sábado, 11 de enero de 2014

gilles de rais

TERRIBLE, PERO REAL, RELATO HISTÓRICO.

gilles de rais el soldado satanico de juana de arco


Quiero presentaros al que probablemente sea mi asesino en serie favorito, digo asesino en serie por designarle un título, pero sinceramente Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais, es posible que haya sido uno de los peores y más REPUGNANTES males de la historia, con el agravante de que sea gabacho.

Antes de comenzar deciros que, dada la poca cobertura informativa de la época, nos tenemos que fiar de los documentos históricos de la época o ensayos de investigación y divulgación más actuales. Voy a citar uno que ha llamado enormemente mi atención: "Gilles de Rais" de Aleister Crowley. Una vez aclarado esto, os disecciono de manera muy subjetiva a este singular personaje.

Gilles de Montmorency-Laval, nació en el 1404, a las orillas del Loira, región de la espectacular Bretaña francesa. Fue criado como cualquier noble de la época, salvando que había nacido bajo el signo de Marte y la guerra fue su vida, conoció a Juana de Arco, Doncella de Orleáns, y combatió a los ingleses e hizo grande a Francia, propiciando la ascensión del Delfin Carlos VII; estaba enamorado de Juana y mataba por ella. Resaltar que tanto Gilles como Juana, se sospecha que eran esquizofrénicos, cosa que le da un gusto singular a este potaje. Pero ya es suficiente de contexto histórico, que para eso está la Wikipedia. Ahora abramos las puertas de los infiernos.
Tras la ejecución de su amada, Gilles se abandonó a una vida de hedonismo y cultura, tocando temas que lo encauzarían a la vía del descenso. Alquimia y ocultismo ocupaban todo su tiempo, no tardando en abrazar el satanismo; haciéndose incluso rodear por un nutrido grupo de extraños personajes que lo guiaban por este atractivo camino.

Esta nueva vida provocó que Gilles dilapidara rápidamente buena parte de la fortuna de su familia, la cual era considerada la más rica de Francia. La proximidad de su ruina y su obsesión por la alquimia propiciaron que Gilles iniciara la búsqueda de la legendaria piedra filosofal (una sustancia que según la alquimia tendría propiedades extraordinarias, como la capacidad de transmutar los metales vulgares en oro). Para ello requirió la ayuda de los expertos alquimistas de la época. Dado que los Círculos Herméticos (lugar de reunión y estudio de los alquimistas) tenían su sede en París, y que él no tenía pensado dejar su residencia por miedo a ser capturado por los ingleses, Gilles hizo llamar a los mejores transmutadores instalándolos en su residencia, el Castillo de Tiffauges, con todas las comodidades.

Tras una infructuosa búsqueda y alguna experiencia que casi aleja a De Rais del camino, llegó de Italia François Prélati, un embaucador que acabaría encandilando a nuestro buen Gilles, llegando incluso a convertirse en amantes.

La piedra filosofal no aparecía, las arcas del noble se continuaban extinguiendo, así que el grupo de ocultistas dio un consejo al crédulo místico que cambiaría el curso de la historia, le aseveraron que para conseguir la piedra filosofal necesitaría ayuda ultraterrena, y para “comprar” esa ayuda era necesario un pago de sangre. Como Gilles de Rais no estaba dispuesto a enajenar su vida a cambio, se le exigió un pago con crímenes.

Aquí queridos lectores comienza la espiral. Tras una temporada en la que Gilles de Rais y sus secuaces se abandonaros a las más excelsas orgías de comida y bebida, comienza el destejido de humanidad de estos seres.

