande y negro que fuera. En tales ocasiones, y en un tiempo sorprendentemente corto, Omarito volvía al burladero limpiándose la mano en el capote de paseo, a pesar de lo mucho que le advertía de que el capote acabaría pareciendo el manto de un nazareno con la cera de catorce semanas santas. Ahora, en mitad de la calle, no había callejón ni recovecos donde decirle que se escondiera, así que a encontrar una solución. 
-¿No te he dicho una y mil veces que tienes que cuidar tu salud? Ya sabes lo que te puede pasar con una puta.
-Siempre llevo dos condones en la cartera. ¡A ver!
-Los condones no te protegen de las ladillas, los hongos, el herpes, la hepatitis y un montón de cosas más.
-¡Don Manuel, por favor...! -suplicó Omar.
Todavía se hizo de rogar un poco, pero al final transigió:
-Está bien, pero iré contigo y te diré con la que puedes apalabrar una corrida de orejas y rabo.
Condujo el coche hasta la vera del puerto y aparcó junto a un sector de calles cuadriculadas donde sabía, por sus propias necesidades, que había tres o cuatro barras americanas. Optó por una que habían abierto no hacía mucho y que, por lo tanto, debía de tener un elenco poco sobado, y empujó puertas adentro a Omarito, que de repente parecía tan asustado como si un morlaco cinqueño corriera a su encuentro.
-¿Me vas a decir, ahora, que estás acojonao?
-Yo... don Manuel...
El Cañita sonrió con sorna, observando el rubor que ascendía en oleadas por las mejillas de Omar.
-Así que es verdad lo que me chismeó tu primo Tomás el otro día. ¡Todavía no te han dao la alternativa!
-Yo...
-¡Con razón...! Mira, visto lo visto, esto no va a ser un adelanto, sino un regalo. ¿Ves aquélla, la que tiene pinta de inglesa, la rubita?
-¡Está jamón!
-¡A ti te parecería jamón hasta la mojama de pintarroja! Creo que esa muchacha está sana, pero de todos modos enfúndate el condón hasta los huevos y no la besuquees demasiao. Voy a ajustar con ella que se quede hora y media contigo, ¿vale?

Omar asintió, todavía con la cara encendida y la mirada baja, lo que no atemperaba sus jadeos de anticipación. Con cierta ternura, el Cañita lo vio retirarse hacia el reservado empujado por la chica de alterne que iba a darle la alternativa. Ojalá que eso mejorara su disposición para la otra alternativa, la que de veras importaba, porque si Omarito no cambiaba de manera significativa, iba a tener que hacer de tripas corazón y reconocer de una vez por todas que se había equivocado. Omar no constituía una rareza, porque todos los que se enfrentaban a un toro tenían miedo; el secreto era solaparlo con resolución, cosa de la que el muchacho parecía incapaz, porque donde debía haber arrojo sólo exhibía pusilanimidad.
-¿Es hijo tuyo? -le preguntó la camarera, para huir del aburrimiento, puesto que todavía no había sonado la medianoche, hora a la que acudían los fugitivos de las sacrosantas alcobas del tedio.
-No -respondió el Cañita-. Le apodero.
-¡Vaya! ¿Qué es, boxeador?
-¿Lo dices por lo fuerte que es? Mejor sería que pensara en dedicarse a dar hostias, porque, por como van las cosas, tiene menos porvenir con los toros que la baca de un coche.
La camarera sonrió.
-O sea, que no tiene cojones...
-Si te refieres a los de carne, está bien despachao; pero si hablas de los metafóricos...
-Sin embargo, tiene una pinta...
Sí, se dijo el Cañita; lo de la pinta no se podía negar. Sería una pena tener que abandonarlo a su suerte de hortelano, porque desde Ordóñez y Paquirri no había visto nunca a nadie con mejor planta torera. Se preguntó si, a la hora de la verdad, no le paralizaría el miedo también al encontrarse a solas con la prostituta.  
Tras encerrarse en el cuarto, la muchacha sintió algo de temor. El joven, casi un niño, guapo como un figurín, parecía trastornado. Notaba el temblor de sus hombros y manos, el aleteo de su nariz, sus jadeos y el brillo febril de sus ojos. Una de dos; o se trataba de un loco a punto de darle un ataque epiléptico o era un debutante. Se decidió por esta última posibilidad, confiando que el abuelo que la había contratado le habría advertido si tenía que vérselas con una cosa rara. Tras bajarse la minifalda elástica y los pantys, todavía con una ligera inquietud que la obligaba a permanecer en guardia, se acercó al muchacho y fue a desabrocharle la camisa, pero cuando le puso la mano en el pecho, él soltó un bufido, se le doblaron las piernas, jadeó entre juramentos y se le pusieron los ojos en blanco.
-Joder, niño, ¿eres Johnie el rápido? -preguntó, sonriente, mientras le ayudaba a quitarse el slip enfangado.
-No, soy Omar, el lechero. Túmbate ahí... ¡a ver!
-Pues si tú eres lechero, yo soy la vaca que ríe. Ven aquí, mi amor; me llamo Nancy...  vamos a ordeñarnos mutuamente.
Efectivamente, sus temblores y convulsiones eran los de un debutante, el chico no era peligroso. Recuperado el dominio y ya tranquila, Nancy se recostó con la pose ensayada, en imitación de una foto de Marilyn Monroe que llevaba siempre en el bolso; la pierna izquierda flexionada de modo que resaltase la curva de la cadera, que sabía que podía presumir de ella; el hombro derecho alzado y la mano izquierda tras la nuca, con el brazo doblado; era la pose que mejor resaltaba los pechos, todavía turgentes pero un poco demasiado voluminosos como para que permanecieran erguidos en otra postura; apretando las nalgas, el volumen de la sedosa vulva emergía incitador. Vio que, tras un sorprendentemente corto desfallecimiento, el chico volvía a estar dispuesto.
-Oye -bromeó la muchacha-, se ve que todavía no has empezado a desgastarlo. ¡Vaya herramienta!
-¡A ver! ¿Quieres que te apriete el tornillo?
-Pon la directa. Demuestra lo que sabes hacer con la palanca de cambio.
Omar Candela saltó hacia ella y, tras obligarle la rubia a enfundarse el preservativo, en el momento que comenzaba a invadirla, de nuevo se convulsionó.
-¡Niño, pareces una traca valenciana!
-Pero todavía me quedan cohetes -se jactó Omar.
Mas no hay petulancia que pueda violentar la Naturaleza. Nancy miró con preocupación el reloj, habían pasado veintitrés minutos y, a pesar de que el padre o abuelo del muchacho la había contratado para hora y media, había entrado en la habitación convencida de poder saciar al chico del todo en media hora, porque transcurrido ese tiempo esperaba la visita de un cliente muy generoso que la madrugada anterior le había prometido volver esta noche al bar. Ahora, el desfallecimiento parecía definitivo, sin posibilidad de reanimación, aunque no paraba de acariciarle el interior de los muslos, el pecho y el escroto. Trocada en ternura la suspicacia de los primeros momentos, Nancy contempló a Omar. Era demasiado joven, su cuerpo mantenía la suavidad casi femenina de la niñez, pero comenzaba a emerger en su piel el vigor de una masculinidad pletórica que en muy pocos años, quizá sólo meses, sería arrolladora; hombros anchos aunque poco angulosos todavía, pectorales y abdominales marcados sin exageración, brazos torneados en los que comenzaban a aflorar venas robustas, enjutas caderas de atleta y piernas potentes, aún desprovistas de vello. Le alegraba tener el privilegio de ser su pedagoga y, por ello, olvidó el reloj.
-Arrodíllate -pidió.
Omar obedeció. Se alzó sobre la cama para quedar de rodillas, con los muslos algo abiertos a fin de mantener el equilibrio. La tal Nancy, que a ver cómo se llamaría en realidad, era una hembra casi como las de las revistas que usaba para encerrarse en el baño. Bueno, tal vez un poco más pechugona, pero eso no le molestaba, sino todo lo contrario. Vistos desde arriba, cuando ella se flexionó para acercar la cabeza a su ombligo, los pechos parecían enormes y los pezones daban la impresión de estar a punto de reventar; marrones, puntiagudos, duros como bellotas. Sentía ganas de morderlos, pero ella no le permitió intentarlo. Nancy estaba recorriéndole con la lengua todo el vientre, desde el ombligo hasta las ingles, dejando un reguero de saliva en el vello púbico. Lo que parecía haber muerto, comenzó a revivir. "Caramba -se dijo Nancy-, visto tan de cerca, esto no es una palanca de cambio, sino un tubo de escape". Retrajo el prepucio para facilitar la caricia, endureció y aguzó la lengua para recorrerle el canal del bálano y trató de penetrar la uretra, mientras aferraba con la mano derecha toda la bolsa escrotal y acariciaba con la izquierda el prominente monte del perineo. Para entonces, la sangre volvía a fluir a borbotones, flujo que se aceleró definitivamente cuando Nancy hizo como que saboreaba un polo de vainilla. Tras unos pocos segundos, lo que emergió de su boca, al soltarlo los labios, dio un brinco y batió de manera audible contra el vientre de Omar.
-¿Podrás aguantar un poco ahora? -preguntó Nancy con arrebato.
-Estoy a punto -respondió Omar.
-Resiste -pidió ella y le dio una palmada en el glande para contener y retrasar el estallido-. Ven aquí y no te muevas. Déjame hacer a mí.

