jueves, 31 de mayo de 2012

RELATOS DE MI BIOGRAFÍA, por Luis Melero.

Caminaba por la calle Navas de Tolosa con la mano en la mejilla, como si así pudiera aliviarme el dolor. Que me quitaran una muela era para mí casi tan doloroso como si me extirpasen un dedo. Había vuelto de Milán a Barcelona con ese único fin, porque no me fiaba de los dentistas italianos, demasiado torpes, gesticuladores y parlanchines como para recordar el refrán: “Habla más que un sacamuelas”. -Hombre, Luis, es un milagro que te encuentre… Llevaba unos seis meses sin ver a mi amigo Quadranch, el “gris”, que era como llamábamos entonces a los policías nacionales. Casi nunca habíamos hablado más que para discutir sobre Málaga y Barcelona y sus respectivas Barceloneta y Malagueta, nombres cuya similitud semántica me desconcertaba. -Vaya, Jorge, me alegro de verte. -Te he dicho unas tres mil setecientas veces que me llamo Jordi… -Vale, como tú quieras. -¿Cuándo has vuelto de Milán? -Anteayer, para ir al dentista. Me acaban de dejar mellado. -¡Qué lujos! -Déjate de bromas. Se trata sólo de miedo. Recién llegado a Milán, tuvieron que sacarme una muela y me hicieron una carnicería… -¿Adónde vas? -A ninguna parte. Sólo paseo. -Voy a cambiarme de ropa. Ven conmigo, que quiero hablar contigo. Como Jordi Quadranch vivía en calle Viñals, en la casa de al lado de mis tíos donde me hospedaba, desanduve el camino a su lado sin protesta. Tardó sólo unos seis minutos en cambiarse de ropa. Sin el uniforme, parecía casi tan joven como yo, aunque era cinco años mayor. -Vamos –me dijo como si fuera una orden según su costumbre, actitud que él sabía que me encorajinaba. Salimos a caminar, él como si cavilara sobre algo importante y yo, con evidente impaciencia en el rostro y mis actitudes. Pero sabía muy bien que sería tiempo perdido tratar de que se explicara antes del momento en que él decidiera hacerlo. -Estás más gordo. Era verdad. Antes de viajar a Italia, pesaba cincuenta y ocho kilos. En Milán, recalé en una pensión que era a la vez una trattoría muy popular y estábamos en invierno, un invierno “paduano”, mucho más frío que el de Málaga o Barcelona. Entre que la dueña me adoptó como un sobrino y el apetito consecuencia del frío y el horario, tan diferente del español, empecé a comer a todas horas y abundantemente. El ossobuco, los espaguetis y el chocolate me habían hecho ganar siete kilos. -Pues tú… se ve que vas mucho al gimnasio –repliqué. -Tú también deberías ir, tienes buena base… un esqueleto estupendo, pero si sigues aumentando de peso, pronto tendrás barriga. -No fotis –protesté. -Tú, cuídate, o ya no podrás fanfarronear más con la ropa que te gusta comprarte antes que nadie. No era la primera vez que me reprendía veladamente por mis gustos. Contuve el reproche y decidí virar el diálogo. -¿Cómo está tu hermana? -Sigue esperándote y por lo tanto no se echa novio. -No digas tonterías. -Claro que sí. -Pero si es hasta mayor que tú. -Te lleva sólo siete años, y es la más guapa de Barcelona. Era verdad. Carme era una chica guapísima que, cuando me convertí en su vecino, me parecía inalcanzable. Después, me había causado muchos sinsabores. Hablaba de los charnegos con evidente desdén y como si yo no fuera uno de ellos. Ella me había dado a conocer el separatismo catalán, cuestión de la que en Málaga yo no tenía ni idea. Pero que yo le indicara que debía considerarme despreciable, puesto que yo también era charnego, nunca me sirvió de nada. Porque su evidente encaprichamiento por mí lo exhibía con expresiones muy seguras, como si yo fuera de su propiedad, pese a que jamás exterioricé el menor acuerdo. -Pero yo soy charnego, recuérdalo- le dije a Jordi. -A ella, eso no le importa. -Lo dices como si me perdonara la vida. -No exageres. -¿Que no exagere, Jorge? ¿Todos los malagueños, andaluces, murcianos, gallegos y demás son despreciables, pero yo me he redimido? -Tú eres muy… particular. -¿Lo ves? Los nacionalistas me infláis las pelotas. -Yo no soy nacionalista, Luis. -Dices eso porque eres policía y seguramente os prohibirán ciertas cosas. Pero que eres catalanista… joé, un montón. -Eso no es lo mismo. Claro que soy catalanista. ¿Tú no eres la exageración máxima del malagueñismo? Pues a mí me gusta mi tierra. -Te traicionas a diario, Jordi. Dices que eres catalanista nada más, pero te he oído muchas cosas… que bueno… -¿A qué te refieres? -Las referencias a los murcianos, ciertas expresiones como “de Valencia ni el arroz” y muchas cosas así. Tu nacionalismo es medular, tan profundo, que no puedes ocultarlo. Jordi calló y me adelantó unos pasos, como si inconscientemente quisiera librarse de una molestia. Me apresuré para espetarle: -Los separatistas inventáis tantas tonterías, que ya me habéis quitado el gusto de vivir en Barcelona, donde había proyectado quedarme para siempre. Como decía Jean Paul Sartre, reinventáis la historia. Habláis de España como si fuera cosa ajena, a pesar de que Tarragona fue la capital de la mayor parte de España en tiempos de Roma… Contigo, no, porque me has dado pruebas de sobra de que me quieres; pero con tu hermana y tus amigos, aunque aprendí catalán, siempre me sentí postergado, discriminado. Y no se trata de palabras, sino de actitudes indisimulables. No fotis, Luis. No tenía ni idea de eso. -Nunca te lo dije, porque te respeto más de lo que crees. Pero eso es lo que siente un charnego en vuestras reuniones. -Pero tú… -Jordi vaciló- ¿has dudado alguna vez que puedes contar conmigo. -Nunca lo dudé Jordi. Sé que me quieres mucho, por alguna razón que no puedo explicarme, porque tu cariño por un malagueño no encaja con lo que sé de ti. -¿Qué has estado haciendo en Milán? –me preguntó Jordi bajo la sombra del Hospital de San Pau. Él conocía de sobra mis proyectos cuando me marché a Milán, así que la pregunta me extrañó. -¿Qué quieres decir? -¿Te has hecho notar en contra de España? Su tono me produjo frío. Aunque Jordi se había comportado conmigo siempre como un igual muy amistoso y más íntimo de lo que condicionaba su nacionalismo, no dejaba de ser un policía “del régimen” y su expresión en ese momento era lóbrega. Hice memoria. Los días que viví en Milán vi muchos anuncios de manifestaciones contra Franco y había pasado junto a algunas, sin llegar nunca a participar de verdad. No conseguí identificar algún recuerdo “sospechoso”. -¿Cómo iba a hacerme notar? En una excursión a Florencia perdí la mitad de mi dinero, que todavía no había ingresado en un banco. He tenido que hacer cabriolas para seguir adelante con mis proyectos. Soy casi un chaval, sin dinero ni relaciones, ni influencias. ¿Qué podría significar yo políticamente? -¿Has quemado banderas de España? Sentí un estremecimiento. De repente, la escena de la plaza del Domo me vino a la mente tan vívida como el día que ocurrió. Habían inaugurado la Expotur española poco antes. Como muchos atardeceres, di un paseo Corso Garibaldi abajo hasta la Galería Vittorio Emmanuele, hasta acabar en la plaza del Domo, una de las más bellas del mundo. Pero topé con algo completamente inesperado, una nutrida manifestación antifranquista convocada contra la Expotur (que la noche anterior inaugurara el ministro Fraga). Por la exposición, habían engalanado espectacularmente toda la plaza con banderas españolas, una bajo cada ventana. Los tres lados de la plaza lo ocupan edificios de igual arquitectura, cuyas fachadas almohadilladas son fáciles de escalar. Instantes después de mi llegada, alguien en la manifestación dio la consigna de abatir las banderas, y de repente veinte o treinta muchachos escalaban las fachadas y arrancaban las telas rojo y gualda. Unos cuantos, fueron apilándolas en el centro de la plaza hasta formar un montón considerable, que alguien roció con un combustible ocasionando una gran hoguera. Me acerqué como hipnotizado. Tal vez fuera por el humo, o quién sabe si por el orgullo maltrecho, me encontré llorando a chorros. La pregunta de Jordi me obligó a sentirme como si todavía estuviese en el Domo de Milán, con los ojos llorosos y el alma encogida. No recordaba claramente mis movimientos en la plaza durante la quema, porque había permanecido varios minutos en un trance. -Hace dos o tres días –prosiguió Jordi-, me apropié de un expediente que no me correspondía, porque aparecía tu nombre y quise averiguar de qué se trataba. Había una lista de españoles en Italia que son “enemigos del régimen”. Me sentí aplanado, como si fuera a hundirme en el asfalto camino de la Sagrada Familia. -Lo que sea que haya en ese expediente –repliqué-, es una malinterpretación. ¿Qué me aconsejas que haga, Jordi? -Hablaban de uno “documentos gráficos” que van a enviar pronto. No lo podía creer. ¿Me habían tomado fotografías en la plaza del Domo? De cualquier modo, ninguna de esas fotos podía mostrarme haciendo lo que no había hecho. -¿Qué hago, Jordi? –¿Vas a volver pronto a Milán? -Había pensado ir a Málaga cuando se me baje la inflamación. -Pues ve. Déjame un teléfono a donde te pueda llamar. -Mi familia no tiene teléfono. Toma éste, que es el de un amigo algo mayor. El amigo “algo mayor” era en realidad un marica de mediana edad que llevaba muchos años tratando de meterme en su cama. -Está bien, Luis. Mira, no te hagas notar nada en ninguna parte. Allí pertenecías a la JIC, ¿no? En efecto, en Málaga había participado desde niño en las reuniones de la juventud independiente católica, que se celebraban en dependencias traseras del obispado. Pese a ello, había a diario una pareja de grises vigilando nuestra salida en la puerta, siempre los mismos, de modo que hacía mucho que los saludábamos con algo de ironía. -¿Ni siquiera a esos amigos debo ver? -De ningún modo, Luis. Te hablo de una cosa seria. Al volver a Málaga, la vivienda de mis padres me pareció más pequeña y sórdida de lo que figuraba en mi recuerdo. No pude aceptar la oferta de mi madre de que me quedara con ellos. Busqué un empleo en una tienda y alquilé en seguida un modesto apartamento del que dispondría sólo dos meses, puesto que lo alquilaban en temporada turística mucho más caro. Llevaba poco más de dos semanas trabajando cuando una tarde vi con disgusto que mi pretendiente de mediana edad, llamado Amadeo, entraba decididamente en la tienda y se dirigía presuroso hacia el punto donde yo estaba. Miré al dueño de la tienda, cuyos ojos –alternativamente fijos en mi amigo y en mí- eran un caudal de preguntas; más aun cuando Amadeo se acercó a mí inclinándose sobre el mostrador para hablarme al oído. -Luis, tienes que huir de Málaga. -¿Qué estás diciendo? -Han llamado a mi casa. Es un amigo tuyo de Barcelona, que dice que es policía. Me ha dicho que han mandado del consulado de Milán una foto donde apareces quemando una bandera de España. -Yo no hice eso. -Pues en la foto se ve clarísimo. No podía imaginar qué clase de efecto visual habría producido una imagen mía como si quemase una bandera española, cosa que habían hecho multitudes aquella tarde, pero no yo. -Tu amigo dice que salgas de España hoy mismo. No disponía de dinero. Esperaba con impaciencia el final del mes, porque tras pagar el alquiler y la garantía, me había quedado muy escaso de dinero. Estaba comiendo muy precariamente. Una vez que Amadeo salió de la tienda con las mismas prisas con que había llegado, tuve que disimular mi consternación bajo la mirada inquisitiva del dueño. Yo trataba de reunir valor para pedirle un préstamo que jamás podría devolverle, cuando dijo: -Luis, tengo que salir. ¿Puedes ocuparte de cerrar la tienda y quedarte un rato para cuadrar las cuentas? -Sí, claro, vete. Me dio la llave de una pequeña caja metálica donde guardaba por la noche el producto de las ventas del día. A punto de salir de la tienda, se volvió hacia mí para preguntarme: -¿Pasa algo malo? -No te preocupes, es sólo que me han dicho que un amigo de Barcelona ha tenido un accidente. -Ah, bueno. Anota la hora a la que te vayas, por si tengo que pagarte alguna hora extra. -No te preocupes por eso. No me llevará ni media hora cerrar las cuentas. Faltaban sólo unos minutos para la hora del cierre, que esperé con impaciencia. No tomé conscientemente ninguna determinación, fue como si un robot teledirigiera mi voluntad y mi mano. Sumé las ventas del día y resté el remanente diario para cambio. No cuadró del todo, porque sobraban catorce pesetas. Era algo que ocurría a diario, ya que muchos clientes se iban sin esperar el cambio cuando era insignificante. Igual que un autómata, cogí un folio y redacté una dolida carta de disculpa para mi jefe, por las treinta mil pesetas que le robaba. Fui a casa de mis padres, donde, a mi partida hacia Italia, había quedado toda mi ropa de verano. Llené apresuradamente una maleta, tomé un taxi y embarqué en el primer avión hacia Madrid. Una vez en Barajas, examiné el tablero donde anunciaba las salidas más inminentes. Había un vuelo a Buenos Aires para dentro de dos horas. Buenos Aires, un nombre premonitorio. Una tabla de salvación en medio de una tempestad. No objeté nada a mi pensamiento. Como sitio para huir hasta ver qué pasaba con la confusión italiana, era demasiado lejano. Pero era el único sitio donde había parientes lejanos. Primos de mi madre. No sabía su dirección ni ´podía pedírsela a mi madre, no teniendo teléfono. Pero sería fácil dar con él, porque trabajaba en el Banco Español de Río de la Plata. Huiría, pues a Buenos Aires.
