sábado, 27 de noviembre de 2010

EL TEMPLO DEL CATACLISMO


Antes de disponerse a dar por cumplido el mandato, miró hacia abajo, en la dirección del Sol alto que brillaba como el fuego de invierno encima de la lejana agua infinita. Llevaba muchos soles habitando con los demás un repecho del terreno, cerca del templo, y cuando llegaron harían lo menos cinco o seis soles según creía recordar, el paisaje descendente era completamente blanco hasta fundirse a lo lejos con aquel temible dios formado por agua, que los viejos afirmaban que no se podía beber.
Aunque todavía faltaba mucho tiempo para la cálida temporada de las frutas, ahora podía ver grandes retazos de tierra que habían ido aflorando durante el anterior sol caliente en buena parte del panorama cercano al agua, en cuyas inmediaciones comenzaba poco a poco a emerger algún verdor. Y la antaño lejanísima línea del agua infinita, iba acercándose cada amanecer un poco más.
Por mucho que le aterrorizara cumplir la última etapa del mandato del chamán, debía acatarlo cuanto antes. Purificarse para poder seguir viviendo y conseguir mirar a los otros a la cara. Dejar de una vez de andar encorvado, ocultando el rostro. Lo había ido postergando y el paso de las lunas aumentaba y agriaba los reproches de toda la tribu. Hasta las hembras que lo habían cuidado de niño le negaban sus ojos. Temía que si lo retrasaba más, la ascendente línea del agua infinita acabase por engullir la tierra que pisaba ahora y que invadiera en oleadas impetuosas las intrincadas salas del Templo del Cataclismo.
Miró la entrada, tan irresoluto como siempre. Sabía que, detrás de él, todos estaban observándolo desde recatados escondites. Presentía su presencia y, en algunos momentos, hasta llegaba a oír leves rumores de sus voces, aunque no pudiera verlos. Seguro que todos los machos estaban convencidos de que nunca se arrastraría por la boca tenebrosa del templo. Las hembras, simplemente le compadecerían entre burla y burla. Cuando estaban en grupo, los adultos eran crueles y despiadados en sus juicios, sobre todo al valorar o desmerecer a un joven como él, que sólo había cumplido nueve soles. Los veteranos de catorce soles y los ancianos de veinticinco, estarían mofándose y hasta serían capaces de señalar algún temblor en los músculos de su espalda.