“No había mujeres en el castillo; Gilles las rechazaba. Pero perseguía a los monaguillos de su capilla, que había escogido más allá de sus tierras, a los pequeños bellos como ángeles”. Fueron los únicos a quienes amó, los únicos a quienes perdonó en sus días de asesino. Según sus declaraciones, se limitaba a beber el semen de los monaguillos, a frotar su miembro contra el vientre de los niños y eyacular sobre ellos. Pero pronto se cansó de ello; necesitaba derramar sangre para satisfacerse. La primera víctima de Gilles fue un niño pequeño cuyo nombre se ignora. Le degolló, le cortó las manos, le arrancó el corazón, le sacó los ojos y lo llevó a la habitación de Prélati. Ambos lo ofrecieron al diablo con apasionadas letanías. Pero el diablo se quedó callado. Gilles, exasperado, huyó. Según confesaría tiempo después en el juicio de Gilles de Rais, Prélati envolvió los restos en una sábana y, temblando, fue por la noche a inhumarlos en tierra santa, junto a una capilla dedicada a San Vicente. Conservó la sangre, con la cual Gilles de Rais escribía sus fórmulas de invocación y sus libros de conjuros. Entre 1432 a 1440, es decir, durante los ocho años comprendidos entre el retiro militar del Mariscal y su muerte, los habitantes de Anjou, Poitou y Bretaña, erraron sollozando por los caminos. Todos los niños desaparecían. Los pequeños pastores eran raptados en los campos; las niñas que salían de la escuela, los muchachos que iban a jugar por las callejuelas o en los linderos de los bosques no regresaban. En el curso de una investigación que ordenó el duque de Bretaña, los escribas redactaron interminables listas de niños desaparecidos. Fueron centenares de nombres. Narraban además el dolor de las madres que interrogan a los viandantes en los caminos, los lamentos de las familias. Estas frases se repitieron una y otra vez. En todas partes donde se establecieron los osarios de Gilles, las mujeres lloraban. Al principio, el pueblo, asustado, lo atribuyó a las hadas malignas; a los genios maléficos que dispersan la prole, pero poco a poco, les asaltaron las sospechas. En cuanto el Mariscal se desplazaba, cuando iba de su fortaleza de Tiffauges al castillo de Champtocé, y de allí al castillo de la Suze o a Nantes, dejaba tras sus pasos estelas de desapariciones. Atravesaba un campo y al día siguiente faltaban niños. Con temor, los campesinos observaron también que por todas partes por donde pasaban Prélati, Roger de Bricqueville, Gilles de Sillé, todos los íntimos del mariscal, los niños desaparecían. Finalmente se dieron cuenta con horror de que una anciana, Perrine Martin, vestida de gris y con el rostro cubierto, rondaba por allí; se acercaba a los niños, que la seguían hasta el lindero del bosque, donde unos hombres los amordazaban y se los llevaban en sacos. Y el pueblo, espantado, llamó a aquella proveedora de carne “La Meffraye”, nombre de un ave de presa.

Gilles de Rais sólo secuestraba niños. Todos tenían entre siete y catorce años. Sus enviados explicaban que el gran barón, el héroe que había liberado Francia peleando junto a una Santa, iba a enviarlos al extranjero para que recibieran una educación adecuada. Si los padres no estaban presentes, los cómplices se limitaban a secuestrar a los niños mientras jugaban en las calles. Aparte de las víctimas que le conseguían sus ayudantes, se instalaba en las ventanas del castillo y cuando los mendigos jóvenes, atraídos por la fama de su generosidad, acudían a pedir limosna, los escogía con la mirada, hacía subir a aquellos que le gustaban y los arrojaba a una mazmorra. Al anochecer, cuando sus sentidos estaban excitados, Gilles de Rais y sus amigos se retiraban a una habitación apartada del castillo. Allí llevaban a los niños encerrados en los sótanos. Los desnudaban y los amordazaban; el Mariscal también se desnudaba; luego los violaba, cortándoles después con la daga, complaciéndose en desmembrarlos vivos poco a poco. Otras veces les abría el pecho con su daga y bebía el aliento de sus pulmones; les rasgaba también el vientre y lo olfateaba, agrandando con sus manos la herida, y se sentaba dentro. Entonces, mientras se frotaba con los excrementos escapados de los intestinos de los niños, se volvía un poco y miraba por encima del hombro, para contemplar las convulsiones, los últimos espasmos. Él mismo declararía: “Me sentía más contento gozando con las torturas, las lágrimas, el espanto y la sangre, que con cualquier otro placer”. Después se cansó de los deleites fecales. Un pasaje del proceso informa que “dicho señor se excitaba con muchachos, algunas veces con chiquillas, con las que cohabitaba abriéndoles un agujero en el vientre y aseguraba que le causaba más placer y menos trabajo que por la vía natural”. Después de lo cual les serraba lentamente la garganta para penetrarlos por las abiertas heridas del cuello, empapándose de sangre y eyaculando allí. A un niño llegó a vaciarle los ojos y romperle parte del hueso para después, mientras su víctima daba alaridos de dolor, penetrarlo por las cuencas vacías y sangrantes. Luego colocaba el cadáver, las sábanas, las ropas, en el brasero del hogar de la chimenea, lleno de madera y hojas secas, y arrojaba las cenizas a las letrinas, al viento desde lo alto de una torre, y a los fosos y las zanjas.