RELATOS DE MI BIOGRAFÍA, por Luis Melero LA EXTRAÑA CIUDAD Los seis meses que llevaba en Buenos Aires no me habían servido todavía para librarme del todo de mis obsesiones, pero era mucho más feliz de lo que jamás creí poder serlo. Un extraño escenario para el subconsciente de un muchacho asustado. Una ciudad extraña donde todos parecían amarse. Donde la gente preguntaba “¿qué te pasa” si te mostrabas mustio. Donde para invitarte a comer sólo te decían “ven tal día a mi casa”. Donde los llamados “colectivos”, los autobuses, iban atestados y era frecuentísimo que algún hombre me empalase contra el pantalón con su pene erecto, sin que yo pudiera evadirme porque íbamos como anchoas en lata. Donde te miraban sin disimulo, a los ojos, de frente, hubiera lo que hubiese en la mirada, que en ningún caso les avergonzaba. Una ciudad extraña, donde parecía no ser delito ni condenable amar a quien a uno le diese la gana. Nunca había sentido la menor paz de niño ni de adolescente; mis recuerdos conscientes e inconscientes estaban llenos de miedo; miedo constante, insuperable, perpetuo. Ni en Barcelona ni en Milán había conseguido librarme de tales sentimientos profundos. Miedo a salir a la calle, miedo a volver a mi casa, miedo a querer participar en los juegos callejeros y que me expulsaran, miedo a los ojos grises de mi padre, miedo a las indirectas y bofetadas de mi hermana mayor, miedo a los insultos y las ironías directísimas de su marido gitano, miedo a morirme cada noche a causa de mi asma ignorada sobre el colchón lleno de gusanos que había heredado de mi bisabuela muerta, que antes de morir se meaba en la cama. El miedo era lo único seguro en mi biografía infantil No poseía recuerdos amables, como los juegos de niños o los cuidados de mi padre; de mi padre sólo recordaba sus puños y sus patadas, y de mis amigos, las burlas y el escarnio; únicamente algo desconcertante me producía una amarga alegría: el beso que me había robado un primo mío algo mayor que yo, que ya de adulto supe que era un pedófilo casado. Mi madre no me permitía jugar con otros niños, aduciendo un soplo en el corazón que nunca me han detectado de mayor, pero sí permitía las palizas sudorosas de mi padre, que con frecuencia ella provocaba. Una de las frases más aterrorizantes de mi niñez era cuando ella me decía: “Verás cuando se lo diga a tu padre”. No importara lo que hubiera hecho, que en ningún caso recuerdo; lo importante era que ella recibiera pruebas de amor de su marido adúltero público, y las palizas despiadadas de mi padre a su único hijo varón eran para ella pruebas de amor. Ahora, salvo la lucha por conseguir trabajar sin tener permiso de emigrante, mi vida en Buenos Aires era plácida y muy satisfactoria. Era una ciudad extraña, no sólo porque no la conociera; era realmente extraña para mí, en su lenguaje, en sus costumbres y en sus expresiones. La que más gracia me hacía era “la concha de la lora”. Ignoraba el significado de “concha”; pocos días después de llegar, me asaltó por la calle arbolada un ataque primaveral de asma; media hora más tarde, tuve que tirar el pañuelo empapado y entré en una especie de mercería a comprar otro. Para mi sorpresa, la dueña me identificó en seguida como español, aunque mi acento malagueño era muy distinto del castellano. Admirado, le respondí que sí y ella comentó: “Yo nací en San Sebastián, pero me trajeron aquí con tres años”. Y comenté: “Es una ciudad preciosa, edificada a la orilla de una bahía casi circular que se llama la Concha; y se llama la concha porque tiene forma de concha”. Esto último lo ilustré juntando las dos manos para escenificar la forma. La dueña y una clienta me miraron con gesto extraño, pero no me reprocharon nada. Cuando supe el significado, me harté de reír. El lunfardo no se usaba en los ambientes donde yo me movía y dudo que se usara en alguna parte. Ya entonces se había convertido en objeto de estudio académico; yo todavía no había descubierto conscientemente mi gusto por las palabras, pero un impulso me obligó a asistir a tales conferencias. Aprendí el sentido de muchísimas letras de tango que no entendía y supe que el más lunfardo de todos era “Percanta”. Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida, dejándome el alma herida…” Yo no sabía cuán herida estaba mi alma, pero la sentía cicatrizar. Durante esos seis meses, Buenos Aires, extrañamente, había ido cicatrizando mi alma sin tener que recurrir a los servicios de los incontables psicólogos que se anunciaban por todos lados. La mayoría de costumbres y gestos contribuían a la cicatrización: las tertulias con universitarios donde tanto conseguía brillar sin proponérmelo, cantando copla como espontáneo en ciertos locales de afluencia de españoles, jugando al fútbol en el Bosque de Palermo con los compañeros de la publicitaria, bañándome en la playa de la Costanera, donde uno salía del agua convertido en estatua de arcilla. Una mañana de domingo, estaba recostado en la playita con un grupo de amigas y amigos cuando me fijé en alguien que venía; al parecerme mi amigo Chencho me levanté de prisa y eché a correr hacia él, antes de recordar que no podía ser porque estaba a muchos millares de kilómetros de Málaga. Era una ciudad tan extraña, que un día caí en la cuenta que tenía más amigos y amigas de los que podía contar a lo largo de toda mi vida. Tenía amigos que no me despreciaban ni se burlaban de mí. Jugaba al fútbol con ellos. Iba de excursión para remar por el Paraná, donde competía contra muchachos que me parecían hercúleos comparados conmigo, aunque muchos elogiaban mi físico. Acampaba en el Tigre bajo una nube inclemente de mosquitos, de cuyos ataques me defendían ellos, al oírme gritar, corriendo a rociarme con aerosoles de repelente. Como no entendía del todo sus expresiones, creía que nadie me había invitado aún a intercambiar fluidos. Una vez, una chica me dijo que la visitase al día siguiente en calle Ayacucho; por su pronunciación, yo escribí “calle Achacucho”. Participaba en tertulias, algunas con personajes tan interesantes como Julio Cortázar o una joven y muy bella poetisa judía llamada Renata Sussheim. Un local de la calle Corrientes, donominado “Los inmortales”, me fascinaba. A veces, reunía dinero durante una semana para poder ir a Los Inmortales a almorzar una pizza de cebolla y queso a la piedra. Siempre que iba, alguien entablaba conversación conmigo desde la mesa vecina; de modo que tuve que ir dominando mi recelo y estupor faciales en tales ocasiones. Muchos de mis mejores amigos los había conocido de improviso en ese local. Inesperadamente para mi acomplejado espíritu, hacer amigos era sumamente fácil en Buenos Aires. Participaba en paseos colectivos por la Boca, salidas nocturnas a las cuevas de tango, paseos gastronómicos por los quioscos de la Costanera… Era tan frecuente mi participación en tales eventos, que ya había dominado del todo el poso de miedo que sentí durante los primeros meses. Ya había conseguido tratarlos como iguales, y dejado de sentir el deseo de esconderme que me había acompañado toda mi vida. Tan extraña era Buenos Aires, que hasta yo tenía cabida en ella. Había más de treinta teatros, en uno de los cuales, el Avenida, había asistido a un recital de Carmen Sevilla, respaldada por un “ballet” de chicas argentinas a quienes les habían enseñado a mover los brazos imitando el flamenco, pero apestaban a coristas de cabaret; con este subterfugio, el empresario se había ahorrado el costo de traer un ballet flamenco de España. Me pareció que la propia Carmen miraba de reojo a su “cuerpo de baile”, sintiéndose en evidencia. En cambio, había asistido también, en el Odeón, a una versión en español de Hello Dolly, protagonizada por Libertad Lamarque. Me entusiasmó. Estos extras estaban económicamente fuera de mi alcance, pero mis “tíos” me preguntaban, cada vez que me veían, “¿te falta algo? Y aunque respondiera que no, me metían un billete en el bolsillo. Esos regalos me proporcionaron acceso a cosas que no podía costear, como ir al Teatro Colón o comer de vez en cuando en La Hacienda. Las torturas e insultos de mis padres, hermana y cuñado me habían hecho sentir incapaz y feo, pero en Buenos Aires mucha gente opinaba que yo era muy guapo, lo que me desconcertaba sobremanera. Pero la alusión frecuente a mi ignorada apostura comenzaba a hacerme cuestionar la opinión que sobre mí mismo me había insuflado mi familia. Resultaban sorprendentes algunas anécdotas, como la ocurrida con un compañero de trabajo. Éramos varios jóvenes en el estudio de publicidad y, uno de ellos, llamado Gutiérrez, me parecía el chico más guapo que viera nunca; una tarde, otro de los compañeros me invitó a tomar un vino a la salida; en realidad, en cierto sentido me invitó a llevar una vela, porque a los pocos minutos se presentó su novia, que era ya casi su esposa. Tomamos vino, comimos empanadas chilenas y salteñas, y una media hora más tarde, cuando yo comenzaba a buscar un pretexto para dejarlos solos, ella comentó: “Mirá, Tino; siempre consideramos a tu compañero Gutiérrez como una gran belleza, pero al lado de Luis resultaría muy antiguo; Luis es una gran belleza moderna, como de actor de cine”. Me quedé patidifuso y olvidé mi prisa por marcharme; en cambio ella se fue quince minutos más tarde. A su salida, Tino me propuso: “Venite conmigo a casa”. “Vives en Quilmes”, objeté yo. “¿Qué importa? Si se te hace tarde para volver a Martínez, te quedas a dormir en mi casa”. Este tipo de invitaciones, que se daban mucho en el cine de jóvenes de Estados Unidos, a mí nunca me habían sucedido en Málaga. Vivía en Martínez, lo que ocasionaba muchas confusiones en la agencia de publicidad donde trabajaba, porque se trataba de una de las urbanizaciones más lujosas de la provincia de Buenos Aires, seguramente por albergar la residencia presidencial. Pero mi situación era de “arrimado” junto a la esposa de uno de los primos de mi madre, una siciliana a quien no le gustaba nada mi presencia. Mi hospedaje había ocurrido de un modo no muy natural, sino bastante forzado. A mi llegada a Buenos Aires, me quedaban tres mil pesetas en el bolsillo, lo que no iba a bastarme ni para sobrevivir un mes. Tenía imperiosamente que buscar a los parientes de mi madre. Fui al Banco Español de Rio de la Plata a preguntar por el único pariente cuyo nombre recordaba completo; me trataron muy bien porque él había tenido un cargo importante, pero ya se había jubilado. Fui a la dirección que me proporcionaron, dentro de la ciudad de Buenos Aires (o sea, dentro del espacio que delimita la Autopista General Paz, más allá de la cual todo es provincia) Se trataba de varios edificios cercanos a la avenida Santa Fe, muy lujosos. El inquilino actual me informó de que mi pariente le había vendido la propiedad y no conocía la nueva dirección. “Creo que es en la provincia, por Vicente López”. Y allá que fui. Como el apellido era muy poco corriente, confiaba en que no tardaría en dar con él, pero me costó casi un mes encontrarlo. Fue el 22 de diciembre. Mi pariente me trató de “sobrino” y me presentó a todos sus vecinos y un montón más de gente. Era un hombre muy afable, llamado también Luis, de quien yo había heredado el nombre, tal como intuí por lo que me fue contando con el tiempo. Después de mucha celebración, un par de rondas de mate y visitas inacabables de sus hijos, nueras y nietos, a quienes iba llamando por teléfono, me pareció que era hora de marcharme. “Vente el 25”, me dijo al salir de su casa. Demoré algo durante la vuelta, porque me apeé del tren al apreciar un insólito atardecer por la ventanilla. Ni siquiera retuve el nombre de la estación, pero recuerdo aquel atardecer tras un cielo emborregado como si lo tuviera dentro de mi cabeza. Yo ocupaba un cuartillo de una mísera pensión situada en calle Carlos Pellegrini, en pleno centro. El día 25, tomé un baño a media mañana y vestí la ropa que me pareció más favorecedora y presentable, incluyendo una chaqueta liviana aunque hacía un calor infernal. Comí unos macarrones muy pasados en un bar cercano y, cuando me pareció que ya podría llegar con cierta dignidad a casa de mi tío Luis, fui a tomar el tren en la estación de San Martin. Cuando llamé a la puerta pasaba de la una. La mujer de mi tío me abrió con un reproche: “¿Cómo has tardado tanto?”