miércoles, 29 de febrero de 2012

La leyenda de Don Pelayo



Según la leyenda, Pelayo era un noble visigodo, hijo del duque Favila. Debido a las intrigas entre la nobleza visigoda, el rey Witiza conspiró para asesinar a su padre. Pelayo huyó a Asturias, donde tenía amigos o familia. Posteriormente, al sentirse inseguro en la Península, marchó como peregrino a Jerusalén. Allí permaneció hasta la muerte de Witiza y entronización de Rodrigo, del que era partidario. Con éste, ocupó el cargo de conde deespatarios o de la guardia del rey y como tal combatió en la batalla de Guadalete en abril o mayo del año 711. Tras la batalla se refugió en Toledo y, a la caída de la ciudad (714), mientras otros escapaban a Francia, él volvió a Asturias, supuestamente custodiando el tesoro del rey visigodo.

Las primeras incursiones árabes en el norte fueron las de Muza entre los años 712 y 714. Entró en Asturias por el puerto de Tarna, remontó el río Nalón y tomó Lucus Asturum (Santa María de Lugo de Llanera) y luego Gijón, donde dejó a cargo al gobernador Munuza. Las familias dominantes del resto de las ciudades asturianas capitularon y probablemente también la familia de Pelayo.
En 718 tuvo lugar una primera revuelta encabezada por Pelayo (al parecer porque Munuza se había casado por la fuerza con su hermana Adosinda), que fracasó. Pelayo fue detenido y enviado a Córdoba. Sin embargo, consiguió escapar y volver a Asturias, donde encabezó una segunda sublevación y se refugió en las montañas de Covadonga y Cangas, donde se mantenía la resistencia.

En 722 Munuza envió a un general, Al Qama, a someter a los sublevados. Al Qama se dirigió hacia Bres (Piloña), donde se encontraba Pelayo. Éste se dirigió huyendo hasta el monte Auseva, en el valle de Cangas y allí, en la Batalla de Covadonga, aniquiló al destacamento de Al Qama que venía de la península para ayudar a eliminar definitivamente la resistencia en las montañas.
Posteriormente a esta batalla, el gobernador militar al mando de la mitad norte de la península Ibérica, Munuza, que tenía como base Gigia (actual Gijón), intentó escapar de Asturias y alcanzar la seguridad de sus posiciones en la meseta, pero fue dado alcance y muerto junto con su séquito y sus tropas en un valle del centro de Asturias.

viernes, 24 de febrero de 2012

ADRIÁN Y ANTONIO

CUENTOS DEL AMOR VIRIL. LUIS MELERO


La ausencia era dolorosa.
El rastro de Kepa latía en todos los objetos del piso. En el sofá de cuero blanco donde había pasado horas y horas hablando por teléfono, en la silla donde se sentaba a comer, en la consola donde le aguardaban todavía cinco cartas del banco, en los cacharros de la cocina que tanto había usado para alardear de su talento culinario y, sobre todo, en la cama, en el lado derecho de la cama del que le había desplazado "porque aquí se ve mejor la televisión".
Cinco años. La relación más larga y más arrebatadora que registraban los cuarenta y seis años de edad que contaba Adrián.
Cinco años que habían representado la serenidad tras una juventud loca. Antes de conocer a Kepa, había jadeado en millares de camas, en la mayoría de las saunas y en casi todos los cuartos oscuros, donde su sexualidad impetuosa le permitía descargar las tensiones acumuladas en el estudio de televisión. Un día, descubrió a Kepa en un plano congelado del monitor de la cámara número tres, mientras grababa uno de los últimos capítulos del programa que le había llevado a la cresta de la ola; al principio lo miró igual que a todos los bailarines, con el ojo crítico de un realizador apremiado todos los días por la necesidad de superarse; terminada la grabación, sin embargo, aquel plano congelado continuaba en su memoria y tuvo que indagar, y luego recurrir a artimañas, hasta conseguir hablar a solas con Kepa, que entendió sin dificultad y sin aspavientos lo que Adrián deseaba, y sin pretenderlo y sin exigírselo, con él había llegado la estabilidad. Adrián abandonó la promiscuidad sin añorarla, porque la compulsión erótica del bilbaíno era tan vehemente como la suya y entre sus brazos encontró gas suficiente para alimentar el fuego sin necesidad de buscar a diario más combustible.
Y ahora, tras cinco años de éxtasis permanente, hacía dos semanas de su abandono. Kepa se lo explicó con naturalidad:
-Cumplo treinta y un años el mes que viene. Es hora de casarme y formar una familia. No se puede vivir esta locura para siempre.
-¿Casarte?
-Tengo novia desde antes de conocerte, Adrián. Nunca me he atrevido a decírtelo, sabía que te iba a sentar mal. Yo la quiero y ahora que he ahorrado lo suficiente, ya podemos casarnos. La boda es el catorce de junio. Me gustaría que vinieras a Bilbao.
Tenía grabado el diálogo en la memoria como si fuera un sketch del programa, como si debiera desmenuzarlo para ir indicando los planos a los cámaras. De haber estado dirigiendo a Kepa en el plató, le hubiera pedido que se mostrase menos tranquilo, más preocupado, en lugar de la indiferencia monocorde con que hablaba; le hubiera ordenado que su tono reflejase el sinsentido de hacer tal anuncio a quien había obligado dos veces a llegar al orgasmo la noche anterior.
Contemplaba la fotografía de Kepa con la misma mezcla de nostalgia y estupor de las últimas dos semanas, cuando sonó el teléfono.
-¿Adrián? -era la voz de Joaquín-. ¿Qué haces encerrado en tu piso un sábado a estas horas? Me estás cabreando. Siendo las doce y media de la noche, pensaba dejarte un recado en el contestador para invitarte a comer mañana, y resulta que te encuentro ahí. Seguro que estás solo y pensando en Kepa como una Penélope enlutada.
La impaciencia de su ayudante de realización había ido creciendo los últimos días, porque notaba su indiferencia y desinterés en el estudio de grabación. Le había bastado preguntarle dos veces por Kepa para descubrir en sus respuestas lo que pasaba.
-Mira, Adrián. Comprendo que te duela tanto. Si mi mujer me dejara así, de repente, sé que me pasaría lo mismo que a ti. Pero, hombre, tú eres mucho más experto y maduro que yo; me parece que deberías ponerle remedio a esta situación. Hay muchos comentarios en la emisora; todos preguntan qué te pasa. Si Kepa te ha abandonado, no puedes arruinar tu carrera por eso. Búscate otro, métete en orgías, contrata a un chapero, lo que sea. Pero no te jodas más, hombre. ¿Quieres venir mañana al chalet?
-¿Mañana?. Estarán tus suegros.
-Creo que sí, pero no son malas personas.
-No me apetece, Joaquín. Cenamos cualquier noche de la semana que viene.
-Como quieras. Pero hazme caso. Sal ahora mismo a echar un polvo, hombre, y no te jodas más.
Colgó el auricular dejando la mano encima. Joaquín tenía razón, debía reaccionar. Kepa no iba a volver, la invitación de boda llegada en el correo del viernes retrataba todos los tintes de la situación convencionalmente burguesa en la que se había dejado atrapar. El tono indiferente del diálogo tantas veces reproducido en su memoria, significaba que se sentía a gusto en tal proyecto de vida y que no iba a echarse atrás. Le convenía hacer caso de Joaquín, salir a correrse una juerga, como en los viejos tiempos.
Pero los cinco años de convivencia le habían deshabituado. Apenas conocía el funcionamiento de la vida nocturna actual y no le atraía la cita a ciegas que representaba contratar a un chulo de las páginas del periódico. Tenía que salir.
Puso el coche en marcha y condujo sin rumbo entre la animación primaveral de la noche sabatina madrileña. En todos los coches que se paraban a su lado en los semáforos había gente eufórica, acudiendo a su cita con la diversión del fin de semana sin preocupaciones, personas alegres que no compartían su sensación de vacío.
La calle Almirante era la solución. Sabía reconocer a los drogadictos y llevaba una caja de condones en la guantera, así que no había problema. Pararse junto a un chapero en la calle tenía la ventaja de que le vería la cara, observaría sus gestos y podría calibrarle sin haber realizado previamente un pacto telefónico.
-¿Paseando? -le preguntó el chico.
No era el moreno por el que había parado, a quien vio por el espejo retrovisor, medio encogido junto a un coche estacionado, mirándole de reojo con expresión de timidez. El que había acudido era portugués, un exuberante campesino rubio con aspecto de camionero y la desenvoltura de la experiencia.
-No -respondió Adrián, mientras ponía el freno de mano y abría la portezuela.
-Tudos os panaleiros sao iguais -dijo el portugués, viendo que Adrián se acercaba al muchacho moreno.
-¿Esperas a alguien? -le preguntó.
-No. Yo...
Parecía asustado.
-¿Quieres tomar algo?
-¿No será usted policía?
Adrián sonrió.
-No, qué va. Ven, no tengas miedo.
-Yo cobro.
-¿Quién lo duda?
-¿Cuánto me va a pagar usted?
Hablaba con prevención y con un acento que parecía valenciano. Muy joven, unos diecinueve años, sin embargo su figura hacía suponer que había trabajado muy duro. De cerca, resultaba extremadamente guapo, cosa que no era tan notable visto desde dentro del coche, probablemente a causa de su expresión de miedo o reserva; algo velludo para su edad, la barba ensombrecía un mentón firme y enjuto, enmarcando los labios magníficamente dibujados y que debían de sonreír muy bien, si es que alguna vez reunía ánimos para hacerlo; la nariz era el ideal de un cliente de cirujano plástico y los ojos, dos enormes luminarias negras rodeadas de pestañas abundantes y largas, como si fueran producto de la cosmética femenina; pocas veces había contemplado pómulos mejor esculpidos ni más fotogénicos. Adrián se encontró lamentando que no fuese un poco más alto que el metro setenta y cinco que debía medir, porque podía tener algún futuro en la televisión dada su prodigiosa fotogenia. Supuso que debía tener defectuosa la dentadura, puesto que apenas entreabría los labios tensados por el rictus defensivo.
-¿Cuánto quieres que te pague?
-Yo no voy con nadie por menos de... cinco mil.
-De acuerdo. ¿Cómo te llamas?
-Antonio.
Una vez dentro del coche, Antonio preguntó sin alzar el mentón del pecho:
-¿Podría comerme un bocadillo?
-¿Tienes hambre?
-Desde que salí... no he comido desde ayer.
Esta información le produjo a Adrián un estremecimiento.
-¿Hablas en serio?.
Antonio se encogió de hombros. Parecía embozar un sollozo. Mientras lo miraba de reojo, Adrián se dijo que con la ropa sucia que vestía no podía invitarle a comer en un Vips, no le permitirían entrar. Tampoco quería llevarlo al piso todavía. Antes, tenía que conocerlo un poco, al menos, y calcular si correría algún riesgo; por otro lado, temía que el recuerdo de Kepa le inhibiera. Aparcó a la puerta de una tienda china y le dio un billete de mil.
-Toma, Antonio, cómprate algo ahí.
-¿Cuánto puedo gastar?
-¿Qué? ¡Ah! Puedes gastarte las mil pesetas, si quieres.
Volvió cinco minutos más tarde, con tres sandwiches envasados y una lata de refresco de naranja.
-¿Quieres un bocadillo?
-No. Come tranquilo -respondió Adrián mientras emprendía la marcha.
Estaba convencido de que Antonio no consumía drogas, por lo que resultaba difícil entender su desaseo propio de toxicómano. Olía mal, aunque a un nivel soportable. Necesitaba urgentemente un baño , pero aún no encontraba el ánimo ni la confianza para llevarlo al piso.
-¿Quieres ir a una sauna?
-¿Eso qué es?
-Un sitio donde podrías... disculpa que te lo diga. Podrías tomar un baño.
-Ah, estupendo.
-Vamos en seguida, antes de que empieces a hacer la digestión.
En el vestuario, Adrián notó la vergüenza con que se desnudaba. Primero creyó que era por el hecho mismo de mostrarse desnudo, pero en seguida comprendió el motivo: los calcetines renegros estaban llenos de agujeros, lo mismo que los calzoncillos. Al aflojarse el pantalón sin correa, advirtió que era varias tallas mayor que su cintura, y que la cremallera estaba rota.
-Espérame aquí, Antonio. Siéntate en ese taburete y no te muevas ni hagas caso de quien trate de darte conversación. Volveré en un momento.
Se puso de nuevo el pantalón y la camisa y se dirigió a la recepción. El chico que atendía la taquilla debía de tener una talla muy parecida a la de Antonio.
-¿Tienes por casualidad una muda de ropa?
-¿Qué?
-Te la pagaría muy bien.
-Sólo tengo la ropa que me pondré para ir a mi casa.
-¿Cuánto te costó?
-Los pantalones, cinco mil. La camiseta, dos mil. Los zapatos...
-Los zapatos no los necesito. Te compro los calzoncillos, los calcetines, los pantalones y la camiseta por treinta mil.
-¿Treinta mil? -la expresión del joven demostraba los cálculos mentales que estaba haciendo-. Necesitaría que me traigan otra ropa. Tendría que llamar a mi pareja...
-Hazlo. Aquí tienes -dijo Adrián, exhibiendo los seis billetes de cinco mil.
-Bueno, vale -asintió sin poder contener su expresión de júbilo-. Tómala. Pero es sólo por hacerte un favor...
Adrián volvió al vestuario. Cubierto por la toalla y con la cabeza y los hombros hundidos, Antonio parecía aterrorizado bajo la mirada de los cuatro hombres que trataban de darle conversación.
-Toma. Tira toda tu ropa a la basura.
Los cuatro hombres se apartaron precipitadamente. Antonio se alzó y Adrián examinó con disimulo sus brazos, en busca de una señal que pudiera contradecir su convicción de que no se drogaba. No encontró ninguna y, tras constatarlo, su pensamiento quedó dispuesto para la contemplación. No se había preparado para el descubrimiento: el cuerpo de Antonio complementaba admirablemente el rostro, un cuerpo tallado por Fidias en el más idealizado de sus sueños creadores. La piel ligeramente morena no tenía ni una mancha; el vello, menos abundante de lo que había previsto, parecía dispuesto para resaltar el dibujo perfecto de los pectorales y los abdominales, así como el profundo y nítido canal de las caderas. Notó el rubor del muchacho y dejó de examinarle, sobre todo porque supuso que le alarmaría notar lo repentinamente que había aparecido su erección. Intuyó que tenía que contenerse y esperar a que estuviese preparado.
-Cierra la taquilla. Date un baño y córtate las uñas de los pies y las manos. Toma mi cortauñas. No hagas caso de los que se te acerquen. Te espero allí, ¿ves?, aquella puertecilla pequeña es la de la sauna.
Cuando Antonio abrió esa puerta quince minutos más tarde, sonreía, razón por la cual a Adrián le costó reconocerle. Se trataba de la sonrisa más atractiva que había visto en su vida, y los dientes eran perfectos. El baño le había quitado el miedo o cualquiera que fuese el sentimiento que le oprimía. Con el pelo mojado y las gotas que brillaban en sus hombros, se había convertido en modelo publicitario de un perfume de lujo.
-Hace mucho calor aquí.
-Tienes razón. Creo que no es conveniente para ti, media hora después de haber comido. Vamos a la sala de reposo. Quiero que me cuentes algo.
Ya sentados en el incómodo banco de madera, le preguntó:
-¿Cuál es exactamente tu situación? No consigo encajarte.
-No comprendo.
-Me has hablado como un chapero, pero no te comportas como tal. Tu aspecto es el de una persona con... bueno, sí, con clase, pero me dijiste hace un rato que no comías desde ayer.
-Yo... -volvía a bajar la mirada.
-¿Consumes drogas?
-Ya no.
-Pero has consumido.
-Unos porros en la...
-¿Dónde?
-Si te lo digo, ya no vas a querer nada conmigo.
-Inténtalo.
-Estaba en... prisión. Seis meses. Me soltaron ayer.
Adrián se mordió los labios. El recuerdo de Kepa y su estado de ánimo de antes de salir le habían reducido la capacidad de observación.
-¿Por qué no te fuiste con tus padres al quedar libre?
-No tengo.
-¿No tienes padres? ¿Desde cuando?
-Desde siempre. Me he pasado la vida en orfelinatos -los ojos de Antonio brillaban por el amago de llanto-. Como nadie quiso adoptarme, me escapé a los trece años. Trabajé cinco años en un barco de pesca, en Castellón, pero el año pasado mi patrón se arruinó. Me vine a Madrid en busca de trabajo y...
-Y te pusiste a robar.
-Sí. Bueno, no. Un colega me convenció para que fuera con él a robar a un chalet que según él estaba vacío, pero nos pillaron con las manos en la masa. ¿Cómo te llamas?
-Adrián.
-Te juro, Adrián, que eso es todo lo que pasó. He estado más de seis meses en la cárcel porque no había nadie que pagara la fianza. Me han soltado y ni siquiera tengo que ir a juicio ni nada por el estilo. Yo no hice nada. Lo pasé muy mal allí dentro... me pasó de todo. Un compañero, me dijo que podía buscarme la vida en ese sitio donde me has encontrado, pero he pasado más de veinticuatro horas sin atreverme.
Sorprendido de lo fácil y rápidamente que había cedido su propia reticencia, Adrián le propuso ir al piso. Cuando al abrir la puerta vio en la consola el retrato de Kepa, descubrió que no había pensado en él las últimas dos horas.

Con frecuencia, había alguien en la emisora que preguntaba lo mismo:
-Oye Adrián, ese amigo tuyo ¿no estaría interesado en hacer un pequeño papel en la serie que voy a empezar a grabar la semana que viene?
-¿Qué personaje interpretaría?
-El novio de la hija.
-Tendré que preguntárselo. No creo que quiera.
-Coño, Adrián, no lo protejas tanto. Nadie va a violarlo.
-No se trata de mí, Rafa; Antonio se niega siempre que le propongo una cosa así, de veras. Pero voy a intentarlo.
-Convéncelo, por favor. Tiene un físico espectacular. Con esa cara, lo haríamos famoso en tres o cuatro capítulos.
-Estoy de acuerdo, pero... él se emperra en su negativa.
-¿Pasa algo raro con él?
-No, de veras que no.
Adrián lanzó una mirada hacia el lugar donde Antonio le esperaba. Resplandecía. Todos los que pasaban a su lado, hombres y mujeres, no conseguían evitar contemplarle, algunos de soslayo y otros, descaradamente. A veces, le divertía el efecto que Antonio causaba entres quienes le miraban; cualquiera que pasaba cerca de él, aunque transitase absorto en los asuntos siempre urgentes de la televisión, acababa parándose en seco, a ver si efectivamente se trataba de un ser humano y no del más perfecto y realista de los maniquíes, realizado por un artesano que hubiera decidido aunar en una figura todas las idealizaciones de todos los escultores clásicos.
Lo sorprendente era que un dechado de belleza tan conmovedora estuviese complementado con tanta sensibilidad y una inteligencia tan viva. Antonio había sabido adaptarse en seguida a la vida que él le ofrecía y, con naturalidad pasmosa, se había acostumbrado en pocos meses a las claves de su círculo profesional y el de sus amigos más íntimos. Y lo más inesperado, se había ganado la confianza de todos en un plazo increíblemente corto.
Porque todo en él era verdad. Sus entusiasmos y sus agradecimientos, sus elogios y sus críticas, tan juicioso, que obligaba a los demás a olvidar su juventud.
Bendita fuera la hora en que se le ocurrió pasar por la calle Almirante.

Los exámenes del primer curso universitario los superó todos con una nota media aceptable, pero Antonio no estaba conforme.
Adrián merecía mejores resultados.
Abrumado por tal convicción, decidió sentarse un rato en un banco de la Plaza de España, a ver si reunía valor para presentarse ante Adrián con calificaciones tan mediocres.
-¿Eres de por aquí? -le preguntó un hombre en la treintena.
Antonio lo observó. Muy delgado y con gafas, resultaba difícil de encajar en la clase de hombres que compraban favores callejeros. Pero, a fin de cuentas, ¿no era así como había conocido a Adrián? Tampoco él tenía aspecto de pagador de prostitutos.
-No -respondió secamente.
El de las gafas no se desalentó.
-Pero eres español.
-Sí.
-En el primer momento, creí que podías ser griego.
-¿Qué quiere usted?
-No me hables de usted, hombre, que no soy ningún carca. ¿No te apetece tomar una copa?
-No.
-Joder, tu carácter no se corresponde con tu físico.
-¡Qué!
-Eres la cosa más hermosa que he visto nunca, pero eres un cardo. ¡Mierda!.
Mientras se alejaba, Antonio sonrió. Sólo con haber sido un poco más cordial con ese fulano, hubiera sentido que traicionaba a Adrián.
Le desagradaba que elogiasen tanto su físico y Adrián había sabido comprenderlo a tiempo; ya no le venía casi nunca con propuestas de trabajar en la televisión y no había vuelto a ensalzar una belleza que Antonio consideraba una pesada carga, porque impedía que la gente le tomase tan en serio como él creía merecer, puesto que, embobados y embobadas, tendían todos a calcular las posibilidades de llevárselo a la cama en vez de considerar el posible interés de su conversación. Por ahora, sólo algunos de los amigos más íntimos de Adrián le resultaban soportables, dado que le trataban como a una persona y no como un objeto de exposición.
¿Iba a enfadarse Adrián por las notas?
Por fin, se dijo que el asunto no tenía arreglo y decidió volver al piso. Sabedor de que iba a llegar con la papeleta de calificaciones, Adrián aguardaba, evidentemente comido por los nervios. Estaba sentado en el sofá del salón y se alzó como impulsado por un resorte. El ánimo de Antonio se volvió más sombrío.
-¿Qué tal?
-Regular.
Antonio notó eclipsarse el brillo de sus ojos por la veladura de la decepción. Extendió la papeleta con mano temblorosa y un escalofrío en la espalda. Los intantes que Adrián tardó en darle una ojeada parecieron siglos. Finalmente, exclamó mientras lo abrazaba con los ojos húmedos.
-¡Esto es maravilloso!
-¿Te parece suficiente?
-¿Suficiente? ¡Las has aprobado todas y tienes tres notables. Estaba convencido de que lo conseguirías. Vamos a celebrarlo.
Antonio se cambió de ropa con un extraño estado anímico. Le quedaban rastros del miedo a decepcionar a Adrián en medio del júbilo por su reacción.
En el restaurante, le dijo Adrián:
-Quieren que interpretes un papel en una serie.
-¿Otra vez con eso?
-Antes, tenía miedo de que la interpretación te distrajera de los estudios. Ahora veo que puedes compaginar las dos cosas.
-Pero no me interesa.
-¿Sabes cuánto van a pagarte?
-Aunque fueran mil millones. ¿Tú necesitas ese dinero? Porque, si lo necesitas, haré ese papel.
-No, hombre, ¿cómo voy a necesitar ese dinero? Lo digo por ti, por tu futuro.
-Mi futuro está a tu lado y en la universidad. Yo no necesito dinero ninguno.

Antonio se preguntó si debía llamar a Adrián a la emisora. Sólo en casos muy graves podía telefonearle, según sus órdenes, y sólo había tenido que hacerlo en dos ocasiones, ambas por llamadas urgentes de la madre en relación con la salud del padre. ¿Era el de ahora un caso suficientemente grave?.
Se recostó en el sofá y encendió la televisión. El programa en directo que dirigía Adrián no había terminado todavía. Como de costumbre, sintió el orgullo que le producía saber que cada uno de aquellos cambios de plano, cada uno de los movimientos de las personas y las cámaras, eran consecuencia de una orden de Adrián. La mano de Adrián era para él lo más omnipresente aunque nunca apareciera en pantalla.
Los cuatro años que llevaba a su lado eran lo mejor que había ocurrido en su vida. Él había sido la madre que le abandonó y el padre que desconocía; un padre-madre afectuoso, compresivo y generoso que predominaba sobre el amante que nunca le apremiaba; en realidad, era generalmente Antonio quien tenía que recordarle el sexo y, a veces, cuando Adrián estaba preocupado por los preparativos de un programa nuevo, casi forzarle. Antonio había escenificado en ocasiones verdaderas violaciones para liberarle de la preocupación y que se diera cuenta de que estaba a su lado. Amaba a Adrián sobre todas las cosas y ya no era capaz de imaginar la vida sin él. Él le había proporcionado objetivos, metas, y los medios para conseguirlos. Dentro de tres años, acabaría la carrera. Podía ser una persona que antes de conocer a Adrián ni siquiera era capaz de imaginar. Y ahora, resultaba que todo era imposible.
A Adrián no le gustaba que fumase. "Cuídate los dientes", le decía. Quería a toda costa que trabajase en la televisión, auque a él no le entusiasmaba la idea, porque había estado muchas veces en el plató observando a Adrián y le parecía que estar bajo sus órdenes, bajo la tensión densa de las luces y las cámaras, ocasionaría roces y malentendidos. El amor podía resentirse. Se negaba a arriesgarlo. Se incorporó en el sofá y cambió de postura; sentado, encendió un cigarrillo, apoyó los codos en las rodillas y se cubrió los ojos con las manos. Estaba llorando.
¿Por qué había tenido que ocurrir?.
Tenía veintitrés años y Adrián cincuenta, que habían celebrado hacía un mes con una cena en Justo, tras la que Antonio le entregó el producto de seis meses de ahorro, un colgante de diamantes con forma de corazón. Ambicionaba fervientemente cumplir también él los cincuenta a su lado y que Adrián le diera, asimismo, simbólicamente el corazón.
Había dejado de tener pesadillas a los cuatro o cinco días de dormir abrazado a él. Las violaciones tuvieron lugar la primera y la segunda noche que pasó en la cárcel. Fueron cinco fulanos la primera y seis o siete la segunda; la mayoría, extranjeros. Golpeado, con los labios rotos a puñetazos e inmovilizado por cuatro, le forzaron por turno. Le costó más de un mes conseguir sentirse limpio bajo la ducha y casi tres consumar la venganza. A todos ellos había conseguido causarles algún perjuicio importante, sin descubrirse. Pero las pesadillas protagonizaron todas las noches que pasó entre rejas. Cuando creía que ese tormento nocturno duraría toda la vida, en sólo cuatro noches consiguió Adrián que se desvaneciera.
Adrián era un emperador. Imperaba en el plató, donde su poder era ilimitado, y también imperaba en su vida, y no tenía el menor deseo de rebelarse. Se entregaba del todo, sin reservas. Sabía que había madurado en esos cuatro años, se reconocía más experto e incomparablemente más sabio que cuando le conociera, pero el tiempo no había reducido la altura donde le había colocado desde el momento de conocerlo. Todo lo contrario. El sitial se hacía cada día más alto, más resplandeciente, en esa gloria desde donde le prodigaba no sólo el amor, sino todo lo que pudiera ambicionar.
Cuando Adrián abrió la puerta, todavía estaba en el sofá. Al no alzarse para correr a su encuentro en busca del beso impaciente de costumbre, al no poder embozar el llanto, Adrián supo que algo grave ocurría.
Le costó varias horas reunir coraje para contárselo.
-¿Estás seguro? -preguntó Adrián.
-Me he hecho dos veces el análisis. No hay duda.
-¿Por qué fuiste al médico? ¿Qué sentías?
-No tengo ningún síntoma. Estoy bien de salud, igual que de costumbre. Pero... siempre he estado preocupado por una cosa que me pasó en prisión...
-¿Qué?
-No quiero contártelo. Me siento muy mal cuando me acuerdo. La cuestión es que, el mes pasado, hubo una charla en la universidad sobre el tema y me dio por hacerme la prueba. Ahora, ya es un hecho.
-Bueno, qué le vamos a hacer. Con esos tratamientos de ahora, el sida ya no es más que una enfermedad crónica. No te preocupes, podemos vivir con eso.
-¿Podemos?
-Por supuesto. Seguramente, yo lo tendré también. Y aunque no lo tuviera, esto es cosa de los dos.
-¿No quieres que me vaya?
-¿Estás loco?
-Yo creo que debo irme.
-Tú no estás bien de la cabeza. Venga, vamos a hablar de otra cosa.
Permanecieron abrazados y en silencio hasta la hora de acostarse. Mientras miraban la televisión, Antonio percibió en varias ocasiones, en la agitación de su pecho, que Adrián reprimía los gemidos. También a lo largo del pasillo que conducía al dormitorio notó sus esfuerzos por controlarse.
Antes de apagar la luz, Antonio abrió los envases de dos condones, que preparó sobre la mesilla.
-¿Qué haces?
-Tienes que protegerte, Adrián. A lo mejor ha habido suerte y no te he contagiado.
Adrián le contempló con expresión severa.
-Escucha, Antonio. Tengo veintisiete años más que tú. ¿Crees que a estas alturas yo sería capaz de vivir sin ti? No vamos a cambiar nuestras costumbres, no vamos a cambiar nada, ¿te enteras? Ya no vamos a hablar más del asunto si no es para tomar las medidas oportunas para preservar tu salud. Seguramente yo lo tengo también: son cuatro años los que llevamos haciéndolo sin protección, así que lo más probable es que sea portador del virus. Pero si no lo tengo, lo más sensato sería tratar de contagiarme y que recorramos juntos el camino que nos falte.
Antonio fue a contradecirle, pero Adrián le obligó a callar mordiéndole los labios. Sin embargo, y a pesar de que Adrián le impidió usar los condones todas las veces que lo intentó, procuró a lo largo de la noche ajustarse a lo que habían explicado en la universidad sobre sexo seguro.
Apenas hablaron de ello durante el fin de semana. En vez de quedarse en casa e invitar a algunos amigos a comer como de costumbre, pasaron el domingo visitando Pedraza. Adrián consiguió obligarle casi todo el tiempo a pensar en otras cosas, pero, a veces, Antonio caía en la melancolía, mientras recorrían el museo de Zuloaga o contemplaban desde la muralla medieval el paisaje esplendoroso que renacía con la primavera. En tales momentos, sentía la mano de Adrián en su cintura o en su brazo, comunicándole una promesa eterna.
El lunes por la mañana, mientras desayunaban, dijo:
-Quiero que te hagas también el análisis.
-No, Antonio. No hay ninguna necesidad. Caso cerrado.
-Entonces, en cuanto te vayas, haré las maletas.
Adrián lo observó con los dientes apretados.
-Pero, vamos a ver, Antonio. ¿Qué coño vamos a sacar de esos análisis?. No cambiarían nada. Lo único que quiero es que muramos juntos; pondremos todos los medios necesarios para que eso no sea hasta dentro de muchos años.
-Pero has cumplido cincuenta años, Adrián. Si no lo tienes, estupendo. Pero, si lo tienes, tendrás que andar con mucho más cuidado que yo, que estoy fuerte y soy joven. Es necesario que lo sepamos, no hay más remedio.
-No quiero hacerlo, Antonio. Si todavía no me he contagiado, no sería bueno que te sintieras culpable por el miedo a que ocurra, y si ya tengo el virus, tampoco quiero que te sientas culpable de haberme contagiado. Punto final.
-Tengo trescientas setenta y cinco mil pesetas en el banco; puedo vivir cuatro o cinco meses en una pensión. Si no me prometes que esta tarde vamos a ir a que te hagan el análisis, haré las maletas en cuanto salgas por esa puerta y desapareceré.
Adrián reflexionó largos minutos, parado en el dintel con el hombro apoyado en la jamba. Antonio había dejado de ser un muchacho hacía mucho tiempo. Le asombró la madurez que había en la resolución de su cara.
-Está bien. Ven a buscarme a la emisora e iremos juntos.
Cuando la puerta se cerró, Antonio se cambió de ropa. No iría a la universidad, ¿para qué?. Permanecería lo más cerca posible del rastro de Adrián, la huella de calor que había dejado en la silla o el olor que conservaba la toalla. Necesitaba respirar el aire que contenía el aliento de Adrián ahora que dejar de respirar era una posibilidad no demasiado lejana. Tomó de la vitrina el libro que ya había querido leer otras veces, "Memorias de Adriano"; ahora le sobraba tiempo.
Supieron el resultado el miércoles por la tarde.
Milagrosamente, Adrián estaba limpio.
Antonio se mostró entusiasmado toda la tarde, durante la cena y cuando se disponían a acostarse, mientras que Adrián parecía ausente. Cuando se apagó la luz, éste escuchó el sonido del plástico al ser rasgado.
-¿Otra vez con eso, Antonio?
-Ahora más que nunca. Ya nunca haremos el amor sin condón.
-Mira, Antonio; no me has contagiado en cuatro años y no hay ninguna razón para creer que a partir de hoy va a ser diferente.
-Pero ahora lo sabemos. Tengo la obligación de protegerte.
-Tú no tienes que protegerme de lo que yo no me quiero proteger, Antonio. He leído que hay gente que no se contagia aunque se exponga, gente que los médicos están estudiando para ver si está ahí la clave de la solución para el sida. Es posible que yo sea uno de esos. Si es así, no tenemos que preocuparnos.
-Pero, si te contagias...
-Sería lo mejor, Antonio. Ojalá ocurriera.
-Me da pánico escucharte.
-Y a mí me da pánico perderte.
-Si me muriera pronto, todavía podrías enamorarte de otro y seguir creando esos programas maravillosos de televisión.
-No creo que tengas que morir pronto. Cada día se te ve más fuerte y más sano. Pero si te murieras, todo acabaría para mí. Así que, Antonio, no pongas una barrera de látex entre nosotros.
Adrián se torció en la cama para alcanzar con la boca el preservativo que Antonio se había enfundado ya. A mordiscos, lo arrancó a jirones.


Tras desepedirse de Adrián en el ascensor con un beso, Antonio salió con los libros, como siempre que iba a la universidad. Pero no fue.
La mañana era soleada; bajo el júbilo primaveral que estallaba en retoños por doquier, en los árboles de la plaza de España, en los setos de la plaza de Oriente, en los rosales de los jardines de Sabatini, resultaba increíble que un miserable bicho lo estuviera devorando. Un bicho que, por su maldición, también devoraría a Adrián, a cambio de un amor que no tenía por qué ser el último de su vida. Adrián era un cincuentón muy juvenil, podía vivir todavía treinta o cuarenta años creando maravillosa televisión, escribiendo magníficos guiones, derrochando sabiduría. Era bueno, deseable, gentil y generoso; el amante perfecto que soñaran durante generaciones seres desamparados como él. Muchos podían amarle y, de hecho, se había sentido celoso con frecuencia porque observaba que algunos, tan jóvenes como él, trataban de seducirlo. Merecía volver a amar, corresponder el amor de alguien que no constituyera un peligro para él, una sentencia de muerte.
Sonriendo, cruzó ante la catedral de la Almudena. Se representó mentalmente el día que la visitó por primera vez; Adrián apoyaba la mano en su hombro. En aquel momento, anheló con toda su alma que pudieran entrar abrazados al templo y que su unión fuera bendecida y consagrada para siempre.
Sobre la sonrisa, una lágrima recorrió su mejilla izquierda.
Saltó sobre el pretil del viaducto. Sus labios conservaron la sonrisa durante el vuelo de veinte metros.

miércoles, 22 de febrero de 2012

LA FIESTA

No es fácil empezar, después de leer mi historia lo entenderán. Vivía en una pequeña casa, aislada de la ciudad, ya que por la enfermedad de mi madre nos tuvimos que mudar aquí, mi mamá tenía pánico a la gente y se alteraba demasiado.

En mi casa somos tres, mi madre, mi medio hermano y yo, mi papá murió cuando yo tenía sólo siete años.

Como decía, la casa es pequeña, pero tenebrosa, y mis compañeros de curso lo sabían, por eso insistieron celebrar aquí la fiesta de halloween, a lo cual accedí.
Llegó el día, todos mis amigos y yo estábamos en mi casa, pero en mitad de la fiesta a alguien se le ocurrió proponer:

- Juguemos a la ouija. Todos aceptaron.

Lo preparamos todo minuciosamente, hasta el último de los detalles, ocupamos nuestros puestos y comenzamos la invocación. Increíblemente el testigo respondió inmediatamente a nuestra llamada, se habían cumplido nuestras expectativas. Pero de repente una extraña sensación llegó a mi ser, se escuchaban gritos en la segunda planta, un frío penetró de golpe las almas de todos los presentes y una ráfaga de viento abrió bruscamente las ventanas, todos quedamos impasibles. ¿Qué estaba pasando?, al fin reaccionamos y algunos empezaron a gritar, otros reaccionaron riéndose, como si quisieran creer que todo era una broma. Pero no, en mi casa nunca habían pasado cosas así.

Pasados unos segundos, el silencio volvió y los ánimos se iban calmando, pero de pronto uno de nuestros compañeros rompió el silencio, estaba pronunciando palabras que ninguno de nosotros podía entender, parecía que hablaba en latín. Algunos empezaron a reír y otros no lo soportaban más, querían que se callase, pero el no paraba, los ánimos se caldearon de nuevo y una amiga empezó a pelearse brutalmente con un compañero.
El panorama era dantesco, unos reían como endemoniados otros gritaban, se peleaban y varios cayeron desmallados, era horroroso e insoportable.

Por fin llegó un momento de calma, pero no duro mucho, una nueva oleada de cólera descontrolada invadió a los allí presentes, los gritos aumentaron, ya no se podía más, era horrible, la sangre salpicaba las paredes, el testigo de la ouija se movía solo, pero de forma controlada, pude leer:

- Fue un gran error…

A pesar de todo lo que estaba ocurriendo en aquella sala, yo intentaba mantenerme tranquila y razonable, pero no aguante mucho, el tablero empezó a temblar bruscamente y de el salió un resplandor, allí pude ver a mi padre, él estaba provocando todo esto, ahora sabía lo que estaba ocurriendo, habíamos abierto la puerta, y él no se iba a peder tan esperada cita por nada del mundo, buscaba venganza…Pero…¿Por qué?.

Reaccioné inmediatamente y subí las escaleras de tres en tres, tenía que encontrar a mi madre, pero al llegar al segundo piso la encontré muerta, y mi hermano yacía muerto a su lado. ¿Por qué los mató?...