Abandonado, Omar se tendió sobre ella, que, inmóvil, comenzó a morderle el cuello. Él amagó una sacudida, pero Nancy lo inmovilizó con las piernas en torno a su cintura, alzando la pelvis hacia él. Por fin conseguía dar una estocada hasta la bola, una estocada por la que podría salir a hombros. Sintió la suavidad del interior de la rubia, una textura de terciopelo ardiente que quemaba sin abrasar. Tenía que descargar, no podía esperar más, pero ella le dio una tarascada en la cintura por detrás, y de nuevo halló que podía aguantar un poco.
-Despacio, despacio -murmuró Nancy-, sin violencia. No golpees con las caderas, muévete sólo un poco a un lado y otro. Así... eso es. Sin prisas. Así, poco a poco. Un poco más fuerte... ¡Ahora! ¡Atraviésame! ¡Métemela hasta el pecho! Así. ¡Ah!
Omar sintió que el cuerpo de Nancy perdía momentáneamente fuerza, laxo, como si estuviera a punto de desmayarse, mientras veía con claridad cómo temblaba su pecho con la piel erizada. Entonces escuchó el grito, o los gritos. Igual que si hubiera enloquecido, la muchacha, sin parar de gritar, gemir y gritar de nuevo, fue agitada por espasmos en cascadas, espasmos que le hicieron mover las caderas y golpearle impacientemente con la vulva que encerraba su miembro.
En tal momento, tuvo la cuarta eyaculación de esa noche, aunque le pareció que era la primera vez que lo hacía en sus diecisiete años. Era como si una potente bomba de succión absorbiera sus fluidos, como si algo poderosísimo tratara de vaciar todo su interior y volverlo del revés igual que un calcetín. Ajena a su voluntad, su garganta emitió un ronco rugido que se acompasó con los gritos que ella continuaba dando.
Tras lo que parecía haber durado horas y horas por su intensidad, el chico se abandonó, relajado. Esto sí era placer. Jamás volvería a encerrarse en el baño con una revista ni lo otro en la mano. Se lo repitió a Manolo el Cañita cuando iniciaban en el coche el regreso a Cártama:
-Ya no volveré a pajearme en mi vida. Esto sí que...
-Bueno, chiquillo, espero que la experiencia te sirva de algo y te hayas convertido en un hombre de una vez. Hoy te he ayudado a que tengas una alegría. Ayúdame a que yo también tenga una alegría pronto. A ver si la primavera que viene, en Alcázar de San Juan, te arrimas un poquillo y rematas la faena.
-La historia ésa del teatro, ¿era verdad?
-¿Lo de don Juan Tenorio? No creo. Bueno, a lo mejor... Zorrilla se basó en otro drama teatral más antiguo, "El burlador de Sevilla", escrito en el siglo XVI por un cura que se llamaba Tirso de Molina, que creo que se inspiró en una leyenda que contaban en la corte, un tío capaz de llevarse a la cama a media humanidad, basada en un personaje real, un tal Villamediana, que daba a entender que se había acostao con la reina.
-¿Puede ser que un tío folle de verdad tanto como él?
-No sé qué decirte, niño. De toas maneras, hay quien dice que un hombre que cambia tanto de mujer, es porque no es de verdad capaz de amar a ninguna. Vamos, que pudiera ser un poquillo mariposa. Lo dijo Gregorio Marañón.
-¿Un tío como ese, maricón? ¡A ver! No me lo creo.
-No lo crees porque tienes diecisiete años y te empalmas con una mirada. Lo grave sería que a los treinta siguieras igual, follando cá noche con una diferente.
-O con dos.
-¡Niño!
-Yo no sé lo que pensaré a los treinta, pero ahora lo que quiero es repetir lo de esta noche cuantas más veces, mejor.
-Tú, encuentra tu sitio en los ruedos, échale cojones, y vas a ver que tienes más oportunidades que Jesulín.
-Lo que yo quiero es imitar a ese don Juan. ¡A ver!

-Pues a ver si te arrimas.

sábado, 16 de abril de 2016

EL PRODIGIO DE ALÍ


HISTORIAS DEL AMOR VIRIL.  
LUIS MELERO

Este es el primero de los relatos de uno de los tres libros de cuentos que llevo escribiendo hace muchos años.


EL PRODIGIO DE ALÍ 
Elías y Juan Manuel habían iniciado a la vez la carrera cinematográfica cuando todavía eran adolescentes. Durante los comienzos de pensiones baratas y bocadillos de salchichón por el centro de Madrid, entre confidencias y sueños compartidos, ambos creían tener una brillante vida de actor por delante, iban a ser famosos con toda seguridad y a lo mejor hasta conseguían que se les abriera un postigo en Hollywood. Pero aparte de los trabajos de extra que lograron juntos los primeros años, sólo Elías llegó a interpretar algunos papeles de cierta relevancia que, con altibajos, le permitieron sobrevivir veinte años, durante los que, entre pocas mieles y muchas hieles, tuvo que ir asumiendo a duras penas que la actuación no era lo suyo.
Entre serios disgustos, algunas evasiones de los caseros y muchos ayunos involuntarios, la frustración y el desánimo le hicieron recordar poco a poco algo muy importante que la ambición que lo conectaba a Juan Manuel le había hecho dejar de lado. Desde sus años escolares, solía emborronar las orillas de los cuadernos con dibujos de todo lo que tenía cerca; condiscípulos, maestros, pupitres y materiales escolares fueron modelos de excelentes ilustraciones a manera de orlas. Y seguía emborronando de adulto los libretos de cine y televisión, como un método para descargar la adrenalina sobrante y la tristeza progresiva por la convicción de que no le esperaba más destino que el de un mediocre actor de reparto, perpetuamente a la espera de lo imposible, siempre postulante y nunca realizado. Comenzó a dibujar retratos de los compañeros de reparto entre elogios inesperadamente entusiastas, y sin pretenderlo comenzó a encontrarse con algún que otro encargo pagado, aunque modestamente. Cuando ya se había convencido de que lo suyo no era ser artista de la escena, los compañeros le hicieron descubrir y le obligaron a reconocer que poseía gran talento como pintor. Artista de todos modos.

Entre tanto, durante esos mismos quince años Juan Manuel amasó una fortuna muy considerable en el negocio de la producción de espectáculos. A diferencia de Elías, carecía de otros recursos artísticos, y por ello tardó mucho menos en comprender que lo que le aguardaba delante de las cámaras no era la prosperidad. De tanto recibir negativas en las agencias, de tanto ser rechazado en los “castings”, fue aprendiendo los intríngulis, las zancadillas y puñaladas, los recursos y vericuetos del negocio, de manera que con un cierto cinismo y mucha rabia por la ilusión juvenil frustrada, supo alentar las ilusiones de los demás y convertirlas en comisiones y ganancias extraordinariamente abultadas. 
Tras el matrimonio de Juan Manuel, que fue el punto de inflexión definitivo de su distanciamiento, supieron intermitentemente uno del otro, aunque con el enfriamiento progresivo de la amistad que ambos se habían jurado eterna, un enfriamiento que fue amontonando hielo sobre sus direcciones respectivas y sobre cualquier hilo telefónico que les pudiera comunicar. Juan Manuel opinaba que Elías se había vuelto demasiado arrogante para unos papelitos cinematográficos que no pasaban de mediocres y Elías hallaba que a Juan Manuel y sobre todo a su mujer, les gustaba demasiado ostentar su prosperidad, con un exhibicionismo impropio del modesto origen que ellos dos habían compartido.
Sin perder ni desdeñar jamás la nostalgia de la hermosa amistad juvenil, se detestaron mutuamente durante algunos años, presos ambos de sentimientos contradictorios, puesto que ninguno dejó nunca de interesarse por las peripecias del amigo y cada uno se mantuvo al tanto de lo que el otro hacía.  Exceptuando los últimos cuatro años, tiempo en el que Elías se eclipsó completamente para Juan Manuel, quien no paró de preguntarse qué sería de "ése", pronombre pronunciado ante su mujer y los amigos comunes en alta voz con un deje de indiferencia y cierto tono despectivo, que enmascaraba en realidad la ternura preocupada y la emocionada añoranza que contenía la pregunta. 
Finalmente, tuvieron una nueva oportunidad en la madurez.

Tras el último papel que había interpretado, razonablemente retribuido, Elías creyó al cobrarlo que podía ser la última oportunidad de salvarse, su trampolín para encontrar su verdadero camino. No compró ropa ni volvió a afanarse en los gimnasios para atar con imperdibles la juventud inmarcesible que se le exigía en los platós; tampoco volvió a afanarse de fiesta en fiesta en busca de contactos profesionales. Pasó tres años encerrado en un almacén que acondicionó como taller, pintando la exposición con la que esperaba alcanzar el triunfo como pintor, tiempo suficiente para que se agotara el saldo de la cuenta del banco. No lo descubrió porque le faltase el dinero para comer, puesto que con frecuencia se olvidaba de hacerlo mientras pintaba como en trance, sino porque el banco devolvió un cheque con el que había pagado los materiales en la tienda de pintura, circunstancia que le comunicaron al acudir en busca de cinco lienzos y una colección de tubos de óleo, que le denegaron.
Como un mazazo despiadado que le devolvió a la realidad, supo Elías de repente que no tenía con qué sobrevivir, porque la Seguridad Social le negó el subsidio de paro a pesar de haber pagado sumas exorbitantes durante diecisiete años, razonando la negativa en el hecho de que hubiera cotizado como autónomo. La cruel indiferencia de la funcionaria que le comunicó que no tenía más salida que la mendicidad por no haber trabajado por cuenta ajena, ni siquiera le causó dolor, sólo estupor, porque no podía creer que vivía en un país cuyos gobernantes condenaban a un hombre a la muerte por haber tenido iniciativa y autonomía y haber sido capaz de sobrevivir durante veinte años a la inseguridad permanente de la profesión de actor.
Durante algunos meses, Elías pudo vivir precariamente malvendiendo algunos de los cuadros acabados, el televisor, el equipo de música, el reloj y casi toda su ropa. Agotado todo lo vendible, volvió a hacer antesala durante dos meses más en las agencias artísticas; la tez que el ayuno y los malratos iba volviendo progresivamente macilenta, dinamitaron toda posibilidad de conseguir un papel
Incapaz de comer en un asilo ni de pedir un préstamo a nadie, Elías se encerró en el taller dispuesto a morir de inanición.

Rosa, la esposa de Juan Manuel, lo llamó a la oficina para darle el recado:
-¿Te acuerdas de aquel Elías?
-Por supuesto.
-Lo acaban de ingresar en el hospital. No ha tenido más ocurrencia que dar tu nombre como pariente más cercano, y nuestra dirección y teléfono.
-¿Que Elías está en el hospital? ¿Qué le pasa?
-Un amago de infarto. Lo descubrió por casualidad el dueño del local que usa como taller, porque ahora se dedica a la pintura. No se ha muerto por poco.
-Salgo para allá.
-Juan Manuel, ¿no estabais enfadados?
-Jamás hubo verdaderamente un enfado, Rosa. Sólo distancia.
-Pero nunca fue muy cordial con nosotros. Quiero decir contigo y conmigo juntos, a dúo. Cuando tomábamos copas los tres, de solteros, siempre me hacía sentir como si yo fuera una intrusa.
-Rosa, Elías es uno de mis mejores amigos. No, no es uno de los mejores, es el que más he querido en toda mi vida. Ahora tiene dificultades, un problema gordísimo. ¿Qué importan esas bobadas de juventud?

-Me voy a sentir un intruso -repitió Elías mientras Juan Manuel conducía el coche- ¿No crees que sea inoportuno?
-Por favor, Elías, no me ofendas. Para eso están los amigos.
-Es que... nunca llegué a intimar con Rosa, no le era simpático. De hecho, si recuerdas bien, siempre me trató como si se sintiera muy celosa, cuando tú la obligabas a que yo saliera con vosotros.
-¡Qué tontería! Ella lo veía completamente al contrario; creía que tú no la aceptabas. Desde luego, hay que ver cómo nos engañamos por no hablar con claridad. ¿Por eso fuiste apartándote de nuestras vidas en cuanto nos casamos?
Elías asintió.
-Pues estabas en un error. En aquellos tiempos, Rosa me decía con frecuencia que le daba alegría de que estuviésemos juntos casi siempre, porque así yo no me colgaría de nuestras compañeras de reparto. Hijo, con razón te fuiste convirtiendo en un muermo taciturno y más huraño que un puerco espín; si hasta daba la impresión de que el celoso fueses tú…
-Pues imagina si eso va a continuar mientras viva con vosotros…
-Rosa está de acuerdo con que te vengas a casa, no te preocupes. Te aconsejo que no te tomes en serio sus rarezas, porque a nadie le parece una persona muy cordial al principio. Pero es muy buena gente, acuérdate; es muy maternal, va a cuidarte muy bien y con nosotros estarás estupendamente, y podrás restablecerte.
Tras aparcar frente el jardín, Juan Manuel no consintió que Elías cargase las maletas.
-Déjalas en la acera. Mi hijo vendrá a recogerlas.
-¿Tu hijo? ¿Tan mayor es ya?
-Coño, Elías, hace más de diecinueve años que me casé. Alí tiene dieciocho años y Estela, casi diecisiete.
-¡Cómo ha pasado el tiempo! No puedo creer que haga más de veinte años que actuamos juntos en aquella mierda de película.
-Sí, chico; el tiempo pasa volando.