. Tras ella, aprecié una multitud de unos treinta parientes cruzados de brazos, que me esperaban para la gran comilona navideña que me habían preparado. No sabía que un “ven tal día a mi casa” de un porteño significaba “ven a comer”. Me disculpé como pude, pero no le dieron mucha importancia. Se pusieron a comer como salidos de una guerra. Todos habían aportado algo; pejerreyes, pizzas, ensaladas griegas, estofados españoles y asado argentino en cantidades imposibles de chorizos, morcillas, mollejas, chinchulines, asado de tiras y demás. Comieron durante horas, hasta que llegó un momento en que yo había digerido ya los macarrones y sentí un hambre considerable. Acabé comiendo al mismo ritmo que ellos hasta las cinco y media de la tarde. Durante la interminable sobremesa, entre mates y copitas de licores varios, me bautizaron como Luisillo, porque Luis tenía un hijo a quien llamaban Luisito. Ese diminutivo de mi nombre produjo un efecto curioso; me sentí más parte de una familia y querido que nunca antes, de modo que acabé contando cuáles eran mis circunstancias verdaderas, que hasta entonces había tratado de disimular. Un hermano de Luis, llamado Manuel, me preguntó “¿Vives de verdad en esa pensión? La conozco, porque está cerca de mi ferretería; es un lugar infecto. El domingo próximo, ven a comer en mi casa; tenemos que hablar”. Acudí el domingo mucho antes de la hora sugerida, por mi temor a llegar tarde. Me encontré a la esposa de Manuel regando el jardín; me recibió con un gesto algo adusto, de modo que para congraciarme con ella, le pedí que me pasara la manguera, que yo continuaría regando. Durante el almuerzo, pareció que continuaran una discusión interrumpida esa mañana. Mi tío Manuel dijo: “Bueno, estamos de acuerdo en que Luisillo se venga a vivir con nosotros, ¿verdad?; ocupará la habitación de Enrique”. Enrique era su único hijo, que estudiaba en una escuela militar fuera de Buenos Aires. Así me encontré residiendo en una hermosa casa de una urbanización burguesa, lleno de gente burguesa que me trataba como igual, y junto a una mujer que no ahorraba los gestos de hostilidad. De manera que me habitué a estar en casa el menor tiempo posible. Si carecía de dinero como para ir al centro, visitaba a alguno de los supuestos amigos-vecinos, o caminaba durante horas por esa urbanización y las avenidas General San Martín y Maipú. A veces llegaba hasta Vicente López, donde, además de Luis, vivía otro primo de mi madre llamado Guillermo, homosexual confeso, dedicado a la costura, que siempre me hacía mucha fiesta cuando lo visitaba. En su casa probé por vez primera el dulce de tomate, que ignoraba que pudiera hacerse. Una de las extrañas costumbres bonaerenses que más me entusiasmaban era la programación de “trasnoche” de los cines, porque así tenía el pretexto para no tomar el tren a Martínez hasta horas de la madrugada. Se trataba de una costumbre bastante extendida, pues eran muy numerosas las salas que programaban esa sesión, y no sólo los fines de semana. Una noche de jueves, antes de la medianoche, me preguntaba qué hacer hasta la madrugada. Recorrí varios cines de trasnoche hasta dar con uno cuyo programa doble me interesó: Una película española, “La tía Tula” y otra italiana, “Addio, fratello crudele”. Atendía la taquilla un hombre mayor, que al escuchar mi acento, me miró fijamente y, tras examinarme unos segundos, me dijo: “Espera un poco”. Sumamente extrañado, decidí esperar a ver. Unos minutos más tarde, el taquillero me llamó y me preguntó: “Sabes qué clase de cine es éste”, con acento castellano viejo. Negué con la cabeza. Poco después, salió de la taquilla y me empujó un poco hacia un rincón. “Ven, que voy a abrir para ti el anfiteatro. Tú no puedes entrar solo en el patio de butacas”. En efecto, abrió para mí un empinado graderío vacío. Ocupé una butaca de la primera fila y cuando me acostumbré a la penumbra, percibí abajo el motivo por el que el hombre me había hecho el favor. Todos abajo eran hombres y muchos se estaban metiendo mano. A partir de ese día, el dueño vallisoletano del cine, que era dueño de otras seis salas, me trató como parte de su nutrida familia. Durante un asado en Mar del Plata me contó que “En Buenos Aires todos los hombres se comportan de manera Bisexual. Aunque estén casados o tengan novia, si se presenta la ocasión se acuestan con sus amigos sin ninguna clase de remordimientos”. Tuve ocasión de comprobarlo con el tiempo. Mi compañero de trabajo Tino me asaltó en diversas ocasiones, hasta delante de su novia. Varios de los nietos de mis tíos me invitaban a salidas en dúo solitario, y fuera en un cine o una cabaña del Tigre, acababan metiéndome mano. Y así fue de manera habitual, hasta que conocí a Pepe. Pero Pepe es mi mejor y más extraña historia en el extraño Buenos Aires: ya hablaré de él.

lunes, 21 de mayo de 2012

Biográficos HISTORIA DE UN FRACASO TREMENDÍSIMO

Historia de un fracaso tremendísimo De la mugre entre la que había nacido, Ricardo apenas recordaba el olor nauseabundo y las tiritonas, pero de modo muy neblinoso. Los recuerdos más vívidos de su niñez se limitaban a las palizas terribles e interminables que le propinaba su padre, un fortísimo albañil de brazos como encinas. La mitificada edad feliz de la niñez había pasado por su lado como la brisa, sin abrazarlo ni un instante. Había crecido entre quejidos, llanto y miedo. Cuanto evocaba de la niñez era miedo, miedo a que su padre se reuniera a comer con la familia y le mirase en silencio, miedo a transitar por la calle por el corredor de burlas y escarnios de los niños vecinos, miedo a solicitar que le dejasen jugar, miedo a la mirada de los ojos grises de su padre, miedo a la amenazadora frase de su madre “verás cuando se lo diga a tu padre- sin comprender qué había hecho-, miedo, miedo… Miedo a todo, casi hasta a respirar, por lo que al alcanzar la antesala de la madurez que representaba tener un empleo en plena adolescencia, corrió en busca de la ayuda de un psicólogo, ya que cuando buscaba consuelo en un confesonario, se topaba con el manoseo lascivo de los curas enfermos de celibato. El primer beneficio de la terapia fue aliviar su tartamudez de niño aterrorizado, y de jornada en jornada con el psicólogo, en las que gastaba casi toda la parte del sueldo que su padre no le arrebataba, el terapeuta le obligó a engullir la estrambótica nueva de que su padre no se había pasado la vida torturándolo por su sospechada homosexualidad, sino por el descaro insolente que le proporcionaban sus 141 de coeficiente intelectual. Mediante las sesiones terapéuticas, Ricardo consiguió recordar la frecuencia con que había recibido despiadados puñetazos de púgil al contradecir la afirmación de su padre de que había oxígeno en la Luna o cuando proclamó que Franco sería santificado. En cuanto conseguía evocar las circunstancias que habían precedido a una de las brutales palizas, invariablemente descubría que era su inteligencia y no su efímero afeminamiento lo que de verdad exasperaba a su padre. El tropel de recuerdos lacerantes, junto con la condicionada incapacidad de relacionarse, le inspiraron el deseo de escribir. Más que deseo era una necesidad; la inventiva empezaba consigo mismo: imaginaba que su niñez había sido feliz y fecunda bajo la tutela de unos padres amorosos y guías. Tanto fantaseó con una niñez que no era la suya, -caramelos que no había consumido, juguetes que nunca había tenido, caricias que nunca recibió- que Ricardo se acostumbró a inventar las vidas de otros. Todas las miserables biografías de sus míseros vecinos se convirtieron en su mente en cuentos de hadas y odiseas maravillosas. Sin proponérselo, la capacidad de inventar se convirtió en su mérito más valioso y aclamado. Una capacidad que servía para todo: triunfar en el teatro, conmover como rapsoda, destacar como dibujante, cantar y bailar razonablemente bien, modelar barro estupendamente, escribir divertidas sátiras y… para convertirse en una relumbrante estrella de la publicidad. Durante 29 años, vivió en siete países distintos, siempre ensalzado y mimado como el “creativo” más importante del país, siempre galardonado con premios de la revista “Advertising Age” y otras publicaciones especializadas, cobrando extravagantes cantidades de dinero que le permitían (y obligaban a) vivir como un aristócrata y viajar más que muchos de los grandes millonarios del mundo, obligado por la “imagen” que sus jefes le exigían proyectar. Pese al éxito clamoroso, la incipiente fama internacional y los constantes viajes, no consiguió que su mente dejara de bullir con fabulaciones que le impulsaban a todas horas a escribir. Nunca permitió que sus colegas publicitarios le insuflasen el alcoholismo que todos practicaban, jamás consintió caer en las extravagancias carísimas –cuyo fin era epatar- para las que todos ellos llegaban a pedir prestado. Sus resistencias y reservas le convirtieron parcialmente en un marginado, pues sólo acudía a los saraos donde su presencia era inevitable por deber presentar campañas. En los duermevelas inquietos, Ricardo se aseguraba a sí mismo que los genes le impelían hacia el destino de escritor, de manera que fue desinteresándose de la publicidad y cuestionándose su licitud moral, ya que muchas de sus propias invenciones le producían escozores de conciencia. Iba a cumplir tres decenios triunfando estruendosamente, cuando sucedió el tornado que arrasó su vida.: Uno de los clientes de la agencia que dirigía fabricaba camisas de estampados tipo hawaiano, que se vendían bien a partir de que las campañas fuesen creadas y dirigidas por Ricardo. El industrial camisero, un judío polaco apellidado Sterzewsky, que gastaba mucho dinero y tiempo tratando de convencer a Ricardo de fundar una agencia de publicidad a medias, apareció un día en su despacho con una petición sorprendente: -Mira, Ricky, tengo un problema. Ricardo se alarmó; las campañas de Sterzewsky representaban un importante porcentaje del negocio de la agencia. Se dispuso para lo peor. -Como sabes- continuó el polaco- todos los meses de febrero casi se paraliza la producción de la fábrica de camisas, por falta de pedidos ante el cambio de temporada. Hace un mes, descubrí que teníamos un almacén grande ocupado por telas restos de series; necesitaba ese almacén, por lo que reuní a las encargadas para ver qué podíamos hacer con los “retales”. La propuesta que triunfó fue la de fabricar bikinis interiores de hombre. Mientras hablaba, Sterzewsky deslió sobre la mesa tres muestras: Las