Poco después encontré el diario de mi madre, allí encontré todas las respuestas. Mi madre lo había asesinado, junto con el papá de mi medio hermano, mi padre había cumplido su amenaza…

Ahora entiendo los gritos, eran ellos, de un día a otro mi familia y mis amigos habían desparecido para siempre. Nunca olvidaré aquel halloween.

martes, 21 de febrero de 2012

lunes, 20 de febrero de 2012

LA DRUIDESA Y EL CABALLO Luis Melero



Desde el espacio, cuanto más se elevaba más negro parecía el bosque Negro. Debía de ocupar toda la Tierra, pues por vertiginosa que fuera la distancia etérea de la observación, no parecía tener fin. Los más aventurados y audaces cazadores del poblado decían haber visto grandes extensiones de tierra desnuda, de color marrón claro, donde sólo crecían pastos y algunos matorrales, pero hasta donde alcanzaba la vista de Taranis no conseguía ver más que la masa verdinegra, misteriosa e inextricable del bosque Negro. Lo único diferente eran las altísimas y lejanas fumarolas que brotaban por el este, cerca del gran lago Kimbergsee ahora invisible, donde decían que moraba la madre Dana, además del monte Feldberg cubierto en ese momento por una pátina violácea por la húmeda lejanía
Cuando montaba a Cabull no podía determinar si soñaba o vivía la realidad. Sobre el bellísimo y prodigioso caballo blanco, casi todo lo material pasaba para sus sentidos a un estado cuya proporción de materialidad nunca era capaz de determinar; tal vez el lago y las montañas estaban tan sólo en su imaginación soñadora, como la extensión verdinegra que, abajo, no parecía tener fin. Su melena rubia se expandía y flotaba como si se sumergiera en las aguas termales de la gruta de los dioses menores, desaparecía el cansancio si lo padecía, su espíritu alcanzaba un estado de placidez infinita y llegaban a su olfato aromas tan placenteros que no podían existir.
Por todo ello, volar no era tan sólo una facultad. Era, sobre todo, una necesidad, cuando las circunstancias ponían demasiado en evidencia el destino que le esperaba si no lograba el medio de librarse de la más agorera de las acechanzas y malquerencias de su vida. Cabull le había sido ofrecido por su padre cuando cumplió los diez años; al principio, notó que el caballo saltaba sobre cualquier obstáculo que hubiera en los caminos, sin que necesitase una orden; más tarde, probó a obligarlo a saltar sobre los arbustos y los matorrales; un día que se encontró a punto de refrenarlo frente a un corpulento roble que se interponía en la dirección por donde deseaba transitar para observar unas piedras humeantes que le habían descrito; el caballo saltó como si jugara pero en seguida sobrevoló el gigantesco árbol sin ninguna dificultad. Pocas semanas más tarde, descubrió que Cabull se lanzaba hacia las nubes más altas cuando alguna pena ensombrecía el ánimo de la muchacha.
Taramis no era capaz de responder con odio al odio ni de maquinar defensas contra los sutiles ataques de la rival enloquecida, problema cuya búsqueda de solución ocupaba últimamente la mayoría de sus vuelos.
Todo había comenzado cuando cumplió los quince soles y se extendió a lo largo de los bosques y por todos los clanes la fama de su belleza. Los ojos azules que superaban la profundidad y el misterio del más hermoso lago, la luz irradiada por toda su piel de pétalos de flor, el pelo pajizo que volaba como el pensamiento, el cuerpo enjuto y vigoroso a un tiempo, la sensualidad de la diosa metida en una frágil gacela, capaz de conmover hasta los más pétreos corazones.
Pensaba una tarde en la extraña enemistad de la druidesa del clan más cercano al suyo, enemistad insólita en los bosques que habitaban los celtas, mientras miraba por la ventana el oscilante ramaje de un roble centenario, cuando la voz de su madre sonó a sus espaldas:
-Taranis; el bardo te ordena que acudas a su presencia cuando el sol comience a dormir.

Sin volverse, a Taranis se le ensombreció el ceño. Nunca había hablado personalmente con el bardo, que ni siquiera le había dedicado jamás un saludo personal.
Penó toda la tarde, porque temía haber cometido sin darse cuenta una mala acción. En realidad, vivía en un estado de tensión latente desde que cumpliera los nueve soles, cuando comenzaron a manifestarse síntomas que podían revelar el toque de la diosa. Fueron sus compañeras de juegos las que le obligaron a observarlo: cuando jugaban en zonas muy intrincadas del bosque, los animales grandes y las fieras eludían acercarse; se apartaban a un lado frente a ella o, sencillamente, daban vuelta sobre sí mismos y corrían en la dirección contraria. En cuanto las otras niñas divulgaron en el poblado la posibilidad de que la diosa la hubiera favorecido, empezó a sentir un vago temor que la acompañó siempre, sobre todo cuando un adulto la miraba fijamente a los ojos. Su mayor preocupación era que pudieran acusarla de alguna clase de impostura, idea que reforzaba su rubor casi continuo. Ahora, la llamada del bardo podía ser para recriminarle algún acto de presunción del cual no hubiera sido consciente, porque la verdad era que discutía con bravura con sus amigas, tratando de quitarles de la cabeza la idea de que la diosa hubiera pasado la mano por su frente.
El bardo permanecía todos sus días en una magnífica cabaña construida al lado del nementone, proximidad que se debía a su obligación de mantener limpio y despejado el impresionante círculo de piedras donde celebraban las ceremonias, bajo las mayores afloraciones de muérdago de todo el bosque.
Tras cerciorarse de que los rayos del sol no acariciaban ya ni las ramas más altas de los árboles, pidió permiso para entrar en la cabaña. No recibió respuesta. Apartó el cortinaje de piel de oso y adelantó un poco el rostro hacia el iluminado interior, comprobando que el bardo Taliesin se encontraba tan enfrascado en lo que estaba haciendo, que seguramente no la había oído.
Tuvo que superar la timidez para alzar la voz un poco más:
-Bardo Taliesin, ¿puedo entrar en vuestro aposento?
Notó que el anciano estiraba un poco el cuello, aunque no llegó a volver la cabeza.
-¿Eres Taranis?
-Sí.
-Entra y acomódate sobre ese haz de ramas.
En cuanto obedeció, el bardo reanudó su labor. Maceraba en un matraz yerbas o frutos que Taranis no pudo identificar desde donde se encontraba. Taliesin se concentraba siempre en los ritos hasta casi el trance, pero ahora no sólo parecía en trance sino arrebatado por alguna clase de encantamiento. Visto de perfil, debido a la abstracción de su rostro, parecía poseído por la suspensión vital de la muerte, por lo que la muchacha sufrió un escalofrío muy intenso.
-No me distraigas con emociones tan fuertes, Taranis –reprochó el bardo-; debo terminar este elixir antes de que la diosa Luna riegue el bosque.
Con objeto de ser capaz de obedecer, Taranis dejó de mirarlo y volvió los ojos hacia la tierra apisonada del suelo. Todas las cabañas del poblado eran circulares, pero no todas tenían dentro el reborde de piedras que circundaba la estancia de Taliesin, donde el lecho sólo podía intuirse tras un pesado cortinaje de bejucos trenzados. La mesa no era tosca como las de todas las familias, sino que había sido construida con tablas desbastadas y pulidas, presentando ahora encima un desordenado batiburrillo de probetas, velones encendidos, tarros llenos de líquidos de muchos colores, matraces, haces de yerbas y montoncitos de frutos. Aunque no hubiera demasiado metal a la vista, y todo fuera casi igual que en las demás viviendas, la de Taliesin resultaba mucho más suntuosa. Por tal razón, coligió que la estancia del Druida, situada al otro lado del nementone, debía de ser inimaginablemente rica.
-Vas a cumplir diecisiete soles, Taranis -murmuró Taliesin sin mover los labios.
La muchacha asintió, en silencio. Todos sabían en el bosque los soles que cada uno cargaba en su costal de la vida, por lo que no tenía nada que añadir.
-Es la edad en que debes comenzar a dar la cara a tus responsabilidades.
Esa frase le pareció amenazante. Nunca le había comunicado su madre que tuviera que afrontar cualquier clase de responsabilidades en el futuro. ¿Qué quería decir el bardo?
-Lo que quiero decir –añadió Taliesin-, es que voy a empezar a formarte como futura druidesa.
Taranis sintió que caía una roca gigantesca sobre su cabeza.
-¿Recordáis, señor, que soy Taranis? –el bardo no la había mirado todavía.
-Sé muy bien que eres Taranisi, y tú también sabes que este día había de llegar. A menos que quieras ofender a la diosa mostrándole tu ingratitud.
-No… -Taranis balbuceó.
-Iniciarás tu formación junto con Taunis y Fergus, pero siempre he sostenido ante nuestro querido Druida que tú eres la mejor dotada para ser la próxima druidesa. Tu luz sólo tiene un punto de oscuridad: el odio que te profesa la druidesa Dagda, nuestra vecina. Y como bien sabes, para tu consagración final a los veinticinco soles, necesitamos la concurrencia de otros dos druidas aparte del nuestro. Tienes que reunir luz en tu espíritu suficiente para vencer las tinieblas que Dagda riega sobre ti desde hace más de un sol.

-¿Sabéis por qué?
-¿Nadie te lo ha dicho?
Taranis agachó la cabeza. Sentía vergüenza de su ignorancia, pero era verdad que nadie le había aclarado las razones del odio de Dagda, a pesar de que hacía varias lunas que sentía la sombra de ese odio. Nunca había visto el rostro de Dagda y, sin embargo, sus rasgos aparecían con mucha frecuencia en sus pesadillas.
-Desde hace diez soles, Dagda considera que es la mujer más hermosa del mundo –añadió Taliesin con voz gutural-. Ahora tenemos que encontrar el modo de que todos olvidemos tu belleza deslumbrante para que asumamos que figuras en el trío de aspirantes a druida, junto a esos dos jóvenes.
Taunis y Fergus eran dos fuertes muchachos por los que suspiraban casi todas las adolescentes del bosque. Hacía varios soles que ambos eran señalados como probables sustitutos del Druida. Taranis no creía que nadie hubiera hablado nunca de que ella también pudiera ser candidata. Aunque le causara tanta desazón, la malquerencia de Dagda tal vez pudiera librarla de ese peso tan tremendo. Se consideraba una adolescente corriente y nunca había tenido más anhelo que ser amada por aquél al que amase, que podía muy bien ser uno de los dos futuros aprendices de druida. La fama de su belleza se había convertido en un fardo en sus espaldas, como el mismo Taliesen acababa de señalar explícitamente.
-¿Imaginas cuál es la raíz más profunda del odio de Dagda? –preguntó Taliesin volviendo por primera vez el rostro hacia ella y mirándola muy fijamente.
Taranis cerró los ojos, bajó la cabeza y negó suavemente.
-Una característica –continuó Taliesin- que, desde mi punto de vista, la descalifica para su misión de druida: La inseguridad. Una debilidad que ella demuestra con celos y suspicacia. A lo mejor has oído mencionar lo que pasó con su primer esposo…
Aún con los ojos bajos, Taranis negó con la cabeza.
-También era un hombre extremadamente bello –continuó Taliasin-. A lo mejor lo has visto alguna vez, o seguramente lo has oído nombrar, porque lleva el nombre de nuestro padre Lugh.
Taranis sintió un estremecimiento. Claro que había visto a Lugh, a cuyos padres habían tildado muchos de blasfemos por llamarlo con el nombre del dios supremo. A despecho de que Taliesin afirmase que era bello, el que ella recordaba era un hombre que producía espanto. Vagaba por los bosques completamente desnudo, y ocioso a causa de su cojera; la barba hirsuta le colgaba libre hasta más abajo de la cintura y su poblada melena de color ala de cuervo caía desordenada por su espalda, formando una cascada que llegaba a tocarle los muslos. Era un loco pacífico, que no agredía a nadie pero a todos asustaba. Topaba con él de vez en cuando, ya que cuando no jugaba con sus amigas, recorría el bosque en busca de yerbas raras, por mandato de su madre. Una de las veces, él la miró muy fijamente y pareció que intentaba sonreír, pero Taranis no tuvo tiempo de ver si lo hizo porque echó a correr.
Taliesin continuó:
-Lugh era no sólo bello como una gema, ya que poseía muchas virtudes. De niño, lo habían designado para formar parte de la tríada a educar para druida, pero no llegó a serlo. Mas sus dotes y habilidades, así como su capacidad de sanar a los heridos, le granjearon muchas simpatías y llegó a tener mucho poder y ascendencia sobre la mayoría de los jóvenes de su clan. Fue enriquecido por la fortuna y llegó a poseer casi tanta ascendencia como un bardo; la suya era una de las mejores cabañas, poseía un uro macho y dos hembras, más un rebaño grande de ciervos. Sin ostentar ningún cargo en el clan, era determinante su influencia, ya que los hombres lo eligieron libremente como general para cuando hubieran de pelear batallas. Por todos esos motivos, Lugh era deseado como esposo por las mejores muchachas del clan y, por supuesto, también por Dagda, que acababa de ser consagrada como druidesa. Celebraron esponsales cuando ambos contaban veinticinco soles, pero muy pronto corrió por el bosque el rumor de que a Lugh no le bastaba con un solo amor. Ser druidesa dotaba a Dagda de muchas facultades, y una era la de tener servidores dispuestos a hacer lo que ordenase. Torturada por los celos, mandó a uno de ellos que vigilase a su esposo noche y día. No hicieron falta muchos, ya que pasado un cuarto de luna llegó el sirviente con la noticia de que Lugh retozaba a escondidas, a la vera del lago Kimbergsee, con una muchacha romana. El sirviente describió a ésta como el cúmulo de la voluptuosidad. Dagda le mandó describir con los detalles más meticulosos el lugar donde los amantes acostumbraban a retozar. Un día que Lugh se marchó temprano “a pastorear”, según dijo, Dagda aguardó a que el sol comenzara a descender para tomar el caballo y marchar con dirección al lago. Tras la larga cabalgada, se aproximó sigilosamente al punto descrito por el sirviente y los vio. Impúdicos, se revolcaban sobre la hierba al aire libre. Arrebatada por una ceguera insoportable, Dagda espoleó al caballo hacia la pareja y lo refrenó cuando estaba sobre ellos, de modo que una de las pezuñas coceó aplastando el pie derecho de Lugh. La cojera fue su primera desgracia, porque ya sabes que no es buena cosa ser un lisiado entre los celtas. Perdió el favor popular que disfrutaba y poco a poco perdió su fortuna también, e inclusive su casa. Un sol después de aquel suceso, inició esa peregrinación por todos los Bosques Negros que aún prosigue. Mientras, el poder de Dagda no sufrió menoscabo, porque su bardo consiguió presentar la agresión como un accidente. Pero sigue desde entonces soñando con los brazos fuertes y viriles de Lugh, de modo que él se cree libre y mendicante, pero permanece vigilado a todas horas por los sirvientes de Dagda. Y resulta que hace ya más de un sol que se alaba tu belleza en todos los clanes de los Bosques Negros, y para colmo de males, Lugh anda propalando por todos lados que se ha cruzado contigo, se ha cegado por tu resplandor y que eres encarnación viva de la madre Dana.
Taranis sentía las lágrimas a punto de brotar de sus ojos, que trataba de que el bardo no viera. De modo que aquel pobre loco cojo le profesaba adoración. Si no hubieran sido tan graves las implicaciones del caso, se habría echado a reír.
Las lecciones comenzaron para el trío una semana más tarde. Sentados en las piedras del nementone, el druida y su bardo recitaron una y otra vez las fórmulas de los veintiún elixires, las invocaciones de cada uno de los dioses y los instruyeron en el uso de los instrumentos simbólicos, sobre todo la cruz-árbol de Karnun, que era el más pesado y difícil. Tres años después, los tres muchachos habían avanzado bien en su formación, pero el problema de Taranis continuaba irresuelto.

Según iba ascendiendo en el aire, más libre se sentía de la carga tan pesada depositada sobre sus frágiles hombros. Desde la conversación con el bardo había sido así, y mucho antes también; cuando fue tocada por la diosa, y desde el mismo instante en que se hizo evidente para todos en el poblado esa preferencia divina, su sentimiento más profundo había sido de miedo, que provenía de su convencimiento de que ella no podía estar a la altura de las responsabilidades de una druidesa, pues ser druida era la consecuencia ineludible del toque divino.
Pero después de tres años de aprendizaje, había superado la mayoría de los miedos y por muchos motivos comenzaba a sentir inclinación por llegar a ser la jefa suprema del clan. Había detectado gestos de vanidad y frivolidad tanto en Taunis como en Fergus. Notaba también que en tales momentos, el druida o su bardo fruncían levemente los labios, de modo que no se trataba de una impresión falsa ya que los dos hombres más sabios del clan reprochaban tales perversiones. Comenzó a desear que ninguno de los dos muchachos pudiese llegar a druida, de modo que como sólo quedaba un tercero y ese tercero era ella, fue reforzándose su determinación de conseguir ser la elegida aunque le pesase tanto.
Pero tales pensamientos se ensombrecían siempre por el recuerdo de la malquerencia de Dagda. En principio, era indispensable que Dagda la amase para poder ser consagrada, pero, últimamente, Lugh rondaba casi siempre por el territorio de su clan, y todos hablaban del caso. Mencionaban el deslumbramiento por Taranis como la más probable causa de las rondas del loco antaño tan poderoso. Taramis suponía que estos rumores harían enfurecer más aun a Dagda y la predispondrían contra ella con mayor fuerza.
Siempre que volaba, Cabull trotaba sobre las nubes con suavidad y sin ninguna clase de sobresaltos, pero en el momento que Taranis aventuraba para su propio pensamiento que Dagda continuaría odiándola para siempre, se encabritó.
-Calma- rogó Taramis mientras le acariciaba la crin-. ¿Crees que no tengo razón?
El caballo se aquietó instantáneamente, por lo que Taramis determinó que un equino tan prodigioso y tan viejo debía de conocer un medio de disolver la malquerencia de Dagda y que trataba de comunicárselo. Espoleó hacia abajo, con dirección al bosque, y refrenó bajo un bosquete de alisos junto a un rumoroso arroyo. Se apeó y, encarándose con Cabull, lo miró a los ojos. Notó un reflejo extraño en las grandes pupilas, por lo que giró el cuello. Lugh se encontraba a sus espaldas, con una exagerada expresión de alucinación en el rostro. Aunque él bajó un poco los ojos en señal de respeto, descubrió por primera vez su apostura embozada en la abundante y desordenada pilosidad. En el instante en que pudo imaginarlo tal como había sido, notó que el caballo cabeceaba como si asintiera. De manera impremeditada, ordenó a Lugh:
-Sígueme hasta el poblado.
La llegada del trío al centro de la aldea produjo una conmoción tan fuerte, que el clan en pleno salió a observarlos en silencio. La muchacha advirtió pronto el miedo en muchas de las miradas, sobre todo las femeninas, por lo que se apresuró a decir:
-Que nadie se inquiete.
Todos permanecieron en silencio, pero inmóviles como estatuas. Taramis giró sobre sí misma al tiempo que forzaba su imaginación, preguntándose cómo obrar.
La llegada apresurada de sus padres interrumpió sus cavilaciones:
-¿Qué te propones, hija? –preguntó su madre.
-No lo sé –confesó Taramis.
Cabull cabeceó de nuevo, ahora con mucha energía. La muchacha notó que trataba de hacerle mirar hacia el bardo, que había salido al umbral de su puerta y se encontraba aupado a una de las piedras del nementone. El cruce de miradas entre la alumna y uno de sus maestros produjo un efecto que se repetiría muchas veces a lo largo de la vida de la futura druidesa; comprendió que podía oír la voz del bardo aunque nadie más lo hiciera. Escuchó que Taliesin decía en silencio:
-Ordena a Lugh que se arrodille y acuda hacia mí sin alzarse.
Se aproximó al desafortunado paria, que bajó de nuevo los ojos. No tuvo que ordenarle que se pusiera de rodillas, porque él lo hizo para besar el borde de su túnica. Nadie pareció extrañarse por la respetuosa postración, pero ella sintió que su rostro se cubría de rubor.
Se aclaró la garganta para ordenar:
-No te alces y, caminando sobre tus rodillas, acude ante nuestro bardo Taliesin.
Taramis vio por primera vez sonreír a Lugh. No era la risa boba de un enajenado ni la mueca imperfecta de la maldad. La boca masculina, casi oculta tras la abundante y sucia barba, se abrió como una madreperla, mostrando la resplandeciente blancura de la inteligencia gestual. La futura druidesa se preguntó cuál sería el verdadero Lugh, el apestado que todos eludían o ese ser excepcional que acababa de intuir a través de su sonrisa.
Arrodillado y desplazándose por tanto muy lentamente, su barba y su melena se arrastraban por la tierra. Parecía una especie rara de alimaña. Ante Taliesin, se alzó un poco pero sin ponerse de pie. El bardo le tocó la cabeza mientras señalaba adentro de su cabaña.
Cayó el pesado cortinaje de piel de oso tras los dos, en tanto que el clan en pleno permanecía en silencio y tan inmóvil como piedras. Taramis había elaborado ya completamente el plan, mientras el caballo cabeceaba alegremente, expresando su aprobación.

Pasada media tarde, el bardo Taliesin reapareció en la puerta junto a un desconocido. Mejor dicho, todos reconocieron de inmediato al hombre poderoso y triunfador del que la druidesa Dagda se había enamorado. Cortadas la barba y la melena, bañado y cubierto de ungüentos perfumados, Lugh vestía una rica túnica ceremonial de Taliesin. Erguido, limpio y con mirada serena, volvía a ser el mismo hombre que había sido, adorado por todas las mujeres de todos los clanes del bosque y muchas de las enemigas romanas. Sin embargo, no había recuperado la expresión despectiva ni la vanidad. Su expresión era firme, serena y confiable. Irradiaba honradez y lealtad. Resultaría inimaginable que un hombre como él pudiera incurrir de nuevo en adulterio.
Al principio fue un rumor, pero poco a poco fue convirtiéndose en clamor. Todos conocían el condicionante que Dagda podía representar con vistas a la consagración de la futura druidesa Taramis, de modo que el clamor pasó a ser una letanía:
-Taramis, llévaselo a Dagda.
Cabull parecía decir también lo mismo, balanceando su tronco sobre las patas. La muchacha lo montó de un salto y pidió a su padre:
-Danos tu caballo, pues el caminar renqueante de Lugh sería muy lento.
El padre asintió. Un instante más tarde, Lugh fue aupado por dos hombres y, una vez en su montura, volvió a ser definitivamente el triunfador de antaño, pero madurado por la desgracia que había durado todo un curso solar.
Cabalgaron rumbo al clan de Dagda.
Durante la no muy dilatada cabalgada, Taramis no paró de conjeturar que la druidesa enviaría sus lanceros a recibirles. Seguramente, les esperarían antes de la entrada al poblado, para detenerlos o, tal vez, para matarlos. Cada vez que su mente se llenaba de malos presagios, notaba que Cabull agitaba el cuello, como si sacudiera la crin aunque en realidad sabía ella que estaba diciendo que no. Que no temiera. Que no se torturase.
La proximidad del poblado fue poniéndose de manifiesto por la abundancia de rebaños de unas reses extraordinarias que sólo criaban en ese lugar.
Taramis aguzó la vista, tratando de descubrir dónde podían esperarles apostados los lanceros.
Pero en lugar de lanceros, vio que varios criados saltaban de rama en rama en dirección al poblado –probables espías y se apresuraban a informar- y, un poco más adelante, escuchó la lira del bardo y una prodigiosa voz que daba la bienvenida a “la niña favorita de la diosa”.
El corazón de Taramis se sobresaltó. ¿Qué podía significar esa especie de saludo? ¿Qué consecuencias podía tener en el ánimo de la druidesa? Halló en parte la respuesta al notar que un cortejo se dirigía hacia ellos. Llevada en andas, Dagda era portada en su dirección. ¿Acudía a recibirlos?
Bastaron unos pasos de los caballos para encontrarse frente a ella. A Taramis le impresionó el fulgor de la mirada, el fuego volcánico e insondable que había en los ojos de Dagda..
-¿Cuál es tu cometido, aprendiza? –preguntó la druidesa.
Taramis introdujo la mano en su pecho para extraer la cruz-árbol de Karnun. La levantó lo más alto que le permitió el brazo mientras decía:
-Vengo a pedir el amor de la druidesa más hermosa que ha conocido el bosque Negro. Y porto el amor mismo, para ofrecértelo.
Señaló a Lugh. Notó al instante que los ojos de la druidesa se nublaban, desapareciendo como por ensalmo todo el fuego y el peso de su odio.
-Tú merecerás el título de hermosa druidesa, Taramis. Ahora, en prueba de mi amor por ti y tu clan, acepta este obsequio.
Mandó a un criado hacia ella, para ofrecerle un pectoral y un torques de oro, cubiertos ambos, abundantemente, de coloridas gemas.
Su camino hacia la consagración había quedado expedito.

viernes, 17 de febrero de 2012

CÁTAROS, LA LIBERTAD ANIQUILADA es un libro para reflexionar sobre los abusos de la Iglesia Católica

La humanidad deberíamos presentar cuentas a la Iglesia Católica y Francia, por el genocidio de los cátaros, uno de los mayores crímenes históricos contra la Humanidad

jueves, 16 de febrero de 2012

CÁTAROS La libertad aniquilada --- Luis Melero

Prefacio
El paso del tiempo no hace más que aumentar la fascinación que ejercen los cátaros sobre nuestras mentes descreídas y escépticas. Hasta no hace mucho tiempo, y principalmente durante el siglo XIX, esa fascinación se basaba en el misterio que envolvía a un supuesto tesoro escondido cuyo valor se creía fabuloso, opulento, desmesurado, aunque había también quien le atribuía importancia meramente simbólica pero de una naturaleza tal, que haría no sólo tambalear los cimientos de la doctrina cristiana, sino que anularía de raíz sus fundamentos dogmáticos.
Creencia esta última basada en peripecias reales sumamente desconcertantes y rodeadas de sombras muy espesas, nunca despejadas por quienes debieran hacerlo en defensa de sus intereses pastorales. Tal es el caso del estrafalario cura Berenguer Saunière, quien habría encontrado importantes documentos cátaros durante unas obras en su pequeña parroquia de Rennes-le-Château, ocultos en un pilar del altar mayor, con los que se afirma que pudo extorsionar a la Iglesia romana durante el resto de su vida. Hasta el día del hallazgo Saunière era un presbítero tan pobre, que se veía obligado a pescar y cazar por los alrededores de su pueblo para poder comer modestamente. De que había extraños manuscritos en ese pilar no cabe ninguna duda, porque todavía en 1958 sobrevivían dos de los albañiles que fueron testigos del descubrimiento. Según los hechos objetivos, es incuestionable que, a continuación de tales obras, Berenguer Saunière amasó una fortuna impresionante, cuyo origen se ignora y nadie ha conseguido explicarlo de manera satisfactoria; fortuna que le permitió convertir su parroquia en uno de los más risibles monumentos al mal gusto de cuantos abundan por el mundo. Consagrada la iglesia a María Magdalena, su pila bautismal se sostiene sobre una monstruosa figura de Satanás y en el sardinel de la entrada hizo tallar Saunière la leyenda “Terribilis est locus iste” (Este lugar es terrible).
Cualquier autoridad religiosa que sea preguntada por la fortuna, los dispendios para organizar fiestas cortesanas supuestamente “culturales”, las grotescas locuras decorativas y, sobre todo, el desconcertante consentimiento eclesiástico y la tolerancia jerárquica ante las extravagancias de este sacerdote decimonónico, escurrirá el bulto de un modo vergonzante.
En la actualidad, y cuanto más riguroso va siendo el trabajo de los historiadores que investigan el fenómeno cátaro, nuestra fascinación por los llamados “hombres buenos” ha ido derivando del brillo de un oro improbable hacia el fulgor de conductas muy difíciles de comprender, que sin dejar de conmover los sentimientos e inclinarnos casi al llanto, nos causan más perplejidad que admiración.
Sencillos, ascéticos y pobres de solemnidad, concitaron lealtades tan inquebrantables que, contempladas a la distancia de ocho siglos, resultan conmovedoras cuando uno supera el pasmo y la incredulidad.
Los cátaros y quienes les amaban de manera heroica resistieron cien años frente a los poderes más despiadados y avasalladores de su época. No eran muchos, vivían con austeridad espartana, no amontonaban riquezas ni disponían de ejército, pero convulsionaron de tal modo el mundo de los siglos XII y XIII, que se alzaron contra ellos todas las tempestades y demonios del miedo y el terror. Los persiguieron, vituperaron, quemaron y masacraron, e inventaron las perversiones más inconcebibles para justificar la seña con que los persiguieron. Para ellos se abrió la caja de Pandora que representó la crudelísima frase “matadlos a todos, que Dios reconocerá a los suyos”. En su contra, alcanzó la canonización Domingo de Guzmán con su Orden de Predicadores (dominicos). Contra ellos se celebraron concilios y se organizó la única cruzada que tuvo a Europa por escenario, y para exterminarlos inventó la Iglesia romana la Inquisición.
¿En qué consistía la fuerza verdadera de los cátaros?
¿Por qué les amaron tanto sus amigos?
¿Por qué inspiraban tanto pánico a sus enemigos?





CRONOLOGÍA DEL DRAMA CÁTARO

1000 – Desde hace medio siglo y procedentes de Bulgaria, los bogomilos van extendiendo su nuevo credo por las costas de Bizancio. Primero Bulgaria, donde predicó el monje disidente Bogomil, pero ese credo fue siendo abrazado en Servia como el Albania, en Croacia como en Bosnia, país este último donde llegó a convertirse en una especie de religión de estado.

1004 – Un campesino de Champaña, llamado Lautard, abandona a su mujer e hijos, hace voto de austeridad y castidad, y se lanza a predicar por la región su visión filosófica, contraria a los fastos y degeneración de la Iglesia de Roma. Por toda Europa se producen hechos semejantes a la luz de las nuevas inquietudes nacientes.

1030 - Varios canónigos de la Santa Cruz, de Orleáns, son quemados vivos acusados de herejía por su denuncia contra los corruptos poderes eclesiásticos, por orden del rey franco Roberto el Piadoso.

1073 – Durante el pontificado de Gregorio VII, se produce la reforma que nos dotó del calendario actual y que puso en marcha la respuesta armada de la Iglesia de Roma contra quienes cuestionaban sus doctrinas, estilo de vida y métodos. Las disidencias, que denominan “herejías”, comienzan a ser perseguidas de manera oficial y sistemática.

1100 – Es quemado vivo un bogomilo en una hoguera de Constantinopla.

1101 – Anticipándose casi un siglo a Francisco de Asís y Domingo de Guzmán, Roberto de Abrissel sale a predicar el amor y la sencillez preferentemente entre los marginados; sobre tales supuestos, creó la Orden de Fontevrault.

1112 – Con dificultades, el conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, mantiene la soberanía sobre Carcasona y Beziers.

1114 – Queman a dos campesinos herejes en Soissonais.

1115 – Comienza una década de quemas constantes en Tolosa.

1120 – Comienza un lustro de predicaciones de Pedro de Bruis desde el Ródano a Occitania.

1131 – Muere Ramón Berenguer III y le sucede Ramón Berenguer IV.

1135 – Durante una década, predicaciones contra los herejes en el condado de Tolosa. Gran pira en Lieja, con la quema de numerosos herejes.

1137 – Es coronado rey de los francos Luis VII. Ramón Berenguer IV es nombrado príncipe aragonés al casarse con la hija del Ramiro II de Aragón.

1143 – Gran pira multitudinaria en Colonia.

1144 – Nuevas piras en Lieja.

1145 – Bernardo de Claravall comienza sus predicaciones anticátaras por Albi y Tolosa.

1148 – Raimundo V, coronado conde de Tolosa.

1149 – Ramón Berenguer IV reconquista Lérida.

1150 – Bajo el liderazgo de Arnau de Brescia, alzamiento en Roma contra el papado.

1159 – Rolando Bardinelli es coronado papa como Alejandro III.

1162 – Coronado Rey de Aragón Alfonso el Casto.

1163 – Gran pira multitudinaria en Colonia. El obispo Ekbert de Shönau usa quizá por primera vez la palabra “cátaro”. Posible origen alemán por “adorador de gatos”, en lugar del más difundido “puro”, supuestamente del griego.

1167 – El obispo y sapientísimo bogomilo Niketas organiza las primeras iglesias cátaras del occidente europeo. Primer concilio cátaro en San Felix de Lauragues.

1180 – Felipe Augusto, coronado rey de los francos.

1181 – Coronado papa Lucio III. Expedición anticátara del cardenal Enrique de Marcy. Primer asedio de Lavaur. El obispo cátaro de Tolosa abjura de su fe.

1184 – Concilio de Verona, el papa Lucio III ordena la primera Inquisición contra los cátaros.

1194 – Raimundo VI, coronado conde de Tolosa. Personaje fundamental del catarismo y sus dramas.

1196 – Coronado rey de Aragón Pedro II el Católico. Personaje esencial del catarismo y sus dramas.

1198 – Giacomo Lotario es coronado papa Inocencio III, determinante y crucial en la tragedia de los cátaros.

1204 – El obispo cátaro de Tolosa, Guilhabert de Castres, ordena a varias damas como “perfectas”. Coloquios “versallescos” en Carcacasona. “A vuestra rueca, señora”.

1206 – Debates en Montreal. Asamblea en Mirapeis, participación de varios centenares de perfectos.

1208 – Jaime I de Aragón,indeseado por su padre Pedro II, nace en Montpellier. Inexplicado asesinato del enviado papal Pedro de Castelnau en Saint-Gilles-du-Gard. Inocencio III excomulga a Raimundo VI, conde de Tolosa.

1209 – Humillación pública de Raimundo VI, en Saint-Gilles-Du-Gard, donde había sido obligado por el papa a retractarse de su catarismo. Matanza de Beziers, más de 20.000 muertos. Carcacasona cae en poder del papa. Simón de Montfort nombrado vizconde de Carcasona. Los franciscanos son reconocidos por el papa.

1210 – Asalto a Minerva. Pira con 144 cátaros. Conquista de Termes.

1211 – Asalto a Lavaur. Asesinato y violación de la castellana. Quema de 400 cátaros. Hoguera en Casses, casi cien cátaros.

1212 – Pedro I de Aragón ayuda a Alfonso VIII en la Batalla de las Navas de Tolosa. Simón de Monfort se apodera del Agenes y Cominges.

1213 – Raimundo VI acepta el vasallaje ante el rey de Aragón, Pedro II. Pero éste muere en la batalla de Muret y se produce la derrota del ejército tolosano-aragonés. Inocencio III obliga a Simón de Monfot a reponer a Jaime I.

1214 – El conde aragonés Ramón de Josa abjura de su catarismo obligado por el legado papal.

1215 – Tolosa se rinde. Concilio de Letrán para impulsar “en serio” la cruzada contra los cátaros y poner a Simón de Monfort al frente de Tolosa. Domingo de Guzmán establece su Orden de Predicadores en Tolosa.

1216 – Muere Inocencio III. Coronación del papa Honorio III. Raimundo VI emprende la reconquista del condado de Tolosa.

1218 – Durante el asedio de Tolosa, muere Simón de Monfort

1220 – Duran de Huesca publica “Liber contra Manicheos” (cátaros)

1221 – Muere Domingo de Guzmán. Muere Raimundo VI. Coronación de Raimundo VII como conde de Tolosa.

1223 – Ramon Trencavell reconquista Carcasona

1224 – Amaury de Monfort derrotado. Raimundo VII organiza los “faydits” y la iglesia de Carcasses.

1226 – Concilio cátaro en Pieusse que decide la fundación del obispado de Rasses. El obispo cátaro Pere Isarn es quemado ante Luis VIII. Éste muere. Muerte de Francisco de Asís. Humberto de Beaujeu organiza una matanza de cátaros en Labecede. Raimundo VII es excomulgado. Al morir Luis VIII, su esposa, Blanca de Castilla, se convierte en regente en nombre de Luis IX y organiza una cruzada de “tierra quemada” contra Occitania, que es asolada y reducida a la miseria.

1227 – La inquisición se extiende también a Alemania. Ugolino di Conti, sobrino de Inocencio III, sucede a Honorio III como papa, con el nombre de Gregorio IX.

1229 – Firma del tratado de Meaux-Paris, por el que el condado de Tolosa es sometido a la corona de los francos. Creación de la Universidad de Tolosa, al mando de los hermanos predicadores de Domingo de Guzmán (dominicos).

1232 – El obispo cátaro Guilabert de Castres convierte el fuerte de Montsegur en sede episcopal de la Iglesia cátara.

1233 – Institucionalización de la Inquisición, bajo el mando de los dominicos hermanos predicadores.

1234 – La Inquisición comete crueldades indescriptibles. La miseria moral se alía con el hambre y la desesperación del pueblo. Queman a 210 sospechosos de catarismo. El pueblo desesperado saquea en Narbona el convento dominico.

1235 – Revueltas contra la Inquisición en Narbona, Albi y Tolosa. El conde de Tolosa expulsa a los dominicos, acusados de crímenes terribles y maldecidos por el pueblo.

1237 – Varios nobles occitanos viven exiliados en el reino de Aragón.

1239 – Gigantesca pira en Mont-Aime, donde son quemados 185 cátaros.

1240 – Ramón Trencavell intentan recuperar sus tierras ayudado por los “faydits” de Carcasses. Libera algunas zonas, pero fracasa en Carcasona.

1242 – Sinibaldo Fieschi coronado papa como Inocencio IV. Atentado de Avinhonet, primer episodio de la guerra de reconquista de Raimundo VII.

1243 - Raimundo VII capitula en Lorris. Comienza el asedio de Montsegur.

1244 – Capitulación de Montsegur en marzo. Pedro Roger de Mirapeis consigue una tregua de dos semanas, por parte del comandante cruzado Hugues de Arcis. Los creyentes de la fortaleza van recibiendo el “consolament”. El 16 de marzo, miércoles, se levanta una pira gigantesca entre la nieve, donde son quemados vivos 204 cátaros. Consta que otros cuatro consiguieron huir por las escarpadísimas laderas de la montaña, para salvar un misterioso legado.