La habitación que le habían asignado disponía de una terraza cubierta, una especie de mirador que tal vez podría usar como estudio de pintura.
A la semana, Elías había recuperado las fuerzas, pero no las de antes de la crisis cardiaca, sino las de diez años atrás. La piscina de Juan Manuel, el sol en el jardín, la buena alimentación y la serenidad del ambiente familiar representaron una medicina muy eficaz, de modo que se sintió rejuvenecer; descubrió en el espejo que se había quitado un montón de años de encima sin pretenderlo.
Sin embargo, en medio de la bonanza soplaba en el debilitado corazón de Elías una tempestad, porque había surgido un problema inesperado y muy grave. Una de las razones fundamentales de esa nueva juventud, acaso la que más había influido, era la presencia casi constante de Alí.
Medio en serio, medio en broma, Juan Manuel le confesó que había llamado así a su hijo como un homenaje a su mejor amigo, dado el parecido fonético de Alí con Elías, nombre que Rosa no había aceptado. Al tiempo que preparaba la selectividad, Alí practicaba lanzamiento de jabalina, deporte con el que había ganado varias medallas. Ahora, vivía pendiente de ser seleccionado para las próximas olimpiadas. Juan Manuel había hecho instalar una especie de gimnasio en un ángulo del jardín, en la zona solada junto a la piscina, donde Alí dedicaba al atardecer largas horas a su entrenamiento de fortalecimiento muscular. Durante los frecuentes descansos, hablaba siempre con Elías.
-Mi padre ha traído tres vídeos de películas donde sales tú. ¡Tengo ganas de verte por fin!
-Son una porquería, Alí. Te vas a llevar una decepción.
-No, hombre. Por muy malas que sean, son películas y tú estás en ellas.
Elías apretó los labios. El corazón, su frágil corazón, se le desbocaba cada vez que Alí pronunciaba una de estas frases.
-Tuvo que ser espléndido trabajar en el cine -comentó el joven.
-Pasé muchos malos ratos.
-¿Y en qué trabajo no se pasan malos ratos? Por mal que lo pases, el cine es el cine. Tiene que ser fabuloso que la gente te reconozca.
-A veces, y según dónde, resulta molesto.
-Además, ligarías mogollón. Con tu pinta...
Elías comenzó a plantearse que tenía que abandonar cuanto antes el amigable cobijo de Juan Manuel; de otro modo corría el riesgo de dar alas al sentimiento que se estaba inoculando en su pecho, que invadía sus entrañas, que conquistaba cada día nuevas parcelas de su pensamiento e impregnaba sus cinco sentidos volviéndolos indiferentes e insensibles a otros estímulos. Estaba obligado a distanciarse del dios intocable que inspiraba tales emociones, pero ¿dónde ir? No tenía un euro ni familia a la que acudir.
Descubrió que debía apartar la mirada de Alí mientras realizaba sus ejercicios justo bajo su terraza, porque los ojos se le escapaban hacia las sólidas piernas cubiertas de vello castaño claro; hacia el holgado calzón de punto que, por no apretarle, revelaba más de lo conveniente; hacia el pecho donde en las proporciones juveniles comenzaba a tallarse una musculatura de campeón olímpico; hacia el cuello donde la prominente nuez saltaba en cada una de las profundas inspiraciones; hacia el mentón y los pómulos dibujados por Leonardo; hacia toda la extensión de una piel que era crema de vainilla.
-¿Por qué no entrenas conmigo? ¿No dice el médico que un poco de ejercicio te ayudaría a restablecerte?
Alí estaba en ese momento recostado en el banco de press. Elías tenía que apretar los párpados para no devorar con los ojos el pequeño ombligo recortado por los abdominales, como una rendija que se abriera a un mundo de golosinas de cuento de hadas.
-Te aburrirías, Alí. Yo no podría seguir ni remotamente tu ritmo.
-¡Qué me voy a aburrir! Me lo pasaría mejor. Venga, baja y échate aquí y no te preocupes. Le pondré muy poco peso a la barra.
-No, Alí, discúlpame: estoy un poco cansado. Quizás otro día.

Prisionero de la imposibilidad de abandonar la casa, Elías decidió cercenar toda progresión del sentimiento con la ayuda del trabajo.
-Me da mucha vergüenza pedirte más favores, Juan Manuel, pero si pudiera pintar, me sentiría menos inútil. Tengo ganas de hacer retratos de todos vosotros.
-Sería magnífico. Me gustan mucho los cuadros tuyos que he visto. ¿Crees que podrías hacernos a Rosa y a mí un cuadro grande?
-Desde luego.
-¿Cuánto tendré que pagarte?
-¡Estás loco! Lo que quería pedirte es que compres lienzos y pintura y que traigas el caballete de aquel almacén.
-Eso está hecho, hombre. Pero mira, en vez de hacernos el retrato a Rosa y a mí, lo que te agradecería es que hagas uno de Estela. Le haría mucha ilusión y sería el mejor regalo de cumpleaños.
-¿Cuándo cumple los diecisiete?
-Dentro de un mes.
-Hay tiempo suficiente. Pero no sólo haré el de Estela, también haré uno grande donde aparezcáis tú y tu esposa.
-¿Y Alí? No me gustaría que se sienta postergado.
Elías frunció los labios. ¿Podía soportar largas horas contemplando al muchacho, a solas con él en el mirador, escuchando su bien modulada voz, admirando su sensatez y derritiéndose por su educada amabilidad? ¿Sería capaz de permanecer a las puertas del paraíso sin que un viento de locura le impulsara a saltar la verja? Imaginarlo le estrujaba el corazón. Respondió con un murmullo:
-Naturalmente. A él también le haré un retrato.
-Anótame los tamaños de lienzos que necesitas y todo lo que quieras que te traigan.


Lo que llevaron al día siguiente era diez veces más de lo que Elías había pedido. En vez de un lienzo del doce, uno del catorce y otro del veinte, llegaron diez de cada tamaño, y una extravagante colección de pinceles, aceites de linaza, trementinas, óleos y paletas desechables. En lugar de su caballete, subieron los transportistas al mirador uno mucho más firme, con ambas guías graduables, el mejor y más caro que existía en el mercado. Subieron también una mesita auxiliar y tres estanterías modulares. En total, el estudio mejor equipado que podía soñar cualquier pintor, en el local más luminoso y ventilado, el más idóneo para que pintase una persona convaleciente de un percance cardiológico.
Elías se dio afanosamente a la tarea y, sin embargo, no conseguía esquivar los dardos que Alí clavaba a todas horas en su corazón.
-¿Elías? Joder, no me haces ni puto caso -gritó el joven desde abajo.
-¿Qué? -preguntó Elías sin abandonar su lugar junto al caballete, adelantando sólo un poco la cabeza para verlo por encima de la balaustrada.
-Hace lo menos cinco minutos que te estoy llamando.
-Disculpa, no me había dado cuenta.
-Mira -dijo Alí al tiempo que daba un salto para quedar en posición invertida, haciendo el pino con sólo una mano apoyada en el suelo.
En esa postura, y visto desde arriba, el ancho calzón se le había escurrido hacia las caderas, dejando al descubierto casi la totalidad de las nalgas, que incitaban a devorarlas como si fueran tiernos panes recién cocidos. En el brazo que soportaba su peso se marcaba un saludable y muy barroco laberinto de venas, que conformaban un goloso barquillo de canela relleno de helado de turrón, y el que extendía en horizontal, un prodigio de armonía, parecía reclamar ser relamido como un caramelo de café con leche, mientras la fuerza de la gravedad hacía que los pectorales parecieran prominentes dulces de algodón, lo mismo que el contenido del calzón magnificado por la postura invertida, un vaso de horchata que podía calmar su sed, la sed de toda su vida. Elías cerró los ojos.
-¿Qué te pasa? -preguntó la voz preocupada del muchacho.
-Nada.
Vio que Alí entraba precipitadamente en la casa. Pocos segundos después, llegó al mirador tras subir en un tiempo increíble los dos tramos de escalera.
-¿Te has mareado?
-No, qué va.
-Déjame ver.
Mientras el chico buscaba el latido de su muñeca, Elías se dijo que iba a encontrar, efectivamente, un pulso anormal, pero no a causa de sus problemas de salud, sino, precisamente, por el contacto de su mano. De cerca, olía a bizcocho con piñones; su piel sudorosa parecía helado de plátano y los enormes ojos verdes, clavados en los suyos con preocupación, parecían los dos caramelos de menta más grandes y dulces que hubiera visto jamás.
-Creo que necesitas tomar tu medicina.
-Ya no tomo medicinas, Alí. Los ansiolíticos producen adicción.
-Pues ahora, estoy convencido que deberías tomarlo. Tienes el pulso un poco más acelerado de la cuenta.
-No te preocupes por eso. Me pasa siempre que estoy a punto de acabar un cuadro, cuando veo que ya lo he resuelto.
Alí se plantó de pie a su lado, pegado a su hombro, para mirar el retrato de Estela; tan próximo, que recibía una transfusión de su vitalidad y Elías temió que fuese audible el golpeteo de la sangre en las venas de su cuello. El aroma de bizcocho con piñones que exudaba contenía también un rastro de nata batida y fresas.
-Es precioso -elogió Alí, apoyando la mano sobre el hombro del pintor, con lo que le inyectó una dosis masiva de vitaminas edulcoradas.
Elías sintió que las piernas le flaqueaban.
-Gracias.
-La estás sacando más guapa de lo que es en realidad.
-No digas eso, hombre. Estela es guapísima.
-Pero la estás favoreciendo. ¿También me favorecerás cuando hagas el mío?
-Tú no necesitas que se te favorezca -a Elías se le escapó el piropo y se mordió los labios
Alí sonrió con una mueca humorística. Alzó el hombro, enarcó las cejas forzando la izquierda para arriba, entrecerró los ojos y torció levemente los labios, parodiando una pose de galán de Hollywood, como el mítico retrato de Clark Gable en “Lo que el viento se llevó”.
-¿Significa eso que opinas que estoy bien tal cual? Vaya, hombre, muchas gracias. Pero no me gusta mi nariz.
-¿Qué le pasa a tu nariz?
-Las tías me dicen que la tengo un poco grande.
-Diles a esas chicas que te miren con mayor atención.
-Eso digo yo. En el equipo de atletismo, hay un montón de tíos que tienen narices mucho más grandes que la mía.
-Claro que sí. Ésa es justa la proporción de nariz que le va a tu cara. Con una más pequeña, podrías resultar menos masculino porque tus labios y tus ojos...
-¿Qué?
-No, nada.
Elías apretó los párpados para que el muchacho no detectara el impulso incontenible de beber en el torrente cristalino de su boca ni descubriera la lucha rabiosa en que tenía que debatirse para no saltar hacia la piscina turquesa de sus ojos.
-Venga, hombre, acaba lo que ibas a decir. No me dejes a medias.
La expresión del chico era ligeramente enrabietada.
-¿No serás un poco narcisista, Alí?
-¿Eso es malo?
-No necesariamente, siempre que no te pases.
-Mi padre dice que tú eras la mar de narcisista.
-¿Eso dice?
-Ayer, cuando me llevó al estadio, me contó que tenías que sacudirte a las muchachas como moscas y que muchas veces te ayudaba a esconderte de tías que estaban empeñadas en llevarte a la cama.
-Pero eso no significa que fuera narcisista. Nunca fui ni remotamente tan guapo como...
Alí le miraba inquisitorialmente a los ojos, como si quisiera traspasarle.
-¿Como yo?
-Mira, Alí, déjame pintar, que hay que dar tiempo para que seque la pintura y barnizarla antes del cumpleaños de Estela.
-Está bien, te dejo tranquilo. Pero claro que eras más guapo que yo. Todavía lo eres.