tres eran bikinis cuyo ancho en las caderas no pasaba de dos centímetros; uno, con estampado de piel de leopardo, otro con rosas rojas sobre hojas verdes y el tercero, con una escena del fondo del Caribe llena de peces loros amarillos. Ricardo meditó largos minutos a la vista de aquellas tres prendas. Casualmente, había leído pocos días antes un informe sobre los usos consumidores del país. El noventa y ocho por ciento de los hombres no aceptaban otro tipo de calzoncillos que los blancos por medio muslo y abertura frontal. La exageradamente machista clientela masculina jamás usaría minicalzoncillos estampados tan escandalosamente. -Hemos fabricado un millón de docenas el último mes y habría que procurar que se fuesen vendiendo en unos seis meses… pero no tengo mucho presupuesto para la campaña. ¿Qué se te ocurre? Ricardo no respondió. Vender esos calzoncillos sería imposible. Se enfrentaba a uno de los problemas más difíciles de toda su carrera. Pero la agencia y él personalmente necesitaban a Sterzewsky. Por ello, pasó varios días cavilando. En cuanto se decidía a plasmar ideas, desechaba el papel y el lápiz y se iba en busca de un café, para vadear el enfrentamiento con el pedregoso asunto. Entre tanto, menudeaban las impacientes llamadas telefónicas de Sterzewsky. Una mañana, Ricardo decidió bajar a la playa para aliviar su tensión, dispuesto a no ir al despacho ese día. La playa, una pequeña bahía cercana al aeropuerto, llamada “Playa Grande”, era el lugar de baño favorito de los ejecutivos de la ciudad, puesto que era la que resultaba más cercana en una conurbación donde la gente elegía sus domicilios en función de sus empleos, para eludir la pesadilla del tráfico. También era el sitio preferido por los homosexuales, todos sumamente discretos y embozados, pero no disimulaban al elegir trajes de baño. La playa parecía un centro social, porque todos dialogaban con todos y bromeaban confiadamente; más de la mitad de los hombres lucían bikinis mínimos con imaginativos estampados. Como impulsado por un pálpito insoslayable, Ricardo regresó a la ciudad de inmediato. Telefoneó a Sterzewsky: -Hola, Ricky, querido, ¿que te cuentas? -¿Se pueden vender como trajes de baño? -¿Trajes de baño? Espera un momento. Se oyó a través del auricular un diálogo bastante vivo entre Sterzewsky y dos mujeres. Unos cinco minutos después, el industrial desalentó al publicitario. -No se puede, Ricky. Los tejidos son demasiado sutiles; al mojarse sería como estar desnudo. Si dijéramos que son trajes de baño, las autoridades nos multarían y hasta podrían cerrarnos por publicidad engañosa. Ricardo colgó el auricular, decepcionado. Como los niños o los políticos que cierran ojos esperando que ese gesto les permita soslayar los problemas, Ricardo trató de no pensar en los dichosos calzoncillos mientras pudiera evitarlo. Pero una noche pasó muchas horas paseando en su Camaro, disfrutando de las calles vacías de tráfico, donde el único cuidado a que se veía obligado era eludir las numerosas “alcabalas” donde los delincuentes cobraban peaje a los conductores despistados, por el derecho a recorrer determinadas vías. Escuchó un diálogo al pasar cerca de un grupo: -Tienes que prestarme tu bikini mañana. Con mi traje de baño no me quema el sol… Ricardo miró el volante del Camaro y, de repente, allí estaba el anuncio. A primera hora de la mañana dibujó un “rough” de la idea y, en seguida, pidió a Sterzewsky que acudiera a la agencia. Se pusieron de acuerdo de inmediato. Durante el día, Ricardo eligió a los modelos mediante catálogos y los mandó citar al día siguiente en el estudio del fotógrafo. La sesión empezó con un contratiempo. La modelo se desnudó sin pudores y se puso ella misma la pegatina para cubrirse el pubis. El modelo, una montaña de músculos con el pecho cubierto de una mediana pelambrera, también se despojó de la ropa y, en calzoncillos, se puso frente a la cámara tal como Ricardo le indicó. Ella, se situó delante de él a su derecha, de espaldas y hacia un lado. La muchacha tenía que mirar a cámara de reojo con un guiño, mientras “escondía” a los ojos del modelo los pantalones, sujetos en su espalda tapándose el culo. El fotógrafo llamó la atención de Ricardo: -Da un vistazo por el visor. El muchacho está vacío… Efectivamente, en el que no se había fijado en los catálogos. La abrumadora mayoría de los nacionales se jactaban de superdotados; el modelo no sería un ejemplo creíble. -Podemos meterle un pedazo de goma espuma enrollado –continuó el fotógrafo-. ¿Qué te parece? -De acuerdo. El fotógrafo movió las luces, de modo que la goma espuma inserta en el calzoncillo proyectase en el muslo una sombra considerable. Las fotos fueron entregadas a la mañana siguiente y Ricardo mandó producir el anuncio de inmediato; al final de la tarde, sonrió con cierta amargura ante el anuncio terminado: El “viril” modelo “extra superdotado” miraba ufano a cámara, mientras la exuberante mujer desnuda le escondía sus pantalones. El único texto, un llamativo titular: “Donde está el calzoncillo Camaro, sobran pantalones”. Ricardo volvió a sonreír; apenas era capaz de reconocer ese anuncio como obra suya; era lo más indecentemente manipulador que había inventado nunca. Alentaba el machismo nacional y, al mismo tiempo, sugería sin decirlo que el calzoncillo tenia más usos que el de una prenda interior. Dadas las limitaciones presupuestarias de Sterzewsky, se había contratado una campaña de cuatro inserciones en los semanarios; también, el mismo anuncio, impreso como “display”, para colocar sobre los mostradores de las tiendas. Una vez publicado la primera semana y distribuidos los “displays” por todo el país, el millón de docenas de calzoncillos se vendieron en dos días y hubo de suspenderse el resto de la campaña, con el regocijo de Sterzewsky. Ricardo no pudo digerir el éxito. Pretextó una enfermedad imaginaria para que la agencia le permitiera tomarse un mes, durante el que alquiló una furgoneta todo terreno con la que viajó dos semanas por la selva del sur del país. De regreso, pidió hospedaje a un hacendado amigo suyo de Los Llanos, donde pasó otras dos semanas cabalgando continuamente. Volvió a la ciudad con los muslos desollados y fuertes agujetas en las caderas y la cintura, y una determinación: dejaría la publicidad y volvería a España, para dedicarse a escribir. -España ya no es el país entrañable que añoras, Ricky- le decían sus amigos. -Te vas a estrellar, Ricardo. Despreciar lo que tanto te ha costado conseguir es una locura. -Pero allí podré publicar mis libros… -respondía Ricardo. -No te hagas ilusiones… Ya en España, Ricardo pasó quince años tratando de publicar. Acostumbrado al ritmo frenético del trabajo en publicidad, escribía sin parar, y de pronto descubrió que tenía siete novelas acabadas, aparte de muchísimos proyectos a medias. Comenzó a presentarse a concursos. De todos ellos, le devolvían los ejemplares con apariencia de intactos, en una ocasión, abrazó con un pelo desde la tercera hasta la antepenúltima página; cuando lo recibió devuelto, el pelo continuaba igual; NO LO HABÍAN TOCADO. Sin embargo, una noche, su teléfono comenzó a sonar de madrugada. Un clamor: Has ganado el premio de Sevilla. -¿Estás seguro? -Sí, lo dice el Diario 16. Ya no fue capaz de conciliar el sueño. A las nueve de la mañana, telefoneó al presidente de la institución que patrocinaba el concurso: -No, disculpa, Ricardo. No has ganador. Ha sido un error de Diario 16, porque entregamos a la prensa una lista de los diez finalistas, donde figuraba tu novela la primera y en mayúsculas, lo que ha movido a confusión. En realidad el ganador es el segundo de la lista, porque lo ha impuesto don Manuel, que ya sabes que es el patrocinador, pero el jurado creía que debías ganar tú. Mantenía cierta relación con un poeta local, al que le contó el suceso. -Claro, Ricardo. Todos los premios literarios de España están amañados. Si quieres abrirte camino, tienes que intentarlo de otro modo. Pactó con una modesta editorial publicar una novela pagando la edición. Una vez puesta a la venta, sus amigos de todo el país le reclamaban que no encontraban la novela en ninguna librería, por lo que supuso que se había agotado; cuando llamó al editor para reclamarle una reedición, el teléfono no funcionaba. Nunca cobró derechos ni volvió a saber de esa novela, ni del editor ladrón. A continuación modificó las opciones sentimentales de los personajes de otra novela, para publicarla con una editorial gay. La edición tenía aspecto de cuidada, pero sintió convulsiones mientras la revisaba; la editora, una marimacho enferma de rabia, había contratado como correctora a un ligue de una noche, una argentina que parecía un pampero, la cual convirtió todos los “le” sin excepción, por “lo”, lo que produjo barbaridades tales como “decirlo” por “decirle” y muchas monstruosidades semejantes. -Para colmo, cuando fue a reclamar a la editora, ésta, presa de un ataque de histeria, amenazó con denunciarlo a la policía. Mas el libro se vendió muy bien –pero la edición era limitada- y Ricardo cobró los modestos derechos con puntualidad, lo que le animó a presentarse a un concurso de “novelas gay”. Modificó los personajes de otra de sus novelas, y ganó el concurso. Pero el “editor”, un librero cuya ignorancia sólo era superada por su frivolidad, contrató los servicios de un conocido periodista gay para “prologar” innecesariamente la novela. El periodista en cuestión sufría una tremenda incontinencia verbal, de modo que el “prólogo” ocupaba un tercio del libro. El librero pagó el premio, pero… jamás presentó ni pagó las liquidaciones anuales que señalaba el contrato. Consultada la policía, ésta respondió a Ricardo que sería inútil una demanda, sin explicarle por qué Un día, fue invitado a comer por el “prologuista” de la novela premiada. Llegaron a un restaurante regionalista, donde los camareros y el maitre trataron con mucha deferencia y grandes consideraciones al periodista, que no paraba de gesticular con el pavoneo propio de quien se tiene a sí mismo en gran estima, mientras miraba de reojo a Ricardo a ver si se mostraba impresionado. Por sus gestos, casi caricias y familiaridades, Ricardo no pudo parar de preguntarse si estaría tratando de seducirle. Descartó la idea, porque el sujeto era vomitivo, desdentado, casi calvo y con una barriga a punto del estallido. Durante toda la comida, el barrigón no paró de ensalzarse a sí mismo como conocedor y muy relacionado entre las editoriales. Mencionó un sinfín de ejemplos para probar su influencia y su capacidad de ser escuchado en los despachos más importantes. Movido por este autobombo, Ricardo –sin abrigar esperanzas verdaderas- le propuso que leyera la novela en la que más había trabajado durante su vida. A partir de entonces, aunque no deseaba inflar en su ánimo pasiones reiteradamente defraudadas durante veinte años, Ricardo se sintió incapaz de nada más que esperar el “veredicto” de alguien que decía saber y poder tanto. Semanas más tarde, el periodista con forma de bola de billar le telefoneó: -Tengo que decirte que ya no tengo tu novela… Ricardo sufrió un estremecimiento. -…Porque, seguramente, se va a editar. El escritor no se planteó preguntas ni las hizo. Carente ya de fuerzas para la especulación, lo que resbaló por su ánimo fue la sensación de descanso y el suspiro húmedo de quien alcanza un oasis después de atravesar el infierno.

