miércoles, 13 de marzo de 2019

EL MINOTAURO Y APOLO

EL MINOTAURO Y APOLO
Ricardo leía con preocupación demasiadas noticias sobre “vigorexia”; las primeras le causaron gran alarma, preguntándose si padecería ese mal que muchos consideraban enfermedad.
Porque a punto de cumplir cuarenta años, se le consideraba una especie de fenómeno de feria, casi un monstruo, al que todos miraban por la calle pese a sus esfuerzos por no llamar la atención. Medía un metro ochenta y cinco centímetros, pesaba ciento veintitrés kilos y le resultaba muy difícil encontrar ropa apropiada. No conocía a nadie que fuera más musculoso que él; en su cuerpo se le marcaban hasta los pensamientos, con hombros muy anchos, pectorales prominentes, nítida “pastilla de chocolate” en los abdominales, cintura estrecha para su corpulencia, profunda uve de las caderas bajo los oblicuos, muslos de toro y pantorrillas proporcionales. Pero no recordaba haber sido nunca el sujeto obsesionado de gimnasio que retrataban las noticias que alertaban sobre la vigorexia ni padecía la impotencia parcial o debilidad sexual sobre la que los médicos alertaban. Estaba seguro de que el sambenito les cuadraba mejor a unos cuantos de los jóvenes que trataba en el gimnasio, quienes no paraban de componer y estudiar sus posturas reflejadas en los grandes espejos. Él no lo hacía nunca; no sólo no sentía curiosidad, sino que imitando a los demás atletas mirando su reflejo se habría sonrojado sin remedio. Además, tales compañeros consumían en su mayoría las pastillas tan denostadas por los medios de información. Los vestuarios de los dos gimnasios que conocía en la ciudad funcionaban como centros en gran medida narcotraficantes.
Ricardo había crecido hasta el final de la adolescencia en un duro bosque maderero, sometido a esfuerzos tremendos que ni siquiera le parecían nada especial en aquellos ambientes, donde todos, adultos y adolescentes, eran hombres firmes, enteros y bragados, muy forzudos, entre los que predominaban curiosas claves de sobreentendidos y disimulos; descubría con frecuencia a sus compañeros más jóvenes masturbándose cuando decían que iban a orinar, y sabía que él también era objeto de espionaje no demasiado discreto cuando iba a hacerlo, de manera que siempre que se excusaba para mear buscaba los rincones más escondidos y oscuros. Se trataba de necesidades tan cotidianas y naturales como la comida, así que ninguno de ellos les daba importancia, porque les sobraba energía y cada árbol talado y transportado no representaba debilitamiento ni demasiado cansancio, sino aumento del vigor. A veces, sentía un poco de alarma, ya que casi todos los jóvenes y algunos de los maduros, se escondían al acecho de sus meadas que siempre resultaban masturbaciones; a despecho de la alarma, saberse vigilado no aminoraba su salacidad, sino que la aumentaba, y en tales ocasiones, que fueron convirtiéndose en habituales, sus eyaculaciones eran como surtidores de un jardín real y tan prolongadas, que el rubor se apoderaba no sólo de sus mejillas, sino de todos los rincones y anfractuosidades de un cuerpo que tenía demasiadas.
Una de tales veces, observó maravillado que al caer al suelo, su semen no impregnaba la tierra sino que corría ladera abajo como un pequeño riachuelo. Se quedó inmóvil; algo muy raro estaba ocurriendo. Los espías habían desaparecido, una calima lechosa difuminaba la tierra, no veía tocones donde debía haberlos porque recordaba haber talado esos árboles y a pesar de la espesa neblina, distinguía claramente el riachuelo de semen que ya había alcanzado un repecho donde el suelo se hundía varios metros. Corrió hacia ese punto, incrédulo de que el chorro de su virilidad pudiera caer formando una pequeña cascada; con estupor, comprobó que sí ocurría y que el chorro blanquecino discurría en la dirección contraria a la ladera, hacia el interior de una pequeña cueva cuya existencia ignoraba. De un salto, salvó el repecho, yendo a caer ante roca desnuda cuyo centro lo ocupaba una entrada en arco, demasiado simétrico para ser natural. Notó que el interior no estaba completamente a oscuras, por lo que la curiosidad le empujó hacia el interior.
En el primer momento, le parecieron mujeres por sus poses y actitudes, pero de inmediato se dio cuenta de que eran hombres de una belleza y perfección mágica, irreal, que rodeaban un pequeño estanque lechoso hasta el que su semen seguía discurriendo.
No sintió miedo, sino expectación. Nada de lo que estaba viendo podía ser natural. Pero como si los hombres de la cueva pudieran adivinarle el pensamiento, uno volvió el rostro hacia él y, sonriente, le transmitió de modo extraño que todo era real, que tenían cuerpo carnal, que el baño de leche existía y que todos estaban esperándolo.
Sin saber por qué y sin que nadie se lo ordenara, se desnudó y avanzó hacia el estanque, en cuyas orillas muchos de los hombres, tumbados boca abajo, estaban bebiendo como si se tratara de un abrevadero. Sonrió; que aquellos hombres bebieran su semen le hacía muy feliz. El que le había transmitido sin palabras el mensaje, led ofreció la mano y lo condujo hasta sumergirse en el estanque. A continuación, todos ellos lo rodearon envolviéndolo como un enjambre.
Entonces sintió que el orgasmo que acababa de experimentar renacía, y era mucho más absorbente y estremecedor. Notaba bocas y manos por todas partes, las pantorrillas, los pies, las rodillas, los muslos, el escroto, el vientre, el pene, los abdominales. Dos bocas e3ran dos ventosas formidables en sus pezones, de modo que las lenguas en sus orejas y su boca eran como tentáculos de un milagro luminoso y etéreo que actuaba en sus sentidos con materialidad enloquecedora.
Cerró los ojos para defenderse de la demencia que sintió avanzar por su cerebro, porque nada de lo que estaba ocurriéndole podía soportarse. Abrió los ojos de nuevo, para notar con desagrado que los espías continuaban observándole, burlones por la duración del orgasmo, mal ocultos en sus escondites, y los tocones que él mismo había producido seguían visibles.
Se preguntó si había soñado y tenido una alucinación, pero aunque no halló las respuesta, a partir de entonces, ansiaba que la visión se repitiera cada vez que se apartaba para una meada y la consecuente masturbación.
Cuando Ricardo se mudó a la ciudad y comenzó a ir al gimnasio, ya estaba sumamente desarrollado. Fue objeto de admiración pasmada de culturistas y objeto de atención en la playa casi desde el principio, pero nunca había pasado más de hora y media diaria en el gimnasio. Tampoco se contemplaba en el espejo y no sentía ningún descontento con su cuerpo. Más bien, le avergonzaba un poco, en determinadas circunstancias, la aparatosidad muscular que siempre le producía rubor; era consciente de su espectacularidad física más por los comentarios de los demás, por las convocatorias de concursos a los que no quería asistir, por las lisonjas de los compañeros del gimnasio y por la insistencia de los requerimientos amorosos, que por la complaciente auto contemplación, cosa que en ningún caso se le habría ocurrido hacer. Jamás había deseado de joven parecerse a ningún atleta ni a cualquier actor de cine o de televisión; siempre se había sentido muy conforme consigo mismo. Entrenaba sobre todo porque no se sentía bien sin esforzarse físicamente a diario, pues lo había hecho desde muy niño, y su trabajo de ayudante de un fotógrafo no le exigía fuerza ni sudores. Sin embargo, los compañeros del gimnasio, el monitor y la dueña, le proponían constantemente aprovecharse de su desarrollo para progresar laboralmente, con toda clase de sugerencias, desde modelaje hasta masajes y muchas ideas que sugerían un tipo embozado de prostitución. Sólo había aceptado en una ocasión seguir un cursillo gratis de monitor personal, a cambio de una gira de demostraciones, pero no tenía ocasión de adquirir compromisos para ejercerlo, porque su trabajo le satisfacía y no le sobraba el tiempo.
Vestía ropas ampulosas que no marcaban su cuerpo. No se le habría ocurrido la idea de comprar ropa que resaltasen nada ni pantalones que se ajustaran de verdad a su cintura, porque en tal caso le apretaban demasiado en los muslos y resaltaban vergonzosamente el volumen de sus genitales. Más bien, parecía por la calle un hombre excesivamente voluminoso, casi gordo, salvo por el cincelado rostro de modelado perfecto, de mejillas hundidas, arco ciliar dibujado como si estuviese maquillado y labios sumamente sugerentes. Se le marcaban por todas partes demasiadas prominencias con la ropa común, como para no sentir gran turbación mientras se desplazaba por la ciudad. Conseguía que no le mirasen excesivamente por la calle, pero lo de la playa era otro cantar. Por mucho que lo evitara y aunque usaba bañadores anchos y nada llamativos, se formaban con frecuencia corros de admiradores que le hacían muchas preguntas y eran bastantes las mujeres que acudían a darle conversación. Aunque casi siempre se excitaba sexualmente en tales casos, sentía tanta turbación que tenía que encogerse para disimular la prominencia; le intimidaban las miradas y las expresiones de admiración, de modo que, contra lo que la gente suponía, no abundaba el sexo a dúo en su vida.

Su trabajo en el estudio fotográfico consistía sobre todo en los preparativos, colocar y ajustar los reflectores, orientar las sombrillas de los flashes tal como se le iba indicando o preparar la decoración del plató si el trabajo lo exigía. A veces, excepcionalmente, el fotógrafo le pedía que mirase una toma por el visor, seguramente para reforzar su propia seguridad, porque a Ricardo no le parecía que su jefe respetase gran cosa su opinión.
Un día, estaba decorando el set para la foto de un anuncio de calzoncillos, cuando el jefe le pidió:
-Ricardo, ¿podrías quitarte la ropa y posar donde va a estar el modelo, para ir ajustando las luces y tenerlo todo dispuesto cuando lleguen? El modelo vendrá acompañado del creativo publicitario y la estilista. Querría tomar la foto cuanto antes, sin repeticiones ni interrupciones y evitando que me incordien demasiado con sugerencias y cambios, porque más tarde tenemos otro trabajo muy duro.
No era la primera vez que Pancho se lo pedía, y Ricardo había dejado de resistirse, a pesar de que siempre se excitaba cuando lo miraban fijamente. Era un problema que no se había atrevido nunca a comentar con nadie que pudiera aclararle si se trataba de una reacción normal o demasiado extraordinaria, pero la realidad era que una simple mirada a su entrepierna causaba ese efecto, fuera cual fuese la situación o quién le mirase. En calzoncillos, permaneció casi diez minutos estático, en la postura que su jefe le indicó, esperando que ajustara la iluminación y el foco. Mediante la estratagema de divagar con la imaginación y recordar que Pancho le miraba tan sólo a través de la cámara, consiguió permanecer sin tener erección notoria. Pero, para su desconcierto, el modelo y sus acompañantes llegaron antes de tener tiempo de vestirse de nuevo, lo que produjo el endurecimiento instantáneo del pene. Notó el asombrado revuelo de las miradas de asombro y admiración, lo que hizo que se sintiera muy turbado, porque el pasmo notable y la fijeza de los ojos empeoraban la situación y hasta sintió que tenía que martirizarse para evitar un orgasmo.
Tomar la foto para un anuncio era un proceso lento y meticuloso; entre enjugar el sudor del modelo, retoques del maquillaje y correcciones de la ropa por parte de la estilista, podían emplear más de dos horas con un solo anuncio, para el que Pancho gastaba veinte o treinta placas. El modelo se despojó completamente de la ropa ante ellos, sin pedir un lugar reservado, y se ajustó el calzoncillo acariciándose reiteradamente los genitales, posiblemente para conseguir que resaltasen. Después de colocarse en el punto donde debía posar e ir corrigiendo la postura como Pancho le indicaba, Ricardo vio con fascinación que la estilista sobaba el calzoncillo por todos lados, estirando cuando observaba una arruga y hasta corrigiendo la posición del pene, si no le satisfacía la sombra que producía. A la tercera toma, Pancho lo llamó:
-Ricardo, ¿te importa mirar por el visor, mientras voy corrigiendo la posición del modelo, porque la quiero un poco diferente? Lo voy a posicionar tres cuartos de perfil, un poco virado hacia su izquierda. Pretendo que se aprecie bien la curva del pectoral izquierdo, que el pie derecho quede un poco retrasado y que su bulto no sobresalga de un modo tan exagerado que vayan a rechazar el trabajo. ¿Has comprendido?