Las cosas habían cambiado demasiado últimamente. Los jóvenes encontraban natural decirle a un hombre que era guapo, se comportaban con la misma coquetería pérfida de las muchachas de antaño y no sólo no disimulaban sus atractivos y atributos, sino que los resaltaban tanto como podían.
Elías resolvió que tenía que afanarse, pintar como un poseso y acabar veinticinco o treinta cuadros en un tiempo absurdo, tan corto como su frágil resistencia. Añadiendo los retratos de la familia de su amigo con el cartel de "vendido", colgaría una exposición cuanto antes que le dotase de medios para sobrevivir lejos de ese paraíso donde no había lugar para él, porque sentía a todas horas la tentación de profanarlo, lo que le sumergía la mayoría de las noches en pesadillas horrorosas, en las que Juan Manuel aparecía como el arcángel San Miguel, con su espada de fuego, expulsándole del edén entre reproches y acusaciones de perversión.
-He hablado con un amigo que tiene una galería en el barrio de Salamanca -le dijo un atardecer Juan Manuel, mientras bebían una copa, medio recostados en las hamacas del porche-. Le hice llegar una fotografía del retrato de Estela.
-¿Qué te ha dicho?
-Que eres un retratista extraordinario. Está dispuesto a darte una exposición.
-¿Cuándo?
-En abril.
-Oh...
-¿Qué pasa?
-Faltan once meses para abril. Juan Manuel, yo necesito vender una exposición mucho antes. De hecho, ya, ahora.
-¿Por qué tanta prisa?
-Perdona, Juan Manuel. Me hablas siempre como si mi situación fuera como la tuya, cosa que te agradezco, porque de otro modo me sentiría muy miserable, pero mi realidad es la que es.
-¿Cuál es la razón de tu prisa? ¿No te sientes bien con nosotros?
-¡Coño, cómo voy a sentirme mal con vosotros! Me siento maravillosamente, pero no puedo quedarme aquí tanto tiempo.
-¿Por qué no? La habitación donde duermes llevaba lo menos dos años sin usarla nadie, porque nos sobran cinco dormitorios y tanto los familiares de Rosa como los míos prefieren los que dan al otro lado, por los paisajes, ya sabes. Tu cuarto está mucho mejor habitado por ti que amontonando polvo.
-Gracias, Juan Manuel. Sin embargo...
-¿Qué?
-Que me siento un parásito.
-Me ha dicho el galerista que el retrato de Estela, con esa calidad, no lo haría ningún pintor por menos de diez mil euros. Según esa proporción, el que nos estás haciendo a Rosa y a mí valdría más de treinta mil. Si haces el de Alí, serían en total unos cincuenta mil euros. ¿Esa es tu forma de ser parásito? Más bien tengo el sentimiento de que abusamos de ti.
-Yo...
-Mira, Elías, ¿sabes una cosa? Te quería muchísimo cuando éramos jóvenes, fuimos dos completos estúpidos por distanciarnos y ahora me he dado cuenta de que nunca he dejado de quererte. Más que si fueras mi hermano. Así que haz el favor de dejarte de monsergas, porque me hace sentir mal que digas estupideces.
-Papá -dijo Alí, que acababa de entrar en el jardín desde la calle portando varios paquetes-, me he comprado unos Calvin Klein cojonudos. Mira.
No había saludado a Elías, pero le miró a los ojos mientras soltaba los paquetes sobre el césped. Se abrió la cremallera del pantalón de lino dejándolos caer hasta sus rodillas, al tiempo que se alzaba la camiseta hasta medio pecho, haciendo estallar una burbuja de aromas como si en el jardín hubieran descargado de repente un camión repleto de frutas tropicales surtidas.
A pesar de su estado de hipnosis, Elías se dijo que Juan Manuel tenía que detectar por fuerza el aleteo anhelante de su nariz y los temblores generalizados de su cuerpo. Y, desde luego, Alí lo notaba porque lo provocaba. Naturalmente que se daba cuenta; evitaba su mirada deliberadamente mientras esbozaba una de las sonrisas más pérfidas que nadie hubiera pintado jamás. Condensaba toda la perversión del mundo bajo un disfraz algodonoso de inocencia gentil. Alí era el estallido del más bello juego pirotécnico metido en una bomba atómica. Con un sollozo atascado en la faringe, contempló el provocativo y posadamente ingenuo striptease de la escultura de yogur.
El slip negro y gris parecía haber sido confeccionado a la medida de Alí. Desde donde Elías se encontraba sentado, lo veía de medio perfil, recortada contra el verde crepuscular del césped la silueta redonda de los glúteos y el relieve vigoroso de sus genitales, sobre unas piernas que el diseñador de los calzoncillos contrataría al instante para sus anuncios.
Elías apartó la mirada con insoportable turbación, mientras el corazón le punzaba dolorosamente, como el de un adolescente enamorado.

Esa noche, a solas por fin en su habitación tras la interminable sobremesa que cada cena se prolongaba más, Elías se preguntó qué podía hacer. Tenía cuarenta y tres años, veinticinco más que Alí, pero no era ése el problema. En ninguna circunstancia podía aceptar que estaba perdidamente enamorado del hijo de Juan Manuel. No había lugar para tal sentimiento, ni siquiera en el caso inimaginable de que el chico le correspondiera, porque sólo una caricia bastaría para no ser capaz de volver a mirar nunca más cara a cara a su amigo. El sentimiento, por puro y platónico que fuese, era inmoral por el hecho de que Alí fuera hijo de quien era, no por su juventud, que también era un agravante. Tenía que huir de esa casa. ¿A dónde? ¿Con qué pretexto, si Juan Manuel había dejado las cosas tan claras?
A la mañana siguiente, abordó a Juan Manuel antes de que se marchara a la oficina.
-Oye, me he acordado esta noche de una noticia que leí el otro día en el periódico. José Luis Moreno va a comenzar a grabar una serie de televisión donde hay un personaje que estoy seguro de que yo interpretaría muy bien.
-¿Otra vez quieres volver a la interpretación? Perdona, Elías, pero eres mucho mejor pintor que actor.
-Ya lo sé. Pero necesito...
-¿Qué, dinero? ¿Cuánto necesitas?
-Ninguno. Hazme el favor de hablar con José Luis Moreno, ¿vale? Que me dé, por lo menos, la posibilidad de ir a visitarle.
-¿Por qué tanta prisa? Espera a reponerte.
-Ya me siento mucho mejor. Pero también necesito sentir que estoy en el mundo, que dispongo de autonomía.
-Vale. Voy a hablar con él en cuanto llegue a la oficina. De hecho, estuve asociado con su productora el año pasado. Todavía me debe unos euros. Pero, de verdad, Elías, creo que tendrías que dedicarte de lleno a preparar la exposición de abril. Estoy pensando en organizar una buena, para que te hagas famoso al instante.
Elías bajó los ojos. Estaba preso. Nunca iba a conseguir escapar.

Aunque Juan Manuel trató de influir, si bien que con escasa convicción, a Elías no le dieron el papel en la serie.
-No te preocupes, Elías, así está mejor -dijo Juan Manuel esa noche, en la sobremesa-. Creo que es mucho más importante que termines nuestro retrato antes de las vacaciones.
-Ya sólo me faltan ocho o diez días.
-Estupendo, porque, si no, tendría que postergar las vacaciones a julio y agosto, y Málaga no me gusta en agosto, está demasiado llena de turistas.
-¿Os vais, todos?
-Nos vamos. Tú vendrás con nosotros, a menos que prefieras quedarte aquí, en la casa.
-¿Solo?
-No, no sería buena idea. Te vendrás con nosotros. El único problema es que nuestro piso de Málaga tiene sólo tres habitaciones. ¿No te importará compartir el cuarto de Alí, verdad?
-¿Compartir el cuarto de Alí? -preguntó Elías con voz desfallecida y casi a punto de soltar un sollozo.
-No hay otra posibilidad -intervino Rosa-. Yo le he dicho a Juan Manuel que te reserve una habitación de hotel, pero no quiere.
-Además de un despilfarro tonto -dijo Juan Manuel-, resultaría la mar de incómodo. Será más fácil organizar las excursiones y las salidas a comer si estamos todos juntos.
Elías trató desesperadamente de encontrar una salida.
-¿Y los entrenamientos de Alí?
-Hombre, por supuesto que seguirá entrenándose en Málaga.
-¿No necesita quedarse en Madrid?
-¡Por supuesto que no! ¡Tiene dieciocho años! Ya tendrá tiempo de andar solo por ahí cuando vaya a las olimpiadas. Porque te van a seleccionar, ¿verdad, hijo?
-No lo des tan por seguro, papá.
-Pero has ganado todas las últimas competiciones...
-Hay un chico de Castellón que viene pegando muy fuerte. Ya veremos.

-¿Cuándo harás mi retrato? -preguntó Alí la tarde que Elías estaba barnizando el cuadro con las imágenes de Juan Manuel y Rosa.
El aroma de tutti frutti destilado por la piel juvenil vencía el fuerte olor del barniz.
-Cuando volvamos de las vacaciones -repuso Elías.
-¿Por qué no lo empiezas antes?
-Porque no quedan bien las pinceladas sobre pintura seca. Una vez que lo empiece, tendré que terminarlo sin interrupciones.
-Tengo unas ganas locas de que lo hagas. Este te ha quedado cojonudo. También has conseguido que mi padre y mi madre parezcan más guapos de lo que son, como el retrato de mi hermana. Espero que no se te haya acabado ese afán perfeccionista cuando hagas el mío.
-Pienso retratarte como un sátiro de la mitología griega.
-¿De veras?
-No, hombre. Es una broma.
-¿Y qué significa, exactamente, esa broma?
-Nada.
-¿Quieres decir que me ves como un sátiro?
-Quiero decir que...
-¿Qué?
-Nada. Por favor, Alí, déjame terminar.
-Joder, Elías, siempre lo dejas todo a medio decir. Tienes una actitud conmigo que no se corresponde con lo que mi padre cuenta de ti. Eso de que eras tan lanzado, y demás.
-Uno envejece.
-Vaya. Ahora presumes de viejo. Si puedes parecer mi hermano mayor...
Tenía una sonrisa en los labios que Elías no supo discernir si era de anhelo, esperanza, deseo, ironía o sarcasmo. Pero el brillo de los dientes blanquísimos en los labios entreabiertos era un turrón de azúcar clavado en la pulpa de un mango que justificaría trepar por el árbol más alto del mundo para saborearlo.
-¿Quieres dejarme solo de un vez? No me dejas concentrarme.
-Está bien. Me iré si me prometes hacerme un retrato mañana, simplemente un carboncillo.
-De acuerdo, lo haré. Me servirá como boceto previo del óleo.

