miércoles, 9 de abril de 2014

HABITACIÓN ALQUIULADA


HABITACIÓN ALQUILADA
CUENTOS DEL AMOR VIRIL
 
El anuncio parecía lleno de sobreentendidos. En realidad, estaba seguro de que el solicitante buscaba más un contacto erótico que un alquiler. ¿Sería capaz de afrontar una situación tan anómala e incómoda? ¿Podía constituirse el encuentro en una nueva oportunidad o resultaría una nueva decepción?

Juan tenía cuarenta y cuatro años; poseía una vivienda estupenda en uno de los barrios más distinguidos de la ciudad, que sus padres le habían regalado -completamente libre de cargas- al licenciarse en la escuela de diseño; pero el costo de los impuestos municipales y demás gastos resultaban en la actualidad demasiado voluminosos para sus recursos presentes.

Veinte años atrás, el título de diseño le había capacitado para montar un gabinete de interiorismo que fue durante mucho tiempo el asesor de decoración de la clase más pudiente de la ciudad; a los dos años de arduo trabajo en solitario, se había reencontrado con Tatum, un estadounidense excompañero de estudios, que recordaba como uno de los machitos más jactanciosos y presuntuosos que hubiera conocido en su vida, que estudiaba el curso siguiente al suyo. Demasiado vanidoso y narcisista como para fijarse en él en aquel tiempo. Cuando lo volvió a encontrar, llevaba casi cuatro años sin verlo; pero parecía que Tatum hubiera experimentado las aventuras y vicisitudes de toda una vida. Había madurado ostensiblemente, ya no era esbelto y espigado como un modelo de pasarela; un poco más macizo y cuadrado, parecía sereno y seguro.

Lo reconoció con cierta dificultad. Estaba tomando un daiquiri en la barra de un bar famoso por su ambiente despreocupado y tolerante, donde se producían interesantes encuentros. Tatum lo reconoció primero, desde más allá del ángulo recto que formaba la barra; ciertamente, Juan no había cambiado tanto como el estadounidense, que le sonrió con mucha alegría y se apresuró en su dirección con los brazos abiertos. Juan recibió el caluroso abrazo todavía sin conseguir identificarlo, lo que sólo ocurrió cuando Tatum dijo:

-¿Qué tiempos aquéllos, eh? Me gradué un año después que tú, pero ya me había habituado a la vida de aquí y no me apetecía volver a Chicago. Me ha ido muy bien trabajando como free lancer; supe que montaste una tienda y un estudio ¿Cómo vas?

-Oh, eres

-Tatum Silver –el estadounidense se apartó un poco, para contemplar a Juan con irresolución. -Ya entonces notaba que no te caía bien; ni te dignabas mirarme.

-Pero tú considerabas que todo el mundo debía admirarte y adorarte.

El rubor de Tatum fue notable.

-Disculpa, Tatum. No he querido molestarte.

-No me has molestado. Es que reconozco que era un adolescente demasiado engreído, y ni siquiera me gusta ese recuerdo. Pero todo cambia.

Efectivamente, no sólo habían cambiado su voz y sus volúmenes; poseía un fascinante aire de serenidad y autodominio. No era excesivamente guapo, pero su rostro debía de ser muy fotogénico con sus facciones viriles, mejillas hundidas, oscura barba cerrada y sonrisa de anuncio. Nunca durante la adolescencia le había parecido atractivo, pero el joven que tenía enfrente resultaba avasallador; Juan comenzó a sentirse intimidado, porque le quemaba un anhelo apremiante de abrazarlo.

Siguieron dos semanas de citas diarias. A los quince días del reencuentro, Tatum empezó a quedarse en el piso de manera no premeditada ni aludirlo ninguno de los dos. Poco a poco, fue llevando sus pertenencias según surgían las necesidades, hasta que resultó claro que compartían casa y, poco después, negocio. Durante quince años, les fue admirablemente. Se entendían bien, se complementaban en los conceptos y gustos del diseño, ganaban mucho dinero, viajaban con frecuencia, tenían un fantástico mestizo de mastín y podenco, y eran felices.

Pero esa felicidad de apariencia inmutable se truncó de repente, tras una carta que Tatum recibió.

Juan esperó pacientemente que terminara de leerla, porque presintió por los primeros gestos de Tatum  que se trataba de algo importante. Lo vio mirarle con los ojos acuosos, mientras sentía que la alarma le recorría todo el cuerpo como un  rayo.

-Mi padre ha muerto, Juan. Tengo que viajar hoy mismo, a ver si llego a tiempo no sé de qué. Tengo que darme prisa.

Los días que siguieron figuraban entre los más agoreros que Juan recordaba. Anticipaba que las cosas iban a cambiar entre los dos, pero no saber en qué consistiría el cambio le desconcertaba al tiempo que sus entrañas se convulsionaban por presentimientos pesimistas. Llamó a Tatum por teléfono muchas veces, pero siempre tenía dificultades para que le entendieran y, al final, cuando conseguía explicarse resultaba que Tatum nunca estaba en casa.

Fue a las tres semanas  cuando recibió la carta que seguía grabada en su mente como en un mármol a cincel:

Querido Juan. Mi vida contigo ha sido seguramente lo mejor que tendré nunca. Pero hay muchas cosas que nunca te he contado. Muerto mi padre, soy el jefe de la familia porque sólo tengo tres hermanos menores que yo, un chico y dos chicas. Cuando me permitieron ir a estudiar a España, para mis padres era una especie de capricho adolescente que debían satisfacer para no contrariarme, porque para ellos estaba muy claro que algún día tendría que presidir la empresa familiar. Mi padre ha muerto antes de lo que yo esperaba; sólo tenía sesenta y seis años, pero también un cáncer de próstata, del que nunca me había hablado. Ahora, estoy atrapado por los hechos; no hay la menor posibilidad de evadirme de mis compromisos aquí. Tengo la obligación de cuidar de mi madre y mis hermanos. Inesperadamente, lo más probable es que deba despreciar una profesión que adoro, me encontraré presidiendo aburridas reuniones, tendré que adoptar un sistema de vida muy convencional y seguramente deberé casarme con una mujer.  Pero es muy improbable que quiera nunca a nadie más de lo que te he querido. Si no te conociera y yo me atreviera, te pediría que te mudaras a Chicago, y compartieras una parte de mi vida, aunque no fuera completa.

Jamás habría podido aceptar Juan ser la otra de nadie. Y no iba a renunciar a todo por algo que se le daría tan sólo con cuentagotas.

Siguió trabajando solo y tuvo que soportar durante meses la pregunta de ¿Dónde anda Tatum?que los clientes y amigos le hacían, dejándolo con un dolor lacerante que en vez de impulsarle a pasar página, le inhibía de intentar encontrar un lenitivo. Creyó que había perdido facultades cuando vio reducirse el negocio, antes de comprender que la crisis de la que tanto se hablaba le afectaba también a él. Llevaba casi tres años viviendo solo y sintiendo que había dejado de merecer la felicidad, cuando advirtió que empezaba a resultarle penoso atender los gastos derivados de la propiedad del piso y el alquiler e impuestos del negocio. Tras muchos y engorrosos cálculos, decidió que realquilar una habitación podría ayudarle a nivelar el presupuesto.

Le daba vergüenza que sus extensas relaciones pudieran darse cuenta de su difícil situación económica, por lo que no se atrevió a publicar un anuncio. En cambio, decidió buscar anuncios de demandantes. Encontró uno que le llamó la atención aunque le llenaba de dudas:

Maduro necesita alquilar habitación grande, en una vivienda habitada preferentemente sólo por hombres adultos. Soy hombre mayor culto, de buen aspecto, educado, jovial y deportivo.

Juan dudó muchas horas si llamar al teléfono del anuncio. ¿Buscaba ese hombre solamente una habitación o pretendía que la habitación incluyera la posibilidad de encontrar un amante? De ser esa la realidad, tenía que descartarlo; Juan buscaba solamente un inquilino. Y además, ¿cómo de mayor sería el tal?

Mantuvo la duda un par de días. El anuncio seguía saliendo, y no encontraba otro que se ajustara mejor a las circunstancias de su vivienda y sus hábitos. La segunda tarde, llamó al anunciante. Le resultó imposible calcular su edad por la voz, y creyó impertinente preguntársela. Por lo tanto, no fijó una cita ni dio un plazo. Juan se limitó a decir: Todavía no estoy demasiado seguro de querer alquilar.

El anunciante le llamó varios días más tarde:

-Cuando hablamos el otro día, noté sus dudas. Pero su voz me hace suponer que podríamos entendernos, y si la habitación resultase lo bastante grande y cómoda

Pocos minutos más tarde, estaban a punto de concertar una cita, cuando a Juan se le ocurrió:

-¿Podríamos escribirnos por internet?

-Sí, desde luego. ¿Me da usted su dirección o quiere la mía?

-Prefiero que me dé la suya.

Esa noche, recibió un correo de respuesta que le causó desconcierto y turbación. El hombre del anuncio resultaba ser un escritor de cierta fama. Por la firma del correo, supo que tenía una web propia y varios blogs muy interesantes. Nunca habría imaginado que ese personaje pudiera necesitar alquilar habitación en la casa de otra persona; le suponía en magnífica situación económica. Era obvio que la crisis afectaba a todo el mundo.

Respondió el correo sintiendo cierto desdoblamiento; continuaba el recelo y la falta de convicción, sobre todo porque supo por el blog que el escritor contaba veinte años más que él, pero le telefoneó y le dio la dirección fijando una hora de cita. De lo que se arrepintió en cuanto cortó la comunicación telefónica, pero ya le daba apuro llamarlo de nuevo para anular el encuentro.

El día siguiente, permaneció todo el día preocupado por la visita, que no podía resultar bien. No había  ninguna posibilidad de que le apeteciera compartir piso con ese hombre tan mayor. Pero llegada la hora, le sorprendió abrir la puerta a un señor cuyo aspecto distaba mucho de lo que esperaba.

Levis Luis carecía de edad. Nadie lo hubiera confundido con un muchacho, porque pesaban mucho su señorío y majestuosidad, pero era muy difícil encuadrarlo en un decenio concreto. Delgado y verdaderamente deportivo, tal como anunciaba, debía de haber sido muy apuesto de joven, y en realidad continuaba siéndolo. Sin quererlo Juan, su mirada se deslizó hacia el bulto de los genitales, no especialmente notable. No se le podía considerar atractivo, al menos no en un sentido erótico, pero resultaba sumamente atractivo, aunque esto pareciese una contradicción. Atractivo en el sentido de querer compartir cosas con él, escucharle hablar, porque su voz era interesante, y hasta apetecía esperar que contase batallitas.   

Juan le alquiló la habitación en cuanto Levis dijo estar de acuerdo. En seguida se arrepintió, después de que el escritor le pagase el alquiler, recogiera las llaves y anunciase la mudanza para el día siguiente.

Esa noche, la huella dejada por Tatum tres años atrás revivió como un fantasma malvado y pertinaz. Juan se desveló a pesar de emplear todos los métodos que recordaba para combatir el insomnio. El fantasma cruel del cruel Tatum se carcajeó toda la noche y se burló de quien tanto había asegurado amar. En vez de amor, evidenciaba sadismo. Eres patético; ahora, llegarán a llamarte follaviejos.

