jueves, 5 de noviembre de 2020
martes, 3 de noviembre de 2020
CUENTOS DE MI BIOGRAFÍA II
Cuando la estafado ex jefa de ROXCA EDITORIAL me dijo que escribiera mi autobiografía, decidí salirme de lo corriente y fabular cuentos bvasados en experiencia reales, pero muy novelados. Aquí publico el segundo.
LA EXTRAÑA CIUDAD
LA EXTRAÑA CIUDAD
Los seis meses que llevaba en Buenos Aires no me habían servido todavía para librarme del todo de mis obsesiones, pero era mucho más feliz de lo que jamás creí poder serlo. Un extraño escenario para el subconsciente de un muchacho asustado. Una ciudad extraña donde todos parecían amarse. Donde la gente preguntaba “¿qué te pasa” si te mostrabas mustio. Donde para invitarte a comer sólo te decían “ven tal día a mi casa”. Donde los llamados “colectivos”, los autobuses, iban atestados y era frecuentísimo que algún hombre me empalase contra el pantalón con su pene erecto, sin que yo pudiera evadirme porque íbamos como anchoas en lata. Donde si interesabas a una muchacha, ella te lo decía sin ambages. Donde unos y otras te miraban sin disimulo, a los ojos, de frente, hubiera lo que hubiese en la mirada, que en ningún caso les avergonzaba. Una ciudad extraña, donde parecía no ser delito ni condenable amar a quien a uno le diese la gana.
Nunca había sentido la menor paz de niño ni de adolescente; mis recuerdos conscientes e inconscientes estaban llenos de miedo; miedo constante, insuperable, perpetuo. Ni en Barcelona ni en Milán había conseguido librarme de tales sentimientos profundos. Miedo a salir a la calle, miedo a volver a mi casa, miedo a querer participar en los juegos callejeros y que me expulsaran, miedo a los ojos grises de mi padre, miedo a las indirectas y bofetadas de mi hermana mayor, miedo a los insultos y las ironías directísimas de su marido gitano, miedo a morirme cada noche a causa de mi asma ignorada sobre el colchón lleno de gusanos que había heredado de mi bisabuela muerta, que antes de morir se meaba en la cama. El miedo era lo único seguro en mi biografía infantil
No poseía recuerdos amables, como los juegos de niños o los cuidados de mi padre; de mi padre sólo recordaba sus puños y sus patadas, y de mis amigos, las burlas y el escarnio; únicamente algo desconcertante me producía una amarga alegría: el beso que me había robado un primo mío algo mayor que yo, que ya de adulto supe que era un pedófilo casado. Mi madre no me permitía jugar con otros niños, aduciendo un soplo en el corazón que nunca me han detectado de mayor, pero sí permitía las palizas sudorosas de mi padre, que con frecuencia ella provocaba. Una de las frases más aterrorizantes de mi niñez era cuando ella me decía: “Verás cuando se lo diga a tu padre”. No importara lo que hubiera hecho, que en ningún caso recuerdo; lo importante era que ella recibiera pruebas de amor de su marido adúltero público, y las palizas despiadadas de mi padre a su único hijo varón eran para ella pruebas de amor.
Ahora, salvo la lucha por conseguir trabajar sin tener permiso de emigrante, mi vida en Buenos Aires era plácida y muy satisfactoria. Era una ciudad extraña, no sólo porque no la conociera; era realmente extraña para mí, en su lenguaje, en sus costumbres y en sus expresiones. La que más gracia me hacía era “la concha de la lora”. Ignoraba el significado de “concha”; pocos días después de llegar, me asaltó por la calle arbolada un ataque primaveral de asma; media hora más tarde, tuve que tirar el pañuelo empapado y entré en una especie de mercería a comprar otro. Para mi sorpresa, la dueña me identificó en seguida como español, aunque mi acento malagueño era muy distinto del castellano. Admirado, le respondí que sí y ella comentó: “Yo nací en San Sebastián, pero me trajeron aquí con tres años”. Y comenté: “Es una ciudad preciosa, edificada a la orilla de una bahía casi circular que se llama la Concha; y se llama la concha porque tiene forma de concha”. Esto último lo ilustré juntando las dos manos para escenificar la forma. La dueña y una clienta me miraron con gesto extraño, pero no me reprocharon nada. Cuando supe el significado, me harté de reír.
El lunfardo no se usaba en los ambientes donde yo me movía y dudo que se usara en alguna parte. Ya entonces se había convertido en objeto de estudio académico; yo todavía no había descubierto conscientemente mi gusto por las palabras, pero un impulso me obligó a asistir a tales conferencias. Aprendí el sentido de muchísimas letras de tango que no entendía y supe que el más lunfardo de todos era “Percanta”. Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida…”
Yo no sabía cuán herida estaba mi alma, pero la sentía cicatrizar. Durante esos seis meses, Buenos Aires, extrañamente, había ido cicatrizando mi alma sin tener que recurrir a los servicios de los incontables psicólogos que se anunciaban por todos lados. La mayoría de costumbres y gestos contribuían a la cicatrización: las tertulias con universitarios donde tanto conseguía brillar sin proponérmelo, cantando copla como espontáneo en ciertos locales de afluencia de españoles, jugando al fútbol en el Bosque de Palermo con los compañeros de la publicitaria, bañándome en la playa de la Costanera, donde uno salía del agua convertido en estatua de arcilla. Una mañana de domingo, estaba recostado en la playita con un grupo de amigas y amigos cuando me fijé en alguien que venía; al parecerme mi amigo Chencho me levanté de prisa y eché a correr hacia él, antes de recordar que no podía ser porque estaba a muchos millares de kilómetros de Málaga.
Era una ciudad tan extraña, que un día caí en la cuenta que tenía más amigos y amigas de los que podía contar a lo largo de toda mi vida.
Tenía amigos que no me despreciaban ni se burlaban de mí. Jugaba al fútbol con ellos. Iba de excursión para remar por el Paraná, donde competía contra muchachos que me parecían hercúleos comparados conmigo, aunque muchos elogiaban mi físico. Acampaba en el Tigre bajo una nube inclemente de mosquitos, de cuyos ataques me defendían ellos, al oírme gritar, corriendo a rociarme con aerosoles de repelente. Como no entendía del todo sus expresiones, creía que nadie me había invitado aún a intercambiar fluidos. Una vez, una chica me dijo que la visitase al día siguiente en calle Ayacucho; por su pronunciación, yo escribí “calle Achacucho”. Participaba en tertulias, algunas con personajes tan interesantes como Julio Cortázar o una joven y muy bella poetisa judía llamada Renata Sussheim.
Un local de la calle Corrientes, denominado “Los inmortales”, me fascinaba. A veces, reunía dinero durante una semana para poder ir a Los Inmortales a almorzar una pizza de cebolla y queso a la piedra. Siempre que iba, alguien entablaba conversación conmigo desde la mesa vecina; de modo que tuve que ir dominando mi recelo y estupor faciales en tales ocasiones. Muchos de mis mejores amigos los había conocido de improviso en ese local.
Inesperadamente para mi acomplejado espíritu, hacer amigos era sumamente fácil en Buenos Aires. Participaba en paseos colectivos por la Boca, salidas nocturnas a las cuevas de tango, paseos gastronómicos por los quioscos de la Costanera… Era tan frecuente mi participación en tales eventos, que ya había dominado del todo el poso de miedo que sentí durante los primeros meses. Ya había conseguido tratarlos como iguales, y dejado de sentir el deseo de esconderme que me había acompañado toda mi vida.
Tan extraña era Buenos Aires, que hasta yo tenía cabida en ella.
Había más de treinta teatros, en uno de los cuales, el Avenida, había asistido a un recital de Carmen Sevilla, respaldada por un “ballet” de chicas argentinas a quienes les habían enseñado a mover los brazos imitando el flamenco, pero apestaban a coristas de cabaret; con este subterfugio, el empresario se había ahorrado el costo de traer un ballet flamenco de España. Me pareció que la propia Carmen miraba de reojo a su “cuerpo de baile”, sintiéndose en evidencia. En cambio, había asistido también, en el Odeón, a una versión en español de Hello Dolly, protagonizada por Libertad Lamarque. Me entusiasmó. Estos extras estaban económicamente fuera de mi alcance, pero mis “tíos” me preguntaban, cada vez que me veían, “¿te falta algo? Y aunque respondiera que no, me metían un billete en el bolsillo. Esos regalos me proporcionaron acceso a cosas que no podía costear, como ir al Teatro Colón o comer de vez en cuando en La Hacienda.
Las torturas e insultos de mis padres, hermana y cuñado me habían hecho sentir incapaz y feo, pero en Buenos Aires mucha gente opinaba que yo era muy guapo, lo que me desconcertaba sobremanera. Pero la alusión frecuente a mi ignorada apostura comenzaba a hacerme cuestionar la opinión que sobre mí mismo me había insuflado mi familia. Resultaban sorprendentes algunas anécdotas, como la ocurrida con un compañero de trabajo. Éramos varios jóvenes en el estudio de publicidad y, uno de ellos, llamado Gutiérrez, me parecía el chico más guapo que viera nunca; una tarde, otro de los compañeros me invitó a tomar un vino a la salida; en realidad, en cierto sentido me invitó a llevar una vela, porque a los pocos minutos se presentó su novia, que era ya casi su esposa. Tomamos vino, comimos empanadas chilenas y salteñas, y una media hora más tarde, cuando yo comenzaba a buscar un pretexto para dejarlos solos, ella comentó: “Mirá, Tino; siempre consideramos a tu compañero Gutiérrez como una gran belleza, pero al lado de Luis resultaría muy antiguo; Luis es una gran belleza moderna, como de actor de cine”. Me quedé patidifuso y olvidé mi prisa por marcharme; en cambio ella se fue quince minutos más tarde. A su salida, Tino me propuso: “Venite conmigo a casa”. “Vives en Quilmes”, objeté yo. “¿Qué importa? Si se te hace tarde para volver a Martínez, te quedas a dormir en mi casa”. Este tipo de invitaciones, que se daban mucho en el cine de jóvenes de Estados Unidos, a mí nunca me habían sucedido en Málaga.
Vivía en Martínez, lo que ocasionaba muchas confusiones en la agencia de publicidad donde trabajaba, porque se trataba de una de las urbanizaciones más lujosas de la provincia de Buenos Aires, seguramente por albergar la residencia presidencial. Pero mi situación era de “arrimado” junto a la esposa de uno de los primos de mi madre, una siciliana a quien no le gustaba nada mi presencia.
Mi hospedaje había ocurrido de un modo no muy natural, sino bastante forzado. A mi llegada a Buenos Aires, me quedaban tres mil pesetas en el bolsillo, lo que no iba a bastarme ni para sobrevivir un mes. Tenía imperiosamente que buscar a los parientes de mi madre. Fui al Banco Español de Rio de la Plata a preguntar por el único pariente cuyo nombre recordaba completo; me trataron muy bien porque él había tenido un cargo importante, pero ya se había jubilado. Fui a la dirección que me proporcionaron, dentro de la ciudad de Buenos Aires (o sea, dentro del espacio que delimita la Autopista General Paz, más allá de la cual todo es provincia) Se trataba de varios edificios cercanos a la avenida Santa Fe, muy lujosos. El inquilino actual me informó de que mi pariente le había vendido la propiedad y no conocía la nueva dirección. “Creo que es en la provincia, por Vicente López”. Y allá que fui. Como el apellido era muy poco corriente, confiaba en que no tardaría en dar con él, pero me costó casi un mes encontrarlo.
Fue el 22 de diciembre. Mi pariente me trató de “sobrino” y me presentó a todos sus vecinos y un montón más de gente. Era un hombre muy afable, llamado también Luis, de quien yo había heredado el nombre, tal como intuí por lo que me fue contando con el tiempo. Después de mucha celebración, un par de rondas de mate y visitas inacabables de sus hijos, nueras y nietos, a quienes iba llamando por teléfono, me pareció que era hora de marcharme. “Venite el 25”, me dijo al salir de su casa. Demoré algo durante la vuelta, porque me apeé del tren al apreciar un insólito atardecer por la ventanilla. Ni siquiera retuve el nombre de la estación, pero recuerdo aquel atardecer tras un cielo emborregado como si lo tuviera dentro de mi cabeza.
