domingo, 31 de julio de 2011

VIVA ISABEL Por Luis Melero


Astracanada en verso, en dos actos. OfrezIsabel II es una reina que, en mi opinión, no ha sido suficientemente tratada por la literatura a pesar de ser un personaje tremendo.


PERSONAJES:
Isabel II (debe tener deje andaluz)
Fray Peneo, nuncio extraordinario y plenipotenciario del Papa Pío IX (hablará con acento italiano)
Doña Mencía, marquesa de Olías,
Lolita Clavel
Doña Celeste del Prado (Alcahueta, debe ser una cómica con recursos. Jugar con Celeste-Celestina)
Pepillo, guardia real de servicio en palacio;
Carlos Luis Duque de Montemolín (con acento catalán)
Francisco de Asís
General Espartero
Sor Patrocinio
Coros.


SINOPSIS:
Acto I
Isabel II sufre uno de sus frecuentes enamoramientos. Pero esta vez el objeto de su deseo, un soldado de la guardia llamado Pepillo, no es tan predispuesto y complaciente como sus antecesores.
La reina pide ayuda a doña Mencía, marquesa de Olías, para consumar su deseo, pero mientras la marquesa lo intenta, acude Espartero a avisar de la llegada de un delegado del Papa Pío IX, portador de exhortación por lo escandalizadas que están las cortes europeas a causa de los devaneos eróticos de la reina de España.
El delegado Papal, fray Peneo, es un joven muy brillante y muy atractivo, de quien la reina se prenda en seguida. El fraile, sin embargo, se niega a su acoso y trata de que le auxilie el lego que le acompaña y que espera fuera del gabinete.
En lugar del lego, acude Lolita Clavel, criada de lenguaje y gesticulación rabanera; informa de que el lego lleva dos horas comiendo sin parar. Al oír hablar de comida, fray Peneo pregunta dónde están las cocinas y echa a correr, "porque ayuno desde Roma".
La Reina pide consejo a Lolita Clavel, "porque a este italiano ansío". Lolita dice que ha visto que doña Mencía mandó bañar y perfumar a Pepillo y sugiere a la reina que vista al guardia de fraile para confundir a fray Peneo y acusarle de impostor. La reina acepta y la manda a urdir el plan.


Acto II
Isabel está muy nerviosa. Desea con vehemencia ser consolada por las gracias del italiano. Acude doña Mencía para avisarle de que "Pepillo, según me ha dicho Lolita, está preparado como fraile", pero dice que se acerca al gabinete Francisco de Asís acompañado del duque de Montemolín, que acude con exigencias de los carlistas.
Isabel se enamora perdidamente del duque y, en un aparte, pide consejo a doña Mencía. Ésta le recomienda hablar con "Celestina", no sólo para que le ayude a vencer la resistencia hostil del catalán, sino para aclararse entre Pepillo, fray Peneo y el Duque. Tras la salida airada de Montemolín, acude fray Peneo "pues vuestra majestad me manda llamar": Isabel, que ahora suspira por el catalán, sabe, sin embargo, que tiene que librarse de los molestos regaños del Papa y manda entrar a "fray" Pepillo: cuando acude éste disfrazado, mete muchísimo la pata y no resulta nada convincente como suplantador del "delegado papal", pero Isabel amenaza airadamente a Peneo con encerrarlo en una mazmorra hasta la muerte. Peneo conoce de oídas las peligrosas rabietas de Isabel y decide, para librarse de su ira, fingir enamoramiento. Isabel le rechaza, echándose encima del "verdadero nuncio" Pepillo. Éste, que exterioriza terror, se comporta inesperadamente con el mismo afeminamiento de Francisco de Asís, a quien llama a grito pelado. Acude el rey consorte y se lo lleva amarteladamente.
Isabel, a solas con Peneo, muestra enorme confusión. Llaman a la puerta y entra Celestina (es un trasunto muy obvio de Aramís Fuster). Celestina pide a la reina que se relaje en el sofá y manda salir a Peneo: tras diversos conjuros, le dice a la Reina que ya tiene el poder de enamorar a quien quiera sin que se le resista. Ahora, Isabel dice que a quien desea de verdad es a Pepillo. "esa loca que me ha robado la loca de mi marido". Acude Asís, diciéndole cuánto la ama "por enseñarme nuevas variantes del amor, al disfrazar de fraile a Pepillo". Acuden también Montemolín y Peneo, peleando entre sí por favor de la reina. Finalmente, Isabel le pregunta a Celestina "¿qué embrujo me has dado?, porque te amo y tu favor ansío"





ACTO 1
Escena 1, Isabel y Doña Mencía.

Gabinete de la reina. Al levantarse el telón, Isabel II está muy agitada y recorre nerviosamente el escenario de parte a parte, con reiteración. Doña Mencía trata de tranquilizarla.

Mencía:
Sosegaos, Majestad,
que no es cruel indiferencia;
es la bendita inocencia
de quien gran respeto os da.

Isabel:
¿Respeto, doña Mencía?
¿Mientras su tez enrojece
y sus hombros se estremecen?
Al mirarlo, yo diría
que tiene una batidora
triturando sin cesar
venga y toma, toma ya,
metida en la cazadora.
Así es, doña Mencía,
que me estremece y arroba
lo que sus ojos me roban…


Mencía:
Es como todos los días,
pues bien sabes, Majestad,
que los dimes y diretes
por los rincones se meten
y le causan cortedad.

Isabel:
No es cortedad lo que aprecio
cuando sus calzas se inflaman.

Mencía:
Es que todas las mañanas
llegáis con los mismos tercios:
Manoseo por aquí,
manoseo por allá
y apretones acullá.
Y él, siempre en un sinvivir,
porque cuando recorréis
los pasillos de palacio
sea con prisas o despacio,
a todos mano metéis.
Toda la guardia real
va con la bragueta inflada
entre salones y salas
por tu mano, Majestad.
(aparte)
Pues doña Isabel segunda
es como una Marujita
que a todo Dinio le quita
calzoncillos y coyundas
(a la reina)
Pepillo es guardia leal,
pero la rijosidad
que te quema, Majestad,
en la guerra y en la paz,
le produce desconcierto...

Isabel:
Pero a mí me pone ansiosa
que me eluda cual raposa.

Mencía:
No es rechazo, sino tiento;
porque todos chismorrean
en palacio que dejáis
a los que cama les dais
sin empleo ni cartera
cuando de ellos os cansáis...
y siendo así de abusona...

Isabel
¡Doña Mencía!

Mencía:
Sí, Señora,
perdonad si os molestáis,
mas pedís que sea sincera
cuando de chismes os hablo.
¡Deseáis que hable claro
y no sea lisonjera!.

Isabel:
Pero ahora exageráis.

Mencía:
(aparte)
¿Exagerar es decir
las verdades del barquero?
Pues a todos deja en cueros
antes y después del sí.
Antes, por rijosidad;
después, por racanería.
Pobres se van cual solían.
(a la reina, con reverencia)
Disculpadme, Majestad.

Isabel:
Yo te perdono, Mencía,
mas a Pepillo lo quiero
como chorizo con huevos...
desayunarlo de día,
de noche y de madrugada,
gozando su lozanía
y la enormidad que ansía
mi pasión desaforada.
Lo que quiero, Menciíta,
es que lo traigas aquí
como quien va a recibir
recado, manda o misiva.

Mencía:
¿Y no debo procurar,
como ordena el reglamento,
firmado el asentimiento
de su jefe, el general?

Isabel
Del general Espartero
poco se puede esperar
aunque sea liberal
y de Londres venidero.
Aunque medito si darle
el encargo de gobierno
no puede mi pensamiento
llegar a considerarle
porque viene cada día
con voces y admoniciones
y afea mis achuchones
con soldados y vigías.
¿Qué mal tiene un revolcón?
¿Qué mal hago con gozar?
¿Quién me puede reprochar
que desahogue mi pasión?
Don Joaquín el Espartero
de cuyo caballo todos
se hacen lenguas con asombro
es demasiado severo.
Si ahora vos le sugerís
que deste Pepillo quiero
catar humores y cielos,
presto hablará con Asís.

Mencía:
¿No parece vuestro esposo
perdonar tu liviandad?
Dada tu rijosidad...
él no se muestra celoso.

Isabel
¿Qué habría de perdonar
el Asís, si no se cosca
y no me da ni una rosca?
Temo la severidad
de Espartero, que enjuicia
cual si yo fuera clarisa
o sor de la Caridad
y a don Francisco de Asís
le calienta la cabeza
como grupa de abadesa.
¡Quiero revolcarme aquí!
Porque este rey consorte
es una patata frita
sin sal, pimienta ni chicha.
¡Es más frío que Monforte
cuando lo cubren las nieves!
No tiene genio ni porte,
es peor que el Polo Norte;
¡sólo mis vestidos quiere!
Porque le gusta un desfile
de modas más que a Cañadas
y se escapan sus miradas
hacia los mozos, por miles.
Tráeme pronto a Pepillo
que me agobian los picores.

Mencía
¿Deseáis que lo decoren
y lo vistan cual Cupido?

Isabel
Bastará con que lo bañen
pero no mucho, pardiez,
porque el olor de cuartel
me pone el vientre que arde.

Mencía
¿Mando, pues, que lo restrieguen
con esponjas y jabones?

Isabel
No, que no me le roben
ese tufillo que tiene
de sobaquillo viril...
masculinas vaharadas...
¡que se me va la mirada
siempre golosa al pernil!

Mencía (aparte, antes del mutis)
Esta reina, vive Dios,
como Penélope va
desde el Tom al Adrián,
metidita a picaflor.
Con tan grande marejada
de su uterino furor
acapara cual mentor
de Marbella concejala.
Es como Carmen Electra.
O como una Mesalina
que viaja en limusina.
Es igual que la princesa
De los fiordos y el salmón.
Pero de esta rebañina
Una verá lo que pilla,
Pues estúpida no soy.

SALE MENCÍA CON UNA REVERENCIA.


















Escena 2, Isabel. Llega Espartero. Luego, fray Peneo.

Isabel (muy voluptuosa)
Ay, Pepillo, vida mía;
ven pronto a mi gran volcán,
lléname de tu... panal,
que promete maravillas
a juzgar por el volumen
que adopta cuando lo miman
mis manos; cuando lo ansían
mis carnes. Ven, dame un chute
de esa manguera de incendios.
Drógame cual cocaína.
Destrózame la barriga.
Trátame sin miramientos.

GOLPES EN LA PUERTA, QUE SE ABRE.
ENTRA ESPARTERO DOBLADO EN GENUFLEXIÓN.
ISABEL CAMBIA A FORZADA POSE MUY HIERÁTICA.


Espartero:
Majestad...

Isabel:
Decid don Joaquín.

Espartero:
Ha llegado un delegado
del Papa, para entregaros
exhortación. ¿Qué decís?

Isabel:
Y... ¿Debo hablarle, Espartero?

Espartero:
Es preciso, Majestad,
pues es gran plenipotenciario
y hace cara de malfario.
¡Es nuncio con potestad!
Con la inestabilidad
de vuestro reino, señora,
rehusad a todas horas
con la Iglesia a tropezar.

Isabel:
Este Pío nono me tiene
las narices más hinchadas...
¡Soy reina de las Españas!
Ese nuncio, ¿qué me quiere?
¿Qué suponéis que desea?

Espartero:
Os trae recriminación
por las horas de pasión
que al sexo cuentan que entregas.
(aparte)
Es que esta reina, pardiez,
ella sola le daría
placer a una compañía
de un atestado cuartel.

Isabel:
¿Es buen mozo el delegado?
¿Cómo se llama el bardián?

Espartero:
Fray Peneo se hace llamar
y luce sano y delgado.

Isabel:
De acuerdo, sano y delgado...
Pero ¿son anchos sus hombros?
¿Sus calzas causan asombro?
¿Se le marca un gran legado?

Espartero:
Tal no podría afirmar,
pues no miro tales cosas
y al fray tapa generosa
grande sotana talar.

Isabel:
¿Que es profeso suponéis?

Espartero:
Es profeso, lo aseguro
exprofeso, y le auguro
predicamiento en la grey.
Por ello, su Majestad
debe darle cuartelillo.

Isabel
Entonces, generalillo,
hacedlo presto pasar.

Espartero (asomándose fuera de la puerta)
Pasad, don Peneo, pasad
que la reina os espera.

Peneo (entrando, habla a alguien con la cabeza vuelta atrás)
Espérame aquí fuera.
Hablaré a su Majestad
(reverencia)
A vuestros pies, Isabel,
manda el Papa que me postre.
A España, valiente y noble,
manda don Pío agradecer
su gran religiosidad.
Pero me manda, también,
deciros que no está bien
lo que hace su Majestad.