1245 – Graves persecuciones inquisitoriales, protagonizadas por Bernardo de Caux y Juan de San Pedro. Desmantelamiento de la jerarquía cátara, que huye a Lombardía.

1249 – Pira en Agen, donde son quemados más de 80 cátaros. Muere Raimundo VII sin descendiente varón. En virtud del tratado de Meaux-Paris, la corona franca se apodera del condado de Tolosa, situando en el trono a Alfonso de Poitiers, hermano de Luis IX, que estaba casado con Jeane, la hija de Raimundo VII.

1255 – Rendición de Queribús, el último bastión de la resistencia cátara frente al papa y el rey de los francos.

Los siguientes 120 años. Los residuos del catarismo van siendo obstinada y cruelmente exterminados en Occitania y en el norte de Italia, hasta que en 1375 muere el último cátaro de que se tiene noticia.











1000- 1100
Mani. El dualismo y el evangelio de San Juan.

Modernamente, hablamos de maniqueísmo para referirnos a personas extremistas u opiniones que no aceptan las medias tintas. El negro y el blanco sin matices ni grises intermedios. El bien y el mal puros, sin tibiezas.
Pero no siempre tenemos en cuenta de dónde viene el término. Maniqueísmo es una doctrina religiosa nacida en oriente cercano, igual que todos los sistemas de creencias que hoy día consideramos occidentales. Y es derivación de su fundador, Manes o Mani, como cristianismo lo es de Cristo o budismo de Buda.
En los albores del siglo XII pudo terminar la Edad Media. Habían pasado seis siglos desde que la Iglesia de Roma sustituyera al Imperio Romano como centinela del mundo, seis siglos de dominio del fanatismo absoluto sobre la razón y Europa comenzaba a tomar conciencia de que la ignorancia y la cerrazón que habían posibilitado durante seiscientos años el brillo de Roma no eran un buen camino.
Aunque suelen escenificarse en épocas anteriores, es en esta etapa cuando sedimentan las leyendas en torno al tan controvertido e indefinible santo Grial, que tanta literatura fantástica ha producido y que sirvió de pretexto para aquellas grandes migraciones aventureras que fueron las cruzadas. Según la leyenda más difundida, José de Arimatea recogió la sangre de Cristo en el en el Gólgota, lugar donde se consideraba que fue crucificado Jesucristo; otra versión, en evangelios apócrifos, asegura que la sangre la recogió en el sepulcro. Estos evangelios también señalan que el local de la última cena era propiedad de José de Arimatea. Tras la resurrección de Jesús, Arimatea fue apresado, bajo la acusación de haber sustraído el cuerpo de su sepulcro. Se le encerró en una torre, donde recibió la visión de Jesús y la revelación del Misterio del que el Santo Grial era un símbolo. .La parte más chauvinista de la leyenda asegura que José de Arimatea se trasladó a las Islas Británicas, estableciéndose en la ciudad de Glastonbury, donde fundó la primera iglesia británica consagrada a la Virgen y a donde habría llevado el Santo Grial.
Simultáneamente con tanta actividad cultural del XII y aventuras hambrientas de saber, por toda Europa, incluidas las instituciones católicas, comenzó un fenómeno que en opinión de los historiadores debió liquidar la Edad Media. Como consecuencia de un desarrollo demográfico que no tenía antecedentes y un notable racionalismo agrícola, nació el interés por el conocimiento, se fundaron las escuelas catedralicias que dieron origen a las universidades, se produjo en España un avance científico imprevisto y por todos los rincones del continente la inteligencia dio pruebas de no resignarse a la mediocridad oscura de unos clérigos conscientes de su incapacidad y por ello celosos de todo brillo de la razón, que consideraban amenazante contra su poder cimentado sobre la mediocridad. Durante el siglo XII pudo acabar la Edad Media, pero allí estaba la curia romana para impedirlo y prolongar el oscurantismo. Acompañando las sinergias sociales, económicas y culturales, surgió por todas partes la necesidad de hacerse preguntas sobre los abusos, el dispendio y la crueldad de esa curia romana que protagonizaba ya durante seis siglos el mayor fraude social que registra nuestra Historia. Todas las catedrales, basílicas y grandes templos europeos se han edificado sobre el engaño de reliquias siempre falsas y siempre solemnemente refrendadas por el poder de Roma. Los cinco o seis prepucios de Jesús que existen en Europa nos hablan del fraude de modo clamoroso, pero ¿no es cómico que pudiéramos construir un edificio como el Empire State si juntásemos todos los fragmentos y astillas “auténticos” de la cruz de Jesucristo que la iglesia de Roma reconoce como verdaderos?
En el escenario de agitación cultural y resurgimiento de la razón del siglo XII, fue lógica la aparición de preguntas en la mente de las personas honestas. De manera simultánea y sin relación entre sí, se dio por todas partes el fenómeno: gente llena de fe y amor a Jesucristo reivindicaba un cristianismo primigenio, sencillo y honesto, y se preguntaban por la licitud de lo que veían: clérigos que con las bendiciones de Roma practicaban todos los pecados capitales, exhibían joyas, barraganas e hijos, batallaban entre sí y contra todos los demás para ser más y más poderosos, utilizaban el miedo/tabú que producía lo sagrado para enriquecerse mediante métodos tan innobles como las bulas. Casi al mismo tiempo que las personas honestas se hacían, airadas, esas preguntas, surgió en la mente de los clérigos la autodefensa: si cualquier desgraciado criticaba su desmesura, ambición y crueldades no tenían más remedios que eliminarlos. Claraval o Francisco de Asís deben ser incluidos en las categoría de contestatarios, aunque tuvieron suerte y acabaron en los altares en vez de en la hoguera.
En la agitación propia de los siglos XI y XII surgió una hermosa historia de amor, como la de Abelardo y Eloisa, y se había producido ya un intento de reforma de la corrupción romana mediante el gregorianismo, pero los poderes absolutos no cambian si no se les obliga y todo se mantuvo igual para terminar el siglo XII con el surgimiento del más monstruoso y perverso invento que registra nuestra Historia: la Inquisición.
Al oriente de Europa ya entonces se había producido el cisma que dio origen a la Iglesia Ortodoxa. Hay que recordar que Bizancio era producto de la división del Imperio Romano en dos partes. Por consiguiente, no podía someterse a la Iglesia católica, que no era más que el mantenimiento del poder cesarista e inventó su propio cristianismo, el ortodoxo. Pero si el lujo y el dispendio eran en Roma habituales Bizancio ha pasado a la historia como paradigma de la máxima ostentación del lujo. Todavía hoy, vemos que los naturales de los países que formaron parte de ese imperio gustan de llevar horteras y pesadísimas cadenas de oro al cuello y lucen en brazos y manos todo el oro que pueden. Entonces, en el siglo XII, esas aficiones debieron de poseer magnitudes que no podemos ni imaginar, pero da para suponer que los clérigos ortodoxos compartirían con sus compadres católicos, al menos, el gusto por la riqueza y el poder. Así no es de extrañar que aparecieran corrientes como los Bogomilos, entre otras.
Mucho antes, hacia el siglo III, había surgido en Persia un movimiento espiritualista que, aun aceptando muchos conceptos cristianos, se planteó una cuestión que debía de parecerles muy lógica: El Dios bueno, luminoso, provisor, no podía ser autor de los males del mundo. Éste, con sus crueldades y sufrimientos, tenía que haber sido creado por otro poder. El Dios bueno no estaba interesado por la materia, que era el universo sombrío y malvado creado por la fuerza oscura. Por lo tanto, la materia y cuanto conlleva es producto del mal y el único camino a Dios es el espiritual. Ocurría cuando San Agustín escribía y expresaba su fe. Este santo católico nació en noviembre del año 354, en Tagaste, que hoy se llama Souk-Ahras, ciudad de la antigua Numidia, la actual Argelia. Su madre era cristiana y su padre, pagano. Agustín se emparejó con una cartaginesa y en el año 372 nació Adeodatus, nombre que en latín significa regalo de Dios. En el año 373, Agustín se unió al dualismo de los maniqueos, muy extendido en aquellos momentos, fundado por Mani, que había nacido al sur de Babilonia (actual Irak). Mani había ido hasta la India, donde recibió la influencia del budismo. Bajo la protección del rey persa Shapur, que reinó gran parte del siglo III, predicó en todo el imperio y hasta envió misioneros al imperio romano.
Agustín permaneció entusiásticamente fiel al dualismo de Mani hasta más allá del año 380.
Como queda dicho, el que predicó el dualismo, Mani o Manes, dio lugar a lo que ahora denominamos “maniqueísmo”, que antes que a una perspectiva de los cosas define a una religión. Basándose en este principio dualista y espiritual, los maniqueos asimilaron como fundamental el más espiritualista de los evangelios, el de San Juan. Manes o Mani, nació hacia 216 en un ambiente familiar impregnado del gnosticismo que dominaba lo religioso desde Mesopotamia hasta el Mediterráneo. Sobre elementos tomados tanto del budismo como del cristianismo primigenio, el gnosticismo consideraba el mundo de lo material obra de un dios caído por oposición a la obra del verdadero Dios, interesado sólo en lo espiritual y la luz. Bajo la influencia persa de Zoroastro y educado en la comunidad judía de los elkasitas, Mani se consideraba a sí mismo el último de los grandes profetas bíblicos y creía en la importancia trascendental que la educación tiene para el espíritu.

Al brotar los deseos de pureza y sencillez de los siglos XI-XII, en el oriente de Europa hallaron que tanto San Juan como Mani expresaban una puridad más cercana al mensaje de Cristo, y así nacieron una serie de movimientos dualistas que fueron sustituyendo, a escala popular, el cristianismo oficial por todos los Balcanes y otras zonas. Tanto en Servia como en Bosnia y Bulgaria llegaron a ser mayoritarios y mientras retrocedían por todas partes las corrientes que imponían los popes ortodoxos por un lado y Roma por el otro, las masas asumían con entusiasmo esa nueva sencillez del mensaje evangélico.
Pero ¿podían triunfar la razón, la inteligencia y la simplicidad frente al poder omnímodo de los clérigos?





1101
Niphon y la sencillez
Anticipándose casi un siglo a Francisco de Asís, Roberto de Abrissel salió a predicar el amor y la sencillez preferentemente entre los marginados; sobre tales supuestos, creó la Orden de Fontevrault, con lo que se adelantó también a los franciscanos. Abrissel actuó con una innovación inconcebible, que tendría profunda influencia en otros movimientos a partir de entonces: De manera asombrosa (y casi heréticamente desde el punto de vista romano), daba igual preponderancia a las mujeres y los hombres, los conventos eran mixtos y lo mismo podían estar gobernados por un abad o una abadesa.
Ya entonces y desde hacía medio siglo habían empezado a quemar a críticos del poder establecido tanto en Orleáns como en Tours, en Anger como en París, en Constantinopla y en Soissonais. Un sacerdote suizo llamado Pedro de Bruis, desencantado y asqueado de los abusos romanos, había colgado los hábitos y salido a predicar la sencillez cristiana primigenia, y, naturalmente, fue perseguido y anatematizado. La Iglesia romana hizo quemar a toda la comunidad de un convento católico cuyos monjes practicaban la austeridad y criticaban los abusos y el lujo de los clérigos sus superiores. Contra los nuevos cultores del mensaje evangélico en puridad, había ido poniéndose en marcha la maquinaria de represión que, poco a poco, se estableció como paradigma de la pureza de la fe. Todo ello en defensa de los guantes enjoyados y los asesinatos para apoderarse de títulos y riquezas.
Y ocurrió un hecho insólito que ha sido muy poco comentado.
Créase o no, la verdadera liberación femenina comenzó en el siglo XII y no se trató de nada simbólico ni se revistió entonces de los tintes vengativos/sustitutivos que ahora presenta. Las mujeres adquirieron preponderancia de manera completamente natural como consecuencia del mayor conocimiento y apertura mental que se extendían por doquier. Presidieron debates, mandaron fortalezas, crearon escuelas y fueron respetadas sin que nadie señalara o diera la menor importancia al género. Por su especial disposición que todos reconocen, las mujeres sentimentalizaron la vida pública y nacieron instituciones como las “cortes del amor” y maneras “humanistas” que sin la igualdad femenina jamás habrían existido. Los clérigos de fidelidad romana odiaron esta situación y la cubrieron de sarcasmos siempre que tuvieron oportunidad. Es muy posible que la preponderancia y el respeto por las mujeres en el Languedoc figurasen entre los argumentos que pusieron en marcha el drama contra Occitania.
Los movimientos de pobreza que proliferaron durante el siglo XII además de propugnar una vuelta a la autenticidad evangélica resaltaban la exigencia del desprendimiento, la contradicción entre el reconocimiento de la aflicción de la pobreza material y el lujo ostentado por Roma y sus fieles, y todo esto constituía un desafío a la riqueza y al poder clerical en todas sus manifestaciones: posesión de la tierra, la fuerza de las armas, los títulos, la influencia, el dinero y hasta el usufructo exclusivo del conocimiento.
Casi como si se tratase de un movimiento parecido al hippy, y a pesar de no contar entonces con los medios de difusión que lo propagasen, por toda Europa aparecieron personas aisladas o grupos que desafiaban el poder materialista de Roma y practicaban la pobreza y la sencillez como medio de vida. La idea clerical de “haz lo que digo y no lo que hago” la despreciaban y vituperaban, porque para ellos prédica y estilo de vida eran inseparables.
Prácticamente en los mismos momentos, en los Balcanes, el monje Niphon salió a los campos a predicar la sencillez y la autenticidad del amor y la luz contra los corrompidos clérigos ortodoxos. Niphon fue, pues, en esencia, un predicador semejante a otros muchos que aparecieron casi simultáneamente en toda Europa, tanto en la romanista como la cismática. Pero él renovó el bogomilismo original, le dio sendo doctrinal y lo fortaleció de un modo peligrosísimo para el poder establecido. Más que una religión nueva o una corriente filosófica, se ocupaba de las costumbres predicando la sencillez y el amor frente a la impiedad y la ambición de los clérigos, si bien que lo hacía en la estela del búlgaro Bogomil. Aunque en Bizancio, que empezaba a descomponerse bajo la presión de oriental de los turcos, no dominaba el papado de Roma, trataban también con crueldad a los disidentes, sobre todo a los disidentes que abominaban de la mezcla de impiedad y ambición de los religiosos oficiales. Niphon, por supuesto, fue perseguido con la misma saña que eran perseguidos en el occidente europeo quienes criticaban, como San Francisco de Asís, los abusos clericales.
En consecuencia, y ante los clérigos que no querían ni una de sus `prerrogativas y se dispusieron a defender sus privilegios con todos los medios a su alcance, por todas partes y en toda Europa fue extendiéndose de modo insoportable la pestilencia de la carne chamuscada.



1100

Bogomilos y otras corrientes. Bulgaria, Albania, Servia y Croacia.

Los bogomilos eran una secta neomaniquea. El nombre derivó del clérigo búlgaro que fue el fundador, Bogomil. La secta nació en el siglo X, se extendió muy rápidamente sin adquirir casi en ninguna parte poder oficial, y ha durado unos ochocientos años, hasta desparecer arrasada por el Islam, aunque no ha dejado de tener alguna influencia -más bien de carácter esotérico- en la Turquía del siglo XX. En el siglo XI, su papel fue determinante para la asunción por parte de las corrientes latinas de conceptos dualistas/espiritualistas como el gnosticismo y el maniqueísmo. Quedan pocas dudas de que los bogomilos propiciaron y estimularon o, al menos, influyeron en el nacimiento del fermento cátaro.
Han recibido muchos nombres, pero ellos se llamaban a sí mismos “puros” u “hombres buenos”. El que recibía alguna forma de iniciación era un “revestido”. Ellos jamás emplearon el término “cátaro” aplicado a sí mismos, un nombre cuya génesis y significado es motivo de discusión.
Cuando nació a mediados del siglo X, al igual que luego el catarismo, el bogomilismo fue perseguido de manera muy activa, y anatematizado (como no podía ser de otro modo), por la jerarquía ortodoxa, concretada en el patriarca Teofilacto. Parece que ya en el siglo VIII el emperador bizantino Constantino V había desterrado a unos ascetas críticos a los parajes búlgaros y es muy posible que estos influyeran en el pensamiento que llevó al monje Bogomil a fundar su movimiento dos siglos más tarde.
No brotó, pues, por casualidad. El descontento había incitado el descontento. La hermosa tierra búlgara fue el primer escenario europeo donde la gente, por los pueblos, ciudades, fortalezas y aldeas, comenzó a despreciar al derrochador clero establecido para seguir fervientemente a predicadores que nadan poseían y nada material querían.
Lo fundamental del bogomilismo es, aparte del ascetismo y la sencillez, su dualismo. El Dios Padre, que es la luz y la verdad, creó el universo espiritual y tuvo dos hijos, Cristo y Satanael. Éste, que era el primogénito y se consideraba heredero natural del poder, se rebeló contra su padre y consiguió que un considerable número de ángeles se rebelasen también y le ayudasen a crear un universo paralelo, material, frente al espiritual creado por su padre. Con eses origen, este mundo material tenía, evidentemente, un principio pecaminoso ineludible. La materia es oscura; la materia es mala por definición; con la materia se sufre, se pena y nada material conduce a la verdadera luz del Dios bueno. La enfermedad y el dolor serían, pues, asuntos sumamente ajenos al Dios luminoso que amaban y al que ansiaban llegar. El de la carne, las riquezas y las gemas de con que se adornaban los clérigos era el universo del tenebroso hijo rebelde.
Por tales razones nada material, ni siquiera la mayor perversión sexual, tiene influencia alguna en el camino a la Luz ni inquieta lo más mínimo al Dios espiritual. El sexo, fuera con hombre, mujer o cualquier otra posibilidad, jamás podía ser pecado porque la idea de pecar era un asunto del señor de las tinieblas. No podían pecar. Eran espíritus puros arteramente apresados en una oscura prisión de carne. Así mismo, no se prestaban al matrimonio más que por obligaciones sociales ineludibles y evitaban tener hijos, para no condenarlos al sufrimiento y la oscuridad de la materia.
Todo en el mundo material es malo, feo, indeseable. A fin de tratar de arreglar las cosas, el Dios espiritual mandó a su otro hijo, Cristo, al mundo material donde tomó cuerpo humano y trató de convencer a los hombres de la preponderancia del espíritu sobre la materia. Dándose cuenta de la jugada, Satanael despojó a Cristo de poderes y éste fue elevado al cielo siendo abducido por su padre. El bogomilismo se trataba, pues, de un dualismo incompleto. El poder absoluto y superior quedaba en manos del Dios espiritual, monarquista, que era de verdad el poder supremo sobre todo lo demás. En cuanto a ritos, los bogomilos no aceptaban la existencia de sacramentos a excepción del bautismo, pero le daban un sentido puramente espiritual, que los cátaros convertirían más tarde en el “consolament”. No comían carne, rechazaban el matrimonio por material, despreciaban la idea de tener hijos para condenarlos a las sombras de la materia; el sexo no tenía ninguna trascendencia espiritual ni podía, por tanto ser pecado.
Más o menos con los mismos supuestos, proliferaron durante estos siglos corrientes parecidas por todos los Balcanes. En Servia, Albania, Croacia, y hasta en el norte de Italia, etc. se crearon movimientos semejantes imbuidos sobre todo de sencillez y ascetismo frente a la ostentación y los abusos del clero. Fueron muy numerosos y adquirieron gran fuerza social, pero no influyeron en el poder porque no se aliaron con él, como hacía el clero oficial. Tal vez por esta razón, porque se trataba de corrientes espontáneas y populares, no duraron demasiado.
Durante bastante tiempo, el imperio Bizantino utilizó Bulgaria como tierra de deportación. Y como los deportados eran, sobre todo, rebeldes de los abusos del clero, tales deportaciones alimentaron durante un largo periodo las corrientes bogomilas y similares, centralizadas sobre todo en Bulgaria. Esa religiosidad básicamente ascética, adquirió gran influencia en todo el Imperio Bizantino y llegó a erigirse una iglesia de los bogomilos en la misma capital del imperio, Constantinopla. Como es lógico, el obispo bogomilo fue mandado quemar por el emperador a la primera ocasión. Por la misma época, el monje Niphon, cuya influencia en la renovación y florecimiento del bogomilismo fue determinante, fue mandado quemar también por el emperador. Pero ya para entonces, el bogomilismo predominaba sobre otras corrientes parecidas en Servia, Dalmacia, Norte de Italia y comenzó a entrar en Francia.
De este modo, aunque sin una denominación reconocible que haya quedado en la historia de modo fiable, comenzaron a nacer en el Languedoc-Occitania comunidades que desoían y, prácticamente, se burlaban del oficialismo clerical y practicaba con gran entusiasmo la nueva interpretación de la fe cristiana.




1163
Concilio católico de Tour. Primera denuncia del fenómeno.
De modo silencioso, las corrientes inspiradas por el bogomilismo fueron asentándose durante todo el siglo XII, siglo de luces al fin, en los salones del Languedoc después de haberse difundido muy ampliamente por sus campos. El Languedoc, tierra mediterránea y en muchos aspectos idílica, practicaba un ferviente amor a la vida, la poesía, la belleza y el amor. Se celebraban sesiones poéticas a diario, los trovadores eran indispensables y respetabilísimos, crearon instituciones sorprendentes, como las cortes del amor y practicaron libremente el amor romántico, sin dar demasiada importante al estatus social o la condición sexual. Por sus románticas y vitalistas maneras, no podían encajar bien el inmovilismo papal ni su crueldad sombría. No sólo desoían a los clérigos romanos y los criticaban, sino que se burlaban de sus ambiciones y ostentaciones.
Espontáneamente, fue organizándose una especie de iglesia pero con diferencias clamorosas respecto de la religión oficial; tan sencillos y honestos, que concitaban entusiastas adhesiones tanto entre el pueblo llano como entre la aristocracia. No se llamaban a sí mismos cátaros (éste es, tal vez, un término despectivo inventado por un obispo alemán de la época).
Como ya ha quedado consignado, ellos se denominaban “puros” si eran simples practicantes, o “revestidos” si eran iniciados comprometidos, como una especie muy particular de clérigos carentes de poder, propiedades, canonjías y privilegios. Se ha creído que la palabra “cátaro” viene del griego y significa “puro”, y que habían sido llamados así por dos posibles razones: A) ellos se consideraban puros por la creencia de que al ser en realidad espíritus puros no podían pecar. B) el clero romano los consideraba herejes puros, perfectos, y así lo tildaron. El término “perfecto” tampoco se lo aplicaban ellos a sí mismos. Fue la iglesia de Roma la que los apodó así, aludiendo a los que eran “herejes perfeccionados o completamente iniciados”, llamados “revestidos” por los cátaros y que ejercían algo parecido, aunque muy remotamente, al sacerdocio.
Los mal llamados “cátaros” solían referirse a sí mismos como “cristianos buenos”, hombres buenos”, “mujeres buenas” o ª!amigos de Dios”. En los rituales de iniciación ellos aconsejaban “pide a Dios que te haga un buen cristiano y te conduzca a la Luz”. SDin e3mbargo, para los romanistas sólo eranb perfectos en el sentido de “hereticus perfectus”, en el sentido de un cátaro que había pasado del estadio de seguidor al de comprometido con la causa.
Es posible que la palabra “cátaro” tenga solamente el ya mencionado significado prosaico y peyorativo referido a los gatos, perviviendo la especie de insulto alemán. Creían muchos clérigos en general y un obispo alemán en particular, según hemos visto, que estos nuevos creyentes rebeldes adoraban el culo de un gato. Una más de las calumnias que no paraban de inventar para tratar de detener el incontenible avance de los buenos hombres. Decían que los cristianos que se oponían y criticaban al papa llevaban a cabo de manera ritual el beso obsceno sobre el culo de un gato. Esta posible génesis de la palabra se considera hoy la más probable.
Los estaban llamando de todo, menos bonitos. Los llamaron vulgares, jodedores y otras lindezas. La rumorología carente de base, calumniosa y embustera fue ampliamente empleada por el clero contra quienes les rechistaban. . Por ejemplo, con la pretensión de provocar contra los hebreos las iras de la ignorante población campesina hicieron circular el bulo, de que los judíos celebraban su pascua sacrificando un niño cristiano en una orgía demoníaca para comérselo al final. Los epítetos contra los cátaros y las calumnias sobre sus usos y costumbre menudearon por el Languedoc y toda Europa. Todavía en 1233, cuando ya casi los habían exterminado y habían cometido contra ellos las atrocidades de Beziers, Bran, Lavour, etc., el papa Gregorio IX escribió una bula papal, “Vox en Roma”, donde todavía repetía las viejas y muy superadas leyendas sobre tales orgías felinas. Con la capacidad ilimitada de inventar patrañas que evidenciaba el clero romano, ya en 1180 se había descrito con pelos y señales una supuesta ceremonia “secreta”. Secretismo que no fue obstáculo para que el anatemizador la describiera como habiéndola visto: “En las primeras horas de la noche, se sientan esperando en silencia en sus templos. Entonces desciende un inmenso gato negro por una soga que hacen colgar en el centro. Al ver que llega, apagan las luces y no rezan ni invocan ni cantan, sencillamente hacen una especie de bufidos gatunos con los dientes cerrados, y van acercándose al lugar donde vieron llegar al gato su amo, tanteando hasta que lo encuentran para besarlo en distintos lugares; unos se dirigen a los pies o a otras partes, pero todos prefieren dirigirse a la cola y parte pudendas. El húmedo y estruendoso beso desata todos sus peores apetitos. Abrazan al compaero o compañera que tienen más cerca y se sacian con lo más indigno”.
Además de calumnias de este tipo, habían inventado para desprestigiarlo toda clase de epítetos. Ellos, en general, realmente se llamaban y los llamaban “hombres buenos”. Practicaban la sencillez y el ascetismo de modo tan sincero, que las simpatías de todos sus vecinos, fuera cual fuera su condición, fueron convirtiéndose en lealtades inquebrantables.
Por tal razón, aunque ni constituían un iglesia/poder organizado ni tenían influencia temporal alguna, se volvieron tan numerosos y visibles que ya en 1163 fue organizado en Tours un concilio católico contra el fenómeno.
El siglo XII, y las inquietudes insurgentes por doquier, propiciaban el deseo de saber. Pero el conocimiento era el mayor peligro para un clero que basaba su poder en la ignorancia y la oscuridad. La clase clerical no sólo despreciaba el conocimiento, sino que lo odiaba con miedo cerval. Se prohibía en general la práctica de la medicina o adquirir conocimientos en otras materias. El clero establecido denunciaba y perseguía el conocimiento de la manera más activa, cruel e indisimulada, porque el saber alimenta el criterio y el que tiene criterio no puede ser engañado. Bernardo de Claraval salió a predicar contra estos hombres puros que desafiaban lo establecido. Mientras, y a pesar de ello, crecía por todas partes en el Languedoc no sólo el deseo de saber, sino el conocimiento efectivo, y trataban de desterrar seis siglos de oscurantismo ignorante impuesto por la jerarquía, celebrando debates, tertulias y actos que los ignorantes clérigos papales romanos vean con tremenda suspicacia. Y lógicamente se dispusieron de inmediato a cortar por lo sano. Porque la mediocridad y el miedo del mediocre a perder privilegios para los que no se está capacitados lo convierte en malvado.
Por tal razón básicamente, y ante la amenaza cada día mayor que suponía para sus privilegios y prebendas el catarismo, Alejandro III convocó el concilio de Tours de 1163, donde además de prohibir el conocimiento, la medicina y el saber en general entre otras muchas barbaridades que repugnan a la razón y el sentido común, se sentaron las bases del futuro sistema inquisitorial. En vez de acusar o esperar denuncias, se creaba un procedimiento indagatorio en el que las autoridades eclesiásticas actuaban de oficio en búsqueda de disconformes. Expresamente, el papa mandó que los obispos averiguasen “de oficio” si había disidentes en sus diócesis y actuasen. Una vez descubiertos los disidentes serian entregados a la autoridad civil (todavía sometida a los procedimientos paples) que procedería a su encarcelamiento y a la incautación de sus bienes.
Se ponía en marcha el proceso que años más tarde convirtió Inocencio III en el más cruel y monstruoso sistema de eliminación disidentes que haya inventado la perversión humana: La Inquisición. Todo lo que condujo a los abusos de la Inquisición, fue inventado para eliminar a los cátaros, vencerlos, apoderarse de sus bienes y, sobre todo, para apropiarse de su tierra, como veremos en otros apartados. La razón doctrinal no tuvo mucho que ver. Era básicamente una cuestión de intereses materiales.
Porque aunque Roma tratara de presentarlos como una poderosa institución demoníaca, la verdad es que los cátaros del Languedoc no crearon jamás nada parecido a un iglesia. Jamás fundaron ni instituyeron una jerarquía autónoma con reglas, dogmas anatematizantes ni organizaciones de “testimonio”. Los oponentes a los abusos de Roma en el Languedoc tuvieron sus reuniones, como concilios, para tratar de coordinar sus interpretaciones de la biblia, pero no se trataba de algo solemne y magnificente como las ceremonias romanas ni nada parecido. Para estupor de los investigadores, algunos de los nombres de las personas que fueron masacradas en Bezier (de acuerdo con la lista que preparó Amaury, el obispo que lideró el exterminio) eran valdenses. Ello podía ser en cierto modo la prueba de que la disidencia contra Roma se coordinaba de alguna manera, aunque ello no es nada seguro. No se sabe nada seguro,




1167.

Concilio cátaro en Saint-Felix. Predicación de Niketas. Retrato.

Un código no escrito de las buenas maneras literarias, dicta que el cronista debe ser imparcial y no mostrar preferencias ni apasionamiento al relatar ningún hecho.
Investigando el caso cátaro, el cronista tendría que carecer de médula nerviosa y sangre en las venas para mirar los hechos con imparcialidad. Nunca fueron más de un par de miles, actuaron de buena fe, trabajaron sin exigir a nadie diezmos por su sacerdocio, no hirieron ni ofendieron a nadie jamás, siempre se ganaron el pan con su trabajo y sólo paraban de trabajar para predicar estilos de vida que ellos ponían en práctica con verdadera sinceridad, amaron y fueron amados heroicamente por sus vecinos, pero fue tan avasalladora la maquinaria bélica que se les opuso como si ellos hubieran instituido el imperio más cruel de la historia. Ni a las huestes de Atila se les había tratado desde Roma con tanta impiedad.
Nadie podía ser más odiado que un grupo sedicioso que lograba ponerles ante un espejo en el que veían una imagen absolutamente desagradable y perversa. La súbita extensión del nuevo modo de ver la doctrina cristiana no era simplemente la renovación lógica que una fe experimenta cada cierto tiempo. Para el poder de Roma se trataba de algo mucho más importante. Los clárigos de curia romana habían construido un imperio sobre las ruinas de otro, pero conservando sus riquezas, casi todo su poder e, inclusive, las fiestas paganas que se apresuraron a nominar con devociones cristianas. La Navidad, San José, Carnaval, Cuaresma, San Juan, etc., habían sido las mayores y más multitudinarias celebraciones paganas de la Roma Imperial. La Iglesia católica no cambió tampoco esto. Dejó que fluyeran sin estorbo las aficiones y costumbres antiguas sin prohibir ni vetar celebraciones. A fin de no atraerse la impopularidad, solamente dijeron que en vez de adorar a Saturno el 25 de diciembre adorarían a Jesucristo; igual que en el resto de todas las fiestas. Los cátaros no representaban tan sólo el saneamiento de las costumbres y la renovación del mensaje. Aunque ellos no se lo plantearan, el sólo hecho de existir y criticar los abusos representaba un peligro inmenso del poder de Roma. Y la curia romana y su papa se defendieron a fuego y sangre.
Frente a las crueldades que se cometieron contra los cátaros, es imposible permanecer equitativo e imparcial ante la conducta execrable de la religión del poder, que evidenció el miedo del mediocre que cree sus privilegios en peligro frente a quienes llegaban a cuestionar su proceder a causa de las nuevas capacidades y anhelos que el siglo XII generó en Europa, cuando un milenio de oscuridad culposa y deliberada comenzó a despejarse.
El soplo y los anhelos de libertad y saber que proliferaban en Europa durante el siglo XII llevaban bastante tiempo instalados en el Languedoc-Occitania. Tierra sensual y amante de la belleza, proliferaban los trovadores y las justas poéticas y han llegado hasta nuestros días hermosas canciones de aquel tiempo. El condado de Tolosa, Carcasona, Narbona y demás, todo el Languedoc en suma, eran escenario de una forma de vivir y entender las relaciones que presentaban escasa similitud con cuanto les rodeaba. La circunspección y la solemnidad no tenían lugar en Occitania. Sorprendentemente, lo que representaba su principal atractivo era al mismo tiempo para quienes deseaban invadirles motivo de escándalo. Se producía una paradoja: todos lo deseaban y anhelaban al mismo tiempo destruir precisamente todo aquello por lo que lo ambicionaban: Su amor por la existencia. Es una paradoja muy frecuente en la conducta de las personas: se ama y admira a alguien cuando ha destacado y con enojosa frecuencia se le critica y reprocha aquello que lo ha hecho destacar. En nuestro país, por desgracia, es una costumbre muy practicada.
Mientras Occitania se agitaba y revolucionaba, el bogomilismo se había extendido con tal fuerza que comenzaba a tener que organizarse como iglesia a su pesar y pronto se convertiría en la iglesia “estatal” de Bosnia. Por todos los Balcanes fue constituyéndose una jerarquía y empezó a brillar un sapientísimo patriarca llamado Niketas. Era un monje antiguamente ortodoxo, disidente y contestatario, que había establecido una base doctrinal casi dualista que era sumamente sencilla y fácil de entender: La vida mortal, la tierra y la materia son el verdadero infierno creado por el Señor de las Tinieblas. La auténtica vida es el más allá no material, lo espiritual, lo creado por el verdadero Dios de Luz, al que el fiel piadoso llegaría al alcanzar la luz tras un proceso que podía incluir alguna reencarnación
Los que serían llamados cátaros y eran revestidos (los que habían recibido su único sacramento, el consolament) vivían en casas modestísimas, vestían de negro, no comían carne y practicaban la castidad. Concedían tal valor al testimonio, que actuaban todas las horas del día y en todas partes de estrictamente de acuerdo con lo que predicaban, lo que les valió la difusión galopante que su iglesia tuvo.
En los albores de mayo de 1867, el pueblo de Saint Felix de Lugarais, sobresaliente en un bosque intrincado, vio llegar multitudes de visitantes. Estaban reuniéndose para hablar con libertad, sin miedo, sin preocuparles las persecuciones, Iban a hablar de cuanto inspiraba a aquella especie de Comunidad Europea de lo bogomilo. Como es lógico, el obispo católico que mandaba en la cercana ciudad de Tolosa no fue convidado.
Invitado por los curiosos e inquietos nobles del Languedoc a la vista de la extensión del catarismo en sus tierras, acudió Niketas a lo que ahora es el sur de Francia (entonces eran feudos independientes del poder franco, aunque, como veremos, claramente ambicionados por el rey parisino, con un afán francés centralizador y anulador de diferencias que practicaron los francos con crueldad inaudita, atacando toda diferencia, y ha llegado prácticamente hasta nuestro tiempo) y en honor de Niketas jabían organizado una especie de concilio .
Como queda dicho, Occitania no formaba todavía parte del estado ideado por el empuje y la ambición de los francos. Pero apoderarse del Languedoc era uno de los objetivos obsesivamente acariciados por el expansionismo francés. Como sabemos, poco puede hacer la poesía frente a los cañones. Mientras en el norte de lo que ahora es Francia practicaban un belicismo de fiereza avasalladora, en Occitania se primaba a los trovadores; en vez de ser escenarios de ejercicios guerreros, los castillos y fortalezas servían de espacios privilegiados para justas poéticas y debates. Frente a la belleza y el amor practicado de modo muy activo en el Sur, al norte del Loira masacraban la disidencia, arrasaban los últimos celtas, avasallaban la Bretaña y demás comunidades históricas y se vestían de armaduras terribles.
En cierto modo, los trovadores contribuyeron en gran medida a la extensión del nuevo mensaje de sencillez y por ello los “puros” proliferaron con rapidez imprevista. Se imponían tanto más fácilmente cuanto que el pueblo llano veía todas las semanas que lo que predicaban los romanistas los domingos en sus parroquias era contradicho de manera clamorosa por los actos de los curas el resto de la semana. El catarismo (que no era llamado así) se extendió bajo la protección de todos, en especial de los nobles, con frecuencia sin que éstos ni siquiera se convirtieran en puros. Todos veían tanta sinceridad y honestidad en la práctica de sus prédicas, que los hombres y mujeres “puros” fueron protegidos y salvaguardados. De manera activa se les facilitó enormemente sus prédicas. Salían de dos en dos, sin dinero ni medios, vestidos de negro, y en todas partes eran recibidos, escuchados, respetados y agasajados. La burla a los romanistas se convirtió en cotidiana. Con el consecuente furor de éstos.
Se afirma que “cátaros” viene de una palabra griega que significa “puro”, pero otros aseguran, que sería más o menos el sonido de una frase alemana cuyo sentido sería “adoradores de gatos”.
Los cátaros practicaban la espiritualidad más primitivamente cristiana, predicaban el evangelio según San Juan (que es tenido por el más espiritualista), lo tradujeron a la lengua vulgar y consiguieron con ello que el pueblo tuviera acceso directo al mensaje cristiano, sin las estrafalarias interpretaciones que daban los curas predicando a partir del latín (“los designios de Dios son insondables”, para destacar que sólo ellos eran depositarios del saber y la capacidad de interpretación del mensaje cristiano).
Los libros de los cátaros eran el Evangelio de San Juan y la Cena Secreta.
Sin que podamos hablar de modo indudable de un dogma de los cátaros, tradujeron y divulgaron el evangelio de San Juan. Es evidente que no se trata de un libro cátaro, pero para ellos fue el súmmun de verdad en el que había que buscar las verdades. Evagenlio tenido por algo esotérico, en el siglo XII propocionaba enseñanza inteligible a las masas y, con ello, justificaban la sacralización de los llamados “revestidos”.
El Evangelio de San Juan era el libro de meditación de los cátaros y en él basaban partes esenciales de su conocimiento.
La “Cena Secreta” es un apócrifo que nos ha llegado a través de ellos probablemente desde los bogomilos. Los cátaros lo citaban para magnificar sus prédicas. El tono de la “Cena” es el de una cosmogonia cristiana, pero habla claramente de dualismo: Satanael, el arcángel caído, fue el que creó el mundo material e imperfecto, al que convocó a los demás ángeles rebeldes. El Dios verdadero es la Luz.
Los puros consideraban que el alma –lo único suyo que aceptaban como creación del Dios bueno- estaba prisionera en un cuerpo que era servidor del mal, de las sombras, y por lo tanto la muerte representaba la liberación. En esencia, discrepaban poquísimo de lo que podemos leer atribuido a palabras pronunciadas por Jesucristo. De lo que discrepaban era de la falsedad hipócrita y acomodaticia del clero romanista.
Ellos despreciaban todos los sacramentos católicos por materiales. El único sacramento que practicaban era el bautismo-comunión-extremaunción, y lo denominaban “consolament”. Sacramento que sólo lo facilitaban tras larga reflexión, sin ninguna clase de irresponsabilidad y, sobre todo, sin imponerlo a niños que no dispusieran verdaderamente de su libre albedrío. De hecho, el “consolament” se daba preferentemente al agonizar o tras una etapa penosa, larga y difícil de reflexión y compromiso. No se podía proporcionar a niños pequeños ni nade que no estuviera en su sano juicio. Sólo a personas muy conscientes del significado y trascendencia de lo que estaban haciendo. Exigían que el recipientario del sacramento viviera en la fe cátara definitivamente. De modo preferente, el “consolament” se facilitaba en la hora de la muerte o tras haber expresado un compromiso indudable que todos pudieran confirmar.
De manera que no podemos determinar si fue deliberada, el catarismo fue abrazado por la clase alta: comerciantes, nobles y burgueses. Persistían las iglesias romanistas con sus curas de “haz lo que digo y no lo que hago”, pero el pueblo llano fue desoyéndolos mientras escuchaba con atención y devoción a esos nuevos y sinceros “puros”. Podían ser tanto hombres como mujeres, porque la condición sexual no predeterminaba nada para ellos. Los mensajes de amor y sencillez se extendieron con tal fuerza, que la gente ni siquiera se planteó que debiera eliminar al clero romanista; sencillamente, lo ignoraba. Los puros rechazaban todos los ritos católicos y el Antiguo Testamento.. Muchos nobles que ni siquiera habían abrazado la fe, protegían a ciertos “perfectos” (que eran los cátaros iniciados casi como sacerdotes) y les hacían vivir en sus castillos, con objeto de que les proporcionasen el consolament en la hora de su muerte. Así, sin aspavientos ni grandilocuencia, los “puros” estaban por todas partes.
Cuando la extensión progresiva e imparable de los puros comenzó a convertirse en influencia social notable, los mismos nobles y burgueses que les protegían decidieron que debían reunirse a la manera de los concilios católicos, a fin de establecer algunas reglas y normas. Para ello, invitaron al sabio bizantino Niketas a predicar en una reunión que se celebraría en 1167 en Sains Felix, en los alrededores de Tolosa. Casi sin pretenderlo, estaban inaugurando una especie de iglesia cátara.
Ya era un hecho consumado. Occitania, la tierra de la pasión, la belleza, la poesía y el amor no era un feudo que pudiera considerarse papista-romanista. Sin existir una verdadera jerarquía y ni siquiera un clero real, los cátaros eran los depositarios de las inquietudes religiosas de los occitanos.
El rencor, el odio, y la crueldad que llevaban ejerciendo ya más de un siglo contra toda disidencia, empezó a organizarse y “profesionalizarse”.
Los terribles mecanismos de la represión se pusieron en marcha.