Ricardo asintió mientras se agachaba un poco hasta encontrar la postura donde conseguir ver adecuadamente por el visor. Entonces, pudo contemplar a fondo al modelo. Era el hombre más guapo que había visto nunca. Su cuerpo era fibroso aunque no le sobraba desarrollo muscular; resultaba más deseable que nadie que hubiera contemplado últimamente. Tuvo que tragar saliva. No quería que su impresión resultase notoria a causa de la erección que volvía a sentir llegar.
Al terminar la sesión, todos tomaron un refresco. El hombre de la publicitaria daba a Pancho reiteradas indicaciones de lo que el anuncio necesitaba, mediante explicaciones prolijas e innecesarias a menos que pensara repetir la sesión; la estilista recogía sus bártulos de modo meticuloso. El modelo se acercó a Ricardo:
-Tienes un cuerpo espectacular. ¿Eres míster algo?
-No, ¡Qué va!
-Pues no tendrías competencia. ¿Eres profesional del culturismo?
-No.
-Me llamo Ernesto. ¿Cómo te llamas tú?
-Ricardo.
-¿A qué gimnasio vas, Ricardo?
Ricardo le dijo el nombre del local, muy conocido en la ciudad.
-¿Tienes entrenador personal allí?
-No, qué va. Tampoco es que me sobre el tiempo. Yo sí que hice un curso de entrenador personal.
-¿De verdad? ¿Crees que serías capaz de entrenarme para mejorar?
-No lo necesitas. Tienes buen cuerpo.
-A tu lado, soy un alfeñique.
-No, de verdad que no. Tienes unas proporciones muy buenas y no creo que necesites más para este trabajo.
-El trabajo de modelo es sólo una ayudita. Yo tengo un taller mecánico de coches que no va mal. Me encantaría aproximarme, aunque fuera sólo un poco, a un cuerpo parecido al tuyo, pero creo que sería imposible. Si no eres muy caro, me gustaría que me entrenaras.
-No sé si soy caro o barato. Nunca entrené a nadie.
-¿Hay algo que te lo impida?
-No; es que no me lo había planteado.
-Yo podría pagarte bien, al menos durante dos o tres meses. A lo mejor es suficiente para ponerme en camino.
-Tendrías que ajustarte a mi horario. Yo voy al gimnasio sobre las ocho y media de la tarde.
-De acuerdo.
Comenzaron pocos días más tarde. Resultó patente desde el principio el éxito amoroso que Ernesto gozaba, lo que a Ricardo le causaba una desazón que trataba de reprimir y disimular. Llegaba con frecuencia acompañado de muchachas muy espectaculares, que se despedían con reticencia y lo emplazaban para encontrarse más tarde. Ricardo sentía la curiosidad de saber si alguna de ellas era su novia, pero temía ponerse en evidencia y le parecía indiscreto preguntarlo; porque, además, le daba la impresión de que Ernesto fuera un mujeriego picaflor. Cuando terminaban la sesión de entrenamiento, Ricardo remoloneaba un rato entrenando bíceps o sentadillas, a fin de no coincidir en las duchas con el modelo. Pero un par de semanas después de haber comenzado, Ernesto se entretuvo al terminar y acompañó a Ricardo a las duchas cuando éste halló que se le hacía tarde.
Antes de desnudarse, esperó a que Ernesto estuviera bajo la ducha, a ver si así evitaba mostrarse demasiado. Siempre sentía la necesidad de esconder el pene además de toda su musculatura, porque todos lo miraban mucho. En cuanto se situó bajo la alcachofa de la ducha, Ernesto exclamó.
-¡Joder, Ricardo! Vaya manguera.
El rubor de Ricardo fue inmediato. Irremediablemente, el comentario y la mirada iban a producirle una erección. Cuando empezó a ocurrir, Ernesto le sopesó el pene con la palma de su mano derecha.
-No te quejarás, bandido. Seguro que follas a granel.
La erección era ya completa.
Ricardo abrevió el baño. Salió de la ducha colectiva en cuanto pudo enjuagarse y se secó y vistió apresuradamente. Vio a Ernesto secarse y vestirse parsimoniosamente, sin dar la menor impresión de sentirse turbado ni incómodo. Ricardo estaba convulsionado entre escalofríos; tenía que reprimirse casi dolorosamente para no hacer lo que el cuerpo le exigía y todos sus sentidos anhelaban. ¿Qué iba a hacer esa noche? Aparentemente sin pretenderlo, Ernesto había puesto en marcha un mecanismo que no iba a poder detener en mucho rato.
No solía repetir, porque no era demasiado exigente. Sus deseos no eran complicados ni sobraba morbosidad en su imaginación. Pero esa noche se masturbó cuatro veces.
Al día siguiente, Ernesto acudió al gimnasio con una compañía más numerosa que de ordinario, incluyendo a la estilista que le había asistido en la sesión de fotos donde se habían conocido. Con alarma, Ricardo notó que la mujer, de unos treinta y cinco años, se le acercaba dispuesta a hablar con él.
-¿Has pensado en posar?
-¿Qué? No comprendo –repuso Ricardo con desconcierto.
-Con frecuencia, salen fotos o filmaciones que necesitarían hombres con un cuerpo como el tuyo. Si tienes alguna foto, podrías dármela para estar pendiente de las posibilidades que surjan. Si no tienes fotos, puedes pedirle a tu jefe que te las hagas; si hubiera que pagarle, yo lo pagaría.
-¿Habla usted en serio?
-No me trates de usted, chico. Me llamo Gisela. Hablo muy en serio. Hace poco, necesité un cuerpo como el tuyo… bueno, a lo mejor no tan espectacular, y tuvimos que salir del paso con alguien muy inferior.
Esa noche, Ricardo recolectó las fotos que tenía en bañador o ropa de gimnasio, y las preparó para dárselas a Ernesto al día siguiente, para que se las diera a la estilista.
-Puedes follártela cuando te dé la gana –dijo el modelo confidencialmente-. Le conté de tu polla y se muere por vértela, como todas las tías que vinieron anoche conmigo.
-¡Qué vergüenza! ¿Por qué le hablas a nadie de mi pene?
-¿Por qué no? Tienes una polla fantástica; eres un fenómeno.
Ricardo vestía un pantaloncito elástico, que no podría ocultar su erección ni aunque tomara asiento en una banqueta. Se apresuró para ir al aseo. Otra vez, debió masturbarse más de una vez, a pesar de sentirse angustiado por el temor a ser sorprendido.
Pocos días más tarde, Gisela le llamó al estudio fotográfico de Nacho.
-Voy a trabajar en un spot sobre viajes al Caribe. Me han pedido un modelo guapo y musculoso, y he pesando en ti. Las fotos que me mandaste con Ernesto no son muy expresivas. ¿Puedes venir esta noche a mi casa, para que te tome varias polaroid? Ponte el calzoncillo más sexi que tengas.
Al terminar la sesión del gimnasio, Ernesto se empeñó en acompañarlo. En el asiento de copiloto del coche del modelo, aunque ni se rozaban sus piernas, la erección de Ricardo fue permanente y hubo muchos momentos en los que sintió que podía experimentar un orgasmo a causa de expresiones amables del modelo y sus ademanes de intimidad. Gisela les abrió la puerta embutida en una bata de satén amarillo pálido, muy favorecedora. Parecía más guapa.
-Ernesto, ¿no me contaste que ibas a salir esta noche con Marisa?
Comprendiendo la indirecta, el modelo se despidió. No esperó Gisela más que unos cinco minutos para dejar caer la bata y, desnuda, echarse como un alud sobre el sofá donde Ricardo estaba sentado. Este hizo lo que pudo, aunque con poco entusiasmo; pese a lo cual asistió con estupor a la cascada de convulsiones de la estilista. Cuando se dispuso a marcharse, Gisela tenía expresión de alucinación.
-Espera, tengo que hacer las polaroid.
Al despedirlo, la estilita le dijo a Ricardo que sabría si le contrataban para el spot del Caribe dentro de unas dos semanas. Desconocedor de las claves y nociones del ambiente publicitario, Ricardo se sintió incapaz de calcular si le estaría mintiendo y sólo sería un pretexto para el sexo. Si se trataba de eso, ya lo había tenido. Por lo tanto, olvidó el caso en pocos días.
-Tienes que salir conmigo una noche de estas –le dijo Ernesto una semana más tarde.
-Te aburrirías. Yo soy un tipo sencillo y nada apasionante.
-Contigo, me lo paso fenomenal. Mientras trabajo en el taller por la tarde, cuando se aproxima la hora de venir a entrenar, me muero de impaciencia. Me gustas mucho.
Ricardo calló unos minutos.
-¿De verdad? –le preguntó más tarde.
-De verdad… ¿qué?
-Que te gusto.
-Oh, claro. Eres un tío fantástico.
-Pero… estás muy solicitado por las muchachas. No necesitas ir por ahí con un incordio como yo, que te sirva de anzuelo para ligar.
Ernesto lo miró fijamente una larga pausa, durante la que parecía meditar.
-Escucha, tío. No eres un incordio. Me encantaría correrme juergas contigo y, si se presentara la ocasión, que nos follásemos a una al mismo tiempo.
Rojo y acalorado, Ricardo no podía responder. No se sentía capaz de hacer algo así sin incurrir en alguna inconveniencia. Nunca podría compartir la pasión de una mujer con ese chico que tanto le perturbaba en demasiadas ocasiones. Seguro que se le escaparían las manos.
-Mira, Ricardo. Si te ha desconcertado lo que te he dicho de sexo bi, discúlpame, Hace tiempo que sé que eres un fulano poco común, más bien demasiado… moral. Uno tiene que hacer malabares para hablarte sin escandalizarte. Pero te prometo que me encantaría que salgamos cualquier día de fiesta, aunque no hagamos eso que he dicho. ¿Qué tal el viernes?
-No es que sea demasiado moral… como dices. Yo no tengo ningún remilgo. Pero solamente soy un campesino, y siempre he sido muy tímido. Si quieres que salga contigo el viernes…
-No se trata de que salgas conmigo, sino de que salgamos juntos. Te espero el viernes en mi casa a las diez de la noche, aunque ya hablaremos de nuevo. Pero mejor que demos la cita por cerrada desde ahora mismo, ¿vale?
-Creo que te arrepentirás; soy un tío tímido, apocado y me salen los colores a todas horas.
-Pues haces mal. Con todos tus atributos… todos tus atributos, ya sabes lo que quiero decir… ganarías barbaridades aprovechándote de todo lo tuyo. Si no has decidido a estas alturas sacar partido de tu cuerpo, será porque tienes muchos prejuicios, prejuicios que yo creo que debo ayudarte a superar. Lo mismo que tú me entrenas en lo físico, a mí me gustaría entrenarte en todo lo demás, a ver si consiguiera que dejes de ser tan tímido. Tal vez logre que te des cuenta de lo mucho que tienes que ganar, antes de que sea demasiado tarde. Empezaremos las lecciones el viernes.
Ricardo dedicó el siguiente viernes un buen rato a decidir qué ponerse. Ernesto vestía siempre de un modo perfecto, espectacular. No quería desentonar, pero tampoco parecer ridículo. Yendo con él, no le desconcertaría tanto que lo mirasen. Eligió una camiseta azul ajustada, con la que solían contemplarle demasiado, y un pantalón vaquero negro claveteado, tratando de que sus genitales no abultasen ostensiblemente. Cuando Ernesto le abrió, lanzó un silbido y sonrió complacido.