Juan había dejado de responder sus cartas hacía más de año y medio, cuando Tatum aludió a una posible prometida. La herida en su pecho resultó tan profunda, que no quiso escribir de inmediato para que no se manchara el papel de sangre; lo fue dejando y, por fin, decidió no responder. Todavía llegaron cartas de Tatum, que leyó algunas por curiosidad y dejó de leerlas cuando resultó patente que la boda iba a celebrarse. Presentía tanta infelicidad en el chicagüense, que no quería contagiarse y ahondar su propio dolor. Por fin, las cartas fueron espaciándose hasta cesar. Juan conservó algunos sobres sin abrir, pero acabó tirándolos. Por mucho que hubiera esperado durante meses que Tatum se diera cuenta de lo complicada que era la mentira de vida que estaba eligiendo y regresara, no lo hizo y, pasados tres años, toda esperanza era vana. Pero su fantasma se vengaba por una infelicidad de la cual Juan era la causa sin ninguna culpa.

Se levantó ojeroso. Sorprendentemente, le preocupó tener ese aspecto por la tarde, cuando Levis realizara la mudanza. ¿Qué impresión iba a causarle?

Esperaba serenar su mente con la rutina de la tienda y el estudio, pero no lo consiguió. Recuerdos que se había ido difuminando, revivían por doquier; en el espacio que había ocupado la mesa de diseño de Tatum,  en los rincones de la tienda que él prefería, en los objetos de decoración que el negocio había adquirido por su indicación y en el sofá donde ambos habían intercambiado caricias. Ya no acudía la visión del fantasma que había perturbado su sueño toda la noche, pero podía sentir la impronta de Tatum por todas partes. Había creído durante más de un año que ya no quedaban pulsos en su pecho que pertenecieran al estadounidense, pero se había equivocado. Toda su sangre se agitaba con el recuerdo de su imagen, con la evocación de su aroma y con el eco del sonido de su voz. Tuvo que hacer un penoso esfuerzo por imaginarlo en la cama con su esposa para conjurar el vacío amenazador que lo torturaba.

A media tarde, consiguió que su mente se apartara de Tatum  con el recurso de preguntarse cómo iba a funcionar la convivencia con un desconocido tan mayor y tan distante como Levis en intereses y, probablemente, en intelecto. Un sujeto que, según sus biografías de internet, había publicado más de diez libros, pertenecía a otra esfera planetaria. No iban a poder comunicarse demasiado, lo que tal vez sería una ventaja, porque no se sentiría comprometido a comunicarse.

Durante la espera de su llegada con sus pertenencias, cayó en la tentación de marcar el número de Tatum. De su familia, en realidad; quién podía imaginar cuál sería su domicilio actual. Esperaba tener que explicarse en inglés con las conocidas dificultades, pero ocurrió algo inesperado. Respondió la llamada una profunda voz masculina, sin duda la de Tatum; su responsabilidad al frente de la familia le habría obligado a compartir vida de casado con su familia. Tras un estremecimiento y una corta duda, Juan cortó la llamada. Cinco minutos más tarde, sonó el teléfono. No necesitó comprobar en el display el número de origen; sabía que Tatum le llamaría al darse cuenta de quién le había telefoneado.

Ignoró el timbre durante un largo rato de ráfagas intermitentes, hasta que sonó la llave al ser introducida en la cerradura de la puerta de entrada. Acudió por si Levis necesitaba ayuda con su equipaje, pero se detuvo al apreciar que alguien estaba introduciendo las maletas y cajas. Un sujeto esbelto y ágil, con un ajustado pantalón vaquero y una camiseta azul. Una segunda mirada le permitió observar el pelo blanco nevado, de un tono que debía ser el pelo canoso de alguien que había sido medio rubio. No era un ayudante sino el propio Levis. Vestido de modo informal y deportivo, sin la chaqueta del día anterior, y sin verle más que el cuerpo, parecía un cuarentón joven y bien formado.

Para reponerse del impacto, Juan se sentó y preparó la expresión para cuando Levis le mirase. Este saludó:

-Hombre, estás en casa. Disculpa que haya entrado sin llamar primero.

-Estás en tu casa.

En seguida se arrepintió de tutearle. Tal vez Levis esperaba que le tratase de usted; pero nada en su expresión se lo confirmó. El escritor sonrió de manera espléndida, mientras decía:

-No puedo expresarte cuánto te agradezco que me des alojamiento. Desconfiaba tener dificultades de aceptación por mi edad.

-No

Levis volvió a sonreír y compuso una expresión irónica.

-No me digas tú también que parezco más joven. Parecer no es ser. A estas alturas, no podría mentir sobre mi edad; tengo la que tengo, que demasiada gente sabe cuál es. Espero no incomodarte con mis costumbres ni

-¿Qué?

-No temas que empiece a contarte batallitas. Podría contar muchas y verdaderas. Pero el presente es demasiado emocionante para andar evocando el pasado. Espero que nos llevemos bien.

-Yo también. Bienvenido.

Resultó que Levis era indetectable. Pasaba tanto tiempo ante el ordenador creando literatura, que a Juan le resultaba difícil calcular si estaba o no en casa cuando salía temprano a trabajar o cuando volvía al final del día. En ocasiones, se llevaba un pequeño susto al verlo abrir su puerta y salir al salón, porque había olvidado que podía haber alguien. Le maravillaba la despreocupación del escritor en cuanto a andar por el piso en calzoncillos o salir del baño solamente con una toalla en la cintura. Tal vez fuera algo exhibicionista, puesto que conservaba tan buena forma física. El desparpajo de Levis acabó propiciando que Juan se contagiara. Dejó de empeñarse en ponerse el batín a todas horas y un día se dio cuenta de que había salido desnudo de su habitación para ir al baño; reculó un paso, pero se dijo que era una estupidez. Siguió adelante, sin preocupación ni timidez, porque se cruzaba muy poco con su huésped. Tan poco, que un día le reprochó:

-Te vendes muy caro.

-¿Te parece? Lo siento, trato de ser lo menos molesto posible –replicó Levis.

-Tengo que recordarte que pagas un alquiler; estás en tu casa.

-Muchas gracias, hombre. ¿Van bien tus cosas?

 Juan dudó unos instantes. Estaba frente a un hombre que había dado pruebas reiteradas de gran inteligencia y nivel intelectual. Sin duda, había adivinado que si se veía obligado a alquilar una habitación a un extraño, no le sobraría la prosperidad.

-Bueno, las cosas me van como a la mayoría de la gente. Peor que regular.

-¿Tienes dificultades insuperables?

-No. Lo que tú me pagas representa un paño caliente para mis problemas.

-Ojalá que fuera algo más que un paño caliente. Yo tampoco nado en la abundancia, como puedes suponer. Me desahuciaron hace un año, de un piso que creía que sería mi residencia final; y ahora, mira, viviendo de prestado.

-Hombre, no vives de prestado. A mí me pagas.

-Gracias por tu comprensión y por tu buena educación. Noté desde el primer día que no eres un cualquiera, pero el paso de las semanas me demuestra que tampoco eres nada corriente. No quiero exigirte que aguantes a un anciano, pero me encanta conversar contigo y me gustaría repetirlo.

-Por supuesto. Y no eres un anciano, en absoluto, ni me obligas a aguantarte. Más bien es placentero oírte.

Levis sonrió con enorme complacencia. A Juan no le sobraba el atractivo físico, pero resultaba agradable; tanto, que Levis trataba de evitar el nacimiento de un vínculo demasiado estrecho, que pudiera desembocar en algún sentimiento. Había demasiada diferencia de edad y no creía ser nadie como para echarle flores al paso; llevaba muchos años convencido de que ya no sería capaz de enamorar. Al hacerse el silencio, sintió algo de turbación, de modo que no hizo lo que había pensado hacer al salir de su cuarto, ir a la cocina a prepararse un poleo; en su lugar, se despidió con algo de brusquedad y volvió a su habitación.

Pasó más de una semana antes de que volvieran a mantener una conversación merecedora del nombre, más duradera que un simple intercambio de saludos. Fue ante la entrada del baño; Levis acababa de desayunar y esperaba que el baño se desocupase para entrar a lavarse los dientes. La puerta se abrió, saliendo Juan despreocupadamente desnudo, con solo una toalla pequeña al hombro.

-Oh, disculpa. No te ¿Esperabas entrar?

-Sí. ¿Molesto?

-De ninguna manera. Y si sólo querías lavarte los dientes, haber entrado, hombre, por Dios. Somos adultos, ¿no?

-No querría ser indiscreto

-¿Por verme desnudo? Ahora estoy desnudo, ¿te parezco indiscreto?

-No, qué va. Tienes buen físico.

Juan sintió un leve escalofrío.

-Gracias Levis. Tú tampoco estás nada mal, a pesar de

-Lo viejo que soy.

-No era exactamente eso lo que iba a decir, pero necesitas reconocer que si tienes la edad que dicen tus biógrafos, estás en muy buena forma.

-Soy diabético. No te lo había dicho porque no hay nada de qué preocuparse, pues guardo fielmente las dietas y sigo la medicación a rajatabla. Y también hago mucho deporte, que es una obligación que los diabéticos tenemos. Así que mantengo la forma porque estoy enfermo.

-Eres un enfermo muy saludable.,

-Pues sí. Gracias. ¿Te gusta nadar?

No era algo que Juan hiciera con frecuencia, pero sintió el impulso de responder que sí.

-Perfecto. Si no te incomoda mi compañía, podríamos ir algún día a nadar juntos.

Lo hicieron el sábado siguiente. La ciudad que había enamorado al estadounidense Tatum era una especie de Shangri-laque seducía a forasteros de todo el mundo, mucho más que a sus propios naturales; Juan había viajado lo suficiente como para sentirse entre dos aguas en ese sentido; identificaba los motivos por los que los foráneos gustaban tanto del lugar, pero como natural conocía a fondo las miserias y las mezquindades de sus conciudadanos; de tanto gustarles la ciudad que consideraban un edén, habían desarrollado durante generaciones una exagerada actitud de autodefensa y suspicacia, hasta el punto de convertir su comunidad en demasiado endógena como para no temer las parálisis creativa. En realidad, imperaba un soterrado pacto de mediocridad, por el que el talento demasiado brillante era rechazado de plano. Juan lo había descubierto por los sentimientos de Tatum, cuando otras personas le contaban las calumnias que otros interioristas de la ciudad propalaban sobre él. Por aquellos entonces, se sentía fuerte como para proteger al chicagüense, y cuando se quedó solo, los envidiosos difamadores creyeron que habían triunfado sobre Tatum y como Juan era uno de ellos, no volvieron a molestarle.

Camino de la piscina, era imposible discrepar de la extendida idea y el argumento publicitario de que la ciudad era un edén. Los abundantes jacarandás, ficus lyratas, palmeras de especies múltiples, palos borrachos e hibiscos creaban una atmósfera asombrosa de resumen paradisiaco semi tropical. Se desnudaron cada uno en una cabina cerrada; cuando se rencontraron en traje de baño, la figura de Levis quedó expuesta; su cuerpo era demasiado esbelto cuando estaba vestido, pero algunos pliegues de su piel recordaban desnudo cuál era su verdadera edad.

