miércoles, 30 de abril de 2014

MILAGRO EN TEOTIHUACAN

de la colección CUENTOS DEL AMOR VIRIL

-Los mexicanos tenemos un apreciable porcentaje de sangre india -afirmó Javier Robledo.

Protegido por el embozo que le proporcionaba el gigantesco sombrero que el fotógrafo de turistas le había obligado a ponerse, Jenaro Senmenat examinó de reojo el rostro de Javier. Que el mexicano prestase atención a la ranchera que cantaba muy desafinadamente el grupo de mariachis, junto con la algarabía del local, le ayudaba a disimular la intensidad y el hambre de su mirada.

Javier no era guapo en el sentido clásico, pero su exuberante virilidad agreste, y la pastosidad de su voz, le dotaban de un atractivo sexual arrebatador y sí, el trazado de sus cejas y sus ojo, vagamente achinados, que le proporcionaban cierto parecido con Antony Quinn, revelaban un toque de sangre indígena, no mayor que el de Jorge Negrete. Sin embargo, su oscuro y poblado vello desmentía ese origen, dado que los amerindios suelen ser lampiños.

Y por mucho que se esforzaba, no conseguía dejar de mirar su bragueta. Lanzaba miradas de soslayo que se cosían al empinadísimo abultamiento del pantalón y tenía que realizar esfuerzos heroicos para que sus ojos no desvelaran sus pensamientos. Se preguntaba qué podía haber ocasionado la erección de Javier, pero su razón le aconsejaba suponer que se trataba sólo del efecto del alcohol y la divertida placidez del momento. No se le ocurría plantearse otra posibilidad distinta.

Desviando la mirada hacia la esplendorosa y ancha sonrisa de Javier, Jenaro se preguntó si la visita a Ciudad de México iba a servirle para conquistar, por fin, lo que llevaba quitándole el sueño cerca de un año.

 
El traslado a Nueva York, un año antes, no pudo ser más incierto. Jenaro disponía sólo de cinco millones de pesetas ahorrados con mucho esfuerzo, y necesitaba aprender inglés, culminar el curso de actuación y vivir la experiencia de desenvolverse durante un año en la Babilonia norteamericana, para seguir creyendo en sí mismo como actor y darse gas para continuar en una profesión que en España era una extenuante carrera de obstáculos. La austeridad que debía imponerse para resistir un año y volver a Madrid con medios suficientes para reiniciar la carrera, vedaba toda posibilidad de alquilar un apartamento privado, a los precios exorbitantes de los alquileres de Nueva York. Gracias a un anuncio en uno de los periódicos en español, encontró habitación en el Bronx, en un piso de la avenida Melrose, compartido con dos hispanos.

Roberto, el uruguayo, era hematólogo; preparaba un master que lo convertiría en una autoridad médica de su país. Javier, el mexicano, era un simple oficinista de la legación mexicana ante las Naciones Unidas. Juntos, pudieron permitirse un apartamento de tres dormitorios, que según los parámetros neoyorkinos habría sido un lujo asiático para cualquiera de los tres. A Jenaro le asignaron la habitación que daba a la calle, puesto que era el que tenía menores obligaciones laborales de horario y no importaba si el ruido turbaba su sueño, cosa que ocurría con demasiada frecuencia.

Se trataba de una habitación sin puerta, comunicada con el salón por un arco de medio punto, que había sido el despacho del propietario. El español carecía de la privacidad que disfrutaban el mexicano y el uruguayo, por lo que le fue concedida una participación menor en los gastos. Mientras cerraban el acuerdo, Roberto, el uruguayo, aludió en varios momentos a la falta de aislamiento… “que te obligará a encerrarte en el baño cada vez que te pique la entrepierna”. Tanto Javier como Jenaro ponían cara de circunstancias ante tales alusiones, que a Roberto le hacían sonreír con  mucha ironía.

La falta de aislamiento fue el origen de todo.

Sólo había un aparato telefónico, que estaba en el salón. Sólo había un baño, cuya puerta daba también al salón, en línea con el cabecero de la cama de Jenaro. Tanto Roberto como Javier, acudían siempre en calzoncillos a las llamadas del teléfono; los dos entraban en el  baño frecuentemente desnudos o, a lo sumo, cubiertos parcialmente por una toalla. Roberto, con su aspecto centroeuropeo, poseía una belleza escultural espléndida aunque fría: piel celta ebúrnea, cuerpo meticulosamente trabajado en el gimnasio, demasiado armónico y simétrico como para parecer de carne, pelo castaño muy claro, probablemente tratado frecuentemente con camomila, vello depilado hasta en los rincones más íntimos; el hecho de tener una novia fija y frecuentes aventuras con norteamericanas, que metía sin tapujos en su habitación, le desterraba de las expectativas y ensoñaciones de Jenaro.

Javier, en cambio, no era mujeriego militante y su aspecto de macho tópico, ancho, robusto y fibroso como un labrador, y piel atezada igual que cuero, como un estibador, le dotaban de un atractivo apremiante que ocasionaba frecuentes erecciones a Jenaro mientras lo veía hablar por teléfono, despatarrado, acariciándose distraídamente la abundante pelambrera oscura del voluminoso escroto que asomaba, impúdico, por la pernera del calzoncillo o pasándose la palma de la mano por los prominentes pectorales cubiertos de vello.

Era una belleza imperfecta. El hombro izquierdo era algo más redondo que el derecho, los muslos eran demasiado descomunales y tan densamente velludos que apenas se veía la piel.  Sus gemelos abultaban tanto, que sus piernas parecían torneadas patas de sillón barroco. El vello del vientre formaba una ristra tan abundante y compacta, y sobresalía tanto de perfil, que Jenaro estaba siempre a punto de pedirle que le permitiera recortárselo un poco.

Fingiendo dormitar o sin necesidad de ello, puesto que Javier se comportaba con desinhibición algo exhibicionista, Jenaro contemplaba el bulto desmesurado y palpitante de los genitales del mexicano a placer, obligándose a esfuerzos heroicos para sacudirse la tentación de saltar a acariciarlo, a pesar de que nunca antes le había atraído esa clase de desproporciones. Antes del deslumbramiento por Javier, ni siquiera recordaba haberse fijado en hombres muy velludos ni en el tamaño del pene de nadie.

Hasta recordaba haber eludido mirar a ese tipo de hombres en las saunas de Valencia. Aunque un pene penduleante que alcanzara el medio muslo resultaba sumamente atractivo para los gays, a él le causaba algo de repulsión, y cuando se cruzaba con algún tipo muy velludo solía pensar que tal vez oliera mal.