Isabel (altanera, a Espartero, que sale)
Don Joaquín, dejadnos solos.
¿Cómo os llamáis, delegado?

Peneo:
Peneo me bautizaron

Isabel:
Es un nombre apetitoso.

Peneo (sonríe con rubor):
Nombre griego es de famoso
río que el Olimpo riega,
mas para vos y la Tierra
"Fray Peneo" es más hermoso.

Isabel:
Peneo es la mar de hermoso
lo mire como lo mire.
(pausa, como si meditara calculadoramente)
¿Al Papa quién va a decirle
que hago algo deshonroso?

Peneo:
Nadie en concreto, señora,
el rurrún es clamoroso
y recorre presuroso
de norte a sur toda Europa.
Tanto resuena el rumor
que ya es certeza total.
Debe, pues, su Majestad
rectificar el error;
pues de la Iglesia adalid
España fue desde antiguo
y se os exige, ahora mismo,
dejar de ser meretriz...

Isabel:
¡Fray Peneo, qué decis!
¿Sabéis ante quién estáis?

Peneo:
¡Ciertamente!

Isabel:
Pues habláis
a la reina más gentil,
devota y comulgadora

Peneo:
¿Devota de matinales,
vespertinas y misales,
devota hora tras hora?

Isabel:
Soy ferviente penitente.
Os lo juro.

Peneo:
Por mis males
que el juramento no vale.
Vuestra Majestad me miente.

Isabel:
¿Qué haría para convenceros?

Peneo:
Nada agrada más a Dios
que un acto de contrición.
Confesaros ahora quiero.

Isabel (muy dudosa y alterada, finge ingenuidad):
¿Ahora mismo? ¿Tan temprano?
¿Cuando el cuerpo, todavía,
no tuvo ni una alegría?
¿Qué podría confesaros?

Peneo:
Los pecados de tu vida.
Vamos presto. Arrodillaos.

Isabel:
El miriñaque es prestado.
Temo hacerle una arruguilla.

Peneo:
¡Qué dama tan graciocilla,
taimada reina Isabel!
"Defensora de la fe"
tendría que ser tu divisa
y en cambio, no se barruntan
en tu vida cotidiana
más que risas casquivanas
y los placeres que juntas
noche tras noche, sin fin,
en orgías indecentes
con hombres improcedentes.
¡Preparad un bien morir!

Isabel:
¿A mi edad? ¡Si tengo veinte!

Peneo:
¡Qué más da! Arrodillaos

Isabel:
Tengo un lobanillo abajo,
(toma la mano de Peneo y trata de que le toque el muslo)
reverendo, ¿no lo sientes?

Peneo (apartándose, escandalizado):
Aparta de mí, Satán,
que me queman tus pecados.
Nunca meterás las manos
entre mis piernas, bardián.

Isabel (aparte):
Este fray es inconmovible,
cual peñón de Gibraltar,
como el Marte de Sardá,
sin competencia posible.
¿Qué haría yo para minar
su fortaleza? ¿Decirle
que tengo un picor de ingles
que sólo él puede calmar?
(A Peneo)
Escuchadme, don Peneo:
puesto que sois italiano...
y no queréis meter mano...
¿no seréis veo y no veo?
Los ítalos tienen fama
de románticos amantes;
¿dejarás de ser galante
y que otros carden la lana?
¿No serás cual Julio César
que quería ser marido
de las esposas cumplido
y con los hombres princesa?
(aparte)
¡Toma ya, chúpate esa!
A éste yo me lo ligo.

Peneo:
Yo sólo soy cumplido
entre frailes y abadesas.

Isabel:
¿Tal es, pues, tu preferencia?

Peneo:
Majestad, yo soy cumplido,
después de haber bendecido
cocinas y sobremesas.

Isabel:
¡Acabáramos! Resulta
que sólo tras atracarte
de viandas hasta hartarte
tú te sueltas las coyundas...
Si el problema es rellenar
tu sistema digestivo
ahora mismo, buen amigo,
mando servir tu yantar.
Y en cuanto comido hayáis
desinfectaros los bajos,
lavaros bien el badajo
y en la cama me esperáis.

Peneo:
¡Majestad, qué impertinencia!
Mi virtud es persistente...
yo jamás fui penitente,
pues limpia está mi conciencia.

Isabel:
Tú me engañas, ya lo veo
porque alguna cosa extraña
hace tienda de campaña
en tu sotana, Peneo.
(Se acerca sugerentemente y trata de meterle mano)
¿Es aféresis del nombre?
¿Es tu nombre lo que abulta
juntando bulto con punta?
¿Es tu dotación de hombre?

Peneo (da un repullo y salta hacia la puerta):
¡Quitad, Majestad, quitad!
Mi virtud es inmaculada.
(abre la puerta y llama afuera)
¡Quiere violarme en la cama,
acude, por Dios, Froilán!
(Pausa, como el lego no acude, insiste):
Acude, por Dios, Froilán,
rescátame del Maligno,
canta conmigo algún himno
y sálvame de Satán.





Escena 3, Isabel, Peneo. Llega Lola Clavel.

LOLA ENTRA CON GRAN REVERENCIA Y PERMANECE EN TAL POSTURA HASTA QUE ISABEL LA DISPENSA.

Isabel:
¿Por qué, Lola, has acudido?

Lola:
Porque llama el italiano.

Isabel:
Pero a ti no te ha llamado.
Es para su lego el grito.

Lola:
Lo sé muy bien, Majestad,
pero el lego permanece
en la cocina entre preces
¡comiendo sin descansar!

Isabel:
¿Y por qué te vienes vos
en vez de doña Mencía?

Lola:
Porque está en una pofía
con vuestro guardia de corps.

Isabel (con expresión de caer en la cuenta y como si quisiera disimular):
¡Ah, si! Creo que me dijo...
que tenía que gestionar
no sé qué... y no sé cual...
con ese guardia, Pepillo.
(aparte)
Esta Lolita Clavel
no me cree ni una palabra.

Lola (aparte):
Isabel me cree cabra
loca, incapaz de leer.

Isabel:
Enderézate, querida,
que es mucho lo que yo pago
costeando tus lumbagos.
¿Qué decías de la cocina?

LOLA ESTÁ DISTRAÍDA, OBSERVANDO A PENEO.

Lola (aparte):
Este mozo pinturero
tiene hechuras de chulo;
cuando lo vea desnudo
tendrá pinta de torero...
(a la reina, mientras se endereza)
En la cocina, señora
lleva dos horas cumplidas
el tal Froilán, pica y pica
entre sartenes y ollas,
y no para de picar
porque lo suyo no es hambre
es carpanta de fiambre
que quiere resucitar.
Empezó con dos raciones
de potaje de garbanzos,
siguió con cuatro pedazos
de morcilla con morrones.
Acabó con las gallinas,
los capones y pichones.
Devoró un par de... melones
y ahora acaba una sandía.
¿Créis que debo mandarle
que deje de masticar?
¿No podría hacerle mal
quedar con algo de hambre?

Peneo (aparte):
¡Ya está! ¡Ya nos descubrieron!

Isabel:
No, Lola, no le interrumpas,
que siga zumba que zumba,
y que disfrute comiendo.
Que recuperen las fuerzas
el fraile y el ayudante
pues han de tener aguante
cuando venga lo que venga.

Lola:
¿Qué ha de venir?

Isabel:
Ya lo sabes.

Lola:
¿Le gozaréis?

Isabel:
Eso espero.

Lola:
Entonces... ¿lo pongo luego
berrendo y babeante?

Isabel:
Algo, sí, pero cuidado
porque a veces me los dejas
reventados, sin mollejas,
felices y extenuados...

Lola:
Es que una no es de piedra.
Y si me mandáis tratar
de que lleguen a tu lar
con el caldo entre las piernas...

Isabel:
Una cosa es excitarlos
y otra, y muy diferente
es devorarlos cual liebres,
y.... entregármelos...

Lola:
Disculpe su Majestad:
¿Debo hacer con este fraile
lo que hago cada tarde
cuando os visita un galán?
¿Habréle de perfumarle
con esencias de heliotropo
mas discreto, poco a poco,
sin sus esencias quitarle?
He de hacer que


Isabel:
No sé... me asaltan las dudas...
Se resiste cual forzado
o como gato escaldado.
Parece un anciano cura...
Tú, Lola, ¿cómo lo ves?

Lola:
Aprecio gran hermosura
y muy grande galanura.
Os satisfará, Isabel.

jueves, 28 de julio de 2011

EL MUNDO DE LOS CUENTOS



Existen numerosos escritos de gente muy reputada hablando de los muchísimos beneficios que tienen los cuentos, no sólo en la educación del niño, sino en la vida familiar. Lo que aquí os presento es una valoración personal de los puntos que considero más importantes, haciendo especial hincapié en aquellos que no se suelen mencionar, pero que pueden ser de gran ayuda.
La mayor ventaja educativa, sin duda ninguna, es lacapacidad que tiene un cuento de transmitir valores. Quizás no hayamos reparado conscientemente en ello, pero si lo analizamos, la mayoría de los valores más firmemente arraigados en nuestra propia personalidad llegaron a nosotros de la mano de algún cuento: los 3 cerditos, por ejemplo, nos inculcaron la importancia de trabajar bien; la tortuga y la liebre nos mostraban que la constancia y la modestia tenían su fruto; y la cigarra y la hormiga nos hicieron ver que era más rentable trabajar que ser un holgazán.
Esto no es casualidad. Todas las historias, y los cuentos son una más, tienen un argumento lógico que une las distintas partes, haciéndolas mucho más fáciles de recordar. De esta forma, nuestra memoria almacena precisamente ese hilo argumental porque es el pegamento de todos esos elementos, y por tanto la forma más sencilla de tener acceso al resto de detalles de la historia. Y es precisamente la moraleja el mejor resumen de un cuento, y por tanto lo que mejor retenemos del mismo. Así, por ejemplo, uno puede olvidar detalles de lo que decían la cigarra y la hormiga, pero no olvida que una holgazaneaba mientras la otra trabajaba para almacenar comida.
En segundo lugar, y muy relacionado con lo anterior, está la utilidad de los cuentos para enseñar cosas nuevas. Precisamente por la facilidad con que se recuerda la historia principal, y por su importancia como nexo de unión, el cuento permite acceder fácilmente a los demás detalles. De hecho, las historias han sido utilizadas siempre para transmitir ideas y conocimiento, empezando por la mismísima Biblia y el propio Jesús de Nazareth, cuyas parábolas fueron una forma de enseñanza realmente reveladora. Yo mismo aún recuerdo el caso de un compañero de clase en el colegio que siempre sacaba malas notas, que sorprendió a todos con una nota excelente en un examen de historia de la primera guerra mundial precisamente porque había estado viendo un par de películas sobre el asunto...


Pero además de ser potentes herramientas de educación y enseñanza, los cuentos inventados y personalizados antes de dormir permiten establecer un nexo fortísimo con los niños. Al ser inventados y originales cada día, quien los cuenta debe dedicar toda su capacidad y atención, aunque sólo sea durante ese momento; y eso es algo que los niños, acostumbrados a ser el centro de atención de actos, pero no de pensamientos (muchos padres tienen demasiadas preocupaciones como para aparcarlas totalmente, aunque sólo sea un rato) perciben con gran agradecimiento y entusiasmo. Y al personalizarlos (yo siempre les dejo escoger los personajes principales de la historia), los padres se obligan a escuchar y atender a sus hijos, y los niños se sienten verdaderamente especiales. Esa carga emotiva tan grande es otro importante factor que facilita la memorización y asimilación de lo enseñado en esos cuentos. Yo mismo he podido comprobarlo las numerosas ocasiones en que mis hijos me han sorprendido recordando detalles increíbles de cuentos que les había contado hacía ya mucho tiempo y de los que no habíamos vuelto a comentar nada.
Finalmente, contar cuentos sin libros ni dibujos, con la habitación en penumbra y los niños acostados, tal y como me gusta a mí hacerlo, es una ayuda muy eficaz para contrarrestar la falta de atención que sufren muchos niños actualmente , provocada por vivir en un mundo con tantos sobreestímulos visuales. Bajo la débil luz del pasillo, y con la tranquilizadora presencia de sus padres, los niños abren sus oídos dispuestos a transportarse al mundo del cuento, y sin darse cuenta, están aprendiendo a centrar su atención; no sólo eso, además lo hacen utilizando el oído como sentido primario, muy al contrario de lo que habrá sucedido durante el día. Yo suelo aprovechar esta situación para estimular aún más su parte visual, pero en el aspecto creativo, que ante tantos estímulos tan perfectamente fabricados, muchos no desarrollan debidamente; así que lleno los cuentos y sus personajes de marcados y vivos colores, obligándoles a imaginar cada parte del cuento.
No quiero acabar sin remarcar las ventajas de personalizar los cuentos (a quien le parezca difícil hacerlo cada día, aquí cuento cómo hacerlo de forma facilísima). Un cuento personalizado es una herramienta increíblemente eficaz para "analizar" los comportamientos de los niños durante ese día. Aprovechando la cercanía en el tiempo y la frescura de sus recuerdos sobre lo acontecido, mediante el cuento podemos alabar lo que hayan hecho bien, o censurar y tratar de cambiar aquello que no hicieron tan bien. En ese momento tan emotivo, los niños están tan accesibles y dispuestos, que un cuento que ejemplifique claramente la actitud a seguir será mucho más eficaz que varias horas de sermones y buenas palabras.

miércoles, 27 de julio de 2011

ROCA EDITORIAL ME HA ESTAFADO MÁS DE 120.000 EUROS.


