Mi cuento LA CABEZA DEL DIOS, que pueden leer a continuación ha gustado a muchos, según el aluvión de parabienes que recibo.
Gracias
viernes, 20 de junio de 2014
lunes, 16 de junio de 2014
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LA HORA DE 3.000 AÑOS
LA HORA DE 3.000 AÑOS
miércoles, 11 de junio de 2014
LA HORA DE 3.000 AÑOS. La cabeza del dios.
Hace muchos años que escribo de vez en cuando cuentos que son fabulaciones sobre momentos más o menos míticos de la historia de Málaga, bajo el título genérico de LA HORA DE 3.000 AÑOS.
Como saben mis lectores habituales, llevo siete años negándome a entregar originales a las editoriales, a casa de la estafa de que fui objeto por parte de Roca Editorial y Editorial el Cobre (los abogados calculan que se apropiaron de más de 200.000 euros de mis derechos)
Pero sí estaría dispuesto a editar esta colección LA HORA DE 3.000 AÑOS. En el pasado, propuse a dos de los periódicos de Málaga que los editaran en forma de fascículos mensuales, entregándolos a los lectores a cambio de cupones o algo así. No nos pusimos de acuerdo. Pero ahora trato de completar la colección, de modo que estoy escribiendo los numerosos huecos cronológicos que he ido dejando. Ya publiqué aquí "El templo del cataclismo". Ahora he terminado este que les ofrezco ahora, sobre las construcciones megalíticas de la Prehistoria de Málaga.
Como saben mis lectores habituales, llevo siete años negándome a entregar originales a las editoriales, a casa de la estafa de que fui objeto por parte de Roca Editorial y Editorial el Cobre (los abogados calculan que se apropiaron de más de 200.000 euros de mis derechos)
Pero sí estaría dispuesto a editar esta colección LA HORA DE 3.000 AÑOS. En el pasado, propuse a dos de los periódicos de Málaga que los editaran en forma de fascículos mensuales, entregándolos a los lectores a cambio de cupones o algo así. No nos pusimos de acuerdo. Pero ahora trato de completar la colección, de modo que estoy escribiendo los numerosos huecos cronológicos que he ido dejando. Ya publiqué aquí "El templo del cataclismo". Ahora he terminado este que les ofrezco ahora, sobre las construcciones megalíticas de la Prehistoria de Málaga.
III - La
cabeza del dios
El chamán no era compasivo ni había tratado jamás de parecer
cordial. Tampoco había disimulado nunca su intención de ser tenido por cruel o
extremadamente cruel. Meng miró de reojo a su compañero de condena; aunque consideraba
que era un poco más viejo, parecía más joven que él, y ni siquiera giró el
cuello mientras se adelantaba, por no verlo quedarse atrás y sentarse a dudar
sobre un tronco abatido por un rayo; tenía miedo. Ah tenía miedo, una novedad
demasiado inesperada. ¿Era el chamán el que conseguía ese efecto? Tenía que ser
eso; A Ah le atemorizaba la indiferencia con que el chamán perforaba el pecho
de los sacrificados y bebía su sangre. Nunca antes había visto flaquear la
determinación de su compañero. Debía alegrarse, pero tenía que fijarse bien en
lo que el chamán hacía y decía.
Ah tenía que haber conocido más de quince soles, pero
exhibía jactanciosamente una fuerza y un poderío que Meng envidiaba desde que
tenía memoria. No sabía poner nombre a ningún sentimiento, ni la envidia ni el
placer, pero deseaba poseer el poder de Ah, que siempre fuera tan imbatible, y ahora,
ante el chamán, flaqueaba tan ostensiblemente.
Meng nunca estaba del todo seguro de en qué mundo vivía, el
placentero y luminoso que recorría después de dormirse en el fondo de la cueva
o el sudoroso donde pasaba la mayor parte del tiempo buscando comida, siempre
con Ah, nunca sin él. Después del cansancio, al rendirlo los demonios de lo
oscuro, hablaba reposadamente con seres refulgentes, tan bellos como la luna
llena. Uno de esos seres, acudía con frecuencia a recibirlo en su jardín; sólo
tenía pelo en la cabeza, una larga fronda amarilla que le llegaba a las
pantorrillas; el resto de ese ser era sonrosado como una flor al estallar, a
diferencia del suyo y el de Ah, que eran como mantos de yerba seca. No
recordaba haber tocado nunca a ese ser, sólo tenía constancia del apremio de su
deseo, que nunca era capaz de dilucidar si consistía en hambre o embrujo; tal
vez quería comérsela porque debía ser deliciosa de paladear o tal vez deseaba
adorarla como una diosa, pero el chamán no hablaba jamás de diosas en femenino.
Ahora, el único mundo era el de las penalidades, y le tocaba penar junto a Ah.
Con él. Temiendo quedarse sin él.
De reojo, vio que Ah continuaba sentado en el tronco,
resistiéndose a obedecer la orden del chamán. Meng, en cambio, se arrodilló de
inmediato, esperando lo que se le asignarse; podía ser un gigantesco pedrusco
que le partiera la cabeza, un afilado pedernal que abriera su pecho o una
antorcha ardiente que cauterizara sus ojos.
La condena se la habían ganado, tanto él como Ah, por disputarse
violentamente los favores de una hembra, la más casquivana de la tribu. Ambos
sabían de sobra que Tarna regalaba sin límites sus mieles a todos los machos en
edad de hacerle sentir placer; lo único que Meng y Ah habían hecho mal era
tratar de matarse mutuamente, por unos favores que ambos podían haber
conseguido sin ninguna clase de dificultad, si no hubiesen pretendido gozar de
Tarna el mismo día y a la misma hora, puesto que nunca se separaban.