Aunque veía a Javier desnudo con frecuencia, nunca había dado la casualidad de que tuviera una media erección al entrar o salir del baño, sólo había visto ese órgano completamente fláccido, de modo que Jenaro se preguntaba la dimensión que podría alcanzar al endurecerse un pene que era el mayor que jamás había imaginado que pudiera existir. ¿Crecería mucho al llenarse de sangre con una erección? ¿Conseguiría levantarse hasta la vertical algo tan enorme? Tamaña barbaridad, anchísima y desmesurada, ¿alcanzaría la dureza majestuosa y casi metálica que obtenía el suyo? Si fláccido parecía pasar de veinte centímetros, ¿se aproximaría a los cuarenta erguido? Había oído comentar a sus amigos de Valencia que los penes demasiado grandes no conseguían endurecerse del todo jamás. ¿Sería el de Javier uno de esos miembros medio inútiles?
Era la primera vez en su vida que se hacía esta clase de preguntas, puesto que, antes, lo único que percibía cuando alguien le interesaba era la magia que irradiase. Sus ojos, su boca, su sonrisa, su expresión corporal. Todavía no había sufrido la clase de enamoramiento enfermizo que observaba en mucho de sus conocidos, aunque sí había amado con algo de tibieza, amor que siempre era producto de la magia que derramase el otro. Javier emitía magia, un intenso poder de seducción de apariencia hechicera, pero era, al mismo tiempo, un prodigio de erotismo animal que desprendía ondas urentes que convulsionaban la entrepierna de Jenaro y excedían a cualquier ser humano que recordara haber contemplado. Sin duda tenía que ser el prodigio de una combinación tan infrecuente; el resultado fatal de alearse el oro con los rayos del sol. 

Soñaba con él y siempre tenía orgasmos. Aunque nunca hubiera dado importancia al tamaño de los penes, la dimensión alucinante del de Javier le obsesionaba; con frecuencia, lo imaginaba cárdeno y enhiesto, con el tamaño, la sinuosidad y los relieves venosos del brazo de un culturista, cuyo puño sería semejante al glande. Era un cilindro oscuro y punzante que le hacía sentir deseos que nunca había experimentado. En el frondoso bosque púbico de Javier, emergía primero –en sus sueños- como una anaconda que iba convirtiéndose en un obelisco oscuro y granítico que ansiaba que estuviese dentro de sí. Aunque nunca lo habían penetrado con algo ni remotamente tan grande, imaginaba de modo muy vivo el dolor y el éxtasis de tal intrusión, junto al calor del terciopelo de la piel de Javier contra la suya.

Con el paso, primero, de las semanas y, luego, de los meses, el descubrimiento de la personalidad de Javier multiplicó por ciento el embrujo y el atractivo para los ojos y el corazón de Jenaro.

Porque Javier, aparte de su pene increíble, poseía otras peculiaridades.

 

El primer atisbo lo tuvo Jenaro un viernes por la tarde, cuando sólo llevaba dos meses conviviendo con sus dos compañeros.

-¿No piensas salir? -preguntó Javier con la música de su acento, mientras se sobaba la bamboleante prominencia del calzoncillo con distraído abandono.

-Más tarde -respondió Jenaro, desperezándose en la cama e intentando disimular la mirada elusiva del  voluminoso bulto-. Hay un montaje off Broadway que necesito ver y después me han invitado a una fiesta en el Village. Por eso trato de echarme una siestecita.

-Siento perturbarte el sueño; es que espero que me llame mi madre.

El calzoncillo era corto y suelto, sin botones, de modo que no le cubría suficientemente. Por encima del elástico y bajo los perniles el vello se escapaba frondoso y perfumado, junto con un escroto demasiado voluminoso y pesado como para ser contenido por tan escueta prenda.

-¿Te ha dicho que va a llamarte? –preguntó Jenaro, mientras apretaba los muslos para ocultar su erección.

-No. Necesito hacerle un encargo, y estoy transmitiéndole mentalmente el mensaje de que me llame ella. Si la llamara yo, tendríamos cuentas de teléfono astronómicas.

Su expresión era la de alguien seguro de su lógica, como si estuviese hablando de acontecimientos vulgares y cotidianos. Jenaro sintió que sus pupilas se cerraban como si contemplase una luz cegadora. Muy abiertos, los ojos de Javier miraban infinitamente más allá de la pared que tenía enfrente. Sentado con abandono indiferente a pesar de la exaltadora inmovilidad de su cabeza, los testículos, como grandes madejas de hilo negro, y parte del glande, como una gran ciruela  cárdena, asomaban por el pernil izquierdo del blanquísimo calzoncillo.

-A ver, Javier. ¿Quieres decir que crees que puedes influir telepáticamente en tu madre y obligarla a llamarte?

-Naturalmente –respondió Javier con algo de jactancia y sin disminuir la alucinación de su mirada, mientras se ajustaba el pene para que no se rebelara del todo escapando del calzoncillo-. Lo hago casi todas las semanas.

Sin acabar de pronunciar esta frase, sonó el timbre del teléfono. Javier alzó el auricular al instante.

-¿Mami? -preguntó antes de haber tenido tiempo de escuchar ningún sonido al otro lado del hilo. Dio la impresión de que -al hablar con su madre- sus genitales se encogieran pudorosos.

Luego de sentir un escalofrío porque había inundado la habitación un hálito que olía a otro mundo, Jenaro asistió estupefacto al monólogo que siguió:

-Esta vez tardaste en llamarme más que otras veces, mami. Llevo desde esta mañana pidiendo que me llames... No, no puedo viajar a Ciudad de México por mi cumpleaños, mami... por eso necesitaba que me llamases... Haré una pequeña fiesta en casa. Mándame la receta de tu guacamole y tu enchilada, pues las de aquí apestan.

Cortada la comunicación, preguntó Jenaro:

-¿Lo consigues siempre que quieres o sólo de vez en cuando?

-Muy pocas veces falla. Cuando no le pongo toda la fuerza, porque tengo otra preocupación

Alrededor del rostro del mexicano relucía un nimbo de inocencia angelical que hacía brillar su cutis y chisporrotear sus pupilas. Vueltos a su tamaño natural, sus genitales asomaban, de nuevo, en su totalidad y orgullosos sobre el dibujo oscuro del vello del muslo izquierdo.

Lo contempló mientras se alejaba hacia su cuarto. Las proporciones de su espalda eran como las de un luchador de grecorromana y parecía ser la única parte de su cuerpo libre de vello. El trasero, prominente pero estrecho, hizo que Jenaro suspirase.

 

La víspera del cumpleaños, Jenaro se ofreció a ayudar a Javier con la esperanza de aumentar la camaradería. Los tres convecinos pasaron casi todo el día preparando platos mexicanos y canapés apátridas.

-Cuidado -le dijo el mexicano, de espaldas a la mesa donde Jenaro picaba finamente la cebolla, y sin volver la cabeza -. Ese cuchillo puede hacerte mucho daño.

Aparte del que estaba usando, había otros tres cuchillos sobre la mesa inestable en la que Jenaro trabajaba, arrimada a la cocina por la excepcionalidad de la ocasión. Uno de ellos, el más pesado, se hallaba muy cerca del borde. El actor vio que iba a caer al suelo, de modo que soltó el que empleaba con objeto de intentar detener la caída del otro, que podía herirle el pie. Al sujetarlo, se hizo un corte en la segunda falange del dedo corazón de la mano derecha. Gimió. Javier acudió presuroso.