jueves, 17 de mayo de 2012

lo que la Seguridad Social te quita, jamás te lo devuelve

LO QUE LA SEGURIDAD SOCIAL TE QUITA, JAMÁS TE LO DEVUELVE Uno tiene la sensación de ser él último mono de esta comedia. Los extranjeros -que jamás han cotizado- reciben de la Seguridad Social mucho mejor trato que yo, que además de muchos más, coticé durante 7 años a razón de 105.000 pesetas mensuales, pero me asignaron una pensión de 500 euros, con la que paso todos los meses varios días de hambre, porque vivo solo, pago alquiler y no tengo quien me ayude. En 2007, padecí un infarto de cerebelo. Inenarrable lo ocurrido cuando me llevaron a urgencias, tanto como el tiempo que pasó después hasta que me diagnosticaron. Me sometí a diversos programas de rehabilitación y me recuperé casi del todo, pero una de las secuelas no tuvo arreglo: me había quedado un problema respiratorio que me produce atragantamientos frecuentes y golpes gravísimos de tos. Para contrarrestar y casi eliminar esa tos, me recetaron aspirar un producto que se llama RILAST, por el que ningún médico me hizo la menor advertencia. Durante los años transcurridos desde entonces, he perdido siete piezas dentales y dos puentes, podridos sin recuperación posible. El año pasado, al cambiar de médico, el nuevo resultó ser un hombre afable y atento que me aclaro que esas pérdidas se debían al RILAST, y que era obligatorio enjuagarme con agua y bicarbonato, para contrarrestar ese medicamento que es como nitroglicderina contra el esmalte dental. Durante el último año, no he vuelto a perder ninguna pieza, pero me he visto obligado a masticar con los incisivos, de manera que han sufrido un desgaste galopante. Hace dos o tres meses que sufro grandes dolores al masticar y apenas puedo comer. Ayer me dijo el dentista del seguro que tiene que extraerme un incisivo, con lo que se cumplirá uno de mis temores más inimaginables: verme mellado en el espejo. Me dijo el dentista que fuera a la trabajadora social. Esta mañana, la trabajadora social me ha reenviado a otros dos departamentos. E•l primero a donde he ido, calle Tomá Heredia, me dicen que la Seguridad sólo se ocuparía -de concedérmelo- de la prótesis, pero no todavía, "habrá que esperar unos meses". La cuestión es que Seguridad Social me quitó durante siete años unos ocho millones de pesetas (48.000 euros), aparte de diversas cantidades. Pero la Seguridad Social que me ha quitado las muelas al no darme la información adecuanda, no me va a solucionar el problema dental aunque esté muriendo por casi no poder comer. Hay quien elogia entusiásticamente a la Seguridad Social, al haber sido tratado a cuerpo de Rey, pero la realidad cotidiana es que el personal subalterno propina un trato humillante a los pacientes (nos tratan de tú niñatas de 20 años), y no le importan nuestros dientes ni un bledo. Y NO ES AHORA, POR LA CRISIS. LA SEGURIDAD SOCIAL ES ENEMIGA DE LOS DIENTES DE LOS ESPAÑOLES DESDE SIEMPRE SIEMPRE. Y ROCA EDITORIAL, que me ha robado más de cien mil euros, QUIERE QUE YO MUERA

lunes, 14 de mayo de 2012

XANA DE TARDE EN TARDE

XANA DE TARDE EN TARDE, por Luis Melero
Cuento dedicado a Letizia Ortiz, recordando Asturias.
En la revista Integral , una mujer solicitaba "un ayudante para ciertas tareas campesinas, que no fume, que tenga coche o furgoneta y esté dispuesto a acompañarme a vender productos naturales en mercadillos. A cambio, ofrezco vivienda, comida y pequeña ayuda económica". Incluía un número de teléfono con el prefijo 985, pero no indicaba más señas. Había otros reclamos interesantes, pero ése atrajo su mirada de manera casi subyugante, haciendo que los demás parecieran borrosos.
Damián dejó abierta la revista por la página de anuncios, sujeta con el cenicero, en medio del desorden monumental de la habitación donde vivía de prestado. ¿A qué zona correspondería el 985? No disponía de mapas ni de una agenda donde figurasen los prefijos. Más tarde, se acercaría al locutorio de Telefónica para averiguarlo; antes, trataría de imaginar cómo podía ser la mujer que buscaba un ayudante, a quien ofrecía "vivienda, comida y pequeña ayuda económica". ¿Joven?; no demasiado, de otro modo no necesitaría esa clase de anuncio. ¿Vieja?; tampoco, temería a los desconocidos. Debía de tener sobre cuarenta, probablemente una viuda cuyos hijos habían emigrado del campo a la ciudad, en busca de nuevos horizontes.
Antes de llamarla, debía meditar si iba a ser capaz de dejar de fumar. De todos modos fumaba cada día menos, obligado por las circunstancias, ya que sólo le quedaban noventa euros y no vislumbraba en el futuro inmediato la posibilidad ni siquiera remota de conseguir empleo. Podía dejar de fumar, naturalmente que sí.
Damián Sanz tenía treinta y nueve años, y era cuanto podía afirmar que tenía, aparte del coche, porque lo había perdido todo hacía diecisiete meses. Todo. Siete de años de trabajo en un bar donde, a los treinta, sepultó todos sus ahorros; siete años había resistido, trabajando hasta veinte horas diarias, y nunca había conseguido más que sobrevivir acosado por las deudas. Un desahucio por orden del banco le había quitado ese precario medio de supervivencia a los treinta y siete, tras lo que descubrió con desolación e ira que la Seguridad Social no le reconocía el derecho a subsidio de paro aunque había cotizado escrupulosamente, como autónomo, todos los meses de esos siete años. Y no había nadie dispuesto a dar empleo a un hombre casi cuarentón; los anuncios lo dejaban claro: "máximo 30 años", exigían casi todos y los que no, situaban el límite a los veinticinco o veintiséis. Con treinta y nueve, a efectos laborales era un muerto civil. Nadie le iba a emplear y las instituciones le sugerían por activa y por pasiva que debía convertirse en un mendigo o disolverse en la nada. Diecisiete meses había sobrevivido malvendiendo sus pertenencias. Ahora, el coche era lo único que tenía. Y treinta y nueve años. Y una habitación cedida por un amigo... "pero sólo un par de meses, ¿eh?", y habían pasado tres ya.
Le gustó la voz de la mujer. Igual que un torrente fresco de montaña, como un surtidor de estrellas. Consideró una descortesía preguntarle la edad, pero estaba claro que no era vieja. La voz sonaba argentina, sin falsetes ni resoplidos. Tirando por lo alto, podía tener unos cuarenta y cinco. Le citó en una gasolinera de carretera cercana a Pola de Lena "porque si te digo que vengas en el coche hasta la aldea, te resultaría muy complicado encontrar el camino, te liarías y te podrías perder". Ella iba a viajar en autobús hasta Pola y luego tomaría un taxi hasta la gasolinera. Sólo le había dicho que vestiría una zamarra roja y que se llamaba Lina; a su vez, Damián le había descrito su ropa, una pelliza azul oscuro y un pantalón vaquero. Era la hora del café de sobremesa cuando llegó al restaurante de la gasolinera y el mostrador estaba lleno. A lo largo de la barra sólo vio una zamarra roja. Examinada de perfil, la mujer tenía una apariencia desagradable; caduca, algo gorda y muy fofa, el pelo desgreñado y doble papada. ¿La abordaba?, ¿qué otra salida tenía? Había gastado en gasolina la mitad de su capital tras devolver la llave de la habitación a su amigo. Se acercaría, qué remedio. La mujer volvió la cabeza hacia él y, al reconocerlo, le sonrió. Damián había debido de sufrir alguna clase de ilusión óptica; enfocando mejor la vista, la mujer no sólo no era gorda, sino que poseía una estilizada figura cercana a lo escultural, una bellísima sonrisa, hermoso pelo castaño muy claro y ojos vivísimos, chispeantes de luz, de color verde mar. Su edad no superaba los treinta años. El corazón de Damián se aceleró. -¿Has tenido buen viaje? La voz sonó algo rasposa, diferente de la musicalidad oída en el auricular del teléfono. -Los últimos kilómetros han sido difíciles. El pavimento está helado y no traigo cadenas. -Ahora compraremos un juego. Esta vez, la voz sí era la misma del teléfono. ¿Qué distorsión extraña arrebataba sus sentidos? En menos de dos minutos, había sufrido una alucinación visual y otra auditiva. Estaría más cansado de lo que suponía, a causa del viaje... y el ayuno.
Tras comprar el juego de cadenas y ajustarlo a las ruedas, Damián condujo según le fue indicando Lina. -Mi casa está al borde de un parque natural protegido -afirmó- Se llama Somiedu, pero no da miedo sino muchísima alegría. Serás feliz. Conforme ascendían por el estrecho camino, Damián descubrió que cruzaban incesantemente el umbral de un paraíso que sólo se desvelaba según iba rebasándolo el coche. Valles y montañas completamente verdes, umbríos en unas laderas y reverberantes en otras. ¡Cuánta belleza encerraba esa tierra! Había creído exagerado lo que le decían sobre el paisaje asturiano, y la realidad superaba las descripciones aunque de una manera incomprensible; frente al parabrisas, los brezales parecían mustios, amarronados, como arrasados por el fuego, lo mismo que los extensos matorrales de tojo, en los que sólo apreciaba espinas, pero en cuanto los alcanzaba el coche, descubría que su vista padecía alguna clase de desenfoque, ya que por las ventanillas laterales le deslumbraba un fresco verdor salpicado aquí y allá de hayedos, con brotes de primavera, y robledales cargados de bellotas pero con las hojas verdes de junio. Para un mediterráneo como él, el panorama, que comprendía todos los matices imaginables del verde, parecía sobrenatural, impresión acentuada por los jirones de niebla que ascendían de un riachuelo oculto por los sotos. Se repitió a sí mismo que ingresaba en el paraíso, un mundo prodigioso donde cualquier sueño se podía materializar. ¿Había acabado el sufrimiento de diecisiete meses? Procuraba mantener la mirada fija al frente para no resultar descortés observando a Lina con descaro. Su cansancio era, evidentemente, muy agudo a causa de lo mal que se había alimentado las últimas semanas, y no paraba de sufrir alucinaciones. Ya que, en ocasiones, miraba de reojo las piernas de la mujer sentada a su lado y eran unos cilindros gruesos, informes, repulsivos, pero cuando fijaba la mirada para constatar la exactitud de la observación, resultaban ser unas piernas maravillosamente torneadas, como si viajase Marlene Dietrich en el asiento del copiloto, una diosa con las luces y todas las sugestiones de una fantasía cinematográfica. -Ahí es -señaló Lina hacia una construcción de piedra, alzada junto a media docena más de pequeños edificios. Se trataba de una casa minúscula pero de aspecto muy acogedor. Tenía las ventanas pintadas de verde y había muchos tiestos en los alféizares. Aunque no presentaban la sensualidad multicolor de las macetas mediterráneas, proporcionaban a la vivienda una pincelada de mimo, revelando que su dueña era una persona primorosa y de buen carácter. La contemplación de la casita redobló la esperanza que no había parado de crecer en el pecho de Damián durante el viaje. Una vez estacionado el coche, cuando él fue a trasladar su equipaje, Lina tomó la maleta más pesada. -No, por favor -protestó Damián, escandalizado-. Ésa la llevo yo. En realidad, no tienes que cargar ninguna. -¿Qué te has creído, que soy una damisela raquítica? -la expresión de Lina no tenía nada de humorística aunque la frase lo fuera. Parecía enojada de un modo que no sólo zanjaba la cuestión, sino que descartaba la discrepancia de manera desdeñosa e imperativa. Sin explicarse por qué, Damián presintió que no convenía contradecirle. Idea que no le produjo enojo, sino que le hizo sentir feliz.
El piso superior de la casa era diáfano y sólo un biombo separaba el espacio que serviría de dormitorio a Damián del perteneciente a Lina. La situación resultaba extraña, puesto que esa hermosa y apetecible señora parecía no temer su proximidad, ya que no oponía verdaderas barreras a un desconocido a quien ni siquiera le había pedido fotocopia del carné de identidad como medida de precaución. Damián decidió no romperse la cabeza con las conjeturas; si ella no le temía, él tenía aún menos que temer. Una vez deshecho el equipaje, Lina llamó desde abajo: -¡Damián! la cena está preparada. Cuando inició el descenso por la escalera de madera y sin pasamanos, Damián llegó, definitivamente, a la conclusión de que sufría agotamiento muy grave, ya que le pareció que todo el piso inferior estaba envuelto en brumas; los perfiles era imprecisos, dibujando un paisaje gélido bajo el crepúsculo polar, con árboles fantasmagóricos que llevaban siglos petrificados. Mas la neblinosa mirada se despejó al bajar el último peldaño; de repente, la gran sala-cocina estaba iluminada muy cálidamente por la luz eléctrica y el fogón, y la mesa de maciza madera presentaba un banquete principesco, que Lina había preparado y dispuesto en sólo los veinticinco minutos que Damián había tardado en ordenar su ropa y enseres. El conjunto parecía un cuadro, un barroco lienzo donde el pintor se hubiera empeñado en reproducir con primor las más apetitosas exquisiteces del mundo, una sinfonía de colores y aromas que saciaba con sólo contemplarla.