Frente a las demás etapas de la penitencia no había presentado tanta irresolución. Terror, en realidad, era lo que ahora mismo sentía.
Recordaba, sobre todo, la etapa anterior. Un templo al que llamaban “del Tesoro”, que carecía de las horribles, amenazadoras y terroríficas piedras colgantes que tanto abundaban en el del Cataclismo, según aseguraban. El Templo del Tesoro lo llamaban así por las numerosas conchas de colores que encontraban por doquier y que eran las galas que más apreciaban, porque con dos de ellas, si eran lo bastante hermosas, podían comprar el favor de cualquier hembra, incluida la que había ocasionado el pecado que le obligaban a expiar con la peregrinación que hoy podría acabar, si es que conseguía reunir el coraje indispensable y se atrevía a internarse en las entrañas laberínticas del Templo del Cataclismo.
En el Templo del Tesoro no había piedras colgantes ni cuchillos emergiendo del suelo. Ni monstruos agazapados por doquier. Las paredes eran onduladas, mórbidas y amables como pecho de hembra y, en lo más profundo, la luz de las antorchas no desvelaba ninguna amenaza… según lo que todos y todas le habían aseverado: que prácticamente no debía temer nada en el Templo del Tesoro. Sus anfractuosidades y revueltas eran suaves, como si hubieran sido talladas por las caricias de los dioses. En cambio, cuantos habían visitado alguna vez el Templo del Cataclismo hablaban con espanto de los malvados espíritus que habitaban todas sus sombras, detrás de cada uno de los afilados cuchillos pétreos.
De vez en cuando, soñaba con el día que se trastornó entre los brazos de aquella hembra que casi no tenía pelo. Hasta el sueño le producía temblores, por el temor de que el chamán leyera sus ensoñaciones y aumentase la condena al sorprenderlo en el nuevo sacrilegio, en vez de que alguno se lo contara, como debían de haber hecho en realidad. Lo había cometido recostados ambos en un lecho de flores de aulaga entre aromas divinos y la música del viento y, aunque ella apretaba a veces los labios porque la lanza era mayor que la de sus congéneres, no se quejó en ningún momento de manera audible. Había sido un día mucho más cálido de lo habitual, y yacieron largamente bajo la sombra de un árbol lleno de frutos morados. Bandadas de pájaros llegaban procedentes de la dirección del agua infinita y tuvo la visión de que sonreían al descubrirles.
Cómo pudo el chaman averiguarlo era para él un misterio, pero estaba seguro de que la hembra no lo había delatado, porque había visto sus ojos revueltos hacia el aire y tuvo que contener sus convulsiones con un fuerte abrazo, y al despedirse, había descubierto en sus ojos el deseo de que se repitiera. ¿Quién les había espiado? Tuvo que ser un hembra ociosa y chismosa la que aireara su culpa. Una culpa por la que ahora se iba a encontrar en medio de las mayores amenazas que podía encontrar en cualquier territorio equidistante del mundo de los dioses y el humano.
Había tenido sólo un sobresalto en el Templo del Tesoro, cuando creía hallarse ya muy cerca de la morada de la diosa. Al doblar un recodo particularmente abrupto, sintió la aplastante presencia como una montaña que le cayera sobre la cabeza. En el primer instante, algo que podía ser un cuerpo. Y no sólo la sintió, como sentían todos en el poblado la cercanía de otras vidas, sino que, a continuación, fue rozado al acercarse mucho aquello a donde él estaba. Era caliente, muy caliente, pero el frío en su propio interior creció hasta lo insoportable. Notó las guedejas embarradas del pelo de la piel y el aliento pestilente, que alcanzaba sus mejillas como si fuera el soplo de los espíritus de las profundidades. Pero eso no era un espíritu. Se trataba de un cuerpo verdadero, material. Podía oír la respiración y oler el hedor. Ocurría una cosa demasiado incomprensible; notaba la presencia, era real porque notaba tanto su contacto como el pestilente aliento, pero cuando era él quien alargaba la mano para tocarlo, solamente hallaba el vacío. Nada, no había nada material para sus manos, aunque todas sus alarmas de cazador estaban gritando.
Temeroso, dio sin embargo un paso hacia aquella cosa. La experiencia tanto como el chamán le habían mostrado el camino para vencer el espanto: afrontarlo. Y en aquella circunstancia, consideró que el mejor modo de vencer un terror que se alimentaba vorazmente de su perplejidad, era entrar en contacto con aquello y, si fuese necesario, luchar hasta vencerlo.
Pero en las lóbregas profundidades por donde trató de avanzar a pesar del temblor de sus piernas, halló solamente la nada. Comenzó a oír lejano el soplo y el rumor de una corriente de agua, lo que significaba que su meta se hallaba cerca. En esencia, estaba pisando ya el territorio sagrado de la diosa. ¿Por qué se mofaba de él, de su flaqueza, enviándole la terrorífica presencia? Que era real, material y, por consiguiente, temible por su fiereza evidente, pero ¿por qué no conseguía tocarla? ¿Había dotado la diosa de invulnerabilidad al monstruo? ¿No había en su mano ni en su voluntad nada que pudiera hacer?
Aunque agitaba su pecho la urgencia de cumplir el homenaje a la diosa y abandonar el templo cuanto antes, tuvo el convencimiento de que se había quedado paralítico. Le resultaba imposible levantar el pie, siquiera levemente, a fin de dar un corto paso. Nada, ningún esfuerzo bastaba para triunfar en su intento. Los pies se habían adherido a una especie de limo con textura de grasa de mamut y la presencia peluda de aliento pestilente volvía a rozarlo. Y poco a poco se dio cuenta de que no era la única presencia; otros seres chapoteaban despacio en el limo y no era capaz de calcular su número. ¿La guardia privada de la diosa? ¿El escollo que estaba obligado a superar?
A pesar de la parálisis, sintió deseos imperiosos de huir para librarse de la oscuridad casi compacta que lo envolvía, pero no sólo sería inútil la huida para escapar de esos seres tan esquivos y engañosos, sino que no habría cumplido el mandato puesto que estaba obligado a tocar el agua aunque sólo fuera levemente, a fin de que la diosa le concediera algún don, para expiar su culpa de lascivia desviada.
Tras denodados esfuerzos, consiguió levantar levemente un pie, pero el chapoteo de los monstruos y la intensidad de sus expiraciones flatulentas se multiplicaron. Lo rodeaban. Iban a caer sobre él. Podían ahogarlo. Moriría a un paso de su meta. También podía morir de miedo, como había visto a tantos miembros de la tribu morir ante una pieza de caza demasiado violenta, tras sufrir un terror insuperable, como aquel compañero que murió súbitamente ante un oso que habían cercado pero que ni siquiera lo tocó. Mas, aunque inmovilizado por algo cuya naturaleza no podía ni sospechar, los sentidos le advirtieron de que un cambio estaba a punto de producirse.
Un ligerísimo soplo de brisa que le llegó del curso acuático, que sin duda se hallaba ya muy cerca, produjo en su mente una revelación determinante; los monstruos no iban a atacarle, nada tenía que temer. El pie que había levantado sólo un poco debido al gran esfuerzo que representaba, pareció liberarse repentinamente de un freno interior y lo sintió ligero. En seguida movió el otro pie, con lo que la parálisis y el terror se diluyeron. Pudo llegar al agua en sólo dos pasos más. Se sintió capaz de vislumbrar la sonrisa de la diosa y su toque inmaterial traspasando las tinieblas impenetrables que lo envolvían, y ello le convenció de que se había convertido en un nuevo ser, más capaz., intrépido y sabio. Ni siquiera pensó que acababa de superar una prueba ni que la tribu podía hablar de su hazaña durante miles de soles. Volvió al exterior pausadamente pero sin inquietudes ni angustias. La luz del Sol reflejada por el agua infinita le hirió los ojos, pero tenía alas en el pecho.
Para llegar hasta donde se encontraba el templo del Tesoro, había tenido de que caminar durante ocho amaneceres en la dirección del Sol declinante, hasta alcanzar una revuelta tras la cual se abría una bahía maravillosa, llena de ensoñaciones y promesas de ventura. Pero el agua infinita se encontraba a una distancia de muy pocos codos de la entrada, y ése había sido el primer terror que tuvo que superar. Vencer el miedo a que la abultada y rumorosa masa líquida lo engullera y se lo llevara para alimentar a los gigantescos monstruos que cobijaba en sus entrañas. Ya dentro, el terror de los guardianes inmateriales de la diosa había sido de otra naturaleza, más espiritual.
Ahora, frente al Templo del Cataclismo, la anticipación del terror era superior a cualquier espanto que hubiera experimentado jamás. Los bramidos del mamut que cazó al cumplir la edad sagrada de siete soles no le habían impresionado tanto. Ni el bisbiseante acercamiento de aquel dragón del bosque de piedra blanca, cuya lengua bifurcada era tan temible como la boca de las montañas ardientes. Conversar con la diosa en el Templo del Cataclismo era la prueba suprema que todos los machos de su tribu tenían que superar alguna vez a lo largo de la vida, cometiesen o no un pecado tan grave como el suyo. Todos los adultos hablaban entrecortadamente de lo que representaba, pero eran las hembras quienes más lo susurraban entre lamentos, aunque nunca habían tenido que superar esa prueba reservada a los machos. Ningún terror conocido vencía el del recorrido sagrado por el Templo del Cataclismo.