El chamán actuaría tan expeditivamente como siempre. Los dos
condenados sabían que los chamanes de otras tribus se comportaban de manera
diferente; convocaban a los más ancianos de la tribu, se reunía una especie de
asamblea y aunque el poder de resolución de los chamanes fuera siempre igual de
indiscutible, al menos los demás hacían participes a sus respectivas tribus de
la clase de condenas que dictaban. El chamán de su tribu, no. Arrodillado, Meng
miró el reguero de su sangre que se mezclaba con la tierra; sentado en su
tronco, Ah también continuaba sangrando, pero sin compadecerse de sus heridas,
el chamán se alzó ante ellos en actitud altiva, indicó con el índice derecho
hacia el norte, mientras señalaba cinco con la otra mano.
Meng notó que Ah, con los ojos cerrados, trataba de no
enterarse de la orden. Por ello, y como la condena ya había sido dictada,
abandonó la postración y, acercándose a él, le tendió la mano para obligarlo o
ayudarle a alzarse. Tenían que caminar cinco noches completas, siempre en pos
de aquel misterioso lucero que todos ellos adoraban, porque así lo habían
ordenado los dioses. Al quinto día, tales dioses les dirían qué debían hacer.
Era la palabra del chamán que nadie podía discutir.
Durante cuatro noches, siguieron a través de la selva un sendero
ascendente. Tan empinado, que no paraban de jadear. Tuvieron que enfrentarse a
feroces animales que nunca habían visto, sobre todo los onagros chillones cuyos
aspavientos alertaban a todo el bosque. Eran otra clase de seres. Gruñían,
relinchaban o rugían, pero ninguno era capaz de decir su nombre ni decirles
cualquier otra cosa, sólo querían matarlos. En muchos momentos, Meng cubrió con
su cuerpo el de Ah para protegerlo mientras se libraban de los rugidos; en
otros momentos, era Ah quien protegía a Meng. Sorprendentemente, ambos se
protegieron, porque sería más fácil sobrevivir los dos que uno solo y, sin
saberlo, ninguno de los dos creía que pudiera vivir sin el otro.
Nunca llegaban a saciar el hambre del todo. Como habían
tenido que emprender desarmados la condena, no podían cazar más que seres
pequeños que sabían de antemano que no podían comunicarse, pero eran castañas y
otros frutos lo que más comían. Siempre al borde del desfallecimiento, no les
aliviaba el baño en las pozas ni devorar raíces o legiones de insectos. El
hambre era un agujero sin fondo en su cuerpo. Una tronera por donde se les
escapaba el orgullo, el odio, la rivalidad y el rencor. Sin acordarlo, dormían
las tardes completas, por turnos; uno soñaba misterios mientras el otro velaba
y constantemente se protegieron como si jamás hubiesen querido matarse. Pero,
ahora, nunca volvía Meng a entrar en el jardín del ser sonrosado de melena
dorada. Algo estaba ocurriendo. El poder de la condena del chamán les alcanzaba
allí donde estuvieran, aunque les separasen de él montañas monstruosas. La
condena abarcaba toda su vida, sólo podían liberarlos los dioses cuando
cumplieran sus órdenes.
Cada vez que se hundía el sol, los ruidos de la selva
transportaban demonios terribles. Cuando los dioses permitían que volviera, los
demonios sólo se escondían tras las rocas o entre las raíces de los árboles, al
acecho. Ya no tenía que temer las miradas o las acometidas de Ah, ahora era su
aliado, como lo había sido siempre hasta la irrupción en sus cuerpos de aquella
clase nueva de placer.
Vieron el cuarto amanecer desde un promontorio, desde donde
divisaron una extensa llanura. La temperatura era muy inferior a la de las
piedras calientes junto al gran paisaje de agua que habían abandonado allí
abajo. Ahora sentían frío. Habían ultrapasado, a su izquierda, una muralla
divina hecha de piedras cortadas por desconocidos titanes, una especie de
espinazo gris de animal imaginario, a cuyo lado pasaron sigilosamente, por
temor a despertarlo.
Ah señaló un punto indeterminado. Meng notó que deseaba
ordenarle algo, pero no podía obedecerle y miró hacia el lado contrario. Los
dos eran simples exiliados, condenados a no sabían todavía el qué.
La llanura era más verde que el paisaje junto a la gran
superficie de agua, pero con menos árboles. No había nada que anunciase tribus;
ni humo ni el resplandor madrugador de fuegos dispuestos para los primeros
alimentos; los únicos signos de vida eran varias bandadas de aves muy grandes
que, a lo lejos, se dirigían al sur. Pese a lo mucho que se odiaban, tanto Ah
como Meng se comunicaban sin apenas sonidos, con sólo algún gesto y constantes
miradas. No sabían si compartían madre o padre, pero no recordaban haber estado
jamás lejos el uno del otro. Lo más sobresaliente eran los retozos alborotados
mientras los zarandeaban las ondas líquidas llenas de misterios y maravillas.
Siempre permanecían uno al lado del otro, en las disputas por la comida, en las
persecuciones de rivales comunes, en las
luchas contra seres peludos que les doblaban en altura y podían comerse, y en
el recreo del ronroneo al sol. Todos sus recuerdos eran a dúo; las cacerías;
las incursiones en la procelosas aguas en busca de aquellos animales tan
resbaladizos; los bailes ceremoniales; los juramentos de sangre. Los primeros
aprendizajes del placer, que fue lo que les inclinó a odiarse. Pero ignoraban
por qué nunca se habían separado.