A causa de la defectuosa LEY DE PROPIEDAD INTELECTUAL que tenemos.

Esta ley, terminada en 1996, no establece ninguna provisión que GARANTICE A LOS ESCRITORES EL COBRO DE SU DERECHOS DE PROPIEDAD INTELECTUAL.
De modo que, casi todas las editoriales, trapichean con los derechos de sus escritores en español y les presentan liquidaciones anuales de derechos indudablemente fraudulentas.
Cuando un amigo abogado descubrió en 2007 lo que ROCA EDITORIAL se estaba apropiando de mis derechos, calculó junto a un especialista catalán que hasta aquellos momentos Roca se había apoderado de más de 75.000 euros míos.
No sirvieron mis reclamaciones a Roca Editorial ni mis gestiones ante la policía, el Parlamento, el Gobierno, el Rey, el Defensor del Pueblo, los organismos internacionales de escritores ni ante la Generalitat. NADIE PUEDE HACER NADA PORQUE LA LEY NO GARANTIZA SUS DERECHOS A LOS ESCRITORES.
LA LEY DE PROPIEDAD INTELECTUAL ESPAÑOLE ES MUY DEFECTUOSA Y ESTÁ COMPUESTA PENSANDO EN BENE3FGICIAR A LAS EDITORIALES (Y A NADIE MÁS), PORQUE UNA DE SUS PONENTES ES AMIGA “MUY INTIMA” DE UNA EDITORA FAMOSA LESBIANA.
YO ESTOY VIVIENDO MISERABLEMENTE. NO PUEDO LEER PORQUE NO TENGO DINERO PARA COMPRARME GAFAS. ME ESTOY QUEDANDO SIN DIENTES Y NO DISPONGO DE NINGÚN MEDIOS PARA SOLUCIONAR LOS MALES DE MI BOCA, ESTROPEADA POR LOS MEDICAMENTOS ABUNDANTÍSIMOS QUE TOMO. Mientras Blanca Rosa Roca -dueña de ROCA EDITORIAL- dilapida mi dinero en juergas y lujosos viajes a Nueva York
Yo estoy muriendo ya, pero el parlamento está obligado a promover y aprobar una LEY DE PROPIEDAD INTELECTUAL que sea justa y proteja verdaderamente a los escritores.

lunes, 25 de julio de 2011

EL PROFESOR DE INGLÉS


EL PROFESOR DE INGLÉS

José Almeida era chapero de Sol.
No lo ocultaba. Le enorgullecía el título, porque jamás había tenido otro, ninguna profesión que le caracterizara. Sabía que procedía del más subterráneo de los niveles de la pirámide social.
Ser chapero representaba un progreso meteórico en su vida.
Porque siendo chapero visitaba casas muy elegantes, de un tipo que ni siquiera suponía que pudieran existir en Portugal. Porque siendo chapero, recibía como regalos ropa que sólo había visto usar a la gente en televisión. Porque siendo chapero, le invitaban a comer de vez en cuando en restaurantes donde cobraban por persona mucho más de lo que él necesitaba para pagar la pensión a diario.
Claro que era importante ser chapero.
Porque desde que lo era, había viajado ya cinco veces a la aldea cercana a Goveia donde vivía su familia, y siempre asombraba a sus hermanos y a sus antiguos vecinos con su ropa, sus expresiones y el dinero que podía gastar.

Había descubierto su poder cuando más asustado se sentía. Llegado a Madrid sin un escudo ni un duro, encontró a dos jóvenes portugueses en una tasca de Atocha. Viendo que hablaban en portugués, se acercó a pedirles ayuda.
-¿Estás sin dinero? -le preguntó el que parecía más desenvuelto.
-No tengo ni para comer. Tampoco sé dónde voy a dormir.
-Pues tienes fácil la salida.
-¿Qué tengo que hacer?
-Ven con nosotros. Hay una sauna donde van los hombres en busca de muchachos como nosotros. Pagan mucho dinero y sólo tienes que quedarte quieto mientras te tocan.
-A mí sólo me gusta que me toquen las mujeres.
-Si cierras los ojos y piensas en mujeres, verás que difrutas igual. Y además, te pagan.
-¿Cuánto?
-Unas cinco mil pesetas.
Cinco mil pesetas era lo que podía ganar en la aldea en una semana. Tenía que intentarlo.
La sauna, sin embargo, le cohibió. No podía creer que aquellos hombres, con aspecto de verdaderos hombres, quisieran mantener sexo con él. Todos eran muy elegantes a pesar de estar desnudos. Las gafas que usaban algunos y las cadenas que casi todos llevaban al cuello, revelaban un poder económico que, desde la perspectiva de su aldea, parecía estratosférico.
Se mantuvo mucho tiempo aparte, casi oculto, observando amedrentado a la gente que circulaba constantemente de una planta a otra, del baño turco a la sauna, de las duchas a la sala de proyección, del bar al cuarto oscuro.
Finalmente, decidió que no tenía nada que hacer en ese lugar. No sabía hablar español, era demasiado tosco en comparación con toda aquella gente, era demasiado inculto para esperar que le entendieran. Se daría una ducha y saldría a ver qué podía hacer en el exterior.
La sala de duchas tenía ocho alcachofas y un pequeño jacuzzi.
José Almeida se despojó del paño que le cubría la cintura, abrió el chorro de agua, tomó abundante gel del dispensador, se enjabonó el pelo, el rostro y todo el cuerpo y gozó la primera ducha verdadera de su vida, puesto que en la vieja casa de piedra de la aldea tenía que asearse echándose por encima baldes de agua fría, que sumaban a la tiritona la idea de estar siendo sometido a un suplicio medieval. Entre el jabón que le cubría la cara y el placer que le producía el agua tibia, permaneció mucho rato con los ojos cerrados. Cuando los abrió, vio que había siete hombres formando un corro a su alrededor; le miraban con expresión radiante y dos de ellos estaban manoseándose.
José bajó la cabeza, tratando de descubrir qué asombraba tanto a aquellas siete personas. Examinó su torso blanco, donde casi no había vello, pero donde se distinguían claramente sus músculos tallados por el duro trabajo del campo; ese pecho duro como la piedra no podía resultar atractivo para nadie. Se preguntó si serían las piernas, tan robustas que parecían las de un animal; no, tampoco eran atractivos sus muslos tan masivos ni las pantorillas que parecían dos bolas de billar juntas en cada pierna. Mucho menos podía atraerles el pingajo fláccido y cubierto por un laberinto de venas, y muy oscuro en comparación con el resto de su piel, que le colgaba hasta más abajo de medio muslo. Tal vez aquellos hombres le miraban por ser un bicho raro.
El que estaba más cerca, le dijo con un tono que evidenciaba tensión interior:
-¿Puedo invitarte a tomar algo?
José entendió a medias la pregunta, pero asintió. Siguió al hombre hasta la sala del bar, sintiendo que le temblaban las piernas. Tomó con fruición el refresco de naranja y luego aceptó la señal del hombre, que le condujo hasta una habitación tan pequeña que parecía un armario, con toda la superficie ocupada por una colchoneta.
Cuarenta minutos más tarde, salió de la sauna admirado por dos motivos: Había disfrutado con lo que el hombre le hab ía hecho y llevaba cuatro mil pesetasen el bolsillo.
Aunque nunca consiguió hablar bien español, un año más tarde reflexionaba sobre lo estupendo que había sido descubrir la vida de chapero, puesto que disponía de una agenda de bolsillo con varias decenas de números de teléfono. No sabía leer los nombres, pero recordaba a las personas por el trazo de las letras. Era muy raro que le dijeran que no cuando preguntaba si podía ir a sus casas, cada vez que se quedaba sin dinero y tenía que buscarlo con urgencia para pagar la pensión.

El profesor de inglés representó un paso adelante en su carrera.
Robert Kent tenía cuarenta y dos años, un cuerpo del que la musculatura universitaria comenzaba a descolgarse, un pisito en el Puente de Vallecas y dos pasiones: los toros y los jóvenes que tenían cuerpos de torero.
Conoció a José Almeida en un bar de la calle Espoz y Mina. Robert era capaz de desnudar a la gente con la mirada, por lo que radiografió las posesiones de José de una sola ojeada.
Siguieron dos meses durante los que José fue el sábado, sabadete del profesor. Con el tiempo, los sábados se extendieron a todo el fin de semana y, poco más tarde, el profesor era el recurso cuando José no encontraba un cliente. Dado que Robert rellenaba muchos de los altibajos que la economía de José había venido teniendo, éste llegó a la situación de holgura que le incitaba, periódicamente, a viajar para pavonearse en su aldea.

-Me gustaría irme a Madrid contigo -le dijo a José su hermano Paulo.
El ruego estremeció a José. La posibilidad de que un miembro de su familia llegase a saber cómo se ganaba la vida, escapaba a sus previsiones. Se trataba de un asunto demasiado oscuro como para ser revelado. Trató de disuadir a su hermano, dos años menor que él.
-Las cosas no son fáciles allí.
-¡No pueden ir peor que aquí! Mira, José, aunque tenga que dormir en la calle, quiero irme a Madrid. No soporto pasar más días con las cabras.
-Aquí no te falta nada.
-¿Que no me falta nada? ¿Es que no te das cuenta de la diferencia que hay entre como vistes tú y cómo visto y el dinero que gastas y el que gasto yo?
La conversación se repitió cuatro días consecutivos, en los mismo términos. José llegó a sentirse muy nervioso. Carecía de argumentos que pudieran desalentar a Paulo, porque él mismo había viajado a Madrid la primera vez en circunstancias mucho más inciertas, sin un hermano que pudiera ayudarle. El último día, vio que, desde el punto de vista de Paulo, la decisión estaba tomada. ¿Qué hacer?
Decidió ir a Gobeia y telefonear a Robert.
-¿José? ¿Cuándo vuelves?
-Mañana. Tengo un problema y necesito que me ayudes.
-¿Qué has hecho?
-Nada malo. Es mi hermano, que quiere venirse a Madrid conmigo.
-Estupendo. Tráelo.
-Es que...
-¿Qué?
-No quiero que sepa a lo que me dedico.
-¿Tu hermano es ciego? Mira, José; peor es ser camello o maleante. Tú no le haces daño a nadie,¿verdad?
-Yo quisiera... ¿No puedes tenerlo en tu casa, para que te limpie y te haga la comida... o algo así? Pero sin tocarlo, ¿eh?, sin pasarte. Sólo sería hasta que yo pueda decirle la verdad.
-Sí, hombre, no te preocupes. Tú, tráelo. Ya veremos cómo lo resolvemos.

La primera noche, Robert instaló a Paulo en una pequeña habitación y José fue acomodado en el sofá del salón. A la mañana siguiente, José salió con su equipaje en busca de una pensión.
-No dejes que mi hermano se dé cuenta de lo que hay entre nosotros, ¿eh? -pidió a Robert.
-Sí, hombre, no te preocupes. Tú, tranquilo.
Durante la comida, al estar largo rato a su lado, Robert descubrió que Paulo olía muy mal.
-¿No te has bañado?
-Me toca dentro de dos días.
-¿Qué? Estás loco. Uno se baña cada vez que lo necesita, que es todo los días; no a plazo fijo.
-Ya me bañé el sábado, en la aldea.
-Aquí tienes que bañarte todos los días. No hay cabras cerca que enmascaren los malos olores de la gente.
Casi a la fuerza, Robert empujó al joven hasta el cuarto de baño. Pocos minutos después, extrañado por no oír el chorro de agua, entreabrió la puerta.
-¿Algún problema?
-No sé cómo funciona esto -respondió Paulo, que estaba desnudo, ante la bañera, como quien se encontrase inesperadamente al mando de un Airbus.
Robert le explicó en la práctica cómo funcionaba el grifo mezclador y las diferentes posiciones de la alcachofa. Sólo contempló el cuerpo del muchacho cuando éste ya había comprendido el funcionamiento y se disponía a situarse bajo la ducha. Era una reproducción casi exacta del agreste atractivo escultural de José, con tres salvedades: Su rostro era mucho más hermoso, su pene era más grueso y sufría fimosis. No supo reprimir a tiempo el impulso de tocar.
El chico sonrió mientras se ruborizaba.
-Tu prepucio necesita una operación, ¿no lo sabías?
-No. No sé de lo que hablas.
-Esto, ¿ves? Esta piel tiene que retraerse y descubrir el glande. ¿Nunca has hecho sexo?
-No... yo...
-¿Te duele?
-Sí. No puedo...
-Me lo imagino. Esta tarde vamos a arreglar este problema.