1180.

Comienzan a predicarse cruzadas contra los cátaros.

Domingo de Guzmán nació en 1171, pero tal vez lo hizo ya predestinado. Esyte sacerdote castellano, Domingo de Guzmán, burgalés, fue en toda Europa el mayor azote doctrinal de los disidentes del catolicismo en general y los cátaros en particular, y su orden de predicadores, dominicos, fue más tarde el despiadado e inclemente brazo ejecutor de la Inquisición.
Pero como queda dicho, el exterminio de la disidencia había comenzado ya en el siglo XI, Las quemas, inclusive colectivas, se habían realizado esporádicamente por doquier y en algunos casos respondían a inquinas o temores de ciertos poderosos clérigos en concreto.
El rey de Francia era en 1180 Felipe Augusto, y lo fue hasta 1223. Luchó contra el imperio de los Plantagenet, cuyo poderío era una constante amenaza para los Capetos. Se alió a Ricardo, el futuro Corazón de León, y, aunque se enemistó con él, ambos participaron en la tercera cruzada, de la que se retiró (1191), humillado por Ricardo.
En 1202 confiscó los feudos del nuevo rey de Inglaterra Juan sin Tierra, y emprendió la conquista de Normandía, del Maine, de Anjou, de Turena y planificó el desembarco de su hijo en Inglaterra (1213). El papa Inocencio III solicitó su intervención, para aplastar a los cátaros (1204), pero su astucia política hizo que en un primer momento desoyese los deseos del papa. Finalmente, y después de que Inocencio III declarase "entregar como botín" las tierras de Raimundo VI, Felipe Augusto, que ambicionaba el Languedoc, decidió intervenir, apoyando a Simón de Montfort y a los nobles menores franceses. Cuando murió (1223), era el más poderoso señor de Francia, había destruido el imperio de los Plantagenet y afianzado la autoridad de los Capetos en el reino. Fue Felipe Augusto el instrumento de tortura y exterminio de los cátaros que manipuló el papa de Roma a su conveniencia.
A partir del concilio cátaro de Sains Felix, viéndoles definitivamente las orejas al lobo, los clérigos romanistas se quitaron todas las caretas y abandonaron toda mesura. Este concilio y lo que podía significar para el futuro fue una especie de toque a rebato o, más bien, un toque de generala. Todos los poderes eclesiales más resolutivos se lanzaron a poner a punto sus máquinas de represión sin ninguna clase de duda o vacilación. Quemas todavía no muy descaradas, presiones sobre los nobles, intrigas cortesanas y de otros muchos tipos inclusive los más innobles, amenazas, excomuniones (que lógicamente, no significaban nada para quienes abrazaban sinceramente la fe nueva), simulaciones, burdas triquiñuelas y todo tipo de iniciativas les valían a aquellos degenerados clérigos para defender unas riquezas, vicios, prerrogativas y privilegios que consideraban en grave peligro.
El concilio de Saint Félix representó la concreción de la amenaza. Si antes se reprimía a los monjes honestos que criticaban los abusos de Roma o a los teóricos que no comulgaban ruedas de molino, el concilio puso en evidencia que el peligro de desmoronamiento del poder romano era cierto. Toda la curia, prolongada en el tiempo a imagen del imperio cesáreo, vio llegar el fantasma de la liquidación de su burocracia imperial en forma de una iglesia que todos aceptaban sin vacilación o, al menos, respetaba por su sinceridad. Tras el concilio no había duda. El poder romano peligraba y había que defenderlo o morir matando.
Y matar, lo que se dice literalmente matar, sabían hacerlo muy bien.
En cuanto a la estructuración social, en la tierra de Oc en general y en Tolosa en particular dominaba el mismo sentido no demasiado jerárquico que presentaba el catarismo. Los vasallos del conde de Tolosa reconocían su soberanía, lógicamente, pero ellos conservaban la autonomía suficiente como para enfrentarse entre si y llegaban a sentar alianzas con otros soberanos, inclusive guerreras, sin el consentimiento y ni siquiera la información del conde. Destacaban una serie de nobles a veces veleidosos, como Foix, Trencavel, etc. Igual que Raimundo respecto de Francia, todos estos nobles ponían mucho empeña en sentar y afirmar su autonomía respecto del condado de Tolosa. Occitania estaba muy fragmentada tradicionalmente, y a cada desaparición de un señor seguía una nueva partición, porque los feudos se dividían entre los herederos.
Un estado de cosa que facilitaba las alianzas que llegaban a convertirse en tremendas felonías, como veremos a continuación.
Fue cual fuera la extensión del catarismo, y aun considerando que no ostentaban poder alguno, sorprendentemente ya el 1180 mandó el papa un legado pontificio, el obispo de Albano, a predicar una cruzada en Occitania. La única cruzada que jamás tuvo suelo europeo por escenario. No enviaban a los nobles ociosos y adolescentes aventureros a reconquistar Tierra Santa ni nada por el estilo. Espantado por la posibilidad de que peligrase su hegemonia, el papa romano lanzaba a cristianos contra cristianos en la propia Europa.
Roma supo utilizar de modo eficaz y aprovecharse arteramente de la carencia de monolitismo del Languedoc.




1194-1198

Dos protagonistas esenciales: Raimundo VI e Inocencio III
La cruzada del obispo de Albano no había conseguido, ni mucho menos, aplastar la insurgencia cátara. Los cátaros siguieron extendiéndose y conquistando voluntades y, sobre todo, afectos.
Pero la jerarquía mandada por la curia romana jamás bajó la guardia.
Los personajes del drama cátaro son numerosos, pero dos sobresalen sobre los demás en uno y otro lado de la tragedia. Por parte de los occitanos, el conde de Tolosa, Raimundo VI, y del lado del implacable poder romano, Inocencio III.
Raimundo VI, como su padre y su abuelo, y luego su hijo, tuvo que padecer toda clase de intrigas y presiones que no tenían nada de religiosas. Todo el Languedoc, de una u otra forma, mantenía buenas relaciones con el rey de Aragón. Relaciones que, en gran medida, representaban el atrincheramiento propio frente a las ambiciones del poder franco. Desde su puesta en marcha, el poder emanado de París fue expansionista y poco a poco fue conquistando feudos y eliminando características. Caían paso a paso feudos llenos de historia y personalidad como Normandía, Alsacia o Bretaña y eran inmediatamente afrancesados, y se les extirpaba sus estilos y diferencias. Pero el Languedoc-Occitania se resistía. Los modos belicistas y resolutivos franceses repugnaban al amable sentido de la vida de los occitanos.
Raimundo VI, como antes su padre, sufrió presiones insoportables para que aceptase entregarse en manos del poder francés y resistió todo lo que pudo.
Considerando las cosas con la perspectiva del tiempo, hay que reconocer que el catarismo fue sin pretenderlo el gran aliado de las ambiciones francesas.
Muerto el conde Raimundo V en 1194, su hijo heredó la corona condal y se casó con la reina de Sicilia, dispuesto a defender un condado cuya independencia llevaba mucho tiempo viendo peligrar. Como ya había visto hacer a su padre, toleró y, probablemente, se alineó con los cátaros, también llamados albigenses (por la ciudad de Albi), permitió sus prédicas y, aceptados y en buena medida impulsados, los cátaros se extendieron por el condado y toda Occitania casi con la presencia institucional del bogomilismo en Bosnia.
Pero el poder clerical nunca descansó. A los predicadores más o menos espiritualistas del principio fueron sumando verdaderos estrategas anticatatistas, como Domingo de Guzmán.
Tras el concilio de Saint Felix se habían establecido el equivalente catarista de obispados católicos. Había cuatro patriarcados cátaros en Tolosa, si bien que su importancia era de carácter puramente intelectual. Estos patriarcados no ejercían ningún magisterio espiritual ni mucho menos temporal. Se limitaban a sentar principios y nada más. Nadie mandaba en un sentido monarquista del poder, lo que sí ocurría fuertemente en el bando romanista. Estos obispos-patriarcas dialogaban con Raimundo VI y le hacían sugerencias, pero en modo alguno se trataba de alianzas entendidas como religión de estado.
Con el mismo modus operandi de los nobles vasallos, los patriarcas eran celosos de su autonomía y la de los demás. Nadie se metía en el terreno de nadie. Por otro lado, y a pesar de lo celosos que los occitanos eran de su independencia y libertad, les repugnaba la idea (esencialmente fea y contraria a su ideal de belleza) de tomar las armas para defenderse.
Ninguna amenaza, por horrorosa que fuese, les hacía cambiar sus valoraciones. Roma, por su parte, había sido desde el principio un poder monolítico. La finalidad expresamente espiritual cristiana significaba poco o nada. Lo que contaba, desde la hipócrita conversión de Constantino (que no fue conversión, pues lo que hizo en realidad fue convertir el cristianismo al paganismo romano), era el poder. Perpetuarse. Dominar, como Constantino, aunque tuviera que simular una conversión falsa. Roma amaba el poder y lo ejercía de manera arrolladora desde los césares. Lo que Roma vio en el catarismo, por tanto, no fue un toque de atención a sus maneras tan alejadas del mensaje cristiano; lo que percibió fue “peligro, peligro”. En el Languedoc sus clérigos y prelados iban a perder todo el poder.
No podían consentirlo.
Y quien menos iba a consentirlo era el nuevo papa coronado en 1198, Inocencio III. Un papa nacido en el norte de Italia pero de clara afinidad afrancesada, en quien se amalgamaron, pues, las ambiciones francas y la ira romana.


1204.
Debates “versallescos” entre cátaros y católicos. El papel de las mujeres.
Una cosa era lo que dictaba el proceder romano tradicional y otra cosa era que las circunstancias y los poderosos le permitieran actuar francamente, sin máscaras ni disfraces.
Aunque ahora pueda parecernos insólito, los enviados papales fingieron al principio
que trataban de contemporizar. Pero si examinamos su historia, veremos que la Iglesia que detentaba el poder de Roma jamás había sido lene con la disidencia. Más o menos disimuladamente, siempre había hecho correr ríos de sangre. Con objeto de defender y mantener a cualquier precio su hegemonía, Roma intrigaba, batallaba, guerreaba, conspiraba, traicionaba o, sencillamente, aplastaba. Usando el nombre de Cristo del modo más artero e hipócrita que hayamos visto, Roma llevaba siglos corriendo con presteza a eliminar toda clase de disidencia.
Pero la idiosincrasia impone maneras, y el ser natural de Octitania impuso la manera de abordar el enfrentamiento que veían venir. Al estilo de lo que hoy llamaríamos “versallesco”, organizaron debates que pudieran determinar a modo de concurso, con jueces y demás, quiénes eran más razonables y podían acercarse más a la verdad entre cátaros y católicos. Los cátaros no plantearon defensas belicosas; confiaron en el buen uso que ellos hacían de la razón, como si todos estuvieran dispuestos a razonar. En casi todas las fortalezas, castillos y palacios se celebraron debates de estas características. Naturalmente, Roma mandó a su artillería pesada, y los cátaros, con el modo “silvestre” occitano de hacer las cosas, fueron presentando a los debates a quien en cada momento mostraba mayor fe y sabiduría.
En tales discusiones jamás podía haberse alcanzado un final, porque nunca habría ni podía haber vencedores ni vencidos. Los “puros” criticaban los dispendios y la ostentación del clero católico, y estos hablaban sólo de “autoridad”, “errores de los herejes” y “sometimiento a la autoridad de la curia romana”. Era imposible que llegaran a ninguna clase de acuerdo y ni siquiera a un arreglo. Los puros se tomaban los debates como la oportunidad de hablar con pasión de su verdad y los romanos los utilizaban como una forma amplificada de extender los miedos que llevaban seiscientos años fomentando. Ni siquiera alcanzaban eso que llamamos discusiones “bizantinas”, porque en todo y a todo lo largo de la duración de los debates ambos bandos eran ciegos y sordos. Sólo valía para cada uno su propia verdad.
En cierta ocasión, en 1207, fue organizado un debate en el que ya ninguno de los dos bandos disimulaba su aversión mutua. Las mujeres, como ya quedó dicho, ejercían entre los puros en pie de igualdad completa. Salían poco a predicar, pero organizaron escuelas y mandaron comunidades, castillos y fortalezas sin que nadie les señalara su sexo. En el debate en cuestión, una revestida cátara, poseedora de gran autoridad moral entre los suyos, se levantó para contradecir apasionadamente una de las barbaridades que había dicho un clérigo católico. Éste se alzó a su vez, indignado y revistiéndose de ira divina, y le espetó: “Señora, volved al huso y la rueca, el sitio de una mujer no está en una reunión como ésta”.
También esta clase de igualdad, la de los sexos, enojaba profundamente a la curia papal, porque era asimismo un posible ariete sumamente temible contra su hegemonía. Tal vez no fue el motivo principal de su inquina, pero está claro que tuvo que contribuir bastante. Hay que tomar en consideración que ni siquiera ahora, a estas alturas del siglo XXI, ha adquirido la mujer un papel tan preponderante y autónomo como tuvo en el siglo XII en Occitania.
Una idea frecuentemente repetida por el catolicismo romano del Medioevo afirmaba que “las mujeres son fuente de corrupción y carnalidad”. En pleno siglo XII, esa actitud prejuiciosa, opresiva y discriminatoria contra la mujer llevó a la curia romana a alejarlas de los altares, las universidades y, desde luego, de los concilios. Contrariamente, el catarismo respetó en pie de igualdad a las mujeres en lo que llegó a definirse como una revolución matriarcal. En realidad, era consecuente, porque el catarismo no solemnizaba templos al estilo romano, sino que se asentaba en los hogares, en las cocinas y en la vida diaria de las familias.
A diferencia de los hombres, las mujeres cátaras no solían viajar para predicar. Su reino era el hogar, consagrado como templo de la convivencia. Ellas establecían comunidades para las hijas y las viudas, y crearon escuelas artesanales y de distintos oficios considerados entonces claramente femeninos. Como la condición que sus enemigos llamaban “perfecta” también la adquirían las mujeres, muchas en cuanto llegaron a la edad adulta, alcanzaron el nivel de “revestidas”. Como no fundaban templos, los hogares que tales “revestidas” administraban se transformaban en verdaderos centros de culto. La única manera de culto que ellos consideraban reflejo de la vida de Jesucristo y sus apóstoles. La casa de Lázaro y sus hermanas y las comidas allí realizadas eran para ellos verdaderas ceremonias y templos. Las iglesias de los clérigos romanos no eran la “casa de Dios”, sino el salón cortesano de cada uno de los ambiciosos y altaneros clérigos.
Posiblemente, el extraordinario éxito y poder de convocatoria de los cátaros se debió a esa manera de entender la mujer y el hogar, el culto al hogar convertido en fortaleza y centro de estudios espirituales. En cierta ocasión, el obispo católico de Tolosa reprochó a un caballero que no castigase a los “cátaros” bajo su dominio. El caballero respondió: ¿Cómo voy a castigar a quien me ha convertido en un hombre sensato ni a quienes de hecho mantienen conmigo lazos indisolubles de sangre? Todos tenían amigos, aliados y parientes cátaros sin darle la menos importancia, porque la declaración de fidelidad religiosa, de hacerse, que no se hacía, no tenía para los occitanos importancia alguna. Ningún obispo podía exigir a nadie que apresase y castigase a su madre, a su hermano o a su hijo. Esa podría ser una de las claves que nos ayudarían a comprender la dimensión de su solidaridad en la hora de los distingos exterminios.
Las mujeres poseyeron un papel preponderante y decisorio en el Languedoc del siglo XII, lo que ponía en evidencia la crueldad y arbitrariedad de la discriminación antifeminista de los clérigos católicos. Los hogares/templos que ellas administraban permanecían noche y día abiertos a la posibilidad de que cualquiera fue a escuchar la “palabra de Dios”. Y nunca se convirtieron esos hogares en monasterios ni conventos, ni nada parecido. Lo más que llegaron a ser era escuelas de artesanía y manualidades. Esa forma de cotidianidad evitaba que se diesen entre los cátaros las milagrerías supersticiosas de los templos romanos. Nunca estimularon el miedo entre sus fieles, cuestión que la iglesia Católica no ha dejado de hacer a lo largo de su historia. Para ellos, puesto que el dios Espiritual estaba en todas partes, no hacían falta oro ni vanidades para adorarle.
La manía romana de sacralización de lugares, a la manera de los antiguos paganos, era fuertemente criticada por los cátaros. Según ellos,San Pedro jamás estuvo en Roma y había sido sólo un invento para prolongar en la iglesia el cesarismo imperial. El papado nunca había sido fundado ni, mucho menos, instituido por Cristo. La curia y el papa no eran en modo alguno sucesores de los apóstoles, sino continuadores de los césares del Imperio Romano.



1208.
El Maine de los cátaros. Asesinato de Pierre de Castelnau
En muchos momentos de la historia ha recurrido un poder a medios arteros para provocar y justificar una guerra. Nosotros, los españoles tenemos el ejemplo claro de Cuba. Para justificar su intervención en la guerra larvada entre España y los independentistas de la isla, los Estados Unidos hicieron volar un barco suyo amarrado en el puerto de La Habana, el Maine, que el gobierno estadounidense había enviado para proteger sus intereses en la isla a la vista de la situación prebélica.
Nadie sabe quién puso la bomba, pero todos lo podemos imaginar. Nuestro débil gobierno jamás habría provocado la ira del poderosísimo padrino norteamericano. La proa del barco explotó y el barco se hundió rápidamente, muriendo la mayoría de sus tripulantes. El caso, acusando a España del hundimiento, fue el pretexto que sirvió a Washington para justificar su intervención en la guerra en contra del reino español, que perdimos, como era lógico dadas las fuerzas en juego, y todos sabemos lo que se perdió en Cuba.
En 1208, Inocencio III, que era un estratega ambicioso y adoraba el poder como un becerro de oro que probablemente adoraba de hecho, y que ejercía el mando con la habilidad y la impiedad de un conquistador implacable, mandó un delegado ante el conde de Tolosa, Raimundo VI, a exigirle que le entregara a todos los cátaros que hubiera en sus dominios, para exterminarlos.
Raimundo VI, arrogante en su título y corona, pero también fiel a la idiosincrasia occitana, se negó en redondo. En ningún caso entregaría a una potencia extranjera a ninguno de sus súbditos. Se valió de buenas palabras y dilaciones, para convencer al delegado papal, Pierre de Castelnau, de que se fuera creyendo haberlo convencido, pero sin decirle en ningún momento que sí entregaría a los disidentes.
El 15 de enero de 1208, al salir de San Guilles, Pierre de Castelnau murió asesinado en las cercanías del palacio de Raimundo.
Fue probablemente la mayor convulsión que registra la diplomacia del siglo.
¿Lo mandó matar Raimundo VI? Uno de los supuestos policiales de investigación consiste en determinar a quién beneficia un crimen, porque de ello se puede deducir quién puede haberlo cometido o mandado cometer. Lo vemos claramente en las actuaciones políticas actuales, aunque no siempre se atreven los periodistas pagados a señalar a los culpables. La muerte del delegado papal en las circunstancias que se produjo sólo podía perjudicar a los cátaros y poner en peligro extremo el gobierno de Raimundo, que ya contaba más de cincuenta años y llevaba muchos en el poder. Era un soberano muy experto, curtido y definitivamente paradigma del occitanismo. Sabía demasiado como para matar a ese hombre y además, el asesinato le repugnaba, como queda consignado en la historia de su bondadoso reinado.
El asesinato sólo pudo cometerlo quien quería la guerra para conquistar Tolosa. Sólo el papa pudo mandar cometer el asesinato para justificar sus desmanes.
Como lo que ansiaba sobre todas las cosas el ambicioso Inocencio III era, en realidad, apoderarse de los bienes y propiedades del conde de Tolosa, mandó al abad de Citeaux ante Raimundo VI exigiéndole de nuevo bajo amenaza de anatema que le entregase los puros que todavía permanecieran en sus dominios. Como se negó otra vez, fue inmediatamente excomulgado. Amaury, el enviado papal de ahora, volvió a la carga en seguida y ordenó a Raimundo VI que le entregase los judíos que ocupaban muchos cargos importantes en sus dominios. Como tampoco consintió, volvió a excomulgarlo. Puso en cuarentena religiosa a la ciudad de Tolosa, de manera que los católicos del lugar dejaron de tener acceso a sus ceremonias, misas y demás. Ni siquiera podían enterrar a sus muertos en tierra consagrada. Raimundo VI decidió apelar al papa; este sabía que el conde de Tolosa tenía lazos directos de sangre con príncipes de Inglaterra, España y otros lugares (razón por la que la muerte de Castelnau no había tenido todavía las consecuencias resolutivas que habría tenido en otros casos), y por ello levantó el entredicho de Amaury. Pero decidió también que para levantar la excomunión de Raimundo VI debía éste comparecer ante un tribunal religioso para responder a las graves acusaciones que pesaban contra él. Se prestó a ello Raimundo VI y prometió (con desgana y sin propósito de cumplirlo) entregar a los “herejes” de sus dominios.
El día que murió Catelnau y, sobre todo, el día que Raimundo mostró su acuerdo con el juicio y los destierros, se puso en marcha la estrategia que beneficiaría la ambición del papa y del rey francés. Durante meses, Raimundo se vio sometido a amenazas, presiones, chantajes y extorsión moral y sentimental. Además de avenirse a hacer lo que siempre se le había exigido, contribuir a aplastar la disidencia, tenía que humillarse y reconocer públicamente el poder del papa.
El 18 de junio de 1209 la escalinata del mismo Saint Gilles se llenó de gente. El sol brillaba, el verano comenzaba a madurar las mieses, los frutos colgaban ubérrimos de los árboles y el aire perezoso llevaba los perfumes por doquier. La gente vio con expresión alucinada cómo Raimundo VI era parcialmente desnudado, dejando expuesto su torso cincuentón, y se le obligaba a abatirse como un malhechor despreciable. Los juncos y flexibles ramas del verano comenzaron a restallar y azotaron una y otra vez el cuerpo del noble, que se sometía voluntariamente al tormento para evitar el sufrimiento de su pueblo. Pueblo que contempló el suplicio espantado pero también con el estupor de la gente sencilla que ve atormentar al más poderoso de los hombres de que tiene noticia.
En esa escena estremecedora culminaban año y medio de diplomacia imposible. Desde la muerte de Pierre de Castelnau todos los poderosos y principescos testimonios habían ido insistiendo en la inocencia de Raimundo. Él mismo manifestaba que siempre habría sabido que matar al delegado del papa hubiera sido un suicidio. Él, que había sido bueno, justo, clarividente, astuto y equilibrado no podía haber cometido un error tan terrible. Pero ni testimonios ni argumentos, ni protestas, valieron de nada ante el papa y su curia cesárea. Todos en el Languedoc odiaban al papa y habían odiado mucho más a su delegado, pues Pierre de Castelnau era un hombre ríspido, altanero, arbitrario y abusón. De no haber cometido el asesinato un compinche del propio papa, cualquiera en Occitania habría deseado matarlo. Raimundo jamás lo habría hecho ni mandado hacer.
Sin embargo, ese 18 de junio de 1209 se escenificaba el primer paso del sometimiento forzoso del Languedoc a poderes extranjeros.
Raimundo VI era para el papa oficialmenteel único culpable del asesinato. Cargarle a él la culpa allanaba el camino de muchas intrigas y estrategias, tanto del papa como del rey francés.
Durante los anteriores 17 meses, Raimundo había cometido algunos errores impulsado por la desesperación y el miedo a lo que veía venir. Entre ellos, la elección de la persona que mandó a Roma a dialogar con Inocencio III. Éste abominaba de su obispo de Tolosa, Raimond de Rabasten, un ampuloso y altanero derrochador, y deseaba sustituirlo. Sin embargo, Raimundo eligió erróneamente a este obispo católico de su ducado, creyendo que podía tener alguna clase de influencia sobre el papa.
Pero este obispo encontró en Roma a la curia cesárea alborotada. Convencidos los clérigos romanos de la culpabilidad de Raimundo, clamaban por su cabeza y no había obispo que pudiera cambiar eso.
Ya unos meses antes, Inocencio III había convocado una cruzada en defensa de la fe, la única de la historia que tendría a Europa por escenario. Uno de sus predicadores era Arnaud Amaury, que habría de tener importancia capital en la campaña de hostigamiento contra el Languedoc y en los crímenes que cometería la Iglesia Católica.
Con la cruzada en marcha e invocándose por todas partes las maldiciones papales, lo que el desprestigiado Raimons de Rabasten podía hacer en Roma a favor de Raimundo, más que nada, sería contraproducente.
Amaury y otros clérigos delegados papales recorrían Europa pidiendo a los reyes ayuda y complicidad en esa cruzada papal. Pero los reyes europeos dieron en todos los casos respuestas tibias y de compromiso; estaban demasiado atareados en sus guerras y alborotos como para doblegarse a las exigencias papales, que además les exigía contravenir algunas reglas no escritas del mundo feudal europeo medieval. Si no tenían ningún pretexto para pelear con Raimundo ni ninguna cuenta pendiente con el pueblo occitano, ¿por qué habrían de guerrear contra ellos?
A pesar de las negativas, Inocencio III no cejó en sus amenazas y exigencias a todos los reyes durante todo ese tiempo. Finalmente, el más interesado, Felipe de Francia, se doblegó a las exigencias papales y se dispuso a batallar contra sus vecinos del sur. Un montón de nobles franceses, poderosos y ricos, se sumó a la campaña y habían comenzado ya a viajar hacia Occitania cuando Raimundo estaba siendo azotado públicamente.
El drama se había puesto en marcha y en seguida habría de descorrerse el telón que desvelaba todas desmesuras papales.