-¿Ves? -le reprendió-. Lo había visto venir.

No podía haberlo visto; estaba de espaldas.

Mientras Javier le chupaba el dedo pudo desmayarse; a continuación lo envolvió con papel de cocina y le empujó hacia el cuarto de baño para curarle, en tanto que Jenaro estaba más asombrado que preocupado por la sangre, porque tenía en la memoria una imagen fotográfica del instante en que sujetara el cuchillo; cuando movía la mano para evitar la caída, había sentido una fuerza extraña que trataba de paralizar su mano.

Durante la fiesta, en la que casi todos eran mexicanos, Javier pasó mucho rato hablando con una muchacha semejante a una María Félix rejuvenecida. Jenaro asistió con desconsuelo a sus gestos de intimidad; la familiaridad con que él apoyaba la mano en el hombro de ella y el abandono con que ella se echaba contra Javier no podía significar más que una cosa. Creyó que el pantalón de Javier se había abultado con una erección, aunque con sus esfuerzos por desviar la mirada no podía constatarlo completamente. Pero la lógica le insuflaba la certeza de que la erección se había producido. Sintió una tormenta de celos que brotó en sus ojos.

El humor de Jenaro fue agriándose a lo largo de las cuatro horas que duró la celebración. Trataba de pensar en el texto que debía aprenderse para la próxima evaluación en el estudio teatral, con el propósito de rescatarse a sí mismo de los celos que se infiltraban en su corazón; también se esforzó por revisar su biografía, desde el grupo aficionado que había formado, seis años atrás, junto con otros doce muchachos vecinos suyos de la Malvarrosa. Cómo una aparición en un concurso de televisión le había valido para conseguir un pequeño papel en una comedia y cómo saltó a la miniserie que protagonizó, reclamado desde Madrid. Lo que al principio pareció un éxito fulgurante, se quedó en nada y, a los veinticinco años, se encontró desahuciado de la profesión. "Jenaro Senmenat es demasiado guapo para la farándula española -había escrito un crítico-; su tipo físico cuadraría más en Hollywood". Esta opinión fue la que le inspiró la idea de huir hacia adelante formándose en Nueva York, lo que le dotaría de las herramientas para convertirse en actor internacional, si la suerte le acompañaba.

El tipo físico de Irasema, la María Félix que se echaba sobre Javier, también podía permitirle triunfar en el cine. No lo podía evitar. Jenaro sufría un temporal en el alma; les miraba reprobadoramente a los dos sin apenas conseguir disimularlo, y se preguntó cuántas veces habrían follado.

Pocos segundos después de hacerse esta pregunta, notó que el mexicano retiraba la mirada de su acompañante y le clavaba los ojos con la intensidad de un disparo de revólver, como si quisiera decirle algo inaplazable. A continuación, se aproximó hacia él con la copa vacía, puesto que Jenaro se hallaba junto al mueble sobre el que estaban las bebidas. Mientras se preparaba un margarita, el mexicano dijo en un susurro:

-Jamás me he acostado con ella. Somos primos.

El asombro impidió que Jenaro saboreara su júbilo.

Durante los meses siguientes, Jenaro aprendió a adivinar cuándo iba a sonar el teléfono por una llamada de la madre de Javier. Éste se sentaba junto al aparato con la misma expresión espacial y telúrica; invariablemente, se producía la llamada poco después.

Ya no sentía el corazón de tanto que sangraba. Javier era insólito, irregular, desconcertante, y por todo ello fascinante. Jenaro lo amaba locamente, pero igual que se ama la belleza de una montaña nevada, consciente de que se trata de veneración por una majestuosa imposibilidad.

Se repitieron muchas veces sucesos parecidos al del cuchillo: Javier comentaba o hacía observaciones sobre cosas que ocurrían a sus espaldas y que no podía haber visto. Con frecuencia, le decía a Jenaro algo que parecía una respuesta o una aclaración de lo que el actor se había preguntado mentalmente. Eran tan cotidianos estos hechos, que Jenaro dejó de asombrarse, aunque nunca pudo acostumbrarse ni dejar de ponérsele carne de gallina a su pesar.

Pero un día, cuando ya llevaba ocho meses viviendo en el Bronx, ocurrió un prodigio.

Esa mañana, había fingido dormir cuando Javier salió del baño completamente desnudo. Notó que le miraba fijamente, como si intentara asegurarse de que estaba durmiendo. Esa mirada le había pesado toda la mañana en el ánimo, porque no paraba de preguntarse qué podía haber ocurrido si le devolvía la mirada a Javier y le hacía notar su erección. Las preguntas y su propia desazón acentuaron la impresión del prodigio.

Volvía en metro desde el sur de Manhattan, tras las charlas en el estudio. Eran las dos de la tarde. Javier debía de estar todavía en el edificio de la ONU, de donde salía a las cinco. De pie en el vagón, Jenaro observaba a un grupo de jóvenes hispanos, que armaban mucho escándalo y estaban incomodando a los demás pasajeros. Uno de ellos guardaba cierto parecido con Javier, detalle éste al que el actor se aferraría después para tratar de encontrar una explicación a lo que ocurrió a continuación; mientras le miraba, Jenaro sintió la necesidad indeclinable de volver atrás, al tiempo que resonaba en su mente una especie de salmodia antigua, un murmullo procedente de algún momento de la historia que nada tenía que ver con el presente. Cerró los ojos un momento y vio tras sus párpados una empinada escalera a cuyo pie brillaba la sangre de una inmolación reciente; la escalera estaba llena de gente semidesnuda que le esperaba a él. El clamor sonaba a cantos pero estaba seguro de que eran jaculatorias de respuesta a los salmos que gritaba desde lo alto de la pirámide un chamán adornado con gigantescos tocados de plumas de muchos colores, aunque su cuerpo estaba completamente desnudo. Tenía una bella serpiente viva enroscada en el pene y un enjoyado colgante pendía de sus testículos. En el pecho y el vientre brillaban dibujos encarnados que alguien debía haber trazado con la sangre que refulgía por todos lados. Se dio palmadas impacientes sobre los párpados apretados, intentando que la horrorosa visión se desvaneciera

En estado cercano al trance, se apeó en la siguiente estación, tomó un tren que circulaba en la dirección contraria y, sin saber por qué, se le ocurrió salir a la superficie en Times Square. Un resplandeciente Javier le sonreía desde arriba, junto al último peldaño de la salida del metro, emitiendo un vendaval magnético que hizo tiritar al actor. Le envolvió una salva de fuegos artificiales que recorrieron su piel entre escalofríos preorgásmicos. Sin poder evitarlo, miró con descaro la salvaje y rotunda prominencia del muslo del mexicano, que resultaba espléndidamente descomunal vista desde abajo.