Juan nadaba poco aunque descubrió complacido que Lewis tampoco lo hacía demasiado bien. Este ejecutó algunas brazadas e inmersiones, pero dijo deber permanecer más de una hora simplemente sumergido en el agua, aunque no nadara, porque eso bajaba la glucosa.

-Me estoy quedando helado –se quejó Juan, tras conversar varios minutos en el agua, apoyados en los azulejos del muro-. ¿Te apetece que vayamos a la zona de spa?

-De acuerdo.

Pasaron algún rato en cada una de las piletas de diferentes temperaturas y, por fin, fueron al baño de vapor. Levis se despojó de la toalla muy despreocupadamente, aparentando cierto exhibicionismo, para que el vapor recorriera a fondo toda su piel. En cambio, Juan, mantuvo  la toalla anudada en su cintura. Pero a los pocos minutos ocurrió lo más inesperado; Juan sintió una erección, cosa que no solía pasarle cuando iba a las saunas gay. Alarmado, miró de reojo a ver qué le ocurría a Levis; sus genitales permanecían estáticos.

¿Qué me está pasando?, se preguntó Juan insistentemente, desconcertado y juntando los muslos para disimular. Pero notó que Levis, de repente, había fijado sus ojos en el abultamiento de su toalla y sonreía.

Bajo el acalorado rubor, Juan mintió:

-Me ocurre mucho esto de tener erecciones cuando estoy en las saunas. ¿A ti no?

-¡Qué suerte tienes! Yo soy diabético medicado; para mí es diferente, porque tengo dificultades.

-No importa. Lo que me pasa ahora es que me apetece mucho abrazarte.

Levis apretó levemente los labios, se anudó la toalla a la cintura y dijo:

-Voy a volver un rato a la piscina. No te muevas. Vendré dentro de pocos minutos.

Levis salió del baño de vapor con cierta precipitación. Había sentido llegar una erección, pero sus erecciones eran infrecuentes y no muy firmes, sobre todo a causa de la fuerte medicación contra la diabetes, lo que le habían explicado los médicos hacía ya varios años. Necesitaba conjurar la posibilidad de mostrar un pene morcillón, zambulléndose en la piscina. Cuando volvió, Juan le esperaba ante la puerta del cuarto de vapor.

-¿Algún problema? –preguntó Levis.  

-No pero… creo que necesito hablar contigo.

-Muy bien. Vayamos a una salita de relax.

Había cuatro tumbonas de mimbre cubiertas de colchonetas blancas; por lo tanto, cerraron la puerta con pestillo a fin de quedarse a solas y que no entrara nadie más.

-¿No te has dado cuenta?

-¿De tu erección, Juan? Pues sí, ya te lo he dicho. Pero ni sueño que yo tenga algo que ver.

-¡Estás en las nubes! ¿Crees que no puedes inspirar deseos?

-A lo mejor para alguien que sea gerontófilo –ironizó Levis sonriendo.

Juan entendió con dificultad. Tenía que hablar de otra cosa, porque no podía definir qué estaba pasándole. Propuso la vuelta a casa disimulando su impaciencia.

La rutina de la vida en común prosiguió en los mismos términos que habían llevado antes. No se cruzaban mucho y apenas conversaban. Juan estaba convencido de que Levis lo eludía y le asombraba lamentarlo. A cualquiera que describiese la convivencia, se asombraría de la entereza y la delicadeza de Levis, pero comentar esas cosas habría implicado reconocer ante sus amistades íntimas que algo curioso estaba ocurriendo en su pecho.

Una mañana, Levis no fue a la cocina a desayunar ni lo oyó Juan trajinar en el baño. Sin llegar a preocuparse, se marchó y ya no volvió hasta el anochecer. Tampoco ahora, escuchó ni vio a Levis. ¿Se habría mudado de nuevo? ¿Lo habría espantado Juan con lo ocurrido en el spa de la piscina?

Necesitaba averiguarlo, porque sentía un extraño vértigo; tenía que revisar su habitación. Por precaución, llamó suavemente a la puerta.

-Entra –oyó que Levis le invitaba en voz baja.

Estaba acostado y arropado.

-¿Te sientes mal? –preguntó Juan realmente preocupado.

-No tiene importancia. Me lastimé la rodilla ayer en el gimnasio y me duele bastante. Aunque no creo que la inmovilidad me beneficie, he preferido quedarme hoy en la cama.

-¿Me enseñas la rodilla?

Tras corta vacilación, Levis alzó la sábana para mostrar la pierna.

-Joder, Levis. Esta rodilla está inflamada. Deberíamos ir a urgencias.

-¡Estás loco! ¿Ir a urgencias, como hacen tantos abusones por insignificancias, sólo por una leve contractura articular? Recuerda la edad que tengo. Esas cosas pasan.

-¿Estás seguro de que no hay lesión?

-Sin duda. Si no me doliera tanto, iría a entrenar y se me quitaría el dolor del todo.

Juan comenzó a palpar la rodilla, el muslo un poco hacia arriba, la articulación y los gemelos. En efecto, no parecía que hubiera lesión.

-Tengo un linimento en aerosol que creo que alivia el dolor. Voy por él.

Regresó un par de minutos después.

-Destápate –ordenó.

Notó que Levis encogía las caderas, como si tratara de no exhibirse de más. Juan pulsó varias veces el resorte del aerosol, a continuación, para extender el linimento, masajeó suavemente la rodilla y toda la pierna en general. Cuando todavía pretendía continuar, Levis atajó:
-Bueno, Juan. Ya no duele tanto; muchas gracias.
-No quiero que duermas solo y encerrado; dejaré tu puerta abierta para escucharte mejor. No, mejor voy a traer la tumbona de la terraza, y dormiré aquí, al lado de tu cama.
-No exageres, no es para tanto.
-Claro que sí, hombre. Recuerda el consejo de la biblia, no es bueno que el hombre esté solo y mucho menos si no se encuentra bien.
-Pero es demasiado esfuerzo –opuso Levis-; un esfuerzo exagerado. Si te empeñas con esa idea, me levantaré para ayudarte a trasladar la tumbona.
-Ni se te ocurra –replicó Juan enérgicamente-. Tú, descansa.
-Pero si insistes en velar mi sueño, esta cama es suficientemente grande.
Juan se dio cuenta de que eso precisamente era lo que había querido proponer al principio.
-¿No te molestaré?
-¿Molestarme, Juan? Todo lo contrario; lo que me preocupa es molestarte yo; seguramente ronco, aunque hace decenios que no fumo.
-No te preocupes, yo duermo bien –mintió Juan.
Estaba en pijama. Se lo quitó antes de entrar en la cama, cuya sábana alzó Levis cortésmente. Juan notó que el escritor se apartaba todo lo posible, y que se encogía dándole la espalda. A Juan le dio por recordar los millares de noches que había dormido abrazado a Tatum; notó progresar la erección dentro de sus calzoncillos, por lo que también se encogió, de espaldas a Levis. La noche iba a ser toledana. Tras mucho rato sin conseguir dormirse, tuvo que volver a su cuarto en busca de un par de somníferos. Al regresar, Levis había abandonado su posición encogida; roncaba muy bajo, apenas un murmullo de vida. Juan se acostó cuidadosamente, procurando no agitar el colchón.
El sueño se llenó de luces y colores. Recorría una senda desconocida, llena de enigmas, pero todo resultaba amable y no barruntaba ninguna amenaza. Tampoco veía gente. Tatum era una presencia demasiado tiempo olvidada y ya no tenía con quien soñar. Pero la senda daba la impresión de conducir a un mundo lleno de maravillas, aunque fuera un mundo despoblado. Más que agrado, sentía placer, no sólo porque todo a su alrededor fuera tan placentero, sino porque su cuerpo experimentaba verdadera anticipación de gozo.
Este pensamiento le despertó. Consternado, advirtió que se había pegado fuertemente al cuerpo de Levis, cruzando el brazo sobre su pecho. Su respiración era cadenciosa, más con ritmo de atleta que de hombre mayor; Juan consideró que si se apartaba demasiado bruscamente, lo despertaría. Inició la maniobra de separarse con la máxima lentitud y todo cuidado. Creyó que había conseguido, al menos, apartar parcialmente los genitales erectos, cuando sintió que el brazo de Levis se apoyaba sobre el suyo. Quiso creer que el escritor no estaba tan profundamente dormido como aparentaba, pero el brazo permanecía muy quieto, pesado y sinuoso; sin duda dormía.
Pero ¿qué podía hacer Juan?
Carente de amor y sexo durante más de tres años, su cuerpo le estaba manifestando que anhelaba amar y, asombrosamente, deseaba sexualmente a Levis.  

 

miércoles, 26 de marzo de 2014

SE L'ANTOJAO UNA ESTRELLA

CUENTO DE MI COLECCIÓN "LA HORA DE 3.000 AÑOS", DONDE TRATO DE COMPONER UN REPASO DE LOS MITOS HISTÓRICOS DE MÁLAGA.

Ciriaco hablaba con ellos siempre que salía a la mar. Con su padre, que nunca pudo ser rescatado del naufragio, y con su hermano Pedro, secuestrado por una ola enamorada mientras faenaba por los lejanos vientos de Canarias. Y, sobre todo, con Paula, desterrada de la vida para que la niña que atesoraba su vientre pudiera vivir.

Ellos le indicaban el rumbo cuando la marejada quería tragarse la barca y también cuando la calma chicha expulsaba la pesca hacia el abismo de Alborán. Aunque no oía sus voces, escuchaba sus consejos en el vuelo de las nubes, en el roce húmedo de la brisa, en el juego de las gaviotas y en la luz que le vestía de sal. Tras escucharles, y sólo entonces, enrumbaba la proa por el derrotero que ellos le marcaban, sonriendo oyéndoles discutir:

-El levante trae chanquetes –decía el padre con el baile de una nube.

-Pero la barca es muy chica –señalaba Pedro con los dedos de la brisa-. Tiene que ir a poniente y rolar al sur.

-Que no vaya tan adentro –suplicaba Paula con el vals de las gaviotas-. Que se quede en la playa y coja coquinas. Mi niña está sola.

-Bueno, vale –concedía el padre con la caricia del sol-; aunque se quede casi en la orilla y sólo bordee el rebalaje hacia poniente, llenará las artes si faena como le enseñé.

Entonces, amparado y guiado por ellos y confiando ciegamente en su juicio, remaba mar adentro tarareando un verdial, siempre el mismo.

Se l’antojao una estrella

a la niña que yo adoro.

Se l’antojao una estrella.

Tengo que coger un globo

y subí’ al cielo por ella.

Si no me la dan, la robo.

Viky, la niña, contaba ya cinco años y no había quien consiguiera impedirle esperar en la playa el retorno de la barca. Con los terrales de agosto y con el relente de noviembre, corría al atardecer a brincar de alegría sobre la estela luminosa del agua mientras su padre apresuraba las paletadas de los remos que le llevaban a su encuentro. Ciriaco la contemplaba desde el bamboleo de las olas, ansioso de poner a sus pies las estrellas de plata que bullían prisioneras en la red.