Despertó por el ruido que Lina producía trajinando en la cocina. Antes de salir de la cama, Damián halló sorprendente su estado, tanto físico como mental. No le habían asaltado durante la noche las pesadillas angustiosas que perturbaran sus noches los últimos diecisiete meses, sino todo lo contrario; había protagonizado un sueño maravilloso; sí, tenía que ser un sueño, porque tales cosas nunca ocurren en la vida real: el ascenso a la gloria, la plenitud de sus facultades viriles ejercitadas hasta el vértigo, el recorrido por senderos orillados de colores y perfumes arrebatadores, el viaje de retorno a la adolescencia que revelaba la humedad de su calzoncillo. Sentíase vigoroso, pleno y colmado de posibilidades. Miró el reloj; sí, debía de continuar soñando, porque de estar de veras despierto había dormido profundamente y sin interrupciones más de ocho horas, algo que había olvidado que fuera posible. Debía prepararse para el trabajo; se puso la ropa apropiada y bajó. Otra vez tuvo la impresión, desde lo alto de la escalera, de que el piso inferior estuviera envuelto en brumas grises, una opacidad lechosa que lo desdibujaba todo, pero cuando su pie derecho tocó el suelo de grandes losas de piedra, descubrió que no había bruma, que todo estaba lleno de color, la madera pintada de azul, el mantel rojo, las flores silvestres y las ristras de embutidos caseros que colgaban de la chimenea del llar. Lo único que continuaba siendo impreciso era la silueta de Lina, vuelta de espaldas a él. Mas, cuando ella giró la cabeza para saludarle, brilló más que toda la estancia. Una presencia refulgente que retumbó en su pecho como una buenaventura. -Buenos días, Damián. El desayuno estará listo en un par de minutos. -Me alcanza con un café. Lina rió como si sonaran campanas de cristal, caramillos y ocarinas. -Los del sur no sabéis comer para un clima como el asturiano. Necesitas más sustancia que por allí abajo, muchas calorías para enfrentarte al clima de las montañas cantábricas. -,Qué trabajo hago esta mañana? -¿Tienes que preguntármelo? Tú, sal al terruño, y que te lo dicte la intuición. Damián halló harto sorprendente la respuesta. Después de todo, se trataba de una mujer que hacía frente a la vida en soledad, y quién sabe cuáles serían sus rarezas. Lina colocó en la mesa, ante él, un plato muy grande sobre el que le ofrecía el desayuno más opíparo que había tenido en diecisiete meses: dos huevos, chorizos, una morcilla, panceta y patatas fritas con cebolla, un tomate asado y una remolacha pelada. Al lado, un trozo de pan que, por sí solo, representaba una golosina, de tan crujiente y bien dorado. Mientras comía con un voracísimo apetito que ignoraba sentir, Damián volvió a preguntar: -¿No has pensado qué quieres exactamente que haga? -Mira el campo y decide tú.
Lo que Lina había llamado “campo” era un retazo de huerto que parecía impreso en un envase de herbolario; los caballones, trazados con tiralíneas, dibujaban rectángulos perfectos llenos de yerbaluisa, menta, lavanda, hierbabuena, sésamo, romero, tomillo y otras muchas plantas imposibles, tomando en consideración que se encontraba en la Cordillera Cantábrica, que el otoño estaba a punto de acabar y que el paisaje que ascendía por la ladera de la montaña aparecía cubierto de escarcha. Curado de asombro, Damián supuso que alguna clase de prodigio creaba un microclima en el terreno cercado de aulagas doradas de tan floridas, adelfas salpicadas de rojo púrpura, zarzamoras a punto de abatirse por el peso de los frutos y endrinos rebosantes de bayas, aunque un poco más lejos podía distinguir con nitidez el marrón mustio de los brezales. Sin la menor extrañeza, recolectó con cuidado lo que le pareció que estaba maduro como para ser vendido en el mercadillo, hizo manojos pequeños, lo dispuso todo en un poyete de piedra adosado a la casa y llamó a Lina. -¡Maravilloso! -alabó ésta-. Mereces tu suerte. Damián la observó, tratando de encontrar sentido a la frase de significado inextricable. ¿Suerte?, sí, era una suerte inmensa sentirse como se sentía tras diecisiete meses de zozobra. ¿Merecimiento?, sí, merecía esa suerte porque había anhelado hasta la extenuación una salida y, una vez que la había encontrado, estaba dispuesto a cualquier sacrificio por conservarla. -Pues nada hará que la pierdas -dijo Lina, y Damián se preguntó si, en lugar de meditar, habría estado hablando en voz alta.
Sólo tuvieron que permanecer tres horas y media en el mercadillo, porque la mercancía se agotó. Antes de poner el coche en marcha, Damián extendió el dinero, ordenado sobre el salpicadero. -¿Qué estás haciendo? -preguntó Lina. -Presentarte cuentas. -Las pesetes no me interesan y ni siquiera tengo idea de su valor. Guarda eso, me ofende mirarlo. -No comprendo. -Tú manejarás el dinero y te ocuparás de que todo funcione. Damián seguía sin comprender. Tal vez se trataba de una prueba; sí, eso tenía que ser: Lina le tentaba para comprobar su grado de honradez. Pues bien, no necesitaría realizar ningún esfuerzo, porque se sentía tan portentosamente bien que en modo alguno tomaría una moneda que ella no le hubiera autorizado ni haría nada que la ofendiera, ni siquiera que pudiera enojarla. Jamás rozaría ni por asomo el territorio abstracto donde vivieran los enfados y los desagrados de Lina. Ella le miraba con íntima complacencia y Damián sintió la mirada como un flujo que recorría escrutadoramente su alma, un escrutinio que calibraba uno a uno todos sus resortes y que, al final, resultaba satisfactorio para la apreciativa luz azul que refulgía en el fondo de sus pupilas. -Toma -dijo Lina, ofreciéndole una manzana que sacó del bolsillo como si se hubiera materializado de la nada, convertido un rayo de sol en jugosa pulpa. Sin dejar de observar el camino por donde transitaban ni soltar el volante, Damián miró de reojo la fruta; de forma perfecta y muy lustrosa, su color iba del amarillo al granate. Una manzana recortada de un cuadro holandés o traída a través del tiempo desde el árbol del bien y del mal del edén. La mordió distraídamente, porque la vía era muy estrecha y sinuosa, y temía que las ruedas patinasen sobre el terreno helado. En el momento que el trozo de manzana entró en contacto con su paladar fue como un estallido de pirotecnia levantina, como si cada uno de los átomos de su boca hubiera sido alcanzado por un estruendo de sabor visible como luces mágicas. Una singladura por los mares más amenos y lujuriantes de cualquiera de los trópicos. Una travesía por todas las alegrías y todos los placeres. Un viaje a través de la Galaxia. Comió con avidez la totalidad del fruto, como si parar de comer significase el vacío y la soledad. Después de experimentar un placer palatial de intensidad tan extraordinaria, nunca sería capaz de saborear una manzana que no le hubiera entregado Lina. Ella sonreía con placidez, de un modo que le hizo sentir que conocía al detalle y aprobaba cada una de sus sensaciones. Damián sonrió también con gratitud, con amor, con arrebato. El tormento de diecisiete meses de incertidumbre y desesperación había terminado. Miró de reojo las hermosísimas piernas de Lina. Quería tocar, pero jamás lo haría sin su consentimiento. La deseaba, pero sólo se atrevería a mirarla reveladoramente cuando ella se mostrase dispuesta. ¡Qué feliz podía ser a su lado! Tanto, que haría esfuerzos sobrehumanos para merecerla. Nada le apetecía que no fuese una vida eterna compartida con Lina.
¿Has visto qué buen mozo acompañaba hoy a Lina? -comentó la cacharrera a su marido, mientras recogían el tenderete situado junto al espacio que ocupara el de Damián. -¿Cómo lo habrá pescado, a sus años? -¡Quién sabe! El chico parecía muy feliz. -Pero no tendrá ni cuarenta años... -Lina es Lina. -Por Somiedu dicen que es la última de una estirpe muy antigua de xanas. -Pues será xana de tarde en tarde, Arturo, porque, si no, no habría sufrido aquel accidente que la tuvo a punto de morir en el hospital hace nada más que cinco meses. -Sí, pero con los casi noventa años que tiene, cualquiera que no fuese xana habría muerto y ¿qué vemos ahora? A una mujer con tantas ganas de vivir como una muchacha. ¿No te has dado cuenta de cómo lo miraba? -Era amor correspondido, Arturo. Él la miraba igual.

jueves, 3 de mayo de 2012

EL TEMPLO DEL CATACLISMO por Luis Melero

Antes de disponerse a dar por cumplido el mandato, miró hacia abajo, en la dirección del Sol alto que brillaba como el fuego de invierno encima de la lejana agua infinita. Llevaba muchos soles habitando con los demás un repecho del terreno, cerca del templo, y cuando llegaron harían lo menos cinco o seis soles según creía recordar, el paisaje descendente era completamente blanco hasta fundirse a lo lejos con aquel temible dios formado por agua, que los viejos afirmaban que no se podía beber. Aunque todavía faltaba mucho tiempo para la cálida temporada de las frutas, ahora podía ver grandes retazos de tierra que habían ido aflorando durante el anterior sol caliente en buena parte del panorama cercano al agua, en cuyas inmediaciones comenzaba poco a poco a emerger algún verdor. Y la antaño lejanísima línea del agua infinita, iba acercándose cada amanecer un poco más. Por mucho que le aterrorizara cumplir la última etapa del mandato del chamán, debía acatarlo cuanto antes. Purificarse para poder seguir viviendo y conseguir mirar a los otros a la cara. Dejar de una vez de andar encorvado, ocultando el rostro. Lo había ido postergando y el paso de las lunas aumentaba y agriaba los reproches de toda la tribu. Hasta las hembras que lo habían cuidado de niño le negaban sus ojos. Temía que si lo retrasaba más, la ascendente línea del agua infinita acabase por engullir la tierra que pisaba ahora y que invadiera en oleadas impetuosas las intrincadas salas del Templo del Cataclismo. Miró la entrada, tan irresoluto como siempre. Sabía que, detrás de él, todos estaban observándolo desde recatados escondites. Presentía su presencia y, en algunos momentos, hasta llegaba a oír leves rumores de sus voces, aunque no pudiera verlos. Seguro que todos los machos estaban convencidos de que nunca se arrastraría por la boca tenebrosa del templo. Las hembras, simplemente le compadecerían entre burla y burla. Cuando estaban en grupo, los adultos eran crueles y despiadados en sus juicios, sobre todo al valorar o desmerecer a un joven como él, que sólo había cumplido nueve soles. Los veteranos de catorce soles y los ancianos de veinticinco, estarían mofándose y hasta serían capaces de señalar algún temblor en los músculos de su espalda. Frente a las demás etapas de la penitencia no había presentado tanta irresolución. Terror, en realidad, era lo que ahora mismo sentía. Recordaba, sobre todo, la etapa anterior. Un templo al que llamaban “del Tesoro”, que carecía de las horribles, amenazadoras y terroríficas piedras colgantes que tanto abundaban en el del Cataclismo, según aseguraban. El Templo del Tesoro lo llamaban así por las numerosas conchas de colores que encontraban por doquier y que eran las galas que más apreciaban, porque con dos de ellas, si eran lo bastante hermosas, podían comprar el favor de cualquier hembra, incluida la que había ocasionado el pecado que le obligaban a expiar con la peregrinación que hoy podría acabar, si es que conseguía reunir el coraje indispensable y se atrevía a internarse en las entrañas laberínticas del Templo del Cataclismo.