Yo ocupaba un cuartillo de una mísera pensión situada en calle Carlos Pellegrini, en pleno centro. El día 25, tomé un baño a media mañana y vestí la ropa que me pareció más favorecedora y presentable, incluyendo una chaqueta liviana aunque hacía un calor infernal. Comí unos macarrones muy pasados en un bar cercano y, cuando me pareció que ya podría llegar con cierta dignidad a casa de mi tío Luis, fui a tomar el tren en la estación de San Martin. Cuando llamé a la puerta pasaba de la una. La mujer de mi tío me abrió con un reproche: “¿Cómo has tardado tanto?”. Tras ella, aprecié una multitud de unos treinta parientes cruzados de brazos, que me esperaban para la gran comilona navideña que me habían preparado.
No sabía que un “ven tal día a mi casa” de un porteño significaba “ven a comer”. Me disculpé como pude, pero no le dieron mucha importancia. Se pusieron a comer como salidos de una guerra. Todos habían aportado algo; pejerreyes, pizzas, ensaladas griegas, estofados españoles y asado argentino en cantidades imposibles de chorizos, morcillas, mollejas, chinchulines, asado de tiras y demás.
Comieron durante horas, hasta que llegó un momento en que yo había digerido ya los macarrones y sentí un hambre considerable. Acabé comiendo al mismo ritmo que ellos hasta las cinco y media de la tarde.
Durante la interminable sobremesa, entre mates y copitas de licores varios, me bautizaron como Luisillo, porque Luis tenía un hijo a quien llamaban Luisito. Ese diminutivo de mi nombre produjo un efecto curioso; me sentí más parte de una familia y querido que nunca antes, de modo que acabé contando cuáles eran mis circunstancias verdaderas, que hasta entonces había tratado de disimular. Un hermano de Luis, llamado Manuel, me preguntó “¿Vives de verdad en esa pensión? La conozco, porque está cerca de mi ferretería; es un lugar infecto. El domingo próximo, ven a comer en mi casa; tenemos que hablar”.
Acudí el domingo mucho antes de la hora sugerida, por mi temor a llegar tarde. Me encontré a la esposa de Manuel regando el jardín; me recibió con un gesto algo adusto, de modo que para congraciarme con ella, le pedí que me pasara la manguera, que yo continuaría regando. Durante el almuerzo, pareció que continuaran una discusión interrumpida esa mañana. Mi tío Manuel dijo: “Bueno, estamos de acuerdo en que Luisillo se venga a vivir con nosotros, ¿verdad?; ocupará la habitación de Enrique”. Enrique era su único hijo, que estudiaba en una escuela militar fuera de Buenos Aires.
Así me encontré residiendo en una hermosa casa de una urbanización burguesa, lleno de gente burguesa que me trataba como igual, y junto a una mujer que no ahorraba los gestos de hostilidad. De manera que me habitué a estar en casa el menor tiempo posible. Si carecía de dinero como para ir al centro, visitaba a alguno de los supuestos amigos-vecinos, o caminaba durante horas por esa urbanización y las avenidas General San Martín y Maipú. A veces llegaba hasta Vicente López, donde, además de Luis, vivía otro primo de mi madre llamado Guillermo, homosexual confeso, dedicado a la costura, que siempre me hacía mucha fiesta cuando lo visitaba. En su casa probé por vez primera el dulce de tomate, que ignoraba que pudiera hacerse.
Una de las extrañas costumbres bonaerenses que más me entusiasmaban era la programación de “trasnoche” de los cines, porque así tenía el pretexto para no tomar el tren a Martínez hasta horas de la madrugada. Se trataba de una costumbre bastante extendida, pues eran muy numerosas las salas que programaban esa sesión, y no sólo los fines de semana.
Una noche de jueves, antes de la medianoche, me preguntaba qué hacer hasta la madrugada. Recorrí varios cines de trasnoche hasta dar con uno cuyo programa doble me interesó: Una película española, “La tía Tula” y otra italiana, “Addio, fratello crudele”. Atendía la taquilla un hombre mayor, que al escuchar mi acento, me miró fijamente y, tras examinarme unos segundos, me dijo: “Espera un poco”. Sumamente extrañado, decidí esperar a ver. Unos minutos más tarde, el taquillero me llamó y me preguntó: “Sabes qué clase de cine es éste”, con acento castellano viejo. Negué con la cabeza. Poco después, salió de la taquilla y me empujó un poco hacia un rincón. “Ven, que voy a abrir para ti el anfiteatro. Tú no puedes entrar solo en el patio de butacas”.
En efecto, abrió para mí un empinado graderío vacío. Ocupé una butaca de la primera fila y cuando me acostumbré a la penumbra, percibí abajo el motivo por el que el hombre me había hecho el favor. Todos abajo eran hombres y muchos se estaban metiendo mano.
A partir de ese día, el dueño vallisoletano del cine, que era dueño de otras seis salas, me trató como parte de su nutrida familia. Durante un asado en Mar del Plata me contó que “En Buenos Aires todos los hombres se comportan de manera
Bisexual. Aunque estén casados o tengan novia, si se presenta la ocasión se acuestan con sus amigos sin ninguna clase de remordimientos”.
Tuve ocasión de comprobarlo con el tiempo. Mi compañero de trabajo Tino me asaltó en diversas ocasiones, hasta delante de su novia. Varios de los nietos de mis tíos me invitaban a salidas en dúo solitario, y fuera en un cine o una cabaña del Tigre, acababan metiéndome mano.
Y así fue de manera habitual, hasta que conocí a Pepe. Pero Pepe es mi mejor y más extraña historia en el extraño Buenos Aires: ya hablaré de él.
lunes, 2 de noviembre de 2020
CUENTOS DE MI BIOGRAFÍA
El primer año, publiqué con Roca dos novelas, "Oro entre bruma!" y "La desbandá". A partir de ahí, yo tenía el compromiso de entregarle un original nuevo cada mes de marzo.
Cuando ya llevaba cuatro novelas que habían publicado varias ediciones, la jefa me dijo que debía ir escribiendo mi biografía.
COIMO TODAVÍA NO SABÍA QUE ESA SEÑORA ME ESTABA ESTAFANDO, ME TOMÉ LA SUGERENCIA EN SERIO PERO COMO NUNCA ME HAN GUST6ADO LAS AUTOBIOGRAFÍAS (QUE SIEMPRE SON AGIOGRÁFICAS Y ENUMERAN PERSONAJES CELEBRES QUE HAN TRATADO) DECIDÍ IMAGINAR OTRO PLANTEAMIENTO.
Escribiría cuentos fabulando a partir de experiencias reales, pero sin echarme flores ni mentir. Tengo muchos de estos cuentos listos, porque escribo cuentos a diario sobre distintos temas.
NATURALMENTE, CUANDO TRAS UN INFARTO CEREBELOSO DESCUBRÍ EN 2007 QUE ROCA ME ESTABA ROBANDO, YA NO ESCRIBÍ MÁS DE ESTOS CUENTOS, PORQUE ANTICIPOÉ LO QUE PODRÍA OCURRIRME, COMO ASÍ HA SIdo..
Aquí tienen el primero que terminé
CUENTOS DE MI BIOGRAFÍA
HUIDA A BUENOS AIRES
Caminaba por la calle Navas de Tolosa con la mano en la mejilla, como si así pudiera aliviarme el dolor. Que me quitaran una muela era para mí casi tan doloroso como si me extirpasen un dedo. Había vuelto de Milán a Barcelona con ese único fin, porque no me fiaba de los dentistas italianos, demasiado torpes, gesticuladores y parlanchines como para recordar el refrán: “Habla más que un sacamuelas”.
-Hombre, Luis, es un milagro que te encuentre…
Llevaba unos seis meses sin ver a mi amigo Quadranch, el “gris”, que era como llamábamos entonces a los policías nacionales. Casi nunca habíamos hablado más que para discutir sobre Málaga y Barcelona y sus respectivas Barceloneta y Malagueta, nombres cuya similitud semántica me desconcertaba.
-Vaya, Jorge, me alegro de verte.
-Te he dicho unas tres mil setecientas veces que me llamo Jordi…
-Vale, como tú quieras.
-¿Cuándo has vuelto de Milán?
-Anteayer, para ir al dentista. Me acaban de dejar mellado.
-¡Qué lujos!
-Déjate de bromas. Se trata sólo de miedo. Recién llegado a Milán, tuvieron que sacarme una muela y me hicieron una carnicería…
-¿Adónde vas?
-A ninguna parte. Sólo paseo.
-Voy a cambiarme de ropa. Ven conmigo, que quiero hablar contigo.
Como Jordi Quadranch vivía en calle Viñals, en la casa de al lado de mis tíos donde me hospedaba, desanduve el camino a su lado sin protesta. Tardó sólo unos seis minutos en cambiarse de ropa. Sin el uniforme, parecía casi tan joven como yo, aunque era cinco años mayor.
-Vamos –me dijo como si fuera una orden según su costumbre, actitud que él sabía que me encorajinaba.
Salimos a caminar, él como si cavilara sobre algo importante y yo, con evidente impaciencia en el rostro y mis actitudes. Pero sabía muy bien que sería tiempo perdido tratar de que se explicara antes del momento en que él decidiera hacerlo.
-Estás más gordo.
Era verdad. Antes de viajar a Italia, pesaba cincuenta y ocho kilos. En Milán, recalé en una pensión que era a la vez una trattoría muy popular y estábamos en invierno, un invierno “paduano”, mucho más frío que el de Málaga o Barcelona. Entre que la dueña me adoptó como un sobrino y el apetito consecuencia del frío y el horario, tan diferente del español, empecé a comer a todas horas y abundantemente. El ossobuco, los espaguetis y el chocolate me habían hecho ganar siete kilos.
-Pues tú… se ve que vas mucho al gimnasio –repliqué.
-Tú también deberías ir, tienes buena base… un esqueleto estupendo, pero si sigues aumentando de peso, pronto tendrás barriga.
-No fotis –protesté.
-Tú, cuídate, o ya no podrás fanfarronear más con la ropa que te gusta comprarte antes que nadie.
No era la primera vez que me reprendía veladamente por mis gustos. Contuve el reproche y decidí virar el diálogo.
-¿Cómo está tu hermana?
-Sigue esperándote y por lo tanto no se echa novio.
-No digas tonterías.
-Claro que sí.
-Pero si es hasta mayor que tú.
-Te lleva sólo siete años, y es la más guapa de Barcelona.
Era verdad. Carme era una chica guapísima que, cuando me convertí en su vecino, me parecía inalcanzable. Después, me había causado muchos sinsabores. Hablaba de los charnegos con evidente desdén y como si yo no fuera uno de ellos. Ella me había dado a conocer el separatismo catalán, cuestión de la que en Málaga yo no tenía ni idea. Pero que yo le indicara que debía considerarme despreciable, puesto que yo también era charnego, nunca me sirvió de nada. Porque su evidente encaprichamiento por mí lo exhibía con expresiones muy seguras, como si yo fuera de su propiedad, pese a que jamás exterioricé el menor acuerdo ni interés alguno por ella.
-Pero yo soy charnego, recuérdalo- le dije a Jordi.
-A ella, eso no le importa.
-Lo dices como si me perdonara la vida.
-No exageres.
-¿Que no exagere, Jorge? ¿Todos los malagueños, andaluces, murcianos, gallegos y demás son despreciables, pero yo me he redimido?
-Tú eres muy… particular.
-¿Lo ves? Los nacionalistas me infláis las pelotas.
-Yo no soy nacionalista, Luis.
-Dices eso porque eres policía y seguramente os prohibirán ciertas cosas. Pero que eres catalanista… joé, un montón.
-Eso no es lo mismo. Claro que soy catalanista. ¿Tú no eres la exageración máxima del malagueñismo? Pues a mí me gusta mi tierra.
-Te traicionas a diario, Jordi. Dices que eres catalanista nada más, pero te he oído muchas cosas… que bueno…
-¿A qué te refieres?
-Las referencias a los murcianos, ciertas expresiones como “de Valencia ni el arroz” y muchas cosas así. Tu nacionalismo es medular, tan profundo, que no puedes ni deseas ocultarlo.
Jordi calló y me adelantó unos pasos, como si inconscientemente quisiera librarse de una molestia. Me apresuré para espetarle:
-Los separatistas inventáis tantas tonterías, que ya me habéis quitado el gusto de vivir en Barcelona, donde había proyectado quedarme para siempre. Como decía Jean Paul Sartre, reinventáis la historia. Habláis de España como si fuera cosa ajena, a pesar de que Tarragona fue la capital de la mayor parte de España en tiempos de Roma… Contigo, no, porque me has dado pruebas de sobra de que me quieres; pero con tu hermana y tus amigos, aunque aprendí catalán, siempre me sentí postergado, discriminado. Y no se trata de palabras, sino de actitudes indisimulables.
No fotis, Luis. No tenía ni idea de eso.
-Nunca te lo dije, porque te respeto más de lo que crees. Pero eso es lo que siente un charnego en vuestras reuniones.