 

Faltaban seis días para Navidad y Viky no mejoraba.

“Neumonía”, había dicho el médico con expresión macabra y tez cenicienta. Una semana en su cabecera cuidándola noche y día, sin salir a faenar ni poder, por consiguiente, pregonar el boliche en el mercado con los ojos como focos para poder huir de la guardia urbana si llegaba a requisárselo. Siete días y siete noches atento a los cambios de la cara que ardía bajo el rocío de la nube posada en la frente de porcelana.

Ese día, Ciriaco había comido el último pedazo de mojaba, nada más; ni siquiera había podido comprar un bollo de pan para ensoparlo en aceite. Si no salía a la mar la próxima madrugada, mañana no tendría qué comer y no le importaba, lo peor sería no poder comprar las golosinas que ayudaban a Viky a soportar la fiebre. La niña abrió los ojos y Ciriaco desvió los suyos para que ella no descubriese el manantial de lágrimas.

-¿Van a traerme los reyes la casa de muñecas?

La habían visto en un escaparate durante un paseo por las calles del centro, hacía casi un mes y, en el mismo instante, Viky le rogó que escribiera su carta a los Reyes Magos, para cuya fiesta faltaba mes y medio.

-Es que siempre llego tarde y luego me dices que los reyes no pudieron traerme lo que yo quería, porque lo habían pedido demasiados niños.

Los días que llevaba calenturienta en la cama no había parado de nombrar la casa de muñecas en su delirio.

-¿Me traerán la casa de muñecas? –repitió Viky.

El juguete estaba tan lejos del alcance de Ciriaco como subir al cielo a robar una estrella. Tenía que salir a la mar inmediatamente, por si todavía ocurrían milagros. Tocó la frente de nácar y puesto que la fiebre no era demasiado alta, suplicó a la mujer del pescador que vivía al lado que velara a Viky.

 

Empujó la barca por el rebalaje.

-No salgas –le dijo el padre con el escalofrío de la niebla-. Nunca encontrarás el rumbo del regreso a la playa.

-Déjate de locuras –le aconsejó Pedro con el peso de la bruma azabache.

-¿Qué será de mi niña si no vuelves? –gimió Paula con el cuchillo helado del aire.

-Dejadme, sombras, dejadme que conquiste la mar –suplicó Ciriaco a la noche mientras entonaba el verdial entre el castañeo de sus dientes: “Se l’antojao una estrella a la niña que yo adoro...

Tres horas más tarde, había perdido el norte. La niebla era una esfera sólida que le ocultaba el brillo del firmamento y las luces familiares de la costa, un muro impenetrable que le forzaba a remar en círculos sin advertirlo, y la red permanecía vacía, sin lastrar el avance de la barca la prodigiosa cosecha de cardumen que anhelaba y por la que rezaba a todos los dioses cuyos nombresconocía. No había milagros en la mar, los monstruos submarinos pugnaban ya por él antes de devorarlo y Viky tendría que aprender a escuchar a los ausentes.

La noche era eterna, jamás amanecería, nunca brillaría ante la proa la derrota del retorno. Estaba prisionero en una cárcel líquida con cadena perpetua de espumas y caracolas de hielo.

Lloró mientras murmuraba una jabera:

Cuántos suspiros me debes

vereíta de la mar,

cuántos suspiros me debes.

Que se levante la niebla

y que se llenen las redes,

porque mi niña me espera.

No había camino de regreso. Las manos le sangraron por el esfuerzo afanoso de recuperar el derecho a besar la carita de lirio y jazmín. Y llegó la hora en que ya no le quedaban fuerzas para seguir buscando el rumbo. Tenía fiebre. La mar quería llevárselo con su padre, con su hermano y con Paula. Ellos le esperaban y nunca le permitirían volver junto a Viky con la red preñada de estrellas.

Sintió que lo material se esfumaba mientras su cabeza colgaba sin fuerzas sobre la borda.

 

-Te lo advertí –le amonestó el padre en los torbellinos del delirio.

-Fuiste un loco –reprochó Pedro en los latidos que se espaciaban debilitándose.

-Mi niña llora –suspiró Paula en el vértigo de la profundidad que iba a engullirle.

La niebla se había convertido en una piedra negra, dentro de la cual no había movimiento ni besos de la brisa. Inmóvil, condenado al silencio eterno de un limbo silencioso.

Pero... ¡algo traspasaba la piedra! Ya no era un cuchillo helado, sino la caricia suavemente punzante de un alfiler que le retornaba a la realidad; las gotas estallaban en sus mejillas, en su frente y en sus párpados, y no era lluvia porque venían de abajo, de la negrura del mar a pocos centímetros de su cabeza abatida.

Abrió los ojos cuando creía que permanecerían cerrados para siempre. Llena a reventar, la red contenía un universo de estrellas. Apresados, los boquerones eran tan numerosos, que saltaban en el agua armando una algarabía de burbujas luminosas convertidas en proyectiles de agua salada.

Contempló en trance el chisporroteo, igual que la más bella constelación de estrellas, preguntándose cuál era la luz que hacía refulgir los boquerones.

Rescatado del naufragio de fiebre y desesperación, descubrió incrédulo que el haz luminoso de la Farola del puerto de Málaga rompía a ráfagas la neblinosa piedra negra y le señalaba la estela que le conduciría junto al lecho de Viky.

Había pesca suficiente para pagar la casa de muñecas.