1209
Exterminio en Beziers
Poco más tarde de la flagelación pública del monarca de Tolosa iba a ocurrir una de las tragedias más espantosas y desalmadas que ha consignado jamás la historia humana.
Ramón Trencavel, el vizconde de Albi, Carcasona, Beziers y los alrededores, había propuesto a Raimundo VI formar una liga para ampararse en conjunto contra las ambiciones del norte franco. Raimundo era más experto y viejo, y eludió el compromiso. Cuando la cruzada franco-papal atacó Occitania y se demostró su magnitud, determinación y crueldad, Ramón Trencavel intentó ser tan diplomático y apóstata como Raimundo VI, prometiendo perseguir a los cátaros. Mas todos conocían sus fuertes vínculos familiares. Y por otro lado, el obispo Amaury, un personaje siniestro y perverso a quien todavía no ha tratado la historia como mereció, no quería perder la oportunidad inestable que representaba que Felipe Augusto de Francia hubiera aceptado sumarse a la cruzada papal contra el Languedoc. Conocía Amauriy que, en realidad, no era lo mismo lo que buscaban en Occitania ambos poderes. Felipe Augusto sólo quería anexionarse en Languedoc.
El verano de 1209, Ramón Roger Trencavel, que sólo contaba veinticuatro años, gobernaba como vizconde extensas tierras occitanas que no formaban parte del condado de Tolosa. La familia Trencavel era parte sustancial de la tradición de esos lugares y era muy poderosa. Ramón era en esencia un joven caprichoso y como tal, demasiado crédulo de sus propias seguridades.
Era el primer verano de la cruzada de Inocencio III y la de Trencavel era tierra mediterránea, y todos conocemos la sensualidad embriagadora y la modorra de los veranos mediterráneos.
Ramón Roger Trencavel sí había abrazado el catarismo y parece que su madre había alcanzado el grado de revestida y era muy respetada entre los puros.
Comenzó el sitio paulatinamente y sin que ni los unos ni los otros previeran nada dramático en el hecho.
Cuando Ramón Trencavel había oído hablar por primera vez de la respuesta del norte francés a las exigencias del papa, creyó que el único objetivo de la cruzada era Tolosa.
Había rechazado la alianza con Raimundo VI y, además, creía que éste era de veras culpable de la muerte de Castelnau. Consideraba que la descarada osadía de ese crimen se veía superada por la hipocresía del conde de Tolosa al fingir sumarse a la cruzada y comprometerse a entregar a sus cátaros y judíos. Por todo ello, consideraba que el único que tenía que temer por sus dominios era el propio Raimundo VI, no él.
Pero el frívolo Ramón Trencavel se alarmó cuando los espías le describieron la dimensión del ejército de los aliados cruzados que se acercaban. En vista de ello, mandó ensillar el caballo y acudió a entrevistarse con Arnaud Amaury.
Se reunió con él y sus pequeños, mediocres y ambiciosos aristócratas franceses, y se comprometió a sumarse a la cruzada. Aseguró que los Trencavel iban a someterse a los designios de la iglesia de Roma. Expulsaría de sus tierras a los herejes y si alguno de sus súbditos vacilaba influido por la lepra cátara, lo fulminaría.
Todo ello era más extravagante que las actitudes aparentemente prorromanas del conde de Tolosa. Era notoriamente cátaro y también lo era toda su familia. Y el astuto Amaury lo sabía y conocía desalentadores rumores sobre el joven vizconde, como que al morir su padre había tenido de tutor a Bertrand de Saissac, un hereje del que se decía que profanaba iglesias y exhumaba cadáveres de abades para vejarlos. Durante la niñez de Ramon Roger Trencavel había sido regente el conde de Foix, un aristócrata campesino cuya madre, hermanas y esposa eran cátaras. Consideraba Arnaud Amaury que todo lo que le decía el joven e inconsciente vizconde era mentira y que ultrajaba doblemente a la iglesia romana.
El obispo católico de Carcasona, capital de los Trencavel, había sido expulsado por tener la osadía de criticar contra los cátaros. Y había sido sustituido por un obispo blando e inútil, muy querido por los Trencavel. Ese obispo estaba fuertemente involucrado en la “herejía”, pues su hermana, su madre y tres de sus hermanos habían recibido el consolament.
Además de todos esos pecados. Trencavel había convertido en bayle de Beziers a un judío.
Para Arnaud Amaury, el muchacho atolondrado que era el vizconde había cometido tantas faltas contra las leyes “romanistas” de Dios, que su fingida disposición de ahora sólo podía interpretarse como una gravísima ofensa al papa.
Amaury desoyó al joven vizconde despidiéndolo de mala manera. Había tardado muchos años en convencer a los pequeños señores guerreros francos para que se sumaran a los anhelos del papa. De ningún modo iba a detener ni un día la cruzada que él mismo había puesto en marcha.
Regresado a Beziers, Ramón Roger Trencavel organizó una asamblea para comunicar su fracaso. No habría vacilación de los papistas ni tregua y los del norte estaban muy cerca de la ciudad, y no iban a avenirse a ninguna clase de razones. El pueblo de Beziers esta asustado, pero no se aterrorizaba, confiando todavía en una superioridad que sólo imaginaba. La ciudad dominaba sobre el río Orb, con formidables fortificaciones que escalaban la colina. Los cronistas papales-romanos que cuentan el caso los describen como locos, atolondrados y estúpidos. Uno de los ciudadanos de Beziers, Guillaume de Tuleda, afirmó que los habitantes de Beziers creían poder resistir el asedio con enorme facilidad y vencerlo. Tenían comida almacenada y toda la gente que había ido llegando a refugiarse por las noticias que recorrían sus tierras, habían traído a la ciudad medios de supervivencia de sobra. Por lo tanto, se consideraban fuertes y entendían que la enormidad del ejercito atacante se convertiría a la larga en su mayor debilidad; iba a resultad demasiado difícil mantenerles abastecidos. Seguramente esta cruzada iba a desintegrarse más bien pronto que tarde. La verdad era que el ejercito atacante llenaba valles y se extendía a todo lo que abarcaba la vista; demasiadas bocas que alimentar y surtir. Los de Beziers esperaban que con los calores del verano y la escasez de víveres, se desorganizarían y huirían. La mayoría de los soldados rasos que formaban parte del ejército sitiador se marcharía sin estrenas sus armas.
Beziers iba a aguantar el asedio. Los cruzados se rendirían sin atacar.
El propio obispo de la ciudad, que formaba en el grupo de los sitiadores, ingresó en la ciudad con una última oferta. Tenía encima una lista de doscientos veinte nombres; los cátaros revestidos que había en la población; exigió que esos doscientos veinte le fueran entregados para su sacrificio.
A los confiados ciudadanos de Beziers les molestó el tono y el fondo de lo que el obispo exigía. Permanecieron impasibles. Les ofendía gravemente que nadie, y mucho menos poderes extranjeros o sus representantes, les exigieran la entrega de conciudadanos cualquiera que fuese su situación o creencia. Hacia 1167, en la propia catedral de María Magdalena, los ciudadanos de Beziers habían matado al abuelo de Ramón Roger Trencavel por cuestionar y tratar de eliminar sus libertades. El hijo de éste, el padre del joven vizconde, había tomado venganza dos años más tarde del asesinato, durante la propia fiesta de María Magdalena, y perpetró una masacre indiscriminada.
El recuerdo de tales eventos había fortalecido la voluntad de los ciudadanos de Beziers, convenciéndoles de lo difícil que era mantener la libertad. Ahora, con los cruzados ante sus murallas, su espíritu se mantenía incólume. Ni los católicos ni los cátaros, lógicamente, traicionarían ni entregarían a los revestidos. Al obispo traidor le dijeron que preferían ahogarse en la mar que cambiar de manera de ser ni entregar a ningún convecino. El clérigo cogió su acémila para regresar al campamento de los cruzados, pero bastantes de sus propios ayudantes se quedaron en la ciudad expresando su plena solidaridad con sus feligreses.
Pero, en cambio, Ramón Roger Trencavel no permaneció en la ciudad. Dada la memoria sangrienta de su padre y su abuelo, es más que probable que él y sus súbditos abrigasen respecto del otro sentimientos algo ambiguos. Con el enemigo literalmente en puertas, el joven vizconde hizo una promesa a sus súbditos; se marchaba, pero a reclutar en Carcasona un ejército con el que vencer antes a los cruzados. Se llevó con él a todos los judíos de Beziers, porque los fiieles a Roma actuaban siempre muy cruelmente contra los judíos aunque estos fueran completamente inocentes de las culpas que los clérigos atribuían a sus enemigos.
La fecha siguiente de la marcha del joven vizconde era el 22 de julio de 1209, fiesta de María Magdalena, día tradicionalmente aciago en la comarca.
Al atardecer, vieron los de Bezier desde las almenas el ascenso del humo pestilente de varias hogueras. Los sitiadores, llegados `poco a poco en de todos los puntos cardinales y en número que multiplicaba por cinco o seis la población de la ciudad, eran ya muy numerosos y realizaban sus “hazañas” con objeto de abatir los ánimos y la entereza de los sitiados. Éstos contemplaron impotentes las atrocidades sin cuento, las ejecuciones sin tribunal, los asesinatos, las mutilaciones, las torturas y las violaciones, y se les ensombreció el espíritu. Fieles a sus creencias, los revestidos de la fortaleza sintieron crecer en su interior el anhelo de pasar cuanto antes al otro lado, donde la Luz vence a las tinieblas. Los demás, que eran la mayoría, sencillamente comprendieron a pesar de la inconsciencia de los actos y las opiniones de de Ramón Roger Trencavel que se avecinaba un gran ataque y tenían que defenderse.
La fiesta de María Magdalena estaba llena de dramatismo y previsiones agoreras.
Hacía mucho tiempo que sobre todo los gitanos de la zona adoraban y veneraban a María Magdalena, porque creían que ésta había huido de Palestina tras la ascensión de Jesús, escapando con Lázaro y un hijo que ella había procreado con Jesús, y arribaron a las costas de Languedoc desde donde propagaron el cristianismo. Maríoa Magdalena se había convertido ella misma en una especie de diosa que alimentaba formas extrañas de cristianismo entre la gente inculta de Occitania.
La pretendida pecadora de los evangelios tenía gran fama también entre los gnósticos, antecesores de los cátaros como queda dicho. Según los gnósticos, María Magdalena era en realidad la primera de los apóstoles, muy superior a Pedro y demás. Los evangelios no incluidos en el Nuevo Testamento por la naciente iglesia de los primeros siglos, adjudicaban con frecuencia a Magdalena una misión muy importante en lo pastoral y el evangelio de Juan, el único de los “oficiales” que respetaban por su espiritualidad, atribuia a Magdalena una posibción importantísima ya que había resultado elegida por Cristo resucitado para transmitir a los demás apóstoles su mensaje inicial.
La iglesia oficial había mermado deliberadamente la importancia de Maria Magdalena, colocándola no sólo detrás de Pedro, sino de todos los demás, pero la maniobra no convenció a los gnósticos ni a otros muchos.
La consecuencia de ese respeto y veneración por María Magdallena, entre otras, era la elevación del papel de las mujeres. Podían no sólo criar a sus hijos y cuidar de sus maridos, también podían capitanear e instruir.
Los cátaros, por tanto, que valoraban inmensamente el evangelio de San Juan, veían a María Magdalena con simpatía, mucho más que los demás credos cristianos y, desde luego, de manera sumamente superior a la iglesia de roma, tan declaradamente antifeminista.
Resultaba significativo que la fiesta de esa santa-apóstol tan ambigua, la fiesta mayor de Beziers, coincidiera con el día más aciago de la ciudad defendida por su mayoría católica, La fecha significaba mucho para todos, pero en especial para los gnósticos y similares.
Por supuesto, no podía ser un buen augurio.
El día de María Magdalena todos los llanos situados al sur de Beziers eran un hervidero. Bajo la mirada todavía no excesivamente inquieta de los habitantes de la ciudad, varias decenas de miles de cruzados armaban tiendas, encendían hogueras, cocinaban, aprestaban sus armas y alimentaban a sus monturas. Hasta donde alcanzaba la vista de quienes miraban desde las almenas, los cruzados semejaban un proceloso mar casi infinito donde se condensaban todas las sombras y las peores amenazas. Los cruzados habían arrasado gran parte del bosque cercano para armar tiendas y alzar astas para sus pendones. Flameaban estandartes y banderas y semejaban una inundación de colores estridentes. Sonaban las oraciones y las francachelas, las orgías y los cantos religiosos, los relinchos y las apuestas, las blasfemias y las bendiciones. Estaban apropiándose de un solar como quien se prepara para una estancia muy prolongada.
Amaury no paraba de convocar concilios y conciliábulos, reuniones e intrigas. Él había estado muchas veces en Beziers y siempre había opinado que la ciudad era inexpugnable, lo que ahora no podía dejar de preocuparle. Los militares más expertos habían cabalgado muchas veces para acercarse a las murallas y abundaban en la antigua opinión de Amaury, aunque afirmaban que la fiereza francesa encontraría el modo de abatir las resistencias.
Mientras discutían tales argumentos, el ejército no paraba sus preparativos. Nadie, ni siquiera ellos mismos, imaginaba lo que iba a suceder.
Unos cuantos soldados y menestrales fueron hacia la parte baja del río, la más cercana a las murallas. Necesitaban un respiro y el calor veraniego les incitó a tomar un baño. Tan cerca de los defensores, que inevitablemente intercambiaron bromas e insultos con los ocupantes de las defensivas almenas. Un cruzado bromista y desafiante recorrió muy temerariamente el puente sobre el río Orb, constituyendo un blanco perfecto para los hábiles ballesteros de las murallas. Mientras tal cosa hacía, los que se bañaban exhibían impúdicamente su completa desnudez y realizaban toda clase de gestos obscenos en dirección a los defensores; parecían una escena escabrosa de una cualquiera de las películas del Neorrealismo italiano; igual de ordinarios, desvergonzados, irreverentes, despreocupados y vergonzantes. La repugnante chusma desnuda, vociferante, blasfema y obscena enfureció a los orgullosos ciudadanos de Beziers, algunos de cuyos jóvenes decidieron dar un escarmiento a los bañistas indecentes. Se aprovisionaron de palos y algunos timbales, franquearon una de las puertas abriéndola de par en par y corrieron tumultuosamente a la carga contra los ofensivos bañistas. El que recorría el puente no tuvo tiempo ni de emitir una de sus pullas burlonas porque cayeron sobre él y lo golpearon duramente. Mientras sus compañeros burlones se apresuraban a correr en su ayuda, lo tiraron desde el puente en una parte muy lodosa del río Orb. Impensadamente, había empezado la lucha.
Un trecho adelante alguien vio flotar el cuerpo inerte del provocador que había cruzado el puente, y también se dio cuenta de que había una puerta de Bezuers abierta. Gritó de modo estridente “Vamos al ataque” y de repente, casi sin ordenarlo nadie, una multitud de cruzados corrieron hacia la puerta abierta. Sin tiempo para armarse ara la lucha, portaban garrotes y trancas, unos quince o dieciséis mil marcha a través del puente.
No hubo tiempo de cerrar la puerta. Varios ciudadanos de Beziers gritaban desaforadamente a los muchachos que habían salido a castigar a los bañistas, a fin de que volvieran, pero no tuvieron ocasión. Desde arriba veían lo que se les caía encima. El ejército de cruzados, que seguramente superaba los cien mil combatientes, se puso en marcha, ahora con mayor orden que los primeros dieciséis mil. Los sitiados habían cometido un error que no podían rectificar. Los cruzados no habían tenido tiempo para la desmoralización que preveían; estaban frescos, fuertes, descansados, bien alimentados y llenos todavía del optimismo que les producía la promesa de botín con que el papa los había movilizado.
Los sorprendidos habitantes de Beziers, muy inferiores en número y armamento, se pudieron defender muy poco rato. Los primeros inconscientes combatientes que salieran a lavar las ofensas fueron exterminados a golpes y los atacantes entraron en la ciudad en Tropel, entre gritos y blasfemias. Simultáneamente, apoyaron escaleras contra las murallas y las escalaron.
Amaury y su grupo de dialogantes oyeron el tumulto. Gritaban “a las armas” y los señores reunidos en torno al obispo del papa salieron a tratar de poner orden en el asalto.
Es posible que fuera en ese momento cuando se pronuncio una de las frases más horribles y estremecedoras que jamás dijo ningún ser humano. Todos sabían que los revestidos eran tan sólo doscientos veinte y que de los veintitrés o veinticuatro mil habitantes de Bezier casi todos eran cristianos fieles a Roma. Un capitán se dirigió al obispo papal Amary y le dijo; Señor, ¿cómo podremos reconocer a los cristianos de los herejes? Amaury respondió: Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos.
Nadie trató de detener la matanza ni puso de hecho orden en arrasamiento. Ni, mucho menos, Arnaud Amury. Los sacerdotes católicos que había en Beziers se dispusiron a celebrar misas y responsos por los muertos e hicieron sonar las campanas para que los vecinos se refugiasen en las iglesias, supuestamente inviolables. La catedral, donde los canónigos y clérigos en general continuaban respetando, cumpliendo y haciendo cumplir las órdenes del papa, fue el refugio donde buscaron proteccción un gran número de vecinos, algunos revestidos entre ellos. Pero los señores de los cruzados entraron en la catedral sin miramientos ni respeto hacia la costumbre, y cayeron sobre los congregados aplastándolos, acuchillándolos y asaetándolos hasta que nadie, ni un canónigo siquiera, quedó en pie.
El ataque tucvo uno de sus momentos más crueles en la cuesta de subida al centro de la ciudad. Los ciudadanos se replegaban de prisa por las angostas callejuelas mientras eran atacados de modo inmisericorde por los cruzados despiadados. Los niños y mujeres se habían refugiado en una iglesia situada casi al otro lado de la ciudad, la de María Magdalena precisamente. Rezaban a la santa en su fiesta. Dadas las dimensiones del templo, podían ser más de seis mil dentro y sus aledaños. Casi todos eran católicos, pero aún así los cruzados derribaron las puertas y defensas y los asesinaron a todos. Todavía quedan huesos en el subsuelo del templo.
Saquearon, violaron y robaron pero, sobre todo, asesinaron. Ni siquiera los propios jefes de los cruzados pudieron hacer cuentas ni recoger los botines que el papa les había prometido, porque la turba que mandaba se desmandó completamente.
Al grito de “quemémosla”, muchos de ellos se lanzaron con antorchas y prendieron fuego a la ciudad.
Las ciudades medievales salvo las murallas, defensas y castillos, solían estar construidas de madera. Aquello, considerando que era una tarde verano, ardió como estopa llena de gasolina. Para desesperación de los mediocres aristócratas cruzados, ambiciosas de prebendas, todo fue consumido por el fuego en poco rato. Pero las llamas emergían sobre ríos de sangre.
Un verso de Pablo Neruda dice, referido al Madrid de 1936: “…Y por las calles, la sangre de los niños, corría simplemente como sangre de niño”. En las calles de Bezier, antes de que Dios obedeciese la orden del obispo del papa de “reconocer a los suyos”, corrieron arroyos de sangre de niños y sus madres, y sus padres y abuelos. Colina abajo, los arroyos se convirtieron en torrentes y corrió un río de sangre cuyo resplandor ineteso no se4 ha borrado todavía. Habían muerto en pocas horas casi veinticuatro mil ciudadanos de Beziers.
Era el día de Santa María Magdalena de 1209.



1209
Bran. El testimonio de los monstruos
Mientras el horror de la hecatombe de Beziers recorría el Languedoc como un mortal escalofrío, ese otoño comenzaron a ver desplazarse por la comarca de Carcasona una cohorte monstruosa de seres salidos de una pesadilla. No podían hablar apenas porque sus palabras eran deformadas por sus labios cortados. Todos eran ciegos e iban guiados por un tuerto. A todos les habían sacado los ojos y cortados lo labios, menos a uno, para que recorrieran el campo para “dar testimonio de Cristo”.
Aunque estemos hablando del Medioevo, que se supone tan incompasivo, el suceso pone los vellos de punta. Cuando queremos presumir de nuestra capacidad defensiva u ofensiva ante quien nos vitupera, a modo de defensa decimos a veces “te voy a joder el plan medieval”, porque se supone que aquél era un tiempo en el que cabían todas las atrocidades y crueldades imaginables, pero ni teniendo este dato en cuenta es posible referir serenamente lo que hicieron en Bran.
Parado en un recodo del camino, Roger vio acudir el brillante cortejo. Tenía ocho años, pero llevaba ya tres ayudando a su padre en el penoso laboreo de la tierra que les permitía sobrevivir, edad por tanto más que suficiente para comenzar a entender las claves del mundo que le rodeaba y para discrepar de las opiniones sentenciosas de sus padres. Admiraba el brillo de los objetos de culto y la luz de las velas de la parroquia, los domingos, y no podía entender por qué su padre le privaba de tales maravillas y lo relegaba, a él como a todos, a la sencillez del hogar a la hora de rezar sus oraciones, en lugar de acudir a la parroquia donde poder maravillarse con tanto humo de velas, tantos aromas de polvos milagrosos quemados, tantos ceremoniales, tantos esplendor de oro y gemas que no podía contemplar en otra parte y tantos cánticos que le sonaban a voces celestiales.
Vio acercarse el cortejo y se conmovió con una mezcla de placer y extrañeza. Le pareció como una misa que se desplazara por el campo. Llevaban estandartes, espadas y lanzas, pero también portaban brillantes cruces de oro, símbolos dorados blandidos por monaguillos tan jóvenes como él, capas y sobrepellices recamados y cubiertos de pedrería, guantes enjoyados con anillos y piedras increíbles de colores y maravillosas alhajas colgando de todos los cuellos. El primer pensamiento había tendido a compararlos con una misa que hubiera salido al campo pero el cortejo era mucho más prodigioso que eso. El brillo de su oro y piedras preciosas competía con el del sol y no podía haber en el mundo algo más bello.
Más impresionado que temeroso, se ocultó un poco para verlos pasar, porque la pobreza de los harapos que le cubrían le parecía ofensiva e indigna. Los espió desfilar delante de sí; entonaban extraños cánticos en un idioma desconocido e invocaban una larga retahíla de nombres que ignoraba. Eran muchos, tal vez una docena de docenas o más. ¿Qué significaría el desfile y dónde irían? Tenía que arriesgarse a una paliza de su padre y abandonar la labor por un rato, para poder seguirlos y averiguar lo que iban a hacer. Seguramente iban a celebrar una ceremonia aun más brillante y solemne que la misa de los domingos que su padre le impedía contemplar.
Los siguió durante un rato y nada nuevo sucedió, lo que, poco a poco, le hizo confiarse y ya no se preocupó demasiado por esconderse.
¡Que maravillosos eran y cuánto brillaban! Su padre no podía ser un buen hombre, sino que era un mezquino incomprensible al impedirle disfrutar de tales regalos del cielo, obligándolo como a sus hermanos y primos a largas y aburridas peroratas en la cocina de su hogar, entre peroles, ollas y baldes pobres y hasta miserables, donde de ningún modo podía acudir Dios habiendo tanto belleza y riquezas en la iglesia.
El cortejo fue avanzando rumbo a la pequeña población, donde sólo una minúscula torre de piedra destacaba. El resto eran deformes y pobrísimas casas construidas de troncos de castaños y haces de bálago, alzadas sobre veredas pestilentes donde los excrementos, los lixivados y las heces de los animales corrían juntos pendientes abajo.
En persecución del cortejo, cada vez con menor disimulo, Roger se sintió sumamente preocupado porque sus botas de piel y sus sandalias de oro iban a ensuciarse en el lodo infame que bordeaba las casas, pero a ellos parecía no importarles.
Sobre ellos flameaba el humo de incensarios que portaban algunos clérigos jóvenes y los estandartes y oriflamas flameaban sobrevolando el cortejo con una aureola de excelsitud.
A lo largo del recorrido, Roger se preguntó sin cesar por el significado del insólito desfile en tan insólitos lugares. El boato del cortejo y la miseria del lugar casaban tanto como un ciervo y una alondra. Cuanto veía desmoronaba su sentido de las cosas. Tanta belleza y, por ende, santidad no podía contaminarse del hedor y la pobreza de unos miserables campesinos, a no ser que sirvieran a un propósito que escapaba a todas sus reglas de medir.
Se sintió cansado. En realidad, vivía en perpetuo estado de cansancio. A decir verdad, ni el pan de centeno ni las migajas de carne bastaban nunca para saciar su hambre y el trabajo luego en la tierra, con el estómago vacío, era siempre muy penoso. Demasiado penoso, pero nunca se quejaba porque, total, su hermano Fernand vivía las mismas circunstancias y trabajaba igual, y tenía un año menos que él. Y qué decir del padre. Lo veía sudar, sangrar sus manos, romperse la espalda y, a pesar de ello, nunca lo había visto quejarse y, además, en varias ocasiones había observado que remoloneaba con su plato y fingía desgana para repartirlo entre sus hijos pequeños.
No podía quejarse. Nadie lo hacía y él no iba a ser más blando y menos capaz que sus hermanos menores y todos sus amigos.
El cortejo se detuvo. Le admiró que la solemne cabeza de la procesión se parase delante de la casa del tío Samuel, un miserable tullido que había tenido que trabajar antes de lo que él podía recordar. No trabajaba ni tenía familia. Vivía solo, revolcándose en su miseria increíble. ¿Qué podían buscar o pretender gente tan maravillosa e importante en la casa de ese engendro?
Aunque no podía escucharla ni, por tanto, entender lo que le decía, vio que el espléndido y enjoyado clérigo que encabezaba el corte dirigía un discurso al tío Samuel. De lejos, vio que éste negaba con la cabeza con reiteración, pero nada desafiante; más que negar algo, le pareció que el tíoa Samuel no entendía nada, porque inclinaba el cuello sobre el pecho y no osaba mirar a la cara de su interlocutor.
Los autores no suelen mencionar una de las realidades que pudo revestir de tintes escalofriantes la cruzada de Inocencio III. Los cruzados hablaban latín y, acaso, algún romance incipiente de Italia y el norte de Francia. No hablaban la lengua de Oc (le llamaban así porque decían “oc”• en lugar de sí o oui. Contrariamente, los occitanos sólo hablaban la lengua de Oc. Evidentemente, tuvo que darse el desentendimiento por doquier. La incapacidad de emitir claramente sus exigencias los cruzados y de entenderlas los incultos campesinos occitanos tuvo que producir situaciones graves y exasperantes de desencuentro. Sin duda, parte de la crueldad incalificable de esos cruzados en nombre de Jesús habría que basarla en la incomunicación.
El clérigo volvió a hablarle y el tío Samuel negó de nuevo en ese gesto que Roger no sabía si era negativa o incomprensión. Entonces, sin más palabras ni argumentos, cayó con fuerza una espada sobre el hombro del tullido, que se derrumbó en el suelo con el torso partido en dos. El horror del cuerpo dividido tan rápidamente que ni siquiera había tenido tiempo de brotar la sangre en chorros, hizo que Roger, involuntariamente, gritase.
De repente, si dio cuenta de que se hallaba prácticamente pegado al cortejo, que se había descubierto completamente, que había gritado en el momento más inoportuno porque todos los demás estaban callados y que unos cuantos integrantes de la procesión giraban la cabeza hacia él y los miraban reprobadoramente.
Sin comprender nada, vio que se lanzaban hacia él con presteza y le quitaban la ropa. Varios de los monaguillos mayores entregaron sus lanzas y estandartes a otros compañeros y se levantaron las sotanas. Sujeto por cuatro, uno a uno, por turno, introdujeron los órganos sexuales en su culo y nadie respondió sus súplicas sino que, en cambio, lo abofetearon con saña porque no podía acatar la orden de acallar sus gritos espeluznantes.
Perdió toda noción de realidad cuando su culo fue atravesado por la gruesa asta de una bandera que llevaba una cruz de oro en su remate.
Tiembla la mano al contarlo y le convulsionan a uno los escalofríos, y las entrañas se agitan como por un embarazo múltiple y demoníaco.
Procurando con diligencia diabólica el desconsuelo y el desánimo de los disidentes por doquier, y para fomentar el desaliento con la intención de obligarles a abjurar de su verdad, antes de atacar su ansiada Carcasona Monfort y Amaury, los enviados del papa cayeron sobre el pueblo de Bram, a dos leguas de distancia. Portando ostentosamente cruces de oro relucientes de gemas, banderas de nobles cainitas bordadas en sedas y oro y viáticos inmisericordes en nombre de la misericordia para con los moribundos que ellos mismos se disponían a multiplicar, los sayones y verdugos de Amaury y Monfort recorrieron sin avisar las calles de Bram incendiando, apaleando, violando y exigiendo, al tiempo, la abdicación de su fe, aunque no todos eran cátaros; fe por ellos denominada herejía, y la vuelta a la que ellos llaman verdad mientras bendecían, rezaban y se daban golpes de pecho con las manos y guantes enrojecidos con la sangre vertida por sus ataques infames y desalmados.
Sin quitarse las cruces ni demás símbolos catolicos, lisiaron, mutilaron, baldaron, golpearon, hierieron, violaron a las muchachas y muchachos, rebanaron los senos de las mujeres y nunca, nunca, dejaron de gritar de modo estentóreo y autoritario que todo lo hacían en nombre de la verdad.
Mientras, la pestilencia de las hogueras y el hedor de carne humana quemada ibsan extendiéndose por todo el pueblo.
Ante las casas incendiadas y las mujeres injuriadas, hijos sodomizados e hijas violadas y martirizadas por las huestes de Montfort y Amury, proclamaron los naturales de Bram que ni la promesa de vida ni la muerte conseguirían arrancarles su fe. Enfurecidos, ambos nobles y, en particular, Simón de Monfort, fuera de sí, ordenaron cortar los labios y las narices de todos los vecinos de Bram que quedaban y a todos les vaciaron los ojos, excepto a uno. A un solo habitante de Bram le permitieron conservar un único ojo, con la orden de que guiase por toda la región a sus vecinos mutilados, mandándole que la horrible compañía de seres sin labios, narices ni ojos fuese proclamando por todas partes la supuesta única verdad de Cristo y la fe cristiana, representada por el césar de Roma. Pero ni aún en ese trance se rindieron los puros de Bram. Habiéndose negado, tras un primer paseo, a dar los pasos que Monfort les exigía, muchos fueron quemados en la hoguera.
Durante meses, los alrededores de Bran y la ambicionada Carcasona vieron pasar el monstruoso desfile de seres monstruosos sin ojos ni labios, que hablaban una jerigonza ininteligible al servicio de las “verdad” de Cristo proclamada por el papa romano.




1210
Carcasona. El sueño capturado
A pesar de ser en esencia un río de montaña y básicamente de aluvión, el río Aude corre inesperadamente caudaloso por la vertiente norte de los Pirineos. Atraviesa bosques frondosos con árboles que alcanzan los cincuenta metros de altura y corre rumoroso ladera abajo, envuelto en toda clase de misterios y enigmas, en busca de las grandes llanuras de Occitania.
Carcasona era junto a Albi el símbolo máximo de la extensión y posicionamiento de los puros. Un orgulloso castillo que parece imaginado por un pintor. Unas treinta torres visigóticas unidas por una muralla muy espesa. Y en lo alto, el castillo del vizconde. Todo ello formaba un cojunto imponente. Reluce actualmente y relució a medio camino entre Perpiñán y Tolosa, en una encrucijada de caminos, vías de agua y arroyuelos, en una tierra feraz en las estribaciones norteñas de los Pirineos.
Siguendo las márgenes del río, hay un momento en que aparece poco a poco tras la niebla lo que podría ser un sueño o el castillo encantado de un cuento de hadas. Carcasona surge ocre y dorada, con sus murallas almenadas y torreones, aparentemente suspendida en una ensoñación. No todo lo que o que vemos en la actualidad existía ya en el XII, pues algunas de sus murallas son posteriores y todo está muy restaurado, pero en el siglo XII era como ahora una promesa, una especio de sortilegio, lo más semejante al castillo encantado de todas las leyendas.
Capital de los poderosos vizcondes de Trencavel, era un baluarte embellecido y enriquecido con gran mimo y lleno de atractivo, que todos admiraban y todos ambicionaban. Sobre todo el rey y los aristócratas franceses. A unas tres horas de Barcelona por carretera, es hoy día la ciudad medieval mejor conservada de Europa, aunque casi todo lo que se ve es del siglo XIX.
En 1208, Albi había resistido los embates de la cruzada puesta en marcha por Inocencio III , prácticamente, Albi había sido destruida por el fuego y la cruzada y lo que hicieron con ellos fue tan significativo, que dieron a los cátaros uno de los nombres por los que se les conoce; albigenses. Posteriormente, la curia romana montó en ese ciudad uno de sus más importantes tribunales de la Inquisición y a pesar de observar algo tan horroroso en sus propios dominios, Ramón Roger Trencavel opuso a las huestes de Roma toda la resistencia de que fue capaz, encerrado entre las hermosas murallas de su capital-sede de Carcasona.
En el centro de la fortaleza de Carcasona destacaba orgulloso el castillo de los señores feudales, el vizcondado de Trencavel. Y mandaba en los momentos de la cruzada Ramón Roger Trencavel, de quien los cruzados vituperaban hasta el origen, pues decían que la madre había tenido tratos carnales con Alfonos de Aragón y que seguramente la sangre que corría por las venasl del joven vizconde era casi real. Había sido criado por ayas y maeses y aprendió ya de niño el manejo de las armas. Llegado a la edad propicia, se casó con Agnes de Montpellier, cuñada del rey de Aragón Pedro II. Temible, consiguientemente, no tanto por sí o por sus fuerzas como por sus vínculos familiares. Ya había perdido Beziers y no podía perder Carcasona.
No había un noble de los alrededores que no envidiase la posesión de la maravillosa colina fortificada que era Carcasona. En realidad, no había en todo el Languedoc ni en Francia un noble que no ansiase aposentarse como señor de ese feudo prodigioso, famoso en toda Europa. Lo más incomprensible es que a pesar del conocimiento del peligro y la dimensión de la desgracia, Occitania, por su especial idiosincrasia, no logró organizar un ejército capaz de resistir, enfrentarse y vencer a los agresores. A pesar de ello, el conjunto de Carcasona había resistido incluso a Carlomagno y jamás había padecido el ultraje de tener que capitular ante ningún poder.
Pero las atrocidades de Beziers y Bran habían instalado el terror en la comarca. A las matanzas e incendios siguieron expropiaciones, apropiaciones en nombre de Cristo y el papa y abusos presentados como si fueran legítimos. Los nobles de poca monta del Languedoc habían ido presentándose ante los crueles vencedores para rendirles pleitesía y sumarse dóciles a su campaña. La conquista francorromana del Languedoc se mostró a punto dee culminar. Tras lo de Beziers en agosto de 1209, y sobre todo después de las atrocidades de Bran, habían caído las caretas y los disimulos, y ya ni siquiera el cinismo era necesario; las mesnadas papales se dispusieron a ir tomando todos los botines que pudieran, sin medir las crueldades ni los medios a usar, y con todas las bendiciones y bulas romanas.
Había que conquistar Carcasona, no por su valor intrínseco nui por ser un conjunto defensivo imponente, sino por ser un símbolo. Por otro lado, aparte de su mérito estratégico y defensivo, Carcasona tenía gran importancia económica, sobre todo por la industria de la lana.
Viéndolos a punto de abatirse sobre la ciudad después de una campaña de tierra quemada por toda la comarca, el rey de Aragón, aliado tradicional tanto de los condes de Tolosa como de los Trencavel, intentó mediar entre el vizconde, su pariente, y los cruzados. Estos últimos simularon hacer una concesión: Por respeto al rey de Aragón perdonarían la vida al vizconde y a doce caballeros que éste escogiera, pero la ciudad se tomaría como botín “santo”. A pesar de su frivolidad, Ramón Roger Trencavel rechazó la oferta con grtan dignidad. Los cruzados se valieron entonces de una artimaña; enviaron un parlamentario al vizconde y le ofrecieron que fuera a negociar con toda clase de garantías. Trencavel cayó en el engaño presentándose en el campo de la cruzada papal. Sin el menor respeto de las leyes de caballería, el vizconde fue rodeado, desarmado y apresado, en una inmoralidad que fue tanto mayor puesto que fue cometida por los hombres de un delegado papal, teórico depositario de todas las legitimidades y moralidades.
El pueblo de Carcasona se sintieron anonadado. Viéndose descabezados, comienzó un exlio y fueron abandonando sus bienes con objeto de abandonar la ciudad deprisa. Los cruzados los dejaron salir sin organizar una matanza que hubiera sido fácil, porque de tal modo no se detenía el exodo. Así se facilitó una entrada incruenta de los cruzados en la fortaleza y un saqueo miserable. De este modo artero e indecente, los enviados papales se apropiaron de la ciudad y encontraron el medio de proveerse ellos mismos con largueza, alimentando bien a sus huestes, para proseguir sin contratiempos la campaña de conquista del Languedoc.
A pesar del valor e importancia de Carcasona, el sitio no fue muy largo ni arduo. Simón de Montfort sólo necesitó quince días de asedio y trucos inmorales para cumplir tanto los sueños del papa como sus intereses espurios. Tomó la ciudad, efectuó la habitual escabechina con los que no habían huido y pasó a cuchillo a todos los Trencavel menos al joven vizconde, a quien mantuvo en prisión después de obligarle a abdicar en él mismo.
Montfort cumplió de esta manera incalificable uno de sus anhelos más vehementes: convertirse en vizconde de Carcasona. Él ya había materializado los botines infames e infamantes que ofrecía el papa a fin de que fueran cómplices en su cruzada.






1211.
Lavaur. Cien violadores para una dama
Las fortalezas medievales eran verdaderas ciudades y de hecho muchas de las ciudades actuales fueron fortalezas en su origen.
Dentro de las murallas de la fortificación de un noble se guardaban graneros, depósitos de agua, animales de granja y arsenales, y celebraban mercado como cualquier población medieval. Los guardianes, generalmente caballeros, realizaban sus turnos de guardia y ejercicios, festejaba en sus descansos y con gran frecuencia habitaban con sus familias en viviendas situadas dentro del fuerte.
En abril de 1211 la guerra romana iba aproximándose a Tolosa tal como deseaba el rey de Francia y, sobre todo, el papa de Roma. La primavera volvía a densificar el bosque de hojas y espesuras después de un crudo invierno y el grupo de “cruzados” (entre los que posiblemente se encontraba ya Domingo de Guzmán) prácticamente se topó en el camino con la fortaleza de Lavaur. Ni Simón de Montfort ni los demás nobles franceses y clérigos fieles a Roma quisieron dejar atrás ese bastión sin vencerlo. Decidieron tomarlo y lo asediaron. Creyeron que iba a ser un ejercicio fácil y una simple etapa. Pero el sitio resultó más difícil de lo que esperaban.
Si bien que con la vida habitual algo alterada por las noticias que recorrían Occitania y los movimientos insólitos que veían por doquier, dentro del fuerte de Lavaur esa primavera de 1211 los caballeros realizaban sus ejercicios y sus guardias como siempre, el mercado se instalaba una o dos veces por semana, según la costumbre, los cristianos papistas escuchaban misa y los cátaros celebraban sus reuniones entre peroles e instrumentos de trabajo, tal como solían hacer. Flameaban los estandartes, ardían las fogatas, se asaba la carne, corrían los chismes, los trovadores cantaban en las estancias señoriales, las damas compaginaban sus especulaciones religiosas con sus labores de bordado y algunos soldados desafinaban clamorosamente al cantar.
Todo se desarrollaba como en cualquier población almenada del contorno. La señora del castillo, la dama Geralda, había cedido el mando efectivo y cotidiano a su hija Blanche de Laurac. Ambas eran destacadas perfectas “revestidas”; y ello no era más que la continuación de ancestrales costumbres familiares, pues el hermano de Blanche, Aimery, y todos los miembros de su familia presentes y pasados habían sido cátaros y existían una larga tradición de perfectos y revestidos entre ellos.
Tal era la situación intramuros cuando los extramuros se oscurecían bajo la ambición y la crueldad del enviado del papa, Montfort.
Contrata todo pronóstico tratándose de una población tan pequeña, resistieron tres meses. La castellana, Geralda, y su hija Blanche cuidaron de los habitantes del castillo y los consolaron, proveyendo sus necesidades. La dama Blanche de Laurac mandaba la fortaleza con mucha inteligencia y gran autoridad moral. Defendían la ciudad ochenta caballeros cristianos bajo su mando, porque nadie en Lavour ni en todo el Languedoc preguntaba la filiación religiosa a nadie para realizar cualquier función. Estos ochenta caballeros, muy bien entrenados y capaces, eran fieles a su señora sin ninguna vacilación. En total, los habitantes del castillo eran sólo unos cuatrocientos y fuera de las murallas les habían cercado miles. Pero ni aún sumando diez por cada uno consiguieron doblegarlos.
Montfort y los nobles franceses habían recibido de Inocencio III riquezas prodigiosas para incitarles a llevar su cruzada adelante; además, todos ellos contaban con la promesa papal de conseguir grandes honores y propiedades cuando hubieran vencido. El mismo mensaje y las mismas promesas habían recorrido Europa, por lo que desde Alemania marchó hacia el Languedoc la columna de voluntarios cuyo número no está bien documentado, pero hablan de unos seis mil. Marcharon estos hombres en busca de los clérigos papales y el azar quiso que se les aproximaran cuando éstos habían acampado para plantear el sitio de Lavour. Pero los occitanos en general, tanto católicos como cátaros, veían con enorme alarma y desconfianza los movimientos de tropas extranjeras en sus feudos. Posiblemente sin que nadie lo mandase, la columna alemana fue asaltada por los campesinos en una serie de trifulcas más o menos espontáneas y carentes de planificación, pero ni un solo alemán llegó a cruzar el bosque del todo. Por tal razón, los tiranos de Francia y Roma habían tenido que reclutar aquellos bárbaros teutones, seis mil en total, para lanzarlos contra ellos en número de sesenta por cada uno de los que en Lavour aguardaban mansamente el destino que el Bien y la Luz quisieran depararles. No llegaron al pie de las murallas de Lavaur, jamás pudieron sumarse a los sitiadores porque los campesinos les tendieron una emboscada y ornamentaron el bosque entero de miembros y entrañas de seis mil germanos despedazados. Los seis mil fueron exterminados y cuentan que las copas de los árboles de ese bosque llegó tener menos hojas que entrañas alemanas pendiendo de sus ramas.
Sin embargo, llegó el final para los habitantes sitiados de Lavour. .
Fue Simón de Monfort quien dirigió personalmente a sus hombres cuando, tras rendir a los castellanos de hambre y sed, lograron irrumpir en la fortaleza, tras abrir una brecha en la fortificación. Los ochenta caballeros que protegían a la dama y defendían el castillo fueron degollados y colgados como odres de las almenas para que todos los puedan ver y difundieran el horror del exterminio como advertencia por muchas leguas a la redonda. Cuatrocientos habitantes dee la fortaleza fueron quemados vivos. A continuación, Blanche fue atada en el centro del patio y dispuso Monfort una fila de cien hombres que, uno tras otro, violaron y sodomizaron a la Dama por turno. Tras varias horas de tormento y habiéndose formado entre sus piernas un río de semen que corría caudaloso por el empedrado, la Dama Geralda fue arrojada viva al pozo y a continuación su hija, y, después, los mismos cien violadores, engalanados todos con grandes cruces al cuello, fueron echando piedras sobre piedras hacia el pozo, hasta lapidar a la madre y hasta que la dama violada e injuriada dejó de gritar de terror.
Los cronistas de la época usan toda clase de eufemismos para describir la escena, porque parece que el horror puede en sus pechos más que el afán narrador. Este espanto, la escena de la violación colectiva y el río de semen, ha sido utilizado como inspiración por muchos autores para algunas de sus escenas novelescas, pero en Lavour ocurrió de verdad. Ese ultraja indescriptible fue cometido entre burlas e injurias, bajo cruces y símbolos consagrados, invocando sin parar el nombre del Cristo que veneraba el poder de Roma.
A continuación, y como si lo de Lavour hubiera desatado instintos incalificables, fueron organizando hogueras por toda la comarca, En Casses y otros muchos lugares levantaron piras mata quemar vivos a decenas y decenas de puros.


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1212
Locura exterminadora
El Languedoc perdió en la contienda poderosas sinergias, grandes hombres y casi todas las fuerzas. Ciudades enteras fueron devastadas, los campos y cultivos fueron asolados y la población fue siendo asesinada sin demasiados distingos entre puros y católicos, niños, ancianos, mujeres, artistas o religiosos. Las hogueras, quemas y matanzas fueron dejando el territorio exangüe. La escasa capacidad de resistencia occitana, dada su infrecuente personalidad, consiguió ser aniquilada y el Languedoc resultó un plato muy fácil de merendarse para la coalición franco-papista.
Ante el desmonoramiento evidente, siguió lo que aparentó ser un respiro, pero pronto se reprodujeron por doquier las hogueras y matanzas en una locura exterminadora que cuesta mucho esfuerzo comprender si uno mira quienes la cometían.
El empecinamiento de los nobles locales en no entregarse ni entregar a los puros generaron más y más desgracias, lo que viene a probar que los procedimientos del papado nunca gozaron de popularidad. Por mucho que lo pretendiesen los cruzados, quemas, mutilaciones, violaciones y matanzas no amilanaban a la gente. Pero la crueldad no era producto del momento ni del objetivo pretendido, sino que el cesarismo romano actuaba así “de oficio”. Era el propio papado el que generaba despóticamente las reacciones con sus abusos, cuando las había. Así fue en el XII-XIII como había sido desde seiscientos años antes. Toda la Edad Media fue como una escenificación de la lucha entre el Bien y el Mal. El mal representado por los césares auto-ungidos como vicarios de Cristo generó el periodo más largo de oscuridad represiva que registra la Historia de la Humanidad. El Terrorismo eclesial fue una institución cuyos ramalazos han llegado casi hasta nuestros días.