El doctor Álvaro Martín, el amigo más íntimo de Robert en Madrid, aficionado como él a los toros y, en realidad, quien había originado la afición de norteamericano, rebanó el prepucio de Paulo entre risas.
-Hay piel suficiente para hacerle un sombrero -le comentó a Robert.
El profesor de inglés pidió a su amigo por señas que no hurgara en la evidente cortedad del muchacho.
Viendo que casi no le entendía, el médico tuvo que repetir varias veces a Paulo los cuidados que habría de tener y las precauciones que debía adoptar mientras se producía la cicatrización. No paró de reír mientras lo hacía. Al despedirles, susurró al profesor de inglés:
-Bien, Robert. Ya me contarás cómo funciona dentro de quince días... y si te produce algún desgarro, no te dé vergüenza venir a que te cosa.
-Eres un degenerado, Álvaro. Este chico es hermano de José. No tiene nada que ver conmigo.
-Bueno, si tú lo dices... Pero a partir de ahora, cuando se le cicatrice, tendrás ahí un fenónmeno de la naturaleza; ¿por qué desaprovecharlo?

José acudía casi a diario a casa de Robert. La convalecendia de su hermano era un buen pretexto, que le permitía ahorrarse el gasto de la comida sin tener que acostarse con el profesor, lo que le dejaba con energías para un par de chapas cada tarde, de modo que, durante dos semanas, aumentó su prosperidad.
Paulo no quiso contarle cómo había descubierto Robert que necesitaba operarse de fimosis.
-Fue que yo se lo comenté.
-¿Y cómo te entendió tan rápido?
-No sé. Yo se lo dije, simplemente. En seguida me ofreció ir al médico.
-Bueno. Pero él... ¿no ha tratado de tocarte?
-No, qué va.
José escrutó a su hermano y, por primera vez en su vida, intuyó que le mentía.

Durante el mes y medio que siguió, las emociones de José se volvieron tan contradictorias, que no era capaz de discernir qué le ocurría.
Primero fue la sospecha de que el profesor de inglés había descubierto la fimosis de Paulo durante un encuentro sexual, sospecha que se convirtió muy pronto en certidumbre. Tenía dos motivos para sentir rabia: que le hubiera revelado tan de inmediato a su hermano lo que él no quería que supiera y que le hubiera metido mano, en contra de sus ruegos.
Más adelante, halló sospechosas las evasivas de su hermano. Que no quisiera decirle que se había acostado con el profesor no podía significar más que una cosa: quería desplazarle a él de la posición privilegiada que había ocupado en esa casa cerca de un año, aprovecharse de un trabajo que le había costado muchos esfuerzos, porque el profesor de inglés era demasiado varonil para sentirse a gusto en la cama con él. Cuando no sólo había conseguido superar la aversión por el fornido y excesivamente viril cuerpo del norteamericano, sino que había llegado a sentirse plenamente a gusto con él, y cuando del recién estrenado placer compartido había comenzado a extraer mayores beneficios económicos que nunca, llegaba un pazguato a tomar posesión de una conquista que sólo a él le pertenecía..
Con el paso de las semanas, el asunto se convirtió en obsesión.
Los dos le habían traicionado: Robert era doblemente culpable, pero su hermano lo era más por eso mismo, por ser su hermano. El profesor no iba a disfrutar del joven y tierno Paulo por las buenas, sin que él recibiera algo a cambio ni cayera sobre el norteamericano el castigo merecido por no cumplir su promesa. Y, por otro lado, aunque a su hermano no pudiera castigarle sin incurrir en un pecado grave, Paulo tenía también que pagar por haberle desplazado, entregándole una parte de sus beneficios semanales, una renta que añadir a lo que ganaba en tantas camas donde entraba conteniendo la náusea. Menudo chollo había conseguido el piojoso pastor de cabras nada más llegar a Madrid, con los apuros que él había tenido que pasar los primeros meses. La cosa no iba a quedar así.
Maquinó toda la noche anterior al día que el profesor le había invitado a comer de un modo algo más formal de lo acostumbrado. José no consiguió dormir, arrebatado por el rencor y la necesidad de revancha.

Dos días más tarde, el profesor de inglés le dejó un recado en el bar de la calle Espoz y Mina donde José solía encontrarse con sus amigos. Le urgía para que se presentase sin demora en el piso del Puente de Vallecas.
José acudió, dispuesto a negarlo todo y resistir el interrogatorio. Total, con un maricón no había peligro ninguno; jamás le denunciaría a la policía.
-¿Por cuánto lo has vendido? -preguntó Robert en cuanto abrió la puerta-. Seguro que por una misera. Ladrón de mierda, ¿no sabes que el anillo que me has robado tiene un diamante que vale casi trescientasmil pesetas?
La cantidad escapaba a la capacidad de cálculo de José. Se lo había vendido por diez mil pesetas a uno de sus clientes, un locutor de televisión jubilado a quien le gustaban los tríos eróticos y que obligaba a José a llevarle a todos los portugueses recién llegados que encontrabay ameterse en la cama con ambos; un viejo baboso, casi ciego por las cataratas, que debía de tener sida hasta en el DNI, que hablaba como si supiera más que nadie y que protestaba por todas las cosas que ocurrían en la calle, negándose a dar propina a los camareros porque, según su parecer, todos eran antipáticos y negligentes y siempre le estafaban al cobrarle. Y precisamente alguien tan puntilloso, le había estafado dándole una miseria por un anillo que valía treinta veces más. La rabia por haber sido víctima de tal estafa le descompuso tanto, que su determinación de negar el robo se vino abajo.
-¡Eres un mentiroso! -gritó José-. Esa mierda de anillo valía sólo diez o doce mil pesetas.
-No grites, José -rogó su hermano.
-Grito lo que me sale de los cojones. Tu maricón es una histérica y un embustero.
-Ya sabes lo que te espera -le advirtió Robert-. Ahora mismo voy a llamar a la policía. Te van a caer lo menos cuatro años de cárcel.
José vio con más sorpresa que miedo que Robert se dirigía hacia la mesita donde reposaba el aparato telefónico. Sin poder contenerse, corrió hacia el profesor, se interpuso entre él y el teléfono y le lanzó el puño contra la nariz, de la que manó la sangre al instante.
El manantial rojo actuó como un banderín de salida. En vez de contenerse, José continuó golpeando. Robert era una persona corpulenta, que conservaba, aunque reblandecida, su musculatura de jugador de béisbol universitario, por lo que logró machacar con el puño el pómulo izquierdo de José que, aturdido momentáneamente, fue alcanzado también en el hombro y en el hígado. José amagó un puntapié contra el estómago de Robert que, viéndolo venir, aferró la pierna que se le lanzaba, propinándole al mismo tiempo un golpe en el muslo; la pérdida de equilibrio del portugués propició que el norteamericano atinara a darle nuevos golpes hasta turmbarle en el suelo. En el momento que Robert iba a echarse sobre él, José rodó sobre la alfombra, despojándose de la pátina complaciente de chapero con que había logrado revestirse durante el último año para recuperar sus dotes naturales de escalador peñas donde se refugiaban las cabras. Se alzó de un salto y, enloquecido por la mezcla de rabia, rencor y dolor, se lanzó contra el profesor como un torbellino que arrasa todo a su paso. Puñetazos, tarascadas, patadas en los genitales y, ya abatido el cuerpo en el suelo, saltos sobre su espalda y sus caderas, hasta que Paulo murmuró quedamente, como si tratara de no exaltarle más aun:

-Para, José. Le has hecho mucho daño. ¡Lo vas a matar!
Robert estaba inmóvil en el suelo. Toda su cara se había convertido en un amasijo sanguinolento. Sus ojos estaban abiertos, pero estáticos. Aterrorizados, los dos hermanos buscaron afanosamente su pulso.
-Lo has matado -dijo Paulo-. Estás loco.
-Tenemos que evitar que nos acusen de nada. Vamos a simular que se ha suicidado.
-¿Suicidado, así como está?
Sin prestar oídos a los razonamientos de su hermano, José le obligó a arrastrar el cuerpo hasta el cuarto de baño. Llenaron la bañera de agua caliente e introdujeron a Robert, mientras José pedía a Paulo:
-Busca un alambre grande.
Paulo volvió con un rollo de alambre del dos, localizado en el cuartillo donde Robert guardaba la caja de herramientas. José rodeó el cuello del profesor de inglés con varias vueltas y luego enredó el hilo metálico en el grifo.
-Así, la policía pensará que se ha suicidado.
-Tú no estás bien de la cabeza -dijo Paulo.
-¡Ahora llamas loco a tu hermano!. Hijo de puta, me quitaste el maricón con el que más ganaba, pero ahora te jodes, porque tú eres tan culpable como yo. ¿Dónde están las llaves del coche?
-No sé. Las tendrá en el bolsillo.
-Cógelas.
-Yo no...
-¡Si no quieres que te haga lo mismo que a él, coge ahora mismo las llaves!

Ninguno de los dos poseía carné de conducir. José apenas tenía una idea muy vaga de cómo había que manejar un coche.
-Tenemos que ir despacio, no vaya a pararnos la policía -se justificó José ante su hermano, para embozar su impericia.
Enfilaban la autopista de La Coruña, con idea de atravesar las provincias de Ávila y Salamanca, en busca del paso fronterizo que les llevaría a Guarda, en Portugal, donde José suponía que estaría a salvo si alguien le acusaba de asesinato.
-¿Por qué tuviste que acostarte con ese panaleiro de mierda? -reprochó José.
-¿Qué dices?
-Que lo jodiste todo. No respetaste que soy tu hermano.
-¿De qué estás hablando, José?
-De que me quitaste el maricón que más dinero me daba.
-Yo no te he quitado nada. ¿Robert es maricón?
-¡Claro!.
-Pues a mí no me ha tocado en estos dos meses.
-¡Mentira!
-Ten cuidado, José, que nos vamos a matar. ¿Por qué dices que Robert es maricón?
-¡Porque lo sé! Me he acostado con él cientos de veces.
-¿Tú también eres maricón?
José lanzó el puño hacia su hermano.
-¡Sin insultar!
-¿Entonces, qué significa que te hayas acostado con él?
-Lo hacía por dinero.
-¿Te acostabas con Robert por dinero?
-Sí, mierda, que pareces que te has caido del árbol. Sabes muy bien de lo que estoy hablando.
-Tú no estás bien de la cabeza. Si es verdad que te acostabas con Robert, igual de verdad es que yo no lo he hecho.
-¡Embustero!.
-Mira, Jose. Ya tengo bastante. Me dejas en la aldea y no quiero que vuelvas a hablarme en la vida.
José miró a su hermano de reojo. No podía ser que se hubiera metido en el lío en que estaba por una equivocación.

Faltaban sólo unos veinte kilómetros para llegar a la divisoria entre España y Portugal. Dentro de veinte kilómetros, serían libres.
Inesperadamente, como si hubieran brotado como hongos del campo, tenían un coche policial delante y otro detrás. Su aparición fue casi simultánea con el inicio del estruendo de las sirenas. En el instante que el coche se detuvo, José sintió la gelidez de una pistola apoyada en su sien.
-Sal con las manos en alto -dijo el policía.
-Nosotros no le hemos hecho nada -dijo José.
-Vosotros, no. Robert Kent te acusa sólo a ti, y exculpa a tu hermano. Le has roto cuatro costillas, la clavícula derecha y la nariz. Quedas detenido por intento de asesinato.
-¿No ha muerto?
El policía no respondió. Le recitó sus derechos mientras le esposaba y, a continuación, le dijo a Paulo:
-No estás detenido, pero tienes que quedarte en España para prestar declaración. Una vez que lo hagas, tú no tienes problema.