miércoles, 19 de marzo de 2014

miércoles, 12 de marzo de 2014

CHARNEGO MALAGUEÑO

Un primo suyo llamado José Luis Vergara, que llevaba varios años instalado en Barcelona, le envió un recorte de anuncios del periódico “La Vanguardia”, con la indicación manuscrita de que “me parece que buscabas algo como esto”. Una agencia de publicidad muy veterana pedía “auxiliares de redacción publicitaria; no es indispensable experiencia”. Escribió de inmediato. Tras cruzar cuatro cartas, el jefe de personal de la agencia le citó: “Si pudiera usted venir para un examen y concretar, nos interesaría mucho”. Aunque Pedro debió gastar una parte sustancial de sus ahorros, acudió a la cita, pero se encontró con que no era el único convocado; tuvo que esperar varias horas y fue uno de los últimos que hicieron pasar ante el examinador. Volvió a Málaga, donde vivía, con gran decepción y muy enfadado por el gasto inútil, pero recibió diez días después una carta urgente comunicándole que había sido elegido para ocupar el puesto, dándole un plazo de dos semanas para la mudanza.
El empleo le atraía y estaba dispuesto a progresar en él, así que lo dispuso todo dentro del plazo fijado, pese a las protestas y súplicas de sus padres. Se hizo cargo del empleo con la determinación de triunfar le costase lo que pudiera costarle. Notó pronto que valoraban mucho su trabajo y que uno de los eslóganes que había inventado tan sólo dos meses después de comenzar, lo eligieron para parte de una campaña de helados.
Los primeros seis meses permaneció tan enfrascado en cumplir satisfactoriamente su trabajo y progresar, que no se fijó demasiado en lo demás. Vivía hospedado por uno de sus tíos, casado ya mayor con una barcelonesa, que vivía en uno de los barrios más tradicionales de la ciudad; se trataba de un barrio modesto, seguramente obrero, y no detectó que viviera cerca nadie originario de otras regiones. En el barrio se hablaba muy preferentemente catalán, notando Pedro que los demás tenían que hacer algún esfuerzo cuando, en una tertulia de vecinos jóvenes, alguien alertaba de que él hablaba castellano tan sólo.
De manera que tardó en darse cuenta de que empezaba a comprender el catalán y de que muchos comentarios le perturbaban. Esos vecinos exclamaban demasiado frecuentemente frases como “De Valencia, ni el arroz” o “Murciano y hombre de bien, no puede ser”, o “Como los malagueños son tan vagos…”
Tardó en comprender el sentido profundo de esas frases después de haberlas escuchado durante algún tiempo. No eran las únicas expresiones despectivas hacia otras regiones, pero fueron esas tres las que más se grabaron en su memoria
Era tan joven, veintitrés años tan sólo, que nunca había oído hablar de xenofobia ni racismo, ni de sentimientos de rechazo de ningún pueblo hacia otro. De modo, que sólo cayó en la cuenta del significado malvado de esas frases cuando le alertó un directivo de la “Peña de Málaga” que le comentó: “Nos reprochan haber venido aquí a quitarles algo”.
Pedro no consideraba que le hubiera quitado nada a nadie. Había sido elegido en un examen, en el que seguramente habrían participado muchachos de muchas más procedencias, incluida la barcelonesa. Pero el aviso del directivo de la peña se inoculó en su conciencia de manera molesta. Cuando llevaba ya varios meses viviendo en el lugar, comenzó a sentir desasosiego cada vez que los vecinos expresaban aquellas ideas; y no sólo desasosiego, sino fuerte enfado. Estados que subyacían en su ánimo a pesar de que disfrutaba de mucha popularidad en el barrio; lo que podía resultar paradójico. Los vecinos jóvenes no sólo le hacían partícipe de sus juegos, tertulias y conversaciones, sino que iban a llamarlo al atardecer casi a diario.
Pedro se debatía en el desconcierto. Hasta ahora, no le había desconcertado esa popularidad, porque ya en Málaga era popular, pero cada día aumentaba su incomodidad cuando escuchaba despectivas frases de carácter xenófobo, que muchas le englobaban a él mismo y sus paisanos, aunque los vecinos del grupo no parecían darse cuenta de que lo estaban aludiendo de modo insultante.
Carme Cuadranch era una de las que más pronunciaban esas frases pero, al mismo tiempo, era la que más insistentemente buscaba a Pedro, lo que a este llegaba a producirle hasta vértigo, porque fue comprendiendo que Carme hablaba de su región como si no llevara ya más de dos milenios formando parte sustancial de España y Tarragona no hubiera sido capital de Hispania-España durante el Imperio Romano. ¿Cómo era posible esa contradicción? Si Carme recelaba del pueblo originario de Pedro, y lo culpaba de algo por extensión, ¿por qué se mostraba tan amistosa con él y lo acosaba tanto?
Carme no era precisamente un bellezón. Tampoco era demasiado amena ni graciosa, pero era la que mejor hablaba el castellano; su familia no parecía un bastión de su aversión contra los demás españoles, porque su padre trabajaba en la “Sociedad Española de Automóviles de Turismo” y su hermano era policía nacional. Pero Carme contaba ya veintidós años, edad suficiente como para tener ideas propias, que a tales edades era muy frecuente que contradijeran las de sus padres. En algunas ocasiones, Pedro se sintió tan cercado por sus atenciones e insinuaciones, que se citaba con ella para ir al cine o a un “boite” un poco a la fuerza, pero sin afearle los insultos; vivía preso de una contradicción cada día más incómoda; le gustaba en principio estar con ella, pero le causaban enorme consternación sus reproches xenófobos.
La primera vez que la escuchó llamar “charnego” a otro malagueño en su presencia, no le dio importancia. Pero averiguó en la agencia de publicidad el sentido peyorativo de la palabra, y entonces comenzó a serle muy difícil satisfacer los insistentes requerimientos de Carme, a la que veía cada vez más alejada y extraña. Pero, asombrosamente, ella persistía aunque las expresiones con que Pedro la acogía estaban convirtiéndose en notoriamente forzadas. Todas las tardes era, entre los vecinos, la primera en acudir en su busca, y frecuentemente era la única.
Y además, comenzó a ocurrir algo inquietante. El hermano policía de Carme tenía un aspecto severo e intimidante. En aquellos tiempos, llamaban “grises” a los policías por el traje que vestían, un uniforme gris cuyas hombreras ensanchaban amenazadoramente la figura. Jorge Cuadranch resultaba impresionante cuando salía uniformado. Aunque lo asombraba, Pedro no le prestó mucha atención hasta que se dio cuenta la primera vez:
Él y Carme, así como los demás vecinos jóvenes, solían formar tertulias en la acera situada frente a la vivienda del tío de Pedro, junto a un muro de piedra construido para sostener un talud de más de un metro, porque el empinado barrio ocupaba la falda de una de los numerosas colinas que rodean Barcelona, tan parecidas a las de Málaga. La familia Cuadranch residía justo enfrente, en el edificio contiguo a la casa del tío de Pedro. A veces, cuando no había nadie más y permanecían charlando solos Carme y Pedro en ese lugar, con frecuencia sorprendía a Jorge mirándolos fijamente por la ventana, como si los vigilara. Cuando se daba cuenta, Pedro sufría siempre un sobresalto, porque el cuadrado policía Jorge Cuadranch tenía una apariencia formidable, su rostro rebosaba severidad y sus ojos miraban como seguramente sólo podían mirar los policías que, además, eran investigadores.
La relación con Carme fue resultándole cada vez más incómoda, no sólo por sus sentencias xenófobas y desconsideradas, sino, también, por las miradas de su hermano y por un hecho que fue produciéndose progresivamente con mayor frecuencia; no era raro toparse con él, generalmente de paisano, cuando la pareja iba a un bar o a una “boite”. Después de ocurrir muchas veces, Pedro se convenció de que no eran encuentros casuales.
Las citas con Carme fueron espaciándose. Sin capacidad de ser cínico ni embustero, se buscó una actividad que lo retuviera cerca de la agencia al terminar sus jornadas, para llegar a casa de su tío pasadas las horas de las tertulias callejeras. A veces, hasta después de la hora de la cena. Pedro se matriculó en un curso nocturno de diseño industrial y se sumó a un grupo de teatro que ensayaba en la Casa de Málaga. Por uno u otro motivo, se quedaba en el centro de la ciudad hasta dos o tres horas después de haber terminado su jornada laboral. Conforme la fue disuadiendo sus ausencias, Carme fue volviéndose menos insistente, aunque sin llegar a desmayar.
Pero Pedro ya estaba escaldado. Sus oídos habían perdido la “virginidad” frente a los comentarios xenófobos, y ya los detectaba en diferentes lugares, no sólo en boca de Carme, lo que tal vez había ocurrido antes sin tomar conciencia de ello; los oía no en el centro ni en la agencia; los sorprendía de soslayo en cafeterías cercanas a su barrio, en una piscina cubierta que frecuentaba y en el mercado del Guinardó. Asombrosamente, cayó en la cuenta de que tales comentarios tan adversos y hostiles los dedicaban sólo a españoles de otras regiones, no a los residentes franceses, italianos o hispanoamericanos. Comenzó a cuestionarse la idoneidad de decidir cambiarse de ciudad e iba alumbrándose en su ánimo la idea de que, tal vez, no sería capaz de continuar viviendo en Barcelona. Una noche, se encontró con Jorge Cuadranch en el bar de la Casa de Málaga, lo que le asombró.
-Coño, ¿qué hace usted aquí? –preguntó Pedro.
-Tenemos una investigación cerca y me ha dado por entrar a tomarme un vinillo de tu tierra. No me hables de usted, hombre, tengo veintisiete años.
Pedro no conocía el dato, pero advirtió que había creído, inconscientemente, que Jorge tendría mucho más de treinta.
-Si le… si te gusta el vino de Málaga, prueba a tomarlo mientras meriendas una tapa de lomo con manteca colorá.
-¿Qué?
-Muy poca gente sabe que la gastronomía malagueña es muy rica y tenemos muchísimo más que pescado. Málaga es al mismo tiempo marina y montuna. Orográficamente, se parece mucho a Barcelona; pegadas a la ciudad, hay montañas muy altas y muchos bosques, por lo que tenemos platos de caza y otros muchos que tienen que ver con el bandolerismo o las travesías muy largas de pesca en altamar. A pesar de lo dulce que suelen ser la mayor parte de los vinos de Málaga, acompañan perfectamente un lomo de cerdo que allí adoban y conservan en orzas de barro.
Pedro se interrumpió para pedir al camarero una tapa de “lomo con manteca colorá”, que pagó para que la invitación resultase patente.
-Adelante, Jorge; te va a encantar.
Notó que el policía daba un primer mordisco con prevención, pero en seguida engulló la tapa con fruición y pidió otra.
-Está buenísimo esto. ¿Sabes cómo se hace?
-Fríen el lomo en manteca también de cerdo, pero adobado con muchas especias, que no sé cuáles son pero puedo pedir la receta a mi madre.
-Si no te importa, me gustaría que lo hagas. Podríamos cocinarlo juntos.
Pedro fue incapaz de imaginarse en una cocina guisando en la abrumadora compañía del uniformado, aunque no llevase uniforme. Decidió pedir la receta, pero no tenía claro qué haría cuando su madre le respondiera. Dos noches más tarde, Carme llamó a la puerta del piso del tío mientras estaban cenando. En cuanto la atendió Pedro, le preguntó:
-¿Ha llegado ya la receta de tu madre?
-No comprendo.
-Me ha dicho mi hermano Jordi que vas a enseñarle a cocinar una conserva de cerdo magnífica. Insiste tanto, que he tenido que venir a preguntarte.
-¡Ah…! Ya he pedido a mi madre la receta. No creo que me llegue la respuesta antes de una semana. ¿Cómo estás?
-Bien. Un poco… no sé. Oye, me he enterado de tantas cosas que haces, además de trabajar. Te esfuerzas tanto, que no pareces malagueño.
Esta observación molestó a Pedro muy profundamente, pero consiguió disimular.
-Si no estuviera tan cansado, te invitaría a dar una vuelta, pero necesito que me disculpes, Carme; he tenido un día duro. Mañana no tengo clase; trataré de llegar lo antes posible, para que podamos dar un paseíto.
-Espero que cumplas tu palabra –sentenció Carme.
Cerca de su domicilio, había un pequeño jardín público cuya arquitectura había realizado Antonio Gaudí. Como a la tarde siguiente Pedro olvidó la cita y llegó muy tarde, se propuso disculparse proponiendo a Carme ir el sábado a ese hermoso lugar, llamado “Parque Güell”. Como no la vio esa noche, escribió una nota de disculpa con la cita, nota que pasó bajo su puerta a la mañana siguiente. Era jueves. Le pareció que el sábado llegaba demasiado rápido.
Cuando llamó a su puerta a la hora fijada en la nota, Carme abrió ya dispuesta.
El Parque Güell era un lugar sorprendente, lleno de una arquitectura con pretensión de imitar la naturaleza; bello, pero a Pedro le pareció al pronto un parque de atracciones de los que salían en las películas estadounidense; no era que le disgustaba, pero se sentía impulsado a tocar casi todo para convencerse que nada era de cartón piedra. Las columnatas, asientos, fuentes, escalinatas y demás trataban de reproducir volúmenes orgánicos. Todo resultaba vagamente barroco, según lo que Pedro estaba aprendiendo en la escuela de diseño, pero la otra famosa obra de Gaudí, la Sagrada Familia, más bien parecía gótica.