1209- 1214
La única cruzada en suelo europeo
La cruzada que predicó Inocencio III y lideró Simón de Montfort contra los cátaros fue la única que tuvo suelo europeo por campo de batalla. Tras el traicionero engaño-truco del asesinato de Pierre de Castelnau, ni las humillaciones ni la penitencia pública, ni las promesas de Raimundo VI obtuvieron ningún resultado ni conmovieron al césar de Roma.
Porque frente a la humildad de los “revestidos” cátaros y su testimonio sincero, desentonaban demasiado para el vulgo las costumbres relajadas, las suntuosas ostentaciones, la pompa, el boato y la crueldad del clero católico.
Pero el entramado cesáreao que había caracterizado el cristianismo romano desde el comienzo había prodigado pruebas seculares de su voluntad de pervivencia y determinismo de perpetuación. No iba a quedarse de brazos cruzados ante la multiplicación de los cátaros y su influencia. Cuanto Inocencio III predicó su cruzada contra éstos, como argumento de convicción ofreció a los futuros cruzados las mismas bulas e indulgencias que solían ofrecerse a los cruzados que partían a conquistar Tierra Santa y, además, les prometió que se apropiarían de todo aquello que perteneciera a los rebeldes recalcitrantes; ofrecía botines fastuosos como habían hecho con los mercenarios todos los tiranos de la historia. Títulos, propiedades, riquezas y reinos pesaron, por supuesto, mucho más en el éxito de la afiliación a la cruzada que las bulas e indulgencias.
Esa cruzada de Inocencio III la formaron en sus inicios fundamentalmente nobles franceses de poca monta, ambiciosos en su insignificante y mediocre existencia. Y no pararon de hacer efectivo el compromiso papal. Después de cada matanza, después de cada escabechina siempre había un noble franco que se volvía más rico de lo que nunca hubiera soñado.
Casi todos los señoríos del Languedoc, aunque independientes, para protegerse de los ambiciosos e imperialistas francos tenían acuerdos de vasallaje y defensa con Pedro II de Aragón, quien era una especie de “niño mimado” del papa Inocencio III (que le había coronado personalmente), favoritismo y predilección que no dejó de crear muchas dudas, componendas insólitas y paradojas.
Tras el inquieto e iluminador siglo XII, el XII había nacido convulso y muy poco tiempo bastaba para modificar los equilibrios, las estrategias, la faz y el poder de grandes territorios.
El mismo año en que Inocencio III puso en marcha su maquinaria de guerra murió el emperador bizantino Alejo III. Cuando el emperador latino de Constantinopla vio a punto de consolidarse el predominio de los occidentales sobre los bizantinos, nombró un Patriarca romanista en Constantinopla. Los obispos ortodoxos que no reconocieron su autoridad fueron expulsados, sacrificados o sustituidos por sacerdotes católicos. Inocencio III envió varios legados para organizar la Iglesia en Bizancio, los cuales negociaron un Concordato. Los sacerdotes ortodoxos siguieron ejerciendo su ministerio de un modo extraño y casi surrealista, y se supone que no muy sincero, más o menos sometidos a los católicos, e inclusive planearon la unión de las dos Iglesias, aunque este el proyecto no llegó a buen puerto, como es sabido.
Entre tanto, como los laicos tenían prohibido predicar por si acaso sentían la tentación de caer en lo mismo que los cátaros, Francisco de Asís y su grupito de discípulos tuvieron que solicitar la autorización de Inocencio III. El papa de Roma dudó. La praxis de los franciscanos era similar a la de Domingo de Guzmán, pero éste era un clérigo culto y muy formado y su ortodoxia romanista no podía dudarse, pero ¿no serían a la larga los sencillos y humildes franciscanos herejes como los cátaros, que terminarían volviéndose contra el Papa? Sin embargo, Inocencio III era lo suficientemente astuto como para no llegar a provocar con sus actos que sus sospechas pudieran materializarse en una realidad que le trajera tantos quebraderos de cabeza como los puros del Languedoc. Llegó a un acuerdo insólito con Francisco, algo parecido a un "contrato temporal de prueba": le permitió predicar, y sus discípulos serían monjes, pero todavía fue renuente a concederles el rango de orden religiosa. Inocencio III supervisó ojo avizor y aceptó a regañadientes la regla teorizada por Francisco. Los aún no llamados franciscanos empezaron la predicación en Italia.
También por esas fechas, Pedro II de Aragón atacó las fronteras de Valencia y rescató varios burgos y fortalezas de los almohades.
Mientras, la cruzada de Inocencio III seguía adelante entre incendios, latrocinios, piras, carne quemada, violaciones y martirios. Había ocurrido ya lo de Lavaur y lo de Bran. Los feudos, anonadados por el espanto que se extendía por Occitania como una epidemia, se resistían poco hasta caer rendidos con bastante facilidad, y eran entregados a sus nuevos dueños franceses entre matanzas y revanchas inconcebibles por mentes sanas.
Raimundo VI de Tolosa pretendió poner fin a la carnicería interminable entrevistándose con Inocencio III. El papa convocó lo de Letrán para tratar el asunto, pero Simón de Montfort procuró la anuencia papal y todo siguió más o menos igual. Entonces Raimundo VI buscó la ayuda de Pedro II de Aragón, pero éste se amilanó cuando hizo un cálculo de lo que sumaban el apoyo de Inocencio III más la ambición activa de Felipe II de Francia de construir un imperio franco. Entonces, el rey aragonés selló un acuerdo casi contra natura con Simón de Montfor,t en el que se proyectaba el futuro matrimonio entre su hijo Jaime (el futuro Conquistador), que tenía entonces tres años de edad, y la hija del jefe de la cruzada. Pedro II aceptó que Simón de Montfort se quedara con el pequeño Jaime como rehén. (Pedro II no tenía en ninguna estima al niño. En realidad, había pretendido que Inocencio III anulara el matrimonio con la madre, María de Montpellier, desde antes de que Jaime naciera.) En seguida, después de este acuerdo alucinante, Montfort creyó expedita su pretensión sobre el condado de Tolosa.
A pesar de todo, Raimundo VI siguió procurando la alianza con su cuñado Pedro II. Hoy nos habría admirado esta alianza; inclusive pocos siglos más tarde, en el XV, hubiera resultado inimaginable que un rey católico y protegido del papa permitiera que su hermana se casara con un hereje en la consideración ese mismo papa. Poco más tarde, el conde de Tolosa año casó a su heredero Raimundo con Sancha, hermana del rey aragonés (él mismo estaba casado con Leonor, otra hermana de Pedro II). Por su parte, Pedro II se aseguró de hacer honor a su sobrenombre de “católico”condenando a la hoguera a muchos valdenses. Esta herejía no tardó esfumarse de su reino.
Los mismos días, y tras muchos tiras y aflojas, Sancho I de Portugal se había sometido a Inocencio III acatando todo lo que éste le exigía, pero murió poco después sin resolver el desentendimiento entre los obispos de Coimbra y Porto. Fue sucedido por su hijo Alfonso II. Mientras tanto los almorávides derrotaron a Alfonso VIII de Castilla. Éste decidió entonces recabar toda la ayuda posible contra los moros. Una asamblea reunida en Toledo decidió que el arzobispo de esta ciudad solicitase a Inocencio III la constitución de un ejército cruzado, a lo cual el Papa accedió encantado. Castilla aprontó sesenta mil hombres, a los que se sumaron otros tantos aportados entre Sancho VII de Navarra y Pedro II de Aragón y un grupo de unos setenta mil cruzados dirigidos por el arzobispo de Burdeos y Arnau Almaric (que acababa de ser nombrado por Inocencio III arzobispo de Narbona). Alfonso II de Portugal también contribuyó con algunos hombres.
En 1212 los castellanos y los cruzados tomaron Calatrava y Malagón, pero como Alfonso VIII prohibió el saqueo los cruzados le reprocharon que en esas condiciones no tenía sentido luchar. Era mucho más provechosa la cruzada del Languedoc, donde todos sacaban riquezas y propiedades con la avenencia, el patrocinio y la satisfacción del papa romano; sin esos beneficios, que lucharan otros. Más adelante, los castellanos chocaron con el grueso del ejército de Muhammad al-Nasir, formado por uno cuarto de millón de hombres, y ante tanta fuerza tampoco tenía sentido luchar por la fe.
Simultáneamente con tales sucesos, en Francia y Alemania organizaba otra de las llamadas "cruzadas populares". Una en concreto fue conocida como “cruzada de los niños”, porque consistió en un ejército de adolescentes muy jóvenes. La impresión era que Jerusalén seguía en manos de los infieles porque los cruzados eran pecadores lascivos e indignos. Un ejército de adolescentes impúberes, casi niños, asexuados, contaría con el apoyo divino y la victoria sería inevitable. Por desgracia, los jóvenes acabaron vendidos como esclavos en Egipto, pues los niños blancos europeos eran muy estimados como carne de harén por los señores musulmanes.
Por su parte, Inocencio III concedió la teórica propiedad del condado de Tolosa a Simón de Montfort, que juró vasallaje como conde al rey Felipe II de Francia, si bien todo esto sólo eran palabras, ya que Raimundo VI seguía resistiendo aceptablemente los ataques de los cruzados.
Por las mismas fechas, el rey Felipe II de Francia estaba proyectando la invasión de Inglaterra, pero no llegó a hacerlo porque en 1213 Juan sin Tierra se rindió ante la tozudez de Inocencio III. Aceptó el candidato papal al arzobispado de Canterbury y entregó Inglaterra al Papa. A cambio, Inocencio III levantó su excomunión y le dejó gobernar Inglaterra como vasallo suyo a cambio de un tributo anual. Estas condiciones eran humillantes, pero tenían un efecto útil para todos: Felipe II de Francia no podía atacar a Inglaterra, pues ello supondría atacar posesiones de la Iglesia. Mientras tanto, Felipe II estaba reorganizando y afrancesando urgentemente sus nuevos dominios, adquiridos con demasiada rapidez para la manía uniformadora que tenían tanto el rey como todos los francos. El ducado de Bretaña lo entregó a uno de sus consejeros, Pedro I Mauclerc, que debió luchar con afán y crueldad para someter a la nobleza y el clero bretones.
Por su parte Pedro II de Aragón fue requerido por sus desesperados aliados del norte de los Pirineos y, por fin, se decidió a unir sus fuerzas a las de Raimundo VI, enfrentándose a Simón de Montfor que todavía mantenía como rehén a su hijo Jaime.
Quedaba, pues, fresco, prestigioso y fuerte el rey de Aragón como una amenaza para la cruzada que no podía obviarse.
Por tal razón, procupados y teniendo en cuenta los viejos y estrechos vínculos romanos del rey de Aragón, los cruzados destacados recibieron cartas del papa. Éste dirigió una misiva a Arnaud Amaury diciéndole: “Las alimañas que estaban arrasando la viña del Señor han sido vencidas ya”. Con Simón de Montfor fue mucho más claro: “El ilustrísimo rey de Aragón se queja de que habéis lanzado a cruzados contra católicos, vertiendo sangre de personas inocentes e asaltado de modo infame e ilegal tierras de sus vasallos los condes de Foix y Cominges”. Comprendiendo lo que estas cartas significaban de desactivación, Arnaud Amaury se rebeló. Muchos años de prédicas, intrigas, traiciones, persecuciones, piras y asaltos corrían riesgo de quedarse en nada. Por consiguiente, Amaury se rebeló en cierta medida; un montón de años de prédicas, traiciones, persecuciones, piras, ejecuciones y demás iban a quedar en nada. Cabalgó por Occitania y convenció a todos los obispos católicos del Languedoc de dirigir cartas consternadas a Inocencio III , con cierto grado de insolencia. Además de ello, Amaury ordenó a sus predicadores y cruzados que siguieran adelante sin obedecer lo que el papa dijese.
En tal tesitura y circunstancia, murió Pedro II.
Los nobles aragoneses exigieron a Simón de Montfort la devolución del que a sus cinco años ya era Jaime I de Aragón, y el francés se negó al principio, pero una bula de Inocencio III le hizo ceder. La madre, María de Montpellier, había muerto dos años antes, por lo que el huérfano fue educado por los educadores designados por el papa y por templarios mientras su tío, el conde de Rosellón y Cerdaña, ejercía la regencia.
El año anterior, Francisco de Asís había pretendido viajar a Siria para evangelizar a los musulmanes, pero su barco encalló y se quedó en Italia medio año, pero luego partió para España con el mismo propósito evangélico. Sin embargo, en 1214 cayó enfermo y tuvo que regresar a Italia una vez más.
Ese año murió el rey Alfonso VIII de Castilla, y fue sucedido por su hijo, un niño de once años, Enrique I. Su hermana Berenguela ejerció la regencia.
En la estela de tanta agitación, cambios y componendas Simón de Montfort pudo finalmente entrar en Tolosa. Obligó al conde Raimundo VI a entregar sus posesiones al papa y a exiliarse en Inglaterra.
También por los mismos años Domingo de Guzmán se estableció en Tolosa e intensificó la formación de sus discípulos para que se dedicaran a la predicación.
La cruzada de Inocencio III contra la libertad de los europeos había alcanzado casi todos sus objetivos.






1210
Minerva. La sabiduría no es malvada.
En la región de Causse, a treinta y tantos kilómetros al noreste de Carcacasona, hay un accidente geográfico muy raro, insólito. Una especie de Ronda del Languedoc.
Minerva es la diosa que inventaron los romanos como trasunto de Atenea, la diosa de la sabiduría. Minerva es, por tanto, hija de Júpiter. La cruzada de Inocencio III y Montfort hizo caer sobre ese lugar excepcional siderales rayos jupiterinos, por si no lo estaban haciendo ya por todo Occitania.
Después de atravesar extensos viñedos, se empieza a subir hasta comprender que uno está a punto de llegar a una meseta bastante elevada. Por contraste con los alrededores, el lugar no tiene mucha vegetación, sólo unas escasas encinas. Como en Ronda, lo que muestra el paisaje es más roca que vegetación, impresionantes masas de rocosas. Igual que en Ronda, la llanura se abre en un tajo, una garganta muy profunda. En el medio, una como isla rocosa, un penacho que tiene una forma muy rara. Encima de esa isla que según el día puede parecer suspendida en el aire, se levanta la ciudad amurallada de Minerva.
En 1210, cuando subían los cruzados de Montfort a esa meseta, vieron que las orillas de esa especie de isla estaban atestados de almenas y murallas y torres defensivas. Las casas estaban más allá con sus tejados rojos. La iglesia se encontraba en el centro; pequeña, sencilla y modesta como una capillita, porque la población no era muy significativa. El castillo se alzaba en el extremo del extraño promontorio, del que ahora sobrevive sólo unos muros.
Los defensores, capitaneados por el conde de Minerva, Guillaume, dependían completamente de un pozo abierto en la roca viva de la ciudad.
Dadas las dificultades para tomar una ciudad de esas características, aislada por paredes de roca casi verticales, Montfort decidió usar los últimos avances técnicos de la estrategia de asedio. La máquina fundamental era llamada Malevosine (vecina funesta) y había sido construida expresamente para esa cruzada.
Montfonrt mandó situarla al pie de la ciudad, desde donde comenzó un bombardeo inmisericorde. Un grupo de minervinos salieron audazmente y le metieron fuego a la estructura de madera de Malevosine. Pero el fuego fue ahogado y el bombardeo continuó.
El bombardeo no hizo que la ciudad se rindiera. El acoso de prolongó y el verano de 1210 fue avanzando. No había agua en el tajo, sólo contaban los minervinos con el pozo, y éste comenzó a flaquear, por lo la defensa de la ciudad fue desanimándose. Al mes y medio de comenzado el asedio, el conde de Minerva se vio obligado a pedir la paz. Firmaron un acuerdo según el cual todos los que fueran catóricos romanistas o renunciaran al catarismo serían liberados. Durante el proceso de firma, muchos de los cruzados se pusieron a protestar. Gritaban que no habían hecho lo que habían hecho y recorrido el camino que habían andado para dejar intacto a los herejes. Ellos sólo habían llegado hasta allí con objeto de exterminarlos. A pesar de lo acordado con Guillaume de Minerva y fde las firmas de su súbditos, el obispo Arnaud Amaury se sintió entre la espada y la pared. Ansiaba ver morir a esos relapsos, pero como religioso no podía atreverse a golpear él mismo (a pesar de lo dicho y hecho en Beziers). Además, con su conocida seguridad fanática, les dijo a los cruzados reprochadores: “No inquietaros. Éstos herejes empecinados no se retractarán”.
Los hechos posteriores dejan en duda tanto la visón de Amaury como el tesón de los minervinos.
Amaury y Montfort capikitaneaban la marcha hacia la ciudad, portando grandes cruces. Así llegaron hasta la pequeña iglesia. Montfort y Amaury iban golpeando todas las puertas, convocando a los vecinos para que se retractasen. Los habitantes de Minervas replicaban sencillamente: “¿Qué nos predicáis? Tenemos nuestra fe y nada nos va con la inglesia de Roma.
Ese verano subieron muchos grados la temperatura. El 22 de julio construyeron las cruzados en Minerva una gran pira. Organizaron una gran hoguera para quemar a cristianos convocando a Cristo; quemaron vivos a cinco cuarenta revestidos y ninguno maldijo ni gritó, porque siempre declaraban los revestidos que el cuerpo era una cárcel y la muerte significaba la liberación del espíritu; por primera vez, en esa tremebunda pira colectiva, desmostraron que su deseo era sincero. No gritaron. Un cruzado escribió entonces: “Nuestros soldados no se vieron obligados a arrojarlos al fuego, tan gozosamente, en su pecaminosa herejía, abrazaban la muerte, que ellos mismos se echaban a las llamas”.
En la actualidad, hay un memorial pétreo junto a la iglesia de Minerva en recuerdo de los cátaros sacrificados ese 22 de julio de 1210. Dicen que el olor de la carne humana quemada no se olvida jamás. Montfort y los cruzados papales debieron de aficionarse grandemente a ese aroma, porque del suceso de Minerva sentaron jurisprudencia para alzar piras colectivas en los siguientes cuarenta años, hasta la recordada y glosada Montsegur, que solamente fue la última hoguera multitudinaria.






1213
Muret. Raimundo VI derrotado. Muere Pedro II de Aragón

La batalla de Muret que emprendió el rey de Aragón, Pedro II para ayudar a su cuñado Raimundo VI de Tolosa, tuvo lugar el 13 de septiembre de 1213.
Muret es un departamento del Alto Garona en los Pirineos, al sur de lo que ahora es Francia, en pleno Languedoc. Sus atalayas se vislumbraban desde Tolosa.
El padre de Jaime I el Conquistador, Pedro II, había sido coronado rey por el propio papa Inocencio III, del que se declaró vasallo fidedigno; junto con varios aliados peninsulares venció a los almohades en la mitificada Batalla de Tolosa en 1212. Estaba casado con María de Montpellier, de quien no quería saber nada y ni siquiera deseaba “atar” con ella el vínculo matrimonial del tálamo. La noche nupcial tuvieron que disfrazarla como una de sus muchísimas y muchísimos amantes y meterla de tapadillo en su cama para que él aceptase tener relaciones sexuales con María. Ese engaño permitió al parecer que Jaime I fuese concebido.
En la opinión del papa Inocencio, Pedro II había conseguido una magnífica victoria inequívocamente católica en Navas de Tolosa. Sin tragedias que la empañaran; ni los saqueos de Constantinopla ni la sangrienta hecatombe de Beziers. “Solamente” había exterminado a unos cuantos miles de moros. Era el héroe del momento. Pedro había llevado al combate victorioso a heterogéneos vasallos que podían considerarse del papa. En su papel falsario de Vizconde de Carcasona, Montfont había enviado a las Navas de Tolosa a cincuenta caballeros que se incorporaron a las órdenes del rey aragonés. Arnaud Amaury, asentado como obispo de Narbona, había vuelto a ponerse la coraza para cabalgar en combate. También quiso demostrar al rey Pedro que era un buen vasallo de Aragón.
La victoria en Navas, desde el punto de vista papal, convirtió a Pedro II en lo más parecido a un santo vivo. Era sin duda un defensor de la iglesia romana. Pagaba puntualmente sus impuestos a Roma, combatía por la iglesia, era fiel sin sombras. Nadie iba a atreverse a dudar de su fidelidad. Se hacían canciones sobre su heroísmo y se le elogiaba de todas las maneras posibles.
Sin embargo, Simón de Montfor rompió de repente su promesa de coexistencia y alanza con Pedro II, porque no iba a renunciar al condado de Tolosa que tanto ansiaba y por tanto tiempo. Irrespetaba así, como tantas otras veces, las costumbres feudales además de, en cierto modo, las disposiciones papes y la buena inclinación hacia su protegido aragonés. Resuelto a cumplir sus más locas ambiciones y establecer el dominio de la corona francesa en Occitania, a Montmoft no iba a frenarle ni un acuerdo honroso ni un héroe, ni un papa.
Un año después de la alabadísima victoria de las Navas de Tolosa, Pedro II acudió en auxilio del conde de Tolosa, Raimundo VI, porque que era su cuñado y porque mantenía con él, además, alianzas política. Sin embargo, la cruzada del papa y, en nombre de éste, Simón de Montfort, habían lanzado contra el conde un último y tremendo envite.
Hay distintas versiones, todas de cuestionable credibilidad, sobre lo que hizo Pedro II la noche previa a la confrontación. Un tal Vaux de Cernay cuenta que Pedro escribió una encendida carta a una misteriosa dama en la que le confesaba que entraba en batalla sólo con el fin de deslumbrarla para poder obtener de ese modo sus favores sexuales. Esta carta habría sido interceptada por el prior de Pamiers, quien se la mostraría a Simon de Monfort, provocándole un encendido sentimiento de reprobación por la indignidad de los motivos del monarca aragonés para luchar; Montfort, fanático y obsesivo, poseía esa clase de severidad demente de los que lo reprueban todo. En contra de la credibilidad de la versión de la carta está lo que siempre ocurre, que cuentan la historia los vencedores, y que esa calumnia podría haber sido inventada por los franceses para deshonrar la memoria del enemigo de las tropas francesas.
La segunda versión, que es la que ha entrado con mayor éxito en la leyenda, aparece en el Llibre dels feyts, escrito por un cronista catalán por encargo de Jaime I, el hijo de Pedro, para tratar de buscar justificación a la tremenda derrota de tan insigne guerrero, que sólo se explicaría a partir de un estado de resaca producida por los excesos cometidos durante toda la noche en los placeres de la bebida y la lujuria, que prácticamente habrían impedido al católico rey Pedro tenerse en pie por la mañana en el campo de batalla.
El desarrollo de los hechos, ese día, fue en realidad un poco menos romántico.
En una carpa instalada a tiro de piedra del campamento de defensa de Muret, Raimundo y otros nobles le contaron a Pedro II lo ocurrido en Beziers.
A continuación, sin que se sepa exactamente con qué propósito, Pedro se entrevistó con Arnaud Amaury (el fiero obispo de Narbona había empezado su ascenso como abad en los dominios aragoneses). Éste conocía de sobra el respeto que se le tenía en Roma al rey aragonés. Las credenciales eran irreprochables y las alabanzas a Pedro II clamorosas. Su beligerancia contra la mayoría musulmana de España había ocasionado que en los sínodos de Letrán fuera alabado, festejado y elogiado, recibiendo toda clase Éste tenía quejas muy razonables. El vizconde Ramón Roger Trencavel, de Carcasona, era vasallo y según la costumbre, era prácticamente un familiar. Aunque el propio jefe feudal de Pedro, el papa, mandara la cruzada que atacó y exterminó Bezier, los aragoneses no dejaban de mostrarse indignados por haber sido irrespetado el papel de Pedro II como señor a quien Trencavel rendía pleitesía.
La evidente herida en la dignidad del español fomentó los recelos de los nobles fieles al rey francés Felipe Augusto, que se preguntaban quién, aunque fuera rey, se permitía exigir nada a Montfort o Amaury, que servían a Felipe Augusto.
Además, Pedro II dijo que inclusive el más papista y fiel de los monarcas estaría dispuesto a mostrar su indignación ante la arbitrariedad y las ambiciones de esa cruzada, frente al estupor indignado de los obispos y generales de la cruzada.
Muy poco más tarde, se inició el combate.
Aunque en el Medievo los sitios y asedios constituían una ciencia, las batallas campales tenían la delicadeza y el ceremonial de una migración de ñúes. La poderosa caballería de la cruzada cabalgó estrepitosamente, seguida de los infantes. En poco tiempo, los guerreros franceses gritaban bajo las murallas de Muret los nombres de Montfont y demás, flameando sus pendones y oriflamas.
Viendo el ímpetu de lo que se les echaban encima, los aliados sureños espolearon sus monturas hacia el choque inminente. La barrera de hombres y armaduras francesas creció hasta medidas inconcebibles y el encuentro fue impresionante. El hijo de Raimundo VI, que contaba dieciséis años, lo contó más tarde describiendo el ejército cruzado como “si un bosque en pleno se viniera debajo de repente, espontáneamente”. El denso grupo de cruzados se precipitó contra el ejército de Raimundo y Pedro II como una avalancha y monturas, hombres y lanzas cayeron entre lamentos y gritos.
Los cruzados aumentaron sus afanes cuando vieron que los estandartes del rey de Aragón ondeaban en la segunda línea. Pararon un momento los franceses para reagruparse y en seguida galoparon hacia los aragoneses. Siguió un choque estrepitoso y se produjo una nueva fase tremebunda y ruidosa del combate. Al parecer, los cruzados se lanzaron obsesivamente hacia la armadura que identificaba a Pedro.
Viéndolos venir, éste gritó “¡Yo soy el rey!”. ¿Desafío o reconocimiento de su rendición? La cuestión es que una espada se abatió y Pedro II cayó muerto al suelo.
Ese 13 de septiembre en Muret fue una hecatombe para el reino de Aragón y, por tanto, lo fue sobre todo para Tolosa y su conde. En cierta manera, fue un día aciago para la libertad como la entendemos los europeos y significó un retraso de tres siglos para el Renacimiento. Francia comenzó ese día a cumplir su propósito de dominio del Languedoc y el papa de Roma sintió, saboreando su alegría, que aplastaba toda voluntad de disidencia. Se trataba, como se ve, de una campaña que aparentaba tener propósitos religiosos, pero esa apariencia disimulaba la ambición política del rey de Francia, que también soñaba con anexionarse el reino de Aragón y toda España. En realidad, el sueño napoleónico-hitleriano de una Europa imperial bajo el cetro de un único monarca era abrigado ya tanto por el papa como por Felipe Augusto.
La batalla fue un completo desastre para las tropas tolosano-aragonesas y una victoria para el sangriento Simon de Monfort. El que sería el enfrentamiento determinante con la disidencia cátara tuvo lugar en Muret bajo unas atalayas tan orgullosas y altas que podían verse desde Tolosa.






1215.
Monfort. La ambición disfrazada de fe
Simón de Montfort era hijo de otro Simón de Montfort de origen inglés. Su fanatismo demente lo hemos visto muchas veces a lo largo de la historia en los obligados a fingir devociones para no perder la vida. Como corresponde a un converso acomplejado, fue más papista que el papa habiendo sido él mismo un normando represaliado, hijo de un noble inglés de poca monta, obligado a renunciar a su lengua materna, a sus costumbres y su personalidad intrínseca, y sin embargo fingió hasta su muerte la más rendida fidelidad a quien le había arrebatado hasta la dignidad, el rey de Francia. Lo mismo que el de Inglaterra. Él mismo había sido de hecho un “faidit” (noble expulsado de sus tierras), por lo que estremece aún más que se convirtiera en el principal exterminador de “faidits” rebeldes.
Simón de Montfort debió de ser un hombre muy, muy antipático, circunspecto y contrario a las risas y la diversión. Fue un devoto maniático y rígido que pretendía en el fondo y con todos los disfraces de santidad conquistar un imperio para sí mismo, puesto que la vida lo había ido despojando de posesiones.
El padre había sido un hombre muy devoto, respetado y ejemplar. Hablaban de su estilo y su aspecto distinguido. Había sido intrépido, característica que heredó su hijo..
En muchos aspectos, Simón de Montfort era lo opuesto a Raimundo VI. La promiscuidad sexual de Raimundo, sus caprichos, su amor por las artes y la trova, eran características que Simón despreciaba.
No sólo era diferente. Era la antítesis del conde.
Una de sus circunstancias más insólitas para la época era su monogamia de Simón. Alix de Montmorency, su mujer, estuvo a su lado toda la vida y en todas su guerras, y tuvo con ella seis hijos.
Protagonizó toda clase de situaciones casi surrealistas. Por su ira y su temperamento, y se supone que por su ilimitado poder, todos fingían acatar sus órdenes y deseos, pero da la impresión de que se burlaban de él hasta los obispos. Cuentan que en algunos momentos de su campaña anticátara se produjeron muchas sediciones y en cierta ocasión un gruplode obispos intentaron asesinarlo
Murió en 1218 como señor de Montfont, quinto conde de Leicester, conde de Tolosa, vizconde de Beziers y tambien, por consiguiente, vizconde de Carcasona. Se le recuerda como el principal brazo ejecutor de los cruzada contra los cátaros.
A lo largo de su vida había tenido demasiadas veces la miel en los labios sin acabar de aprovecharla. El condado de Leicester, a través de su madre, fue suyo sólo unos meses y Juan sSin Tierra en persona se lo expropió. El título de conde de Montfort le fue arrebatado a su nacimiento. Él sólo era señor de Montfort. Tenía en su espíritu y en su ánimo toda la hiel acumulada que propiciaría su ambición desmedida de coleccionar títulos y su crueldad.
Aunque ninguno de los ejércitos que reunió a lo largo de su vida sería tan poderoso como el de la cruzada de 1209, estuvo en muchas batallas, en cruzadas en Palestina, en Bizancio, en los Balcanes, y siempre habían ido en aumento los guerreros que le eran fieles porque su valor y su furia eran innegables.
Astuto estratega, feroz, vengativo y notable luchador en la arena, Simón de Montfort era una especie de tótem del arte de la guerra de su tiempo. Cuando no se metía en cruzadas ni guerras de conquista, no paraba de galopar a lo largo de sus propios dominios para sofocar revueltas o disidencias. Arrogante hasta lo maniático, exigía actos de vasallaje y homenaje. Sus correligionarios guerreros tenían que adaptarse a su ritmo en las correrías de intimidaciones y crueldades.
No le importaba ni le causama problemas de conciencia simular fidelidades. El rey francés, el que más lo había humillado, recibió de él toda clase de protestas de fidelidad y la conquista de Occitania. El papa, a quien en el fondo no podían gustar el sadismo enloquecido de sus métodos, recibió de él toda clase de protestas de fe, una fe que tenía para él un simple valor coyuntural, en cuanto que le servía para justificar sus desmanes.






1218.
Santo Domingo de Guzmán
Toda acción produce su reacción y las inquietudes del siglo XII no podían ser menos. A los afanes de libertad y desarrollo cultural que habían emergido por todas partes se opusieron grandes poderes y también individualidades instaladas en el conservadurismo más rancio y reaccionario.
En 1171, había nacido en la provincia de Burgos un hombre que sería trascendental en la historia de su tiempo. Domingo de Guzmán nació en Caleruela hijo de un noble y de una devota mujer.
Tal como sucedía con frecuencia entonces, a los seis años lo entregaron sus padres a un familiar clérigo para que se ocupase de su educación. Y éste lo educó extraordinariamente según sus parámetros bien, sin dejar de transmitirle e imbuirle sus mezquindades y prejuicios de superviviente mediocre. Luego, al ingresar en la adolescencia, fue enviado por su pariente a Palencia, en cuyo Estudio General cursó cultura general y teología. Sus exegetas aseguran que le conmovía la hambruna que veía aposentarse a su alrededor y que entregaba sus propios códices a fin de que fuesen vendidos para mitigar en parte ese hambre
En una ocasión, llegó junto a él, a suplicarle ayuda, una mujer cuyo marido había caído en poder de los sarracenos. Conmovido, Domingo la vio tan desconsolada que se ofreció como rehén de intercambio a fin de liberar al marido. Habiéndose enterado “casualmente” todos en Palencia de que se proponía realizar ese sacrificio, el obispo de Osma, que andaba buscando hombres para su cabildo, “disuadió” a Domingo de su heroico sacrificio y lo convenció para que aceptase una canonjía. Domingo había corrido muchísimo. Alcanzó su primera canonjía a los veintitrés o veinticuatro años. Y en cuanto su edad lo permitió, lo ordenaron sacerdote.
El obispo de Osma, prendado de Domingo, lo llevó consigo a través de Europa, en un viaje a Dinamarca que le había ordenado el rey Alfonso VII. A lo largo de ese viaje, Domingo se dio cuenta de que la disidencia aparecía por doquier; el descontento contra los dispendios abusivos de la iglesia de Roma se extendía como la verdolaga tanto en Occitania como en Suiza, en Alemania como en los Paises Bajos. Se escandalizó conmovido de santa ira y el joven acompañante del obispo decidió que no tenía más remedio que arreglar “su” mundo. Se dio a la tarea.
Comenzó a oír rumores sobre un jovencísimo Francisco de Asis que más o menos hacía en Italia como los herejes por doquier en toda Europa, abominar del boato y los dispendios romanos, criticar la relajación de las costumbres de los clérigos y afear la ambición ilícita y criminal de muchos eclesiásticos. Pero Francisco se quejaba en nombre de Jesucristo tal como lo adoraban los buenos católicos y, por lo tanto, tenía que actuar inspirado por el Espíritu Santo y no podía ser considerado ni remotamente como un hereje. La de Francisco de Asís era muy buena idea, muy astuta idea. Seguir fiel al papa y respetar todas sus normas con mansedumbre y sin discusión, pero contrarrestar el mensaje infame de los herejes alabando la pobreza de Jesús y sus apóstoles y propugnando la vuelta a la sencillez natural de las cosas, tanto en la vida como en los rituales eclesiásticos. Los diezmos, canonjías, privilegios y tasas eclesiales tenían que ser revisados recordando la gratuidad del amor de Dios. Si Dios entregaba su inmenso amor gratis, ninguno de sus religiosos debía cobrar, o cobrar abusivamente, por extender ese amor. Sencillez, Pobreza, Amor, Testimonio, Gratuidad. Ése podía ser el mejor método de vencer la herejía allí donde no pudiera ser extirpada como un tumor maligno. Debía hacer lo mismo que Francisco de Asís. Había que cambiar un poco de sistemas y proceder, para que todo siguiera igual y el poder se mantuviera íntegro en las manos de los clérigos papales.
Comenzó a hablar a todas horas y en todas partes de amor. Repetía sin cesar la frase evangélica: “Un mandamiento nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado”.
Fue diciéndolo por donde pasaba en compañía del obispo de Osma, en Francia, Renania, Flandes y demás; por todos lados oyeron admirados los nobles y eclesiásticos unas palabras que parecían diferir muy poco de los errores que propagaban los herejes a todas horas.
En 1207 comenzó una fase completamente nueva en la existencia de Domingo de Guzmán. Se dio a la predicación y a la vida sencilla y apostólica, reunió acólitos y amigos, incluido su propio obispo, y salió a hablar por campos y ciudades, viviendo de limosna, mendigando, renunciando a riquezas y brillos, despreció la acémila que le había proporcionado el obispo y siguió a pie, descalzo. Se refugiaba donde lo acogían, pues renunció a toda propiedad. Sólo era dueño de la ropa que lo cubría, siempre la misma.
Ese año de 1207 se instaló en Fanjeaux y, muy cerca, fundó un convento donde al principio residieron quince monjes. Creó también una abadía donde se aposentaron religiosos y clérigos muy activos, que se convertirían en los hermanos predicadores, cuyo papel sería capital y determinante cuando se fundó mas tarde la Inquisición. Muy dinámicos e incansable, Domingo de Guzmán hacía todo eso y, además, participaba en coloquios abiertos al vulgo, en los que hacía participar también a cátaros para demostrar sus errores. Como ya quedó consignado, esta clase de debates se celebraron por todas partes aunque no los organizara Domingo. Hubo debates entre católicos y hombres buenos en Carcasona Vefrfeil, Montpelier, Fanjeaux y muchas otras ciudades.
Cuenta la leyenda y, sobre todo, los exegetas romatistas, que un día, cuanto todavía no había materializado el sueño que le llevaría a los altares católicos, un grupo de campesinos los detuvieron en un camino y le preguntaron qué podría hacer él, inerme, si lo atacaban. La supuesta respuesta de Domingo ha pasado a sus anales; aseguran que respondió: “Les rogaría que no me matasen en seguida, de un garrotazo, sino que me desgarrasen miembro a miembro para prolongar el martirio; quisiera ser como un tronco sin ramas, con los ojos arrancados, nadar en mi propia sangre para poder con todo ello ganarme en el cielo la más digna corona de martirio”.
Obsesionado Domingo de Guzmán por combatir las herejías, imitó cuanto pudo a los herejes. Y decidió que había que fundar una orden que, en esencia, predicaría y haría exactamente lo mismo que los herejes. Una orden de predicadores dedicados a recorrer aldeas y poblaciones pregonando su nueva tradicional. Predicarían a un tiempo la fidelidad a los mensajes de pobreza y generosidad de Cristo y sus apóstoles, sin dejar por ello de respetar y acatar los mandatos y leyes del papa. Como se dio cuenta de que los herejes hablaban con sentido y basándose en argumentos poco discutibles, buscó un importante teólogo que impartiera clase a su comunidad, para que fueran buenos e indiscutibles predicadores que dijeran cosas que los incultos oyentes no pudieran rebatir. A fin de convencer, los predicadores de su orden debían ser primero excelentes alumnos para poder convertirse en maestros respetados. Tal supuesto llevó a que, a la larga, de su orden emergiera uno de los grandes sabios del catolicismo, Tomás de Aquino.
Viendo el respeto que las mujeres recibían entre los herejes, fundó también una orden de predicadoras, la Orden Dominicana.
Tras algunas dificultades iniciales, Domingo de Guzmán llevó adelante sus proyectos con gran éxito y sus órdenes se extendieron y establecieron por todos lados. A la hora de combatir de manera activa y directa el catarismo, fue llamado por los cruzados y utilizado contra ellos y, llegado el momento culminante, cuando se inventó la Inquisición, fue su orden de predicadores la encargada de llevar adelante el invento y sus métodos.
Métodos que pasarían a la historia como la mayor perversión de los sentimientos y la justicia que haya podido idear el género humano.