-Menos mal que viniste -dijo Javier con naturalidad-. Compré una colección de veinte archivadores antiguos, que no puedo cargar solo.

-¿Qué quieres decir con eso de "menos mal que viniste"? Yo no acostumbro a venir a Times Square a estas horas.

-Ya lo sé. Llevo una hora tratando de transmitirte la idea de acudir aquí. Ya habías salido del estudio cuando te llamé.

A pesar del volumen de los cinco paquetes que cargaban, Jenaro sintió en su vientre la tibieza próxima del vientre de Javier durante todo el trayecto, hasta el Bronx. La carga les desequilibraba un poco a los dos y el traqueteo de los anticuados trenes del metro de Nueva York ocasionaba que se rozaran levemente, uno frente al otro, mientras Jenaro hacia tensos esfuerzos por echarse hacia atrás.

 

Los meses escasos que restaban para abandonar Nueva York, Jenaro intentó que un mensaje circulase en la dirección opuesta. Dado que él recibía con frecuencia creciente mensajes que Javier le transmitía, debía resultar igualmente fácil que el mexicano recibiera los suyos y comprendiera la pasión que le estrujaba el ánimo.

Pero no ocurría. El corazón y las entrañas de Jenaro se convulsionaban sin que llegara el consentimiento o una señal de asentimiento. Encima de las fulgurantes nubes perfumadas de viejos encantos, Javier seguía con su vida de siempre, con sus amistades de siempre y con su conducta de siempre hacia Jenaro, amable, atenta, pero sin el ansiado derribo de la muralla, sin ningún atisbo de complicidad al margen de los momentos en que parecía adueñarse de su voluntad.

No obstante, una semana antes de la fecha en que Jenaro debía marcharse a Madrid, le dijo:

-No puedes volver a España sin visitar México.

-Eso está fuera de mis posibilidades.

-No lo creo. Puedo arreglarlo para que el pasaje Nueva York-México-Madrid te cueste sólo unos dólares más y en México no necesitas gastar ni un peso. Dispones de la casa de mi madre y, como es natural, yo no permitiría que un invitado mío tuviera ningún gasto.

-¿Es una proposición, Javier?

-Claro que sí, mano. Un actor que va a ser famoso, como tú, tiene que conocer México, para pensar en el futuro. México es el mayor pueblo de lengua española del mundo. Seguro que puedes aprovechar una visita a mi país para hacer buenos contactos. Mi madre y yo te los facilitaremos

 

Lo primero que había conocido de México era la plaza del Zócalo; lo segundo, la plaza de Garibaldi y sus bares con mariachis, un lugar demasiado tópico, demasiado comercializado para agradarle.

Desde que bajara del avión, Jenaro no había podido pensar en otra cosa que en el abrazo con el que necesitaba envolver la exuberante anatomía de Javier. Ahora, bajo el pesado sombrero mexicano, tenía un sollozo en la garganta, porque Javier era el más amable y dulce de los anfitriones, pero, lejos de la camaradería que proporciona compartir un piso, resultaba de pronto distante, como si hubiera decidido someterse a las reglas de un país tan machista como el suyo o como si las piedras aztecas de la plaza del Zócalo se interpusieran entre los dos.

Trató de hacerse oír sobre las rancheras desafinadas:

-Javier, estoy cansado de esto. ¿No podemos ir a otro lugar?

-Sí, vamos, pero no a otro local, sino a casa. Mañana nos levantaremos temprano para ir a Teotihuacan.

Estaban sentados juntos en una especie de banco adosado a la pared; la rodilla de Jenaro ardía por la presión de la de Javier. Al ponerse éste de pie, Jenaro observó el abultamiento de una erección estratosférica y sintió los ojos del mexicano siguiendo la dirección de su mirada. El alucinante macho sonrió triunfante.

La casa del barrio de San Ángel era mucho más lujosa de lo que Jenaro había supuesto que era la situación mexicana de Javier. A mediodía, recién llegado del aeropuerto, la madre le enseñó la casa como la guía de un museo, mostrándole con orgullo la espléndida colección de flores que iluminaba el jardín, antes de precederle hacia la habitación que le había asignado, situada en una especie de torreón, demasiado lejos del que le había dicho que era el cuarto de Javier.

De regreso de la visita a la plaza de Garibaldi, la madre no se encontraba en casa, lo que alentó las expectativas de Jenaro. Algo tenía que ocurrir, tan frecuentes intuiciones no podían carecer de base. A pesar de que Javier no acortaba la distancia, era notable que se había apoderado conscientemente de su voluntad, que le complacía notar las miradas apreciativas hacia el abultamiento de sus genitales y que su interés porque visitara México era genuino. Detrás de todo ello tenía que existir alguna clase de sentimiento, aunque no correspondiera del todo la pasión demente que a Jenaro lo estaba volviendo loco.

Sin embargo, le deseó buenas noches y lo dejó solo en la lejanía del dormitorio del torreón, tras advertirle que iba a despertarlo a las seis y media de la mañana. Pero, en el momento de marcharse, Jenaro advirtió con júbilo que Javier volvía a tener una durísima e inocultable erección.

A pesar de los cuatro tequilas que había tomado, apenas durmió a causa del apremio de su propia virilidad.

 
A las seis y cuarto, entró en la ducha, dispuesto a borrarse las ojeras. No quería presentar mal aspecto cuando Javier acudiese a llamarlo. Llevaba mucho rato bajo el chorro de agua cuando el mexicano apartó la cortina:

-Vaya, mano, tienes piel de chamaca -dijo Javier, en cuyos ojos brillaba una apreciativa luz, mientras se sobaba descaradamente la entrepierna.

El actor notó que se humedecía los labios con la lengua, sin ningún disimulo, lo que hizo que el pene de Jenaro se irguiera de inmediato, macizo y recto como un asta de madera.

-Buenos días -saludó Jenaro, tratando de que no se le notara el desagrado por el comentario, pero forzando un poco las caderas hacia delante, como si tratase inconscientemente de magnificar su erección.

-Es la primera vez que te veo completamente desnudo –Javier contempló franca y largamente el endurecido pene de Jenaro, y sonrió-. Ahora comprendo por qué en el Bronx andabas siempre cubierto con la piyama. Te da vergüenza que vean un cuerpo tan delicado.

-No fotis, Javier. ¿Estás sugiriendo que mi cuerpo es feminoide?

-He dicho "delicado", no "feminoide".

-¿No es lo mismo?