Los ojos de Ah dijeron “vamos abajo”, Meng asintió tras una
corta vacilación y ambos emprendieron el
descenso. Cuando la pendiente acabó,
comprendieron que todavía les quedaba un largo trecho por recorrer, porque el
sol tardaría en hundirse. Pararían una vez que refulgiera del todo el quinto
amanecer.
Una vez que dieron por culminada la primera parte de su
condena, el camino, se echaron despreocupadamente a dormir. No sabían cuándo ni
dónde llegaría el mandato de los dioses; debían aguardar mansa y humildemente.
Al menos, Meng lo consideraba así pese a la actitud incomprensible de Ah,que no
mostraba la paciente mansedumbre a que les obligaba la condena.
Los dioses no les hablaban. Llevaban acampados tanto tiempo
en el mismo lugar, que se comunicaron la intención de fundar un poblado allí
mismo, pero no había mujer para comenzar el poblamiento. Y no podían volver
atrás ni seguir adelante. El tiempo
pasaba sin recibir sonidos en ninguna de las dos vidas, la del día ni la de la
noche. Un día, despertaron temblando a causa de un desconocido fuego blanco,
que les escocía en la piel y enrojecía sus dedos. Habían asistido a la
desaparición de las hojas de todos los árboles, seguramente por el maleficio de
algún dios desconocido, pero ese fuego blanco era todavía más extraño y mucho
peor.
El fuego blanco les impedía echarse en el suelo, les
obligaba a temblar con los miembros descontrolados, y tuvieron que moverse.
Siempre dormían entre las zarzas, en
procura de que los temblores se calmaran, pero esa tarde no encontraron
ninguna, sólo una extensión verde sin ningún abrigo a la vista. La primera
parte de la noche no consiguieron dormir, por lo que se afanaron en amontonar
las piedras más pesadas que encontraron, para componer un pequeño abrigo, hasta que el agua de su piel empezó a
convertirse en humo. Meng se preguntaba a cada paso en qué momento trataría Ah
de partirle la cabeza con una de esas rocas, pero dejó de preguntárselo cuando
ya no era capaz de ver su cara, envueltos ambos por las tinieblas. Cayeron
exhaustos, sin capacidad de recordar preguntas ni miedos.
Al amanecer, Meng despertó sacudido por las patadas que le
daba Ah, erguido junto a él. Al incorporarse un poco, entendió el
apresuramiento y la emoción de Ah. En la dirección del sol resurgente, se recortaba majestuosa e imponente la
cabeza del dios, aureolado el gigantesco perfil por la luz creciente. ¿Estaría
dormido? Permanecía recostado, pero el contraluz les impedía comprobar si tenía
los ojos cerrados. Estaba echado, inmóvil, majestuoso y grandioso, el mentyóm
apuntando hacia el norte. Tan grande como el mundo. La gigantesca cabeza no se
movía ni siquiera por el viento que normalmente brotaba del pecho, por lo que probablemente
estaba muerto. En tal caso, ellos no podrían cumplir el mandato del chamán. Se
explicaron la razón de haber tenido que esperar tanto por un silencio tan
prolongado. El dios no les hablaría, lo que añadía incertidumbre a su
turbación. Ansiaron fervorosamente que diera señales de vida, que despertara.
La luz crecía sin parar y pronto estaría sobre la vertical de la cabeza del
dios. Ambos se postraron en dirección al prodigio y lo adoraron con
recogimiento.
Entonces, el prodigio se hizo sonoro. No podían ver con
claridad, sus ojos estaban velados por su propio miedo y, sobre todo, por la
veneración. Pero lo sentían, notaban en la piel y las entrañas el poder que
emanaba. Los dos entendieron la orden. Debían volver al amontonamiento de
piedras que juntaran la noche anterior para vencer el frío, y esperar.
El fuego blanco había uniformado el paisaje, tanto que resultó
difícil encontrar el lugar, pues no abundaban los árboles ni las rocas que
sirvieran de referencia, nada que les indicara el lugar, del que no se habían distanciado
demasiado. Fue el olfato el que les guió; encontraron el rastro de su propio
olor, hasta postrarse ante las piedras con temor y humildad. Ya se iba la luz,
no podían hacer más. Tenían que dormir de nuevo.
Despertaron los dos al mismo tiempo, en el instante en que
la cabeza del dios empezó a recortarse contra la primera luz. Ahora sí
escucharon su voz. Era un trino de pájaros de colores cegadores; el sonido del
agua al caer por una cascada espumosa; el rumor de la brisa en primavera.
Entendieron la orden, pero no las palabras. Debían buscar más piedras, sin
parar, hasta que el dios les ordenara otra cosa.
Obedecieron sin darse cuenta de un prodigio: No necesitaron
comer mientras el sol les acarició. El apilamiento de piedras resultante a la
hora que el sol mostraba intenciones de esconderse, era mucho mayor que la
primera vez, aunque habían conseguido arrastrar peñas de gran tamaño, de peso
muy superior a cualquier cosa que hubieran manejado nunca. Meng no se
preguntaba sobre sí mismo, sino que se admiraba del brío que Ah derrochaba al
sujetar al hombro moles que doblaban su propio peso. No sentir hambre no podía
asombrarles, porque cuando cazaban animales muy grandes, llegaban a saciarse
tanto que luego sesteaban la digestión más de tres soles.