Con desasosiego, Pedro notó que, aunque había bastantes turistas extranjeros, paseaban muchos vecinos conocidos del barrio. Se preguntó por qué, ya que era un lugar tan próximo a sus viviendas, que ya debían conocer de sobra. Empezó a preguntarse si muchas de las cosas que contemplaba no tendrían una finalidad política o reivindicativa de no sabía el qué o, tal vez, algún sentido religioso. Creía advertir por doquier referencias mitológicas griegas, aunque no sabía mucho de mitología. Hasta le pareció identificar símbolos masónicos, pero se abstuvo de comentarlo, sobre todo porque, a causa de las advertencias de los políticos, ese grupo mistérico le daba miedo y presentía que también se lo causaría a Carme. Otras cosas le parecían demasiado enigmáticas y proyectó visitar el lugar otro día a solas, y leer antes todo lo que pudiera sobre el lugar, a fin de tratar de comprender mejor lo que estaba mirando.
Como todo el parque era muy abrupto, lleno de escaleras y caminos muy empinados, y sintiéndose cansados, se sentaron en uno de los bancos corridos, decorados con trozos de azulejos formando una especie de mosaico modernista.
Como Pedro no disfrutaba ya gran cosa la compañía de Carme, no le prestaba mucha atención aunque fingía mirar hacia ella. Dos mujeres hablaban alto y sin tapujos, despreocupadamente, sentadas detrás de ellos a poca distancia. Lo hacían en catalán y Pedro entendía ya bien el idioma local, aunque no se sentía capaz de hablarlo a pesar de haber leído poemas interesantes de Salvador Espriu.
En esencia, la conversación consistía en denostar a una conocida de ambas mujeres, al parecer cordobesa. Esa “charnega” era impresentable, no atendía adecuadamente a su familia, era perezosa, mala madre, mala esposa y “vete tú a saber si no le pondrá los cuernos al marido, con la poca moralidad que tiene esa gente”.
Oír tales expresiones en un lugar tan bello, desentonaba. Quiso observar disimuladamente a las conversadoras, a ver qué impresión le causaban. Creyó que lo conseguía sin que Carme notase la dirección de su mirada. No tenían nada de particular, pero lo que más sobresalió para sus ojos fue que la descripción crítica que hacían de la amiga cordobesa les cuadraba a ellas estupendamente.
Algo le hizo desviar los ojos. Mientras miraba en esa dirección, vio llegar a Jorge, el policía hermano de Carme. Sintió una convulsión. Vestía de paisano y así y todo le causaba demasiada impresión, y ahora verlo le causó enojo.
-Mira quien viene ahí.
-¿Mi hermano Jordi? –dijo Carme sin volver la cabeza- Yo le dije que íbamos a estar por aquí.
Fue a preguntar el motivo, pero Jorge había llegado ya junto a ellos.
-Vaya, pareja, vosotros por aquí… ¿qué, tomando el sol?
Pedro comprendió que trataba de hacerle creer que el encuentro era casual. En cambio, Carme había reconocido la confidencia. Se sintió tan escamado y enojado, que tuvo ganas casi irresistibles de despedirse y echar a correr. Se contuvo por no ocurrírsele un pretexto que le pareciera creíble. Siguieron el recorrido unos minutos los tres, pero Pedro tenía ganas de orinar. Preguntó dónde había un aseo y cuando se lo indicaron, aseguró:
-Vuelvo en cinco minutos. Esperadme por aquí o me perderé.
Encontró los aseos en un rincón discreto. Como no estaba del todo seguro de haber acertado y antes de entrar sin más, se detuvo y un instante, mirando a diestro y siniestro para asegurarse. Sin volver la cabeza, se dio cuenta por el rabillo del ojo de que Jorge llegaba también, con cierta prisa. ¿Hasta ese punto alcanzaba su decisión de vigilarle? ¿Qué podía Pedro hacer de particular en los aseos, aparte de mear? Se colocó en uno de los orinales, que formaban un conjunto de más de media docena; siempre tardaba un poco en comenzar cuando tenía que hacerlo en un local público, aunque no hubiera nadie más, pero peor fue que Jorge se situara justamente en el orinal inmediato de su derecha. Como el policía era más alto que él, pudo darse cuenta, de reojo, de que se desabrochaba el pantalón de modo ampuloso, para extraer un pene más voluminoso que el suyo, que parecía medio estimulado. Jorge se manoseó como si quisiera resaltar y exhibir el órgano; tal vez trataba de advertirle “Ten cuidado conmigo, o puede caerte una gorda”.
Evidentemente, Jorge quería ser visto sin dificultad, porque empujaba las caderas hacia delante y balanceaba los glúteos tratando de reforzar la exhibición. Poseía gran conocimiento y un sentido algo perverso de la provocación. Mostraba el pene mientras hacía todo lo posible por resaltarlo, un pene bastante oscuro para un europeo, que no ocultaba lo más mínimo puesto que lo sujetaba con la mano contraria a la dirección de las miradas de Pedro. Más que sujetarlo, lo sostenía algo empinado para reforzar el espectáculo.
En tensión sin llegar a concretar los motivos, notó que ponía mucha atención por si hubiera gente detrás, observándoles. Había un silencio pesado. Comprendió que si existiera la menor posibilidad de ser sorprendido, Jorge, aparentemente tan profesional, se habría dado cuenta y no actuaría como lo estaba haciendo, porque aun visto de soslayo, el pene de Jorge se había endurecido del todo en una erección muy notable y engrandecida, que seguramente sería detectada por ambos lados para alguien que tuviera alguna curiosidad.
Pedro deseaba mirarlo con franqueza, porque los genitales del temible Jorge le parecían especiales, aunque nunca había visto ninguno más que los suyos, y le producían curiosidad, pero estaba tan abrumado que además de sus dificultades para orinar, las tenía para permanecer sereno. Las preguntas comenzaban a torturarle. ¿Qué clase de acechanza podría el policía haber sospechado de él para inspeccionarlo tan a fondo? La suspicacia comenzó a inspirarle otras preguntas: ¿El policía podría ser un gran simulador, y compartiría la xenofobia y el racismo de su hermana, por lo que su trabajo en la policía representaría una coartada? ¿Proyectaba expulsar a Pedro de la vera de Carme, porque no lo consideraba digno a causa de su procedencia?
Desistió de orinar; no iba a conseguirlo. Pero la necesidad persistía. Se detuvo a la salida, intentando tomar la decisión más práctica, porque, si continuaba el paseo, sus ganas iban a redoblarse.
Como era sábado, abundaban los visitantes. El numeroso público pasaba por delante, indiferente, enfrascado en sus asuntos y en la diversión, pero Pedro se sentía como si tratara de esconder algo.
-¿Algún problema? –preguntó Jorge desde detrás, muy bajo, casi rozando su oreja con los labios, causándole un leve sobresalto.
-¡Qué! No. Es que no he podido orinar. Siempre tengo problemas en los aseos públicos.
-¿Te ha gustado mi polla?
-¡Qué! No la he visto –mintió.
-Pues si no la has visto bien, te la enseño cuando quieras. Tengo una polla bonita. Si quieres que entremos otra vez, pasaríamos a un reservado y me animaría, porque seguramente la admirarías. Es muy bonita y algo grande.
El desconcierto le pesaba a Pedro en los hombros.
-Si tienes reparos en orinar en público –aconsejó Jorge-, vuelve adentro y métete en una cabina de inodoro. Con la puerta cerrada te sentirás sólo y mearás con mayor comodidad, sin que temas que te vea nadie.
Pedro aceptó el consejo. Consiguió aliviarse en menos de cinco minutos; cuando volvió fuera, Jorge le esperaba.
-¿Te avergüenza tu polla? –preguntó.
-¡Qué va!
Fueron hacia donde esperaba Carme. Antes de llegar junto a ella, Jorge se inclinó un poco para murmurarle al oído:
-Tienes que enseñarme tu polla en cuanto puedas, porque ahí dentro te has tapado como una monjita. Comprobaremos si está todo bien.
Pedro enrojeció. Cualquier conjetura resultaba estrambótica. ¿Deseaba Jorge certificar que Carme no tenía que temer nada de él en lo sexual? ¿Trataba de que se sintiera apocado? ¿Pretendía acomplejarlo, y por eso había hecho lo posible por mostrarse superior en ese aspecto? Cada día, Jorge Cuadranch resultaba más temible y le causaba mayor angustia. Carme pagaría el pato en lo sucesivo, porque iba a eludirla todo lo posible.
Pasaron cuatro días sin cruzarse con ella ni su hermano. Al anochecer del miércoles, salió de la agencia pensando tan solo en el ensayo teatral al que tenía que asistir en la Casa de Málaga. No se acordaba del policía ni de su hermana, por lo que sintió un estremecimiento al llegar al portal de la peña. Vestido con su uniforme, Jorge lo esperaba en el portal.
-¿Ocurre algo? –preguntó Pedro, alarmado.
-No, Me han dado muchas ganas de comerme un bocadillo de aquel lomo que me hiciste probar. Por cierto, no cumpliste tu palabra de enseñarme a hacerlo.
-Ah, disculpa. Le pedí la receta a mi madre, pero ella tampoco la sabe. Está esperando que se la mande una prima de un pueblo que se llama Ardales. Te avisaré en cuanto llegue.
-¿Te importa que suba contigo?
-¿Así? Se van a impresionar muchísimo al ver entrar un policía de uniforme.
-¿Tú crees? ¿Es que hacen cosas raras en esta peña?
-No, qué va. Impresionas mucho, ¿es que no te das cuenta?
-Menos a ti.
-¿Qué quieres decir?
Jorge sonrió de modo un poco malicioso.
-El sábado te enseñé mi polla en el Parque Güell, y tú, ni caso.
-Pero… ¿Qué tendría que haber hecho?
-Acariciármela.
Pedro estuvo a punto de lanzar un exabrupto. Se contuvo, pero dijo:
-Estaba acojonadísimo tratando de mear contigo al lado, y ni siquiera pude hacerlo. ¿En qué cabeza cabe que me diera por acariciarte el pene, con el miedo que me das?
-¿Te doy miedo?
-Una pechá, que decimos en Málaga.
-Pues no deberías. Mira, mientras me preparan el bocadillo de lomo, voy al servicio. Espera un par de minutos, y ve también.
Sin esperar asentimiento, Jorge hizo lo anunciado. Pedro permaneció mucho más de dos minutos dudando. No había mucha gente, pero si entraba en la zona de los baños antes de haber regresado Jorge, sin duda alguien lo encontraría extraño. ¿Qué se propondría el policía? Como no volvía, entendió que le esperaría sin desistir, y fue a su encuentro. En cuanto entró, situado junto al orinal, Jorge volvió un poco el cuello para decirle en voz muy baja:
-Estoy de uniforme, lo que me obliga a ser discreto. Voy a entrar en el excusado, pero no correré el pestillo. Asegúrate de que nadie pueda darse cuenta, y entra también.
Pedro sintió que iba a obedecer. ¿Había sido hipnotizado? Tras encerrarse Jorge, empujó temerosamente la puerta para encontrarse con que el policía, encima del inodoro, se había bajado el pantalón hasta medio muslo; el pene asomaba casi erecto bajo la chaqueta gris.
-Bájate un poco el pantalón, pero no tanto que puedan darse cuenta por la parte descubierta bajo la puerta. Tengo que revisar tu polla.
Mientras lo decía, se puso en cuclillas. Pedro había empezado a aflojarse el cinturón con timidez, pero Jorge apartó su mano y lo aflojó él, decididamente; le apretó reiteradamente el pene todavía dentro del slip, tratando de estimularlo. Pedro sentía mucha vergüenza. Por último, Jorge le bajó poco a poco el calzoncillo, hasta descubrir completamente el pene encogido de temor.
-No tienes nada malo, Pedro. Tu polla también es bonita, pero… ¿por qué tienes tanto miedo? Estás muy achicado.
-¿Cómo no voy a tener miedo?
Jorge sonrió. La sonrisa modificaba su rostro de modo sustancial. Tanto, que Pedro se apaciguó.
-Mira, no hagas nada –pidió Jorge con tono profundo y muy bajo-. Tenemos que conseguir que tu polla deje de sentir pánico y se muestre en todo su esplendor. Somos adultos y machos… ¿no?
-Sí… -murmuró Pedro estupefacto.
Jorge acariciaba su pene enérgicamente, pero con suavidad. Dentro de la mente de Pedro había un extenso panorama de miedo y resquemores, panorama que se estaba desmoronando de golpe, como arrastrado por un tornado. Jorge le acarició suave y cálidamente el mentón. Con paciencia e inesperada sabiduría, estimuló y estimuló, y el pene de Pedro consiguió una inesperada y sorprendente erección. Jorge acercó la boca a su oreja izquierda:
-Me enamoré de ti en cuanto llegaste al barrio.
Pedro trató de disimular su pasmo. Había sentido miedo durante meses, mientras Jorge buscaba una puerta que ignoraba que existiera.
-¿Te enamoraste?
-Sí, Pedro. Y estaba celoso de mi hermana; como ella te provocaba porque yo se lo pedí para llegar a ti, creí que me mentía cuando me decía que tú no le metías mano, y veo que lo que pasa es que estás en las nubes. Mira, pienses lo que pienses, tu polla me desafía… así que déjate hacer. Tiesa, es maravillosa. Me muero por comértela y hacerte volar. Lo que pase mañana, será otra cantar. Abandónate.
Pedro cerró los ojos. Lo que estaba ocurriendo no estaba escrito en ningún catálogo que conociera ni en los libros de texto. Descubría resortes en su cuerpo que ignoraba que existieran. Seguramente, desconocía todavía mucho porque era joven, pero nada ni nadie la había hecho sospechar que se pudiera levitar de placer. Ninguna lección, ninguna conversación de los amigos ni las lecturas le habían preparado para lo que sentía. Jorge lo manejaba como si fuera un muñeco y no tenía ninguna gana de rebelarse; ni siquiera se preguntó de dónde sacaba Jorge tanta experiencia.
En algún momento, Jorge se apeó del inodoro y lo alzó hacia él. Pedro cerró los ojos, convencido de que estaba muy mareado y podía perder el equilibrio. Advirtió que Jorge lo forzaba a darse la vuelta y agachar el torso; lo que ocurrió a continuación no podía haberlo imaginado ni aunque poseyese la imaginación de cien cuentistas clásicos; algo húmedo y muy cálido fue avanzando entre sus glúteos, agitándose y demoliendo cualquier idea que tuviera sobre su propio cuerpo. Comenzó a sentir oleadas de calor y escalofríos. No adivinaba lo que ocurriría a continuación, mas anhelaba que eso no acabara. Pero oyó:
-Cómo puedo amarte tanto… -murmuró Jorge.
En seguida, recomenzó la extraña intromisión.
Arrebatado por el enigma placentero en que se sumergía, Pedro no se dio cuenta de que una ironía bullía en su mente: ¿Amaba Jorge a un charnego malagueño? Su temperamento natural tal vez le habría impulsado a expresar esa pregunta de viva voz, pero en lugar de eso dijo:
-No sé lo que me has hecho, Jorge, pero yo también te amo.