-Estás perfecto; esta noche, me toca aprovecharme de ti y ligaré a granel por tu influencia.
Pero no ocurrió. Aunque no pararon de revolotear las muchachas y las no tan jóvenes a su alrededor, a las cuatro de la madrugada se marcharon solos de la última de las discotecas que Ernesto propuso. Un poco en busca de desenvoltura, Ricardo había bebido mucho más de lo se creía capaz de asimilar.
-Estoy un poco mareado –dijo en el coche en el que Ernesto le llevaba a su domicilio.
-Quédate conmigo esta noche. Yo te cuidaré. Hay sitio en mi apartamento.
-Parece muy pequeño.
-Bueno, es verdad. Es solamente un estudio. Pero además de mi cama hay un sofá cama grande y cómodo. No te preocupes más.
-Tengo que hacerte una pregunta…
-Larga, Ricardo. No te cortes.
-¿Eres gay?
Ernesto rió a carcajadas.
-Pregunta por ahí. Tengo fama de ser un donjuán irremediable.
Ricardo no se dio cuenta de que la respuesta podía ser elusiva. Llegados al apartamento, Ernesto entró en el baño, mientras Ricardo se desnudaba. Cuando se cruzó con el modelo camino del baño, Ernesto dijo:
-Pareces el minotauro.
-¿El qué?
-El minotauro es un mito griego. ¿No has oído hablar del laberinto?
-Sé lo que es un laberinto, pero no sé nada de ese tauro del que hablas.
-La palabra laberinto viene del mito. Lo que contaban los griegos es que el dios Poseidón regaló al rey de Creta un hermoso toro blanco para que lo sacrificara a fin de conservar la corona, pero al rey Minos le maravilló el animal, de manera que mandó sacrificar un toro cualquiera y guardó el que el dios del mar le había regalado. Poseidón se dio cuenta y, cabreadísimo, se vengó inspirando a una tal Parsifae un deseo tan raro, que ella se enamoró del toro blanco. Para poder joder con él, Parsifae pidió a un artista que se llamaba Dédalo que esculpiera una vaca de madera, dentro de la cual se metió ella y así consiguió ser poseída por el toro. Pero ocurrió lo más inesperado. Nació un niño con cabeza de ternero y cuerpo humano que, al crecer, se convirtió en un ser muy poderoso. El mito lo considera un monstruo, pero era un ser formidable; aunque su cabeza era de toro, su cuerpo era el más musculoso y fuerte cuerpo humano. Picasso se enamoró del personaje y le dedicó toda una serie de grabados estupendos. Pero para los griegos no cretenses era un verdadero monstruo, porque por alguna venganza que el mito no explica del todo, Minotauro exigía la entrega de siete muchachos y siete muchachas atenienses, porque comía carne humana. Se volvió tan salvaje y poderoso, que Dédalo construyó un laberinto complicadísimo donde encerrarlo de modo que no pudiera encontrar la salida. Muchos años después, Minotauro fue vencido por un joven ateniense llamado Teseo, enviado como sacrificio, al que ayudó una princesa llamada Ariadna… pero esa es otra historia. Verte así, casi desnudo y con ese paquetón tan extraordinario, me hace pensar en Minotauro.
Ricardo cerró la puerta del baño con pestillo. Tenía que masturbarse.
Salir juntos los viernes se convirtió en una costumbre. Ricardo no caía en la cuenta de que las lecciones de Ernesto daban resultado e iba volviéndose más espontáneo. Sí advirtió que se había creado un círculo de conocidos y admiradoras que lo festejaban mucho cuando llegaba a cada uno de los locales que a Ernesto le gustaba frecuentar. No era raro que después se quedara a dormir en el apartamento del modelo, aunque no sintiera mareo. Habían pasado cinco o seis semanas desde la primera salida en conjunto, cuando de nuevo Ricardo se vio obligado a abusar un poco del alcohol, abrumado por las insistentes invitaciones.
En cuanto llegaron al apartamento, Ricardo se desnudó y cayó en el sofá cama ya preparado, despatarrado y deseando dormir. Boca abajo, notó que Ernesto dudaba, como si quisiera hablar y no se decidiera por si dormía.
-¿Ocurre algo, Ernesto?
-Para serte franco, me excita verte así, tan despatarrado.
-¿Te excita?
-Bueno, no es que te desee sexualmente. Es que, como eres tan especial, tan particular… a veces me perturba un poco mirarte. La verdad es que no sé lo que me pasa, si es que me pasa algo.
La declaración desveló a Ricardo. Se volvió boca arriba, sin temor a que su poderosa erección fuera notable. Dijo muy bajo:
-Estuve buscando en internet mitos griegos para leer sobre el tal Minotauro, y me encontré con uno que me recordaba a ti. Se llama Apolo.
-¡De veras! ¿Te recuerdo a Apolo, por qué?
-El mito dice que era un hombre muy guapo, y tú eres el hombre más guapo que conozco.
-¡Qué va! Tú eres mucho más atractivo que yo.
-Puede que yo sea atractivo… para alguna gente. Pero guapo, lo que se dice guapo como tú, ni comparación.
-Me acabo de ruborizar, Ricardo. Ojalá pudiera compararme físicamente contigo.
-Has progresado mucho desde que entrenas. Me contrataste para dos meses, y ya llevamos casi cuatro. Tu musculatura ha aumentado bastante y se ha reforzado una barbaridad.
-Pero mira mi brazo y mis muslos –Ernesto se acercó para rodear el bíceps de Ricardo con las dos manos-. Es curioso; he mirado revistas de culturistas en el gimnasio, y hay tíos con brazos tan poderosos como los tuyos, pero algo deformes. Los tuyos son perfectos y… los muslos son… yo qué sé. Son enormes y mira qué piernas más estéticas tienes. Ni te imaginas lo que comentan todas y todos los que vamos conociendo por ahí. Y además, lo de tu paquetón es un prodigio, porque mira, tan grande y, a pesar de la abundancia de sangre que hará falta, parece que estuviera más duro que la pata de la mesa.
Involuntariamente, Ricardo se tocó. Incontenible, el glande asomaba unos centímetros por encima del elástico del calzoncillo.
-Voy a mear –dijo.
Mientras lo hacía, evocó buena parte de su biografía. El bosque, donde todos los muchachos eran fuertes y él no parecía especial. Las sierras que necesitaban tanto esfuerzo y ya habían sido sustituidas por sierras mecánicas. Las veces que había arrastrado grandes troncos montaña abajo, cosa que muy pocos de sus compañeros conseguían hacer. Las lisonjas a su físico habían empezado en plena adolescencia, sobre todo en el pueblo más cercano, pero no se habían convertido en clamorosas hasta después de vivir en la ciudad. Sentía que había desaprovechado muchas oportunidades de practicar sexo, tanto con hombres como con mujeres, pero reconocía que no se había dado cuenta en su momento. Nunca había detectado en tantos años las alusiones veladas, hasta los últimos dos meses por la influencia y las enseñanzas de Ernesto, y ya estaba punto de cumplir cuarenta años. Ernesto había obrado el milagro; precisamente él, que lo hubiera tenido de habérselo propuesto.
La erección se estaba convirtiendo en demasiado poderosa como para conseguir orinar. El durísimo pene apuntaba a la vertical y ni siquiera conseguía forzarlo hacia el inodoro. Con cuidado de no hacer ruido, comenzó a masturbarse suavemente, para conseguir aflojarlo y poder orinar.
No tenía que hacer gran esfuerzo de imaginación ni pensar en nadie en concreto. Su cuerpo funcionaba como un mecanismo automático. Seguramente, las erecciones eran el desfogue de la exuberancia de su vitalidad y magnífica alimentación. Ocurrían constantemente, en todas las situaciones, incluyendo el tiempo que pasaba esforzándose en el gimnasio, lo que solía disimular encogiéndose en un banco, modificando la rutina que ejecutara en ese momento, a fin de enmascarar el bulto. Solamente tenía que realizar algún esfuerzo a causa del tamaño, que dificultaba la inmediatez del orgasmo. Ahora, comenzaba a sudar. Como todo atleta, sudaba copiosamente; estaba esforzándose mucho, con impaciencia y preocupado por la posibilidad de hacer algún ruido que alertara a Ernesto, porque, además, solía jadear durante los orgasmos.
Apretó fuertemente los párpados, impulsando las caderas hacia adelante. Iba a llegar, por lo que se preparó para apretar los labios con objeto de que no sonaran sus gemidos.
En ese momento, sintió que una mano abrazaba su pene y lo agitaba con rapidez, aunque delicadamente. Era la mano de Ernesto. En cuanto abrió los ojos para mirarlo, llegó el orgasmo. A pesar de las sacudidas y los chorros que caían en el inodoro, Ernesto prosiguió. A Ricardo le pareció que no encontraría inoportuno que le diera un beso en los labios.

lunes, 25 de febrero de 2019

Luis Melero ENFERMO DE CELIBATO

Las cartas de Pepe eran desconcertantes, pero no le desalentaban, sino todo lo contrario, porque a veces se desvelaba si una respuesta demoraba demasiado en llegarle. Manolo trataba de contestar honestamente las preguntas, sin mentiras, aunque se descubría a sí mismo teniendo que vadear demasiadas cuestiones. Muchas de las frases que Pepe escribía eran demasiado difíciles de replicar, puesto que Manolo contaba sólo catorce años y todavía le quedaba prácticamente todo por aprender; no sólo de las emociones humanas y las relaciones, sino también del lenguaje.
Por ello, tardaba a veces varios días en responder las cartas de Pepe, a ratos nocturnos plenos de vértigo y turbación; a pesar de sus costumbres y de que era muy despierto para su edad, no sabía explicarse por qué, pero escondía siempre la carta a medio escribir entre sus libretas escolares, porque presentía que no sería conveniente que su madre la descubriera, aunque en realidad no había nada en las palabras que escribía que fuera reprensible Todavía no tenía edad suficiente para haber aprendido a ser cínico ni suspicaz; por ello, por no incurrir en imposturas que su temperamento rechazaba, siempre vadeaba abordar francamente las cuestiones que Pepe parecía ansiar que comentase.
No podía confesarle sus sueños; no podía hablarle de que polucionaba todas las noches ni las veces que tenía que masturbarse todos los días desde que descubriera el placer por casualidad. Cuando había descubierto que le estaba brotando vello en el pubis, se examinó por todos lados ante el espejo, tratando de encontrar los rincones donde crecía; inesperadamente, y sin haberse dado cuenta de la erección, le asaltó el orgasmo como el bamboleo de una ola de la playa en pleno rebalaje. Se sintió zarandeado y estremecido por algo que no podía controlar. Era como si estuviera dentro de un torbellino, igual que si se lo llevara el viento al hermoso país de las fantasías a través de explosiones estelares. Los minutos siguientes, permaneció estupefacto, preguntándose qué había sucedido; permaneció con la mente en blanco, incapaz de otro pensamiento que la exaltación del instante maravilloso que había sentido. Unos días más tarde, como no había encontrado a nadie a quien preguntar, repitió los tocamientos a ver si aquello volvía a ocurrirle; la erección llegó de inmediato, lo que le hizo recordar lo que los niños mayores del barrio solían decir: “Parece mentira lo que la picha estira”. Casi en el mismo instante, sintió una onda que avanzaba en su interior, espalda abajo y por la cintura. Aquella chispa eléctrica iba a llegar a sus genitales, tenía que apresurarse. Movió la mano intensamente y con rapidez, para advertir con horror que manchaba la colcha sobre la que estaba sentado en la cama. Durante unos minutos, se preguntó qué hacer para evitar que su madre descubriera esa huella; durante su vacilación, notó que el líquido blanquecino estaba empapando no sólo la colcha; seguramente había calado las sábanas. No podía hacer nada. Como ya había almorzado, salió presuroso de su casa mareado por la pregunta de qué hacer y adónde ir. Permaneció muchas horas deambulando por las calles de su barrio, tantas, que se perdió la merienda y llegó tarde a la cena. En contra de sus temores, nadie dijo nada de lo que había sucedido.