En el momento de recostar la mejilla sobre la tierra, Meng
trató de distinguir el rostro de Ah entre las tinieblas. No recordó por qué
deseaba analizar sus ojos, pero en su pecho se agitaba la sombra borrosa de un
recuerdo que sólo le advertía de la necesidad de no bajar la guardia. Formaba
parte de su naturaleza. No podía distanciarse de Ah, pero debía temerle.
Durante la vida de la ensoñación, sintió toda la noche estar
rodeado de dioses que se desplazaban ininterrumpidamente muy cerca. Hubo una
ocasión en que quiso reprocharles que perturbasen tanto su descanso, pero el
cuerpo no le obedeció. Permaneció en ese mundo mudo y quieto. En tales momentos,
Ah no le acompañaba; él debía de recorrer un mundo diferente.
Volvieron a despertarle las patadas de Ah, que golpeaba sin
mirarlo, vueltos sus ojos hacia algo situado a su izquierda, fuera del campo de
visión de Meng, que se alzó al momento, convencido de que la mayor y más fiera
bestia peluda caía sobre ellos. Ah podía estar alertándolo a causa de un grave
peligro inminente.
Pero lo que Ah miraba no estaba vivo. Sobre los apilamientos
de rocas que los dioses le habían ordenado componer, ahora había una montaña.
Demasiado pulida, suave como el agua, pero altiva como una nube. ¿Cómo había
llegado esa montaña ahí?
Dado que todavía no habían aprendido a especular, no
pudieron recrearse más en su asombro. El dios les ordenaba continuar apilando
piedras, y su orden se convertía en sus pechos en anhelo insoslayable, en
necesidad imperiosa y aterrorizada. Lo hicieron todo el tiempo que el sol se lo
permitió, porque la voz del dios había sonado terriblemente amenazadora dentro
de sus vientres. De acuerdo con la orden, continuaron el apilamiento en línea
hacia el oeste, al lado de la montaña aparecida. Al amanecer siguiente, la mole
ya no estaba sola, aislada. Había otra a su lado.
Hicieron lo mismo un número incalculable de soles. No eran
capaces de contar el paso del tiempo, pero sus cuerpos sí; sólo
advirtieron que sus voces se estaban
volviendo muy roncas, y cada vez que llamaban al otro, lo que salía de su
garganta se parecía al rugido de un fiero animal. Había otras evoluciones, pero
se desdibujaban para su atención en los ríos de sudor y no había hembras a la
vista que pudieran hacerles notar los cambios. El agotador esfuerzo cotidiano
les hacía olvidar también el odio; sus tripas y sus miembros exigían tanto
consuelo, que todo lo demás se difuminaba.
Con el alba, siempre había una mole nueva y ellos dejaron de
demostrar asombro, porque en seguida la orden les apremiaba llenándolos de
temor: debían afanarse en la búsqueda de más piedras que transportar, aunque
tuvieran que arrastrarse y jadear por los esfuerzos supremos. Habían
exterminado las piedras de todo su alrededor y cada vez tenía que acarrearlas
de más lejos. Cierto sol, hubo una novedad: el dios les volvió a exigir nueva
búsqueda de piedras, pero debían apilarlas frente a la primera, a una distancia
de dos pasos largos; tras hacerlo, Ah y Meng se mostraron de acuerdo con las
miradas; estaban prisioneros, los dioses les obligarían a permanecer en ese
lugar hasta el día del sueño total, levantando una tras otra y más filas de montañas
hasta cubrir todo el paisaje. Poco a poco, la voluntad dejó de inspirarles otra
idea que la de sobrevivir. Cada vez que
Ah se alzaba tras haber depositado una piedra, Meng miraba su rostro sudoroso
sin acabar de entender si debía volver a odiarlo, tan abatido por el cansancio
parecía. Pero Ah había sido siempre el más robusto de los dos, al menos eso era
lo que Meng suponía. No se daba cuenta de que Ah realizaba dos recorridos por
cada uno de los suyos, como si quisiera pavonearse.
El abatimiento de Ah fue siendo más y más grave. Meng dejó
de sentir impulsos de ahogarlo o machacarle la cabeza con una de las piedras
que apilaban, y comenzó a sentir necesidad de cuidarlo, a causa de lo espantosa
que era la idea de quedarse solo. Cuando el sol se escondía, permanecía
vigilando disimuladamente su sueño mucho rato, por si hubiera por qué
inquietarse. Tras varias noches de vigilia, una luz se encendió dentro de su
cabeza; Ah necesitaba engullir más sangre palpitante. Dormían bajo la protección
de la primera montaña alzada por los dioses. Meng se arrastró muy
sigilosamente, enderezándose varios pasos más adelante. Sus ojos no le servían
con el sol escondido; tenía que bastarle el olfato. Empleó tanto tiempo, que el
olor de su propia sangre, resbalando por sus pies, llegó a confundirle, pero
consiguió cazar un volumen que le pareció suficiente. Se acercó sigilosamente
al abrigo y lo depositó todo junto a Ah, donde él pudiera verlo en cuanto abriera
los ojos al renacimiento del sol.
Con la primera claridad, llegó de nuevo la voz del dios. Ya
no les asombraban la nueva mole de cada amanecer y por lo tanto no miraban
siquiera hasta el conjunto; Meng intentó no sentir el mandato, porque
permaneció con los ojos semi cerrados para observar la reacción de Ah ante lo que
había cazado. Notó que tuvo que hacer un
esfuerzo para no volver el rostro hacia él; lo engulló todo de inmediato.