-Pero tú… -Jordi vaciló- ¿has dudado alguna vez que puedes contar conmigo?
-Nunca lo dudé Jordi. Sé que me quieres mucho, por alguna razón que no puedo explicarme, porque tu cariño por un malagueño no encaja con lo que sé de ti.
-¿Qué has estado haciendo en Milán? –me preguntó Jordi bajo la sombra del Hospital de San Pau.
Él conocía de sobra mis proyectos cuando me marché a Milán, así que la pregunta me extrañó.
-¿Qué quieres decir?
-¿Te has hecho notar en contra de España?
Su tono me produjo frío. Aunque Jordi se había comportado conmigo siempre como un igual muy amistoso y más íntimo de lo que condicionaba su nacionalismo, no dejaba de ser un policía “del régimen” y su expresión en ese momento era lóbrega. Hice memoria. Los días que viví en Milán vi muchos anuncios de manifestaciones contra Franco y había pasado junto a algunas, sin llegar nunca a participar de verdad. No conseguí identificar algún recuerdo “sospechoso”.
-¿Cómo iba a hacerme notar? En una excursión a Florencia perdí la mitad de mi dinero, que todavía no había ingresado en un banco. He tenido que hacer cabriolas para seguir adelante con mis proyectos. Soy casi un chaval, sin dinero ni relaciones, ni influencias. ¿Qué podría significar yo políticamente?
-¿Has quemado banderas de España?
Sentí un estremecimiento. De repente, la escena de la plaza del Domo me vino a la mente tan vívida como el día que ocurrió.
Habían inaugurado la Expotur española poco antes. Como muchos atardeceres, di un paseo Corso Garibaldi abajo hasta la Galería Vittorio Emmanuele, hasta acabar en la plaza del Domo, una de las más bellas del mundo.
Pero topé con algo completamente inesperado, una nutrida manifestación antifranquista convocada contra la Expotur (que la noche anterior inaugurara el ministro Fraga). Por la exposición, habían engalanado espectacularmente toda la plaza con banderas españolas, una bajo cada ventana. Los tres lados de la plaza lo ocupan edificios de igual arquitectura, cuyas fachadas almohadilladas son fáciles de escalar. Instantes después de mi llegada, alguien en la manifestación dio la consigna de abatir las banderas, y de repente veinte o treinta muchachos escalaban las fachadas y arrancaban las telas rojo y gualda.
Unos cuantos, fueron apilándolas en el centro de la plaza hasta formar un montón considerable, que alguien roció con un combustible ocasionando una gran hoguera.
Me acerqué como hipnotizado. Tal vez fuera por el humo, o quién sabe si por el orgullo maltrecho, me encontré llorando a chorros.
La pregunta de Jordi me obligó a sentirme como si todavía estuviese en el Domo de Milán, con los ojos llorosos y el alma encogida. No recordaba claramente mis movimientos en la plaza durante la quema, porque había permanecido varios minutos en un trance.
-Hace dos o tres días –prosiguió Jordi-, me apropié de un expediente que no me correspondía, porque aparecía tu nombre y quise averiguar de qué se trataba. Había una lista de españoles en Italia que son “enemigos del régimen”.
Me sentí aplanado, como si fuera a hundirme en el asfalto camino de la Sagrada Familia.
-Lo que sea que haya en ese expediente –repliqué-, es una malinterpretación. ¿Qué me aconsejas que haga, Jordi?
-Hablaban de uno “documento gráficos” que van a enviar pronto.
No lo podía creer. ¿Me habían tomado fotografías en la plaza del Domo? De cualquier modo, ninguna de esas fotos podía mostrarme haciendo lo que no había hecho.
-¿Qué hago, Jordi?
–¿Vas a volver pronto a Milán?
-Había pensado ir a Málaga cuando se me baje la inflamación.
-Pues ve. Déjame un teléfono a donde te pueda llamar.
-Mi familia no tiene teléfono. Toma éste, que es el de un amigo algo mayor.
El amigo “algo mayor” era en realidad un marica de mediana edad que llevaba muchos años tratando de meterme en su cama.
-Está bien, Luis. Mira, no te hagas notar nada en ninguna parte. Allí pertenecías a la JIC, ¿no?
En efecto, en Málaga había participado desde niño en las reuniones de la juventud independiente católica, que se celebraban en dependencias traseras del obispado. Pese a ello, había a diario una pareja de grises vigilando nuestra salida en la puerta, siempre los mismos, de modo que hacía mucho que los saludábamos con algo de ironía.
-¿Ni siquiera a esos amigos debo ver?
-De ningún modo, Luis. Te hablo de una cosa seria.
Al volver a Málaga, la vivienda de mis padres me pareció más pequeña y sórdida de lo que figuraba en mi recuerdo. No pude aceptar la oferta de mi madre de que me quedara con ellos. Busqué un empleo en una tienda y alquilé en seguida un modesto apartamento del que dispondría sólo dos meses, puesto que lo alquilaban en temporada turística mucho más caro.
Llevaba poco más de dos semanas trabajando cuando una tarde vi con disgusto que mi pretendiente de mediana edad, llamado Amadeo, entraba decididamente en la tienda y se dirigía presuroso hacia el punto donde yo estaba. Miré al dueño de la tienda, cuyos ojos –alternativamente fijos en mi amigo y en mí- eran un caudal de preguntas; más aun cuando Amadeo se acercó a mí inclinándose sobre el mostrador para hablarme al oído.
-Luis, tienes que huir de Málaga.
-¿Qué estás diciendo?
-Han llamado a mi casa. Es un amigo tuyo de Barcelona, que dice que es policía. Me ha dicho que han mandado del consulado de Milán una foto donde apareces quemando una bandera de España.
-Yo no hice eso.
-Pues en la foto se ve clarísimo.
No podía imaginar qué clase de efecto visual habría producido una imagen mía como si quemase una bandera española, cosa que habían hecho multitudes aquella tarde, pero no yo.
-Tu amigo dice que salgas de España hoy mismo.
No disponía de dinero. Esperaba con impaciencia el final del mes, porque tras pagar el alquiler y la garantía, me había quedado muy escaso de dinero. Estaba comiendo muy precariamente.
Una vez que Amadeo salió de la tienda con las mismas prisas con que había llegado, tuve que disimular mi consternación bajo la mirada inquisitiva del dueño. Yo trataba de reunir valor para pedirle un préstamo que jamás podría devolverle, cuando dijo:
-Luis, tengo que salir. ¿Puedes ocuparte de cerrar la tienda y quedarte un rato para cuadrar las cuentas?
-Sí, claro, vete.
Me dio la llave de una pequeña caja metálica donde guardaba por la noche el producto de las ventas del día. A punto de salir de la tienda, se volvió hacia mí para preguntarme:
-¿Pasa algo malo?
-No te preocupes, es sólo que me han dicho que un amigo de Barcelona ha tenido un accidente.
-Ah, bueno. Anota la hora a la que te vayas, por si tengo que pagarte alguna hora extra.
-No te preocupes por eso. No me llevará ni media hora cerrar las cuentas.
Faltaban sólo unos minutos para la hora del cierre, que esperé con impaciencia. No tomé conscientemente ninguna determinación, fue como si un robot teledirigiera mi voluntad y mi mano.
Sumé las ventas del día y resté el remanente diario para cambio. No cuadró del todo, porque sobraban catorce pesetas. Era algo que ocurría a diario, ya que muchos clientes se iban sin esperar el cambio cuando era insignificante.
Igual que un autómata, cogí un folio y redacté una dolida carta de disculpa para mi jefe, por las treinta mil pesetas que le robaba.
Fui a casa de mis padres, donde, a mi partida hacia Italia, había quedado toda mi ropa de verano. Llené apresuradamente una maleta, tomé un taxi y embarqué en el primer avión hacia Madrid.
Una vez en Barajas, examiné el tablero donde anunciaba las salidas más inminentes. Había un vuelo a Buenos Aires para dentro de dos horas.
Buenos Aires, un nombre premonitorio. Una tabla de salvación en medio de una tempestad.
No objeté nada a mi pensamiento. Como sitio para huir hasta ver qué pasaba con la confusión italiana, era demasiado lejano. Pero era el único sitio donde había parientes lejanos. Primos de mi madre. No sabía su dirección ni podía pedírsela a mi madre, no teniendo teléfono. Pero sería fácil dar con él, porque trabajaba en el Banco Español de Río de la Plata.
Huiría, pues, a Buenos Aires.
lunes, 27 de abril de 2020
miércoles, 8 de abril de 2020
LAMENTO POR EL MALTRATO INFANTIL
NIÑOS AZULES
Luis Melero
De nuevo sentía necesidad de huir y, como tantas otras veces, sus piernas se encaminaron hacia la colina sin que mediara su voluntad.
Aunque la altura del monte era más bien modesta, la escalada de la ladera resultaba ardua, por lo escarpada y porque el terreno suelto hacía que cada paso fuese más fatigoso que el anterior, ya que esta vez el golpe más fuerte, el que le había propinado su padre con la rodilla, le había alcanzado el muslo derecho cerca de la cadera; un dolor muy agudo que le obligaba a cojear.
No se preguntaba por qué elegía ese sitio después de cada uno de los arrebatos de su padre, cuya razón desconocía, como ignoraba lo que le atraía con tanta fuerza hacia la cima, que alcanzaría en sólo diez o doce minutos más.
Los jaramagos crecían sin orden entre matorrales de chumberas y, más arriba, algunos algarrobos rompían la línea casi perfecta del cono que formaba el monte coronado de riscos. Mirando las orgullosas rocas casi negras, Dany anheló que los niños azules salieran esta vez de su morada de amatistas y rubíes. Eran las cuatro de la tarde, y ellos se retiraban siempre antes del ocaso. Si salían, alegarían muy pronto la proximidad de la noche y se marcharían, pero Dany necesitaba que hoy se quedasen más tiempo con él, al menos hasta que el dolor de la cadera se atemperase lo suficiente para olvidarlo. Sólo contaba once años, una edad en que se alivia pronto el dolor físico.
La piedra sobre la que solía sentarse estaba muy próxima a un tajo que caía en vertical hacia el lecho de un arroyo, ahora seco. Desde ella, miraba el lejano mar durante muchas horas antes de que los niños azules aparecieran, por lo que temía que esta tarde de primavera no vinieran, puesto que sólo quedaban unas cuatro horas de sol. Sobre la aglomeración de edificios, arboledas y torres de la ciudad, la extensión marina refulgía a la derecha del panorama, donde el sol había iniciado ya el descenso. La temperatura era fresca, no podría desnudarse como otras veces para sentir el abrazo amable y reconfortante de la brisa; solía hacerlo no sólo cuando recibía una paliza, también cuando percibía el rechazo de los vecinos de su edad. Si los niños azules no acudían, ¿quién iba a consolarlo? El llanto no le producía hipidos ni ahogos, sólo fluía el manantial de lágrimas tan saladas como el mar añil que contemplaba.
-Hola -dijo el niño azul.
Dany sonrió. Había acudido antes que las demás veces, y solo.
-¿No viene la niña?
-Pronto vendrá. ¿Por qué lloras?
Dany desvió la mirada.
-¿Otra vez tu padre?
Dany asintió con los ojos bajos.
-¿Sabes por qué lo hace?
Dany negó. Se trataba de un misterio para el que no tenía explicación ni conjeturas.
-¿Has sido malo?
-No lo sé. Seguramente sí, pero es que, sea lo que sea lo que molesta a mi padre, nunca me lo dice. Debo de ser muy malo, tan malo como el peor, porque, si no, mi padre no me pegaría tan fuerte y tantas veces, pero nunca me dice lo que hago mal para que yo pueda dejar de hacerlo.
-¿Quieres jugar?
La propuesta paró el torrente que brotaba de los ojos de Dany.
-¿A las adivinazas?
-Todavía no; jugaremos a las adivinanzas cuando venga Celeste. Ahora podemos jugar al juego de la verdad.
-¿Cómo es?
-Yo te pregunto y tú me preguntas. El primero que adivine la verdad del otro, gana. Pero no está permitido mentir en las respuestas.
-¡Qué bien! -celebró Dany-. ¿Quién pregunta primero?
-Empieza tú.
-¿Es tu piel de cristal, como parece?
-No. Ahora pregunto yo. ¿Has faltado al respeto a tu madre?
-No. ¿Sólo hay ese líquido azul en tu interior?
-Hay mucho más. ¿Has faltado al colegio?
-Esta tarde, sí, porque me da vergüenza ir cuando cojeo o tengo moretones en la cara por las palizas de mi padre, porque no sé qué explicación dar; pero nunca he faltado en las últimas dos semanas, desde la última vez que me pegó. ¿Qué más hay dentro de ti, además del líquido azul?