-Espero que no me guardes rencor -murmuró Robert mientras abrazaba a Paulo en el ascensor.
Volvían de la Audiencia, tras el juicio en el que José había sido condenado a catorce años de prisión.
-Lo único que me importa es el disgusto de mi madre. Por mí, que a mi hermano se lo follen o lo maten en la cárcel. Es un loco irrecuperable. Lo hubiera matado por lo que te hizo.
-Ahora ya pasó. De todos modos, tenemos que agradecerle que nos uniera.

domingo, 24 de julio de 2011

DE PELÍCULA



Antes de correr en busca de la mágica ensoñación de casi cada tarde, Soledad Peña giró la llave general del escritorio, comprobó que todos los cajones quedaban bloqueados, cerró también los cuatro armarios de archivo y, por último, encajó la puerta del despacho, probando por tres veces que, así mismo, estaba bloqueada.
Respetaba escrupulosamente las ordenanzas, una de las cuales mandaba proteger la confidencialidad de su trabajo de graduada social, perteneciente al programa puesto en marcha el año anterior por el gobierno regional. Sólo ella podía conocer los dramas personales que contenían los expedientes archivados; lo único que salía de su mesa era la propuesta de aprobación o, en su caso, la de denegación de las ayudas solicitadas. Lo demás, las vidas miserables, torturadas, tenebrosas o trágicas de las personas que acudían en busca de auxilio, no debía trascender.
Siempre le producía incomodidad la mirada del conserje al despedirse, cuando él le deseaba buenas noches y la seguía con los ojos al salir por la puerta giratoria. ¿Qué había en esa mirada, conmiseración, burla, sarcasmo?
Sabía que ya había comenzado su decadencia física de mujer en la cuarentena que no había conocido el amor y sobrevivía en soledad, pero lo suyo no era exactamente descuido, sino indiferencia carente de esperanza. Iba regularmente a la peluquería, usaba de noche algunas cremas para el cutis, pero no le gustaba maquillarse de día aunque vestía con la corrección exigida por su cargo. Aun así, se decía que estaba perdiendo de semana en semana la lozanía y si alguna vez había poseído atractivo, estaba dejando de tenerlo.
Cualquier sala del multicine le valía como escenario de sus audacias. Compró la entrada, respondió con la cabeza el saludo del portero, que la cumplimentaba dos o tres veces por semana como a una vieja amiga, y se sumergió en la confortante penumbra.

Esa noche amó a Kevin Kostner, porque, por su trabajo de periodista de un importante diario norteamericano, trataba de identificar al autor de varios mensajes de amor encontrados en botellas en distintos lugares de los Estados Unidos. Conversó animadamente con el padre de Kevin, Paul Newman, se descalzó en la arena, fue indiscreta indagadora, visitó los barcos que él reparaba y sintió celos de la muerta a la que Kevin había amado a través de aquellas cartas lanzadas al mar.
Siguió amando a Kostner al salir del cine mientras recorría el corto trayecto hasta su casa, cenó con él el plato recalentado en el microondas y le rogó que se volviera de espaldas mientras se cambiaba la ropa por el camisón de dormir. Ya en la cama, Kevin fue jugador de béisbol, espía ruso infiltrado en el Pentágono, soldado que pretendía ser indio, guardaespaldas y guerrero de ciencia ficción, y siempre, siempre la amaba. Junto a él, fue exuberante luchadora anfibia, cantante famosa, india, prostituta de lujo y ama de casa del medio oeste americano.
-¿Estás seguro de que me amas?
-He seguido un largo sendero hasta llegar a ti.
-¿Sólo me amas a mí?
-Todas las demás fueron sólo experimentos.
-¿Viviremos siempre juntos?
-Mientras el cielo nos lo permita y la Tierra exista.
-¿Nos casaremos?
En este punto, se producía siempre un ruido, una puerta que batía con violencia, el claxon de un coche o alguien que gritaba en la calle, y despertaba.

Pero también en la oficina la visitaban a veces Kevin Kostner, Harrison Ford, Antonio Banderas, Robert de Niro, Pierce Brosnan y hasta Brad Pitt. Ocurría fugazmente; estaba mirando atenta a su interlocutor, escuchando con interés sus problemas, con frecuencia insolubles, y de repente, allí estaba uno de ellos, de pie tras su visitante, sonriéndole con intimidad, pidiéndole por señas que tuviera paciencia... con la promesa del gozo del que sería partícipe más tarde.
-Mire usted, señora Peña -decía el hombre sentado al otro lado de la mesa-, la pensión no me llega y la Seguridad Social no quiere pagarme la prótesis del dentista. Comprenderá usted que, así, faltándome los dientes de delante, no puedo ir en busca de trabajo.
Tras él, Harrison Ford sonreía con su espléndida dentadura y le decía por señas que esa noche la iba a llevar a conocer a Obi-Wan Kenobi.
-No creo que podamos ayudarle, las prótesis dentales no figuran entre nuestras previsiones.
El hombre compuso una mueca de desolación. Dijo:
-Entonces, ¿estoy condenado a vivir eternamente de la pensión, por no poder conseguir trabajo?
Harrison Ford se había quitado la chaqueta y abierto tres botones de la camisa, mostrando la viril pelambrera de su pecho. Con sus gestos, le prometía que la noche iba a ser menos tremendista y más satisfactoria que la tarde.
-Vea. Voy a presentar un informe sobre usted, y trataré de que alguien le dé una respuesta que yo no estoy en condiciones de darle.
-¿Y si dijera usted, por ejemplo, que se trata de una enfermedad grave?
Indiana Jones agitaba el látigo, dispuesto a quitarle de enmedio a un sujeto que pretendía que incurriera en falsedad administrativa.
-Eso es imposible. Le prometo que voy a hacer lo que esté en mi mano por ayudarle. Pida cita en recepción para dentro de dos semanas.
Junto a un envejecido Sean Connery, Indiana/Harrison alzó el grial y brindó por ella.

Ahora, en la butaca del cine, se había convertido en una sofisticada investigadora que trabajaba por cuenta de la mayor compañía de seguros del mundo, y trataba de demostrar que Pierce Brosnan era un ladrón aunque figuraba entre los grandes millonarios neoyorkinos y pasaba por ser uno de sus más generosos mecenas.
Pero, qué fastidio, Raquel Cañadas no hacía más que interferir. Que volviera deprisa a la pasarela y la dejara disfrutar con míster Crown aquellas elegantísimas fiestas de la Quinta Avenida.
Bueno, menos mal que al final se iban juntos de viaje a disfrutar los Rolls Royce y las suites más caras de todos los hoteles de Europa, porque, si no, iba a coger a la mocosa alicantina y le iba a cruzar la cara a bofetadas, que buena era ella cuando se trataba de defender lo suyo.

A la mañana siguiente, fue Richard Gere quien se situó a espaldas del visitante. Sólo vestía la mitad inferior del pijama.
-Escuche, señora Peña, no tengo derecho a subsidio de paro, porque los últimos cinco años coticé como autónomo. Tampoco puedo jubilarme todavía, porque sólo tengo cincuenta y un años. ¿Cómo cree usted que voy a sobrevivir?
Richard le estaba diciendo que sí, que iba a comprar los astilleros pero no para venderlos, sino para ponerlos a funcionar.
-Hay una ayuda que da la comunidad, y creo que usted reúne las condiciones para que se la concedan. Tome esta solicitud, rellénela y traiga todos los documentos que se relacionan detrás, ¿ve?
-Es que estoy en las últimas. ¿Tardarán mucho en concederme esa ayuda?
Richard se disponía a entrar en la bañera llena de espuma perfumada, para refugiarse entre sus piernas, que medían ciento diez centímetros. Sintió que le subía el rubor a las mejillas al verlo desnudo.
-Voy a tratar de acelerar los trámites todo lo que pueda. Traiga estos papeles lo antes que le sea posible.
Richard le tendía las manos, para que ella le transmitiera coraje en lo alto de la escalera, puesto que él sufría vértigo. Sabía que, en el momento que cogiera el ramo de flores que él le ofrecía, comenzaría un futuro perpetuamente feliz.

Lo de ser suegra y enamorada del Zorro a la vez no le agradó demasiado, ya que Anthony Hopkins pasaba mucho más tiempo con Antonio que ella. Y, además, resultaba que el Banderas apenas enseñaba nada en esa película, con lo bien que se le veía todo, todo, en "La corte del Faraón".
Por otro lado, resultaba que Catherine Zeta Jones era demasiado joven y esbelta para sentirse dentro de su piel.
En adelante, revisaría mejor la cartelera antes de entrar.

-Tengo treinta y siete años -dijo el hombre-. Cometí un error insignificante a los treinta y uno... y aquí me tiene, con la vida destrozada tras haber pasado seis años en presidio. ¿Usted cree que hay derecho?
No había ninguno de sus ídolos detrás del visitante porque todos estaban en él. Medía algo más del metro ochenta, esbelto, moreno, de figura atlética, mejor que Christopher Reeve porque era mucho más agrestemente masculino. Le desagradaba el pequeño tatuaje que asomaba bajo el puño de la camisa, pero, por lo demás, eran un compendio de los rasgos más seductoramente viriles que había visto nunca en la pantalla.
-No sé qué decirle.
-Que no tengo más que morirme de asco en la calle, como un perro.
-Su caso no está previsto en nuestros programas. Ha escrito usted en el cuestionario que se graduó de arquitecto en la universidad y que tuvo trabajo adecuado a sus condiciones... Tenemos varios programas de reintegración, pero no me parece que usted pudiera encajar en ninguno.
-¿Y qué hago?
El hombre movía la prominentísima nuez de un modo que le causaba vahídos. Miró el cuestionario para recordar el nombre.
-Usted, señor Olivares es soltero y no tiene nadie a su cargo. Eso es, en principio, una gran desventaja, porque usted es una persona joven y fuerte, que podría encontrar fácilmente trabajo.
-¿Fácilmente? ¿Sabe usted lo que pasa cuando digo que he estado seis años en la cárcel?
Tenía hombros muy anchos, debía de ser más fuerte que la media, más que Patrick Swayze protegiendo a Demi Moore. En las profesiones de fuerza, como la albañilería o las reparaciones, o el reparto, o el almacenaje, nadie se mostraría reticente para contratarlo por haber cometido un error en el pasado.
-¿Ha intentado trabajar de albañil?
-¿Albañil? Yo hacía planos para que los albañiles trabajaran. ¿Cree usted que podría sentirme a gusto en esa clase de empleos?
Su expresión de ligero enfado añadía atractivo a su angulosa cara, donde los ojos oscuros bajo las cejas espesas, refulgían sobre unos pómulos de centurión romano, superiores a los de Kirk Douglas, y una quijada de héroe de película de ciencia ficción, más viril que la de Harrison Ford. Reía con franqueza, mejor que Clark Gable, mostrando una dentadura muy sana aunque, al parecer, algo descuidada en los últimos tiempos.
-Vea, señor Olivares, voy a preguntar en varios departamentos a ver si se me ocurre de qué modo podemos ayudarle. De momento, le aseguro que no tengo ninguna idea. Vuelva usted... pida cita en recepción, pero diga que yo he dicho que se la den para el lunes que viene, auque sea fuera de horario.
Carlos Olivares se alzó del asiento. Mientras se cerraba la chaqueta, Soledad se recreó en su figura, tan reciamente masculina como la de Nick Nolte, y no pudo evitar contemplar el relieve de su pantalón. Algo ruborizada, alzó la mirada hacia el rostro. El hombre sonreía. ¡Había seguido la exploración de sus ojos! Se sintió pillada en falta.
-Entonces, ¿el lunes?
Soledad asintió.
Mirándola fijamente a los ojos, Carlos Olivares le tendió la mano. Era una mano fuerte, huesuda, cálida, algo velluda en la proximidad de las muñecas, tan sensuales como debían de ser las de Clint Eastwood. Sintió un estremecimiento, porque deseó que la mano y su compañera fuesen más audaces y la abrazaran. Apretó los labios para no retenerlo.

Entre el martes y el domingo, fue cuatro veces al cine.
Pero algo se había revuelto en sus fantasías, habitualmente tan gratificantes. Ahora, descubría a cada momento que Harrison, Richard, Brad, Antonio y Kevin poseían rasgos en común con Carlos Olivares.
Tenía la mirada incisiva de Antonio Banderas, los ademanes suaves de Kevin Kostner, la sonrisa franca de Harrison Ford, la figura atlética de Brad Pitt y la displicencia aristocrática de Richard Gere.
Y no sólo se materializaba en las películas. Sobre todo, se entrometía en los sueños. Estaba amando heroicamente a Kevin en el personaje de Robin Hood y, de repente, zas, acudía un fiero lord al frente de sus mesnadas que, al apearse del caballo, resultaba ser Olivares. Descendía con Antonio Banderas a las profundidades de su oscuro refugio parisino e, inesperadamente, llegaba volando un vampiro a morderle el cuello y, cuando resucitaba como vampiresa, descubría que su mordedor era Olivares. Huía de Richard Gere para no casarse con él, como ya había hecho con otros tres, y, una vez que el periodista de Nueva York le daba alcance, se convertía en Olivares. Exploraba con Harrison Ford la selva de Centro América y la raptaba un capitán maya que, al instante, tenía la cara de Olivares. Amaba al misterioso Brad Pitt en el personaje de la muerte en vacaciones, el señor Black, recorriendo con él los lujosos salones de su padre moribundo y, bajo los juegos pirotécnicos, descubría resplandeciente el rostro de Olivares.
Lamentó que sus averiguaciones fuesen tan poco prometedoras para él después de salir de ver "Locos en Alabama". El sueño le produjo desasosiego, porque cada vez que abría la nevera, guardada en la sombrerera, la cabeza que le había cortado a su marido con la sierra mecánica era la de Carlos Olivares. Abrió esa sombrerera más de cien veces a lo largo de la noche, y siempre era él, y no comprendía cómo podía ser que sintiera su cálida y masculina mano posada su pecho.