A partir de entonces, cada vez que le parecía que Ah
flaqueaba, repetía la cacería nocturna y la oferta. Ya nunca sentía el impulso
de partir la cabeza de Ah; necesitaba que no lo dejase solo. Los dioses les
dieron órdenes todas las noches, hasta completar un extraño apilamiento bajo el
que se abría un largo pasadizo; en conjunto, todas las piedras amontonadas por
Meng y Ah y las colocadas por los propios dioses, formaban una pequeña montaña.
Cuando pareció que ya no había donde colocar más piedras, recibieron una orden
extraña: antes del siguiente amanecer, debía internarse en el oscuro pasadizo y
volverse completamente hacia la entrada, así debían esperar el regreso del sol.
Fue Meng quien despertó primero; sacudió a Ah y corrieron
hacia el fondo del pasadizo de piedras erguidas, coronadas por losas inmensas.
Hicieron tal como los dioses habían mandado: sin duda, era un prodigo creado
por los propios dioses expresamente para ellos. El resurgimiento del sol encima
del entrecejo de la cabeza del dios, apareció esplendoroso justo en el centro
de la entrada del pasadizo. El primer rayo luminoso les alcanzó de lleno,
iluminando la totalidad del recinto. Pareció que los dioses le autorizaban a
volver al poblado allí abajo, junto al agua infinita.
A mitad del descenso de los selváticos montes, acordaron
sumergirse en una clara poza del rio. Con el baño, se libraron de las miserias
acumuladas en sus cuerpos en aquella fría llanura donde habían amontonado
tantas piedras. Al abandonar el agua, Meng se giró hacia el centro de la poza,
porque deseaba beber abundantemente, antes de emprender la etapa final del
regreso. Al asomarse hacia la poza, sintió un estremecimiento: mientras él
inclinaba el torso hacia el agua, vio el reflejo del rostro de Ah, pero Ah
seguía retozando en medio de la poza. ¿Cómo podía haber dos Ah? ¿Qué
embrujamiento les habían causado los dioses?
Espantado, Meng se enderezó y vio que el Ah reflejado se
incorporaba también, a la inversa. Gritó al otro Ah, el que nadaba
despreocupadamente en medio de la poza, para que contemplase también el
prodigio, pero éste se había desvanecido al ponerse de pie.
miércoles, 4 de junio de 2014
XANA DE TARDE EN TARDE
Cuento dedicado a la princesa de Asturias.
Se lo
hice llegar, pero ignoro si lo leyó.
En la revista Integral , una mujer solicitaba
"un ayudante para ciertas tareas campesinas, que no fume, que tenga coche
o furgoneta y esté dispuesto a acompañarme a vender productos naturales en
mercadillos. A cambio, ofrezco vivienda, comida y pequeña ayuda económica".
Incluía un número de teléfono con el prefijo 985, pero no indicaba más señas.
Había otros reclamos interesantes, pero ése atrajo su mirada de manera casi
subyugante, haciendo que los demás parecieran borrosos.
Damián dejó abierta la revista por la página de
anuncios, sujeta con el cenicero, en medio del desorden monumental de la
habitación donde vivía de prestado. ¿A qué zona correspondería el 985? No
disponía de mapas ni de una agenda donde figurasen los prefijos. Más tarde, se
acercaría al locutorio de Telefónica para averiguarlo; antes, trataría de
imaginar cómo podía ser la mujer que buscaba un ayudante, a quien ofrecía
"vivienda, comida y pequeña ayuda económica". ¿Joven?; no demasiado,
de otro modo no necesitaría esa clase de anuncio. ¿Vieja?; tampoco, temería a
los desconocidos. Debía de tener sobre cuarenta, probablemente una viuda cuyos
hijos habían emigrado del campo a la ciudad, en busca de nuevos horizontes.
Antes de llamarla, debía meditar si iba a ser capaz
de dejar de fumar. De todos modos fumaba cada día menos, obligado por las
circunstancias, ya que sólo le quedaban noventa euros y no vislumbraba en el
futuro inmediato la posibilidad ni siquiera remota de conseguir empleo. Podía
dejar de fumar, naturalmente que sí.
Damián Sanz tenía treinta y nueve años, y era cuanto
podía afirmar que tenía, aparte del coche, porque lo había perdido todo hacía
diecisiete meses. Todo. Siete de años de trabajo en un bar donde, a los
treinta, sepultó todos sus ahorros; siete años había resistido, trabajando
hasta veinte horas diarias, y nunca había conseguido más que sobrevivir acosado
por las deudas. Un desahucio por orden del banco le había quitado ese precario
medio de supervivencia a los treinta y siete, tras lo que descubrió con
desolación e ira que la Seguridad Social no le reconocía el derecho a subsidio
de paro aunque había cotizado escrupulosamente, como autónomo, todos los meses
de esos siete años. Y no había nadie dispuesto a dar empleo a un hombre casi
cuarentón; los anuncios lo dejaban claro: "máximo 30 años", exigían
casi todos y los que no, situaban el límite a los veinticinco o veintiséis. Con
treinta y nueve, a efectos laborales era un muerto civil. Nadie le iba a
emplear y las instituciones le sugerían por activa y por pasiva que debía
convertirse en un mendigo o disolverse en la nada.
Diecisiete meses había sobrevivido malvendiendo sus
pertenencias. Ahora, el coche era lo único que tenía. Y treinta y nueve años. Y
una habitación cedida por un amigo... "pero sólo un par de meses,
¿eh?", y habían pasado tres ya.