-Pensamientos y sentimientos. ¿Te has quedado jugando con tus amigos del barrio más tarde de la hora que tus padres te marcan para volver?
-No tengo amigos en el barrio. Me rechazan también y no comprendo por qué. ¿Tú rechazas a otros niños?
-Carezco de la facultad de rechazar nada. ¿Has cogido dinero del bolso de tu madre?
-No, qué va; ¿para qué voy a querer dinero? ¿De qué está hecha tu piel?
-De ilusiones de niños como tú. ¿Estudias poco en el colegio?
-El maestro me da muchos premios; dice que soy el más listo de la clase, pero dirá eso porque nunca ha hablado con mi padre, que asegura que yo soy un monstruo. ¿Las ilusiones de tu piel se pueden tocar?
-Mi piel, como la de Celeste, se rompe al menor contacto; desaparecería si me tocaras. ¿Te abraza y te besa tu padre cuando te dan esos premios en el colegio?
-No. Los padres de otros niños de mi calle les compran regalos cuando llevan buenas notas, pero el mío pone una cara muy rara, como si algo oliera mal. ¿Que quieres decir con "desaparecería"?
-No volverías a verme. ¿Crees que molesta a tu padre que seas tan listo?
-No lo sé. Bueno, a veces, a lo mejor. Un día, estábamos en casa de mi abuelo, comiendo, y él dijo que se podía respirar en la Luna; como yo le dije delante del abuelo que es imposible, porque allí no hay oxígeno, luego, cuando íbamos para mi casa, fue todo el camino dándome bofetadas, tirones de pelo y golpes con las rodillas. ¿Por qué no volvería a verte si te tocara?
-Porque soy una realidad intangible. ¿Te golpea tu padre un día o dos después de haber conseguido muy buenas notas en el colegio?
-No me acuerdo; me dan buenas notas casi todos los días. ¿Qué significa "realidad intangible"?
-Que no se puede tocar; una realidad que proviene de la metafísica. Aunque te den buenas notas con tanta frecuencia, ¿no puede ser que ciertos días tus notas sean mucho mejores?
-Claro. A mi maestro le gusta organizar la clase como si fuera un ejército, y anteayer me nombró general. ¿Qué es la metafísica?
-Las causas primeras del ser. ¿No te llama la atención que tu padre te haya pegado a los dos días de ser nombrado general en la escuela?
-No lo sé, ahora no puedo responderte; tendré que pensarlo muchos días. ¿De qué ser eres tú las causas primeras, del mío?
-¡Has ganado!
Dany había olvidado que alguien podría ganar el juego. Lamentó que hubiera terminado, pues Azul le obligaba a pensar en cosas y posibilidades que, de otro modo, nunca se plantearía. Por suerte, acudió Celeste.
-Hola, Dany.
Como siempre, Dany halló sorprendente lo mucho que la niña se parecía a una foto de cuando su madre tenía doce años, sólo que era aún más bella y poseía un resplandor que no había en aquella fotografía.
-¿Jugamos a las adivinanzas? -le preguntó Dany.
-¿No juegas con tus amigos?
-No tengo amigos. Los niños de mi barrio dicen que soy un sabelotodo.
-Azul dice que le has ganado en el juego de la verdad. No sé si hoy necesitas jugar a las adivinanzas.
Dany no recordaba que Azul hubiera comentado nada. Se preguntó cómo se lo habría dicho a Celeste.
-Todavía me duele mucho el muslo. Por favor.
-Bueno, está bien -concedió Azul-. Vamos a sentarnos en la entrada de la cueva.
Caminaron en la dirección del sol, para encontrar un punto abierto en la corona de riscos. Dany se preguntó por qué esa entrada estaba cada vez en un lugar diferente, siempre el más expuesto a la luz solar. Azul y Celeste le indicaron con un gesto que se sentara mientras ellos lo hacían dando la espalda a la cueva y de cara al sol, todavía cálido. Nunca había pasado Dany del umbral de la gruta, cuyo fulgor interior contemplaba ahora; un fulgor que centelleaba a la luz de media tarde en una gama infinita de azules; hermosos cristales de cuarzo, zafiros y amatistas cubrían el suelo, las paredes y el techo abovedado.
-¿Quién empieza? -preguntó Celeste.
-Primero tú, por favor -rogó Dany.
-¿Qué es el odio a lo desconocido, cuando lo desconocido nos parece conocido?
Dany trató, primero, de decidir si había lógica en la pregunta. ¿Cómo podía ser desconocido lo conocido? Cuando el maestro explicaba algo, sólo era desconocido mientras hablaba pero, al final, se convertía en conocido. Antes de la explicación, ni siquiera sospechaba que eso tan desconocido existiera.
-Lo desconocido deja de serlo cuando se lo conoce -afirmó Dany.
-Es una reflexión muy juiciosa, Dany -alabó Azul-, pero aún no has resuelto la adivinanza.
-¿Mi padre me conoce pero no me conoce?
-Estupendo -sonrió Celeste-. Vas por buen camino.
-¿El odio a lo desconocido es lo mismo que miedo? -preguntó.
-¡Has ganado! -exclamó Celeste-. Te toca, Azul.
-¿Qué es un reloj que destruye los relojitos? -la expresión de Azul era muy, muy pícara, y miraba fijamente a los ojos de Dany.
-El reloj es una cosa -afirmó Day-. No tiene voluntad para destruir nada.
-Piensa un poco más -sugirió Celeste-. Recuerda lo que os explicó el maestro en la clase del jueves de la semana pasada.
-¿Lo de los vasos comunicantes?
-No, Dany -respondió Azul-. Eso fue el miércoles. Piensa un poco más.
-El jueves... -Dany dudó-, creo que habló de Grecia.
-Exacto -concordó Celeste.
-¿Cronos no es una palabra que significa lo mismo que reloj?
-No, Dany -contradijo Azul-. "Cronos" significa tiempo y el reloj sirve para medir el tiempo.
-Pero el jueves, el maestro nos contó las canalladas que hacía el dios Cronos con sus hijos. ¿Relojes y relojitos no sería lo mismo que Cronos y "cronitos"?
-¡Otra vez has acertado! -alabó Celeste.
-¿Yo soy un relojito? -preguntó Dany con un ligero desfallecimiento en la voz.
-A veces -respondió Celeste.
-Cuando pareces un reloj más grande que tu hora -comentó Azul.
Al pronto, Dany no entendió qué significaba eso de parecer más grande que una hora, pero un sentimiento pesaroso le asaltó mientras meditaba. Por el peso de este sentimiento, comprendió el consejo que contenía el comentario de Azul.
-¿Sería mejor que mi padre creyera que soy un poco tonto? -preguntó Dany.
-Eres tú mismo quien debe contestar esa pregunta, Dany -respondió Azul.
-Ahora tú, Celeste. Di una adivinanza
-Ya has acertado dos -protestó la niña azul-. Di tú una.
Dany reflexionó un buen rato, subyugado por el fulgor de azules, violetas y celestes que brotaba de la cueva. ¿Qué podía preguntarles que sonara tan inteligente y tan misterioso como lo que preguntaban ellos? Sus referencias estaban limitadas al ámbito de su familia, la escuela y la calle donde vivía. Lo mismo que el trato de su padre, el de sus vecinos niños también era extraño, inexplicable; nunca le invitaban a jugar con ellos y parecían rehuirle. Desde el balcón de su casa, los había escuchado muchas veces jugar a las adivinanzas en los atardeceres de verano, pero sólo había conseguido memorizar algunas, que le parecían demasiado pueriles. Estrujó lo que pudo su imaginación, hasta que se le ocurrió:
-¿Qué es azul, metafísico e intanjable?
-Intangible -rectificó Azul.
-Eso. ¿Qué es azul, metafísico e intangible?
-¿Un sueño? -preguntó Celeste.
-No vale -protestó Dany-. Vosotros sabéis mucho más que yo.
-Alégrate -aconsejó Celeste-. Tu adivinanza estaba muy bien formulada, y no era obvia. Pero es muy fácil para un sueño adivinar que lo es.
-¿Vosotros sois mi sueño?
-Algo parecido -respondió Azul.
-Ya me duele menos el muslo. ¿Me dejaréis visitar esta vez vuestra... casa?
-Nuestra casa también es metafísica -se excusó Celeste.
-Nos tenemos que ir -anunció Azul, para desolación de Dany.
-Pero todavía me duele un poco.
-Nunca fuiste un quejica, Dany -reconvino Celeste-. No lo seas ahora.
-¿Vendréis mañana?
-Depende de ti -dijeron los dos, retirándose hacia el interior de la cueva.
Al instante, Dany palpó la oscura roca, a ver si podía encontrar la puerta que se había cerrado. La búsqueda fue inútil. Volvió renqueante a su casa y pasó junto a los niños que jugaban en la calle sin mirarlos, para que no advirtieran su ansia de participar.
La vez siguiente que subió a la colina, apenas podía ver con el ojo izquierdo, cuyo párpado estaba sumamente inflamado por el golpe. La aureola oscura hacía que la rendija entrecerrada de ese párpado pareciera el ojo de una bestia. Dany se palpó el labio, también inflamado, para anticipar si perdería o no el diente aflojado por el puñetazo. No fue capaz de llegar a ninguna conclusión. Para distinguir con claridad el sendero que conducía a la cima, tenía que llevar la cabeza un poco girada hacia la izquierda, a fin de enfocar mejor la imagen con el ojo derecho, el único útil en esos momentos. No lloraba. Sentía más rabia que dolor. Celeste le aguardaba ya junto a la entrada de la gruta, que, como era mediodía, se hallaba abierta mucho más hacia el este que la vez anterior, casi al lado de la piedra desde donde acostumbraba a contemplar el mar.
-Tu nariz es hoy un hermoso pimiento morrón -bromeó la niña azul, mientras sonaba una deliciosa melodía de caramillos y ocarinas que nunca antes había escuchado Dany.
-¿No viene el niño?
-Está recorriendo tu pasado de las últimas horas. Volverá en seguida. ¿Has sido demasiado listo esta vez?
-La causa es otra.
-¿Cuál?
-Ayer le pedí a mi abuelo que me comprara los libros para estudiar el curso que viene, porque mi padre me había dicho que no.
-¿Y tu abuelo se lo comunicó a tu padre?
-Sí. ¿Jugamos?
-¿Crees que puedes? Sólo ves por el ojo derecho.
-¿Y qué?
-Te falta percepción. ¿No prefieres descansar?
-Descanso cuando juego con vosotros.
-Siendo así, jugaremos al juego de la verdad. Ya lo conoces, ¿no?
Dany asintió y dijo:
-¿Empiezo yo?
-Sí, pero no hagas preguntas que sepas que no puedo responder.
-El otro día, dijisteis que sois algo parecido a mis sueños. ¿Significa eso que os invento yo y no existís?
-Existimos. ¿Tu abuelo te dio el dinero?
-No; dijo que se lo pensaría. Si existís más allá de mis sueños, ¿sois el sueño de todos los niños?
-Somos algo más. Muchísimo más. ¿Tu madre no protesta cuando tu padre te golpea?
-Creo que tiene miedo. ¿Sois ángeles?
-Tenemos una existencia más material que ellos. ¿Ves mi sombra?
-Sí; es azul.
-Pero ésa no era mi pregunta. ¿Sabes ya por qué te castiga tu padre?
-Vosotros me hicisteis pensar que no le gusta que yo sea... listo.
-¿No tienes pregunta?
-Creo que existís aquí y ahora porque yo lo deseo.
-Eso no es una pregunta, sino una afirmación. Siempre aciertas el juego. Pero no seas presuntuoso... Nosotros no sólo existimos por ti.
-Tengo una pregunta. ¿Me dejaréis algún día visitar la cueva?
-Si pudieras entrar, sería una malísima señal.
-¿Como que yo habría muerto?
-Es normal que tu padre odie tu inteligencia, lo mismo que los niños de tu barrio. Yo también la odio un poco en ciertos momentos.
-Mientes.
-Sí.
-Cuando os hago esa clase de preguntas, nunca me engañáis. ¿Tenéis prohibido mentir de verdad, o sea, hacer que uno se convenza de lo contrario de lo que es real?
-Existimos para ayudarte a encontrar la verdad y, por lo tanto, no podemos ayudar a engañarte. Ahí llega Azul.
Éste surgió de la sombra de un algarrobo, en la dirección señalada por Celeste. Como no solía verlos de lejos, nunca había prestado Dany atención al modo de desplazarse de los dos niños, teniendo en cuenta la transparencia azul de su cuerpo. Azul caminaba como todos los niños que no eran azules, aunque sus movimientos parecían más gráciles que los de cualquier otro.