Durante toda la mañana siguiente, Elías deseó con toda su alma que surgiera alguna clase de impedimento, una prolongación del entrenamiento en el estadio, un compromiso social, cualquier cosa; un terremoto, un diluvio, un incendio en el parque vecino... Que no se viera obligado a pasar varias horas contemplando al muchacho a solas, por favor, que Juan Manuel tuviera una ocurrencia que suspendiera la sesión, que Rosa encargase algo a Alí que le obligara a ausentarse...
Pero Alí interrumpió la apacible sobremesa:
-Bueno, Elías, ¿te sientes inspirado ya?
-¿No tienes cosas que hacer?
-Coño, Elías -intervino Juan Manuel-, cualquiera diría que no tienes ganas de retratar al chico. Con la ilusión que le hace...
-Eres un envidioso -apuntó Estela-, eso es lo que eres.
-Bueno, ¿y qué? Yo también tengo derecho a tener un retrato pintado por Elías, ¿no? ¡No vas a ser tú la reina del museo, joder!
-Es que no quiero mover el caballete hasta que se seque bien el barniz.
-¿No decías que ese barniz de aerosol seca al instante?
Elías se ruborizó.
-Sí, es verdad. Pero tenía la intención de darle otra capa.
-No hay problema -dijo Alí-. Yo bajo el cuadro al jardín y lo barnizas en el rincón del gimnasio. Allí se secará sin problemas.
Elías vio que no tenía más argumentos que oponer.
-Está bien. Bájalo. En seguida subiré a preparar las cosas.
Visto con una perspectiva mayor de lo que permitía la terraza/estudio, el retrato de Juan Manuel y Rosa resultaba espléndido. Ella lo contempló con arrobo y soltó una lágrima.
-Nunca podré agradecértelo bastante -dijo.
-¿Te gusta, de verdad? -preguntó Elías, que todavía no había conseguido superar del todo el recelo que ella le hacía sentir cuando eran jóvenes.
-Me entusiasma. Mis amigas se van a morir de envidia.
-Oye, mamá, -intervino Alí- ¿por qué no organizas una fiesta antes de las vacaciones, para que tus amigas lo vean?
-Ya lo verán cuando lo colguemos.
-Pero si lo ven antes de las vacaciones -insistió Alí-, a alguna de tus amigas se le podría ocurrir encargarle a Elías un retrato durante el verano. ¿No te vendría de perlas hacer varios cuadros pagados?
-Claro que sí -respondió Elías, sin poder disimular la mirada de veneración por el muchacho.
-¡Qué buena idea! -celebró Juan Manuel-. Empieza a prepararla ahora mismo, Rosa. Llama a la Moraleja en pleno y encarga todo lo necesario para celebrar esa fiesta el viernes, antes de que nos vayamos.
Tras los elogios y con una sensación nueva, un sentimiento prodigioso que no sabía calificar, Elías precedió a Alí escaleras arriba, inhalando con fruición el aroma de arroz con leche que lo precedía. Todavía no era consciente de ello, pero Elías había perdido el miedo.
-¿Tengo que desnudarme? -preguntó Alí.
-Déjate de bromas.
-Hablo en serio. Me gustaría que me retrates marcando pectorales. Y estoy seguro de que a ti, en el fondo, y por mucho que lo niegues, también te gustaría.
-¿Quieres parar con eso, por favor?
-¿Qué te pasa?
-Nada.
-A mí me parece una gilipollez más grande que El Escorial, pero sé que te da miedo verme desnudo.
-¿En qué te basas?
-En que desvías la mirada cuando entreno. Tú crees que no me doy cuenta, pero cuando hago press de banca te veo siempre aquí arriba, forzando la cabeza para no verme marcando paquete y enseñando los huevos que sé que casi siempre me asoman por las perneras. Tus poses resultan tan poco naturales, que se nota que son actitudes forzadas. El otro día, cuando os enseñé el Calvin Klein a mi padre y a ti, parecía que te ibas a desmayar. Sé que te produce turbación mirarme.
-Eres un jodido ególatra insoportable.
-Ya lo sé.
-¿Lo sabes?
-Me lo decían siempre en el instituto. No lo puedo evitar. Me encanta y me excita muchísimo que me miren.
Como un acto aparentemente reflejo, Alí se acarició la entrepierna. Elías advirtió con zozobra que tenía una media erección.
-Supongo que te refieres a las mujeres.
-Quien sea. Que me admiren hace que me sienta muy bien.
-Creo que cada día te conozco menos. Y tus padres, no se imaginan el vanidoso que tienen por hijo.
-¿Vanidoso? No, Elías, me siento orgulloso de mi cuerpo y de lo que hay en mi cabeza, pero basándome en realidades, no en el vacío. Esta carne está muy bien hecha, ¿no estás de acuerdo? Y he sacado la selectividad con un notable alto. ¿Te parece que soy un tío vacío?
Elías negó con la cabeza mientras tragaba saliva, porque se le había atragantado el torrente de jarabe de caramelo que fluía del joven.
-Ponte ahí, mirando hacia mi izquierda. No, gira la cabeza un poco más hacia tu derecha, que te dé algo más de sol en la cara. Así está bien.
Durante un rato, Alí permaneció estático y callado, con concentración propia de atleta a punto de batir un récord, con una sorprendente capacidad de mantenerse inmóvil como un jaguar que se dispusiera a cazar una presa, lo que facilitó que Elías consiguiese el parecido con muy pocos trazos. La del rostro de Alí era una mezcla inquietante de inocencia y fuerza, de ingenuidad y malicia; había adolescencia en su cutis aún no cubierto del todo por la barba, en el aleteo de su nariz y en la limpia luminosidad de sus ojos, pero había madurez en la determinación de sus labios y en la agudeza de su mirada. Era Adonis poseído por Atenea, Calixto influido por Celestina y el casto José seducido por don Juan. No había nada en ese rostro que no convulsionara el corazón de Elías. Por suerte, el muchacho miraba hacia otro lado y no podía leer en sus ojos.
-Yo creo que estás enamorado de mí -dijo Alí en un susurro, sin apenas mover ningún músculo de la cara.
Como si alguien hubiera descargado un camión de veinte toneladas de piedra sobre su pensamiento, Elías sintió ganas de morir, que el suelo se hundiera, desaparecer. Tenía que huir de la catarata insoportable de acíbar y almíbar que se precipitaba sobre su cabeza.
-¿No tienes nada que decir? -insistió el joven transcurridos largos minutos.
-¿Tendría que decir algo? Tú pareces ser clarividente. Lo sabes todo, ¿no? ¿Por qué habría que decirte nada, si tú estás en posesión de la verdad absoluta?
-Mira, Elías, ni soy clarividente ni me creo en posesión de la verdad, pero estoy seguro de que estás enamorado de mí y soy capaz de adivinar el dolor y la angustia insoportable que te causa sentirlo, porque soy el hijo de tu mejor amigo. ¿Me equivoco?
Elías bajó los ojos, nublados por las lágrimas. Por fin había llegado la hora impostergable de escapar. A partir de ese instante, ya no podía permanecer más en la casa. Como si el joven fuera, en verdad, capaz de leerle el pensamiento, dijo:
-¡Claro que no me equivoco! Mira, Elías, antes de seguir la conversación, quiero que me prometas solemnemente una cosa: no darle trascendencia ninguna. Que hablemos de esto no cambia nada, ni tu relación con mi padre ni la amistad que creo que ha nacido entre nosotros dos, ¿comprendes? No es nada malo sentir amor por alguien, y lo único que tú haces es amarme. Por consiguiente, tu posición en esta casa no ha cambiado ni un milímetro. No tienes por qué sentirte culpable con mi padre ni con mi madre. No quiero en modo alguno que te sientas incómodo con mi familia ni, mucho menos, conmigo. Todo va a seguir exactamente igual.
-Me desconciertas, Alí. En vez de un chico de dieciocho años, pareces una especie de duende milenario.
-¿Ves? Que me digas eso me gusta mucho, como me gusta mucho casi todo lo que me dices. Me encanta verte por aquí, esta casa nunca ha sido tan tranquila ni tan alegre como desde que tú estas. Antes, aunque los cuatro de la familia nos llevamos bien, surgían de vez en cuando discusiones sin importancia, pero, ahora que tú estás, no sé si es que nos contenemos por tu presencia o es que, en realidad, haces que nos sintamos todos más relajados. ¿Te tranquiliza lo que digo?
-Sí -musitó Elías de modo casi inaudible.
-Escucha, Elías. No puedo acostarme contigo, porque me gustan mucho las mujeres, pero me complace y me halaga muchísimo que me quieras. La verdad es que me encanta. Así que ni me tengas miedo, ni eludas mirarme ni te comportes como si yo pudiera quemarte. Y aunque yo no sienta deseos de acostarme contigo, si necesitas tocarme, hazlo; nada en mi cuerpo queda prohibido para tus manos, ¿de acuerdo?
-Eso está completamente descartado. Y el boceto está listo, así que haz el favor de dejarme solo, que tengo que pensar.
-¡Que bonito! -dijo Alí contemplando su retrato, para lo que tenía que aferrar el brazo de Elías, que trataba de impedir que lo viera-. Eres un artista verdadero y me siento orgulloso de ti. Ahora, piensa todo lo que te he dicho y como le comentes algo a mi padre, te partiré la boca y no volveré a hablarte en la vida.

Elías no consiguió dormir durante dos noches consecutivas. Después de lo que habían hablado, le costaba asimilar la naturalidad de Alí en la mesa y a todas horas. Lo que él había hablado, porque Elías sabía que había dicho muy poco y, en realidad, no había desvelado ni reconocido nada con franqueza, aunque todo lo hubiera aceptado tácitamente. Cuando subía a su habitación, tenía los ojos llenos del rostro sereno y educado del muchacho, los oídos inundados de su voz, la nariz impregnada de su aroma y toda la piel erizada por la emoción de un descubrimiento: Alí era un sujeto entero, de una pieza, su personalidad iba a ser arrolladora y su inteligencia rebasaba en mucho la media. ¡Qué bien lo había hecho Juan Manuel!
Ese amor no iba a consumarse jamás, pero le bastaba con haber conocido de cerca a un prodigio así. Amaba profundamente a Alí, el chico lo merecía y, más allá de tales realidades, todo lo demás sería tenebroso y sucio. La plenitud de ese amor exigía que jamás se consumase.