Libros y textos cátaros
No han llegado hasta nosotros verdaderos y originales textos cátaros de cuya autenticidad podamos fiarnos. Lo que se puede consultar, pasó entonces por el tamiz calumniador de los vencedores cruzados y los clérigos y fue ampliamente glosado por falsarios al servicio del papado. Si los cátaros habían tenido algo parecido a una biblioteca sagrada, fue quemada y diseminada por los inquisidores dominicos.
Ellos vituperaban el Antiguo Testamento. El Dios vengativo de las sagradas escrituras, el ser inconcebiblemente cruel, que ordenaba parricidios y exterminaba a la humanidad en la Pentépolis o con el Diluvio no era el Dios del Amor y la Luz en el que ellos creían. Ese dios solamente retratado por la historia sagrada sólo podía ser Satanael, el dios terrible, vengativo, cruel, miserable, vigilante, acusador.
Su Dios de Luz se retrataba mejor en un solo evangelio, el espiritualista de San Juan. A Diferencia de la iglesia romana, ellos habían traducido al occitano ese evangelio y lo daban a leer libremente a todo el que sabía que, como suponemos, no eran muchos.
Es un aprócrifo atribuido a San Juan. Escrito de manera muy gráfica y llena de color.
Los seres del más allá se muestran en el texto con pasiones y conductas bastante humanas. Satanael conquista a los demás ángeles convenciéndolos en un debate. Cuando el Dios verdadero descubre que sus ángeles se han correompido seducidos por Satanael, simplemente ordena que les quiten sus luminosas túnicas:
1- Yo, Juan, que soy hermano vuestro y que tengo parte en la aflicción por tener parte también el reino de los cielos, mientras mi cabeza reposaba sobre el pecho de Nuestro Señor Jesucristo, le dije: “Señor, ¿quién es el que te traicionará?”. Y Él me respondió: “El que mete la mano conmigo en el plato. Entonces, Satán `penetró en Judas y éste busca ya la manera de entregarme!”.
2- Y yo le dije: Señor, anytes de que cayese Satanael, ¿en qué lugar de la Gloria se sentaba cerca de tu padre?”. Y Él me respondió: Estaba en la gloria en que regían las virtudes de los cielos. En cuanto a Mí, yo estaba sentado cerca de mi Padre. Satanael era quien ordenaba a todos los que imitan al Padre y su poder descendía desde el cielo hasta los infiernos y volvía a subir de los infiernos hasta el trono del Padre invisible. Y Él observaba la gloria de Aquel que conmueve los cielos. Y Él deseaba colocar su trono sobre las nubes de los cielos, porque quería ser semejante al Altísimo.”. Y habiendo descendido al aire, dijo al ángel del aire. “Ábreme las puertas del aires”. Y el ángel le abrió las puertas del aire. Y continuando su camino hacia abajo, encontró al ángel que guardaba las aguas y le dijo: “Ábreme las puertas de las aguas”; y el ángel se las abrió. Siguiendo adelante, encontró toda la faz de la tierra cubierta por las aguas. Llegó a la tierra y vio dos peces que estaban acostados por encima de las aguas: eran como dos bueyes unidos juntos para labrar, y por orden del Padre invisible, guardaban toda la tierra, desde Poniente a Oriente. Habiendo descendido aún más abajo, se encontró en presencia de las nubes que ponen su peso sobre las olas del mar para retenerlas. Siguiendo su descenso, llegó hasta el principio del fuego. Despues no pudo bajar más abajo ya causa de las llamas del fuegoo ardiente. Stanael regresó entonces y llegó de malicia su corazón, y dirigiéndose al ángel del Aire, el que estaba por encima de las aguas, le dijo: “Todas las cosas me pertenecen. Si me escuchas, pondré mi trono sobre las nubes y seré parecido al Altísimo; retiraré las aguas de este firmamento superior y reuniré todos los demás lugares ocupados por el mar; hecho eso, no habrá más agua sobre la faz de toda la tierra y reinaré contigo por los siglos de los siglos. Diciendo esto, Satanael subió hacia los otros ángeles hasta el quinto cielo, y a cada uno de ellos les habló de esta manera: “¿Qué debes a tu maestro? –cien medidas de trigo” le respondió uno. “Toma una pluma y tinta, le dijo, y escribe cuarenta” y decía a los otros “¿Y tú, qué le debes a tu Señor?” –cien jarras de aceite-, le respondió. “Siéntate, le decía Satanael y escribe cincuenta”. Y subió a todos los cielos y con tales palabras seducía a los ángeles del Padre invisible hasta el quinto cielo.
El relato sigue por el estilo. Como se ve, hacían los cátaros como todas las demás religiones de la antigüedad, retratar a sus seres superiores en términos completamente humanos y con ejemplos que todos podían comprender. Contrariamente, la iglesia católica se había instalado en el “misterio insondable”, porque ellos situaban los misterios de la fe en el conocimiento de sólo unos pocos bendecidos por su jerarquía. También entre los cátaros eran pocos, pero por su propia idiosincrasia y proceder. Eran realmente pocos los que llegaban a ser revestidos, porque, al parecer, era dificilísimo alcanzar el estado y el compromiso que exigían para ortorgar el consolament.








Felipe Augusto. Felipe II. Los francos imperialistas.
Felipe II, Felipe Augusto, fue el rey de Francia fundamental en la tragedia de los cátaros. Nació el 22 de Agosto de 1165 y murió el 14 de Julio de 1223. Era hijo de Luis VII.
En 1219 había muerto ya el papa Inocencio III, Raimundo VII había sucedido a su padre al frente del condado de Tolosa y los occitanos lo miraban con grandes esperanzas. El sucesor de Inocencio III, Honorio IV, continuó la política de su antecesor de tierra quemada contra los cátaros. El hijo de Simón de Montfor, Amaury (como el obispo sádico) intentaba imitar a su padre al frente de la cruzada franco-papal. Pero fracasó con demasiada frecuencia y se dedicó preferentemente a intrigar ante Felipe Augusto para que se le permitiera emprender una segunda cruzada a su manera. Expresó ante el rey una ambición que sabía coincidente con la de Felipe Augusto, apoderarse del Languedoc.
Hacia 1219 Amaury Montfort en compañía del hijo de Felipe II, Luis, en quien su padre había delegado el gobierno. Con ellos, y con el ánimo muy belicoso, iban veinte obispos, un montón de pequeños nobles franceses, varios centenares de caballeros y más de diez mil soldados. Entonces, la iglesia romana había excomulgado ya también a Raimundo VII, como hiciera con su padre, con objeto de marcar otra vez como cruzada toda expedición que se emprendiera contra él. El grupo se encaminó hacia Marmande, una ciudad de cinco mil habitantes. Tal como actuaron, se supone que deseaban causar el mismo efecto de terror que produjo Beziers en el Languedoc durante años. Tomaron la ciudad sin dificultad ni resistencia y perdonaron la vida a su señor, el conde de Astarac, pero toda la población fue exterminada sin ninguna clase de piedad. Niños, ancianos, mujeres y hombres fueron obligados a desnudarse del todo y de tal guisa fueron atravesados con espadas uno a uno. Dispersaron sus entrañas por el suelo. Al final, incendiaron la ciudad.
Lógicamente, causaron un estremecimiento de horror pero no amilanaron como se proponían. Era patente el deseo de intimidar, pero no tuvieron el esperado éxito en imitación de Beziers. Los apenados occitanos se habían curtido de sobra en el dolor y estaban acostumbrados a los desmanes de los franceses. Cuando el ejército de Luis y Amaury Monfort se presentó en Tolosa, les sorprendió una ciudad perfectamente organizada, con las fortificaciones muy sólidamente armadas. Luis dio orden de asaltar, pero no ocurrió nada. La ciudad de Raimundo se defendió con orden y determinación. Presintiendo el fracaso y el enfado de su padre, y como Amaury no era santo de su devoción, el hijo de Felipe Augusto dio la espantá, levantó el sitio y se fue.
Amaury no quería darse cuenta y creyó que podía ir adelante, pero la corona francesa había sufrido un grave quebranto de sus ambiciones. Toda Occitania celebró el éxito de Tolosa y reconoció la supremacía y el liderazgo de Raimundo VII. Exhibieron la sensación de no temer a Felipe Augusto.
Aseguraban sus exegetas que Felipe Augusto se curó milagrosamente de una grave enfermedad cuando su padre Luis VII peregrinó a la tumba de Becket. Probablemente, es uno de tantos cuentos que se inventaban en la Edad Media para glorificar a determinados poderosos. Felipe Augusto sucedió a Luis en el trono el 18 de septiembre de 1180. Se casó con Isabel, sobrina del Conde de Flandes. Varias componendas de conquista regional, las guerras con Inglaterra y otras campañas aumentaron mucho su poder y pretendió a partir de entonces la creación del mayor imperio en Europa. Su guerra con Enrique II de Inglaterra y los hijos de ese monarca, Enrique, Ricardo, y Juan, llevaron al tratado de Azay-sur-Cher en 1189, que reforzó su poder poder en el centro-norte de Francia. La pelea dinástica con los Plantagenet fue asimismo una de las claves de la política de Felipe II.
Ricardo Corazón de León mantuvo unas relaciones amigables con Felipe Augusto cuando llegó a ser rey de Inglaterra. Juntos organizaron la tercera cruzada a Tierra Santa; pero luego de una disputa en Palestina, a su retorno Felipe II acusó a Ricardo de haber pretendido envenenarlo. Como éste atendió en Sicilia las reivindicaciones de Tancredo en contra del emperador Enrique VI, este último resolvió vengarse. Al retornar de la cruzada, Ricardo fue apresado por el duque de Austria, quien lo entregó a Enrique VI, que lo encerró. Felipe II envió al arzobispo de Reims, para solicitar que le fuera entregado como su prisionero. Viendo que podía lucrarse, Felipe logró un acuerdo con Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo. Normandía le fue entregada mediante un tratado secreto, y Juan se reconoció como vasallo de Felipe. Pero, cuando Ricardo fue liberado por Enrique VI, Juan Sin Tierra se reconcilió con su hermano y se inició un diferendo interminable entre Ricardo y Felipe II. El 13 de Enero de 1199, Inocencio III les exigió una tregua; poco después murió Ricardo.
A Ricardo lo sucedió Juan. A partir de entonces, Felipe defendió en contra de éste las reclamaciones del joven Arturo de Bretaña y luego las de Hugo de Lusignan, conde de La Marche, cuya prometida había sido secuestrada por Juan. La trifulgas de Felipe y Juan, interrumpida por las treguas impuestas por los legados papales, llegaron a ser grandes guerras nacionales, y en 1206, Juan perdió sus feudos en el centro de Francia. En algunas ocasiones Felipe se enfadó con las intervenciones pontificias entre Francia y los Plantagenet; pero, el prestigio, y sobre todo el poder, de Inocencio III le forzó a aceptarlas.
Como vemos, casi toda maldad y traición era imaginable entre los señores de la guerra del Medioevo. No debería extrañarnos mucho que el papa, al fin y al cabo un señor feudal, cometiera tantas atrocidades y fuese tan fiero con todo el que se le oponía. Sin embargo, el reconocimiento de la crueldad con que Felipe Augusto sentó los fundamentos del estado francés y la ferocidad papal de la época carece de cualquier posibilidad de medirse con la persecución, acoso y martirio de los cátaros.
Complicadísimas dificultades se dieron entre Felipe y los papas, a causa de la tenacidad con que Inocencio III defendía la indisolubilidad de los matrimonios reales. En 1190 Felipe perdió a su esposa, Isabel, con quien se había casado para heredar Artois, y en 1193 se desposó con Ingeburga, hermana de Canuto VI, Rey de Dinamarca. Auiso repudiarla en seguida, y una asamblea de barones y obispos complacientes pronunciaron el divorcio, pero Ingeburga apeló a Roma. A pesar de las amonestaciones, Felipe se casó con Ana de Méran, hija de un noble bávaro; Inocencio III le conminó para repudiar a Ana y volver donde Ingeburga; y cuando el rey se negó, el delegado papal, Pedro de Capua, colocó a Felipe en un interdicto (1198); la mayoría de los obispos rechazaron publicar la sentencia. Los obispos de París y Senlis, que la publicaron, fueron castigados mediante la confiscación de sus bienes. Después de nueve meses Felipe aparentó ceder, fingió la reconciliación con Ingeburga, primero ante el delegado papal, y luego en el Concilio de Soissons, pero no se deshizo de Ana de Méran, que murió en Agosto; Inocencio III consintió en legitimar los dos hijos que ésta había tenido con el rey, pero Felipe insistía en que Roma debía declarar su divorcio de Ingeburga, a quien él había encarcelado en Etampes. Roma rehusó y Felipe destituyó al delegado papal en 1209; en 1212 renovó sus empecinados intentos de divorciarse, esta vez con el delegado papal Roberto de Courçon. Posteriormente, en 1213, necesitando la ayuda del papa y del Rey de Dinamarca, repentinamente repuso a Ingeburga en su posición de Reina.
A despecho de amores, sentimientos, pasiones y demás, Felipe hizo siempre lo que más convenía al aumento y consolidación de su poder y la extensión de su imperio.
Otra cuestión que causó discordia entre Felipe II e Inocencio III fue lo referente a Alemania. Otón de Brunswick, a quien Inocencio III pretendía convertir en emperador, era el sobrino de Ricardo y Juan Sin Tierra. Esto fue razón suficiente para que Felipe interviniera a favor de Felipe de Suabia. Estos últimos formaron una alianza en Junio de 1198, y cuando Felipe de Suabia fue asesinado en 1205, Felipe II presentó como candidato a Enrique de Bravante. Sin embargo, la totalidad de Alemania se unió a Otón de Brunswick y fue nombrado Emperador como Otón IV. En 1209 Felipe temió que el nuevo Emperador invadiese Francia. Otón IV se peleó con Inocencio III y fue excomulgado, y el papa, en un movimiento inesperado, llamó a Felipe por auxilios y tropas en contra de Otón. Los dos acordaron elegir como Emperador a Federico de Hohenstaufen, el futuro Federico II. A éste, Felipe le dio 20.000,00 marcos para sufragar los costos de su elección. De esta forma se inauguró la política por la cual Francia se entrometía en los negocios de Alemania, y por primera vez, el rey francés reclamó, una voz para la elección imperial semejante a la del papa.
El acuerdo establecido entre Inocencio III y Felipe II, respecto a los negocios de Alemania, posteriormente se extendió a Inglaterra. Durante todo su reinado Felipe soñó con una posesión en Inglaterra. En una fecha tan temprana como 1209, él había negociado ya con los barones Ingleses hostiles a Juan Sin Tierra, y en 1212 con los Irlandeses y con los Galeses.
Cuando Juan Sin Tierra persiguió cruelmente al un obispo inglés que, a su pesar, había reconocido a Esteban Langton como Arzobispo de Canterbury, Inocencio III en 1212 colocó a Inglaterra bajo un interdicto, y su legado, Pandolfo, declaró que Juan Sin Tierra había perdido el trono. Posteriormente, Felipe, que acogió en su corte todos los exilados de Inglaterra, consintió en ir a dicho país en nombre de Inocencio III, para despojar de la corona a Juan Sin Tierra. Ella debía ser dada a su hijo, el futuro Luis VIII. En Mayo 22 de 1213, el cuerpo expedicionario francés fue a embarcarse en Gravelines, cuando supo de la reconciliación de Juan Sin Tierra y Roma, convirtiéndose, unos pocos meses después, en vasallo del Papa. De esta forma falló, en la víspera de su realización, el proyecto de invasión de Francia a Inglaterra. Pero el delegado de Inocencio III indujo a Felipe a castigar a Ferrando, Conde de Flandes, quien era el aliado de todos los enemigos del Rey. En la batalla de Bouvines, 27 de Julio de 1214, Ferrando, quien respaldaba a Otón IV, fue tomado prisionero. Esta batalla es mirada como la primera victoria nacionalista de Francia.
Felipe II, afirmando que tenía a ambos lados dos grandes y terribles leones, Otón y Juan, se excusó en varias ocasiones de tomar parte en la cruzada en contra de los cátaros. Permitió que su hijo Luis hiciese dos expediciones al interior del Languedoc para apoyar a Simón de Montfort en 1215, y a Amauri de Montfort en 1219; de nuevo en 1222, envió a éste último personaje, 200 caballeros y diez mil soldados de a pie, bajo el Arzobispo de Bourges y el Conde de La Marche, previendo que la monarquía francesa se beneficiaría con la derrota de los Albigenses.
El reinado de Felipe II se caracterizó por un gigantesco avance de la monarquía francesa; antes de su tiempo, el Rey de Francia reinaba sólo sobre la Île de France y Berri, sin comunicación con el mar. A este patrimonio, Felipe II sumó Artois, Amienois, Valois, Vernandois, una gran parte de Beauvaisis, Normandía, Maine, Anjou, Touraine, y una parte de Poitou y Saintonge. Sus ministriles y senescales establecieron firmemente el poder real en esas regiones. París se convirtió en una ciudad fortificada y atrajo a su universidad estudiantes de esos lugares. Gracias a las posesiones de Dieppe, Rouen, y ciertas partes de Saintonge, la monarquía francesa se convirtió en una potencia marítima y comercial; Felipe II invitó a mercaderes extranjeros a Francia. Flandes, Ponthieu y Auvergne se convirtieron en estados feudales dominados, supervisados por loas agentes del Rey. Ejerció una especie de protectorado sobre Champagne y Borgoña. Bretaña estaba en las manos de Pedro de Dreux, un descendiente de la nueva rama de los Capeto. M. Luchaire dice: “La Historia no presenta, tan a menudo, cambios tan rápidos y completos en la fortuna de un Estado”
Felipe Augusto no intervino en apariencia en las elecciones episcopales. En Normandía, donde los Plantagenet habían asumido la costumbre de postular los obispos, no continuó su ejemplo. Guillermo el Bretón, en su poema sobre Felipe, le hace decir: “Dejo a los hombres de Dios, las cosas que pertenecen al servicio de Dios”. Favoreció la emancipación de las comunas, que deseaban la igualdad con las clases medias de los distritos que anexó. A menudo exigió un impuesto a cambio de los estatutos comunales, pero no les permitió a las comunas infringir la propiedad de los clérigos, o el derecho episcopal de jurisdicción. En Noyen, intervino formalmente en representación del Obispo, quien era amenazado por la comuna. Inició una campaña en defensa de los obispos y abades, en contra de ciertos señores feudales a quien deseaba humillar o debilitar. En 1180, antes de ser Rey, emprendió una expedición en Berri para castigar al Lord de Charenton, enemigo de los monjes, y en la Borgoña, donde el Conde de Chalán y el Lord de Beaujeu perseguían a la Iglesia. En 1186, debido a la queja de los monjes, tomó posesión de Chatillon sur Seine, en el Ducado de Borgoña, y forzó al Duque a reparar los errores cometidos en contra de la Iglesia. En 1210 envió tropas para proteger al Obispo de Clermont, quien era amenazado por el Conde de Auvergne.
Pero por otro lado, en virtud de la preponderancia que deseaba la realeza tuviese sobre el feudalismo, demandó de los obispos y abades el cumplimiento de todos sus deberes feudales, incluyendo el servicio militar. Aunque en ciertos territorios él era vasallo de los obispos de Picardía, rehusó rendirles tributo. Sin embargo, declaró con respeto ante Manasses, Obispo de Orleáns, que la corte real tenía derecho a juzgar en todos los juicios de los obispos, e hizo causa común con el criterio feudal, en las discusiones sin fin referentes a la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos, que al principio del siglo trece estaban dispuestos a extender su jurisdicción. Una disposición emitida hacia 1205, a instancias del Rey, aplicada en Normandía y tal vez en todas partes, estipulaba que en ciertas causas, los jueces podían arrestar y tratar como culpables a los clérigos, que el derecho de asilo en los edificios religiosos debería ser limitado, que la Iglesia no podía excomulgar a quienes comerciaban en domingo o mantenían comunicación o relaciones sexuales con los judíos, y que los ciudadanos con varios hijos, no deberían dar más de la mitad de sus bienes a aquel que fuera clérigo. Finalmente, impuso sobre la clerecía pesadas cargas financieras. Fue el primer Rey que se empeñó en exigir a los clérigos el pago al él, de un décimo de sus entradas. En 1188 el Archidiácono Pedro de Blois derrotó sus reclamos, pero en 1215 y 1218 Felipe los renovó, y la clerecía se los aceptó en diversos grados.
Felipe, sin embargo, era piadoso a su manera, y en las advertencias que San Luis dio a su hijo, dijo que Felipe a causa de la “Bondad y Misericordia de Dios, mas bien perdería su trono que disputar con los sirvientes de la Santa Iglesia” de esta forma la reputación dejada por Felipe II fue muy diferente a la de Felipe IV, o la de Federico II de Alemania; nunca mantuvo con la Iglesia una política de engaños o de humillantes discusiones, al contrario, la miró como su colaboradora como fundamento de la unidad francesa.







1229.
La Inquisición
Los cátaros no habían podido ser erradicados con los desmanes de la cruzada ni con varios decenios de ataques, matanzas, quemas e intrigas. Todo eso, más bien los había revestido de un aura de cierta magia; ni el martirio los eliminaba. Habían ido perdiendo apoyos de los aristócratas acogotados, pero seguían siendo protegidos, alimentados y alentados por los campesinos y la gente humilde, y se habían establecido a duras penas unos flujos clandestinos que les hacía perdurar.
El papa y sus furias desatadas se vieron obligados a inventar expresamente para los cátaros la Inquisición.
Se trata de un engendro tan horrendo y criminal, que no suele hablarse de quien verdaderamente pudo idearla intelectualmente. Nació bajo el papado declinante de Inocencio III , Domingo de Guzmán y su orden fueron sus principales animadores, y se ideó como forma de buscar y perseguir a los “herejes” del Languedoc. Iban a por ellos con todos los medios. Ya no se trataba, como antaño, de juzgar a quien fuera denunciado por conductas u opiniones contrarias a la Iglesia. A partir del siniestro invento, se trataba de ir a buscarlos y hasta cazar a inocentes mediante calumnias y falsedades, y exigir pruebas de fidelidad aunque no mediasen denuncias.
Por lo tanto, la misión de la Inquisición era localizar, procesar y condenar a las personas culpables de las disidencias que denominaban herejía. Antaño, la pena normal por herejía era la excomunión, pero desde que toda la parafernalia y la curia del Imperio Romano se perpetuó en la Iglesia Católica, siendo por tanto la ya religión oficial de un imperio, la herejía podía ser considerada insubordinación y rebeldía. Enemigos del estado y de lo establecido.
Ha quedado en la memoria acomplejada, influenciable y condicionada de algunos cronistas mediocres como cuestión española, siendo la verdad que no se instituyó en el reino de España hasta los Reyes Católicos, dos siglos y medio después de su invención, en 1478. Esta versión castellana de la Inquisición tenía que ocuparse de los “marranos” (los judíos conversos, ya sabemos cómo). A partir de 1502, la emprendió también contra los conversos islámicos. Sobre 1520 se lanzó contra los sospechosos de protestantismo. Esta Inquisición española era independiente de la otra; dependía del poder real porque el papado fue obligado a no meterse. Fue por consiguiente más un instrumento político, que la Leyenda Negra vituperaría hasta el punto de convencer a españoles poco informados. Se puede decir que tenía poco de religioso. A pesar de ellos, los predicadores de Domingo de Guzmán siguieron siendo sus jueces y verdugos.
Había una especie de consejo rector, teóricamente atemperador, pero la crueldad de la Inquisición española fue semejante a la de la europea medieval.
Algunos de los Inquisidores, como Torquemada, asesinaron arbitrariamente a miles de ciudadanos inocentes.
Hubo también Inquisición en los virreinatos americanos, donde se ocuparon más de los ritos animistas que de algo parecido a la herejía. También fue llevada a Flandes cuando era español, así como a Nápoles, Sicilia y Milanesado.
Para los españoles acomplejados que se dejan culpabilizar por los prejuicios interesados extranjeros, conviene recordar que los diversos protestantismos tuvieron tribunales semejantes a la Inquisición española y fueron igual o más represivos y crueles. Como ejemplo, la que armó Calvino en Suiza.
Para satisfacción del género humano, la Inquisición fue suprimida en España en 1843, aunque ya había sido abortado un intento en el mismo sentido que se hizo durante las Cortes de Cádiz en 1812.
Pero el nacimiento verdadero como institución a escala universal se produjo en el siglo XII, en respuesta a la incapacidad eclesial de exterminar a los cátaros, a pesar de la cruzada de Inocencio III.
Ante la inoperancia de los crueles métodos que habían ido siendo empleados para someter a los occitanos y obligar a los cátaros a retractarse, tuvieron que inventar la Inquisición para extender y perpetuar el terror ya que el terror de Beziers y semejantes era siempre pasajero.
Como organismo con todos los sellos papales no se constituyó hasta 1231, bajo el papado de Gregorio IX, pero llevaba al menos quince años funcionando activamente, en manos de domingo de Guzmán y sus predicadores. Con ellos excusó el papa la misión de los obispos en materia de pureza ortodoxa de la fe.
Los dominicos, y en menor medida los franciscanos, dominaron la Inquisición durante toda su historia y desde el comienzo. Actuaban directamente a las órdenes del papa, al menos en teoría. Poniendo bajo control pontificio el castigo a los herejes, Gregorio IX evitaba que los monarcas, y expresamente Federico II, emperador del Sacro Imperio, pudiera tomar la iniciativa y utilizara la institución con propósitos políticos.
Aunque al principio eran Alemania y el Langedoc (más el reino de Aragón) sus escenarios y objetivos, la institución cobró poder muy rápidamente en todo el cuerpo eclesial y empezó a extenderse por Europa con objetivos no muy claros. Y perduró.
En el XVI la Inquisición acabó con el científico español Miguel Server, sin que sea posible comprender todavía el porqué. Había nacido en la provincia de Huesca, en los Monegros, en el pueblo de Villanueva de Sigena. Revolucionó el entendimiento de la anatomía y la medicina de su tiempo. Independientemente de la importancia de sus descubrimientos científicos o de su labor como polemista, Miguel Servet sobresale en el recuerdo como mártir de la libertad de pensamiento y de la expresión de las ideas, desafiando a los poderes establecidos.
En una ocasión que iba rumbo a Italia, se ignora por qué causa Servet paró en Ginebra, donde fue identificado en la iglesia donde predicaba el propio Calvino Tras ser detenido y juzgado por hereje (por su negación de la Trinidad y por su defensa del bautismo a la edad adulta), lo condenaron a morir en la hoguera. La sentencia dictada contra él por la Inquisición dice: Contra Miguel Servet del Reino de Aragón, en España: Porque su libro llama a la Trinidad demonio y monstruo de tres cabezas; porque contraría a las Escrituras decir que Jesús Cristo es un hijo de David; y por decir que el bautismo de los pequeños infantes es una obra de la brujería, y por muchos otros puntos y artículos y execrables blasfemias con las que el libro está así dirigido contra Dios y la sagrada doctrina evangélica, para seducir y defraudar a los pobres ignorantes. Por estas y otras razones te condenamos, Miguel Servet, a que te aten y lleven al lugar de Champel, que allí te sujeten a una estaca y te quemen vivo, junto a tu libro manuscrito e impreso, hasta que tu cuerpo quede reducido a cenizas, y así termines tus días para que quedes como ejemplo para otros que quieran cometer lo mismo.
Inclusive el estar prisionero por la Inquisición era tan terrible, que Miguel Servet escribió a sus jueces; "Os suplico que abreviéis estas grandes dilaciones haciéndome pudrir en prisión. Los piojos me comen vivo, mis calzones están hecho guiñapos,y no tengo muda ni más camisas que una hecha jirones..."
El día siguiente, 27 de octubre de 1553, Miguel Servet murió en una pira.
Cuesta mucho imaginar el dolor que puede significar que enciendan debajo de uno un fuego inmenso cuando está todavía vivo. Para poder cumplir con sus cometidos, los inquisidores tenían por fuerza que ser personas patológicamente sádicas, enfermas. No es posible asimilar sus actos si no es considerando esa posible verdad.
Los inquisidores los nombraba directamente el papa y eran titulares de cada tribunal con ayuda de asistentes, amanuenses, notarios, soldados, policías y demás. Estos funcionarios contaban con poderes prácticamente ilimitados; eran tales sus potestades, que hasta podían excomulgar a señores feudales.
Para nuestro pasmo e incredulidad, tuvieron al principio cierto prestigio de justos y misericordiosos, a pesar de que muchos inquisidores fueron acusados ya entonces de crueldades y abusos incalificables. Para que tal opinión fuera posible, habría que identificar el grado de maldad de los métodos alternativos.
Los inquisidores se asentaban en una plaza o local por periodos predeterminados, desde donde mandaban órdenes conminando a que todo culpable de herejía se presentase por su propia iniciativa (¡), espontáneamente. Esos todopoderosos inquisidores podían incoar un proceso contra cualquiera que se les antojara o contra cualquiera cuyas pertenencias ambicionaran.
Si se presentaban por propia voluntad y “confesaban” la herejía, se les imponía penas más benignas que a los que no lo hacían. Concedían un periodo de gracia para efectuar esta confesión voluntaria. El proceso real comenzaba más tarde. Cuando los inquisidores procesaban a una persona supuestamente hereje, el prelado correspondiente publicaba en las iglesias el requerimiento judicial. La policía al servicio de la Inquisición perseguía a los que se negaban a acatar los requerimientos y se anulaba para ellos el derecho eclesial de asilo. .Se entregaba a los acusados una relación de cargos. Al principio, ocultaban el nombre de los acusadores, pero el papa Bonifacio VIII anuló esta práctica. Los acusados eran obligados bajo juramento a responder de todos los cargos y se convertían, de ese modo, en sus propios fiscales. Bastaba el testimonio de dos testigos para considerarlos definitivamente culpables y condenarlos, e incautarse sus bienes, lo que es uno de los aspectos más sórdidos del engendro. Muchos acusados lo fueron sólo por la ambición de un inquisidor de apoderarse de sus títulos o riquezas. .
Los inquisidores disponían de una especie de consejo, integrado por clérigos y laicos, para que les ayudaran a dictar veredictos.
Por si todo eso fuera poco. El 1252 el papa Inocencia IV autorizó practicar la tortura para extraer “confesiones”, que casi siempre eran la búsqueda del fin de sus tormentos. Hasta entonces, la tradición canónica rechazaba ese método.
Las penas para quienes se confesaban o eran declarados culpables por tan forzados medios, se pronunciaban en una ceremonia pública al terminar proceso. Eran los Autos de Fe. El castigo podía consistir en una peregrinación, un azote público, una multa o desplazarse con una cruz a cuestas. .
Todavía en el siglo XIV el engendro se reforzó. Preocupado por la difusión del protestantismo y su penetración en Italia, en 1542 el papa Pablo III hizo caso a reformadores y fundó en Roma la Congregación de la Inquisición, conocida también como la Inquisición romana y el Santo Oficio. Seis cardenales formaron la comisión original, cuyos poderes se extendieron a toda la Iglesia. Realmente, el Santo Oficio era una institución nueva relacionada con la Inquisición medieval sólo por algunos precedentes. Más libre del control episcopal que su predecesora, concibió también su función de forma diferente. Mientras que la Inquisición medieval se había centrado en las herejías que ocasionaban desobediencia pública, el Santo Oficio se preocupó de la ortodoxia teórica.
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El consolament
Los cátaros rechazaban los múltiples sacramentos de la iglesia católica y sólo administraban uno propio, el Consolament. No disponemos de testimonios escritos directos que nos expliquen con claridad en qué consistía ni cómo realizaban el ceremonial y ha llegado a figura en lo misterioso e, inclusive, en lo esotérico. Se sabe de muchos importantes señores del Languedoc que, aún siendo católicos, mantuvieron en su corte, cerca, toda su vida a un revestido cátaro con objeto de que le proporcionarse el consolament en la hora de su muerte.
El único sacramento cátaro y parece que dualista transformaba al que lo recibía, lo convertía en “revestido” y él podría, a su vez, consolar a otros.
Como veremos en el texto reproducido a continuación, los cátaros fiaban mucho a la imposición de manos. A los revestidos se les otorgaba ese derecho, a imitación de Jesús.
Sobre el consolament los cruzados y los clérigos romanistas inventaron toda clase de perversiones. Se dieron tantos inventos sobre el caso, que hasta hoy resulta difícil que podamos llegar a una conclusión. Hay quien le atribuye un sentido sexual y quien lo considera un acto de amor romántico excelso. Como ya hemos visto, los cruzados afirmaban que los cátaros adoraban y cohabitaban con los gatos, de lo que se deduce que, muy probablemente, consideraban que en eso consistía el consolament. Para los cátaros era a la vez bautismo, confirmación y extremaunción, y había que recorrer un largo y trabajoso camino de perfección para hacerse merecedor de recibirlo. Desde luego, no lo podía recibir un niño ni nadie que careciera de criterio, razón y libre albedrío.
Salvo a quien se le administraba en su agonía, era el acto por el que eran recibidos como revestidos los que luego saldrían a predicar.
Varios autores, Jean Blun entre ellos, los describen de modo aproximado (aunque no podamos concederles demasiado crádito), refiriéndose preferentemente al ritual de Lion:
El novicio entra y se arrodilla ante el altar o la mesa. Hay que recordar que no tenían iglesias tal como nosotros las conocemos. Ordenante y aspirante a ordenado hacen su Mejoramiento a fin de borrar todo pecado. El celebrante recita los catorce primeros versículos de San Juan. Después amonesta al neófito:
Pedro, ¿queréis recibir el bautismo espiritual, por el cual se da el Espíritu Santo en la Iglesia de Dios, con la Santa Oración, con la imposición de manos de los “hombres buenos”?. De este bautismo, Nuestro Señor Jesucristo dice en el Evangelio de San Mateo a sus discípulos: “Id y enseñad a todas las naciones, bautizadlas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Instruidlas para observar todo cuanto yo os he ordenado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación de la materia”. Y en el Evangelio de San Marcos dice: Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a todos. El que creyere y fuere bautizado, se salvará, mas el que no creyere se condenará”. En el Evangelio de San Juan dice a Nicodemo: “En verdad te digo que quien no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos”. Y San Juan Bautista habló de este bautismo cuando dijo: “Yo os bautizo en agua con vistas a la penitencia; pero en pos de mí viene otro más fuerte que yo, cuyas sandalias no soy digno de calzar; él os bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego”. Y Jesucristo dice en los Hechos de los Apóstoles: “Porque Juan bautizó en agua, pero vosotros, pasados no muchos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo”. Jesucristo hizo este santo b autismo con la imposición de manos , según lo relata San Lucas, y dijo que sus amigos lo harían, como relata San Marcos: “Pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos se curarán”. Ananías bautizó así a San Pablo cuando se convirtió. Y después Pablo y Bernabé lo hicieron en muchos lugares, y San Pedro y San Juan así lo hicieron con los samaritanos. Porque San Lucas a´si lo relata en los Hechos de los Apóstoles: “Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron cómo había recibido Samaria la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan, los cuales, bajando, oraron sobre ellos para que recibiesen el Espíritu Santo, pues aún no había bajado sobre ninguno de ellos. Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo”. Este santo bautismo por el que se de el Espíritu Santo, la Iglesia de Dios lo ha mantenido desde los Apóstoles hasta nuestros días, se ha transmitido de “hombres buenos” en “hombres buenos”, hasta ahora y lo será hasta el fin del mundo. Y debéis entender que se le ha dado poder a la Iglesia de Dios para atar y desatar, perdonar los pecados y retenerlos, como dice Cristo en el Evangelio de San Juan: “Como me e4nvió mi Padre, así os envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos”. Y en el Evangelio de San Mateo dice a Simón Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos”. En otro pasaje, dice a sus discípulos: “En verdad os digo, cuanto atéis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatéis en la tierra será desatado en el ci3elo. Aún más: os digo en verdad que si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos”. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y en otro lugar: “Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios”.
Hay que hacer un paréntesis para señalar que los cátaros practicaban la imposición de manos. Era un privilegio que sólo tenían, al parecer, los revestidos. Fiándose en esta visión taumatúrgica de Cristo, imponían las manos con la intención de curar y como hemos visto en otras muchas circunstancias, actuaba el efecto placebo y las capacidades ignoratas de la voluntad y la mente, y realmente parecían curar en ocasiones.
El texto ritual de Lion sigue así:
Y en el Evangelio de San Juan, dice: “El que cree en mí, ese hará también las obras que yo hago”. Y en el Evangelio de San Marcos, dice: “A los que creyeren, les acompañarán estas señales: en mi nombre echaran los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieren ponzoña, no les dañarán: pondrán las manos sobre los enfermos, y estos sanarán”. También dice en el Evangelio de San Juan: “Yo os he dado poder para andar sobre serpientes y escorpiones y sobre todo poder enemigo, y nada os dañará”. Si queréis recibir este poder y esta potestad, es necesario que guadéis los mandamientos de Cristo y del Nuevo Testamento según vuestro poder. Y sabed que ha ordenado que el hombre no cometa ni adulterio ni homicidio, ni mentira: que no haga ningún juramento, que no hurte ni robe, que no haga a los demás lo que no quiere que le hagan a él mismo, y que el hombre perdone a quien le hace mal, que ame a sus enemigos, y que ruegue por sus calumniadores…
Aquí hay que señalar que algunos testigos de la época retratan a los revestidos y puros en general yendo a las piras donde morirían rezando por sus verdugos.
…y por sus acusadores y los bendiga. Si se le golpea sobre una mejilla, pone la otra, y si se le quita la túnica, que deje también el manto; que no juzgue ni condene, y muchos otros mandamientos que han sido dados por el Señor a su Iglesia. Es necesario igualmente que odiéis este mundo y sus obras, así como las cosas que le pertenecen. Porque San Juan dice en su Primera Epístola: “Carísimos, no améis al mundo, no está en la caridad del Padre, porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no viene del Padre, sino que procede del mundo, y el mundo pasa, y también los concupiscencias; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”. Y Cristo dice a las naciones: “El mundo no puede aborreceros a vosotros, pero a mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas”. Está escrito en el libro de Salomón: “ He observado cuanto sucede bajo el sol, y he visto que todo es vanidad y atrapar vientos”. Y Judas, hermano de Santiago, dice para nuestra enseñanza en la Epístola: “Odiad esa túnica manchada que es carnal”. A través de estos testimonios y de muchos otros, debéis odiar el mundo. Y si lo hacéis bien hasta el final, tenemos la esperanza de que vuestra alma tenga vida eterna.
Tras el discurso del oficiante seguían diversos rituales y promesas por parte del aspirante a revestido. Juraba ser vegetariano, no mataría ni animal ni hombre, rezar determinados rezos siempre que fueran a hacer algo, etcétera. Se les pedía tanto, que en realidad no eran muchos los que llegaban al acto del consolament.