-Necesitas ocho libros y una colección de apuntes que te dan en fotocopias -dijo el recién llegado-. Nosotros podríamos ayudarte a conseguirlos, pero deberías estar dispuesto a correr un riesgo gravísimo.
-¿Como saltar este tajo?
-Mayor aún. ¿Tienes coraje?
-¿Ahora?
-¿No te sientes capaz?
-¿Podré ver con los dos ojos?
-Verás con todos los ojos.
-Vamos.
-En ningún momento trates de tocarnos. Promete que, sean cuales sean las circunstancias, no lo vas a intentar.
-Lo prometo.
Dany advirtió que no tenía peso y su sombra se había vuelto azul.
-Abuelo, ¿por qué tuviste que decírselo a mi padre?
El abuelo no respondió. Ni siquiera lo miró.
-Mamá, ¿por qué no me defiendes cuando mi padre... se enfada?
La madre continuó con su tarea, como si no oyese. Pero Dany descubrió con extrañeza que rodaba una lágrima por su mejilla.
-Buenas tardes, doña Piedad.
La vecina del piso de al lado, en el mismo descansillo donde estaba su vivienda, no lo miró. Continuó hablando con doña Carmen, la vecina del piso de abajo: "De hoy no puede pasar. Tenemos que presentar la denuncia".
-Papá, ¿me odias?
El padre pestañeó, al tiempo que se sacudía la frente con la mano, como si intentase espantar una mosca o una idea desagradable. Dany notó que, aunque veía bien su cara, lo miraba un poco desde arriba, como si su estatura se hubiera vuelto superior a la de él. Recordó a Azul y Celeste y los buscó con la mirada. Se encontraban a cierta distancia, a su izquierda y su derecha y, entonces, comprendió que estaba suspendido en el aire. Sintió pavor, pero reprimió el vehemente deseo de agarrarse a uno de ellos, o a los dos. Creyó que su padre sí podía verlo.
-Papá... no te enfades conmigo. ¿Me odias?
El padre volvió a agitar la mano ante su frente.
-¿Qué supones que le pasa? -preguntó Celeste.
-Algo le molesta en la cabeza.
-Sí -concordó Azul-, pero no por fuera. Algo le molesta en la cabeza... pero por dentro.
-¿Cómo lo sabes?
-Supones que tu padre es un mineral o un ser monstruoso -afirmó Celeste.
-No. Yo lo quiero.
-Repítelo -exigió Azul.
-Yo lo quiero.
-¿Aunque te torture? -preguntó Celeste-. ¿No es superior tu rencor?
-Todos los niños juegan y ríen con sus padres. A mí me gustaría también jugar y reír con el mío. Lo necesito.
-Lo que le molesta a tu padre en la cabeza -afirmó Azul- es la conciencia.
-¿Se arrepiente cuando me pega?
De repente, ya no estaba suspendido en el aire y su abuelo, su madre, doña Piedad, doña Carmen y su padre se habían esfumado. La colina era azul, las rocas eran azules y el panorama de la ciudad era azul, mientras que el mar resplandecía como plata bruñida y los niños azules se habían vuelto de luz.
-¿Me escucháis? -preguntó Dany.
-Sólo si dices lo que debes decir -respondió Celeste.
-Mi padre se arrepiente cuando me pega.
-Repítelo -pidió Azul.
-He comprendido que mi padre se arrepiente siempre que me pega.
Los niños azules desaparecieron, la colina volvía a ser de color pardo, los árboles verdes, la ciudad gris y el mar, azul.
Dany recorrió con dificultad el camino de vuelta a casa. Le dolía mucho el labio y la molestia del ojo izquierdo era insoportable. Había dos hombres golpeando la puerta de su casa, dos hombres azules, azul muy oscuro. Eran policías.
Sintió temor, un miedo cuya naturaleza ignoraba, y por ello se escondió en un recodo de la escalera. Oyó:
-¿Está su marido, señora?
-¡Juan! -llamó su madre, sin moverse de la puerta.
-¿Sí? -preguntó su padre.
-Tenemos que hacerle unas preguntas. Hay una queja muy seria de los vecinos contra usted. En realidad, se trata de una denuncia por malos tratos a un menor.
-Yo...
-¿Qué tiene usted que alegar?
-La denuncia es cierta -dijo su madre con tono vacilante y una especie de quejido aterrorizado en la voz.
-¡Marta!
-Sí, Juan. Esto no puede continuar. Vas a convertir a nuestro hijo en un animalillo asustado, lo mismo en que me has convertido a mí.
-¿Desea usted denunciar a su marido, señora?
-¡Marta!
-Si lo convencen ustedes de que no vuelva a ponerle la mano encima al niño, no la presentaré. Pero si, a pesar de la promesa, vuelve a pegarle, los vecinos no tendrán que denunciarlo. Seré yo quien lo haga.
-Mire usted, señor Juan Jara; si sus vecinos no retiran la denuncia, el juez va a privarle de la patria potestad de su hijo y tal vez lo encierre durante algunos años, como usted se merece. Personalmente, me alegraría mucho verlo en la cárcel, porque es una cobardía asquerosa pegar a un niño que no le llegará ni a la cintura. ¿Qué tiene usted que decir?
-Les juro por Dios y por mis muertos que nunca volveré a ponerle a mi hijo la mano encima.
-Informaremos de que nos ha dicho usted eso. Pero tendrá que convencer a sus vecinos para que retiren la denuncia; si no, lo va a tener usted muy crudo. Si de mí dependiera, yo les aconsejaría que no la retiren. Es que no hay derecho, oiga. ¿Podemos hablar con su hijo?
Dany corrió escaleras abajo para no tener que contestar preguntas de los policías en presencia de su padre y, sobre todo, para que no vieran el aspecto que presentaba su cara, y volvió a la calle. ¿Qué consecuencias podían derivarse de la visita? ¿No empeoraría su situación? Todavía no había oscurecido del todo, podía entretenerse una hora o dos en la calle y volvería a su casa justo a la hora de la cena, que era lo que ellos le exigían.
-¿Te has caído? -le preguntó un niño llamado Pepe Luis, el más voluminoso de los muchachos de su edad entre los vecinos de la calle y el que más huraño solía mostrarse con él cuando intentaba participar en los juegos.
-Sí, por la escalera -respondió Dany sin vacilar.
-Pues te pareces a Frankestein.
Dany sonrió. Intuía que era una broma amable, no un sarcasmo.
-Tengo el ojo a la virulé. No veo ni tres un burro.
Pepe Luis soltó una carcajada, como si el comentario le hubiera parecido divertidísimo.
-¿Quieres jugar? -preguntó el chico grandón.
-¿A qué?
-Al chiquirindongui. Sólo somos tres: nos falta el cuarto.
-Con este ojo ciego, me las vais a comer todas.
-Por eso te invito -ironizó Pepe Luis-. Me darás ventaja.
Dany volvió a intuir que era una broma amable.
Jugó cuatro partidas de parchís, de las que ganó tres. En la cuarta, le pareció que sería mejor dejarse ganar, para no provocar la inquina de quienes se mostraban repentinamente dispuestos a permitirle ser su camarada.
Subió las escaleras de su casa con prevención porque se había pasado unos minutos de la hora, pero, sobre todo, por la visita de los policías. Su madre le sonrió esplendorosamente al abrirle la puerta y se giró hacia la mesita de la sala, al lado de la cual se encontraba su padre sentado. Encima de la mesa, nuevos y relucientes, estaban los ocho libros. Corrió a abrazar a su padre, que le dio un beso.
-Perdóname hijo -murmuró en su oído.
Absorto en los libros y en el recuerdo de lo grata que había sido la partida de parchís, Dany olvidó a los niños azules.
martes, 7 de abril de 2020
sábado, 15 de febrero de 2020
EL MUCHACHO DE TIRO
LA HORA DE 3.000 AÑOS
Una historia mítica de Málaga
Luis Melero
EL MUCHACHO DE TIRO
Los dioses eran tan despiadados que no podía pedirles ayuda, porque las plegarias humilladas ocasionaban su ira y les sacaban de quicio, lo que inclinaba a los dioses a martirizar tormentosamente al suplicante. Ya no recordaba cuándo había comido hasta saciarse, si es que alguna vez lo había hecho, y había olvidado si nunca durmió sobre un jergón mullido y sin terrores.
En su memoria obnubilada por el hambre y el cansancio, hervía como un mal sueño que alguien le había dicho “ya tienes edad de ganarte el sustento y nosotros tenemos demasiados a los que alimentar. Sal a robar en los muelles o nada hasta la isla y recala en las aguas del mar, donde encontrarás mucho con que saciar tu hambre”.
Hiram no recordaba cuánto tiempo haría de eso, pero a diario suplicaba a Astarté que ningún marinero le partiera el espinazo de una patada si lo sorprendía robando pescado en la cubierta de las naves, tan flaco y débil se sentía. Sobre todo, rogaba a Astarté y a Malac no ser usado como mujer por los ansiosos y desbocados marineros. Les temía a todos, principalmente cuando acababan de desembarcar tras una travesía muy prolongada y bajaban la pasarela desnudos exhibiendo impúdicos y orgullosos el bronce del sol en su piel y el enhiesto deseo en sus genitales. A pesar de su impudicia, le parecían dioses de otro mundo, con sus formidables miembros y los hombros de titanes, enrojecidos por el sol y el tinte de su ropa, y con frecuencia aplacaba el furor y el odio de algunos de esos marineros ofreciéndoles los primeros caracoles que conseguía encontrar en las profundidades cenagosas.
Su pecho no estaba aún desarrollado como para coger bocanadas grandes de aire que le permitieran permanecer más que unos instantes arañando el oscuro fondo arenoso La dificultad iba aumentando en muy poco tiempo, porque al tercer o cuarto caracol que desenterraba, la nube de polvo ascendía, desdibujando por completo el fondo e impidiendo seguir la búsqueda.
Por desgracia, por muchos caracoles que Hiram llevara a la superficie apenas recibía a cambio unas migajas de pan o un par de sardinas. La búsqueda de esos caracoles era una tarea sin fin, pues aseguraban que eran necesarios muchos millares para extraer el tinte suficiente para una sola túnica, que únicamente podían permitirse las grandes fortunas. Paradójicamente, tales dificultades ocasionaban que nunca le faltase ese trabajo, a la espera de adquirir corpulencia de marinero que le permitiera embarcarse en busca de las cantadas riquezas lejanas.
Una vez, tras la llegada de un navío grande que había permanecido ausente muchas lunas, escondido entre enormes ovillos malolientes de sogas, pasó gran parte de la noche aterrorizado por los horribles quejidos de otros niños mendigos del puerto, mientras eran usados por los fogosos marinos recién llegados; el pavor le mantuvo desvelado, porque esos niños, que eran sus competidores en las raterías, parecían sufrir torturas insoportables bajo el peso convulso y jadeante de tales marineros.
Hastiado y desesperado, al amanecer tuvo una feliz ocurrencia. Encontró en los muelles un sucio retazo de vela marinera que parecía abandonado; permaneció todo el día escondido, observando a hurtadillas ese tesoro, y no se atrevió a apoderarse de él hasta que Astarté se llevó al dios Sol a hacerle compañía. Con la tela en sus manos, a tientas, calculó que el tamaño del retazo le permitiría coser con esparto para formar una bolsa que se anudaría a la cintura. Con ella, no tendría que salir tantas veces a la superficie junto al muelle para descargar los caracoles, ascendería de vez en cuando para coger aire colgado de los cordajes de algún barco, y en seguida volvería al fondo; sólo saldría a la superficie cuando el peso de los caracoles le dificultase el trabajo.
Así lo hizo durante un par de lunas completas. A Hiram le bastaron cuatro o cinco inmersiones para acostumbrarse a regresar a la superficie a pesar del lastre de la bolsa casi llena de caracoles. Tan solo una vez intentó llenarla a rebosar, pero las abundantes espinas llegaban a atravesar el duro tejido y clavárseles en la piel, así que moderó su ambición y su impaciencia, y ya nunca llenó del todo el precario artilugio, a pesar de lo cual lo obtenido a cambio de su pesca diaria multiplicaba por diez lo que consiguiera antaño. Feliz por la riqueza repentina que la bolsa le estaba proporcionando, se aplacaron las torturas de su mente y se abrieron sus oídos, de manera que mientras descansaba enganchado a un barco, encogido para no ser descubierto, se aficionó a espiar las chácharas de los marineros.