En vista de que el mundo no se había hundido ni a él se lo había llevado el diablo, al día siguiente repitió la escena, pero tomando la precaución de sentarse frente al espejo de modo que aquello cayera en el suelo. Desde entonces, de eso hacía más de dos años, lo repitió tres o cuatro veces cada día.
La pasión que Pepe desbordaba en cada renglón de sus cartas conseguía penetrar por alguno de los vericuetos de su corazón, produciéndole una alegría extraña y expectante, pero esa alegría se entreveraba con un temor que no sabía definirse a sí mismo, temor que metía espinas en los mismos vericuetos del corazón. Es que, inopinadamente, experimentaba erecciones con la lectura, sin que expresamente hubiera ninguna palabra que pudiera estimularlas. Era más la música que la letra lo que lo arrebataba.
La mezcla de sentimientos que le producían las cartas de Pepe no podía describirla ni explicársela. Era una especie de resquemor atávico, como si su carne hubiera sido herida. Como las masturbaciones a todas horas le llenaban el pecho de sentimiento de culpabilidad, se veía obligado a celar para evitar que su madre hurgara en las escasas pertenencias de su rincón de la habitación: una cartera de plástico, los libros de la escuela, una pequeña regla milimetrada y rotuladores junto a lápices y bolígrafos.
La realidad más palpable era que la dedicación de Pepe hacia él le enorgullecía y le alentaba, como contrapunto de la pobreza y dificultades de su adolescencia incipiente. No había colores en su cotidianidad, sino el gris frío y opaco de la indiferencia. No recordaba que su padre hubiera puesto nunca la mano en su hombro para conducirle a una facción cualquiera de conocimiento; ni siquiera podía recordar una caricia moral ni física de su padre. En cambio, la predilección de Pepe por él convertía en luminoso su mundo, donde no abundaban las perspectivas, solamente vericuetos estrechos con finales oscuros. Nada fulgía en los ojos expectantes de su adolescencia. En los momentos de mayor temor, comprendía que sólo descubriera la luz y el color desde que conociera a Pepe.
Porque aunque nunca lo habían maltratado demasiado, su niñez había sido triste y solitaria. Sentía desprecio en las contadas miradas de los ojos grises de su padre, cuando coincidían a la hora de comer, lo que era muy poco frecuente. Incomunicado. La incomunicación era lo que más le apenaba, sin alcanzar a comprender el significado ni las razones para el desapego de sus padres. Pero tampoco contaba con el consuelo de la gente de su edad. No le interesaban las conversaciones infantiles que escuchaba al pasar por su calle o en los recreos de la escuela. Cuando los demás hablaban en la mesa familiar, sentía a cada momento el peligroso impulso de contradecirles, peligroso porque, según su padre, era demasiado pequeño para decir las cosas rarísimas que le ocurrían
Desde el principio, Pepe abatió todos los muros que Manolo había sufrido hasta entonces; la incomunicación de un padre desatento y una madre equivocada; la imposibilidad de comunicarse con sus semejantes; su incapacidad de comprender a sus vecinos; la huida disimulada cuando surgía la oportunidad de tratar a otro niño de los alrededores. Carecía de amigos íntimos y nadie le había explicado que era él mismo el culpable de ello. No era consciente de poseer mayor capacidad cognitiva y por ello no se daba cuenta de lo muy selectivo que era para elegir interlocutores ni de que todos los demás detectaban en sus ojos un rechazo que ni siquiera era consciente de sentir.
Pepe había irrumpido como un ángel de luz en ese panorama pedregoso y minado de aristas. La primera vez que le habló como si fuese un adulto, le pareció que levitaba. Tuvo que bajar la cabeza, lleno de turbación, porque le desagradaba que los demás notasen su expresión de plenitud. El respeto y la consideración de Pepe eran regalos grandiosos, por inesperados y porque todo hasta entonces le había hecho creer que nunca merecería ser objeto de elogio o un presente. Jamás habían festejado su cumpleaños, y mucho menos su santo, por caer en Año Nuevo, fecha demasiado renombrada aunque tampoco su familia la celebrara.
El papel que sostenían sus manos hambrientas era una guirnalda de luces de colores, como un maravilloso juego pirotécnico. En esos momentos, su delgado cuerpo emergente se llenaba de vigor, como si las más violentas fuerzas telúricas infiltraran ríos de lava en sus venas. Inconscientemente, de tanto sobarla y estrujarla, estaba a punto de reducir la última carta de Pepe a pulpa de papel:
“Me acosté pensando en ti y no he podido dormir; a las dos de la mañana, tuve que salir de la cama y arrodillarme en el suelo, donde pedí a Dios Nuestro Señor que me ilumine. Lo hago la mayoría de las noches, cuando me desvelo pensando en ti. A veces no es que me desvele, sino que en ocasiones me despierto llorando, sin comprender al pronto por qué.
Es que tú has aportado tibieza consoladora al frío que con frecuencia se aposenta en mi corazón. Eres como un río tibio capaz de arrastrar todas las piedras de mi pecho. Eres flujo permanente de frescura sobre mi cabeza febril, un antídoto contra el frío polar que me agarrota la garganta, donde siento a todas horas millares de cuchillos lacerándome la piel y como si mi frente estuviera estrujada por una corona de espinas.
Nunca debí aceptar el traslado, porque presentía que iba a languidecer lejos de ti. Ya te dije que me dieron libertad de optar por quedarme, pero, por lo que sabía, venir aquí podía solucionar varios problemas acuciantes, lo que ha sucedido, en efecto. Pero habiendo cumplido ya el que parecía el principal objeto de mi venida, siento como si me hubiera vuelto paralítico. Es como si mis miembros se agarrotasen por un virus desconocido. Estoy moralmente hundido. Escribirte me consuela un poco, pero si te tuviera ante mí, si pudiera mirarte y oír tu voz, sé que recobraría la vitalidad.
¡Qué tristeza más grande!
Como imaginarás, mis compromisos cotidianos me obligan a actuar siempre con serenidad y sin que mis problemas se reflejen en mis expresiones. Todos esperan de mí consuelo, no que yo se lo pida. ¡Triste de mí! Soy yo el que anhela ser consolado, soy yo el que se retuerce por el dolor, soy yo el que sangra día y noche por las esquinas, como un alma en pena.
Y nadie puede saberlo. Nadie puede ayudarme porque ante nadie puedo acudir. Ay, Dios mío, si hubiera aquí en mi cuarto una ventanita mágica por donde pudiera contemplar tu rostro cada vez que lo necesitase… Ver progresar ese bozo incipiente de cuyo nacimiento he sido testigo; extasiarme con esa sonrisa que no prodigas pero que te hace irradiar luz cuando te apetece sonreír; comprobar una y otra vez la inteligencia infinita que brota de las chispas de tus ojos verdes; maravillarme con las oleadas de aromas que desprendes a dos metros de distancia; guardarme la mano en el pecho para no acariciarte”…
En este momento de la lectura Manolo sintió una especie de mareo, como si su cabeza quisiera alejarse de su cuerpo. No podía asimilar la intensidad de lo que Pepe narraba. Su cuerpo ardía con frecuencia como brasas; ocurría varas veces cada día, pero se trataba de ardor físico nada más; los ardores mentales no formaban parte todavía de su equipaje intelectual. Se trataba de instinto, no elaboraciones sentimentales, era la urgencia del cuerpo la que lo obligaba a masturbarse tantas veces cada día, tal como contaban que hacían los idiotas.
Sin plantearse ninguna duda, entró en el retrete. Se encerró echando el pestillo, porque en el recorrido de los tres o cuatro metros de pasillo, el abultamiento de su calzoncillo habría resultado muy obvio para cualquiera; su madre se daría cuenta de inmediato, pero de cruzarse con cualquiera de sus hermanos habría sido mucho peor, porque se habría burlado a gritos. No recordaba haberse fijado en que ninguno de ellos pasara con un abultamiento semejante; tal vez nadie se fijaba en esas cosas, pero se sentía desnudo, completamente en evidencia, porque había oído a su madre comentar a una vecina que “el Manolito tiene una cosa bastante especial”. No había precisado más, pero él sospechaba lo que podía ser.
Se masturbó de modo muy impaciente, pero no se sintió calmado con el orgasmo, que se había vuelto previsible de tanto usarlo. Casi de inmediato necesitó hacerlo otra vez, todavía de modo más apresurado por si alguien trataba de abrir la puerta y quería entrar. Como esta vez demoró mucho más, llegó a sudar copiosamente por la prisa y los anhelos, hasta que el estallido llegó menos intenso pero mucho más prolongado. Recuperó el aliento a duras penas. Notó que había alguien al otro lado de la puerta; dudó unos instantes, a ver si lo oía alejarse, pero no. Salió al fin, mirando para el lado contrario de quien esperaba, que era su padre. Volvió a su rincón prácticamente sin pisar el suelo, y continuó la lectura de la carta de Pepe:
“Me hablas de tu empeño por que tu madre no revise lo que me escribes. Haces muy bien; tú y yo somos especiales, Manolo. En realidad, somos seres superiores y pocos serían capaces de entendernos. La gente común lo confunde o tergiversaría todo.
En cambio, tú nunca encuentras segundas intenciones en nada. Siempre lo entiendes todo a la primera. Cuando todavía estaba ahí, me sorprendía a cada momento la facilidad con que asimilas, tu capacidad directa e ilimitada de aprendizaje. Pensar a dónde podrías llegar me produce vértigo. No creo que exista techo ni limitación espacial para tu talento. Lo malo es que tenemos que pagar por nuestra superioridad, Manolo. Como decía Jacinto Benavente; “Disimula tu talento, porque si descubren que lo tienes te arrancarán la piel a tiras” La sociedad cobra peaje a la gente como nosotros, lo comprobarás en cuanto empieces a buscarte un empleo.
Tuvo que empezar a buscarlo en seguida. Quería estudiar bachillerato, pero su padre le respondió que “ni en sueños. Tienes que ganarte cuanto antes el pan que te comes”. Tras meditar varios días, decidió que a lo mejor podía trabajar al tiempo que estudiaba bachillerato nocturno. Pero necesitaba dinero hasta para comprar los libros, que su padre se negaba a financiar. Un ex compañero del colegio trabajaba de “botones” en una oficina; le pidió orientación y pocos días más tarde ese chico le anunció que “una oficina de al lado busca un aprendiz”. Corrió al lugar donde, tras la primera entrevista, ni siquiera le dijeron que lo avisarían; el entrevistador lo sorprendió:
-Bueno… eh…tú eres demasiado “fino” para lo que estoy buscando, pero… Puedes empezar el lunes, si quieres
Quiso. El domingo víspera, tomó la precaución de satisfacerse todas las veces que pudo, porque temía que sus necesidades pudieran dominarlo y hacerle cometer algún error a causa del cual perdiera el empleo. Todavía no había sido capaz de preguntar a nadie cuál sería el número más conveniente de masturbaciones diarias, mucho menos a Pepe. Con su padre no había posibilidad. Él era un ser lejano, demasiado distante; distante no sólo por su trato, sino porque con frecuencia le parecía que él hablaba un idioma distinto al suyo. Pero lo relativo al número no era su única pregunta; no había conseguido encontrar un libro donde se hablase claramente de la cuestión, solamente conocía las homilías de misa de los domingos a los niños de la escuela y cometarios sueltos donde se hablaba de locura, debilidad de los huesos, pérdida de la vista y toda clase de deficiencias de la salud, por masturbarse. ¿Cualquiera que fuese la cantidad de orgasmos? Se vigilaba a sí mismo, por si algo en su pensamiento le hacía sospechar que rozaba la locura; pero su mundo personal era demasiado corriente; no sentía destellos. Pudiera ser que fuera cuestión de tiempo; ¿y si se volvía loco al llegar a la edad adulta? Pero su ánimo le aseguraba que enloquecería de inmediato si limitaba o renunciaba a sus orgasmos.