En el Templo del Tesoro no había piedras colgantes ni cuchillos emergiendo del suelo. Ni monstruos agazapados por doquier. Las paredes eran onduladas, mórbidas y amables como pecho de hembra y, en lo más profundo, la luz de las antorchas no desvelaba ninguna amenaza… según lo que todos y todas le habían aseverado: que prácticamente no debía temer nada en el Templo del Tesoro. Sus anfractuosidades y revueltas eran suaves, como si hubieran sido talladas por las caricias de los dioses. En cambio, cuantos habían visitado alguna vez el Templo del Cataclismo hablaban con espanto de los malvados espíritus que habitaban todas sus sombras, detrás de cada uno de los afilados cuchillos pétreos. De vez en cuando, soñaba con el día que se trastornó entre los brazos de aquella hembra que casi no tenía pelo. Hasta el sueño le producía temblores, por el temor de que el chamán leyera sus ensoñaciones y aumentase la condena al sorprenderlo en el nuevo sacrilegio, en vez de que alguno se lo contara, como debían de haber hecho en realidad. Lo había cometido recostados ambos en un lecho de flores de aulaga entre aromas divinos y la música del viento y, aunque ella apretaba a veces los labios porque la lanza era mayor que la de sus congéneres, no se quejó en ningún momento de manera audible. Había sido un día mucho más cálido de lo habitual, y yacieron largamente bajo la sombra de un árbol lleno de frutos morados. Bandadas de pájaros llegaban procedentes de la dirección del agua infinita y tuvo la visión de que sonreían al descubrirles. Cómo pudo el chaman averiguarlo era para él un misterio, pero estaba seguro de que la hembra no lo había delatado, porque había visto sus ojos revueltos hacia el aire y tuvo que contener sus convulsiones con un fuerte abrazo, y al despedirse, había descubierto en sus ojos el deseo de que se repitiera. ¿Quién les había espiado? Tuvo que ser un hembra ociosa y chismosa la que aireara su culpa. Una culpa por la que ahora se iba a encontrar en medio de las mayores amenazas que podía encontrar en cualquier territorio equidistante del mundo de los dioses y el humano. Había tenido sólo un sobresalto en el Templo del Tesoro, cuando creía hallarse ya muy cerca de la morada de la diosa. Al doblar un recodo particularmente abrupto, sintió la aplastante presencia como una montaña que le cayera sobre la cabeza. En el primer instante, algo que podía ser un cuerpo. Y no sólo la sintió, como sentían todos en el poblado la cercanía de otras vidas, sino que, a continuación, fue rozado al acercarse mucho aquello a donde él estaba. Era caliente, muy caliente, pero el frío en su propio interior creció hasta lo insoportable. Notó las guedejas embarradas del pelo de la piel y el aliento pestilente, que alcanzaba sus mejillas como si fuera el soplo de los espíritus de las profundidades. Pero eso no era un espíritu. Se trataba de un cuerpo verdadero, material. Podía oír la respiración y oler el hedor. Ocurría una cosa demasiado incomprensible; notaba la presencia, era real porque notaba tanto su contacto como el pestilente aliento, pero cuando era él quien alargaba la mano para tocarlo, solamente hallaba el vacío. Nada, no había nada material para sus manos, aunque todas sus alarmas de cazador estaban gritando.
Temeroso, dio sin embargo un paso hacia aquella cosa. La experiencia tanto como el chamán le habían mostrado el camino para vencer el espanto: afrontarlo. Y en aquella circunstancia, consideró que el mejor modo de vencer un terror que se alimentaba vorazmente de su perplejidad, era entrar en contacto con aquello y, si fuese necesario, luchar hasta vencerlo. Pero en las lóbregas profundidades por donde trató de avanzar a pesar del temblor de sus piernas, halló solamente la nada. Comenzó a oír lejano el soplo y el rumor de una corriente de agua, lo que significaba que su meta se hallaba cerca. En esencia, estaba pisando ya el territorio sagrado de la diosa. ¿Por qué se mofaba de él, de su flaqueza, enviándole la terrorífica presencia? Que era real, material y, por consiguiente, temible por su fiereza evidente, pero ¿por qué no conseguía tocarla? ¿Había dotado la diosa de invulnerabilidad al monstruo? ¿No había en su mano ni en su voluntad nada que pudiera hacer? Aunque agitaba su pecho la urgencia de cumplir el homenaje a la diosa y abandonar el templo cuanto antes, tuvo el convencimiento de que se había quedado paralítico. Le resultaba imposible levantar el pie, siquiera levemente, a fin de dar un corto paso. Nada, ningún esfuerzo bastaba para triunfar en su intento. Los pies se habían adherido a una especie de limo con textura de grasa de mamut y la presencia peluda de aliento pestilente volvía a rozarlo. Y poco a poco se dio cuenta de que no era la única presencia; otros seres chapoteaban despacio en el limo y no era capaz de calcular su número. ¿La guardia privada de la diosa? ¿El escollo que estaba obligado a superar?
A pesar de la parálisis, sintió deseos imperiosos de huir para librarse de la oscuridad casi compacta que lo envolvía, pero no sólo sería inútil la huida para escapar de esos seres tan esquivos y engañosos, sino que no habría cumplido el mandato puesto que estaba obligado a tocar el agua aunque sólo fuera levemente, a fin de que la diosa le concediera algún don, para expiar su culpa de lascivia desviada. Tras denodados esfuerzos, consiguió levantar levemente un pie, pero el chapoteo de los monstruos y la intensidad de sus expiraciones flatulentas se multiplicaron. Lo rodeaban. Iban a caer sobre él. Podían ahogarlo. Moriría a un paso de su meta. También podía morir de miedo, como había visto a tantos miembros de la tribu morir ante una pieza de caza demasiado violenta, tras sufrir un terror insuperable, como aquel compañero que murió súbitamente ante un oso que habían cercado pero que ni siquiera lo tocó. Mas, aunque inmovilizado por algo cuya naturaleza no podía ni sospechar, los sentidos le advirtieron de que un cambio estaba a punto de producirse. Un ligerísimo soplo de brisa que le llegó del curso acuático, que sin duda se hallaba ya muy cerca, produjo en su mente una revelación determinante; los monstruos no iban a atacarle, nada tenía que temer. El pie que había levantado sólo un poco debido al gran esfuerzo que representaba, pareció liberarse repentinamente de un freno interior y lo sintió ligero. En seguida movió el otro pie, con lo que la parálisis y el terror se diluyeron. Pudo llegar al agua en sólo dos pasos más. Se sintió capaz de vislumbrar la sonrisa de la diosa y su toque inmaterial traspasando las tinieblas impenetrables que lo envolvían, y ello le convenció de que se había convertido en un nuevo ser, más capaz., intrépido y sabio. Ni siquiera pensó que acababa de superar una prueba ni que la tribu podía hablar de su hazaña durante miles de soles. Volvió al exterior pausadamente pero sin inquietudes ni angustias. La luz del Sol reflejada por el agua infinita le hirió los ojos, pero tenía alas en el pecho. Para llegar hasta donde se encontraba el templo del Tesoro, había tenido de que caminar durante ocho amaneceres en la dirección del Sol declinante, hasta alcanzar una revuelta tras la cual se abría una bahía maravillosa, llena de ensoñaciones y promesas de ventura. Pero el agua infinita se encontraba a una distancia de muy pocos codos de la entrada, y ése había sido el primer terror que tuvo que superar. Vencer el miedo a que la abultada y rumorosa masa líquida lo engullera y se lo llevara para alimentar a los gigantescos monstruos que cobijaba en sus entrañas. Ya dentro, el terror de los guardianes inmateriales de la diosa había sido de otra naturaleza, más espiritual. Ahora, frente al Templo del Cataclismo, la anticipación del terror era superior a cualquier espanto que hubiera experimentado jamás. Los bramidos del mamut que cazó al cumplir la edad sagrada de siete soles no le habían impresionado tanto. Ni el bisbiseante acercamiento de aquel dragón del bosque de piedra blanca, cuya lengua bifurcada era tan temible como la boca de las montañas ardientes. Conversar con la diosa en el Templo del Cataclismo era la prueba suprema que todos los machos de su tribu tenían que superar alguna vez a lo largo de la vida, cometiesen o no un pecado tan grave como el suyo. Todos los adultos hablaban entrecortadamente de lo que representaba, pero eran las hembras quienes más lo susurraban entre lamentos, aunque nunca habían tenido que superar esa prueba reservada a los machos. Ningún terror conocido vencía el del recorrido sagrado por el Templo del Cataclismo.
Durante todo un cuarto de Sol, había conseguido embozar su terror simulando dificultades insuperables para encender la antorcha. Pero la habilidad de prender fuego de inmediato era su virtud más encomiada en la tribu, lo que no le disuadió de prolongar la simulación. Casi todos habían debido de adivinar que las aparentes dificultades con la antorcha era un subterfugio ingenuo de alguien tan joven como él, que todavía no había producido de manera legítima un nuevo miembro para la tribu. Durante el último sol, había cubierto a distintas hembras veces incontables, pero ninguna se había abultado todavía. Sólo la profanación que ahora debía expiar había resultado en un hinchamiento, cuyo fruto llegaría mucho antes del solsticio, lo que habría sido su perdición si no cumpliera la penitencia que estaba a punto de culminar. Justo había tenido que asaltarla a ella. Era una hembra cuya desnudez resaltaba más que las otras, porque tenía poco pelo en el cuerpo. Siempre había deseado cubrirla, era un impulso que desde los siete soles se había convertido en apremiante como el hambre. Llevaba dos soles estirando hasta el límite la cuerda de sus habilidades, tratando de impresionar a la tribu para que todos reconocieran sus méritos y nadie tratase de disuadirle. Pero lo había hecho sin aguardar con paciencia un asentimiento tribal que en aquel caso era indispensable y que tenía muy pocas posibilidades de obtener. En su interior reconocía que ese asentimiento no llegaría jamás, lo que con el paso de las lunas fue trasmutando el impulso en obsesión. Por ello, las miradas golosas de ella y sus insinuaciones llegaron a ser irresistibles.