Todos hablaban enfáticamente de las riquezas y maravillas que veían cada vez que navegaban lejos. La isla, que era la zona más tradicional y cosmopolita de Tiro, era permanentemente un hervidero de chismes y experiencias llenas de magia y fortuna, que embrujaban la cabeza de los más jóvenes. Ningún marinero mencionaba las miserias de navegar hacinados en espacios demasiado estrechos e insalubres ni de los peligros con que tropezaban al varar en cualquier tierra desconocida y frecuentemente inhóspita, siempre llena de salvajes belicosos, ni de las muertes frecuentes que sufrían en infinidad de circunstancias.
Más allá del horizonte, sólo había maravillas. Fortalezas con murallas de oro y zigurats de piedras preciosas. Playas llenas de mujeres desnudas y complacientes. Arenales con más perlas que arena. Y caracoles. Había playas con tantos caracoles en los rompeolas, que podían llenar un barco en una sola jornada. Y ni siquiera era necesario sumergirse demasiado, porque en muchos sitios tocaban en el rebalaje los caracoles con los pies sin tener que sumergirse.
Eso tenía que verlo. Aunque los prodigios descritos por los marineros le hacían soñar, a pesar de que en el fondo de su mente fluía un pequeño caudal de escepticismo, la lejana profusión de caracoles borraba todas las defensas de su credulidad. Esos lechos de caracoles tan abundantes como los cardúmenes de sardinas, tenía que verlos y apoderarse de ellos. De manera que comenzó a germinar en su ánimo la determinación de intentar la arriesgada aventura de colarse de polizón en uno de aquellos barcos. Aplazó muchas veces la decisión, porque de los barcos que veía preparar para hacerse a la mar ninguno le parecía equipado ni suficientemente grande para alcanzar los remotos paisajes de los mitos marineros.
Su vigilancia y atención dieron resultado una primavera, después de amainar las tormentas que llenaban de monstruos el mar. Una mañana, vio aparecer majestuosamente desde el continente un “anayat melek” o barco del rey. Pasmado por el esplendor de esa nave, se planteó temerariamente colarse en ella, pero pronto cayó en la cuenta de dos impedimentos: ese barco estaría mucho más vigilado que los demás y no podría permanecer mucho tiempo como polizón, y el barco del rey no se ocuparía directamente de las peligrosas expediciones en busca de riquezas y caracoles. Por lo tanto, Hiram reprimió su impaciencia y su hambre mientras rogaba a Astarté que apareciera un barco grande y poderoso, capaz de arribar a los confines fabulosos de los que hablaban sus mitos. Fueron pasando los soles y hasta alguna Luna, e Hiram temió que le alcanzara la bochornosa inundación solar de los tiempos centrales, cuando todavía sería mucho más peligroso esconderse en un barco lleno de malahim cansados, hambrientos, lujuriosos y borrachos, y donde un escondite demasiado estrecho no impediría que lo descubrieran varios marineros a la vez, que lo usarían hasta acabar con su vida.
Lo vio llegar una mañana gris que trajo una corta tormenta. Todavía a una distancia de medio sol del puerto, resultaba impresionante. En seguida cayó en la cuenta de que ese barco asustaría a los pueblos salvajes que lo vieran llegar con su gigantesca vela roja y los gritos acompasados de los remeros, que podían oírse a la distancia. Ese iba a ser su escape.
Aguardó pacientemente el varado y anclaje, cautelosamente escondido tras uno de los numerosos fardos de los muelles. De cerca, el barco era largo y tenía claramente dos cubiertas; en la más baja, había unos sesenta remeros. En las bordas de la cubierta superior colgaban los escudos de los guerreros, que totalizaban unos ochenta. El mástil, altísimo, llevaba más de una gran vela cuadrada. En el mascarón de proa resaltaba, junto a un ojo con forma de pez pintado a cada lado, un bello rostro de muchacho tallado entre otras figuras, falos gigantescos y otros torpes símbolos sexuales; más abajo, un fuerte espolón con punta de bronce, dispuesto para hundir barcos enemigos. Hiram lo contempló con detenimiento asombrado; a la altura de la cubierta inferior, el casco mostraba una hilera de troneras a unos cinco palmos de la borda, por donde asomaban los formidables remos. Le asombró que aunque los remeros fueran protegidos del sol y demás inclemencias, bajo techo, sus acompasados gritos y consejas fueran oídos tan lejos cuando se acercaban a puerto. La cubierta estaba llena de fardos, muchos, simples sacos muy abultados por frutos o cosas semejantes, pero otros muchos eran cajas cuidadosamente claveteadas y cerradas, que seguramente contenían las riquezas de las que tanto se jactaban.
Vigilaría ese barco el tiempo que fuera necesario, porque decidió que sería ahí donde se escondería de polizón. Le desalentó algo ver bajar por la pasarela a un malahi desnudo, que daba las impresión de complacerse en exhibir su formidable musculatura teñida por el sol y la púrpura, mientras balanceaba un órgano sexual descomunal que daba miedo aunque a nadie parecía llamarle la atención. Uno de sus brazos sujetaba un pesado fardo no muy grande, que debía de contener su parte del botín; el brazo tensado era impresionante, rebosante de anfractuosidades; sería terrible ser castigado por una extremidad así. Ansió que ese hombre no permaneciera con la tripulación el día que pudiese esconderse en su barco.
La espera se prolongó tanto, que muchas veces estuvo a punto de desistir y abordar cualquier otro que pareciera salir a explorar. Sin embargo, le retuvo la convicción de que ningún otro navío podría disponerse a llegar tan lejos. El gran problema de la espera era que, a pesar de la mala e insuficiente alimentación, notaba que sus hombros se ensanchaban y sus piernas y brazos, cada vez más voluminosos, comenzaban a cubrirse de un fino vello dorado. Consideró que cuanto más tiempo pasara, le resultaría más difícil esconderse con seguridad y pasar inadvertido en un barco con tan numerosa tripulación.
El anyt ym no volvió a izar las velas hasta seis lunas más tarde. Lo abordó de noche, escalando el casco por el lado contrario a donde estaba amarrado a puerto. El escondite que eligió Hiram no parecía muy seguro, porque a su cuerpo encogido no lo cubrían las sombras del todo, pero se esforzó por comprimirse imitando a las lapas, pegado a un fardo lleno de naranjas en el hueco imposible que lo separaba de otro rebosante de piñas. De madrugada, notó que un rb anyt se encaramó sobre el cargamento de provisiones, por lo que Hiram tuvo un instante de terror cuando le pareció que miraba brevemente hacia su escondite.
Astarté presidía precariamente el pequeño castillo del buque, pero a nivel de cubierta, la diosa Malac presidía dominadora los movimientos cotidianos de los marinos. Al principio, a Hiram no le extrañó la desnudez completa de la diosa; sólo tuvo un atisbo de entendimiento cuando vio a uno de los anyt yn meter a medias su mano por una rendija de la entrepierna de la estatua. Esto le consternó, porque no se acostumbraba tocar a los dioses, pero esa Malac de los marineros parecía tener más funciones que protegerles de los peligros del mar, ya que un par de noches más tarde descubrió que otro marino introducía su falo en la estatua y se refocilaba como si se hubiera vuelto loco. En lugar de escandalizarse por el sacrilegio, Hiram sintió crecer su pavor, calculando lo que podría pasarle si ese marinero o cualquier otro lo descubría, porque tenía que reptar con demasiada frecuencia en busca de alimento, ya que su cuerpo estaba experimentando novedades que le producían hambre creciente.
En ese espacio menor que su cuerpo, Hiram perdió la cuenta de las Lunas transcurridas, ya que el hambre insatisfecho obnubilaba sus miembros y su entendimiento. Algunas veces, se atrevía a arrastrarse como una serpiente en busca de cualquier resto comestible medio podrido entre los bultos, tras lo cual, siempre le parecía al volver que el hueco se había vuelto más estrecho aun. No comprendía ni tenía modo de comprobar que sus volúmenes aumentaban a pesar del hambre, notando estupefacto que surgía pelo abundante donde nunca lo había tenido.
Durante unas cuantas Lunas, el barco se acercó a distintos lugares, pero sin varar, porque los expedicionarios que abordaban los arenales volvían negando con aspavientos. Hiram no llegó siquiera a asomarse del todo, ya que las visitas frustradas duraban muy poco.
Pero un amanecer notó mucha agitación. Todavía de noche, habían bajado a la playa siete expedicionarios, que volvieron muy pronto y tras sus gestos y descripciones, toda la tripulación se puso en movimiento. Oyó que en la cubierta inferior, los remeros recogían los remos del todo, los amarraban en haces como si la travesía hubiera terminado y se sumaban a lo que estuvieran organizando el rab y los principales malahim. Aprovechando la agitación, Hiram se atrevió a asomarse a la borda.
Estaban en medio de una estrecha ría, cuyas dos orillas arenosas distaban poco. A pocos centenares de codos de la derecha, se alzaba una sólida muralla de troncos tras la que ascendía el humo de muchas hogueras de quienes estuvieran preparando sus primeras comidas del día; más allá del humo, observó que se recortaba un monte oscuro que semejaba un formidable guardián de la playa, cubierto de rocas pizarrosas como si formaran parte de una armadura guerrera ciclópea. Entre algunos bosquetes de ese monte, desdibujados por la calima, había cabañas y alguna hoguera matinal. Evidentemente, la empalizada de la playa se trataba de una población grande que, seguramente, no aceptaría mansamente invasiones de extranjeros.. Se preguntó con pavor si iba a encontrarse en el centro de una guerra cruel, aunque nadie en el barco mostraba signos de temor ni de alerta. Una expedición de veinte malahim desembarcó con sigilo por la borda de babor, oculta a la ubicación de la ciudad, para no ser vistos. Como su cautela había dejado de ser necesaria, Hiram se alzó del escondite a fin de observar el rumbo y las intenciones de la expedición, momento en el que un fornido malahim malcarado lo descubrió y se lanzó hacia él. Hiram corrió presuroso hasta la borda y se lanzó al agua; aunque había poca profundidad, pudo refugiarse bajo el casco conteniendo la respiración, hasta que el malahim que lo había descubierto perdiera el interés. Durante unos instantes, se maravilló porque el fondo arenoso estaba alfombrado profusamente de caracoles, lo que podría hacerle rico si no se encontrara tan lejos de Tiro. Aún con la respiración contenida pero a punto de reventársele los pulmones, recordó que tenía que huir. Hiram buceó en la misma dirección que había visto alejarse los expedicionarios, pero cuando consiguió tocar tierra los había perdido de vista. Como había notado que su cuerpo había alcanzado ya casi la altura de un hombre, decidió no exponerse a ser visto y se arrastró playa arriba, hacia el tupido bosque situado a no demasiados codos de distancia.
Entusiasmado, descubrió en el bosque muchos frutos desconocidos y raíces suculentas, de modo que satisfizo del todo el hambre por primera vez en mucho tiempo. Permaneció varios soles escondido en el bosque, atento a cuanto sucedía en el barco a ver con cuántas riquezas volvían los expedicionarios, pero a la séptima noche su sueño fue alterado por el fragor de una turba vociferante de salvajes desnudos que, armados con antorchas, bajó por la playa hacia el barco, que incendiaron aunque era más impresionante el griterío que el fragor e las llamas.
Al comenzar el alba, Hiram comprobó con desconsuelo que el barco había dejado de existir, atufaba la pestilencia de carne quemada y el agua presentaba un turbador color entre pardo y rojizo de la sangre. Sólo unos pocos salvajes permanecían en la playa, como si quisieran asegurarse de que la ciudad ya no corría peligro, pero la mayor parte de los atacantes había vuelto a ocultarse tras la empalizada y podía oír lejano el eco de risas, celebración y burlas..
Acurrucado y sin salir nunca a la luz de la playa para que no pudieran descubrirlo, Hiram permaneció tres Lunas esperando que otra expedición de Tiro llegase y se interesara por las riquezas que pudiera haber en ese lugar, pero el tiempo pasó mientras él comenzaba a sentir necesidades nuevas muy desconcertantes y a veces angustiosas, que la soledad no podía satisfacer, ni aunque imitara lo que recordaba haber visto hacer de noche a los marineros, a escondidas, durante la travesía.
Hastiado y triste, un día caminó en dirección contraria a la ría, obligado a vencer los hirientes impedimentos de la frondosidad casi impenetrable del bosque. Por fin, dos soles más tarde, encontró una nueva playa, que descendía hacia un estuario muy ancho y lleno de vida animal. Examinó con atención hacia el norte, el oeste y el sur para asegurarse de que no hubiera ninguna población cerca; si la había, debía de ser muy lejos río arriba, ya que un par de veces vio a un pescador llegar a pescar junto a una colina arenosa situada enfrente, donde la pesca debía de ser muy abundante, Dedujo que ese pescador desnudo y pintarrajeado de azul llegaba de muy lejos, porque no navegaba una barca, sino sentado a horcajadas en un tronco muy grueso y sin remos, paleando con las manos para avanzar. El tronco era de un árbol mucho más voluminoso que los del bosquecillo donde estaba, por lo que debía de proceder de mucho más arriba del río.