La mujer que figuraba penúltima en la lista se estaba extendiendo más de la cuenta. Claro que su problema era de órdago: viuda a los treinta y dos años, con cuatro hijos menores, su marido había desaparecido en el mar, caído por la borda de un barco de pesca, y las autoridades le decían que tendría que esperar más de dos años para comenzar a cobrar la pensión, hasta que no lo dieran oficialmente por muerto o recuperasen el cadáver.
Podía gestionarle una ayuda de subsistencia y la despachó muy pronto. Entonces, entró él.
Al contrario que la primera vez, no llevaba chaqueta; en su polo de color amarillo se marcaba con nitidez el relieve de sus pectorales, como Arnold cuando suplantaba a un maestro de guardería y, bajo las mangas cortas, emergían unos brazos fibrosos, velludos y muy fuertes, como los de Charlton Heston en Ben Hur.

El tatuaje de la muñeca era el único, al menos en los brazos, y por el escote del polo no se apreciaba que tuviera ninguno en el pecho, al menos no lo suficientemente grande como para asomarse al escote; lo que sí se asomaba era la pelambrera, no excesiva pero sí abundante, como la de Burt Reynolds. ¿Por qué no trataba ese hombre de trabajar en el cine? Sintió al saludarlo cierta opresión en el esófago y tragó saliva.
Él la miró intensamente, con una leve sonrisa, antes de preguntar:
-¿Tengo alguna esperanza?
Soledad creyó durante un segundo que se refería a un posible encuentro amatorio con ella, como Mel Gibson cortejando a Goldie Hawn. Se sacudió la idea pasándose la mano por la frente, y respondió:
-Es muy poca la ayuda que puedo prestarle. Usted reúne las condiciones para solicitar la pensión de subsistencia...
-¿De cuánto es?
-Unos cuatrocientos mensuales.
-¿Pensión de subsistencia? Querrá usted decir ayuda para cigarrillos.
-No fume.
-No fumo, pero... ¿no se da usted cuenta de que con ese dinero no hay quien pueda vivir? Cualquier alquiler, el más modesto, supera esa cantidad.
-Sí me doy cuenta.
-¿Qué genio del gobierno ha ideado esa humillante ayuda de hambre?
-Entonces, ¿no quiere solicitarla?
-Antes que someterme a esa humillación, me suicido.
Soledad sintió un estremecimiento. El hombre era muy capaz.
-Tenemos un programa de búsqueda de empleo. Le puedo mandar allí...
-¿Qué clase de empleos consiguen?
-Desde luego, ninguno de arquitecto, si es a eso a lo que se refiere. Los pedidos que suelen llegarnos son, sobre todo, de albañiles, jardineros y colocaciones de esa clase.
-Se llama usted señora Peña, ¿verdad?
-Llámeme Soledad -concedió sin poder evitarlo.
Él sonrió.
-De acuerdo, Soledad. ¿Que pretende el estado que hagan los hombres que se encuentran en mi situación, pedir limosna, deprimirse hasta la autodestrucción, morir de hambre?
-Disponemos de comedores...
-Hace una semana, estuve en uno. Había a mi lado un sujeto que no se había bañado en toda su vida y que lo más pequeño que tenía en el pelo eran piojos. Tuve que marcharme sin comer. Dígame, Soledad, ¿está segura de que no existen otras salidas?
Soledad se compadeció de su expresión ansiosa, igual que la de Gerard Depardie en Cyrano; por un momento, había descendido de su arrogancia, más física que anímica, para mostrarse verdaderamente abatido.
-Tendré que estudiarlo. Créame, señor Olivares, voy a dedicarme con los cinco sentidos a encontrar alguna solución para usted. Pida en recepción cita para el viernes.

Terminada la jornada, y antes de disponerse a encontrar la ensoñación mágica de la mayoría de sus tardes, Soledad cerró los cajones del escritorio, echó las llaves de los cuatro armarios de archivo, guardó el llavero, giró el seguro interior de la puerta y, tras encajarla, probó con un empujón que había quedado bloqueada. Saludó con una inclinación de cabeza al conserje, que la contempló con la inextricable mirada de siempre y le deseó buenas noches. Echó a andar con dirección al cine y, entonces, notó que alguien caminaba tras ella, a su ritmo, tal como si fuera Ray Liotta en aquel papel de policía acosador. Se negó a volver la cabeza pero, algo inquieta, apresuró el paso. El persecutor continuaba detrás, sin aproximarse, a su ritmo, calculó que a unos diez o doce pasos de distancia. Por suerte, unos cincuenta metros más allá llegaría a una calle menos desierta.
Ya en las cercanías del multicine, en un paseo donde había mucha animación, dejó de sentirse preocupada porque alguien la siguiera e, incluso, se olvidó del caso, pero, en el momento de ir a sacar el dinero del bolso para pagar la entrada, lo vio. Carlos Olivares, a su lado, le sonreía obsequiosamente.
-Creía que iría a dar un paseo o algo así, y pensaba abordarla para charlar. Qué pena que haya decidido venir al cine.
Su expresión era la de los flaschbacks de Rober Redford en Gastby. Los reglamentos no específicamente escritos, prohibían intimar fuera del despacho con las personas que iban a pedir ayuda. Pero, ¿qué iba a hacer, negarse a hablar?
-¿Por qué pena?
-Porque yo no...
Olivares se interrumpió. Ella entendió que no podía comprar la entrada.
-Me gustaría invitarle -dijo Soledad.
Él sonrió. Nada más. No dijo "gracias" ni expresó de otro modo el agradecimiento, como si la invitación fuese la cosa más natural del mundo y poseyera la irónica calidad sobrehumana de Bruce Willis en "Jungla de Cristal". Soledad calculó el grado de lógica que podía tener pedir a la taquillera que le diera las dos entradas en lugares separados; halló que sería entendido como una estupidez y se limitó a pagar las dos entradas, sin más.
Faltaban diez minutos para que comenzara la sesión y todavía no permitían entrar en la sala.
-Esto es muy irregular -dijo Soledad.
-¿Invitar al cine a quien no puede pagarlo?
-No exactamente. Tenemos prohibido confraternizar con... las personas que atendemos en el despacho.
-Ya hemos hablado dos veces. Somos amigos, ¿no?
-Supongo que sí. Yo siempre soy amiga de las personas que...
-¿Las personas que socorre?
Soledad miró hacia otro lado. Había enrojecido. ¿Por qué la intimidaba tanto ese hombre? No parecía temible, lo único temible era su portentoso atractivo.
En la pantalla, Robert de Niro interpretaba a un mafioso que había perdido sus impulsos asesinos y trataba de recuperarlos consultando a un psiquiatra. Extraordinariamente divertida, la acción no le hacía olvidar el calor del brazo apoyado en el suyo. En cierta medida, Carlos Olivares se parecía a aquel Robert de Niro de veinte años atrás, el de "Taxi driver", pero con ventaja para el que rozaba su brazo, el que le transmitía una calidez que se le extendía brazo arriba, alcanzaba su hombro, ocupaba su pecho y comprimía su esófago, produciéndole, más que ahogo, jadeos de anticipación. Sólo una vez en toda su vida había estado desnuda con un hombre, hacía de eso trece años, cuando tenía treinta. Ahora, sentía necesidad urgente de que el hombre que le transmitía esas ondas se desnudase y la desnudara, abrazarse a él, disfrutar en toda la superficie de su piel un contacto más directo y total que el del codo posado en el apoyabrazos de la butaca.
El pobre psiquiatra trataba de casarse una y otra vez, y siempre llegaba a interrumpir la ceremonia Robert de Niro, con sus exigencias y sus regalos extravagantes. También era muy extravagante estar sentada al lado de ese hombre, un menestoroso ex presidiario que había ido a su oficina en busca de ayuda.
Cuando la película iría más o menos por el segundo tercio, Carlos Olivares retiró el brazo. Por un momento, Soledad se sintió desfallecer, como Vivien Leigh al pie de la escalera cuando Clark Gable le dijo que no le importaba, pero, al instante siguiente, él puso ese brazo sobre su respaldo y, a continuación, ella no supo qué debía hacer. ¿Enfadarse, mandarle retirar el brazo, hacerse la desentendida, permitir la caricia?
Ahora decidía Robert de Niro matar al psiquiatra, influído por sus consejeros, que hallaban que sabía demasiado. En el momento de ir a dispararle, resultaba que el psiquiatra salvaba al mafioso durante un tiroteo. Convertido en héroe, el psiquiatra establecía con Robert de Niro una relación casi de amor.
¿Era algo parecido al amor lo que le transmitía el brazo y la mano que le rozaban ambos hombros? Los jadeos iban a comenzar a ser audibles en el momento más inesperado, porque algo casi material recorría su vientre y anunciaba la convulsión. Entonces, Carlos Olivares apoyó la mano en su nuca, que acarició, y luego la abandonó allí, como una propuesta que, igual que las de Vito Corleone, no podría rechazar.

Soledad notaba que había perdido la voluntad y no solamente no iba a sacudirse la mano intrusa, sino que ansiaba que el atrevimiento avanzara más antes de que acabase la película, para cuyo final no podía faltar demasiado. Ahora, sin retirar la mano izquierda de su cuello, Carlos apoyó la derecha en su brazo. Era una mano grande, angulosa, mucho más sensual de lo presentido con la sola contemplación. A continuación, esa mano se deslizó hacia la suya y la apretó un instante, para, en seguida, tomarla y conducirla hacia la bragueta inflamada. Sintió horror, pero se trataba de un horror jubiloso, la alegría de descubrir que, todavía, podía hacer que la bragueta de un hombre se inflamase sin haberla manipulado previamente. Lo que tocaba no tenía un tamaño despreciable, más bien al contrario, y poseía dureza de madera, como si Carlos hubiera introducido en su pantalón el otro apoyabrazos, el situado a su derecha. Sintió que la mano de él oprimía la suya, para obligarla a actuar.
Un residuo de autodefensa cayó sobre su voluntad y retiró la mano.
-Por favor -dijo él junto a su oído derecho.
-No somos una pareja de novios adolescentes.
-Yo estoy como un adolescente. Me han quitado seis años de mi vida y sólo tengo treinta.
-Por favor, espera un poco. Tengo que hacerme a la idea.
-La película va a terminar.
-Podemos...
-¿Qué?
-No, nada.
-¿No podríamos ir a tu casa?
Ella no respondió. Se alegraba de encontrarse en un lugar en penumbra, porque debía de tener las mejillas púrpuras de rubor.
-Vayamos a tu casa, por favor.
-¿No tiene usted..., no tienes casa?
-¡Si vieras donde vivo!
No quiso indagar más. ¿Tenía algo que temer? El nombre, la dirección, el número de carné de identidad y el teléfono de contacto de Carlos Olivares estaban escritos en su expediente. Sabiéndolo, él no abrigaría malas intenciones.
-Te invito a cenar.
-Gracias, Soledad. Puedes dejar de estar sola en cuanto quieras.
La frase le pareció enigmática. ¿Qué sabía él de ella?