-Claro que no. Tu cuerpo es de hombre, un hombre completamente masculino, bello y maravilloso, pero tu piel es como nácar... no este duro cuero de maleta barata que es la mía…

 Jenaro no encontró valor para decidir si había sido piropeado o no. De repente se sintió incapaz de contemplar la prominencia del pantalón de Javier, porque notó progresar por sus riñones las oleadas de un orgasmo que no estaba seguro de desear que ocurriera. El agua caliente corría por su pecho y rebotaba en su erección reforzando la sensación de que podía explotar inesperadamente. Se preguntó si le avergonzaría tener un orgasmo frente a Javier y se respondió que no; más bien, deseaba que ocurriera, que algo tan desusado sirviera para derrumbar lo que todavía se interponía entre los dos. Pero veintiséis años de prejuicioso condicionamiento llenaron su mente de contradicciones. La voz de Javier le hizo volver a la realidad:

-Termina rápido. Quiero que lleguemos a Teotihuacan antes de que el calor apriete.

 

La ciudad sagrada de los aztecas era una especie de Ciudad del Vaticano, pero mucho mayor. Recintos enormes circundados por gradas de piedra, canchas de pelota, pequeñas pirámides escalonadas, barrocamente adornadas con esculturas aztecas; viales monumentales, anchísimos, como la Roma de cartón piedra que Hollywood recreaba, sólo que esta Roma precolombina era real, palpable; pirámides inmensas que debían de haber requerido muchos más obreros que el total de habitantes que los guías turísticos decían que había tenido el lugar.

-Mira, Jenaro, quiero que subas a la pirámide de la Luna, mientras yo subo a aquella, que es la del Sol.

-¿Por qué?

-Ya lo verás.

El sol comenzaba a apretar. A la distancia, se veía el hongo amarillento de contaminación, como una explosión atómica, que pende sobre Ciudad de México. Jenaro alcanzó jadeante y sudoroso el pináculo de la pirámide de la Luna y vio que Javier estaba ya sobre la del Sol; aunque no podía reconocerlo a tanta distancia, era inconfundible su silueta contundente, que parecía la de un ser de otro mundo, una especie de poderoso dios nórdico. Estaba con los brazos en jarras, vuelto de cara hacia él.

Jenaro le imitó. También puso los brazos en jarras.

En ese instante, le envolvió una oleada magnética que convirtió sus vellos y su pelo en electrificados alambres enhiestos y multiplicó por ciento la intensidad de sus sentidos táctiles. Un chisporroteo de luces recorrió su piel de los pies a la cabeza, endureciendo sus pezones casi dolorosamente, mientras el aire se convertía en perfumados pétalos de nardos y jazmines. Volvió por un segundo la visión que había tenido cuando decidiera en el metro de Nueva York regresar hacia Times Square, la procesión multitudinaria de seres antiguos que recorrían desnudos una escalera ensangrentada. Escuchaba sus invocaciones y las entendía, a pesar de no comprender las palabras. Las huellas de sangre se volvieron corpóreas convirtiéndose a continuación en una serpiente gigantesca que avanzó hacia él, pero consideró que no le amenazaba. La serpiente colorada cruzó impetuosa a través de su vientre, pero no le produjo dolor, sino éxtasis. Notó que levitaba al tiempo que la pirámide de la Luna se volvía de cristal inmaterial y el poderoso animal lo traspasaba una y otra vez suspendiéndolo en el aire, derramando en su interior aliento volcánico, mientras una lluvia de estrellas caía contra su pecho, incendiándolo para hacerlo renacer convertido en una nube atravesada por un rayo. Era una especie de torbellino formado por los más intensos placeres descritos en los libros. Su cuerpo se dividió por la mitad al tiempo que el poderoso huésped que hurgaba sus entrañas se alzaba en medio de una nebulosa de estrellas lejanas, lanzándolo hacia un infinito poblado de galaxias tormentosas. Tuvo el más arrebatador orgasmo que sintiera jamás. Larguísimos minutos. Oleadas de temblores que subían por sus muslos como un mar embravecido, estrujaban su cintura, golpeaban su pecho y agitaban sus brazos y cuello. Estremecido, abrió los ojos y habían desaparecido las dos pirámides y todo Teotihuacan. Sólo quedaban Javier y él, suspendidos en un vacío donde no había nada más.

No debía volver a España. Eran dos seres a punto de fundirse en uno para siempre. Juntos, serían amantes legendarios. Tenía que  permanecer a su lado. No, en Nueva York, no; en México. Javier iba a dejar su puesto de Naciones Unidas, que sólo había sido un peldaño en la preparación de su carrera política.

"No, no pienso casarme para satisfacer los severos prejuicios machistas de la vida política mexicana. Sí, efectivamente, si no pienso casarme es porque no me interesa ninguna mujer. Antes de conocerte, tenía dudas. Ahora no. Tú eres la única persona que yo puedo amar. No quería que lo supieras antes de que yo mismo estuviese seguro, mano. Adoro tu ingenio, adoro cómo te organizas, adoro tu piel de seda clara, me enloquecen tu voz y tu aliento de naranjas mediterráneas. Te adoro, Jenaro, y sé que tú también me adoras. No puedes volver a España. Mi madre lo sabe, hablamos mucho mientras viajaba en el avión, ¿no te diste cuenta de que estuve callado más de una hora? Está de acuerdo. Ella sólo quiere que yo sea feliz. No te detendré si decides continuar viaje a Madrid, pero en esto sí me sale el macho mexicano: Querré partirte el corazón de un navajazo si no aceptas vivir conmigo el resto de tu vida"

 

Durante la fiesta organizada para celebrar el centésimo capítulo de la telenovela que Jenaro protagonizaba para Televisa, sonó un mensaje por la megafonía del local: "El senador Javier Robledo se excusa por no haber acudido a la fiesta. Lo hará a última hora, cuando acabe la sesión que preside en el parlamento".

lunes, 21 de abril de 2014

QUERIDO PAPÁ

CUENTOS DEL AMOR VIRIL

QUERIDO PAPA

Joaquín era el menor de los hermanos y el único varón. Sus dos hermanas eran mucho mayores; Maruja, quince años más que él y Carmela, doce; por lo visto, sus padres habían dejado pasar demasiado tiempo para engendrar a Joaquín. Por comentarios sueltos oídos principalmente a otros familiares, el muchacho sabía que sus padres habían dado por completada la familia con el nacimiento de sus dos hermanas, y que él solamente había sido un accidente… pero un accidente que, según los mismos comentarios, su padre había anhelado afanosamente, puesto que siempre había comentado su deseo de tener un hijo varón.

Afortunadamente, los padres se habían casado tan jóvenes que, ahora, cuando Joaquín iba a celebrar su catorce cumpleaños, su madre contaba sólo cuarenta y nueve años y su padre, cincuenta, con la ventaja de que trabajaba de estibador en el puerto, lo que le había dotado de una forma física excepcional. Si no se le miraba a la cara, poseía la energía y la figura de un hombre que no hubiera cumplido los treinta. Y la vitalidad exuberante de un atleta. Si no se observaba demasiado fijamente sus rasgos faciales ni sus maduras y serias expresiones, resultaba tan atractivo que las mujeres jóvenes del bario le lanzaban toda clase de indirectas para intentar seducirlo.