La necrofilia se apoderó después de él. Violaba a los niños muertos. Tras torturar y destazar vivas a sus víctimas, apilaba los miembros cercenados en un salón, como si fueran troncos. Besaba, con gritos de entusiasmo, los trozos de sus víctimas, establecía concursos de belleza sepulcral y, cuando una de aquellas cabezas cortadas obtenía el premio por ser la más hermosa, la levantaba por los cabellos y besaba sus labios fríos y ensangrentados.

También bebía la sangre de los niños asesinados. El vampirismo le satisfizo durante unos meses. Un día en que se agotó la provisión de niños, destripó a una mujer embarazada para manosear el feto. Después de esto caía, agotado, en profundos sopores.

Practicaba además una especie de juego perverso con algunos de los niños. Cuando uno de ellos era llevado a su aposento, Prélati y Sillé lo desnudaban, lo colgaban de un gancho fijo en la pared, lo golpeaban repetidas veces en el vientre y en las piernas y, en el momento en que el niño estaba a punto de desmayarse, Gilles entraba al cuarto, ordenaba con enojo que lo liberaran de la cuerda y cogía al pequeño con sumo cuidado. Curaba sus heridas, lo ponía sobre sus rodillas, lo reanimaba, enjugaba sus lágrimas y le decía señalándole a sus cómplices: “Estos hombres son malvados, pero me obedecen. No tengas miedo. Voy a llevarte al lado de tu madre”. Y cuando el niño, llorando y presa de la alegría le daba las gracias y le rogaba que lo devolviera con su familia, él le cortaba suavemente el cuello por detrás. Según la propia expresión de Gilles de Rais, "lo ponía lánguido". Cortaba sin importarle los gritos del niño hasta que su cabeza, un poco separada del tronco, colgaba hacia adelante entre chorros de sangre. Él tomaba entonces con brusquedad el cuerpo, le daba la vuelta y lo violaba rugiendo, según los testimonios de sus compañeros. Durante todo el proceso, el niño continuaba vivo, aunque el corte lo había dejado paralítico. Al terminar, cortaba un poco más, hasta llegar a la médula espinal, y el niño moría asfixiado lentamente. Para entonces, Gilles y sus amigos ya se habían ido del cuarto, apagando las luces, y lo dejaban allí para que muriera solo en la oscuridad.

martes, 7 de enero de 2014

EL AURIGA de Mary Renault

El auriga (The Charioteer) es una novela histórica de Mary Renault, publicada en 1953 y ambientada en Inglaterra durante la I Guerra Mundial. Relata el triángulo amoroso entre tres hombres, uno de ellos herido en la batalla de Dunquerque (Laurie), otro veterano retirado (Ralph) y el tercero objetor de conciencia (Andrew).
Debe su título al mito del carro alado, de Platón, según el cual las decisiones que una persona puede tomar le llevan por uno u otro camino en la vida, al igual que un auriga maneja una cuádriga de dos caballos, uno blanco y otro negro, cada uno de los cuales representa respectivamente la razón y la pasión.
Argumento
Laurie convalece de sus heridas en un hospital de guerra. Allí conoce a Andrew, joven objetor de conciencia obligado a dedicar su tiempo a labores a la comunidad en dicho hospital. También conoce al veterano Ralph, descreído y algo sarcástico. Entre los tres hombres se inicia una relación. Andrew representa la inocencia, Ralph la experiencia, y Laurie, el protagonista y centro del triángulo, se debate entre ambos con la duda sobre seguir sus instintos o actuar conforme a la prudencia y la razón.