-Ya comienzan a llegar -dijo Rosa-. De aquí a veinte minutos, tendremos la casa a tope.
-¿Está todo preparado? -preguntó Juan Manuel.
-Por supuesto. El cattering que han traído es soberbio. ¿Serán suficientes seis camareros?
-Supongo que sí.
-Es que me parece que están viniendo más de los que hemos invitado.
Efectivamente, la casa y el jardín se llenaron a rebosar antes de lo previsto por Rosa. Más numerosos los mayores que sus hijos, menudeaban las celebridades de la farándula, los banqueros, los grandes promotores y algunos políticos de carreras fulgurantes. Todos estaban a punto de irse de vacaciones, algunos a países muy lejanos, y aprovechaban la oportunidad de verse las caras, como una despedida hasta los saraos que se reanudarían a finales de septiembre.
El retrato del matrimonio había sido colocado en medio del salón, sobre el caballete, que Rosa había tapizado con una cortina desechada de terciopelo gris que caía artísticamente en ondas sobre la alfombra. El conjunto parecía la obra más destacada de una exposición de museo.
-Rosa, te ha sacado guapísima -elogió una mujer de mediana edad, esposa de un financiero emergente, de quien se decía que había amasado una enorme fortuna repentina con métodos no demasiado lícitos-. ¿Es muy caro el pintor?
-Como ves, no es un principiante -eludió Rosa responder, mientras se preguntaba si Elías sería capaz de embellecer el vulgar aspecto de su interlocutora.
-Desde luego que no. ¿Crees que aceptará hacerme uno?
-Es difícil. Tendrías que ponerte a la cola, porque ya son siete amigas las que quieren que las retrate.
En realidad, sólo eran cinco, pero a Rosa le pareció que la cifra “siete” sonaría más contundente.
-Por favor, trata de influir. Querría tenerlo para octubre, para dárselo como regalo de cumpleaños a Alberto.
Rosa se preguntó si Alberto consideraría de verdad un buen regalo el retrato de la interfecta. Conteniendo la sonrisa irónica que pugnaba por aflorar a sus labios, respondió:
-Lo intentaré, pero no te prometo nada.
-Chica, es un pintor maravilloso. Te ha dado aires de reina, tu marido parece un patricio romano y el cuadro tiene magia, como si desprendiera luz; no consigo dejar de mirarlo. Me voy a enfadar muchísimo contigo si no consigues que me pinte a tiempo para el cumpleaños de Alberto.
En ningún momento a lo largo de la fiesta dejó de haber, al menos, tres o cuatro personas contemplando el cuadro.
Elías trataba de mantenerse un poco al margen. Nunca había sido capaz de comprender las nociones que caracterizaban la vida social de la gente rica, de modo que prefería no participar en las conversaciones más que lo indispensable, por temor a sus previsibles meteduras de pata a causa de la vieja militancia progre, que ahora parecía tan pasada de moda.
-¿Por qué te apartas del mogollón? -le preguntó Alí, acercándosele por detrás.
Había notado su aroma de mantecado de piñones antes de que hablase.
-No me siento cómodo con tus vecinos.
-No me extraña. Está gente sí que está vacía. Pero te conviene hablar todo lo que puedas. Creo que ya hay varios interesados en que les hagas retratos.
-Si el interés es genuino, se lo dirán a tu madre.
-De todos modos, vente a bailar, hombre. No me gusta que estés rondando como un fantasma.
-¿A bailar? ¿Sin pareja?
-Joder, Elías, qué rancio te pones a veces. Nadie baila con pareja. Venga, vamos.
Sin darle opción a seguir rechazándolo, Alí aferró fuertemente su brazo y le empujó hacia la pista instalada junto a la piscina. Juan Manuel y Rosa estaban bailando, puesto que ya mediaba la fiesta y no tenían que ejercer de anfitriones.
-¿Dónde te metes? -le saludó Rosa con expresión radiante.
-Me agobia un poco tanta gente.
-No te agobies, chico. Te vas a hacer rico. Hay lo menos doce mujeres que quieren que les hagas retratos y tres o cuatro hombres.
-¿En serio?
-Me están dando a mí las tarjetas para que les llames, pero fíjate si son encargos en serio, que todos me han pedido tu nombre para llamarte ellos. Están entusiasmados con nuestro retrato -Rosa señaló a Juan Manuel-. Mira, Elías, no sé cómo decirte lo que te agradecemos que lo pintaras. Es una verdadera obra de arte. No paran de elogiarlo.
Elías notó que el entusiasmo era verdadero. Sólo la proximidad de Alí, y la culpabilidad por lo que sentía, impidió que se le humedecieran los ojos de gratitud no sólo a sus anfitriones, sino a la vida misma.
-De esta fiesta, vas a sacar no menos de ciento cincuenta mil euros -dijo Juan Manuel-. Puedes suponer cuánto me alegro por ti.
A Elías no se le había ocurrido hacer cálculos.
-¡Tus problemas resueltos! -exclamó Alí-. Ahora, a bailar.
Le fue empujando hacia el centro de la pista, donde más gente había.
-Mira, Mavy, éste es Elías.
-¿Tú eres el pintor? -preguntó la muchacha-. ¡Qué pasada! Te felicito, oye. El retrato de Rosa y Juan Manuel es extraordinario.
-Bailemos los tres -dijo Alí.
-Huy, ¡qué pasada! -exclamó Mavy, mientras apoyaba su mano en la cintura de Elías.
También notó el pintor que Alí apoyaba la suya, pero situándola sobre la mano de la muchacha. La contradicción de sus emociones y su intensidad iban a hacerle reventar el corazón.

El piso de Málaga se hallaba en un lugar privilegiado, un edificio de catorce o quince plantas situado en una lengua de tierra que se adentraba en el mar, entre el puerto y la playa. Contra la descripción de Juan Manuel, se trataba de un piso muy amplio, cuyo enorme salón tenía ventanas hacia ambos panoramas, el portuario y el playero.
La habitación que iba a compartir con Alí durante un largo e insoportable mes y medio, era también muy grande, y las camas, colocadas en dos orientaciones diferentes, no estaban demasiado próximas entre sí, lo que tranquilizó al pintor.
El primer día, tras un recorrido agotador por la ciudad y sus espléndidos jardines, Juan Manuel dictaminó:
-Esta noche no vamos a salir. Estarás un poco cansado, ¿no, Elías?
-No particularmente. Me siento de maravilla.
-Estupendo -dijo Rosa-. Pero reserva las energías, porque mañana vamos a tener un día capaz de reventar a una mula. ¿Has oído hablar del Chorro de los Gaitanes?
-No.
-Ya verás -advirtió Juan Manuel.
-Lleva zapatos cómodos -aconsejó Alí.
-¿No sales esta noche? -preguntó Rosa a su hijo.
-No. Estoy un poco cansado y también quiero reservarme para mañana.
-¡Ah! Pero, ¿piensas venir también?
-Por supuesto.

Tras desnudarse, Elías se giró en la cama, dando la espalda al punto donde se situaba la de Alí, antes de que el muchacho volviera del baño.
-Elías, ¿duermes?
-No.
-¿No te apetece hablar?
-¿De qué?
-¡Yo qué sé! Hablar por hablar.
-No me parece que sea ése tu estilo.
-Venga, deja de hablarme de espaldas, reprimiendo algo que no tienes por qué reprimir a estas alturas y después de lo que hablamos.
Elías se giró lentamente. Sentía pavor, porque presentía lo que iba a ver. Contra lo que temía, Alí tenía una toalla anudada a la cintura; mezclado con el perfume de lavanda que acababa de echarse, exudaba un fuerte aroma a mango y melocotón. La piel, todavía levemente húmeda por la ducha, era un bombón helado de chocolate blanco. Viendo que había aceptado volverse de cara, el joven se sentó sobre la alfombra, apoyando la espalda en la cama de Elías.
-¿No decías que querías dormir para estar descansado mañana? -reprochó el pintor.
-No son más que las doce y media.
-Si yo fuera mal pensado, diría que estás provocándome.
-¿Por haberme sentado aquí? Siempre lo hago. Me encanta sentarme en la alfombra a escuchar música. ¿Qué música te gusta?
-Jazz.
-¡Qué coincidencia!. Tengo una colección estupenda.
Sin alzarse del suelo, a gatas, Alí se acercó al aparato de música y puso a sonar un disco de Duke Ellington.
-¿Te importaría acariciarme la cabeza? -pidió Alí.
-Coño, Alí. Me vas a obligar a volver a Madrid echando leches y no sé qué explicación podría darles a tus padres.
-¿No te acuerdas de que te dije que me tocases si te apetecía?
-Vamos a ver, Alí. ¿Tú te imaginas lo que yo sentiría tocándote, si fuera verdad lo que sugeriste aquel día en la terraza?
-No lo sugerí, lo afirmé. Y sí, me imagino lo que sentirías. Creo que te sentirías bien, y yo también. No tienes por qué dramatizar tanto. A mí me encanta que me hurguen el pelo.
-Creo que te sobra quien lo haga. Mavy, por ejemplo.
-Oh, sí, lo hace siempre que nos acostamos. Es como un vicio. ¿Sabes?, en la peluquería, cuando voy a cortarme el pelo, me empalmo siempre.
-Por favor, Alí, vete a dormir.
-¿Te pone nervioso que diga que me empalmo?
-Sí -Elías no pudo disimular el tono ronco de su garganta a punto de romperse en un sollozo.
-Pues no trato de que me acaricies el pelo porque quiera empalmarme. Me gusta mucho, de verdad. Mi padre y mi madre me revuelven el pelo, a veces durante horas, mientras vemos la televisión o cuando viajamos. ¿No te das cuenta de que todavía soy un niño?
-¿Un niño, tú? ¡Vamos, anda! Eres un diablo, con más kilómetros que el baúl de la Piquer. ¿A cuánta gente le has hecho lo mismo que me estás haciendo a mí?
-¿Qué estoy haciéndote?
-Volverme loco.
-¿Ves qué fácil ha sido decirlo? Es la primera vez que lo reconoces.
-Perfecto. Ya lo has logrado. Ahora, vete a dormir o haz lo que te salga de los cojones, porque por la mañana cogeré el tren de vuelta a Madrid.
-¿Y qué explicación le darás a mi padre?
-Ya pensaré algo.
Sin decir nada, Alí se giró para arrodillarse junto a la cama, cogió la mano de Elías y la forzó hasta posarla sobre su cabeza.
-¿Esto es malo? -preguntó.
-En cierto sentido.
-¿En qué sentido es malo que me toques la cabeza?
-Por favor, Alí; sé que eres un estudiante brillante y un chico más maduro de lo que corresponde a tus dieciocho años. No puede ser que no sepas el modo en que me afectan estas cosas. Se trata de cinismo o de algo peor que no consigo comprender.
Elías lo vio recular un poco, y temió que el muchacho hubiera percibido como insulto lo que no era más que un reproche defensivo. El fuerte brazo que había forzado el suyo como si nada pudiera resistírsele, parecía tenso como una catapulta a punto de dispararse. Pero no se trataba más que de un juego de su imaginación atormentada, como si estuviera ante espejos de feria que todo lo distorsionan. Ese brazo que había creído un arma que iba a ser disparada contra él, se enderezó y la mano de nata avanzó suavemente hacia su rostro para rozar ligeramente su mentón.
-Escucha, Elías, escúchame con atención, porque quiero que me entiendas con toda claridad. Yo soy un tío completamente normal, y tú también eres un tío completamente normal... ¿me sigues? -Elías asintió-. Los tíos normales se empalman, gozan, aman, discuten... Lo que no es normal es que repriman dolorosamente una erección, un orgasmo, el amor o las ganas de discutir. Yo creo que tuviste la crisis cardiaca porque te reprimes demasiado. Mi padre nos hizo muchas advertencias la noche antes de traerte a casa; nos dijo que todos teníamos que ayudar a que te restablecieras cuanto antes. Por eso, me dediqué durante varios días a observarte, y la conclusión que saqué es que, incomprensiblemente, porque eres un tío muy  atractivo, te niegas a muchas cosas que no tendrías que negarte. Cuando me di cuenta de que te habías enamorado de mí, tuve mis dudas, no creas; soy un picajoso heterosexual sin remedio, pero tomé la decisión de colaborar a que fueras feliz. No creo que pueda sentirme demasiado cómodo haciendo el sexo contigo, pero si lo deseas, adelante. Te doy mi palabra de que haré todo lo posible por complacerte y que ello no va a causarte ninguna dificultad posterior. Quiero sinceramente que te sientas bien y, de momento, ¿por qué no haces que yo también me sienta bien? De verdad que me gusta muchísimo que me hurguen el pelo. Anda, acaríciame la cabeza.
Con los ojos cerrados, Elías movió la mano hacia el húmedo helado de avellanas que era el alborotado pelo de Alí. Notó que el muchacho se arrellanaba, escurriéndose en la alfombra, para disfrutar la caricia con comodidad.
-De aquí no pasaré ni ahora ni nunca, Alí. No reprimo lo que siento por ti, es que lo que siento es mucho más grande que el sexo, ¿comprendes? Para mí, tú no eres sólo tú, eres un prodigio intemporal que incluye la más hermosa amistad de mi adolescencia, la que tuvimos tu padre y yo, y abarca la familia que ya no tengo, la que no he creado y todo cuanto añoro de la belleza que no poseo. A menos que seas un simulador, un hipócrita y un farsante, estoy convencido de que tú eres un sujeto excepcional, que no sólo escapa y está por encima de mis medidas, sino que no existe la más remota posibilidad de que mi pensamiento pueda percibirte como un objeto de placer. De deseo, sí, pero no de placer.
-¿Cuál es la diferencia?
-La que hay entre contemplar el más espléndido paisaje durante horas y retorcerse en la cama por un orgasmo durante unos minutos. Tú eres el paisaje.
-Es lo más bonito que me han dicho nunca. Ojalá vivas siempre con nosotros.
-No lo resistiría, Alí.
-Tengo que conseguir que dejes de idealizarme como si yo fuera un dios, no es bueno para ti ese sentimiento. Cuando explote la pasión que hay en tus sentimientos, la tuya será una amistad maravillosa, que espero que dure toda la vida. Estoy convencido de que si hiciéramos sexo aunque sólo fuera una vez, conseguirías pasar a ese estadio de serenidad donde quisiera que estés.
Elías se mantuvo en silencio, sin dejar de enredar con los dedos el pelo de Alí. Acababa de comprender. Verdaderamente, no había nada sórdido en la vehemente obstinación del muchacho, sino la necesidad de obligarle a dejar de sentir unos deseos que él creía que se interponían entre ellos.
-Entonces, ¿qué decides?
-Mi decisión está tomada desde el primer día que descubrí lo que me haces sentir. Jamás habrá entre nosotros un contacto físico que no sea darnos la mano o esto que hago ahora.
-Me encanta. Estoy super relajado. Me voy a dormir.