sábado, 8 de marzo de 2014

LA HORA DE 3.000 AÑOS. Cuento III

LA HORA DE 3.000 AÑOS. Una historia mítica de Máñaga

III - La cabeza del dios
El chamán no era compasivo ni había tratado jamás de parecer cordial. Tampoco había disimulado nunca su intención de ser tenido por cruel o extremadamente cruel. Meng miró de reojo a su compañero de condena; aunque consideraba que era un poco más viejo, parecía más joven que él, y ni siquiera giró el cuello mientras se adelantaba, por no verlo quedarse atrás y sentarse a dudar sobre un tronco abatido por un rayo; tenía miedo. Ah tenía miedo, una novedad demasiado inesperada. ¿Era el chamán el que conseguía ese efecto? Tenía que ser eso; A Ah le atemorizaba la indiferencia con que el chamán perforaba el pecho de los sacrificados y bebía su sangre. Nunca antes había visto flaquear la determinación de su compañero. Debía alegrarse, pero tenía que fijarse bien en lo que el chamán hacía y decía.
Ah tenía que haber conocido más de quince soles, pero exhibía jactanciosamente una fuerza y un poderío que Meng envidiaba desde que tenía memoria. No sabía poner nombre a ningún sentimiento, ni la envidia ni el placer, pero deseaba poseer el poder de Ah, que siempre fuera tan imbatible, y ahora, ante el chamán, flaqueaba tan ostensiblemente.
Meng nunca estaba del todo seguro de en qué mundo vivía, el placentero y luminoso que recorría después de dormirse en el fondo de la cueva o el sudoroso donde pasaba la mayor parte del tiempo buscando comida, siempre con Ah, nunca sin él. Después del cansancio, al rendirlo los demonios de lo oscuro, hablaba reposadamente con seres refulgentes, tan bellos como la luna llena. Uno de esos seres, acudía con frecuencia a recibirlo en su jardín; sólo tenía pelo en la cabeza, una larga fronda amarilla que le llegaba a las pantorrillas; el resto de ese ser era sonrosado como una flor al estallar, a diferencia del suyo y el de Ah, que eran como mantos de yerba seca. No recordaba haber tocado nunca a ese ser, sólo tenía constancia del apremio de su deseo, que nunca era capaz de dilucidar si consistía en hambre o embrujo; tal vez quería comérsela porque debía ser deliciosa de paladear o tal vez deseaba adorarla como una diosa, pero el chamán no hablaba jamás de diosas en femenino. Ahora, el único mundo era el de las penalidades, y le tocaba penar junto a Ah. Con él. Temiendo quedarse sin él.
De reojo, vio que Ah continuaba sentado en el tronco, resistiéndose a obedecer la orden del chamán. Meng, en cambio, se arrodilló de inmediato, esperando lo que se le asignarse; podía ser un gigantesco pedrusco que le partiera la cabeza, un afilado pedernal que abriera su pecho o una antorcha ardiente que cauterizara sus ojos.
La condena se la habían ganado, tanto él como Ah, por disputarse violentamente los favores de una hembra, la más casquivana de la tribu. Ambos sabían de sobra que Tarna regalaba sin límites sus mieles a todos los machos en edad de hacerle sentir placer; lo único que Meng y Ah habían hecho mal era tratar de matarse mutuamente, por unos favores que ambos podían haber conseguido sin ninguna clase de dificultad, si no hubiesen pretendido gozar de Tarna el mismo día y a la misma hora, puesto que nunca se separaban.
El chamán actuaría tan expeditivamente como siempre. Los dos condenados sabían que los chamanes de otras tribus se comportaban de manera diferente; convocaban a los más ancianos de la tribu, se reunía una especie de asamblea y aunque el poder de resolución de los chamanes fuera siempre igual de indiscutible, al menos los demás hacían participes a sus respectivas tribus de la clase de condenas que dictaban. El chamán de su tribu, no. Arrodillado, Meng miró el reguero de su sangre que se mezclaba con la tierra; sentado en su tronco, Ah también continuaba sangrando, pero sin compadecerse de sus heridas, el chamán se alzó ante ellos en actitud altiva, indicó con el índice derecho hacia el norte, mientras señalaba cinco con la otra mano.
Meng notó que Ah, con los ojos cerrados, trataba de no enterarse de la orden. Por ello, y como la condena ya había sido dictada, abandonó la postración y, acercándose a él, le tendió la mano para obligarlo o ayudarle a alzarse. Tenían que caminar cinco noches completas, siempre en pos de aquel misterioso lucero que todos ellos adoraban, porque así lo habían ordenado los dioses. Al quinto día, tales dioses les dirían qué debían hacer. Era la palabra del chamán que nadie podía discutir.
Durante cuatro noches, siguieron a través de la selva un sendero ascendente. Tan empinado, que no paraban de jadear. Tuvieron que enfrentarse a feroces animales que nunca habían visto, sobre todo los onagros chillones cuyos aspavientos alertaban a todo el bosque. Eran otra clase de seres. Gruñían, relinchaban o rugían, pero ninguno era capaz de decir su nombre ni decirles cualquier otra cosa, sólo querían matarlos. En muchos momentos, Meng cubrió con su cuerpo el de Ah para protegerlo mientras se libraban de los rugidos; en otros momentos, era Ah quien protegía a Meng. Sorprendentemente, ambos se protegieron, porque sería más fácil sobrevivir los dos que uno solo y, sin saberlo, ninguno de los dos creía que pudiera vivir sin el otro.
Nunca llegaban a saciar el hambre del todo. Como habían tenido que emprender desarmados la condena, no podían cazar más que seres pequeños que sabían de antemano que no podían comunicarse, pero eran castañas y otros frutos lo que más comían. Siempre al borde del desfallecimiento, no les aliviaba el baño en las pozas ni devorar raíces o legiones de insectos. El hambre era un agujero sin fondo en su cuerpo. Una tronera por donde se les escapaba el orgullo, el odio, la rivalidad y el rencor. Sin acordarlo, dormían las tardes completas, por turnos; uno soñaba misterios mientras el otro velaba y constantemente se protegieron como si jamás hubiesen querido matarse. Pero, ahora, nunca volvía Meng a entrar en el jardín del ser sonrosado de melena dorada. Algo estaba ocurriendo. El poder de la condena del chamán les alcanzaba allí donde estuvieran, aunque les separasen de él montañas monstruosas. La condena abarcaba toda su vida, sólo podían liberarlos los dioses cuando cumplieran sus órdenes.
Cada vez que se hundía el sol, los ruidos de la selva transportaban demonios terribles. Cuando los dioses permitían que volviera, los demonios sólo se escondían tras las rocas o entre las raíces de los árboles, al acecho. Ya no tenía que temer las miradas o las acometidas de Ah, ahora era su aliado, como lo había sido siempre hasta la irrupción en sus cuerpos de aquella clase nueva de placer.
Vieron el cuarto amanecer desde un promontorio, desde donde divisaron una extensa llanura. La temperatura era muy inferior a la de las piedras calientes junto al gran paisaje de agua que habían abandonado allí abajo. Ahora sentían frío. Habían ultrapasado, a su izquierda, una muralla divina hecha de piedras cortadas por desconocidos titanes, una especie de espinazo gris de animal imaginario, a cuyo lado pasaron sigilosamente, por temor a despertarlo.
Ah señaló un punto indeterminado. Meng notó que deseaba ordenarle algo, pero no podía obedecerle y miró hacia el lado contrario. Los dos eran simples exiliados, condenados a no sabían todavía el qué.
La llanura era más verde que el paisaje junto a la gran superficie de agua, pero con menos árboles. No había nada que anunciase tribus; ni humo ni el resplandor madrugador de fuegos dispuestos para los primeros alimentos; los únicos signos de vida eran varias bandadas de aves muy grandes que, a lo lejos, se dirigían al sur. Pese a lo mucho que se odiaban, tanto Ah como Meng se comunicaban sin apenas sonidos, con sólo algún gesto y constantes miradas. No sabían si compartían madre o padre, pero no recordaban haber estado jamás lejos el uno del otro. Lo más sobresaliente eran los retozos alborotados mientras los zarandeaban las ondas líquidas llenas de misterios y maravillas. Siempre permanecían uno al lado del otro, en las disputas por la comida, en las persecuciones de rivales comunes, en las luchas contra seres peludos que les doblaban en altura y podían comerse, y en el recreo del ronroneo al sol. Todos sus recuerdos eran a dúo; las cacerías; las incursiones en la procelosas aguas en busca de aquellos animales tan resbaladizos; los bailes ceremoniales; los juramentos de sangre. Los primeros aprendizajes del placer, que fue lo que les inclinó a odiarse. Pero ignoraban por qué nunca se habían separado.
Los ojos de Ah dijeron “vamos abajo”, Meng asintió tras una corta vacilación y ambos emprendieron el descenso. Cuando la pendiente acabó, comprendieron que todavía les quedaba un largo trecho por recorrer, porque el sol tardaría en hundirse. Pararían una vez que refulgiera del todo el quinto amanecer.
Una vez que dieron por culminada la primera parte de su condena, el camino, se echaron despreocupadamente a dormir. No sabían cuándo ni dónde llegaría el mandato de los dioses; debían aguardar mansa y humildemente. Al menos, Meng lo consideraba así pese a la actitud incomprensible de Ah,que no mostraba la paciente mansedumbre a que les obligaba la condena.
Los dioses no les hablaban. Llevaban acampados tanto tiempo en el mismo lugar, que se comunicaron la intención de fundar un poblado allí mismo, pero no había mujer para comenzar el poblamiento. Y no podían volver atrás ni seguir adelante. El tiempo pasaba sin recibir sonidos en ninguna de las dos vidas, la del día ni la de la noche. Un día, despertaron temblando a causa de un desconocido fuego blanco, que les escocía en la piel y enrojecía sus dedos. Habían asistido a la desaparición de las hojas de todos los árboles, seguramente por el maleficio de algún dios desconocido, pero ese fuego blanco era todavía más extraño y mucho peor.
El fuego blanco les impedía echarse en el suelo, les obligaba a temblar con los miembros descontrolados, y tuvieron que moverse. Siempre dormían entre las zarzas, en procura de que los temblores se calmaran, pero esa tarde no encontraron ninguna, sólo una extensión verde sin ningún abrigo a la vista. La primera parte de la noche no consiguieron dormir, por lo que se afanaron en amontonar las piedras más pesadas que encontraron, para componer un pequeño abrigo, hasta que el agua de su piel empezó a convertirse en humo. Meng se preguntaba a cada paso en qué momento trataría Ah de partirle la cabeza con una de esas rocas, pero dejó de preguntárselo cuando ya no era capaz de ver su cara, envueltos ambos por las tinieblas. Cayeron exhaustos, sin capacidad de recordar preguntas ni miedos.