En cuanto comenzó a trabajar y sin pretenderlo, aprendió a masturbarse de manera instantánea, como si echara una moneda en una máquina expendedora de refrescos. Sentía las erecciones con tanta frecuencia, intensificadas por el rubor, que se veía obligado a correr a los aseos como si tuviera diarrea, tanto en la oficina como cuando lo mandaban a algún recado. Dominó la mecanografía en poco tiempo, y en la oficina habían empezado ya a ordenarle que copiase cortos textos, lo que cada día sucedía con mayor frecuencia. Una tarde, se acercó el jefe a hacerle una pregunta sobre lo que estaba escribiendo, y se puso de pie para escuchar y responderle. En esa posición, dentro del pantalón, su glande quedaba justo sobre la larga tecla espaciadora de la máquina de escribir, que pulsó involuntariamente unas cuantas veces mientras hablaba, por la presión de su propia entrepierna. Tales movimientos de la mayor tecla de la máquina de escribir ocasionaron una erección violenta y un orgasmo inmediatos, hechos que disimuló como pudo, tratando de no descomponerse, aunque notó en los ojos del jefe que parecía preguntarse el motivo de su expresión.
Cada vez que hablaba con algún vecino de su edad o un ex compañero del colegio, se preguntaba si el muchacho haría lo que él tanto hacía. No era sólo curiosidad, sino necesidad de información práctica. Comentarios mojigatos de las vecinas, o de sus vecinos mayores, continuaban asegurando que un chico podía volverse tísico y estúpido si se masturbaba más de la cuenta. Pero ¿cuál sería esa cuenta? No tenía ni idea de cuánto sería demasiado ni conseguía atreverse a preguntárselo a nadie, mucho menos escribirlo en una carta dirigida a Pepe. Su necesidad de complacerse a sí mismo no parecía tener límite. Su adolescencia estaba repleta de curiosidad y ambición de saber, la búsqueda de conocimiento era constante y apasionada, pero había tiempo de sobra para su salacidad incesante. A veces, decidía sin demasiada convicción que no podía repetirlo tanto, cuando pasaban de cuatro las veces el mismo día. Pero no porque se sintiera satisfecho del todo, ya que invariablemente tenía una nueva erección en cuanto se acostaba, que boca arriba resultaría demasiado obvia por lo que se encogía en posición fetal. Dormía en un cuarto compartido, lo que de noche lo disuadía de cualquier tentación.
Pocos meses después de haber empezado a trabajar, recibió una carta de Pepe donde le decía: “Siento tanta nostalgia de ti, que me paso la vida sufriendo. Es como una enfermedad”. Tomó literalmente lo de “enfermedad”, lo que le causó preocupación sin especular por el sentido del conjunto de la frase. Estaba ahorrando la parte de su sueldo que su padre le permitía quedarse, con objeto de empezar en septiembre el bachillerato nocturno. Pero tenía muchas ganas de comprar una bicicleta, para lo que sus ahorros bastaban ya.
El proyecto de la bicicleta ocupaba gran parte de sus pensamientos durante las caminatas de ida y vuelta al trabajo. Solía andar muy ensimismado, por lo que descubrió aquella mirada debido a una casualidad; a los pocos metros de salir de su casa, notó que llevaba desatado el cordón del zapato izquierdo; se agachó a hacer el nudo y, al alzarse, advirtió que lo miraba fijamente una vecina de su edad que se llamaba Raquel. Sabía que la pretendían casi todos los vecinos adolescentes, por lo que le pareció increíble que ella se hubiera dado cuenta siquiera de su existencia. Miró atrás, a ver si no sería otro a quien miraba, pero no había nadie. En cuanto se cruzaron sus ojos, ella los bajó rápidamente fingiendo que se alisaba la falda. Manolo comprobó en dos o tres días que ella salía con dirección al instituto de bachillerato a la misma hora que él iba a trabajar; por consiguiente, el cruce de miradas se repitió varias veces por la mañana, y dejó de dudar que lo mirase a él.
Pero ella cursaba ya bachillerato, y él no había podido empezarlo todavía ni sabía si sería capaz de examinarse de ingreso y seguirlo mientras trabajaba. No podía abordarla, ella estaba en un plano muy superior. Pero le gustaba mucho verla caminar. No poseía conocimientos ni elementos de comparación, pero le parecía que las piernas de Raquel eran bellas y se movían con gracia al caminar. Por no atreverse a abordarla, perseguirla se convirtió en costumbre, y no tardó en comprender que ella se daba cuenta de la persecución y la toleraba, porque un día ella dio un paso atrás en el momento de entrar en el portal del instituto, y volvió la cabeza para comprobar que él la seguía.
Desde entonces, todo ocurrió entre ellos por sobreentendidos. Las vecinas más chismosas comenzaron a comentar que eran novios… “El Manolito está por la Raquel…, aunque quién sabe a dónde podría llegar esa niña”
Tales comentarios lo disuadieron en lugar de alentarlo. Raquel poseía un porte más majestuoso que cualquier vecina de su edad. Sin ser espectacularmente guapa, poseía más distinción y elegancia que las demás, y se decía que iba a estudiar química, lo que la alejaba de toda ambición de sus convecinos.
Y además, estaba lo “otro”. Lo otro eran las numerosas masturbaciones de Manolo y lo que había con frecuencia en sus pensamientos mientras gozaba; a veces era alguna palabra o frase de las cartas de Pepe y otras, que había escuchado a dos niños vecinos hablar de sexo. Imaginar a uno de ellos con el pene enhiesto y frente a él mientras se masturbaba, resultó ser un estímulo muy fuerte y desconcertante. Surgían en su imaginación imágenes que, cuanto más las rechazaba, más expresivas se volvían.
Nunca pensaba en Raquel en tales ocasiones, lo que le producía extrañeza. Sin embargo, la tenía en la mente a todas horas, no sólo cuando la perseguía. No soñaba con ella ni la muchacha protagonizaba ninguna de sus fantasías, pero sentía necesidad urgente de equipararse con ella en los estudios y la categoría social. Se trataba de una necesidad extraña, que nunca había sentido en relación con nadie, lo que convertía a Raquel en un caso insólito en su vida. Un día la vio de lejos a la vuelta del trabajo; no llegaba del instituto, sino de una visita o de algún recado de su madre; no portaba libros ni caminaba deprisa. En lugar de parar en su portal, pasó de largo. Asombrado, decidió ver a dónde iba.
Empezaba a oscurecer, lo que añadía misterio a la caminata de Raquel. Las niñas de catorce años no andaban solas de noche. Fue tras ella más por la necesidad que tenía que protegerla que por cortejarla. Atravesó tras ella un pequeño parque cercano, en cuyo lado contrario había sólo un reducido sector de casas unifamiliares, con pequeños y modestos jardines. Raquel recorrió una de las estrechas calles arboladas y, sin detenerse, superó el pequeño distrito para salir a un sendero terrizo bordeado de frondosos nopales, por donde se accedía a una de las muchas huertas que rodeaban la ciudad.
Sorprendentemente, tras un recorrido de unos trescientos metros, Raquel empujó confiadamente una verja mohosa para entrar con entera desenvoltura en un caserón que los vecinos de los alrededores creían abandonado. Circulaban por su barrio toda clase de leyendas sobre sangre, muertes violentas y fantasmas en ese edificio; no había electricidad, pero se aseguraba que en ocasiones veían en las ventanas reflejos de luces muy tenues y misteriosas, generalmente en movimiento. Precisamente, mientras Manolo se preguntaba qué hacer a continuación parado junto a la verja, en tanto que Raquel había entrado ya en la casona, creyó ver un reflejo fugaz y algo espectral en la ventana baja más cercana al portalón. Sintió un estremecimiento, pero el temor de que pudiera pasarle cualquier percance a Raquel le impulsó a avanzar por el sendero de unos doce metros de largo.
Era una puerta antigua, de madera maciza en su mitad inferior y con la superior acristalada tras una artística reja pintada con purpurina desconchada. Trató de empujar suavemente, pero la puerta no se abrió, por lo que la entrada de Raquel adquirió nuevo enigma. ¿Ella tenía llave de esa casa; a quién podía pertenecer? Con el estupor aumentando a cada paso, Manolo no conseguía escuchar ningún ruido o voz dentro, pero a través de los cristales esmerilados le pareció que una débil y lejana luz se desplazaba de izquierda a derecha, dentro pero muy lejos de la puerta. Ya había oscurecido casi del todo; las proximidades de la casa estaban cubiertas de maleza que lamían y escalaban los muros, maleza de donde emergían muchos rumores y también escalofríos.
En estado total de tensión, tanto que le dolían las articulaciones de las piernas, Manolo oyó con claridad que alguien le decía muy bajito “vete”. Giró la cabeza hacia donde había escuchado la voz, para estremecerse porque no había nadie a la vista. De inmediato pensó en Pepe y sus consejos de que debía mostrar entereza y valor para lo que le esperaba en la vida. Tenía entereza, puesto que no había echado a correr, pero valor sí que le faltaba, pues estaba temblando.
Tenía que reencontrar ese valor que, por las apariencias iba a necesitar si no escapaba de allí de inmediato. Casi palpando la alta maleza, trató de ocultarse para quien pudiera pasar por el sendero o por si Raquel miraba por una ventana. La masturbación duró sólo un par de minutos, pero fue seguida de un estado momentáneo de serenidad, por lo que volvió a intentar empujar la puerta, ahora con algo más de fuerza. Como tampoco consiguió abrirla, decidió que tenía que encontrar otro modo de entrar, porque la permanencia de Raquel en esa casa a oscuras le estaba poniendo muy nervioso. La pared de la izquierda no estaba tan invadida de maleza como la derecha; arrancó una tranca de un naranjo medio podrido que había a la entrada, y con él fue abatiendo la yerba más alta conforme avanzaba junto a esa pared. Todas las ventanas estaban enrejadas y en dos no había postigos. La planta de arriba no era excesivamente alta; comprendió que si persistía en su determinación de entrar tendría que escalar una reja e intentar alcanzar un balconcillo de la primera planta, que había estado pintado de verde. La reja tenía dos travesaños; se situó en el superior con mucha dificultad, pues solo tenía la pared para apoyarse y no podía agarrarse a nada. Forzó el brazo derecho, pero le faltaban unos cinco centímetros para alcanzar el balconcillo verde mohoso; además, con alcanzarlo no le bastaba, no era tan fuerte como para balancearse colgado de una sola mano y forzarse a subir al balcón. Volvió abajo para coger la tranca con la que había estado abriéndose paso.
De nuevo encaramado en el travesaño más alto de la reja, consiguió ajustar la tranca entre los barrotes de ésta y los del balconcillo; jaló hasta asegurarse de su firmeza y cuando le pareció que no tendría problemas, se colgó de la rama y fue avanzando mano a mano hasta rozar la peana del balconcillo. Estaba muy oscuro; no conseguía distinguir los barrotes de la balaustrada, por lo que se vio obligado a tantear muchas veces, muy poco a poco, hasta tocar uno. Hubo algún momento en que perdió la cuenta del tiempo que llevaba en esa postura, colgado como un trapecista, aunque no creía ser demasiado fuerte. Sin embargo, algún duende debió ayudarle, porque consiguió aferrar fuertemente el barrote. Tras muchos intentos, sudores y afán, fue alzándose hasta alcanzar el antepecho de hierro del balconcillo. Se apresuró a colocar los pies entre dos barrotes y ya pudo empujar la puerta del balcón, que sólo estaba entornada, sin ningún pestillo echado.