De tanto desear un hijo varón, su padre, Paco, había prodigado a Joaquín toda la vida un cariño total, rendido, tan entregado y entusiasta, que todos los familiares hablaban con gran ternura de la relación padre-hijo. Joaquín parecía a veces un apéndice de su padre, tan pegado a él iba constantemente. Sentía tanta devoción por su hijo, que Paco se hacía acompañar por él siempre que tenía que salir sin su mujer por citas con sus compañeros de trabajo, encuentros con sus amigos de la niñez o por cualquier otra causa. El niño había sido exhibido, alabado y celebrado desde que, todavía bebé, Paco lo llevara en brazos y había crecido sin imaginar que el suyo fuera un caso insólito, porque ni los comentarios ni sus propias observaciones le inspiraba n preguntas. Ir con su padre a todas partes, hasta a la consulta del traumatólogo una vez que el estibador padeció un esguince, era tan inevitable, que otra cosa le habría desconcertado. La intimidad entre el estibador y su hijo incluía el constante y desinhibido contacto físico. Joaquín acostumbraba desde niño echarse encima de su padre, alborotar el vello de sus pectorales, palpar entre chistes y comentarios de asombro sus abultados músculos del pecho, brazos, cintura y piernas, siempre con ingenua e infantil curiosidad, y escalar una y otra vez su cuerpo, tanto en la cama como en el sofá, costumbre que se mantenía cuando ya estaba a punto de ingresar en la adolescencia según el calendario.

Su madre y sus hermanas, junto con su abuela materna y dos primas, preparaban la celebración, una cena a la que asistirían veinticinco familiares más. De las cadenetas de papel y globos colgados por toda la casa, se encargó el padre. Después del almuerzo, como había pedido permiso en el puerto por el cumpleaños de su hijo, Paco miraba la televisión arrellanado en el sofá. Joaquín hizo lo que solía, se echó encima de su padre, lo palpó por todas partes, estrujó lenta y admirativamente sus bíceps como siempre, pellizcó sus pezones estrujando embobado cada pectoral, recorrió con los dedos extendidos uno a uno los relieves abdominales, palpó en los muslos los perfilados cuadriceps y abductores, inclusive hasta las ingles y el perineo, si advertir que su padre se encogía levemente cuando su mano hurgaba en tales rincones, y le dio varios abrazos y muchos besos en las mejillas y el cuello, y finalmente se acomodó sobre su regazo para mirar la televisión.

Daban un documental sobre el origen del universo. Joaquín lo contemplaba y escuchaba absorto, sin moverse del regazo de Paco. De repente, sin ninguna explicación y sin ocurrir nada que Joaquín pudiera comprender, fue alzado por los fuertes brazos del padre de una manera muy brusca, para depositarlo en el otro extremo del sofá mientras el padre se retiraba como si Joaquín pudiera quemarle.

Esa noche, durante la festiva cena familiar, Joaquín fue autorizado a tomar un sorbo de vino; mientras le servía una pequeña porción en el vaso,  Joaquín notó la expresión adusta de su padre, pero no llegó a preguntarse el porqué. Siguieron la tarta, las canciones y las felicitaciones. Joaquín durmió tan profundamente como solía y sólo al despertar por la mañana pensó en esa expresión y en la brusquedad con que su padre lo había apartado mientras miraban la televisión. Se preguntó qué podía haber ocurrido que justificara un comportamiento tan raro.

Pero la alarma y la inquietud sólo comenzaron dos o tres semanas más tarde. Su padre se había vuelto elusivo y esquivo. Más de dos semanas sin palparlo entre admiraciones, chistes y risas. Demasiados días consecutivos sin las caricias ni los mimos de su padre. Paco lo eludía, sin gestos ostensibles pero con energía, ostentando siempre ante Joaquín una expresión severa con la mirada desviada. El cambio de su actitud era tan clamoroso, que Joaquín comenzó a sentirse culpable aunque no imaginaba de qué. Tampoco sabía que la añoranza de la camaradería, las caricias y los besos eran lo que le producían la ansiedad permanente que no conseguía explicarse, una ansiedad que le producía perplejidad sobre todo, que destacaba más que la tristeza. Habían terminado la intimidad cómplice, las salidas a dúo y, desde luego, los achuchones y exploraciones del cuerpo de su padre, porque algo lo frenaba aunque Paco no dijera nada ni mostrase expresiones recriminadoras. Ni siquiera estaba seguro Joaquín de haber detectado alguna vez cualquier palabra de rechazo, pero intuía que no sería autorizado nunca más a realizar tales exploraciones físicas. Joaquín no se hacía preguntas, sólo se angustiaba.

Esa angustia creció con el tiempo, junto con una melancolía alimentada por diferentes sucesos. La siguientes vacaciones escolares de verano, viajó con toda la clase por varias ciudades cercanas, en lo que pareció una lección adicional de arte e historia. Al regreso, besó y abrazó a sus hermanas y su madre, pero cuando se acercó a su padre, notó por su rigidez y su porte que no debía abrazarlo ni besarlo.

Lo mismo había ocurrido un par de veces al año.

Fueron tiempos de desánimo y, sobre todo, desconcierto. El abismo que se había abierto era tan profundo, que Joaquín ni siquiera tuvo nunca el valor de preguntar a su madre o hermanas.

Lo que sí se preguntaba interiormente era qué sentiría su padre por él. ¿Lo seguiría queriendo a pesar del incomprensible despego? ¿Y qué sentía él por su padre ahora, todavía lo quería tanto como antaño?

Sobre todas las demás sensaciones, prevalecía el desconcierto.

Los siguientes cinco años, su padre fue convirtiéndose mes a mes en un extraño con quien ni siquiera cruzaba gestos cordiales, además de haberse terminado las caricias. De haber sido un niño dicharachero, juguetón y algo chistoso, Joaquín se convirtió en un joven poco comunicativo y triste. A veces, miraba a sus compañeros de instituto abrazar y besar a sus padres cuando lo acompañaban hasta la puerta del colegio, y se moría no sólo de nostalgia, sino de envidia, por lo que con el paso inexorable del tiempo crecía su incomprensible sentimiento de culpa, en vez de atenuarse.

Vivió toda la adolescencia con un progresivo dolor de soledad y rechazo, lo que iba dotándolo de un carácter elusivo e introvertido. Nada había cambiado en la afectuosidad de su familia, su madre lo festejaba tanto como siempre y sus hermanas continuaban tratándolo como el más preciado juguete, que era lo que había sido para ellas de bebé, pero su padre se había convertido en un desconocido y distante tabú desde el día de su catorce cumpleaños.

Hurgar en sus propios sentimientos hacia su padre se convirtió en una pregunta perpetua, por irresuelta. Pregunta que llegó a ser casi una obsesión que le impedía ser espontáneo y cordial. Sabía que sus compañeros de colegio y los vecinos lo consideraban huraño, pero no conseguía hacer nada por remediarlo. Deseaba ser popular, extrovertido y amigable, pero la coraza que lo aislaba iba reforzándose.