Cenaron, en un restaurante de comidas rápidas, pollo frito y ensalada. Ella notó que Carlos comía con fruición, sin parar de dedicarle madrigales. Tenía verdaderamente hambre, y sin embargo, encontraba ánimos para piropearla. Apenas necesitó más súplicas ni violentar aún más sus escrúpulos; lo invitó a subir cuando la acompañó hasta la puerta de su casa.
-¿Cuántos años tienes, treinta y dos o treinta y tres, no?
Soledad sabía que era un cumplido, un cínico cumplido, un nuevo madrigal. Nadie podía calcularle menos de los cuarenta y tres años que había cumplido, teniendo en cuenta, además, lo poco que se arreglaba la cara.
-No digas tonterías.
-Tienes buen cuerpo.
-Me sobran lo menos cinco kilos.
-Me gusta que las mujeres tengan donde agarrarse.
-Pero ya no soy ninguna muchacha, Carlos. Incluso me da apuro quitarme el sostén.
-Deja que te lo quite yo.
Lo hizo. A continuación le mordió los pezones con cierta fuerza. Soledad tuvo una convulsión.
-¿Tan pronto? -preguntó él con decepción.
-Es la falta de costumbre.
-Practicas poco el sexo, ¿verdad?
Soledad se limitó a suspirar.
-Yo no estoy todavía -dijo él-. ¿Te molesta que siga... habiendo gozado ya?
-Sigue, por favor.
Al penetrarla, Soledad no pudo contener el grito. No sonó muy fuerte, pero sí fue lo bastante intenso como para que él se alzara, alarmado.
-¿Qué pasa?
-Yo no...
-¿Eres virgen?
-No exactamente.
-¿Qué tiempo llevas sin hacerlo?
-¡Trece años!
Sin decir nada, él inició un recorrido con la lengua por su cuello, su pecho y su vientre; pasó unos diez o doce minutos acariciándola, manipulándola, transportándola a cielos que no estaban en ninguna película, porque ni siquiera las pornográficas que alguna compañera la había invitado a ver en su casa registraban escenas semejantes, tan delicadas, lentas y estimulantes. Ahora deseó con vehemencia que él volviera a intentarlo.
Cuando amaneció, sabía que tenía los ojos aureolados de violeta. Tres veces había gozado Carlos dentro de ella. Cuatro veces había gozado ella y cada vez fue mejor y más prolongada que la precedente.

Cogió en el despacho la carpeta que contenía el expediente de Carlos Olivares. Sí, soltero. Sí, había nacido en la ciudad, el número del documento de identidad lo confirmaba. Sí, aparecía la dirección y había sido comprobada. ¿Había ocurrido todo en realidad o lo había soñado? ¿Había vuelto una de sus ensoñaciones cinematográficas, engañando del todo a sus sentidos?
No. Sentía en el vientre todavía el ardor y dos compañeras la habían mirado al llegar, con sorpresa; una le había preguntado:
-¿Te has maquillado por fin?
No lo había hecho. Más bien, creía tener mala cara, por la noche pasada en vela. Estaba segura de presentar ojeras muy acusadas.
Recorrió el pasillo canturreando todas las veces que salió a beber agua, para ir a los aseos o a tomar café, entre las miradas sorprendidas e irónicas de los compañeros.

Una semana más tarde, la quinta vez que Carlos dormía junto a ella, dijo:
-No puedo aguantarlo más. Cualquier día, hago una locura.
-Tranquilízate, Carlos. Encontraremos la solución.
-¿Qué solución, que tú me mantengas?
Soledad se mordió el labio inferior.
-No he querido decir eso.
-Pues si lo estás pensando, que se te quite de la cabeza. Yo soy un hombre, tengo una carrera y una cultura. La sociedad no puede marginarme de este modo.
-Estoy al habla con todos mis compañeros y los departamentos autonómicos y de otras administraciones. Algo encontraremos.
-¿Un empleo de caridad? -preguntó él con desdén.
-No, Carlos. Un amigo está haciendo gestiones muy serias en la concejalía de urbanismo, a ver si pudieran contratarte por la puerta falsa. Ten paciencia. Tendrás trabajo, una función de tu nivel.
-¿Para ganar una miseria? Mira, Soledad, cuando pasó aquéllo, yo estaba a punto de abrir mi propio estudio de arquitectura. A estas alturas, tendría que ser millonario. ¿Cómo voy a conformarme con un sueldo de funcionario?
Soledad se mordió el labio. Hallaba que el comentario contenía, en cierto modo, un insulto hacia ella, y esto la entristeció. ¿Se encontraba ante la primera discusión de pareja?
-Nunca te he preguntado cuál fue tu... delito.
-Has hecho bien.
Él no añadió ni aclaró más. Sin duda, jamás le revelaría voluntariamente lo que lo había llevado a la cárcel. En vez de continuar la conversación, Carlos ejerció, con mucha mayor eficacia que las otras cuatro noches, su habilidad sexual. Soledad gozó cuatro o cinco secuencias de orgasmos múltiples. Reconquistaba el tiempo perdido y miró con agradecimiento el cuerpo desnudo que dormitaba a su lado.

Toda su carne era firme, una viril figura que aparentaba menos de treinta años. Aparte del tatuaje de la muñeca, sólo tenía otros dos: uno en la cadera, con forma de corazón atravesado por una flecha, y otro en el pene, en la parte superior, casi en el prepucio, una rosa pequeña. Creía que dormía, pero Carlos murmuró:
-¿Te gusta?
-Sí.
-Puede ser tuyo para siempre.
-¿Para siempre?
-Me encanta hacer el amor contigo. La pena es que voy a tener que emigrar de este maldito país, irme con mi título a donde nadie me conozca.
-Ten paciencia.
-¿Más?
-Algo conseguiremos.
-Oye, Soledad... Tú... podrías hacer que mi vida cambiara definitivamente.
-¿Sí?
-Sí. Sólo tendrías que ayudarme una vez...
-¿Qué quieres decir?
-Lo llevo pensando un par de días y se me ha ocurrido una idea. Si lo hicieras, nos casaríamos y viviríamos el resto de nuestras vidas juntos.
Soledad calló. Aguardó a ver qué más decía.
-¿Soledad?
-¿Sí?
-¿Sabes de lo que te estoy hablando?
-No.
-El plan de autoempleo, de eso estoy hablándote.
-¿Quieres que te ayude a conseguir una subvención? Son sólo dos millones. Comparado con el empleo de la concejalía...
-No estoy hablando de dos, sino de veinte millones.
-No comprendo.
-¿No eres tú la que informa favorable o desfavorablemente esas solicitudes?
-No soy yo quien toma las decisiones.
-Pero tu informe es el más significativo, el más decisivo.
-Supongo que sí. ¿A dónde quieres ir a parar, Carlos?
-Podemos prefabricar diez expedientes, y obtener diez subvenciones diferentes, para diez titulares distintos. Tengo quien me haga los documentos...
-¿Falsos?
-Pero parecen genuinos.
Soledad se dio la vuelta en la cama. Llevaba veintiún años como funcionaria, con el historial profesional más limpio y ordenado de toda la ciudad. Lo que Carlos le pedía no era, en realidad, demasiado arriesgado; tal vez podía hacerse sin ningún problema, porque prácticamente era ella la única persona que intervenía en el proceso. Todo lo demás eran sólo papeles emitidos por otros departamentos. La única que tenía que ver a las personas titulares de esos papeles era ella. Haciéndolo sólo una vez, tal vez no sería descubierto jamás. Pero ¿podría soportarlo su conciencia?
Sintió que Carlos la abrazaba por la espalda. Sorprendentemente, tenía el pene tan rígido como la primera vez de esa noche.

El proceso duró sólo tres meses y medio. Lo que más sorprendió a Soledad fue la calidad perfecta de las falsificaciones. Nadie detectaría jamás que esos documentos eran falsos. Le chocó la osadía de Carlos. Todos los carnés llevaban su foto, era él en verdad aunque en unas fuese moreno, castaño en otras y oxigenadamente rubio en otras, con bigote o con barba, con ojos azules o marrones, siempre era él, ella lo reconocía sin duda, aunque nadie más pudiera advertirlo. Diez cuentas diferentes, en seis bancos y cuatro cajas de ahorros distintas, recibieron a los tres meses y medio transferencias de dos millones cada una. Esa noche fueron cinco las secuencias de orgasmos, aunque la noche anterior Carlos la había transportado al cielo cuatro veces. Era incansable, no sufría decaimientos. Se sintió muy, muy feliz.

Pero los siguientes tres días, Carlos no acudió a esperarla a la salida.
Tendría algún problema, se dijo para tranquilizarse.
Un día más y tampoco acudió, pero ella había copiado el número de teléfono y la dirección de su expediente. Lo marcó cinco minutos después de dejar el despacho. Nadie contestó.
Tuvo que tomar un somnífero para conseguir dormir.
Un día más tarde, el quinto desde la desaparición de Carlos, decidió ir al cine, cosa que no había hecho en exceso durante los últimos cuatro meses. Refugiada en la penumbra, lloró y lloró, y las lágrimas no eran por Julia Roberts ante la miopía cobardemente autoprotectora de Hugh Grant, sino por sí misma, por el descubrimiento de su estupidez.
Terminada la película, se preguntó si tenía hambre. Resultó que no. Contó a tientas el dinero; sí, los quince billetes continuaban en el bolso. Sentíase anestesiada cuando, en la última fila de butacas del cine donde proyectaban "El gerrero número 13", en la sesión de noche, se los entregó al hombre a cambio del envoltorio. Salió sin ver la película, cosa que lamentó, ya que le hubiera gustado ver a Antonio Banderas en plan héroe medieval.
Aguardó frente al portal de la dirección que figuraba en el expediente. Carlos Olivares llegó a las dos y cuarto de la mañana, acompañado de una mujer despampanante que no tendría más de veinticinco años. Él estaba irreconocible, pero ella había sido capaz de reconocerlo con diez disfraces diferentes. Ahora tenía el pelo teñido de rubio platino y usaba gafas de brillos metálicos. Estaba acompañado, no le diría nada.
Esperó en el mismo lugar las cuatro noches siguientes, con la misma paciencia de Sean Connery en sus papeles de espía. Dos, no lo vio llegar. Las otras dos, llegó con la misma compañía. La pareja bajaba del taxi haciéndose arrumacos, siempre con ropas lujosas y extravagantes, siempre felices, sonrientes, gozosos, como los personajes de "La dolce vita".
La quinta noche sería domingo. Sintió durante toda la tarde la tentación de apostarse frente al portal, pero eso podía ser una soberana tontería. Las cinco noches de vigilancia, siempre había llevado ropa diferente y, de todos modos, nadie la había mirado de manera especial ni tampoco había pasado demasiada gente. Pero estar parada allí, de día, era otra cosa, un riesgo demasiado absurdo. Lo que tenía que decirle, no debía ser oído por nadie, y de día aquella calle se encontraba bastante transitada.
En cuanto anocheció, aunque ya sabía que Carlos tenía costumbres noctámbulas muy tardías, se situó en su lugar de observación.
Pasaron algunas parejas de adolescentes, de prisa, porque la noche de domingos todo el mundo se recogía más temprano que otros días de la semana. Pasaron también varios grupos, y un joven de uno de ellos le sonrió. Confió que no fuera capaz de recordar su cara.
La mujer con quien había visto ya tres veces a Carlos llegó a las doce y media; vestía pantalones. Salió veinte minutos más tarde, vestida con un escotado traje de fiesta, al estilo de Faye Dunaway, y tomó un taxi que la esperaba en la puerta y que debía de haber llamado por teléfono. Seguramente, Carlos la esperaba en algún centro de diversión nocturna, pero daba igual, aguardaría en el mismo sitio. Tenía que verlo con sus ojos, descubrir a qué grado de desvergüenza había descendido, comprobar si era tan falso como Warren Beatty en "Shampoo". Pero a los quince minutos de irse la mujer, fue Carlos quien entró apresuradamente; vestía chándal y zapatos deportivos. Sin duda, iba a cambiarse también él de ropa, para acudir quién sabía dónde.
Tal como había proyectado, Soledad marcó al azar en el portero electrónico un número de piso. Con voz angustiada y fingida explicó a la mujer que respondió que había olvidado la llave en su piso y su pobre niñito de tres años estaba solo. No supo si la mujer la había creído, pero sonó el zumbido de apertura de la puerta.
Tomó el ascensor, que paró en el piso de Carlos. No tardaría. Obstaculizó con dos palillos de dientes el cierre de la corredera, subió un tramo de escaleras y aguardó con la serenidad de Melanie Griffith en "Working girl". Cinco minutos más tarde, Carlos, vestido con elegancia algo esnob, cruzó ante el tramo de escalera y se introdujo en el ascensor. Soledad escuchó el ruido de la puerta que trataba de cerrarse y, en ese momento, bajó precipitadamente los ocho escalones. Carlos le sonrió con perplejidad.
-¡Soledad, qué alegría verte!
Fue todo lo que pudo decir. Soledad disparó solamente una vez al corazón, pues le pareció que era suficiente. Retiró los palillos de dientes que impedían que la puerta se cerrara, entró en el ascensor, pulsó el botón del ático y, una vez arriba, volvió a bloquear la corredera con los palillos y bajó las escaleras tranquilamente.
Al día siguiente, cuando realizó el acostumbrado rito del cierre de cajones y armarios, dio una última ojeada a la página del periódico, abierto sobre la mesa, donde aparecía la fotografía de un Carlos Olivares con seis años menos. Arrancó la hoja, tiró el periódico a la papelera, guardó el recorte en el bolso y se aseguró de que la puerta quedara bien cerrada.
Se dirigió al multicine. No sabía por qué, pero sentía ganas de echar en un inodoro, concretamente en el del cine, el recorte de periódico que guardaba en el bolso y pulsar a continuación el botón de la cisterna. Sonriente, compró la entrada para ver "Muertos de risa".

viernes, 22 de julio de 2011

ALUBIAS MORENAS

El plan de regadíos era una promesa que nunca se cumpliría, una fábula. Fernando dio una última ojeada al retazo de tierra de color del cuero cubierto de escarcha, lo único que poseían él y siete hermanos más; suspiró, alzó la maleta y se dirigió hacia la linde, arropándose para contrarrestar el escalofrío causado a medias por el cierzo y a medias por el miedo a lo desconocido, sumado al dolor de no haberse despedido de Marisa por no ser capaz de imaginar qué futuro sería honrado pintarle.
Aunque aún estaba lejos, sabía que el renqueante autobús se acercaba ya, porque lo anunciaba la nube de polvo que levantaba más allá de la colina.
"Venezuela -le había dicho el primo Tomás-, allí sí que hay futuro. Para que te hagas una idea, mi cuñado cuenta en las cartas que en Caracas las alubias son morenas y valen como el oro. Las llaman 'porotos' ". Fernando nunca había creído aquéllo de que "en América atan los perros con longaniza", pero ¿qué podía hacer? No había trabajo en un montón de leguas a la redonda y lo de emigrar a Alemania se había puesto muy difícil, prácticamente imposible.
El barco partió de Vigo. Aterrorizado y entre vómitos, Fernando se juró durante los seis días de travesía que no volvería a viajar sobre el mar.
La llegada a La Guaira fue estimulante; brillaba el sol, más vertical que en su tierra leonesa, hacía un calor reconfortante y el aire olía a mango y papaya. En el instante de pisar tierra, añadió un juramento al de no volver a viajar en barco: jamás cruzaría el Atlántico de nuevo si no lo hacía forrado de dólares.