Era un dormitorio; la cama no tenía más que el somier; la cómoda presentaba ampulosos y enredados adornos barrocos, pero no había nada encima. Se trataba de un mueble que nadie había usado hacía mucho tiempo. Tenía esta reflexión ocupando su pensamiento cuando se llevó un susto al abrirse la puerta que comunicaba el dormitorio con el resto de la casa. Pudo reconocer la silueta de Raquel, aunque la oscuridad era casi total.
La muchacha abrió a medias el cajón inferior de la cómoda para meter algo que Manolo no consiguió identificar. A continuación, Raquel miró en todas las direcciones para asegurarse de que no podía haber sido vista y se marchó sigilosamente.

La pregunta de qué escondería Raquel en esa casa deshabitada desveló a Manolo varias noches, pero la curiosidad fue vencida por la preocupación por la salud de Pepe.
La frase de la carta de Pepe, alusiva a una enfermedad, le animó a comprarse la bicicleta en seguida, tras escribir: “Me gustaría visitarte un fin de semana; ¿podría dormir ahí una noche? Porque iría un sábado por la tarde y volvería el domingo por la mañana”. Sin esperar respuesta, compró la bicicleta pero no lo dijo en su casa. De momento, iba a guardarla de noche en el portal de la casa donde vivía Raquel..
Pepe le respondió a vuelta de correo. Naturalmente que podría dormir en su vivienda. El pueblo donde estaba destinado distaba sólo veintitrés kilómetros de la casa de Manolo, y se encontraba en el mismo valle, por lo que ni siquiera había cuestas difíciles. Manolo averiguó que podía tardar tan sólo un par de horas o tres en la ida y otras tantas en la vuelta.
Tras el entusiasmo y la emoción del reencuentro, Pepe tenía que decir su misa diaria y se despidió de Manolo con un “no dejes de asistir”. Luego, tras un ritual al que sólo habían acudido siete mujeres mayores, Manolo se apresuró a volver a la casa parroquial, porque Pepe había tropezado un par de veces y se mostró vacilante la mayor parte de los cuarenta minutos que duró la misa. Resultaba evidente que padecía alguna enfermedad.
Pepe se despojó de las vestimentas rituales despaciosamente, con una innegable lividez en su rostro. Parecía esforzarse por no mirar a la cara de Manolo.
-Me parece que no te sientes bien y, además, me parece que yo te hubiera molestado por algo.
-Qué va, Manolo. Es que…
Pepe apoyó ambas manos sobre el alto mueble de la sacristía. Daba la impresión de agarrarse a ese mueble como una tabla de salvación, porque su cuerpo evidenciaba el deseo de volverse hacia Manolo. El impulso de abrazarlo era tan poderoso, que el pobre sacerdote se sintió precipitarse por un abismo insondable hasta las llamas del infierno.
-Veo que te pasa algo. Dime si tengo que ir a la farmacia o buscar al médico del pueblo.
Tras un duro esfuerzo, Pepe se giró a medias, con el rostro crispado por una mueca equidistante entre el terror y el llanto.
-No, Manolo. Lo mío no puede arreglarlo el médico. Me muero porque quiero lo que no puedo querer. Estoy enfermo de celibato.












miércoles, 10 de octubre de 2018

CUENTOS DEL AMOR VIRIL Luis Melero EL MINOTAURO Y APOLO

EL MINOTAURO Y APOLO
Ricardo leía con preocupación demasiadas noticias sobre “vigorexia”; las primeras le causaron gran alarma, preguntándose si padecería ese mal que muchos consideraban enfermedad.
Porque a punto de cumplir cuarenta años, se le consideraba una especie de fenómeno de feria, casi un monstruo, al que todos miraban por la calle pese a sus esfuerzos por no llamar la atención. Medía un metro ochenta y cinco centímetros, pesaba ciento veintitrés kilos y le resultaba muy difícil encontrar ropa apropiada. No conocía a nadie que fuera más musculoso que él; en su cuerpo se le marcaban hasta los pensamientos, con hombros muy anchos, pectorales prominentes, nítida “pastilla de chocolate” en los abdominales, cintura estrecha para su corpulencia, profunda uve de las caderas bajo los oblicuos, muslos de toro y pantorrillas proporcionales. Pero no recordaba haber sido nunca el sujeto obsesionado de gimnasio que retrataban las noticias que alertaban sobre la vigorexia ni padecía la impotencia parcial o debilidad sexual sobre la que los médicos alertaban. Estaba seguro de que el sambenito les cuadraba mejor a unos cuantos de los jóvenes que trataba en el gimnasio, quienes no paraban de componer y estudiar sus posturas reflejadas en los grandes espejos. Él no lo hacía nunca; no sólo no sentía curiosidad, sino que imitando a los demás atletas mirando su reflejo se habría sonrojado sin remedio. Además, tales compañeros consumían en su mayoría las pastillas tan denostadas por los medios de información. Los vestuarios de los dos gimnasios que conocía en la ciudad funcionaban como centros en gran medida narcotraficantes.
Ricardo había crecido hasta el final de la adolescencia en un duro bosque maderero, sometido a esfuerzos tremendos que ni siquiera le parecían nada especial en aquellos ambientes, donde todos, adultos y adolescentes, eran hombres firmes, enteros y bragados, muy forzudos, entre los que predominaban curiosas claves de sobreentendidos y disimulos; descubría con frecuencia a sus compañeros más jóvenes masturbándose cuando decían que iban a orinar, y sabía que él también era objeto de espionaje no demasiado discreto cuando iba a hacerlo, de manera que siempre que se excusaba para mear buscaba los rincones más escondidos y oscuros. Se trataba de necesidades tan cotidianas y naturales como la comida, así que ninguno de ellos les daba importancia, porque les sobraba energía y cada árbol talado y transportado no representaba debilitamiento ni demasiado cansancio, sino aumento del vigor. A veces, sentía un poco de alarma, ya que casi todos los jóvenes y algunos de los maduros, se escondían al acecho de sus meadas que siempre resultaban masturbaciones; a despecho de la alarma, saberse vigilado no aminoraba su salacidad, sino que la aumentaba, y en tales ocasiones, que fueron convirtiéndose en habituales, sus eyaculaciones eran como surtidores de un jardín real y tan prolongadas, que el rubor se apoderaba no sólo de sus mejillas, sino de todos los rincones y anfractuosidades de un cuerpo que tenía demasiadas.
Una de tales veces, observó maravillado que al caer al suelo, su semen no impregnaba la tierra sino que corría ladera abajo como un pequeño riachuelo. Se quedó inmóvil; algo muy raro estaba ocurriendo. Los espías habían desaparecido, una calima lechosa difuminaba la tierra, no veía tocones donde debía haberlos porque recordaba haber talado esos árboles y a pesar de la espesa neblina, distinguía claramente el riachuelo de semen que ya había alcanzado un repecho donde el suelo se hundía varios metros. Corrió hacia ese punto, incrédulo de que el chorro de su virilidad pudiera caer formando una pequeña cascada; con estupor, comprobó que sí ocurría y que el chorro blanquecino discurría en la dirección contraria a la ladera, hacia el interior de una pequeña cueva cuya existencia ignoraba. De un salto, salvó el repecho, yendo a caer ante roca desnuda cuyo centro lo ocupaba una entrada en arco, demasiado simétrico para ser natural. Notó que el interior no estaba completamente a oscuras, por lo que la curiosidad le empujó hacia el interior.
En el primer momento, le parecieron mujeres por sus poses y actitudes, pero de inmediato se dio cuenta de que eran hombres de una belleza y perfección mágica, irreal, que rodeaban un pequeño estanque lechoso hasta el que su semen seguía discurriendo.
No sintió miedo, sino expectación. Nada de lo que estaba viendo podía ser natural. Pero como si los hombres de la cueva pudieran adivinarle el pensamiento, uno volvió el rostro hacia él y, sonriente, le transmitió de modo extraño que todo era real, que tenían cuerpo carnal, que el baño de leche existía y que todos estaban esperándolo.
Sin saber por qué y sin que nadie se lo ordenara, se desnudó y avanzó hacia el estanque, en cuyas orillas muchos de los hombres, tumbados boca abajo, estaban bebiendo como si se tratara de un abrevadero. Sonrió; que aquellos hombres bebieran su semen le hacía muy feliz. El que le había transmitido sin palabras el mensaje, led ofreció la mano y lo condujo hasta sumergirse en el estanque. A continuación, todos ellos lo rodearon envolviéndolo como un enjambre.
Entonces sintió que el orgasmo que acababa de experimentar renacía, y era mucho más absorbente y estremecedor. Notaba bocas y manos por todas partes, las pantorrillas, los pies, las rodillas, los muslos, el escroto, el vientre, el pene, los abdominales. Dos bocas e3ran dos ventosas formidables en sus pezones, de modo que las lenguas en sus orejas y su boca eran como tentáculos de un milagro luminoso y etéreo que actuaba en sus sentidos con materialidad enloquecedora.
Cerró los ojos para defenderse de la demencia que sintió avanzar por su cerebro, porque nada de lo que estaba ocurriéndole podía soportarse. Abrió los ojos de nuevo, para notar con desagrado que los espías continuaban observándole, burlones por la duración del orgasmo, mal ocultos en sus escondites, y los tocones que él mismo había producido seguían visibles.
Se preguntó si había soñado y tenido una alucinación, pero aunque no halló las respuesta, a partir de entonces, ansiaba que la visión se repitiera cada vez que se apartaba para una meada y la consecuente masturbación.
Cuando Ricardo se mudó a la ciudad y comenzó a ir al gimnasio, ya estaba sumamente desarrollado. Fue objeto de admiración pasmada de culturistas y objeto de atención en la playa casi desde el principio, pero nunca había pasado más de hora y media diaria en el gimnasio. Tampoco se contemplaba en el espejo y no sentía ningún descontento con su cuerpo. Más bien, le avergonzaba un poco, en determinadas circunstancias, la aparatosidad muscular que siempre le producía rubor; era consciente de su espectacularidad física más por los comentarios de los demás, por las convocatorias de concursos a los que no quería asistir, por las lisonjas de los compañeros del gimnasio y por la insistencia de los requerimientos amorosos, que por la complaciente auto contemplación, cosa que en ningún caso se le habría ocurrido hacer. Jamás había deseado de joven parecerse a ningún atleta ni a cualquier actor de cine o de televisión; siempre se había sentido muy conforme consigo mismo. Entrenaba sobre todo porque no se sentía bien sin esforzarse físicamente a diario, pues lo había hecho desde muy niño, y su trabajo de ayudante de un fotógrafo no le exigía fuerza ni sudores. Sin embargo, los compañeros del gimnasio, el monitor y la dueña, le proponían constantemente aprovecharse de su desarrollo para progresar laboralmente, con toda clase de sugerencias, desde modelaje hasta masajes y muchas ideas que sugerían un tipo embozado de prostitución. Sólo había aceptado en una ocasión seguir un cursillo gratis de monitor personal, a cambio de una gira de demostraciones, pero no tenía ocasión de adquirir compromisos para ejercerlo, porque su trabajo le satisfacía y no le sobraba el tiempo.
Vestía ropas ampulosas que no marcaban su cuerpo. No se le habría ocurrido la idea de comprar ropa que resaltasen nada ni pantalones que se ajustaran de verdad a su cintura, porque en tal caso le apretaban demasiado en los muslos y resaltaban vergonzosamente el volumen de sus genitales. Más bien, parecía por la calle un hombre excesivamente voluminoso, casi gordo, salvo por el cincelado rostro de modelado perfecto, de mejillas hundidas, arco ciliar dibujado como si estuviese maquillado y labios sumamente sugerentes. Se le marcaban por todas partes demasiadas prominencias con la ropa común, como para no sentir gran turbación mientras se desplazaba por la ciudad. Conseguía que no le mirasen excesivamente por la calle, pero lo de la playa era otro cantar. Por mucho que lo evitara y aunque usaba bañadores anchos y nada llamativos, se formaban con frecuencia corros de admiradores que le hacían muchas preguntas y eran bastantes las mujeres que acudían a darle conversación. Aunque casi siempre se excitaba sexualmente en tales casos, sentía tanta turbación que tenía que encogerse para disimular la prominencia; le intimidaban las miradas y las expresiones de admiración, de modo que, contra lo que la gente suponía, no abundaba el sexo a dúo en su vida.