Para colmo, la madre, que sólo contaba cincuenta y cuatro años, recibió una noticia espantosa; padecía cáncer. Siempre había sido una mujer enérgica y muy optimista, incapaz de quejarse ni de un simple dolor de cabeza; por lo tanto, nadie intuyó nunca que le estuviera minando un mal tan terrible. Como el descubrimiento fue tardío, resultó que sufría metástasis y se convirtió en objetivo preferente de las preocupaciones de sus tres hijos y su marido.

Durante más de trece meses, Joaquín asistió al desplome de su madre y la decadencia física de su padre. Él tenía cincuenta y seis años, que ahora ya los representaba. Joaquín no podía palpar su cuerpo como antaño, para comprobar si había perdido la musculatura o los impresionantes miembros fibrosos que presentaba a los cincuenta, pero cada día lo notaba más delgado.

Los meses habían transcurrido lentos pero fugaces; parecía que no pasaran las horas, pero el cáncer había ido tomando posesión de aquel cuerpo con enojosa rapidez, y al final, también parecía que amenazara a su marido, por la transformación que había sufrido. Sus mejillas se hundieron, pero Joaquín advirtió que no habían desaparecido del todo el empaque, la anchura de sus espaldas y hombros, la humilde altivez ni el atractivo por el que tantas vecinas lo tentaban.

Él llevaba casi dos meses durmiendo en el hospital al lado de la cama de su mujer, y cuando se aproximaba el desenlace, Joaquín consideró que debía permanecer en el hospital. Los últimos nueve días, durmió también en la habitación de su madre, pero acurrucado muy incómodo en un sillón, al otro lado de la cama y sin acercarse siquiera a su padre, porque además de angustiarle lo macilento que se estaba volviendo, le daba miedo exponerse a que lo rechazara. En el fondo de su subconsciente, parecía claro que debía tener un defecto espantoso que disgustaba a su padre, pero la idea le dolía tanto, que si siquiera se preguntaba cuáles taras espantosas y despreciables podía padecer. Insistía en preguntarse si él continuaba queriéndolo tanto, pero desde su mayoría de edad esa pregunta se había convertido en un tabú en sí misma. Ya no era un niño necesitado de protección, sino un hombre que debía disponerse a encarar la vida. ¿Por qué se sentía tan desvalido, por qué no podía recuperar al joven optimista que empezó a ser y se había truncado? ¿Por qué envidiaba tanto a sus compañeros de clase que contaban con innegable fastidio que habían tenido que ir al fútbol con sus padres?

El cortejo fúnebre llevó a las dos hermanas inmediatamente tras el féretro y, tras ellas, al padre y el hijo. Joaquín no se concedió en ningún momento echar el brazo sobre los hombros de su padre y este tampoco lo hizo. No se agarraron del brazo ni se dieron la mano. En todo el trayecto, el hijo forzó dolorosamente el cuello para no mirar a su padre, por miedo a toparse con el desdén.

Tras el entierro, los numerosos familiares los acompañaron pero los dejaron a los cuatro a solas con su duelo, en su casa. Mientras entraban, Joaquín observó disimuladamente a su padre, sin decidirse a mirarlo francamente. No pudo certificarlo, pero se convenció de que tenía los ojos hinchados; denotando que había advertido la contemplación de su hijo, Paco giró un poco la cabeza como para eludir la mirada. El muro de silencio levantado durante seis años se había vuelto hielo.

Al anochecer, los cuñados llegaron en busca de sus esposas. Entraron a solas, seguramente habían dejado a los niños en el coche para que no alborotasen. A los pocos minutos, Joaquín contempló con miedo alarmado que sus hermanas y cuñados se marchaban dejándolo a solas con su padre.

Pasaron un par de horas, cada uno sumergido en sus cavilaciones. Joaquín notó en varias ocasiones un estremecimiento de los hombros de su padre, pero ni siquiera el temor a que estuviera reprimiendo un sollozo lo animó a contemplarlo con franqueza ni a consolarlo.

El tiempo trascurrido desde su catorce cumpleaños pasó morosamente por la mente de Joaquín, a quien la cercanía prohibida de su padre le dolía más en esos momentos que la desaparición de su madre. No había sido un estudiante brillante, sobre todo a causa del poso de melancolía, pero tampoco había dado lugar a que su familia se preocupase mucho por su causa. A los quince, había comenzado a cumplir con sus obligaciones de adolescente, alborotando con sus vecinos y compañeros, intentando aficionarse a la amarga cerveza y simulando enamoramientos que no se creía capaz de sentir puesto que algo en él era tan erróneo y despreciable.

La adolescencia había pasado con más pena que gloria. Ahora era un joven de veinte años nada optimista ni dicharachero, introvertido, triste y convencido de tener poco que esperar de la vida, pues ni siquiera se sentía merecedor de ser amado.

Como si le pesara en los hombros uno de los bultos que cargaba en el puerto, Paco se alzó en silencio; se dirigió a la cocina, a disponer la cena. Su hija mayor había dejado preparada una tortilla de papas muy grande y una ensaladilla de pimientos asados con anchoas. Fue armando la mesa ruidosamente; parecía desear que Joaquín se sentara a cenar sin tener que avisarle.

En efecto, el hijo presintió que no iba a escuchar palabras de su padre dirigidas a él, ni siquiera el aviso para comer. No se ofreció a ayudar, porque intuía que también su ayuda sería rechazada; cuando vio que todo estaba listo, se levantó. Paco había retirado la silla donde su mujer se había sentado siempre, frente a él, y las dos correspondientes a sus hijas; sólo quedaban las sillas donde padre e hijos acostumbraban a sentarse. Joaquín intentó mover la suya para colocarla frente a su padre, pero advirtió una enérgica admonición en la expresión esquinada de Paco, y dejó las cosas tal como estaban.    

La cena transcurrió en un pesaroso silencio. Al terminar, Joaquín desmontó el servicio y llevó los platos a la cocina, donde los lavó muy despacio porque temía lo que pudiera venir a continuación.

Al volver al comedor, vio con alivio que Paco se había retirado. Por supuesto, se había dirigido en silencio al dormitorio conyugal.

Mientras Joaquín se lavaba los dientes y se desnudaba, nada le llamó la atención, pero fue a orinar y entonces lo oyó. Al pasar de nuevo ante la puerta del cuarto, escuchó el sollozo. Se paró en seco, con toda su atención puesta en cualquier sonido procedente de la habitación. Aunque ya no lo hacía, estaba convencido de que había oído a su padre llorar. Hubiera lo que hubiese entre ellos, no podía ignorar su desconsuelo.

Empuñó vacilante el pomo de la puerta y entró tratando de que sus pasos fueran tan leves que no sonasen. Paco debía de haber notado la intromisión, porque estaba girándose bajo la sábana. Joaquín se paró cerca de la cama, indeciso pero alerta. ¿Qué debía hacer, si es que debía hacer algo?