Al amanecer, Meng despertó sacudido por las patadas que le daba Ah, erguido junto a él. Al incorporarse un poco, entendió el apresuramiento y la emoción de Ah. En la dirección del sol resurgente, se recortaba majestuosa e imponente la cabeza del dios, aureolado el gigantesco perfil por la luz creciente. ¿Estaría dormido? Permanecía recostado, pero el contraluz les impedía comprobar si tenía los ojos cerrados. Estaba echado, inmóvil, majestuoso y grandioso, el mentyóm apuntando hacia el norte. Tan grande como el mundo. La gigantesca cabeza no se movía ni siquiera por el viento que normalmente brotaba del pecho, por lo que probablemente estaba muerto. En tal caso, ellos no podrían cumplir el mandato del chamán. Se explicaron la razón de haber tenido que esperar tanto por un silencio tan prolongado. El dios no les hablaría, lo que añadía incertidumbre a su turbación. Ansiaron fervorosamente que diera señales de vida, que despertara. La luz crecía sin parar y pronto estaría sobre la vertical de la cabeza del dios. Ambos se postraron en dirección al prodigio y lo adoraron con recogimiento.
Entonces, el prodigio se hizo sonoro. No podían ver con claridad, sus ojos estaban velados por su propio miedo y, sobre todo, por la veneración. Pero lo sentían, notaban en la piel y las entrañas el poder que emanaba. Los dos entendieron la orden. Debían volver al amontonamiento de piedras que juntaran la noche anterior para vencer el frío, y esperar.
El fuego blanco había uniformado el paisaje, tanto que resultó difícil encontrar el lugar, pues no abundaban los árboles ni las rocas que sirvieran de referencia, nada que les indicara el lugar, del que no se habían distanciado demasiado. Fue el olfato el que les guió; encontraron el rastro de su propio olor, hasta postrarse ante las piedras con temor y humildad. Ya se iba la luz, no podían hacer más. Tenían que dormir de nuevo.
Despertaron los dos al mismo tiempo, en el instante en que la cabeza del dios empezó a recortarse contra la primera luz. Ahora sí escucharon su voz. Era un trino de pájaros de colores cegadores; el sonido del agua al caer por una cascada espumosa; el rumor de la brisa en primavera. Entendieron la orden, pero no las palabras. Debían buscar más piedras, sin parar, hasta que el dios les ordenara otra cosa.
Obedecieron sin darse cuenta de un prodigio: No necesitaron comer mientras el sol les acarició. El apilamiento de piedras resultante a la hora que el sol mostraba intenciones de esconderse, era mucho mayor que la primera vez, aunque habían conseguido arrastrar peñas de gran tamaño, de peso muy superior a cualquier cosa que hubieran manejado nunca. Meng no se preguntaba sobre sí mismo, sino que se admiraba del brío que Ah derrochaba al sujetar al hombro moles que doblaban su propio peso. No sentir hambre no podía asombrarles, porque cuando cazaban animales muy grandes, llegaban a saciarse tanto que luego sesteaban la digestión más de tres soles.
En el momento de recostar la mejilla sobre la tierra, Meng trató de distinguir el rostro de Ah entre las tinieblas. No recordó por qué deseaba analizar sus ojos, pero en su pecho se agitaba la sombra borrosa de un recuerdo que sólo le advertía de la necesidad de no bajar la guardia. Formaba parte de su naturaleza. No podía distanciarse de Ah, pero debía temerle.
Durante la vida de la ensoñación, sintió toda la noche estar rodeado de dioses que se desplazaban ininterrumpidamente muy cerca. Hubo una ocasión en que quiso reprocharles que perturbasen tanto su descanso, pero el cuerpo no le obedeció. Permaneció en ese mundo mudo y quieto. En tales momentos, Ah no le acompañaba; él debía de recorrer un mundo diferente.
Volvieron a despertarle las patadas de Ah, que golpeaba sin mirarlo, vueltos sus ojos hacia algo situado a su izquierda, fuera del campo de visión de Meng, que se alzó al momento, convencido de que la mayor y más fiera bestia peluda caía sobre ellos. Ah podía estar alertándolo a causa de un grave peligro inminente.
Pero lo que Ah miraba no estaba vivo. Sobre los apilamientos de rocas que los dioses le habían ordenado componer, ahora había una montaña. Demasiado pulida, suave como el agua, pero altiva como una nube. ¿Cómo había llegado esa montaña ahí?
Dado que todavía no habían aprendido a especular, no pudieron recrearse más en su asombro. El dios les ordenaba continuar apilando piedras, y su orden se convertía en sus pechos en anhelo insoslayable, en necesidad imperiosa y aterrorizada. Lo hicieron todo el tiempo que el sol se lo permitió, porque la voz del dios había sonado terriblemente amenazadora dentro de sus vientres. De acuerdo con la orden, continuaron el apilamiento en línea hacia el oeste, al lado de la montaña aparecida. Al amanecer siguiente, la mole ya no estaba sola, aislada. Había otra a su lado.
Hicieron lo mismo un número incalculable de soles. No eran capaces de contar el paso del tiempo, pero sus cuerpos sí; sólo advirtieron que sus voces se estaban volviendo muy roncas, y cada vez que llamaban al otro, lo que salía de su garganta se parecía al rugido de un fiero animal. Había otras evoluciones, pero se desdibujaban para su atención en los ríos de sudor y no había hembras a la vista que pudieran hacerles notar los cambios. El agotador esfuerzo cotidiano les hacía olvidar también el odio; sus tripas y sus miembros exigían tanto consuelo, que todo lo demás se difuminaba.
Con el alba, siempre había una mole nueva y ellos dejaron de demostrar asombro, porque en seguida la orden les apremiaba llenándolos de temor: debían afanarse en la búsqueda de más piedras que transportar, aunque tuvieran que arrastrarse y jadear por los esfuerzos supremos. Habían exterminado las piedras de todo su alrededor y cada vez tenía que acarrearlas de más lejos. Cierto sol, hubo una novedad: el dios les volvió a exigir nueva búsqueda de piedras, pero debían apilarlas frente a la primera, a una distancia de dos pasos largos; tras hacerlo, Ah y Meng se mostraron de acuerdo con las miradas; estaban prisioneros, los dioses les obligarían a permanecer en ese lugar hasta el día del sueño total, levantando una tras otra y más filas de montañas hasta cubrir todo el paisaje. Poco a poco, la voluntad dejó de inspirarles otra idea que la de sobrevivir. Cada vez que Ah se alzaba tras haber depositado una piedra, Meng miraba su rostro sudoroso sin acabar de entender si debía volver a odiarlo, tan abatido por el cansancio parecía. Pero Ah había sido siempre el más robusto de los dos, al menos eso era lo que Meng suponía. No se daba cuenta de que Ah realizaba dos recorridos por cada uno de los suyos, como si quisiera pavonearse.
El abatimiento de Ah fue siendo más y más grave. Meng dejó de sentir impulsos de ahogarlo o machacarle la cabeza con una de las piedras que apilaban, y comenzó a sentir necesidad de cuidarlo, a causa de lo espantosa que era la idea de quedarse solo. Cuando el sol se escondía, permanecía vigilando disimuladamente su sueño mucho rato, por si hubiera por qué inquietarse. Tras varias noches de vigilia, una luz se encendió dentro de su cabeza; Ah necesitaba engullir más sangre palpitante. Dormían bajo la protección de la primera montaña alzada por los dioses. Meng se arrastró muy sigilosamente, enderezándose varios pasos más adelante. Sus ojos no le servían con el sol escondido; tenía que bastarle el olfato. Empleó tanto tiempo, que el olor de su propia sangre, resbalando por sus pies, llegó a confundirle, pero consiguió cazar un volumen que le pareció suficiente. Se acercó sigilosamente al abrigo y lo depositó todo junto a Ah, donde él pudiera verlo en cuanto abriera los ojos al renacimiento del sol.
Con la primera claridad, llegó de nuevo la voz del dios. Ya no les asombraban la nueva mole de cada amanecer y por lo tanto no miraban siquiera hasta el conjunto; Meng intentó no sentir el mandato, porque permaneció con los ojos semi cerrados para observar la reacción de Ah ante lo que había cazado. Notó que tuvo que hacer un esfuerzo para no volver el rostro hacia él; lo engulló todo de inmediato.
A partir de entonces, cada vez que le parecía que Ah flaqueaba, repetía la cacería nocturna y la oferta. Ya nunca sentía el impulso de partir la cabeza de Ah; necesitaba que no lo dejase solo. Los dioses les dieron órdenes todas las noches, hasta completar un extraño apilamiento bajo el que se abría un largo pasadizo; en conjunto, todas las piedras amontonadas por Meng y Ah y las colocadas por los propios dioses, formaban una pequeña montaña. Cuando pareció que ya no había donde colocar más piedras, recibieron una orden extraña: antes del siguiente amanecer, debía internarse en el oscuro pasadizo y volverse completamente hacia la entrada, así debían esperar el regreso del sol.
Fue Meng quien despertó primero; sacudió a Ah y corrieron hacia el fondo del pasadizo de piedras erguidas, coronadas por losas inmensas. Hicieron tal como los dioses habían mandado: sin duda, era un prodigo creado por los propios dioses expresamente para ellos. El resurgimiento del sol encima del entrecejo de la cabeza del dios, apareció esplendoroso justo en el centro de la entrada del pasadizo. El primer rayo luminoso les alcanzó de lleno, iluminando la totalidad del recinto. Pareció que los dioses le autorizaban a volver al poblado allí abajo, junto al agua infinita.
A mitad del descenso de los selváticos montes, acordaron sumergirse en una clara poza del rio. Con el baño, se libraron de las miserias acumuladas en sus cuerpos en aquella fría llanura donde habían amontonado tantas piedras. Al abandonar el agua, Meng se giró hacia el centro de la poza, porque deseaba beber abundantemente, antes de emprender la etapa final del regreso. Al asomarse hacia la poza, sintió un estremecimiento: mientras él inclinaba el torso hacia el agua, vio el reflejo del rostro de Ah, pero Ah seguía retozando en medio de la poza. ¿Cómo podía haber dos Ah? ¿Qué embrujamiento les habían causado los dioses?
Espantado, Meng se enderezó y vio que el Ah reflejado se incorporaba también, a la inversa. Gritó al otro Ah, el que nadaba despreocupadamente en medio de la poza, para que contemplase también el prodigio, pero éste se había desvanecido al ponerse de pie.