1234
El terror interminable
Una mirada somera a las peripecias de los cátaros, principalmente los del Languedoc, deja la impresión de que su historia es la del terror interminable. Nunca dejaron de estar expuestos al terror, inclusive antes de organizarse más o menos como una comunidad coherente.
En 1234 ya llevaba la Inquisición instituida oficialmente varios años.
Las quemas se habían convertido en sucesos cotidianos. Hechos como los de Bran o Beziers ya no horrorizaban, por su cotidaneidad.
La gente común reaccionaba a veces, como cuando el pueblo saqueó el convento de los dominicos (los protagonistas de la Inquisición) en Narbona. Pero eran hechos muy infrecuentes, porque el terror perseguía con saña, martirizaba y exterminaba la disidencia, se aliaba hasta con los malvados más malvados de la época con tal de que declararan de boquilla, pero públicamente, su lealtad al papa.
Así nació un proceder que puede observarse hasta en nuestros días. La iglesia romana condena el escándalo como uno de los pecados mayores. Si se peca, si se realizan barbaridades, hay que hacerlo muy discretamente. Un padre de familia puede ser pederasta, pero lo que le interesa a su iglesia es que nadie se entere. En cambio, si un homosexual tiene la valentía de reconocer públicamente que lo es, para la iglesiaconstituye escándalo y es, por tanto, reprobable. La hipocresía institucional, que es llamada reserva, discreción y demás, es la característica que más distingue a los clérigos y la curia papal. Se puede estafar bancos, robar, organizar cadenas fraudulentas; se puede cohabitar con la mujer del jefe de la guardia suiza y con su marido, y matar a éste. Pero la cuestión importante es que no se sepa. No se puede asombrar a nadie con tales barbaridades.
La hipocresía y la reserva pueden aminorar los mayores horrores. El sentido hipócrita de la moral que ha extendido, por ejemplo, el perdón de los pecados de la confesión es una de las mayores lacras de nuestra sociedad actual. Un poderoso, por ejemplo un gran hombre de empresa, puede comulgar todos los días según esa moral, aunque cuando llegue a su despacho cometa las mayores atrocidades e injusticias, despida a ancianitas enfermas o a padres de familia numerosa, en nombre del éxito de su empresa. Ni siquiera sentirá la culpa y aunque creyese que todo eso es pecado, tampoco se inquietaría porque “cuando me confiese, me perdonarán”.
En nombre de ese perdón de los pecados obtenidos con el acto de confesarse, el horror continúa. Son cometidas arbitrariedades y agresiones terribles por parte de personas que se declaran muy buenos católicos, practicantes, de comunión diaria. Las atrocidades no les crean el menor sentimiento de culpa, porque bastará arrodillarse ante el confesor para que todo le sea perdonado.








20- 1240. Trencavel tenaz.


Esclarmonde
Las más antiguas tradiciones aseguran que una fabulosa esmeralda de luz se desprendió de la frente de Lucifer. Posteriormente, la tradicion se cristianizaría, transformando la Piedra en la Copa Sagrada de Jesús. Estas dos leyendas se hicieron realidad en el legendario castillo de Montsegur y siete siglos más tarde, los nazis entrarían a formar parte del mito del Santo Grial, buscándolo en suelo cátaro.
31 de diciembre de 1999. 22 horas. Montsegur
Iniciamos el difícil ascenso a la montaña sagrada por primera vez. La oscuridad nos rodea en medio de una noche cerrada de frío invierno. Apenas podemos advertir, a través de la débil luz de nuestras linternas, las placas de hielo y nieve que pisamos. Avanzamos a ciegas, ignorantes de los desfiladeros que se encuentran en cada recodo del camino. Finalmente, logramos llegar a la cumbre donde se encuentra el castillo del Grial: Montsegur.
Accedemos a su interior en el más absoluto silencio. De pronto, unas sombras parecen acercarse hacia nosotros, mientras unos enormes perros rompen la tranquilidad del lugar con unos amenazadores ladridos. Una vez normalizada la situación, descubrimos que varios grupos de alemanes y franceses se disponen a celebrar la llegada del año nuevo de una manera muy especial. Sobre la media noche se reúnen en una zona del castillo formando un circulo que iluminan con una gran cantidad de velas, a la vez que comienzan a entonar una especie de extraños cánticos. Seguramente, algo parecido ocurrió 750 años antes cuando los últimos cataros y caballeros del grial defendieron el lugar del asedio de Roma.
Caída de Montsegur: La agonía de los hombres puros
"Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz", San Juan XII, 36, 46
Hacia el año 1200 existía en el Languedoc (sudeste de Francia) una extraña corriente religiosa. Sus seguidores eran llamados cátaros u hombres buenos. Fundamentalmente maniqueistas, creían que el mundo se dividía en dos corrientes opuestas: La del bien y la del mal. A pesar de pertenecer a la Iglesia de Roma, no creían en la muerte de Jesús a manos de los romanos, por ello nunca usaron el símbolo de la cruz.
Los sacerdotes del movimiento cátaro eran denominados los perfectos u hombres puros. Con sus largos trajes negros, recorrían los caminos por parejas ayudando a todo el que se lo pidiera, tanto en las labores del campo como a nivel espiritual. Para esto último, llevaban siempre una copia del Evangelio de San Juan, el único auténtico para ellos. Con esa filosofía de vida, unida a su austeridad y total desapego de las riquezas materiales, se ganaron grandes simpatías, tanto de los caballeros y nobles como del pueblo llano, donde eran aceptados plenamente.
En el mundo de opresión, injusticias y sufrimientos de la baja Edad Media, su atractiva filosofía liberadora pronto se propagó a casi toda Europa, contando con miles de adeptos en Francia, Alemania, el norte de Italia y España, lo que preocupó seriamente al poder en Roma. Si a esto unimos el que se dieran a conocer algunas de sus más profundas creencias, como la de que Lucifer, el portador de luz al que ellos llamaban Luzbel, era un ser benefactor para el hombre, tenemos los motivos por los que el papa Inocencio III los declaró secta herética.
Así, en enero de 1208 comienza la cruzada albigense, el asedio y genocidio de los más importantes enclaves cataros. Para ello el Papa contó con el apoyo militar del rey de Francia, Enrique IV. La resistencia cátara fue cayendo ciudad tras ciudad a lo largo de mas de 40 años. Por ejemplo, en el saqueo de Beziers se calcula que en un sólo día fueron pasados a cuchillo y quemados más de siete mil almas entre hombres, mujeres, niños y ancianos. Cuando uno de los cruzados le preguntó al Sumo Pontífice como distinguirían a los herejes de los cristianos, éste respondió: "¡Matadlos a todos, que Dios ya separará a los buenos!".
Finalmente, los últimos hombres puros fueron sitiados en el reducto-fortaleza de Montsegur, en los Pirineos franceses. La montaña de Montsegur, increíblemente escarpada y cortada casi a cuchillo, está coronada en su cima por un castillo que en el año de 1243 era la capital del movimiento herético. Rodeado de precipicios infranqueables, su conquista era casi imposible. Tras diez meses de lucha, en el interior del castillo sobrevivían aún quinientas personas rodeados por 20.000 soldados que esperaban el momento de la rendición.
Los cataros recibieron armas, víveres y dinero provenientes de toda Europa, posiblemente a través una intrincada red de túneles que habían construido en el interior de la montaña. Por esta misma vía salvaron el tesoro cátaro. Según consta hoy en día en las actas de la Inquisición, en 1243 los cataros Pierre Bonet y Matheus fueron los encargados de salvar el tesoro material, consistente en grandes sacos de piedras preciosas y monedas de oro. Entregaron todo al perfecto Pons-Arnaud de Castelverdun, señor de la región del Sabarthes, donde están situadas las cuevas en las que más tarde se refugiarían los últimos cataros.
La noche del 16 de enero de 1244, las hordas del Papa entraron en Montsegur. Se llevaron a todos los ocupantes encadenados montaña abajo hacia un descampado, donde les esperaba una inmensa hoguera. Desde entonces es conocido como el Camp des Cremats (campo de los quemados). Doscientos cinco perfectos y perfectas comenzaron a entonar unos cánticos que no cesaron hasta que el humo y el fuego acabó con sus vidas, según se puede leer en los archivos de la inquisición.
En estos mismos documentos se puede leer como la noche de la caída de Montsegur, cuatro valientes cataros cubiertos de paños de lana se descolgaron mediante cuerdas de la cima de la montaña por la garganta vertical de Lasset (la mas inaccesible de Montsegur), portando con ellos algo de vital importancia. Las actas solo recogen el nombre de tres de ellos: Amiel Alicart, Hugo y Poitevin. Horas mas tarde, y mientras sus hermanos son quemados en la hoguera, un fuego es encendido en la nevada cumbre del monte vecino de Bidorta, tal y como habían pactado. Señal inequívoca de que el tesoro espiritual de la fe cátara estaba a salvo. Pero si el oro y la plata ya habían sido trasladados del castillo hacia casi un año, ¿En que consistía el llamado tesoro espiritual? Quizá se trataba de documentos y del auténtico Evangelio de San Juan que, según algunos historiadores, estaba en poder de los cataros. ¿O Quizás había algo más?
Otto Rahn: El Parsifal del siglo XX
"Cada setecientos años reverdece el laurel", Trovador anónimo del siglo XIII
Para desvelar el misterio que se encontraba tras la leyenda del tesoro cátaro habría que esperar siete siglos. En 1931, un joven alemán de 27 años llamado Otto Rahn llegaba por primera vez al país de los cátaros y a la fortaleza de Montsegur. Tras especializarse en filología e historia medieval en varias universidades alemanas, comenzó a investigar seriamente el tema del catarismo. Pronto se dio cuenta de que estaba muy vinculado con el ciclo de la búsqueda del Grial en la Edad Media. Los historiadores actuales dividen dicho ciclo en cuatro obras que dieron origen al mito: El Perceval de Chretien de Troyes, la Estoire dou Graal de Robert de Boron, el Perlesvaus, y el Parzival de Wolfram von Eschenbach. Todos ellos escritos entre los años 1180 y 1210 que, curiosamente, coinciden con el auge y caída del movimiento cataro en Europa.
Fruto de dichas investigaciones, Rahn desarrolla su tesis doctoral sobre la herejía cátaro-albigense y el poema de Parzival, descubriendo que el texto de Wolfram von Eschenbach representa una versión novelada de auténticos hechos históricos ocurridos en el territorio cataro, además de ser la fuente inicial y más pura que existe sobre el tema del Grial en la Edad Media. Tal y como cuenta Otto Rahn en su libro La Corte de Lucifer, "Wolfram von Eschenbach da el nombre de Parsifal al buscador del Grial... Su traducción al provenzal es Trencavel".
Curiosamente Raimund-Roger Trencavel, vizconde de Carcassonne, era el personaje más importante dentro del catarismo. Además, continua Rahn, "la madre de Trencavel y su hijo se consagraron a la herejía. Rechazaron la cruz como símbolo de la salud. El Grial era, según mis conocimientos obtenidos, el símbolo de la creencia herética que fue depositado en la tierra de los puros, como relata numerosas veces Eschenbach en su poema".
Actualmente, ningún historiador duda de que la verdadera saga del Grial narrada en el poema de Parzival llega a Alemania procedente de Provenza, en el sur de Francia. El propio Eschenbach dice en su poema que un bardo latino, Kyot de Provenza, le transmite la leyenda. Hoy sabemos que, alrededor de fines del siglo XII, estuvo como huésped de la corte de Carcassonne un trovador llamado Guiot de Provins. Este trovador errante, cantaba alabanzas a la noble casa de los Trencavel por su apoyo a los cátaros.
Otto Rahn también descubre que Trencavel es primo de la condesa Esclaramonde de Foix, la dueña del castillo de Montsegur. Ésta se convirtió al catarismo y fue una de las perfectas quemada en la hoguera tras la caída del reducto de Montsegur. Según Rahn, Esclaramonde aparece en el poema de Parzival como la única que puede portar el Grial, ya que es la señora del castillo del Grial, al que se le da el nombre de Muntsalvatsche. Así pues, era evidente que el castillo que albergó la Preciada Reliquia había existido y era Montsegur, el castillo de los cátaros.
Ante estos espectaculares descubrimientos, Rahn se convence de que el famoso tesoro de los cátaros era en realidad el Grial, el cual debía esconderse en alguna de las cuevas cercanas al castillo de Montsegur o bien en alguno de sus pasadizos secretos. En 1931 se desplazó de nuevo a la zona, inspeccionando durante tres largos meses los alrededores del castillo sin éxito alguno. ¿Dónde se encontraba el tesoro?
La respuesta la recibió Rahn de labios de un pastor, que le confíó una antigua leyenda tradicional de la zona, tal y como relata en su libro La Cruzada Contra El Grial. "Cuando todavía se mantenían en pie las murallas de Montsegur, los Puros guardaron en ella el Santo Grial. El castillo estaba en peligro. Las huestes de Lucifer se encontraban ante sus murallas. Ansiaban tener el Grial para volverlo a colocar en la diadema de su príncipe, que cayo a la tierra durante la caída de los ángeles. En estas circunstancias llego del cielo una paloma blanca que abrió en dos el monte Tabor. Esclarmonde, custodia del Grial, lanzo la valiosa reliquia a la montaña, que volvió a cerrarse al recibirla, y así fue salvado el Grial... Cuando los demonios entraron en el castillo ya era demasiado tarde para ellos. Montados en cólera, quemaron a todos los puros en el Camp dels Cremats. Esclaramonde, que se había salvado, subió a la cumbre del Tabor y se convirtió en una paloma blanca regresando a las montañas de Asia".
Las cuevas del Grial
"Sobre un espigón verde esmeralda... una piedra de luz... un objeto llamado grial del mundo supremo ideal", Wolfram von Eschenbach
A pesar de los fracasos iniciales Rahn no se desanimó. En su búsqueda del Grial iba a recibir una inestimable ayuda de varios expertos arqueólogos e intelectuales franceses. El más importante para el fue Antonin Gadal. Éste rápidamente le convenció de que el Grial estaba situado en la zona de las cuevas del Sabarthez. Concretamente había sido custodiado en la gruta de L´Hermitte y en las cuevas de Ornolac, Fontanet y Lombrives (esta última la más grande de Europa). Gadal, que conocía a la perfección la zona, sabia que la tarea era complicada, pues existen innumerables pasadizos y cuevas con kilómetros de laberintos aún por descubrir. Precisamente en ellos se refugiaron los últimos cátaros hasta el siglo XIV.
De los resultados de las expediciones de Rahn a este entramado de cuevas poco se sabe, excepto que descubrió numerosas piezas arqueológicas y grabados de varias épocas, algunos de ellos de indudable origen cátaro y templario que lo conducen a una importante conclusión. Al parecer en la zona han sido custodiados dos Griales distintos. Uno que seria el santo Grial de la tradición cristiana, la copa donde Jesús bebió en la última cena y que fue custodiada por José de Arimatea. El otro seria la piedra Grial, la esmeralda caída de la frente de Lucifer de la que hablan las más antiguas tradiciones religiosas, sobre todo las maniqueístas procedentes de Irán de las que se nutrió el catarismo inicial.
La posibilidad de que el cáliz de la última cena hubiera llegado a suelo cátaro es elevada. Recordemos que el Santo Grial podría formar parte del tesoro de Salomón que los romanos robaron de Jerusalén en el 70 d.C. Posteriormente el rey visigodo Alarico II lo trasladaría a Carcassonna, tras el saqueo de Roma en el 410 d.C. El tesoro, además de importantes reliquias religiosas, estaría formado por miles de monedas de oro y plata de varias épocas, que probablemente fueron las que trasladaron los cátaros a alguna gruta segura un año antes del asedio a Montsegur. Algunos investigadores relacionan este tesoro con el que supuestamente habría descubierto Berenger Saunniere, el famoso párroco del pueblecillo de Rennes le Chateau que se volvió extraordinariamente rico. Rennes se encuentra a escasos kilómetros de las cuevas del Grial.
Pero el Grial que interesaba a Rahn era el más antiguo, el Grial pagano, la Piedra de Luz. Con ella esperaba descubrir también unas losas de piedra o tablillas escritas en extraños caracteres rúnicos. Igualmente, se supone que su procedencia era indoeuropea y oriental. Sus pesquisas se centraron fundamentalmente en dos cuevas llamadas actualmente Fontanet y la Cueva del Eremita. En el poema de Wolfram von Eschenbach, el héroe Parsifal acude a la cueva Fontane la Salvasche, donde vive un eremita que le puede iniciar en los secretos del Grial. Este le conduce a una segunda cueva cercana donde le muestra el "altar sin cubrir, en cuyo centro se encuentra un cofre".
Exactamente en el Sabarthez existe una cueva, que desde tiempos cátaros se le llama Fontanet y exactamente a escasos metros de ella otra cueva llamada del Eremita, que alberga el "altar" donde la tradición asegura que era mostrada la Piedra Grial en las iniciaciones cátaras y templarias del más alto nivel. Dicha Piedra estaba contenida en un cofre que se colocaba en una oquedad de la cueva que aun puede ser observada hoy en día. ¿Encontró Otto Rahn el Grial en alguna de estas dos cuevas?
¿Caballero del Grial o espía nazi?
De regreso a Alemania los acontecimientos se precipitan. Rahn conoce a algunos de los dirigentes más importantes del partido nazi, como Heinrich Himmler y Alfred Rossenberg, que forman parte de la sociedad secreta Thule. El 12 de marzo de 1936, Rahn entra en las SS. Al mismo tiempo, Himmler funda la Ahnenerbe "para llevar estudios científicos de historia antigua". En realidad se trata del departamento de ocultismo de las SS. Financian expediciones e investigaciones de todo tipo, desde expediciones al Tíbet y a la Antártida hasta excavaciones en el Cáucaso.
Se suele decir que el régimen nazi gasto más dinero en los trabajos de la Ahnenerbe que Estados Unidos en la fabricación de la bomba atómica. Por supuesto, el trabajo de Rahn sobre el Grial no pasó desapercibido para ellos. Inmediatamente, financian una expedición al sur de Francia con los medios necesarios. Pero extrañamente sólo permanecen en la zona unos días. Quizás sólo querían supervisar los objetos que Rahn había descubierto en sus anteriores expediciones, a la espera de mejores condiciones para su traslado a Alemania. Recordemos que Alemania invadiría Francia tres años más tarde.
Sin embargo, en su obra La Corte de Lucifer, publicada en 1937, Otto Rahn afirma: "Por siempre recordare el Sabarthes, el Montsegur, el Castillo del Grial y el Grial, que puede haber sido aquel tesoro de los herejes sobre el que leí en los registros de la inquisición. Reconozco públicamente que me hubiera gustado encontrarlo". ¿Acaso fracasó en su objetivo de hallar el tesoro cátaro? Nunca lo sabremos. El 13 de marzo de 1939, Otto Rahn muere practicando la endura (una especie de suicidio cátaro).
Días antes escribía a uno de sus amigos: "Me preocupa muy seriamente mi patria... Yo soy un hombre abierto y tolerante, no puedo ya vivir en mi hermosa patria; ¿En qué se ha convertido?...". Su cuerpo apareció varios días después en las montañas del Wilden Kaiser, totalmente helado y en posición sedente. Su rostro reflejaba una gran paz. Estas informaciones fueron publicadas por el Bolkischer Beobatcher, periódico oficial nazi, en su esquela de defunción.
Sin embargo existen suficientes datos para dudar del fallecimiento de Rahn. En un artículo publicado en mayo de 1979 en la revista alemana Die Welt, se comentaba por primera vez la versión, cada vez mas extendida, de que Rahn vivía e incluso trabajaba para la inteligencia alemana. En los años treinta, y junto con Antonin Gadal, había formado un complejo grupo esotérico con extensiones en Holanda, Francia y Suiza.
Dicho grupo, denominado "La triple alianza de la luz", tenía fundamentos rosacruces, aunque también era utilizado por redes de información dedicadas al espionaje. Actualmente parece bastante claro que después de publicarse la nota de su falsa defunción por toda Alemania, Rahn se hizo una operación de cirugía facial y pasó a llamarse Rudolf Rahn. Trabajó como asesor técnico en las embajadas alemanas de Bagdag e Italia. Murió en 1975 víctima de una afección bronquial.
Los nazis y la última cruzada
Se realizaron más expediciones nazis para tratar de conseguir el tesoro cátaro. En junio de 1943 un grupo de científicos alemanes compuesto de geólogos, historiadores y arqueólogos exploraron y realizaron excavaciones durante más de seis meses en las grutas del pueblo de Ussat y Ornolac. A pesar de llevar las notas que había dejado Otto Rahn con la localización exacta del tesoro, no obtuvieron resultado alguno.
Ante la impaciencia de Himmler por encontrar el Grial, muchos investigadores aseguran que decidió enviar al famoso Otto Skorzeny, el coronel de las SS que con sólo ocho hombres, lideró la increíble operación de rescate de Mussolinni, cuando el líder fascista estaba prisionero por un gran contingente de fuerzas aliadas en un hotel de alta montaña. Esta operación le reportó a Skorzeny una fama legendaria. Si él no encontraba el tesoro de Montsegur, nadie podría hacerlo.
Lo que pudo haber ocurrido en esa operación de búsqueda, que llamaremos "hipótesis Skorzeny", lo dio a conocer el investigador americano Howard Buechner. Según dicha hipótesis, Skorzeny montó un campamento de exploración compuesto por sus mejores hombres de combate, en la base del castillo de Montsegur. Tras visitar rápidamente las grutas de Rahn, llegó a la conclusión de que las expediciones anteriores habían buscado en el sitio equivocado. En su opinión, el tesoro debería estar escondido en un lugar más inaccesible, así que regresó a Montsegur.
Aplicando un criterio estrictamente militar, siguió en línea recta la trayectoria de huida que habrían realizado los cuatro cátaros que escaparon de Montsegur con el tesoro. A varios kilómetros de allí, en una oscura gruta cercana a la montaña sagrada del Tabor, supuestamente hallaron el tesoro. Según Buechner, estaba compuesto de miles de monedas de oro de la época romana y posterior. También existían multitud de reliquias sagradas, algunas procedentes posiblemente del tesoro de Salomón, como un enorme candelabro de siete brazos y varias arcas de madera en muy mal estado recubiertas de oro. Además, entre las reliquias se encontraban doce piedras con caracteres extraños que los expertos no supieron descifrar y una misteriosa copa plateada con una base de esmeralda. La copa estaba rodeada por tres tiras de oro y contenia inscripciones parecidas a las de las piedras.
Desgraciadamente Skorzeny no puede darnos su opinión sobre esta hipotesis, ya que murió en 1975 en su exilio madrileño. Sin embargo, recientes aportaciones han dado validez a muchos datos de esta hipótesis. Buechner asegura que el tesoro cátaro fue trasladado a la torre de Merkers (Alemania), mientras que la Copa Grial fue custodiada y enterrada en los alrededores del castillo de Wewelsburg, la catedral esotérica de las SS. Si todo esto es cierto, los modernos buscadores deberán reorientar sus brújulas hacia estos enclaves. Como vemos la aventura tras el Grial no ha hecho más que comenzar y quien sabe, quizás usted mismo podría convertirse en el próximo protagonista de esta historia.
Montreal-de-Sos: El castillo del Santo Grial
Al igual que existen dos Griales: La Esmeralda de Lucifer y la Copa de Cristo, estos han sido custodiados en dos castillos distintos. El castillo de la Esmeralda, mencionado en el poema de Parzival como ya sabemos, es Montsegur. Por razones que hoy se desconocen, Gadal y Rahn afirman que el castillo del Santo Grial (la Copa de Jesús) corresponde al que actualmente está localizado en el pequeño pueblo de alta montaña de Montreal-de-Sos. Un dato que aporta credibilidad a este argumento, es el hecho de que una de las cuevas que se encuentran en el subsuelo del castillo tiene un panel grabado en la piedra que muestra símbolos del grial junto a una copa y una lanza.
Recordemos que la Santa Lanza, la que uso el centurión romano Longinos para dar muerte a Jesús, se ha asociado siempre al misterio del Santo Grial y al Cáliz Sagrado de la Última Cena. Esta sagrada pieza, denominada la Lanza del Destino, interesó enormemente a los lideres nazis como talismán de poder. Existe una copia de la lanza original en el palacio real del Hofburg en Viena.
El castillo de Montrealp-de-Sos se encuentra en ruinas y fue desmontado piedra a piedra por el rey de Francia Enrique IV. Este monarca hugonote había nacido en la Provenza francesa y su obsesión era hacerse con el Santo Grial, el cáliz de la eterna juventud, del que había oído hablar cuando era joven. Supuestamente, la copa fue puesta a salvo en el cercano monasterio de San Juan de la Peña (Jaca), desde donde fue trasladada temporalmente al monasterio de Montserrat, hasta que encontró su lugar de reposo en la catedral de Valencia, donde se puede contemplar actualmente.


UTILIDADES




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JM Lesta y M Pedrero



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21- 1244 Montsegur. La pira aterradora. XCUIDADO INJERTO
Montségur me llegó al alma desde el primer momento en que se alzó ante mi despavorida mirada su imponente espolón y risco, al que llaman puch y puy los occitanos. Se encuentra en el ‘pays d´Olmes’, junto al río Lasset, muy cerca del valle del río Ariège.
El comendador de Foix había sido críptico conmigo.
-Frey Isarn de Lavelanet acaba de llegar de Montségur. Es miembro de nuestro Círculo y fue el geómetra pitagórico que orientó al maestro de obras Arnaud de Baccalaria en los alineamientos equinocciales y solsticiales a aplicar en la estructura del castillo, en la cima del puch. Hace dos días, por lo que me ha dicho, el señor de Montségur, Raimond de Perelha, ha hospedado en Montségur a varios trovadores de Turingia, entre los cuales se encuentra uno muy especial, Wolfram von Eschembach es su nombre. Fue caballero templario en las cruzadas y ahora, como minnesanger, está escribiendo una obra trascendental para nuestro cometido esotérico: Parzival. Es muy conveniente que, antes de que retornéis a Castilla, os entrevistéis con él y compartáis los conocimientos que tenéis. Él os está esperando puesto que frey Isarn le ha hablado de vos.

Tales palabras levantaron en mi interior un desasosiego tal que inmediatamente emprendí la marcha hacia el cercano puy de Montségur, acompañado por frey Isarn.

Al pie del puch, en unas caballerizas vigiladas por varios hombres de armas dejamos los caballos y emprendimos a pie la subida por un sendero abierto en un bosquecillo de boj, ascenso que aprovechó frey Isarn para contarme algunas leyendas y tradiciones locales.


-Dicen que este puch es un peñasco que lanzó uno de los gigantescos hijos de Gerión. Estaban tan enfadados porque Hércules les había robado el ganado que no se les ocurrió otra cosa que partir montañas y tirar lejos sus trozos. Uno de ellos es este puy de Montségur, que parece alzarse hacia el cielo como si fuera un enorme menhir .

-En Ucero me han contado una historia similar, referida también a Hércules. Frey Jesús de Beratón me dijo en una ocasión que las consejas de su comarca aseguran que el Moncayo es un picachón montañoso con el que Hércules taponó la cueva en la que estaba Caco, que se había apropiado de las vacas que tenía su amada Agripina en Ágreda -recordé.

-Hércules siempre está omnipresente en todos los lugares sagrados, frey Diego, por lo que ambas leyendas nos están indicando que este puch y vuestro Moncayo son enclaves en los que se entrecruzan las energías sutiles del aire con las del subsuelo. Es más, parece ser que hubo un templo druídico dedicado a la diosa del fuego Bélisama, la amada de Belenos, en la cumbre de Montségur. Y allá , enfrente nuestro, en el pico de Saint Barthélémy, se alza ahora una ermita sobre las ruinas de un milenario templo a Abellio o Belenos, el Apolo céltico, donde se sube en romería cada 24 de agosto.

-¡En nuestro convento de San Juan de Otero, en el río Lobos, también hay romería a San Bartolomé el mismo día! -exclamé sorprendido.

-¡Pues sí que es casualidad..! En una de las laderas de Saint Barthélémy están las lagunas del Diablo y de los Druidas, que fueron conocidas por priscilianistas gnósticos -comentó frey Isarn.
Con algunos descansos entre el boj logramos llegar a la puerta del castillo, cuyo trazado, como ya me previno mi compañero, tenía un simbolismo solar iniciático del que muy pocos eran conocedores. Su filiación pitagórica había movido a frey Isarn a plasmar la figura de un pentágono irregular en la configuración del patio de armas, como bien pude apreciar una vez dentro.

Al otro lado del castillo se encontraba la aldea con algunas casas sobre terrazas colgantes, cual si fueran nidos de águilas.


-El clima en esta cúspide no debe ser muy propicio para la salud pues el viento es un azote constante- le dije a frey Isarn.

-Sólo es preocupante en invierno y durante las tormentas, frey Diego. Este castillo ha sido construido a petición de Esclarmonde de Foix y de los bonshomes Raymond Blasquo y Raymond de Mirepoix. Esclarmonde me confesó que tuvo un sueño en el que una paloma con laurel en el pico se posó en el derruido donjon. Del cielo surgió una voz que decía: "Al cap des set cen ans verdegeo el laurel". Como el laurel era el emblema del dios solar Abellio, y la paloma es el símbolo cátaro del Espíritu Santo, Esclarmonde comprendió que había que edificar un castillo-templo para el catarismo con referencias solares. "Cristo es el sol del conocimiento que nos ilumina en este mundo demiúrgico", nos dijo al maestro de obras y a mí. "Quizás algún día sea el estandarte de nuestra causa", señaló con inquitetud.

Caminando habíamos llegado a la torre de homenaje, de la que provenía una tonada y su cantar. Nos acercamos y nos sumamos a los diversos caballeros que estaban escuchando atentamente.

-El trovador es Wolfram von Eschembach, el minnesänger -me advirtió frey Isarn.

Aquel trobar me era conocido en algunas partes pues era similar al román que había oído durante el primer viaje que efectué a Francia formando parte del cortejo nupcial de Blanca de Castilla, quien nos indicó que su creador, Chrétien de Troyes, había pertenecido a la corte de amor de su hermanastra Marie de Champagne, su musa. Perceval o "El Cuento del Graa"l era el nombre de aquel román en el que por vez primera en la literatura europea se hablaba de la existencia de unos caballeros que, errantes por bosques y eriales, protegían a las doncellas, combatían el mal allá donde les llamarán en defensa del bien, y se redimían por el amor de sus damas.

Perceval, el protagonista, entraba en un misterioso palacio y presenciaba como una doncella hermosísima portaba un graal o grial como decimos en Castilla a ciertos recipientes, del que surgía una potentísima luz, pero sin que se dijera en ningún momento qué contenía tal escudilla. Otro caballero, Gavain, sobrino preferido de Artus, el rey Arturo de los trovadores, hablaba de la esposa de éste, Ginebra, de una forma harto extraña, como si fuera casi una diosa. "Desde que se formó la primera mujer de la costilla de Adán, no hubo jamás dama tan famosa", decía. "Mi reina y señora enseña e instruye a todos los vivos. De ella proviene todo el bien del mundo, pues ella es su fuente y su origen. Nadie puede abandonarla sin pena. Sabe lo que cada cual aspira y el medio de agradar a todos, según sus deseos. Todo rango u honor se conquista a los pies de mi dama. Nadie sufrirá más que aquél que parta de su lado, pues llevará la tristeza consigo".

Pero la historia que cantaba ahora Wolfram von Eschembach era distinta en su esencia. El héroe se llamaba Parzival, ‘cortado por medio’, y la escudilla de la luz deslumbrante de Perceval no era un grial sino una piedra mágica por nombre Grâl. Su portadora -contaba el trovador- se llamaba Repanse de Schoye, ‘Dispensadora de Gozo’, y actuaba como de forma regia.

-Apareció la reina -decía en esos momentos Wolfram-. El resplandor que su rostro desprendía hacía creer que amanecía. Iba vestida con una seda de Arabia. Sobre una esmeralda verde portaba la raíz y ramas de lo que se desea en el Paraíso. A esta cosa se le llama Grâl y es superior a toda maravilla terrena. El Grâl era la flor de toda felicidad. Proporcionaba en la tierra tal abundancia de bienes que sus méritos casi igualaban a los que se reconocen en el reino de los Cielos".

El ermitaño Trevrizent, tío de Parzival, le descubría a éste el origen celeste del Grâl con sus propiedades. Yo seguía con gran emoción el relato y de pronto me recorrió por dentro un escalofrío mareante.

Trevrizent le hablaba a Parzival de una guerra celeste entre Lucifer y dios (¿pero cuál, el demiurgo o Dios?). Los ángeles que no quisieron participar en esta batalla fueron los que depositaron el Grâl en la tierra, retornando la mayoría a las estrellas porque eran demasiado puros para morar aquí abajo. Así lo describía Wolfram von Eschembach: "Cuando la Trinidad y Lucifer comenzaron la Guerra, aquellos que no tomaron partido, nobles y leales ángeles, descendieron a la tierra con la Piedra, la que es por siempre incorruptible. Pero esos ángeles, por causa de su misma pura naturaleza, decidieron retornar a los cielos. Sin embargo, algunos de ellos se quedaron aquí para custodiarla. Y esta Piedra llamado Grâl se ha conservado siempre pura".

Seguidamente desvelaba que ahora lo guardaban los "templeisem" (¿los templarios?) en un palacio -que no castillo- en el monte Monsalvage o Munsalvasche, nombres que oía yo por vez primera y que, según el anciano Trevrizent de esta historia, se encontraba en la tierra fronteriza de mi país, entre moros y cristianos.

El román proseguía relatando las propiedades del Grâl: "Todos los alimentos de estos ‘templeisem’ guardianes proceden de una piedra preciosa que, en su esencia, es todo pureza. Si no la conocéis, os daré su nombre: se llama ‘Lapsit exillis’. Y el fénix se consume y se convierte en cenizas por sus cualidades; pero de esas cenizas renace la vida; gracias a esa piedra, el fénix realiza su mutacion en la tierra de Egipto para reaparecer después con todo su resplandor, tan bello como siempre. No hay hombre lo suficientemente enfermo como para que, en presencia de esa piedra, no tenga seguro el escapar de la muerte durante la semana siguiente al día en que la vio. Quien la ve, cesa de envejecer. A partir del día en que esa piedra se les aparece, todas las mujeres y todos los hombres recuperan la apariencia que tenían cuando estaban en la plenitud de sus fuerzas. Si estuvieran en presencia de la piedra durante doscientos años, no cambiarían; solamente ocurriría que los cabellos se tornarían canos. Esa piedra le da al hombre tal vigor que los huesos y la carne recuperan al instante la juventud. También lleva el nombre de Grâl”.

Parzival, en su demanda del Grâl, en su búsqueda infructuosa hasta entonces de encontrar nuevamente el Grâl para devolver a la Tierra Desgastada su primor primaveral y sanar a su tío Anfortas, herido en el sexo por haber amado lujuriosamente a quien no podía ser su compañera y Reina del Grâl, opta en un momento de plena lucidez enfrentarse con el mismo dios, pues entiende que no es Dios sino el demigurgo, y que a partir de entonces quien debe ser su guía interior es la Amada. Y así se lo recomienda a su amigo Gawain: "¡Dolor! ¿Qué es dios? ¿Dónde está el Todopoderoso? ¿Dónde permanece activo en su Poder? Él no me habría precipitado en esta vergüenza. Desde que he sido consciente he sido humilde servidor de su Gracia. Mas ahora dejo su servicio. Si esto lo enfurece, yo resistiré su furor. Camarada, cuando la hora del combate llegue para ti, permite sólo a una mujer estar a tu lado, que sólo ella guíe tu mano. Permite que el amor de aquella que tu conoces te acompañe y que sus virtudes femeninas te protejan. Gawain: ¡tenla presente en tu mente y en tu corazón! Gawain comprende entonces que Parzival le ha desvelado un gran misterio que quiere aplicar cuanto antes, de tal manera que cuando esté rendido a los pies de una joven princesa, antes de entrar en combate, aprovechará la ocasión y se dirigirá a ella de esta manera: ‘Déjame poner mi espada en tu mano, para que la toques. Si alguien quiere entrar en justa conmigo, tu irás a combatir y lo harás por mi, pues aún cuando todos me vean a mí luchando, tú serás quien combata en mí’. Ella le responde: ‘Sí, yo seré tu escudo y tu defensa, tu corazón y tu firme fe. Cuando la desgracia amenace, yo seré tu guía y tu amiga, el techo que te proteje de la tormenta y te ofrece dulce reposo. Mi amor te envolverá con la paz y te traerá la suerte cuando te encuentres frente al peligro, de modo que tu valor jamás decaiga. Yo soy tu castillo y tu castellana, y estaré siempre a tu lado en el combate. Si únicamente pones tu fe en mí, jamás la fortuna ni el valor te abandonarán’. Con esta protección y sentimiento interior, Gawain emprenderá sus aventuras".

El hermanastro árabe de Parzival, Feirefiz, conoce por sí mismo esta clave iniciática pues afirmará que el sonido de la voz de la amada en el corazón es la mejor ayuda y confesará que cada vez que estuvo en peligro la recordaba y su amor le daba más protección y fuerza que dios.