Tras unos minutos tensos de silencio completo, notó una leve convulsión en la espalda de su padre. Volvía a sollozar, pero reprimía su voz.

Armado de una resolución inesperada, Joaquín se acostó junto a él y le echó el brazo por encima. Notó la rigidez del cuerpo amado de su padre. Tanto esfuerzo de represión debía de dolerle.

Pasaron los minutos. Ambos sabían que cada uno estaba muy pendiente de lo que el otro hiciera, pero se mantuvieron inmóviles y en silencio. Joaquín sentía bajo su brazo la regular y rítmica respiración de atleta enflaquecido, pero a los pocos instantes notó que se producía un suspiro, también ensordecido por la tenaz voluntad de no emitir sonidos.

Sin poder evitarlo, Joaquín acercó la cara al cuello de su padre, lo besó y murmuró:

-Tranquilo papá, me tienes a mí.

Con igual brusquedad que el día de su catorce cumpleaños, Paco se apartó zafándose del abrazo, echó los pies al suelo y quedó sentado en el borde de la cama.

-¿Qué pasa, papá, por qué te portas así? –Joaquín creyó cometer un sacrilegio al emitir por fin la pregunta que le dolía en el pecho hacía seis años.

No hubo respuesta.

Acostado de lado, Joaquín contempló su espalda sin imaginar qué debía o podía hacer o decir. Como un andrajoso y fúnebre cortejo, pasaron por su mente las preguntas sin respuesta, las dudas, las nostalgias y las tristezas de toda su adolescencia. Algo dentro de él se rebeló; su padre le debía una explicación. Pero vio con claridad que no podía evitar conmoverse por los sollozos silentes. Primero estuvo a punto de alzar el brazo y obligarlo a volverse hacia él para hablarle por fin. Pero sintió miedo de nuevo y sin poder ni querer contenerse, se echó a llorar.

Transcurrieron varios minutos, que no mitigaron el llanto, sino que fue recrudeciéndose, hasta llorar ruidosamente.

Cinco minutos más tarde, Paco volvió la cabeza hacia su hijo. El llanto incontenible de Joaquín había humedecido sus mejillas y las lágrimas no cesaban. Inesperadamente, se acostó al lado de su hijo, le echó el brazo sobre el pecho y lo besó.

El llanto cesó de inmediato. El alborozo de Joaquín era tan intenso, que no pudo disimularlo. Devolvió a su padre el beso y para que no retirase el brazo ni se apartara, se mantuvo en silencio. De perfil boca arriba, notaba los ojos de su padre como alfileres clavados en sus mejillas; lo observaba  como si pretendiera adivinar sus pensamientos. Pasaron lentos los minutos, Paco con su mirada insondable y Joaquín con una mezcla incomprensible de miedo y alegría.

-Nunca dudes que daría la vida por ti –dijo Paco por fin, con voz gutural.

-Gracias papá –murmuró Joaquín tras una corta vacilación.

Armado de valor, se giró hacia su padre y correspondió el abrazo. Notó en seguida la tensión del cuerpo de Paco, pero no rechazó el abrazo ni Joaquín lo interrumpió esperando que la tensión se aflojara. Permanecieron sin moverse apenas, salvo para respirar, lo menos veinte minutos. Algo luminoso ocurría en la mente de Joaquín; en cascada, morían sus temores y vacilaciones, y recuperaba la intrepidez de la niñez.

-Papá, llevo seis años sufriendo horrores, convencido de que me odias.

-Tú no estás bien de la cabeza.

-Pues eso es lo que ha parecido todo este tiempo. Recuerdo con claridad que fue el día que cumplí los catorce cuando me rechazaste de pronto. Ni te imaginas lo mal que he venido pasándolo; me considero un inútil total y creo que soy incapaz de ser amado por nadie. Desde que perdí tu amor, nunca hubo amor para mí.

-Nunca perdiste mi amor.

-Ah, ¿no? Entonces, ¿por qué has hecho que sea tan infeliz?

-¿Eres infeliz?

-En este momento, no. Pero no veo ninguna garantía de que no vayas a volver a rechazarme mañana.

-¿Rechazarte? ¿Crees que te rechazo?

-Eso parece.

-Tú eres lo que más quiero en el mundo, Joaquín. No digas tonterías.

-¿Entonces, por qué hiciste aquello?

-¿El qué?

-El día que cumplí catorce años, mientras mamá y mis hermanas preparaban la fiesta, me echaste violentamente de tu lado.

Los ojos de Paco se dilataron un poco por el asombro. Calló un momento, cavilando, pero pareció armarse de valor y preguntó:

-¿No te diste cuenta de lo que pasaba?

-No, papá. ¿Qué pasaba?

-¿Nunca te diste cuenta?

Joaquín realizó un afanoso esfuerzo de memoria; no conseguía aprehender nada extraordinario.

-¿De qué tenía que haberme dado cuenta, papá?

Paco suspiró. Tras apretar los labios con un rictus cercano al llanto, dijo:

-Tenías costumbres que, conforme crecías, fueron volviéndose cada día más inconvenientes. Me palpabas todo el cuerpo, por todas partes, con enorme despreocupación, y tocabas resortes sensibles que ahora ya debes de saber que los hombres tenemos, y palpándote, quizás cuando te haces pajas, podrás recordar que también me los tocabas a mí muy detenidamente. No recuerdo cuándo comenzó el problema, pero ya llevaba años ocurriendo cuando cumpliste los catorce. No podía evitar empalmarme cuando caías sobre mí como una apisonadora y me acariciabas los bíceps, los abdominales y los muslos hasta la entrepierna.

-¿Te empalmabas?

Joaquín intentaba desesperadamente evocar si alguna vez lo había notado. Debía de haber sentido la dureza del pene, puesto que siempre estaba encima de su regazo, pero seguramente lo habría visto como algo corriente y usual.

-Sí me empalmaba, Joaquín; nunca he sentido eso por un hombre ni se me había pasado por la imaginación. Empalmarme contigo encima llegó a producirme graves sentimientos de culpa… y aquel día, el de tu cumpleaños, estaba a punto de correrme a pesar de cuanto me reprimía.

-Entonces… ¿yo no había hecho nada malo?

-¡Qué va! El que hacía algo malo era yo. Pero mira, dices que lo has pasado mal desde entonces… pues no veas cómo lo he pasado yo. He sido egoísta no dándome cuenta de que sufrías; de saberlo, hubiera hecho lo que fuera por evitarlo. Lo siento.

Joaquín estaba exultante. Un remordimiento le recriminó que se sintiera tan alegre el día del entierro de su madre. En vez de entristecerse, rezó interiormente “Mamá, estés donde estés, nunca separes a mi querido papá de mi lado”. Se pegó fuertemente al cuerpo enflaquecido, lo envolvió entre sus brazos y besó su frente, sus mejillas y, armándose de valor, besó también sus labios. Un beso casto y cauteloso que selló el pacto perpetuo entre padre e hijo.