Comprendió que sólo podría considerarse a salvo en aquella isleta sin vegetación ni hierba situada al otro lado del río, pero aislada entre dos anchos brazos del estuario. A poniente de la isla, calculó que habría otra playa en declive, que le ocultaría. Así que fue el lugar que eligió para aposentarse. Luego de varios soles de indecisión apesadumbrada, nadó muchas veces para regresar con troncos y arbustos con los que compuso una precaria vivienda. Examinó el resultado con impotencia, porque no era una construcción de la que enorgullecerse, pero carecía de fuerzas para más. La modestia del refugio era vergonzosa.
Tendría que disimular algo ante sus propias entendederas, encontrando el modo de decorar el exterior, con objeto de no exasperar a los espíritus propios de esos parajes, cuyo talante desconocía. . Encontró tres variedades de flores secas y altas y orgullosas cañas, pero también tenía que proveerse de dioses a los que pedir protección contra tales espíritus locales. Con un tronco rechoncho hendido por un rayo, se imaginó que era la diosa Astarté, grabó con una contra una torpe silueta en el tronco y la colocó en lo más alto del terreno como protegiendo la vivienda, pero otro tronco que decidió que sería Malac le dijo que estaba furiosa, porque lo había protegido de las maldades de los marineros durante la travesía desde Tiro, y ahora le pertenecía. Se lo dijo con los ecos funestos de una tormenta estival de granizo, que pareció dispuesta a llevárselo volando para morir junto al dios Baal, cuyo perdón solicitó entre aullidos de terror. Temblando, Hiram se lanzó sin miedo desde la altura hasta la cálida arena y, con miedo reverencial, apartó unos codos a Astarté para colocar a Malac en lo más alto. De inmediato, el tosco tocón que representaba a Malac resplandeció como el sol de la madrugada y en el miedo interior de Hiram se dibujó una sonrisa.
Había sido tan intenso el pavor del arrebato de Baal, que el adormecimiento lo rindió. De repente, la isla, que no era tan grande como Tiro, se cubrió de una animada ciudad cuadriculada como una muralla babilónica, llena de gente feliz y despreocupada que cantaba y bailaba a todas horas, millares de ánforas y vasijas se secaban al sol por todos lados y el humo de los hornos se elevaba mansamente por doquier, mientras centenares de barcos enfilados en vendejas o anclados en sus muelles, cargaban o descargaban mercancías.
Despertó y al recordar que estaba solo, se echó a llorar. Sintió en la entrepierna el ardor y la urgencia del despertar masculino, lo que le hizo pensar en muchachas, tan inalcanzables en sus circunstancias como el favor de Baal. Dedicó un par de lunas a sumergirse en busca de caracoles espinosos, que amontonaba en la playa sin objeto. No tenía ni idea de cómo se obtenía la púrpura ni tenía a quien vendérsela. Tras amargas lunas de aburrimiento y tristeza, decidió que ya era un hombre, que necesitaba raptar a una mujer y crear una familia bajo la protección de Malac, porque la vida le forzaba a fundar una ciudad aunque fuera muy pequeña, para poder sustituir a la que había perdido y nunca recuperaría. Necesitaba compañía para fundar la ciudad. Invocaría a Malac para reunir coraje con el que espiar alguna aldea y ser capaz de raptar a una compañera para fundar el nuevo reino de Tiro, y pocos días más tarde le pareció oír un susurro de Malac: “Corre a la muralla de la ciudad del este. La vas a conseguir cuando ella salga a lavar en el río. Tráela pronto, para que yo pueda bendecirla”.
Malac se llamó su isla desde entonces.
Una historia mítica de Málaga
Luis Melero
EL MUCHACHO DE TIRO
Los dioses eran tan despiadados que no podía pedirles ayuda, porque las plegarias humilladas ocasionaban su ira y les sacaban de quicio, lo que inclinaba a los dioses a martirizar tormentosamente al suplicante. Ya no recordaba cuándo había comido hasta saciarse, si es que alguna vez lo había hecho, y había olvidado si nunca durmió sobre un jergón mullido y sin terrores.
En su memoria obnubilada por el hambre y el cansancio, hervía como un mal sueño que alguien le había dicho “ya tienes edad de ganarte el sustento y nosotros tenemos demasiados a los que alimentar. Sal a robar en los muelles o nada hasta la isla y recala en las aguas del mar, donde encontrarás mucho con que saciar tu hambre”.
Hiram no recordaba cuánto tiempo haría de eso, pero a diario suplicaba a Astarté que ningún marinero le partiera el espinazo de una patada si lo sorprendía robando pescado en la cubierta de las naves, tan flaco y débil se sentía. Sobre todo, rogaba a Astarté y a Malac no ser usado como mujer por los ansiosos y desbocados marineros. Les temía a todos, principalmente cuando acababan de desembarcar tras una travesía muy prolongada y bajaban la pasarela desnudos exhibiendo impúdicos y orgullosos el bronce del sol en su piel y el enhiesto deseo en sus genitales. A pesar de su impudicia, le parecían dioses de otro mundo, con sus formidables miembros y los hombros de titanes, enrojecidos por el sol y el tinte de su ropa, y con frecuencia aplacaba el furor y el odio de algunos de esos marineros ofreciéndoles los primeros caracoles que conseguía encontrar en las profundidades cenagosas.
Su pecho no estaba aún desarrollado como para coger bocanadas grandes de aire que le permitieran permanecer más que unos instantes arañando el oscuro fondo arenoso La dificultad iba aumentando en muy poco tiempo, porque al tercer o cuarto caracol que desenterraba, la nube de polvo ascendía, desdibujando por completo el fondo e impidiendo seguir la búsqueda.
Por desgracia, por muchos caracoles que Hiram llevara a la superficie apenas recibía a cambio unas migajas de pan o un par de sardinas. La búsqueda de esos caracoles era una tarea sin fin, pues aseguraban que eran necesarios muchos millares para extraer el tinte suficiente para una sola túnica, que únicamente podían permitirse las grandes fortunas. Paradójicamente, tales dificultades ocasionaban que nunca le faltase ese trabajo, a la espera de adquirir corpulencia de marinero que le permitiera embarcarse en busca de las cantadas riquezas lejanas.
Una vez, tras la llegada de un navío grande que había permanecido ausente muchas lunas, escondido entre enormes ovillos malolientes de sogas, pasó gran parte de la noche aterrorizado por los horribles quejidos de otros niños mendigos del puerto, mientras eran usados por los fogosos marinos recién llegados; el pavor le mantuvo desvelado, porque esos niños, que eran sus competidores en las raterías, parecían sufrir torturas insoportables bajo el peso convulso y jadeante de tales marineros.
Hastiado y desesperado, al amanecer tuvo una feliz ocurrencia. Encontró en los muelles un sucio retazo de vela marinera que parecía abandonado; permaneció todo el día escondido, observando a hurtadillas ese tesoro, y no se atrevió a apoderarse de él hasta que Astarté se llevó al dios Sol a hacerle compañía. Con la tela en sus manos, a tientas, calculó que el tamaño del retazo le permitiría coser con esparto para formar una bolsa que se anudaría a la cintura. Con ella, no tendría que salir tantas veces a la superficie junto al muelle para descargar los caracoles, ascendería de vez en cuando para coger aire colgado de los cordajes de algún barco, y en seguida volvería al fondo; sólo saldría a la superficie cuando el peso de los caracoles le dificultase el trabajo.
Así lo hizo durante un par de lunas completas. A Hiram le bastaron cuatro o cinco inmersiones para acostumbrarse a regresar a la superficie a pesar del lastre de la bolsa casi llena de caracoles. Tan solo una vez intentó llenarla a rebosar, pero las abundantes espinas llegaban a atravesar el duro tejido y clavárseles en la piel, así que moderó su ambición y su impaciencia, y ya nunca llenó del todo el precario artilugio, a pesar de lo cual lo obtenido a cambio de su pesca diaria multiplicaba por diez lo que consiguiera antaño. Feliz por la riqueza repentina que la bolsa le estaba proporcionando, se aplacaron las torturas de su mente y se abrieron sus oídos, de manera que mientras descansaba enganchado a un barco, encogido para no ser descubierto, se aficionó a espiar las chácharas de los marineros.
Todos hablaban enfáticamente de las riquezas y maravillas que veían cada vez que navegaban lejos. La isla, que era la zona más tradicional y cosmopolita de Tiro, era permanentemente un hervidero de chismes y experiencias llenas de magia y fortuna, que embrujaban la cabeza de los más jóvenes. Ningún marinero mencionaba las miserias de navegar hacinados en espacios demasiado estrechos e insalubres ni de los peligros con que tropezaban al varar en cualquier tierra desconocida y frecuentemente inhóspita, siempre llena de salvajes belicosos, ni de las muertes frecuentes que sufrían en infinidad de circunstancias.
Más allá del horizonte, sólo había maravillas. Fortalezas con murallas de oro y zigurats de piedras preciosas. Playas llenas de mujeres desnudas y complacientes. Arenales con más perlas que arena. Y caracoles. Había playas con tantos caracoles en los rompeolas, que podían llenar un barco en una sola jornada. Y ni siquiera era necesario sumergirse demasiado, porque en muchos sitios tocaban en el rebalaje los caracoles con los pies sin tener que sumergirse.
Eso tenía que verlo. Aunque los prodigios descritos por los marineros le hacían soñar, a pesar de que en el fondo de su mente fluía un pequeño caudal de escepticismo, la lejana profusión de caracoles borraba todas las defensas de su credulidad. Esos lechos de caracoles tan abundantes como los cardúmenes de sardinas, tenía que verlos y apoderarse de ellos. De manera que comenzó a germinar en su ánimo la determinación de intentar la arriesgada aventura de colarse de polizón en uno de aquellos barcos. Aplazó muchas veces la decisión, porque de los barcos que veía preparar para hacerse a la mar ninguno le parecía equipado ni suficientemente grande para alcanzar los remotos paisajes de los mitos marineros.
Su vigilancia y atención dieron resultado una primavera, después de amainar las tormentas que llenaban de monstruos el mar. Una mañana, vio aparecer majestuosamente desde el continente un “anayat melek” o barco del rey. Pasmado por el esplendor de esa nave, se planteó temerariamente colarse en ella, pero pronto cayó en la cuenta de dos impedimentos: ese barco estaría mucho más vigilado que los demás y no podría permanecer mucho tiempo como polizón, y el barco del rey no se ocuparía directamente de las peligrosas expediciones en busca de riquezas y caracoles. Por lo tanto, Hiram reprimió su impaciencia y su hambre mientras rogaba a Astarté que apareciera un barco grande y poderoso, capaz de arribar a los confines fabulosos de los que hablaban sus mitos. Fueron pasando los soles y hasta alguna Luna, e Hiram temió que le alcanzara la bochornosa inundación solar de los tiempos centrales, cuando todavía sería mucho más peligroso esconderse en un barco lleno de malahim cansados, hambrientos, lujuriosos y borrachos, y donde un escondite demasiado estrecho no impediría que lo descubrieran varios marineros a la vez, que lo usarían hasta acabar con su vida.
Lo vio llegar una mañana gris que trajo una corta tormenta. Todavía a una distancia de medio sol del puerto, resultaba impresionante. En seguida cayó en la cuenta de que ese barco asustaría a los pueblos salvajes que lo vieran llegar con su gigantesca vela roja y los gritos acompasados de los remeros, que podían oírse a la distancia. Ese iba a ser su escape.
Aguardó pacientemente el varado y anclaje, cautelosamente escondido tras uno de los numerosos fardos de los muelles. De cerca, el barco era largo y tenía claramente dos cubiertas; en la más baja, había unos sesenta remeros. En las bordas de la cubierta superior colgaban los escudos de los guerreros, que totalizaban unos ochenta. El mástil, altísimo, llevaba más de una gran vela cuadrada. En el mascarón de proa resaltaba, junto a un ojo con forma de pez pintado a cada lado, un bello rostro de muchacho tallado entre otras figuras, falos gigantescos y otros torpes símbolos sexuales; más abajo, un fuerte espolón con punta de bronce, dispuesto para hundir barcos enemigos. Hiram lo contempló con detenimiento asombrado; a la altura de la cubierta inferior, el casco mostraba una hilera de troneras a unos cinco palmos de la borda, por donde asomaban los formidables remos. Le asombró que aunque los remeros fueran protegidos del sol y demás inclemencias, bajo techo, sus acompasados gritos y consejas fueran oídos tan lejos cuando se acercaban a puerto. La cubierta estaba llena de fardos, muchos, simples sacos muy abultados por frutos o cosas semejantes, pero otros muchos eran cajas cuidadosamente claveteadas y cerradas, que seguramente contenían las riquezas de las que tanto se jactaban.