Su trabajo en el estudio fotográfico consistía sobre todo en los preparativos, colocar y ajustar los reflectores, orientar las sombrillas de los flashes tal como se le iba indicando o preparar la decoración del plató si el trabajo lo exigía. A veces, excepcionalmente, el fotógrafo le pedía que mirase una toma por el visor, seguramente para reforzar su propia seguridad, porque a Ricardo no le parecía que su jefe respetase gran cosa su opinión.
Un día, estaba decorando el set para la foto de un anuncio de calzoncillos, cuando el jefe le pidió:
-Ricardo, ¿podrías quitarte la ropa y posar donde va a estar el modelo, para ir ajustando las luces y tenerlo todo dispuesto cuando lleguen? El modelo vendrá acompañado del creativo publicitario y la estilista. Querría tomar la foto cuanto antes, sin repeticiones ni interrupciones y evitando que me incordien demasiado con sugerencias y cambios, porque más tarde tenemos otro trabajo muy duro.
No era la primera vez que Pancho se lo pedía, y Ricardo había dejado de resistirse, a pesar de que siempre se excitaba cuando lo miraban fijamente. Era un problema que no se había atrevido nunca a comentar con nadie que pudiera aclararle si se trataba de una reacción normal o demasiado extraordinaria, pero la realidad era que una simple mirada a su entrepierna causaba ese efecto, fuera cual fuese la situación o quién le mirase. En calzoncillos, permaneció casi diez minutos estático, en la postura que su jefe le indicó, esperando que ajustara la iluminación y el foco. Mediante la estratagema de divagar con la imaginación y recordar que Pancho le miraba tan sólo a través de la cámara, consiguió permanecer sin tener erección notoria. Pero, para su desconcierto, el modelo y sus acompañantes llegaron antes de tener tiempo de vestirse de nuevo, lo que produjo el endurecimiento instantáneo del pene. Notó el asombrado revuelo de las miradas de asombro y admiración, lo que hizo que se sintiera muy turbado, porque el pasmo notable y la fijeza de los ojos empeoraban la situación y hasta sintió que tenía que martirizarse para evitar un orgasmo.
Tomar la foto para un anuncio era un proceso lento y meticuloso; entre enjugar el sudor del modelo, retoques del maquillaje y correcciones de la ropa por parte de la estilista, podían emplear más de dos horas con un solo anuncio, para el que Pancho gastaba veinte o treinta placas. El modelo se despojó completamente de la ropa ante ellos, sin pedir un lugar reservado, y se ajustó el calzoncillo acariciándose reiteradamente los genitales, posiblemente para conseguir que resaltasen. Después de colocarse en el punto donde debía posar e ir corrigiendo la postura como Pancho le indicaba, Ricardo vio con fascinación que la estilista sobaba el calzoncillo por todos lados, estirando cuando observaba una arruga y hasta corrigiendo la posición del pene, si no le satisfacía la sombra que producía. A la tercera toma, Pancho lo llamó:
-Ricardo, ¿te importa mirar por el visor, mientras voy corrigiendo la posición del modelo, porque la quiero un poco diferente? Lo voy a posicionar tres cuartos de perfil, un poco virado hacia su izquierda. Pretendo que se aprecie bien la curva del pectoral izquierdo, que el pie derecho quede un poco retrasado y que su bulto no sobresalga de un modo tan exagerado que vayan a rechazar el trabajo. ¿Has comprendido?
Ricardo asintió mientras se agachaba un poco hasta encontrar la postura donde conseguir ver adecuadamente por el visor. Entonces, pudo contemplar a fondo al modelo. Era el hombre más guapo que había visto nunca. Su cuerpo era fibroso aunque no le sobraba desarrollo muscular; resultaba más deseable que nadie que hubiera contemplado últimamente. Tuvo que tragar saliva. No quería que su impresión resultase notoria a causa de la erección que volvía a sentir llegar.
Al terminar la sesión, todos tomaron un refresco. El hombre de la publicitaria daba a Pancho reiteradas indicaciones de lo que el anuncio necesitaba, mediante explicaciones prolijas e innecesarias a menos que pensara repetir la sesión; la estilista recogía sus bártulos de modo meticuloso. El modelo se acercó a Ricardo:
-Tienes un cuerpo espectacular. ¿Eres míster algo?
-No, ¡Qué va!
-Pues no tendrías competencia. ¿Eres profesional del culturismo?
-No.
-Me llamo Ernesto. ¿Cómo te llamas tú?
-Ricardo.
-¿A qué gimnasio vas, Ricardo?
Ricardo le dijo el nombre del local, muy conocido en la ciudad.
-¿Tienes entrenador personal allí?
-No, qué va. Tampoco es que me sobre el tiempo. Yo sí que hice un curso de entrenador personal.
-¿De verdad? ¿Crees que serías capaz de entrenarme para mejorar?
-No lo necesitas. Tienes buen cuerpo.
-A tu lado, soy un alfeñique.
-No, de verdad que no. Tienes unas proporciones muy buenas y no creo que necesites más para este trabajo.
-El trabajo de modelo es sólo una ayudita. Yo tengo un taller mecánico de coches que no va mal. Me encantaría aproximarme, aunque fuera sólo un poco, a un cuerpo parecido al tuyo, pero creo que sería imposible. Si no eres muy caro, me gustaría que me entrenaras.
-No sé si soy caro o barato. Nunca entrené a nadie.
-¿Hay algo que te lo impida?
-No; es que no me lo había planteado.
-Yo podría pagarte bien, al menos durante dos o tres meses. A lo mejor es suficiente para ponerme en camino.
-Tendrías que ajustarte a mi horario. Yo voy al gimnasio sobre las ocho y media de la tarde.
-De acuerdo.
Comenzaron pocos días más tarde. Resultó patente desde el principio el éxito amoroso que Ernesto gozaba, lo que a Ricardo le causaba una desazón que trataba de reprimir y disimular. Llegaba con frecuencia acompañado de muchachas muy espectaculares, que se despedían con reticencia y lo emplazaban para encontrarse más tarde. Ricardo sentía la curiosidad de saber si alguna de ellas era su novia, pero temía ponerse en evidencia y le parecía indiscreto preguntarlo; porque, además, le daba la impresión de que Ernesto fuera un mujeriego picaflor. Cuando terminaban la sesión de entrenamiento, Ricardo remoloneaba un rato entrenando bíceps o sentadillas, a fin de no coincidir en las duchas con el modelo. Pero un par de semanas después de haber comenzado, Ernesto se entretuvo al terminar y acompañó a Ricardo a las duchas cuando éste halló que se le hacía tarde.
Antes de desnudarse, esperó a que Ernesto estuviera bajo la ducha, a ver si así evitaba mostrarse demasiado. Siempre sentía la necesidad de esconder el pene además de toda su musculatura, porque todos lo miraban mucho. En cuanto se situó bajo la alcachofa de la ducha, Ernesto exclamó.
-¡Joder, Ricardo! Vaya manguera.
El rubor de Ricardo fue inmediato. Irremediablemente, el comentario y la mirada iban a producirle una erección. Cuando empezó a ocurrir, Ernesto le sopesó el pene con la palma de su mano derecha.
-No te quejarás, bandido. Seguro que follas a granel.
La erección era ya completa.
Ricardo abrevió el baño. Salió de la ducha colectiva en cuanto pudo enjuagarse y se secó y vistió apresuradamente. Vio a Ernesto secarse y vestirse parsimoniosamente, sin dar la menor impresión de sentirse turbado ni incómodo. Ricardo estaba convulsionado entre escalofríos; tenía que reprimirse casi dolorosamente para no hacer lo que el cuerpo le exigía y todos sus sentidos anhelaban. ¿Qué iba a hacer esa noche? Aparentemente sin pretenderlo, Ernesto había puesto en marcha un mecanismo que no iba a poder detener en mucho rato.
No solía repetir, porque no era demasiado exigente. Sus deseos no eran complicados ni sobraba morbosidad en su imaginación. Pero esa noche se masturbó cuatro veces.
Al día siguiente, Ernesto acudió al gimnasio con una compañía más numerosa que de ordinario, incluyendo a la estilista que le había asistido en la sesión de fotos donde se habían conocido. Con alarma, Ricardo notó que la mujer, de unos treinta y cinco años, se le acercaba dispuesta a hablar con él.
-¿Has pensado en posar?
-¿Qué? No comprendo –repuso Ricardo con desconcierto.
-Con frecuencia, salen fotos o filmaciones que necesitarían hombres con un cuerpo como el tuyo. Si tienes alguna foto, podrías dármela para estar pendiente de las posibilidades que surjan. Si no tienes fotos, puedes pedirle a tu jefe que te las hagas; si hubiera que pagarle, yo lo pagaría.
-¿Habla usted en serio?
-No me trates de usted, chico. Me llamo Gisela. Hablo muy en serio. Hace poco, necesité un cuerpo como el tuyo… bueno, a lo mejor no tan espectacular, y tuvimos que salir del paso con alguien muy inferior.
Esa noche, Ricardo recolectó las fotos que tenía en bañador o ropa de gimnasio, y las preparó para dárselas a Ernesto al día siguiente, para que se las diera a la estilista.
-Puedes follártela cuando te dé la gana –dijo el modelo confidencialmente-. Le conté de tu polla y se muere por vértela, como todas las tías que vinieron anoche conmigo.
-¡Qué vergüenza! ¿Por qué le hablas a nadie de mi pene?
-¿Por qué no? Tienes una polla fantástica; eres un fenómeno.
Ricardo vestía un pantaloncito elástico, que no podría ocultar su erección ni aunque tomara asiento en una banqueta. Se apresuró para ir al aseo. Otra vez, debió masturbarse más de una vez, a pesar de sentirse angustiado por el temor a ser sorprendido.
Pocos días más tarde, Gisela le llamó al estudio fotográfico de Nacho.
-Voy a trabajar en un spot sobre viajes al Caribe. Me han pedido un modelo guapo y musculoso, y he pesando en ti. Las fotos que me mandaste con Ernesto no son muy expresivas. ¿Puedes venir esta noche a mi casa, para que te tome varias polaroid? Ponte el calzoncillo más sexi que tengas.
Al terminar la sesión del gimnasio, Ernesto se empeñó en acompañarlo. En el asiento de copiloto del coche del modelo, aunque ni se rozaban sus piernas, la erección de Ricardo fue permanente y hubo muchos momentos en los que sintió que podía experimentar un orgasmo a causa de expresiones amables del modelo y sus ademanes de intimidad. Gisela les abrió la puerta embutida en una bata de satén amarillo pálido, muy favorecedora. Parecía más guapa.
-Ernesto, ¿no me contaste que ibas a salir esta noche con Marisa?
Comprendiendo la indirecta, el modelo se despidió. No esperó Gisela más que unos cinco minutos para dejar caer la bata y, desnuda, echarse como un alud sobre el sofá donde Ricardo estaba sentado. Este hizo lo que pudo, aunque con poco entusiasmo; pese a lo cual asistió con estupor a la cascada de convulsiones de la estilista. Cuando se dispuso a marcharse, Gisela tenía expresión de alucinación.
-Espera, tengo que hacer las polaroid.
Al despedirlo, la estilita le dijo a Ricardo que sabría si le contrataban para el spot del Caribe dentro de unas dos semanas. Desconocedor de las claves y nociones del ambiente publicitario, Ricardo se sintió incapaz de calcular si le estaría mintiendo y sólo sería un pretexto para el sexo. Si se trataba de eso, ya lo había tenido. Por lo tanto, olvidó el caso en pocos días.
-Tienes que salir conmigo una noche de estas –le dijo Ernesto una semana más tarde.