Primero fue el trabajo de camarero, tan duro, que le distraía de la nostalgia insoportable que las cartas de Marisa abonaban. Después, los ahorros le permitieron abrir una pequeña tienda de alimentación, donde consiguió no pensar en Marisa ni en los aromas a campo leonés que se derramaban en la mesa al abrir sus cartas, que se fueron espaciando porque le resultaba difícil encontrar tiempo para responderlas. A los dos años de su llegada, inauguró la segunda tienda, y Marisa se convirtió en una postal por Navidad. Al quinto año, apresuró la inauguración del supermercado, con objeto de sentirse encumbrado en la ciudad antes dcasarse con Katy. A los siete años, sumaban tres los supermercados, dos en Caracas y uno en Maracay, y Marisa sólo era ya un suspiro en el roce de sus ojos con fotografías que procuraba no mirar. Cuando se cumplieron diez años, la cadena de supermercados se extendía desde Maracaibo hasta Cumaná y Maturín, y desde Caracas a Ciudad Bolívar.
Al undécimo año, con motivo de la muerte de Franco, sintió la tentación de volver como turista, a ver cómo cambiaba el país tras un acontecimiento tan trascendental y comprobar de qué manera afectaban los cambios a sus siete hermanos y a Marisa, pero se encontraba abrumado de trabajo a causa del nuevo proyecto, el montaje de una empaquetadora de arroz y una fábrica de productos lácteos, y fue postergando el viaje.
A los dieciséis años, descubrió que tenía ciertas dificultades financieras. La loca década del setenta, durante la que fluía hacia Venezuela el dinero petrolero como la lluvia tropical, había terminado, y con ella, el derroche que practicaban todas las clases sociales, cuando la gente llenaba las neveras de tal modo, que los cubos de basura amanecían en todas las calles repletos de alimentos a punto de caducar. Ahora, los caraqueños comenzaban a dar gracias al cielo por poder comer aunque fuese comida caducada y Fernando se vio en la obligación de cerrar la quinta parte de los supermercados. Al terminar la década del ochenta, le quedaban sólo los dos de Caracas.
Cada año había aplazado el viaje para el siguiente, a la espera de que sus cuentas mejorasen y, en lugar de ello, empeoraron con la llegada la década del noventa, porque Katy le pidió el divorcio y lo echó de casa, enemistándolo con sus dos hijos, Marisa y Fernando. "Mendigo, cobarde y fracasado" fue la frase que Katy pronunció como despedida.

El día que emprendió el viaje a España, ni siquiera era capaz de fijar en el calendario la fecha en que el banco le quitó los dos supermercados. A pesar del juramento de veintiocho años atrás de no volver a cruzar el Atlántico por mar, tuvo que viajar en un modesto barco de carga, cuyo pasaje resultaba bastante más asequible que el avión.
Se trasladó en tren de Cádiz a Madrid, un tedioso recorrido durante el que se preguntó a cada minuto si reuniría valor para tomar el tren que lo llevaría a presentarse ante sus hermanos con las manos vacías; bueno, no tan vacías: llevaba en el bolsillo un puñado de porotos, las alubias oscuras que, tal vez, podría aclimatar en el retazo de heredad familiar que aún le pertenecía. ¿Se operaría el milagro que le permitiera no agachar la cabeza el día que se topara con Marisa por la calle?

-Felicidades -le dijo la dueña del bar.
Fernando se encontraba en ese momento barriendo en el exterior de la barra, terminado el trajín del almuerzo. Miró a la jefa, sin comprender. Notando la perplejidad de su mirada, ésta le preguntó:
-¿Es que te has olvidado de tu cumpleaños?
Sintió que se le humedecían los ojos. Llevaba ocho meses trabajando en el bar-mesón y para lo último que tenía ánimos era para recordar la efemérides.
-¿Cómo lo ha sabido usted?
-¿Es que no me diste la fotocopia de tu documento de identidad? Siempre anoto los cumpleaños de mis empleados en la agenda. Anda, date prisa en terminar, que hoy tenemos comida especial.
Fernando permaneció como ausente durante lo que, mejorando ligeramente el menú que servían en el establecimiento, había sido disfrazado de banquete. Sopló como un sonámbulo sobre las dos velas rojas que, con forma de un cuatro y un nueve, estaban encendidas sobre la pequeña tarta que le presentaron entre aplausos. En el jolgorio de parabienes y palmadas en la espalda, hizo esfuerzos sobrehumanos para no llorar.
Ocho meses había estado retrasando el retorno, refugiado en un barrio del extrarradio industrial de Madrid a la espera de tiempos mejores.
-Tómate la tarde libre -le dijo la dueña, terminada la celebración.
Desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde, ese día había trabajado sólo el turno matinal, ocho horas en lugar de las agotadoras quince de costumbre. Sintióse con más vigor y más animoso que otros días.
El autobús lo llevó hasta la boca del metro. Eran las seis y media cuando salió a la superficie en la Puerta del Sol. Sabía que había una casa regional de León en Madrid; de hoy no pasaba: averiguaría dónde estaba la calle del Pez e iría a tomar una caña y, si el hambre se presentaba, intentaría comerse un botillo, recordando el que preparaba la madre de Marisa cuando ambos eran adolescentes. Palpó en el bolsillo el envoltorio de porotos que siempre llevaba consigo; a lo mejor entablaba conversación con alguien en la casa regional y podía hablarle de las alubias morenas.
-Estas son judías pintas, que no tienen demasiada salida -comentó el locuaz anciano jubilado al que se las mostró.
-No son judías pintas -rectificó Fernando-. Son mucho mejores, más sabrosas.
-Pero ya sabes tú que los españoles somos poco dados a los experimentos con alimentos raros. Tenemos la cocina más sana del mundo.
-Estas alubias son ligeras, suaves y muy digestibles.
-Te las cambio por un cupón de ciegos. ¿Ves?, he comprados dos; ambos podemos ser ricos. Si quieres que te diga la verdad, me apetece llevarles estas alubias a mis hijos, como curiosidad.
-¿Trabajan el campo sus hijos?
-Ya no. Nadie trabaja su campo. Están en la hostelería, aquí en Madrid. ¿Hace el cambio?
Fernando aceptó. Total, la fortuna improbable de un cupón de la Once era menos quimérica que la idea de adaptar las alubias tropicales al duro clima de León. En éstas estaba, reflexionando sobre un futuro cada vez más incierto, cuando la vio a través de un espejo. Marisa tenía aires de matrona, porque habían pasado veintinueve años, pero su corazón se desbocó como el de un adolescente. Entró en la sala del brazo de una mujer joven que debía de ser su hija, tomó asiento junto a un grupo de señoras de su edad y la joven se despidió. Al instante, Marisa se convirtió en el centro del grupo. De reojo, la veía gesticular, accionar con las manos y hablar sin parar, probablemente humoradas, porque las otras no pararon de reír durante hora y media, momento en que volvió la joven, Marisa tomó su brazo y salieron. En ningún momento la había saludado hombre alguno. ¿Dónde estaría el marido?
Le fue imposible resistir la tentación de seguir a las dos mujeres. No parecieron disponerse a tomar ningún medio de transporte, de lo que Fernando dedujo que debían de vivir cerca. A mitad de camino por calles secundarias y algo solitarias, entraron en una tienda de horario nocturno, de donde volvieron a salir a los diez minutos, llevando Marisa una bolsa de plástico en la mano. Dos calles más adelante, la joven se despidió y Marisa entró sola en el portal.
¿Cuáles serían sus circunstancias? La joven era lo bastante mayor para estar casada; seguramente existía un acuerdo entre ambas para acompañarla ciertas tardes a causa de las características, aparentemente no muy seguras, del distrito donde vivía. Pero ¿dónde estaría el marido?
Se sintió incapaz de volver al barrio de extrarradio donde residía y trabajaba. Encontró una pensión en las cercanías y proyectó alegar por teléfono algún malestar al día siguiente, para excusarse por no asistir al trabajo. Necesitaba volver a ver a Marisa, encontrar ánimos para hablarle.
Por la mañana, la espió durante su salida al mercado. Parecía ser muy popular. Todas las vendedoras le dedicaban sonrisas y cambiaban frases con ella, y Fernando se encontró preguntándose cómo habría sido la vida a su lado. Conforme pasaron las horas, la pregunta se volvió más apremiante, sobre todo cuando la vio salir a tomar el café de sobremesa en un bar de la esquina, donde una extensa tertulia de personas de su edad la acogieron como a una líder. Continuaba sola, ¿dónde estaría el marido?
Necesitaba averiguarlo, de modo que, cuando la tertulia se deshizo y ella se marchó con dirección a su domicilio, entró a preguntar en la cafetería
-¿Marisa? Es viuda.
-¿Desde cuándo?
El camarero se encogió de hombros y fue a servir a un cliente en el otro extremo de la barra.
¿Cuándo habría enviudado? Sus hermanos le reportaban habitualmente noticias de Marisa en sus cartas, pero hacía más de tres años que no se escribía con ellos, desde que el desmoronamiento de su fortuna caraqueña le había hecho postergar las cartas para no entristecerles con sus desgracias. ¿Marisa, viuda? Ahora que había lugar para él a su lado, resultaba más imposible que nunca acercársele. ¿Qué podía ofrecerle, aparte de su sonrojo?
Volvió a hacer guardia frente al portal, con la esperanza de que saliera de nuevo al atardecer. Con éste, la calle se quedó tan solitaria, que supuso que no saldría, pero de nuevo llegó la mujer joven. Se acercó caminando, como si viniera dando un paseo. Debía de vivir también cerca. A los cinco minutos, salieron las dos. Con el corazón estrujado entre espinas, Fernando las siguió; evidentemente, se dirigían a la casa regional. ¡Ay, si no hubiera sido tan ambicioso de joven!, ¡ay, si no hubiera abarcado tanto!, ¡ay, si hubiera realizado el esfuerzo de quedarse en su reseco terruño leonés a su lado, o llevársela a Caracas antes de aquel vano matrimonio! Ahora, carecía de la posibilidad, siquiera, de acercarse a saludarla, porque se le caería la cara de vergüenza. ¡Pero parecía tan vitalista, tan jovial, tan alegre, tan entera! ¡Oh, si hubiera tenido el buen juicio de no perderla!
La vio acomodarse junto a las mismas damas de la tarde anterior, momento en que la joven se despidió.
Se acercó a la barra, con objeto de seguir espiándola a través del espejo.
-Oye -le dijo el jubilado a quien había regalado los porotos-, vaya potra que hemos tenido, ¿no?
-¿A qué se refiere?
-¡A los cinco millones que nos han tocado a cada uno con el cupón!
Llevaba en el bolsillo un papelón premiado con cinco millones de pesetas, sin saberlo
Al final, las alubias morenas habían rendido el mil por uno y sin necesidad de aclimatación. Se giró en el taburete para mirar a Marisa directamente, sin el subterfugio distanciador del espejo.