Elías no estaba preparado para la magnificencia que encontró. El estrecho desfiladero del Chorro de los Gaitanes se abría entre rocas verticales de altura vertiginosa y parecía el pórtico de un mundo mágico, el pasadizo de entrada a un universo inventado para una película fantástica donde todo podía suceder, hasta lo imposible. Y lo imposible sucedió.
A través de un angosto camino/puente colgado con precariedad de una de las paredes de roca, sobre el vacío, circulaban delante Juan Manuel y Alí en animada charla, seguidos de Estela, a quien acompañaba un muchacho que ejercía de novio vacacional. Elías cerraba el cortejo, sujetando por la cintura a Rosa, que no paraba de hablar para rescatarse a sí misma del vértigo que el abismo le causaba:
-Aquí, hizo una película Frank Sinatra, que tuvo mucho éxito en su momento y que se llamaba "El expreso de Von Ryan" Imagina qué absurdo, este paisaje tan malagueño simulaba estar entre Suiza y Alemania.
-Este lugar es espléndido -ensalzó Elías-; merece una visita aunque hubiera que venir expresamente desde muy lejos.
-Le llaman el Caminito del Rey -informó Rosa-, porque lo hicieron para que pasara Alfonso XIII cuando vino a inaugurar el ferrocarril.
-Pues en vez de un camino para un rey -bromeó Elías-, parece hecho para que lo recorran grandes atletas.
A pesar de que iba varios metros por delante, Alí llevaba las antenas extendidas hacia atrás, pues comentó con voz sonora y tono críptico:
-... ¡o para enamorados!
Elías apretó los labios sin responder, porque sabía que la emoción podía delatarle. Rosa le miró con expresión algo amoscada antes de afirmar:
-Tengo la sensación de que no simpatizas con mi hijo.
Elías se estremeció.
-¿Por qué lo dices?
-Está clarísimo que te resistes como gato panza arriba a hacerle el retrato, noto que le rehuyes como si te repugnara acercarte a él y, cuando estamos comiendo, no respondes con un prodigio de cordialidad cada vez que Alí te habla, y hay veces que hasta parece que no le escucharas, como si le ignorases deliberadamente, igual que cuando una trata de que alguien note que no te cae bien. Si te soy sincera, no me sienta bien cuando veo que lo tratas con tanta antipatía.
-¿Eso parece?
-Pues la verdad que sí. Y si te soy sincera, no comprendo la razón de tu hostilidad, porque se nota de lejos que Alí te admira, que te venera... En cambio, tú... pareciera que creyeses que él es de lo peor que hay. Mira, Elías, considero que mi hijo es bastante excepcional; tal como están las cosas hoy día con los jóvenes, me parece una suerte que sea tan sano, tan deportista... y en cuanto a los estudios, no es que lo diga yo por amor de madre, es que lo demuestran las notas. Tienes que estar de acuerdo con que Alí está por encima de la media.
-Estoy completamente de acuerdo.
-Entonces, trátalo un poco mejor, hombre, qué te cuesta. No le rehuyas como si te rechinaran los dientes cuando se te acerca.
Ante la encendida defensa que Rosa estaba haciendo de Alí, Elías se preguntó con un nudo en el pecho cuál sería su actitud, como reaccionaría si conociera los sentimientos reales que reprimía bajo los gestos fingidos de indiferencia. La situación era sorprendente, prácticamente imposible. Rosa le estaba pidiendo, casi suplicándole, que fuera más amable con Alí, mientras el alma le pedía a gritos ser absolutamente amable con él.

Las vacaciones iban a acabar produciéndole un nuevo amago de infarto a Elías. Las noches que Alí no permanecía hasta el amanecer fuera, con sus amigos y novias ocasionales, invariablemente se sentaba sobre la alfombra y le forzaba a acariciarle el pelo.
Siempre, después de la ducha y, a veces, también de madrugada, cuando volvía de sus francachelas antes de lo acostumbrado, fingiendo al principio una embriaguez que en seguida descubría Elías que era falsa. En estas ocasiones, salía desinhibidamente del baño sin cubrirse con la toalla, como si se tratara de un descuido producto de la falsa borrachera. Actor experto al fin al cabo, Elías sabía reconocer los trucos de un mal comediante, la falsedad de un tambaleo mal interpretado, un balbuceo que desaparecía a la primera oportunidad de pronunciar una réplica coherente, unos ojos entrecerrados que sabía que le estaban examinando con la atención de un cazador. Al verlo llegar desnudo desde la ducha, Elías desviaba su mirada aunque todos sus sentidos estaban maravillándose y dando gracias al cielo por la perfección de escultura renacentista de alabastro, por la simetría incuestionable de un cuerpo donde nada sobraba aparte de la hermosura. Resplandecía como gotas de rocío amanecidas sobre pétalos de rosas de té, olía de lejos a promesa de éxtasis y el movimiento de sus miembros sonaba a música cósmica. Jamás se concedió mirar directamente el pene que Alí exhibía jactanciosamente, aunque sospechaba Elías que, antes de salir del baño, se había acariciado para magnificarlo. Los párpados entrecerrados de Alí en su simulación de embriaguez no paraban de acechar un gesto que significase la rendición.
A pesar de tales escenificaciones, siempre sin resultado, el joven eludía casi siempre volver a hablar de la conveniencia de un encuentro sexual, porque veía la determinación con que Elías rechazaba tal posibilidad. A veces, sin embargo, probaba argumentos nuevos:
-Creo que una persona de tus características y las de mi padre, sumadas, sería el padre ideal.
-Tu padre ya es ideal tal como es.
-Pero quisiera que tuviese también muchas de las cosas que tienes tú.
-Nadie es perfecto.
-Me gustaría abrazarte como si fueras mi padre. Un abrazo no tiene importancia y creo que a ti te apetece.
-Deja esa monserga, por favor.
-Es que vamos a pasarnos toda la vida en este plan, Elías. Si no superamos esta cuestión, va a haber siempre un obstáculo entre nosotros.
-No tienes ninguna necesidad de eliminar ese obstáculo. Yo soy una persona mayor, tan mayor como tu padre, y tú no me necesitas para nada. No hay cabida para mí en tu futuro.
-¡Cómo te equivocas!
A esas alturas del verano, Elías había decidido ya abandonar la casa al regreso. Estaba seguro de que Juan Manuel le daría un préstamo respaldado por lo que le iban a pagar por los diecisiete cuadros que tenía apalabrados, y podría alquilar un estudio donde no sufriera interferencias tan estremecedoras.