La antorcha brillaba con fuerza a pesar de que el Sol estaba en su cenit. No podía retrasar más la entrada. Cualquier macho podía venir a golpearlo para azuzarle, sobre todo el chamán. El chamán al que había ofendido. Tal vez no iba a ser capaz de llegar hasta el Templo del Cataclismo por las entrañas de la tierra, a través de todos los obstáculos y pruebas que la diosa pondría en su camino. Pero los que se ocultaba a sus espaldas se estaban impacientando. Llegó a oír la risita nerviosa de alguna hembra. Se prometió encontrar fuerzas dentro de sí, donde ya parecían haberse agotado. Se dejó deslizar por la oscura boca hasta el conocido repecho que él y sus compañeros habían visitado infinidad de veces, en busca de animales pequeños que comer. La verdadera entrada al templo, un simple boquete en la roca vertical, casi a la altura del suelo, apenas resultaba visible bajo la húmeda semipenumbra que ensombrecía el lugar, ya que la luz de fuera apenas se filtraba entre los matorrales de la superficie y la estrechez de la boca, una penumbra crepuscular que la antorcha no era aún capaz de despejar. Tuvo que arrastrarse unos veinte codos, con la antorcha a punto de quemarle el pelo y las pestañas, y de pronto el estrecho pasadizo se abrió a una estancia muy grande pero no demasiado honda, ya que sólo rodó la altura de un oso. Supuso que el techo estaría repleto de afiladas piedras colgantes pero palpó el suelo y no tocó ningún cuchillo. En cambio, había algo parecido a las gradas ascendentes que su tribu había excavado en la ladera de una colina, para oír las consejas y admoniciones del chamán; era como una cascada petrificada, que formaba ondulaciones y pequeños recovecos. También palpó lo que parecía un colmillo muy viejo de mamut y varios objetos de piedra que otros machos habían debido de olvidar en sus incursiones. No conseguía oír nada que le revelase hacia dónde debía encaminarse para dar con la morada sagrada de la diosa. Ningún rumor de agua le alcanzaba, ni la más leve brisa soplaba sobre su rostro y tampoco conseguía proyectar la luz de la antorcha de modo que el camino se manifestara. Por ello, se vio obligado a recorrer cuidadosamente la planicie sintiendo crecer su terror porque alrededor de esa estancia sí afloraban del suelo grandes cuchillos de piedra. Detrás de estos, presentía la acechanza de horrores infernales. En las noches de lumbre y consejas, en lo más hondo del repecho que habitaban, algunas viejas que habían rebasado los treinta soles relataban con ansiedad y entre gemidos las pruebas a que la diosa sometía a los que trataban de acercarse a su Templo del Cataclismo. Algunos no habían conseguido llegar al centro del santuario y hasta se habían dado casos de varios que no habían conseguido regresar. Se podía encontrar la muerte a causa de acechanzas que nadie había sabido describir. Ahora, presintió que en cualquier instante iba a topar con una de esas pruebas, ya que era incapaz de decidir hacia dónde dirigirse. Decían que pasada la primera cascada petrificada, había que descender mucho, algo así como altura de tres machos, pero ¿por dónde y hacia adónde? Supo al instante la respuesta. Su brazo izquierdo, alzado hacia la oscuridad para no tropezar, fue impelido por algo que no sabía determinar qué era. No se traba de alguien que halase ni de ninguna fuerza que lo empujara. Simplemente, el brazo pareció animarse con voluntad propia y lo llevó a todo él detrás, mientras su cuerpo se estremecía torturado por dolores mayores que el causado por los colmillos de un tigre. Notó que caía mucho más de lo que le había parecido que el desnivel representaba, mientras una especie de minúsculos cuchillos de hielo se le clavaban no sólo en la piel, sino también en lo más profundo de las entrañas. De pronto, la oscuridad se desvaneció; todo cuanto creía que le rodeaba fue sustituido por cosas que no podían existir. Ningún acantilado podía ser tan blanco ni tan uniforme. No soplaba la brisa impetuosa y salobre proveniente del agua infinita ni se levantaban guedejas de niebla gélida para herirle la piel. Hacía calor, demasiado calor, como si permaneciera temerariamente muy cerca de una gran hoguera. Nada de lo que vio a primera vista parecía estar hecho por los dioses; había más acantilados igual de uniformes y pulidos, y perfectamente verticales, cubiertos de un blancor mucho más reverberante que el de la nieve; ante esos acantilados, en muchos puntos crecían profusamente hierbas trepadoras cubiertas de flores de color cárdeno y púrpura. El agua infinita estaba cerca, más allá de un acantilado verde que sólo podía adivinar; desde la resplandeciente superficie de agua, soplaba una amable y cálida brisa que transportaba aromas desconocidos pero sensualmente placenteros. Alrededor de la senda lisa y negra que pisaba, todo era verde también. Unos árboles muy pequeños eran agitados por la brisa y regaba hacia él aromas resinosos pero no desagradables, sino todo lo contrario. Esos soplos aliviaban el abrasador calor que a veces le resultaba insoportable.
Quiso dar la vuelta, a ver si esa visión desaparecía. Pero siguió viéndola y sintiéndola como si hubiera sido trasladado a otro mundo que no podía imaginar si sería infernal o divino. Un mundo que desafiaban los conocimientos adquiridos a lo largo de su vida y las consejas y anécdotas escuchadas a los viejos de todas las aldeas que conocía. Suponía que también desafiarían el saber de los más expertos de su propia tribu. El blanco vertical y florido continuó envolviéndolo mientras avanzaba a ver si reencontraba su antorcha y podía comenzar a ver los cuchillos pétreos tras los que se ocultaban los monstruos. Tras rebasar unos arbustos recortados de modo muy antinatural y rectilíneo, se encontró con una fila de seres parecidos a sus congéneres, pero cubiertos de unas cosas de colores en vez de pelo. Emitían unos grititos ridículos, como pajaritos, y no paraban de cruzar esos sonidos mientras iban moviéndose muy lentamente y todos a la vez, hacia un extraño punto que brillaba mucho. No comprendía qué podía ser aquello, si esa fila estaría formada por los monstruos que guardaban a la diosa o si serían machos y hembras castigados por los seres de las profundidades. En realidad, no era capaz de imaginar nada más monstruoso que los machos y hembras recubiertos con tantas estridencias. Sintió un estremecimiento. ¿Podían ser seres de las profundidades a despecho de la esplendorosa luz que los envolvía? Para escapar de tan negros augurios, giró sobre sí para volver atrás, y se dio de bruces de nuevo con las tinieblas más impenetrables de las profundidades. Volvía a tener la antorcha aferrada, pero tropezó con un enorme cuchillo de piedra emergido del suelo frente a él. Cuanto pisaba parecía estar compuesto de la misma dura piedra y, sin embargo, el cuchillo resonó al chocar contra él como si fuera la voz del viento. Todo lo que conseguía iluminar la antorcha estaba formado por etéreos y pesados fantasmas blancos, semejantes a los fuegos nocturnos de los muertos, como para apretar los ojos a causa del pánico. Le habían dicho que todos los cuchillos ocultaban un monstruo cada uno; no conseguía escucharlos, aunque debían llevar mucho rato observándolo. Lo que oía era mucho más terrorífico que voces o pasos de seres oscuros; era un rumor muy lejano y, al mismo tiempo, tan próximo que parecía estar dentro de él, una especie escalofriante de gemido acallado por una mano apretada contra la boca. Podía sonar como el aullido de un lobo durante una noche de tormenta. O un mamut perdido y herido barritando su agonía. O el silbido del viento, impetuoso, en su recorrido por un estrecho desfiladero. Todo eso podía ser lo que apenas conseguía escuchar. Hacía esfuerzos casi físicos para lograr identificar el debilísimo rumor, cuando una sombra más oscura que todas las otras se movió detrás del cuchillo más cercano a su antorcha. Tuvo tiempo de verla aunque se desvaneció en cuanto volvió los ojos hacia ella. Sin ruido. Sin dejar olor ni huella ninguna en sus instintos alertas. Gracias a la experiencia de cazador, comenzó a sentir que estaba rodeado por seres incontables. Eran millones, hablaban entre ellos aunque no pudiera oírlos y sobrevolaban su cabeza en formación. Estaban sedientos de sangre, lo sabía. ¿Por qué no se abalanzaban sobre él? ¿Lo impediría la diosa? ¿Era tan magnificente el templo que necesitaba legiones de guardianes? La estancia de la diosa tenía que disponer de un curso de agua, aunque fuese pequeño; pero por mucho que lo intentaba no escuchaba el agua correr. Con tantos seres infernales alrededor, el único sonido era el misterioso rumor no identificado. Giró la mirada hacia el lado opuesto a la antorcha. Inesperadamente, la vio. Sonreía. Una hembra etérea y blancuzca que hasta tenía menos pelo que la hembra por cuya posesión se veía en ésas. Estaba sonriéndole, sí. Y no mostraba ningún temor a los tétricos guardianes. En el cruce de sus miradas detectó el consejo de que no se dejase amilanar y continuara el camino. Lo hizo. Avanzó unos diez codos hasta sentir que estaba al borde de un lugar bastante más profundo. Reculó un poco por temor a despeñarse hacia la muerte y adelantó la antorcha al tiempo que se agachaba. El desnivel que debía salvar no superaba la altura de un macho, por lo que saltó hacia abajo y en seguida se dio cuenta de que había calculado muy mal, porque siguió descendiendo durante un tiempo indeterminado pero largo. Iba a encontrar la muerte por inexperto. No había sabido hacer un cálculo que todos sus congéneres estaban obligados a realizar constantemente cuando hollaban territorios ignotos en busca de caza. Lo mismo que la vez anterior, sintió el dolor generalizado y los pinchazos de los minúsculos cuchillos de hielo
Cayó suavemente en un blando colchón de arena dorada, bajo un sol inclemente. La temible agua infinita se encontraba a muy pocos codos y varias hembras muy extrañas estaban inmersas sin temor en el agua. Eran hembras, sí, pero muy diferentes de las que conocía. Sus cuerpos cubiertos solo por una pequeña pieza de colores estridentes que le herían los ojos, no tenían atisbo de pelo, pero el de la cabeza era muy largo y ondulante. El ruido del ir y venir del agua sobre la arena era ensordecedor, pero ellas reían placenteramente sin dejar de exclamar lo que parecían expresiones gozosas aunque no podía entenderlas. Por mucho que sintiera el calor y por mucho que le envolviera la brisa llegada de la espantosa masa de agua, no creía que estuviera realmente en ese lugar tan extraño. Este pensamiento produjo el mismo efecto que el despertar de un sueño. Repentinamente, le envolvía de nuevo la oscuridad. Pero se trataba de una oscuridad incompleta; no todo era tiniebla ya que podía distinguir claramente el perfil de los enormes cuchillos emergidos del suelo y algunos de los que pendían del techo y, a mayor distancia, algo que no sabía qué podía ser. Parecía de la misma naturaleza que todo lo demás, pero en vez de pender o emerger en vertical, formaba líneas oblicuas como la lluvia de nieve racheada. Había oído mencionar un cataclismo muy antiguo, ocurrido hacía más soles de los que podía imaginar. Eso que miraba sin comprenderlo, ¿podía ser una de las consecuencias de aquella vez que la tierra gritó como un mamut malherido? Al tiempo que se acercaba, cuanto más lo miraba menos lo comprendía. Aquello no podía ser. Nada de cuanto conocía tenía formas semejantes; ninguna montaña desafiaba la verticalidad de la atracción de los seres de las profundidades, de modo que aquello sólo podía ser divino. Aquellas formas incomprensibles tenían que ser por fuerza el aposento de la diosa. El pensamiento fue como una invocación. Un resplandor, al principio muy débil, le dio la impresión de que podría convertirse en fulgurante, a pesar de que no despejaba las tinieblas. Se trataba de una luz más presentida que vista, con mayor presencia en la mente que en los ojos.
Pero él supo sin ninguna vacilación que estaba ante la diosa, porque todos los dolores, laceraciones, miedos y sobresaltos sentidos durante el recorrido por el Templo del Cataclismo se convirtieron de repente en la más intensa paz interior que había percibido en toda su vida. Dejó de sentir frío y el contacto de sus pies con el suelo; sencillamente, dejó de sentir. Solamente existía esa luz interior débil y fuerte a un tiempo y el efecto que producía en su espíritu, como si el chamán le hubiera dado uno de aquellos cocimientos con los que se volaba y que ahuyentaban a los espíritus. Sentía la misma anestesia, pero ningún sopor. Su mente se encontraba tan alerta como en una pelea a vida o muerte. Pero salvo por ese detalle, podía estar muerto y haber volado hacia el seno de los dioses, porque no era posible sentirse mejor. No escuchaba la voz, pero la diosa estaba diciéndole que ya no debía sufrir más sonrojo ni culpa, porque había pagado su deuda y estaba en paz. Que saliera rápidamente del templo porque el sol no podía esperarle más y que dijera al chamán que la diosa lo amaba. Aunque hubiera permanecido eternamente sin moverse frente aquel resplandor que le inundaba, desanduvo sus pasos con una celeridad que no era voluntaria. Aunque creía que había caídos dos veces por alturas insuperables, no halló ninguna dificultad en el regreso y, apagada la antorcha, cuando gateaba por el último pasadizo, notó que al extremo del túnel alumbraba todavía un ligero sol casi dormido. Salió del túnel y emergió de la hondonada trasfigurado, feliz. No estaba preparado para lo que le vio. Toda la tribu aguardaba su regreso frente a la boca. Sonreían y sus gestos expresaban simpatía y afecto. En el centro y delante de todos los demás, el chamán, cubierto de los maravillosos objetos sagrados de su oficio. Y, junto a él, ella. La hembra a la que había abultado reía abiertamente con el brazo de su padre, el chamán, sobre los hombros. Se había desprovisto de los colgantes que la señalaban como servidora de la diosa y alguien había tonsurado sus pechos como una madre cualquiera de la tribu, como si quisieran aclararle que su profanación había dejado de serlo. Desprovistas de pelo, las mamas constituían una invitación al deleite. ¿Qué milagro había obrado la diosa? Aquélla por la que había estado a punto de convertirse en un proscrito le era ofrecida ahora con el asentimiento de la tribu y, lo que era mucho más importante, con la anuencia del chamán.