Le gustó la voz de la mujer. Igual que un torrente
fresco de montaña, como un surtidor de estrellas. Consideró una descortesía
preguntarle la edad, pero estaba claro que no era vieja. La voz sonaba
argentina, sin falsetes ni resoplidos. Tirando por lo alto, podía tener unos
cuarenta y cinco.
Le citó en una gasolinera de carretera cercana a
Pola de Lena "porque si te digo que vengas en el coche hasta la aldea, te
resultaría muy complicado encontrar el camino, te liarías y te podrías
perder". Ella iba a viajar en autobús hasta Pola y luego tomaría un taxi
hasta la gasolinera. Sólo le había dicho que vestiría una zamarra roja y que se
llamaba Lina; a su vez, Damián le había descrito su ropa, una pelliza azul
oscuro y un pantalón vaquero.
Era la hora del café de sobremesa cuando llegó al
restaurante de la gasolinera y el mostrador estaba lleno. A lo largo de la
barra sólo vio una zamarra roja. Examinada de perfil, la mujer tenía una
apariencia desagradable; caduca, algo gorda y muy fofa, el pelo desgreñado y
doble papada. ¿La abordaba?, ¿qué otra salida tenía? Había gastado en gasolina
la mitad de su capital tras devolver la llave de la habitación a su amigo. Se
acercaría, qué remedio.
La mujer volvió la cabeza hacia él y, al
reconocerlo, le sonrió. Damián había debido de sufrir alguna clase de ilusión
óptica; enfocando mejor la vista, la mujer no sólo no era gorda, sino que
poseía una estilizada figura cercana a lo escultural, una bellísima sonrisa,
hermoso pelo castaño muy claro y ojos vivísimos, chispeantes de luz, de color
verde mar. Su edad no superaba los
treinta años. El corazón de Damián se aceleró.
-¿Has tenido buen viaje?
La voz sonó algo rasposa, diferente de la
musicalidad oída en el auricular del teléfono.
-Los últimos kilómetros han sido difíciles. El
pavimento está helado y no traigo cadenas.
-Ahora compraremos un juego.
Esta vez, la voz sí era la misma del teléfono. ¿Qué
distorsión extraña arrebataba sus sentidos? En menos de dos minutos, había
sufrido una alucinación visual y otra auditiva. Estaría más cansado de lo que
suponía, a causa del viaje... y el ayuno.
Tras comprar el juego de cadenas y ajustarlo a las
ruedas, Damián condujo según le fue indicando Lina.
-Mi casa está al borde de un parque natural
protegido -afirmó- Se llama Somiedu, pero no da miedo sino muchísima alegría.
Serás feliz.
Conforme ascendían por el estrecho camino, Damián
descubrió que cruzaban incesantemente el umbral de un paraíso que sólo se
desvelaba según iba rebasándolo el coche. Valles y montañas completamente verdes,
umbríos en unas laderas y reverberantes en otras. ¡Cuánta belleza encerraba esa
tierra! Había creído exagerado lo que le decían sobre el paisaje asturiano, y
la realidad superaba las descripciones aunque de una manera incomprensible;
frente al parabrisas, los brezales parecían mustios, amarronados, como
arrasados por el fuego, lo mismo que los extensos matorrales de tojo, en los
que sólo apreciaba espinas, pero en cuanto los alcanzaba el coche, descubría
que su vista padecía alguna clase de desenfoque, ya que por las ventanillas
laterales le deslumbraba un fresco verdor salpicado aquí y allá de hayedos, con
brotes de primavera, y robledales cargados de bellotas pero con las hojas
verdes de junio. Para un mediterráneo como él, el panorama, que comprendía todos
los matices imaginables del verde, parecía sobrenatural, impresión acentuada
por los jirones de niebla que ascendían de un riachuelo oculto por los sotos.
Se repitió a sí mismo que ingresaba en el paraíso, un mundo prodigioso donde
cualquier sueño se podía materializar. ¿Había acabado el sufrimiento de
diecisiete meses?
Procuraba mantener la mirada fija al frente para no
resultar descortés observando a Lina con descaro. Su cansancio era,
evidentemente, muy agudo a causa de lo mal que se había alimentado las últimas
semanas, y no paraba de sufrir alucinaciones. Ya que, en ocasiones, miraba de
reojo las piernas de la mujer sentada a su lado y eran unos cilindros gruesos,
informes, repulsivos, pero cuando fijaba la mirada para constatar la exactitud
de la observación, resultaban ser unas piernas maravillosamente torneadas, como
si viajase Marlene Dietrich en el asiento del copiloto, una diosa con las luces
y todas las sugestiones de una fantasía cinematográfica.
-Ahí es -señaló Lina hacia una construcción de
piedra, alzada junto a media docena más de pequeños edificios.
Se trataba de una casa minúscula pero de aspecto muy
acogedor. Tenía las ventanas pintadas de verde y había muchos tiestos en los
alféizares. Aunque no presentaban la sensualidad multicolor de las macetas
mediterráneas, proporcionaban a la vivienda una pincelada de mimo, revelando
que su dueña era una persona primorosa y de buen carácter. La contemplación de
la casita redobló la esperanza que no había parado de crecer en el pecho de
Damián durante el viaje. Una vez estacionado el coche, cuando él fue a
trasladar su equipaje, Lina tomó la maleta más pesada.
-No, por favor -protestó Damián, escandalizado-. Ésa
la llevo yo. En realidad, no tienes que cargar ninguna.