Elías llegó a una conclusión que no favorecía del todo a sus anfitriones: El dinero no había sofisticado ni convertido en un esnob a Juan Manuel, lo cual no estaba seguro de que fuese una desventaja.
Faltaban sólo dos días para el regreso a Madrid, cuando su riquísimo amigo propuso lo más tópico que Elías podía imaginar: Cenar y asistir al espectáculo en el casino, jugar luego un poco y pasar el resto de la velada bailando. Dado que Estela sólo tenía diecisiete años y no le permitían la entrada, su padre le dio licencia para programar la noche con sus amigas, lo mismo que a Alí, para que su hermana no se sintiera postergada. Pero contra lo que su padre esperaba, el joven exclamó:
-¡Estupendo!, iré con vosotros.
-¿Seguro que no prefieres ir a la discoteca con tus amigos? -preguntó Juan Manuel, asombrado.
-Anoche me llevé un malrato -repuso Alí-. Uno de ellos quiso que yo esnifara cocaína.
-¡Tú! -exclamó Juan Manuel, indignado-. ¿Quién era el que tenía esa porquería, alguno de nuestros vecinos?
-No lo conoces, papá.
-¿Seguro? Mira que es un asunto muy grave y tendría que hacer averiguaciones sobre ese chico. No vuelvas a verlo.
-No hace falta que me lo digas, papá. Sé muy bien lo que tengo que hacer.
Elías sonrió. Juan Manuel no conocía verdaderamente a su hijo. Intuía que la escena de la cocaína muy bien podía no haber sucedido, ser un invento. La exhibición de virtud que estaba haciendo el muchacho era fingida o exagerada deliberadamente, con un propósito que el pintor intuía: su personalidad trepidante y su celosa independencia exigían que confiasen ciegamente en él las dos únicas personas que tenían derecho a controlarle. Ante sus padres, el chico resultaba demasiado perfecto para ser natural. Repelente de tan perfecto.
Tras la cena y el espectáculo, Juan Manuel perdió en el casino una cantidad que a Elías le pareció extravagante, lo mismo que a Rosa, que le obligó a abandonar la mesa de baccará y se fueron los cuatro a la sala de baile.
Elías contó los tragos que Alí bebió: cinco, lo que no pareció inquietar a sus padres, aunque a él se le rompían todos los esquemas, tanto los que había elaborado sobre la habilidad de Juan Manuel y Rosa para educar a sus hijos como los que colocaban en un pedestal la inteligencia y el rigor de Alí. Aunque la pareja parecía haber relajado los controles por encontrarse en vacaciones, que un deportista de dieciocho años bebiera cinco tragos largos de alcohol en una noche le parecía a Elías una atrocidad que le causaba dolor. Sobre las cuatro y media de la madrugada, el muchacho dijo:
-Estoy mareado. Creo que voy a vomitar. Elías, ¿me puedes acompañar al baño?
El pintor leyó en la mirada de Rosa el ruego de que aceptara.
-¿Por qué coño has tenido que beber tanto? -preguntó Elías cuando la puerta del baño se cerró tras ellos.
-No me regañes, cojones. Tengo una espina.
Elías apretó los labios y retrocedió para abortar el abrazo con que Alí iba a envolverle.
-¿Como la de Machado? Recuerda lo que dijo el poeta: si te arrancas la espina, no sentirás el corazón.
-Si tú me arrancas la espina, sentiré el corazón mucho más que ahora.
-Eso es una estupidez que no piensas verdaderamente.
Alí no respondió. Corrió hacia el excusado pasa soltar lo que su joven y saludable cuerpo no estaba dispuesto a asimilar. Tras enjuagarse la boca y refrescarse la cara en el lavabo, rogó:
-Vamos a la playa, Elías, por favor. La brisa del mar acabará de despejarme.
El pintor se dejó llevar por los empujones afectuosos del muchacho, que le colocaba sus fuertes manos en la cintura con un asombroso y desconcertante aire de posesión. Bajaron a la zona hotelera del edificio para salir a la estrecha playa. No había luna, pero el tranquilo y rumoroso mar de Alborán reflejaba el firmamento como en un espejo, duplicándolo.
-Ahora, ya es una cuestión de amor propio -dijo Alí.
-¿El qué?
El joven forzó la presa con que sus manos abarcaban la aún estrecha cintura de Elías, tratando de que sus cuerpos entrasen en contacto, para que sintiera que su naturaleza se hallaba expectante y dispuesta. Elías le dio un empujón suave y se alejó unos metros.
-¿Qué es lo que pretende tu amor propio, Alí?
-Que tengamos sexo de una vez, cojones. A estas alturas, ha llegado el momento de ver quién de los dos puede más. Porque si hubieras aceptado la primera vez que te lo propuse, habría sido un simple trámite y, después, todo hubiera sido natural y tranquilo y hubiésemos pasado página. Ahora, con tantas negativas, tantas huidas como si fueras un chica calientapollas que en fondo quiere lo que finge no querer, el asunto ha llegado a obsesionarme. Llevo cerca de dos semanas sin ganas de follar, cojones, porque hacerlo contigo es una cuenta pendiente que me incapacita para todas las oportunidades que me surgen a diario.
-Otras veces, cuando dices cosas tan absurdas como ésas creo que estás loco. Ahora, sé que estás borracho.
-No, Elías, ya no estoy borracho. Mira.
De un salto, se colocó boca abajo y recorrió haciendo el pino unos doce metros sobre la arena. Al volver a saltar para recuperar la posición normal, cayó sobre el rebalaje, mojándose los zapatos y el pantalón del smoking.
-¿Nos bañamos? -sugirió Alí.
-Haz lo que te apetezca. Yo no quiero bañarme ahora.
-Coge el traje, para que no se ensucie en la arena -pidió el muchacho mientras comenzaba a desnudarse.
Elías se obligó a mirar hacia otro lado cuando se despojó del calzoncillo y movió las caderas para que fuese notorio el péndulo endurecido. Alí buscó los ojos evasivos del pintor; como no encontró la devolución de una mirada con la que hacía un último intento de conseguir un asentimiento, frunció los labios y corrió a zambullirse. Elías volvió a mirarlo sólo cuando escuchó el ruido de la zambullida y de sus brazadas vigorosas, que le llevaron mar adentro hasta perderlo de vista.
-¡Alí, vuelve, por favor! –gritó Elías hacia la oscuridad vacía, convertido de repente en un ciclón de dolor y arrepentimiento.
Echó a andar mar adentro, gritando el nombre de Alí con la garganta rajada por el dolor y la desesperación. Transcurrieron los minutos sin verlo regresar y el pintor se sentía impelido a avanzar mar adentro, llegar hasta él empujado por los delfines, agarrarlo del pelo para castigar su osadía de ángel que ignoraba el pecado, estrujar su determinación de héroe mitológico que no conocía el miedo ni los convencionalismos, morder a besos su boca para que no volviera a machacarle el alma con reproches por no hacer lo que no podía hacer. Sus alaridos, progresivamente aterrorizados, fueron oídos desde el hotel. Cundió la alarma y  pronto se llenó la playa de gente. Cuando varios de los empleados se echaron al agua y consiguieron que Elías volviera a la seguridad de la arena, Rosa lloraba y Juan Manuel no paró de reprocharle, con aspavientos que parecían querer romperle la cara, haber consentido que su hijo hiciera una locura de esa magnitud. Elías no fue capaz de decir lo que pensaba, que la personalidad de Alí no encajaría en ninguna circunstancia un ruego que le hiciera cambiar de idea. De ninguna idea.
Las tareas de salvamento, organizadas por la Guardia civil y la Cruz Roja, comenzaron una hora y cuarto después de que Alí se lanzara al agua. Recorrieron durante horas con las dos zodiacs la zona del mar más próxima a la playa y sólo al amanecer acudió el helicóptero. Las horas pasaban, el día avanzaba y una verdad se hizo evidente para todos: la búsqueda era inútil.
Elías sentía deseos de morir, internarse mar adentro como Alfonsina Storni, hasta donde cantan las caracolas, hasta la profundidad donde el cuerpo adorado del ser más singular y prodigioso que conociera en su vida había encontrado un sudario. ¿Por qué se había negado a algo que, a fin de cuentas, no habría representado una ofensa verdadera a Juan Manuel, puesto que el joven había insistido tanto? Si lo hubiera consentido, si le hubiera permitido compartir el placer del arrebato que pudo ser un encuentro sexual entre ambos, seguramente no habría encontrado la muerte en el mar, ni siquiera habría sentido el impulso de nadar a esas horas hacia el abismo.
Había sido un estúpido. Eligiendo lo más difícil, lo más supuestamente heroico, había optado mal, porque había propiciado la muerte de Alí. ¿Cómo iba a poder librarse de esa culpa? ¿Era comparable la magnitud de este pecado con el que habría representado insultar a Juan Manuel mediante el goce erótico con su hijo? No, ahora era verdaderamente culpable, ahora sí que se trataba de un hecho abominable, el peor error que había cometido en su vida, puesto que no sólo había pecado de soberbia al rechazar lo que tan generosamente se le ofrecía; también había pecado de avaricia por querer salvaguardar una integridad que nada valía y, sobre todo, había pecado de falta de caridad hacia los padres del muchacho y hacia él mismo. El mar estaba derritiendo un prodigio, un ídolo destinado a asombrar al mundo y él era el único responsable, ya que habría podido evitarlo con sólo permitir que su mano materializara la caricia que ansiaba. Nunca podría restablecerse de este dolor. Ahora, sí era verdaderamente culpable.
Dando por fracasada la búsqueda, los guardias y los voluntarios de Cruz Roja recogieron los instrumentos. Perdieron de vista el helicóptero sobre el acantilado y el matrimonio y Elías entraron pesarosamente en el coche que les llevaría de vuelta a casa.

Cuando Rosa abrió la puerta, el teléfono estaba sonando. Inmediatamente después de responder, dio un grito.
-¡Lo han encontrado!
-¿Vivo? -aulló Juan Manuel.
-No me han dado seguridad. El helicóptero lo ha localizado mucho más lejos de lo que esperaban. Ahora lo llevan para el hospital.
Volvieron a salir, acompañados de Estela, y Juan Manuel condujo nerviosamente rumbo al centro sanitario.
-Está en reanimación -les informó el médico-. Por un punto, una petaca.
Los cuatro montaron guardia ensimismada durante cinco horas. Juan Manuel se había adormecido en un sofá de la sala de espera, Estela dormía a pierna suelta y Rosa parecía estar en trance, con los ojos enrojecidos pero sin reflejos en la mirada. Elías saltó cuando vio que el médico se acercaba.
-Es un muchacho muy fuerte. Sobrevivirá. Tiene que estar al menos veinticuatro horas en la UCI, pero el peligro ha pasado ya.
Fueron haciendo guardia en dos turnos, Juan Manuel y su hija y Rosa y Elías, a la espera de que Alí recuperase el conocimiento. Cuando ocurrió y la enfermera vino a avisarles, era medianoche, los otros tres dormían y Elías prefirió no despertarles porque necesitaba hablar sin testigos. Corrió hacia el cubículo lleno de aparatos y pantallas de control. Una máscara de oxígeno cubría la mayor parte del hermoso rostro de Alí; cuando el chico notó que se acercaba, tensó el elástico y alzó el plástico para decir:
-Por poco.
-Perdóname, Alí.
-Perdóname tú por darte este disgusto.
-Sería un desgraciado el resto de mi vida si te hubieras muerto.
-Te lo habrías ganado, por imbécil.
-Sí, estoy de acuerdo. ¿Qué tenías en la cabeza cuando te alejaste tanto de la playa?
-Sólo quería impresionarte. De repente, me di cuenta de que no me quedaban fuerzas para volver, y me limité a flotar, a la espera de que ocurriera un prodigio.
-Todo lo tuyo es siempre un prodigio.
-¿Tú crees?
-Nunca en mi vida he estado más seguro de algo.
-¿Seguirás negándote a que nos libremos de la barrera que el sexo pone entre nosotros? Di que sí, Elías, por favor, yo te necesito entero, me desespera la mampara que pones cuando me acerco a ti. ¿Tendremos sexo una o varias veces, para que podamos ser amigos sin que temas el deseo ni yo tema tu esquivez?
-Sí.