-Te aburrirías. Yo soy un tipo sencillo y nada apasionante.
-Contigo, me lo paso fenomenal. Mientras trabajo en el taller por la tarde, cuando se aproxima la hora de venir a entrenar, me muero de impaciencia. Me gustas mucho.
Ricardo calló unos minutos.
-¿De verdad? –le preguntó más tarde.
-De verdad… ¿qué?
-Que te gusto.
-Oh, claro. Eres un tío fantástico.
-Pero… estás muy solicitado por las muchachas. No necesitas ir por ahí con un incordio como yo, que te sirva de anzuelo para ligar.
Ernesto lo miró fijamente una larga pausa, durante la que parecía meditar.
-Escucha, tío. No eres un incordio. Me encantaría correrme juergas contigo y, si se presentara la ocasión, que nos follásemos a una al mismo tiempo.
Rojo y acalorado, Ricardo no podía responder. No se sentía capaz de hacer algo así sin incurrir en alguna inconveniencia. Nunca podría compartir la pasión de una mujer con ese chico que tanto le perturbaba en demasiadas ocasiones. Seguro que se le escaparían las manos.
-Mira, Ricardo. Si te ha desconcertado lo que te he dicho de sexo bi, discúlpame, Hace tiempo que sé que eres un fulano poco común, más bien demasiado… moral. Uno tiene que hacer malabares para hablarte sin escandalizarte. Pero te prometo que me encantaría que salgamos cualquier día de fiesta, aunque no hagamos eso que he dicho. ¿Qué tal el viernes?
-No es que sea demasiado moral… como dices. Yo no tengo ningún remilgo. Pero solamente soy un campesino, y siempre he sido muy tímido. Si quieres que salga contigo el viernes…
-No se trata de que salgas conmigo, sino de que salgamos juntos. Te espero el viernes en mi casa a las diez de la noche, aunque ya hablaremos de nuevo. Pero mejor que demos la cita por cerrada desde ahora mismo, ¿vale?
-Creo que te arrepentirás; soy un tío tímido, apocado y me salen los colores a todas horas.
-Pues haces mal. Con todos tus atributos… todos tus atributos, ya sabes lo que quiero decir… ganarías barbaridades aprovechándote de todo lo tuyo. Si no has decidido a estas alturas sacar partido de tu cuerpo, será porque tienes muchos prejuicios, prejuicios que yo creo que debo ayudarte a superar. Lo mismo que tú me entrenas en lo físico, a mí me gustaría entrenarte en todo lo demás, a ver si consiguiera que dejes de ser tan tímido. Tal vez logre que te des cuenta de lo mucho que tienes que ganar, antes de que sea demasiado tarde. Empezaremos las lecciones el viernes.
Ricardo dedicó el siguiente viernes un buen rato a decidir qué ponerse. Ernesto vestía siempre de un modo perfecto, espectacular. No quería desentonar, pero tampoco parecer ridículo. Yendo con él, no le desconcertaría tanto que lo mirasen. Eligió una camiseta azul ajustada, con la que solían contemplarle demasiado, y un pantalón vaquero negro claveteado, tratando de que sus genitales no abultasen ostensiblemente. Cuando Ernesto le abrió, lanzó un silbido y sonrió complacido.
-Estás perfecto; esta noche, me toca aprovecharme de ti y ligaré a granel por tu influencia.
Pero no ocurrió. Aunque no pararon de revolotear las muchachas y las no tan jóvenes a su alrededor, a las cuatro de la madrugada se marcharon solos de la última de las discotecas que Ernesto propuso. Un poco en busca de desenvoltura, Ricardo había bebido mucho más de lo se creía capaz de asimilar.
-Estoy un poco mareado –dijo en el coche en el que Ernesto le llevaba a su domicilio.
-Quédate conmigo esta noche. Yo te cuidaré. Hay sitio en mi apartamento.
-Parece muy pequeño.
-Bueno, es verdad. Es solamente un estudio. Pero además de mi cama hay un sofá cama grande y cómodo. No te preocupes más.
-Tengo que hacerte una pregunta…
-Larga, Ricardo. No te cortes.
-¿Eres gay?
Ernesto rió a carcajadas.
-Pregunta por ahí. Tengo fama de ser un donjuán irremediable.
Ricardo no se dio cuenta de que la respuesta podía ser elusiva. Llegados al apartamento, Ernesto entró en el baño, mientras Ricardo se desnudaba. Cuando se cruzó con el modelo camino del baño, Ernesto dijo:
-Pareces el minotauro.
-¿El qué?
-El minotauro es un mito griego. ¿No has oído hablar del laberinto?
-Sé lo que es un laberinto, pero no sé nada de ese tauro del que hablas.
-La palabra laberinto viene del mito. Lo que contaban los griegos es que el dios Poseidón regaló al rey de Creta un hermoso toro blanco para que lo sacrificara a fin de conservar la corona, pero al rey Minos le maravilló el animal, de manera que mandó sacrificar un toro cualquiera y guardó el que el dios del mar le había regalado. Poseidón se dio cuenta y, cabreadísimo, se vengó inspirando a una tal Parsifae un deseo tan raro, que ella se enamoró del toro blanco. Para poder joder con él, Parsifae pidió a un artista que se llamaba Dédalo que esculpiera una vaca de madera, dentro de la cual se metió ella y así consiguió ser poseída por el toro. Pero ocurrió lo más inesperado. Nació un niño con cabeza de ternero y cuerpo humano que, al crecer, se convirtió en un ser muy poderoso. El mito lo considera un monstruo, pero era un ser formidable; aunque su cabeza era de toro, su cuerpo era el más musculoso y fuerte cuerpo humano. Picasso se enamoró del personaje y le dedicó toda una serie de grabados estupendos. Pero para los griegos no cretenses era un verdadero monstruo, porque por alguna venganza que el mito no explica del todo, Minotauro exigía la entrega de siete muchachos y siete muchachas atenienses, porque comía carne humana. Se volvió tan salvaje y poderoso, que Dédalo construyó un laberinto complicadísimo donde encerrarlo de modo que no pudiera encontrar la salida. Muchos años después, Minotauro fue vencido por un joven ateniense llamado Teseo, enviado como sacrificio, al que ayudó una princesa llamada Ariadna… pero esa es otra historia. Verte así, casi desnudo y con ese paquetón tan extraordinario, me hace pensar en Minotauro.
Ricardo cerró la puerta del baño con pestillo. Tenía que masturbarse.
Salir juntos los viernes se convirtió en una costumbre. Ricardo no caía en la cuenta de que las lecciones de Ernesto daban resultado e iba volviéndose más espontáneo. Sí advirtió que se había creado un círculo de conocidos y admiradoras que lo festejaban mucho cuando llegaba a cada uno de los locales que a Ernesto le gustaba frecuentar. No era raro que después se quedara a dormir en el apartamento del modelo, aunque no sintiera mareo. Habían pasado cinco o seis semanas desde la primera salida en conjunto, cuando de nuevo Ricardo se vio obligado a abusar un poco del alcohol, abrumado por las insistentes invitaciones.
En cuanto llegaron al apartamento, Ricardo se desnudó y cayó en el sofá cama ya preparado, despatarrado y deseando dormir. Boca abajo, notó que Ernesto dudaba, como si quisiera hablar y no se decidiera por si dormía.
-¿Ocurre algo, Ernesto?
-Para serte franco, me excita verte así, tan despatarrado.
-¿Te excita?
-Bueno, no es que te desee sexualmente. Es que, como eres tan especial, tan particular… a veces me perturba un poco mirarte. La verdad es que no sé lo que me pasa, si es que me pasa algo.
La declaración desveló a Ricardo. Se volvió boca arriba, sin temor a que su poderosa erección fuera notable. Dijo muy bajo:
-Estuve buscando en internet mitos griegos para leer sobre el tal Minotauro, y me encontré con uno que me recordaba a ti. Se llama Apolo.
-¡De veras! ¿Te recuerdo a Apolo, por qué?
-El mito dice que era un hombre muy guapo, y tú eres el hombre más guapo que conozco.
-¡Qué va! Tú eres mucho más atractivo que yo.
-Puede que yo sea atractivo… para alguna gente. Pero guapo, lo que se dice guapo como tú, ni comparación.
-Me acabo de ruborizar, Ricardo. Ojalá pudiera compararme físicamente contigo.
-Has progresado mucho desde que entrenas. Me contrataste para dos meses, y ya llevamos casi cuatro. Tu musculatura ha aumentado bastante y se ha reforzado una barbaridad.
-Pero mira mi brazo y mis muslos –Ernesto se acercó para rodear el bíceps de Ricardo con las dos manos-. Es curioso; he mirado revistas de culturistas en el gimnasio, y hay tíos con brazos tan poderosos como los tuyos, pero algo deformes. Los tuyos son perfectos y… los muslos son… yo qué sé. Son enormes y mira qué piernas más estéticas tienes. Ni te imaginas lo que comentan todas y todos los que vamos conociendo por ahí. Y además, lo de tu paquetón es un prodigio, porque mira, tan grande y, a pesar de la abundancia de sangre que hará falta, parece que estuviera más duro que la pata de la mesa.
Involuntariamente, Ricardo se tocó. Incontenible, el glande asomaba unos centímetros por encima del elástico del calzoncillo.
-Voy a mear –dijo.
Mientras lo hacía, evocó buena parte de su biografía. El bosque, donde todos los muchachos eran fuertes y él no parecía especial. Las sierras que necesitaban tanto esfuerzo y ya habían sido sustituidas por sierras mecánicas. Las veces que había arrastrado grandes troncos montaña abajo, cosa que muy pocos de sus compañeros conseguían hacer. Las lisonjas a su físico habían empezado en plena adolescencia, sobre todo en el pueblo más cercano, pero no se habían convertido en clamorosas hasta después de vivir en la ciudad. Sentía que había desaprovechado muchas oportunidades de practicar sexo, tanto con hombres como con mujeres, pero reconocía que no se había dado cuenta en su momento. Nunca había detectado en tantos años las alusiones veladas, hasta los últimos dos meses por la influencia y las enseñanzas de Ernesto, y ya estaba punto de cumplir cuarenta años. Ernesto había obrado el milagro; precisamente él, que lo hubiera tenido de habérselo propuesto.
La erección se estaba convirtiendo en demasiado poderosa como para conseguir orinar. El durísimo pene apuntaba a la vertical y ni siquiera conseguía forzarlo hacia el inodoro. Con cuidado de no hacer ruido, comenzó a masturbarse suavemente, para conseguir aflojarlo y poder orinar.
No tenía que hacer gran esfuerzo de imaginación ni pensar en nadie en concreto. Su cuerpo funcionaba como un mecanismo automático. Seguramente, las erecciones eran el desfogue de la exuberancia de su vitalidad y magnífica alimentación. Ocurrían constantemente, en todas las situaciones, incluyendo el tiempo que pasaba esforzándose en el gimnasio, lo que solía disimular encogiéndose en un banco, modificando la rutina que ejecutara en ese momento, a fin de enmascarar el bulto. Solamente tenía que realizar algún esfuerzo a causa del tamaño, que dificultaba la inmediatez del orgasmo. Ahora, comenzaba a sudar. Como todo atleta, sudaba copiosamente; estaba esforzándose mucho, con impaciencia y preocupado por la posibilidad de hacer algún ruido que alertara a Ernesto, porque, además, solía jadear durante los orgasmos.
Apretó fuertemente los párpados, impulsando las caderas hacia adelante. Iba a llegar, por lo que se preparó para apretar los labios con objeto de que no sonaran sus gemidos.
En ese momento, sintió que una mano abrazaba su pene y lo agitaba con rapidez, aunque delicadamente. Era la mano de Ernesto. En cuanto abrió los ojos para mirarlo, llegó el orgasmo. A pesar de las sacudidas y los chorros que caían en el inodoro, Ernesto prosiguió. A Ricardo le pareció que no encontraría inoportuno que le diera un beso en los labios.