-¿Qué te has creído, que soy una damisela raquítica?
-la expresión de Lina no tenía nada de humorística aunque la frase lo fuera.
Parecía enojada de un modo que no sólo zanjaba la cuestión, sino que descartaba
la discrepancia de manera desdeñosa e imperativa.
Sin explicarse por qué, Damián presintió que no
convenía contradecirle. Idea que no le produjo enojo, sino que le hizo sentir
feliz.
El piso superior de la casa era diáfano y sólo un
biombo separaba el espacio que serviría de dormitorio a Damián del
perteneciente a Lina. La situación resultaba extraña, puesto que esa hermosa y
apetecible señora parecía no temer su proximidad, ya que no oponía verdaderas
barreras a un desconocido a quien ni siquiera le había pedido fotocopia del
carné de identidad como medida de precaución. Damián decidió no romperse la
cabeza con las conjeturas; si ella no le temía, él tenía aún menos que temer.
Una vez deshecho el equipaje, Lina llamó desde abajo:
-¡Damián! la cena está preparada.
Cuando inició el descenso por la escalera de madera
y sin pasamanos, Damián llegó, definitivamente, a la conclusión de que sufría
agotamiento muy grave, ya que le pareció que todo el piso inferior estaba
envuelto en brumas; los perfiles era imprecisos, dibujando un paisaje gélido
bajo el crepúsculo polar, con árboles fantasmagóricos que llevaban siglos
petrificados. Mas la neblinosa mirada se despejó al bajar el último peldaño; de
repente, la gran sala-cocina estaba iluminada muy cálidamente por la luz
eléctrica y el fogón, y la mesa de maciza madera presentaba un banquete
principesco, que Lina había preparado y dispuesto en sólo los veinticinco
minutos que Damián había tardado en ordenar su ropa y enseres. El conjunto
parecía un cuadro, un barroco lienzo donde el pintor se hubiera empeñado en
reproducir con primor las más apetitosas exquisiteces del mundo, una sinfonía
de colores y aromas que saciaba con sólo contemplarla.
Despertó por el ruido que Lina producía trajinando
en la cocina. Antes de salir de la cama, Damián halló sorprendente su estado,
tanto físico como mental. No le habían asaltado durante la noche las pesadillas
angustiosas que perturbaran sus noches los últimos diecisiete meses, sino todo
lo contrario; había protagonizado un sueño maravilloso; sí, tenía que ser un
sueño, porque tales cosas nunca ocurren en la vida real: el ascenso a la
gloria, la plenitud de sus facultades viriles ejercitadas hasta el vértigo, el
recorrido por senderos orillados de colores y perfumes arrebatadores, el viaje
de retorno a la adolescencia que revelaba la humedad de su calzoncillo.
Sentíase vigoroso, pleno y colmado de posibilidades. Miró el reloj; sí, debía
de continuar soñando, porque de estar de veras despierto había dormido
profundamente y sin interrupciones más de ocho horas, algo que había olvidado
que fuera posible. Debía prepararse para el trabajo; se puso la ropa apropiada
y bajó. Otra vez tuvo la impresión, desde lo alto de la escalera, de que el
piso inferior estuviera envuelto en brumas grises, una opacidad lechosa que lo
desdibujaba todo, pero cuando su pie derecho tocó el suelo de grandes losas de
piedra, descubrió que no había bruma, que todo estaba lleno de color, la madera
pintada de azul, el mantel rojo, las flores silvestres y las ristras de
embutidos caseros que colgaban de la chimenea del llar. Lo único que continuaba
siendo impreciso era la silueta de Lina, vuelta de espaldas a él. Mas, cuando
ella giró la cabeza para saludarle, brilló más que toda la estancia. Una
presencia refulgente que retumbó en su pecho como una buenaventura.
-Buenos días, Damián. El desayuno estará listo en un
par de minutos.
-Me alcanza con un café.
Lina rió como si sonaran campanas de cristal,
caramillos y ocarinas.
-Los del sur no sabéis comer para un clima como el
asturiano. Necesitas más sustancia que por allí abajo, muchas calorías para
enfrentarte al clima de las montañas cantábricas.
-,Qué trabajo hago esta mañana?
-¿Tienes que preguntármelo? Tú, sal al terruño, y
que te lo dicte la intuición.
Damián halló harto sorprendente la respuesta.
Después de todo, se trataba de una mujer que hacía frente a la vida en soledad,
y quién sabe cuáles serían sus rarezas. Lina colocó en la mesa, ante él, un
plato muy grande sobre el que le ofrecía el desayuno más opíparo que había
tenido en diecisiete meses: dos huevos, chorizos, una morcilla, panceta y
patatas fritas con cebolla, un tomate asado y una remolacha pelada. Al lado, un
trozo de pan que, por sí solo, representaba una golosina, de tan crujiente y
bien dorado. Mientras comía con un voracísimo apetito que ignoraba sentir,
Damián volvió a preguntar:
-¿No has pensado qué quieres exactamente que haga?
-Mira el campo y decide tú.