Vigilaría ese barco el tiempo que fuera necesario, porque decidió que sería ahí donde se escondería de polizón. Le desalentó algo ver bajar por la pasarela a un malahi desnudo, que daba las impresión de complacerse en exhibir su formidable musculatura teñida por el sol y la púrpura, mientras balanceaba un órgano sexual descomunal que daba miedo aunque a nadie parecía llamarle la atención. Uno de sus brazos sujetaba un pesado fardo no muy grande, que debía de contener su parte del botín; el brazo tensado era impresionante, rebosante de anfractuosidades; sería terrible ser castigado por una extremidad así. Ansió que ese hombre no permaneciera con la tripulación el día que pudiese esconderse en su barco.
La espera se prolongó tanto, que muchas veces estuvo a punto de desistir y abordar cualquier otro que pareciera salir a explorar. Sin embargo, le retuvo la convicción de que ningún otro navío podría disponerse a llegar tan lejos. El gran problema de la espera era que, a pesar de la mala e insuficiente alimentación, notaba que sus hombros se ensanchaban y sus piernas y brazos, cada vez más voluminosos, comenzaban a cubrirse de un fino vello dorado. Consideró que cuanto más tiempo pasara, le resultaría más difícil esconderse con seguridad y pasar inadvertido en un barco con tan numerosa tripulación.
El anyt ym no volvió a izar las velas hasta seis lunas más tarde. Lo abordó de noche, escalando el casco por el lado contrario a donde estaba amarrado a puerto. El escondite que eligió Hiram no parecía muy seguro, porque a su cuerpo encogido no lo cubrían las sombras del todo, pero se esforzó por comprimirse imitando a las lapas, pegado a un fardo lleno de naranjas en el hueco imposible que lo separaba de otro rebosante de piñas. De madrugada, notó que un rb anyt se encaramó sobre el cargamento de provisiones, por lo que Hiram tuvo un instante de terror cuando le pareció que miraba brevemente hacia su escondite.
Astarté presidía precariamente el pequeño castillo del buque, pero a nivel de cubierta, la diosa Malac presidía dominadora los movimientos cotidianos de los marinos. Al principio, a Hiram no le extrañó la desnudez completa de la diosa; sólo tuvo un atisbo de entendimiento cuando vio a uno de los anyt yn meter a medias su mano por una rendija de la entrepierna de la estatua. Esto le consternó, porque no se acostumbraba tocar a los dioses, pero esa Malac de los marineros parecía tener más funciones que protegerles de los peligros del mar, ya que un par de noches más tarde descubrió que otro marino introducía su falo en la estatua y se refocilaba como si se hubiera vuelto loco. En lugar de escandalizarse por el sacrilegio, Hiram sintió crecer su pavor, calculando lo que podría pasarle si ese marinero o cualquier otro lo descubría, porque tenía que reptar con demasiada frecuencia en busca de alimento, ya que su cuerpo estaba experimentando novedades que le producían hambre creciente.
En ese espacio menor que su cuerpo, Hiram perdió la cuenta de las Lunas transcurridas, ya que el hambre insatisfecho obnubilaba sus miembros y su entendimiento. Algunas veces, se atrevía a arrastrarse como una serpiente en busca de cualquier resto comestible medio podrido entre los bultos, tras lo cual, siempre le parecía al volver que el hueco se había vuelto más estrecho aun. No comprendía ni tenía modo de comprobar que sus volúmenes aumentaban a pesar del hambre, notando estupefacto que surgía pelo abundante donde nunca lo había tenido.
Durante unas cuantas Lunas, el barco se acercó a distintos lugares, pero sin varar, porque los expedicionarios que abordaban los arenales volvían negando con aspavientos. Hiram no llegó siquiera a asomarse del todo, ya que las visitas frustradas duraban muy poco.
Pero un amanecer notó mucha agitación. Todavía de noche, habían bajado a la playa siete expedicionarios, que volvieron muy pronto y tras sus gestos y descripciones, toda la tripulación se puso en movimiento. Oyó que en la cubierta inferior, los remeros recogían los remos del todo, los amarraban en haces como si la travesía hubiera terminado y se sumaban a lo que estuvieran organizando el rab y los principales malahim. Aprovechando la agitación, Hiram se atrevió a asomarse a la borda.
Estaban en medio de una estrecha ría, cuyas dos orillas arenosas distaban poco. A pocos centenares de codos de la derecha, se alzaba una sólida muralla de troncos tras la que ascendía el humo de muchas hogueras de quienes estuvieran preparando sus primeras comidas del día; más allá del humo, observó que se recortaba un monte oscuro que semejaba un formidable guardián de la playa, cubierto de rocas pizarrosas como si formaran parte de una armadura guerrera ciclópea. Entre algunos bosquetes de ese monte, desdibujados por la calima, había cabañas y alguna hoguera matinal. Evidentemente, la empalizada de la playa se trataba de una población grande que, seguramente, no aceptaría mansamente invasiones de extranjeros.. Se preguntó con pavor si iba a encontrarse en el centro de una guerra cruel, aunque nadie en el barco mostraba signos de temor ni de alerta. Una expedición de veinte malahim desembarcó con sigilo por la borda de babor, oculta a la ubicación de la ciudad, para no ser vistos. Como su cautela había dejado de ser necesaria, Hiram se alzó del escondite a fin de observar el rumbo y las intenciones de la expedición, momento en el que un fornido malahim malcarado lo descubrió y se lanzó hacia él. Hiram corrió presuroso hasta la borda y se lanzó al agua; aunque había poca profundidad, pudo refugiarse bajo el casco conteniendo la respiración, hasta que el malahim que lo había descubierto perdiera el interés. Durante unos instantes, se maravilló porque el fondo arenoso estaba alfombrado profusamente de caracoles, lo que podría hacerle rico si no se encontrara tan lejos de Tiro. Aún con la respiración contenida pero a punto de reventársele los pulmones, recordó que tenía que huir. Hiram buceó en la misma dirección que había visto alejarse los expedicionarios, pero cuando consiguió tocar tierra los había perdido de vista. Como había notado que su cuerpo había alcanzado ya casi la altura de un hombre, decidió no exponerse a ser visto y se arrastró playa arriba, hacia el tupido bosque situado a no demasiados codos de distancia.
Entusiasmado, descubrió en el bosque muchos frutos desconocidos y raíces suculentas, de modo que satisfizo del todo el hambre por primera vez en mucho tiempo. Permaneció varios soles escondido en el bosque, atento a cuanto sucedía en el barco a ver con cuántas riquezas volvían los expedicionarios, pero a la séptima noche su sueño fue alterado por el fragor de una turba vociferante de salvajes desnudos que, armados con antorchas, bajó por la playa hacia el barco, que incendiaron aunque era más impresionante el griterío que el fragor e las llamas.
Al comenzar el alba, Hiram comprobó con desconsuelo que el barco había dejado de existir, atufaba la pestilencia de carne quemada y el agua presentaba un turbador color entre pardo y rojizo de la sangre. Sólo unos pocos salvajes permanecían en la playa, como si quisieran asegurarse de que la ciudad ya no corría peligro, pero la mayor parte de los atacantes había vuelto a ocultarse tras la empalizada y podía oír lejano el eco de risas, celebración y burlas..
Acurrucado y sin salir nunca a la luz de la playa para que no pudieran descubrirlo, Hiram permaneció tres Lunas esperando que otra expedición de Tiro llegase y se interesara por las riquezas que pudiera haber en ese lugar, pero el tiempo pasó mientras él comenzaba a sentir necesidades nuevas muy desconcertantes y a veces angustiosas, que la soledad no podía satisfacer, ni aunque imitara lo que recordaba haber visto hacer de noche a los marineros, a escondidas, durante la travesía.
Hastiado y triste, un día caminó en dirección contraria a la ría, obligado a vencer los hirientes impedimentos de la frondosidad casi impenetrable del bosque. Por fin, dos soles más tarde, encontró una nueva playa, que descendía hacia un estuario muy ancho y lleno de vida animal. Examinó con atención hacia el norte, el oeste y el sur para asegurarse de que no hubiera ninguna población cerca; si la había, debía de ser muy lejos río arriba, ya que un par de veces vio a un pescador llegar a pescar junto a una colina arenosa situada enfrente, donde la pesca debía de ser muy abundante, Dedujo que ese pescador desnudo y pintarrajeado de azul llegaba de muy lejos, porque no navegaba una barca, sino sentado a horcajadas en un tronco muy grueso y sin remos, paleando con las manos para avanzar. El tronco era de un árbol mucho más voluminoso que los del bosquecillo donde estaba, por lo que debía de proceder de mucho más arriba del río.
Comprendió que sólo podría considerarse a salvo en aquella isleta sin vegetación ni hierba situada al otro lado del río, pero aislada entre dos anchos brazos del estuario. A poniente de la isla, calculó que habría otra playa en declive, que le ocultaría. Así que fue el lugar que eligió para aposentarse. Luego de varios soles de indecisión apesadumbrada, nadó muchas veces para regresar con troncos y arbustos con los que compuso una precaria vivienda. Examinó el resultado con impotencia, porque no era una construcción de la que enorgullecerse, pero carecía de fuerzas para más. La modestia del refugio era vergonzosa.
Tendría que disimular algo ante sus propias entendederas, encontrando el modo de decorar el exterior, con objeto de no exasperar a los espíritus propios de esos parajes, cuyo talante desconocía. . Encontró tres variedades de flores secas y altas y orgullosas cañas, pero también tenía que proveerse de dioses a los que pedir protección contra tales espíritus locales. Con un tronco rechoncho hendido por un rayo, se imaginó que era la diosa Astarté, grabó con una contra una torpe silueta en el tronco y la colocó en lo más alto del terreno como protegiendo la vivienda, pero otro tronco que decidió que sería Malac le dijo que estaba furiosa, porque lo había protegido de las maldades de los marineros durante la travesía desde Tiro, y ahora le pertenecía. Se lo dijo con los ecos funestos de una tormenta estival de granizo, que pareció dispuesta a llevárselo volando para morir junto al dios Baal, cuyo perdón solicitó entre aullidos de terror. Temblando, Hiram se lanzó sin miedo desde la altura hasta la cálida arena y, con miedo reverencial, apartó unos codos a Astarté para colocar a Malac en lo más alto. De inmediato, el tosco tocón que representaba a Malac resplandeció como el sol de la madrugada y en el miedo interior de Hiram se dibujó una sonrisa.
Había sido tan intenso el pavor del arrebato de Baal, que el adormecimiento lo rindió. De repente, la isla, que no era tan grande como Tiro, se cubrió de una animada ciudad cuadriculada como una muralla babilónica, llena de gente feliz y despreocupada que cantaba y bailaba a todas horas, millares de ánforas y vasijas se secaban al sol por todos lados y el humo de los hornos se elevaba mansamente por doquier, mientras centenares de barcos enfilados en vendejas o anclados en sus muelles, cargaban o descargaban mercancías.
Despertó y al recordar que estaba solo, se echó a llorar. Sintió en la entrepierna el ardor y la urgencia del despertar masculino, lo que le hizo pensar en muchachas, tan inalcanzables en sus circunstancias como el favor de Baal. Dedicó un par de lunas a sumergirse en busca de caracoles espinosos, que amontonaba en la playa sin objeto. No tenía ni idea de cómo se obtenía la púrpura ni tenía a quien vendérsela. Tras amargas lunas de aburrimiento y tristeza, decidió que ya era un hombre, que necesitaba raptar a una mujer y crear una familia bajo la protección de Malac, porque la vida le forzaba a fundar una ciudad aunque fuera muy pequeña, para poder sustituir a la que había perdido y nunca recuperaría. Necesitaba compañía para fundar la ciudad. Invocaría a Malac para reunir coraje con el que espiar alguna aldea y ser capaz de raptar a una compañera para fundar el nuevo reino de Tiro, y pocos días más tarde le pareció oír un susurro de Malac: “Corre a la muralla de la ciudad del este. La vas a conseguir cuando ella salga a lavar en el río. Tráela pronto, para que yo pueda bendecirla”.
Malac se llamó su isla desde entonces.
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