Lo que Lina había llamado “campo” era un retazo de
huerto que parecía impreso en un envase de herbolario; los caballones, trazados
con tiralíneas, dibujaban rectángulos perfectos llenos de yerbaluisa, menta,
lavanda, hierbabuena, sésamo, romero, tomillo y otras muchas plantas
imposibles, tomando en consideración que se encontraba en la Cordillera
Cantábrica, que el otoño estaba a punto de acabar y que el paisaje que ascendía
por la ladera de la montaña aparecía cubierto de escarcha. Curado de asombro,
Damián supuso que alguna clase de prodigio creaba un microclima en el terreno
cercado de aulagas doradas de tan floridas, adelfas salpicadas de rojo púrpura,
zarzamoras a punto de abatirse por el peso de los frutos y endrinos rebosantes
de bayas, aunque un poco más lejos podía distinguir con nitidez el marrón
mustio de los brezales. Sin la menor extrañeza, recolectó con cuidado lo que le
pareció que estaba maduro como para ser vendido en el mercadillo, hizo manojos
pequeños, lo dispuso todo en un poyete de piedra adosado a la casa y llamó a
Lina.
-¡Maravilloso! -alabó ésta-. Mereces tu suerte.
Damián la observó, tratando de encontrar sentido a
la frase de significado inextricable. ¿Suerte?, sí, era una suerte inmensa
sentirse como se sentía tras diecisiete meses de zozobra. ¿Merecimiento?, sí,
merecía esa suerte porque había anhelado hasta la extenuación una salida y, una
vez que la había encontrado, estaba dispuesto a cualquier sacrificio por
conservarla.
-Pues nada hará que la pierdas -dijo Lina, y Damián
se preguntó si, en lugar de meditar, habría estado hablando en voz alta.
Sólo tuvieron que permanecer tres horas y media en
el mercadillo, porque la mercancía se agotó. Antes de poner el coche en marcha,
Damián extendió el dinero, ordenado sobre el salpicadero.
-¿Qué estás haciendo? -preguntó Lina.
-Presentarte cuentas.
-Las pesetes no me interesan y ni siquiera tengo
idea de su valor. Guarda eso, me ofende mirarlo.
-No comprendo.
-Tú manejarás el dinero y te ocuparás de que todo
funcione.
Damián seguía sin comprender. Tal vez se trataba de
una prueba; sí, eso tenía que ser: Lina le tentaba para comprobar su grado de
honradez. Pues bien, no necesitaría realizar ningún esfuerzo, porque se sentía
tan portentosamente bien que en modo alguno tomaría una moneda que ella no le
hubiera autorizado ni haría nada que la ofendiera, ni siquiera que pudiera
enojarla. Jamás rozaría ni por asomo el territorio abstracto donde vivieran los
enfados y los desagrados de Lina. Ella le miraba con íntima complacencia y
Damián sintió la mirada como un flujo que recorría escrutadoramente su alma, un
escrutinio que calibraba uno a uno todos sus resortes y que, al final,
resultaba satisfactorio para la apreciativa luz azul que refulgía en el fondo
de sus pupilas.
-Toma -dijo Lina, ofreciéndole una manzana que sacó
del bolsillo como si se hubiera materializado de la nada, convertido un rayo de
sol en jugosa pulpa.
Sin dejar de observar el camino por donde
transitaban ni soltar el volante, Damián miró de reojo la fruta; de forma
perfecta y muy lustrosa, su color iba del amarillo al granate. Una manzana
recortada de un cuadro holandés o traída a través del tiempo desde el árbol del
bien y del mal del edén.
La mordió distraídamente, porque la vía era muy
estrecha y sinuosa, y temía que las ruedas patinasen sobre el terreno helado.
En el momento que el trozo de manzana entró en contacto con su paladar fue como
un estallido de pirotecnia levantina, como si cada uno de los átomos de su boca
hubiera sido alcanzado por un estruendo de sabor visible como luces mágicas.
Una singladura por los mares más amenos y lujuriantes de cualquiera de los
trópicos. Una travesía por todas las alegrías y todos los placeres. Un viaje a
través de la Galaxia. Comió con avidez la totalidad del fruto, como si parar de
comer significase el vacío y la soledad. Después de experimentar un placer
palatial de intensidad tan extraordinaria, nunca sería capaz de saborear una
manzana que no le hubiera entregado Lina.
Ella sonreía con placidez, de un modo que le hizo
sentir que conocía al detalle y aprobaba cada una de sus sensaciones.
Damián sonrió también con gratitud, con amor, con
arrebato. El tormento de diecisiete meses de incertidumbre y desesperación
había terminado. Miró de reojo las hermosísimas piernas de Lina. Quería tocar,
pero jamás lo haría sin su consentimiento. La deseaba, pero sólo se atrevería a
mirarla reveladoramente cuando ella se mostrase dispuesta. ¡Qué feliz podía ser
a su lado! Tanto, que haría esfuerzos sobrehumanos para merecerla. Nada le
apetecía que no fuese una vida eterna compartida con Lina.
¿Has visto qué buen mozo acompañaba hoy a Lina?
-comentó la cacharrera a su marido, mientras recogían el tenderete situado
junto al espacio que ocupara el de Damián.
-¿Cómo lo habrá pescado, a sus años?
-¡Quién sabe! El chico parecía muy feliz.
-Pero no tendrá ni cuarenta años...
-Lina es Lina.
-Por Somiedu dicen que es la última de una estirpe
muy antigua de xanas.
-Pues será xana de tarde en tarde, Arturo, porque,
si no, no habría sufrido aquel accidente que la tuvo a punto de morir en el
hospital hace nada más que cinco meses.
-Sí, pero con los casi noventa años que tiene,
cualquiera que no fuese xana habría muerto y ¿qué vemos ahora? A una mujer con
tantas ganas de vivir como una muchacha. ¿No te has dado cuenta de cómo lo miraba?
-Era amor correspondido, Arturo. Él la miraba igual.
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