Durante todo un cuarto de Sol, había conseguido embozar su terror simulando dificultades insuperables para encender la antorcha. Pero la habilidad de prender fuego de inmediato era su virtud más encomiada en la tribu, lo que no le disuadió de prolongar la simulación. Casi todos habían debido de adivinar que las aparentes dificultades con la antorcha era un subterfugio ingenuo de alguien tan joven como él, que todavía no había producido de manera legítima un nuevo miembro para la tribu. Durante el último sol, había cubierto a distintas hembras veces incontables, pero ninguna se había abultado todavía. Sólo la profanación que ahora debía expiar había resultado en un hinchamiento, cuyo fruto llegaría mucho antes del solsticio, lo que habría sido su perdición si no cumpliera la penitencia que estaba a punto de culminar.

Justo había tenido que asaltarla a ella. Era una hembra cuya desnudez resaltaba más que las otras, porque tenía poco pelo en el cuerpo. Siempre había deseado cubrirla, era un impulso que desde los siete soles se había convertido en apremiante como el hambre. Llevaba dos soles estirando hasta el límite la cuerda de sus habilidades, tratando de impresionar a la tribu para que todos reconocieran sus méritos y nadie tratase de disuadirle. Pero lo había hecho sin aguardar con paciencia un asentimiento tribal que en aquel caso era indispensable y que tenía muy pocas posibilidades de obtener. En su interior reconocía que ese asentimiento no llegaría jamás, lo que con el paso de las lunas fue trasmutando el impulso en obsesión. Por ello, las miradas golosas de ella y sus insinuaciones llegaron a ser irresistibles.

La antorcha brillaba con fuerza a pesar de que el Sol estaba en su cenit. No podía retrasar más la entrada. Cualquier macho podía venir a golpearlo para azuzarle, sobre todo el chamán. El chamán al que había ofendido. Tal vez no iba a ser capaz de llegar hasta el Templo del Cataclismo por las entrañas de la tierra, a través de todos los obstáculos y pruebas que la diosa pondría en su camino. Pero los que se ocultaba a sus espaldas se estaban impacientando. Llegó a oír la risita nerviosa de alguna hembra. Se prometió encontrar fuerzas dentro de sí, donde ya parecían haberse agotado.

Se dejó deslizar por la oscura boca hasta el conocido repecho que él y sus compañeros habían visitado infinidad de veces, en busca de animales pequeños que comer. La verdadera entrada al templo, unsimple boquete en la roca vertical, casi a la altura del suelo, apenas resultaba visible bajo la húmeda semipenumbra que ensombrecía el lugar, ya que la luz de fuera apenas se filtraba entre los matorrales de la superficie y la estrechez de la boca, una penumbra crepuscular que la antorcha no era aún capaz de despejar.

Tuvo que arrastrarse unos veinte codos, con la antorcha a punto de quemarle el pelo y las pestañas, y de pronto el estrecho pasadizo se abrió a una estancia muy grande pero no demasiado honda, ya que sólo rodó la altura de un oso. Supuso que el techo estaría repleto de afiladas piedras colgantes pero palpó el suelo y no tocó ningún cuchillo. En cambio, había algo parecido a las gradas ascendentes que su tribu había excavado en la ladera de una colina, para oír las consejas y admoniciones del chamán; era como una cascada petrificada, que formaba ondulaciones y pequeños recovecos. También palpó lo que parecía un colmillo muy viejo de mamut y varios objetos de piedra que otros machos habían debido de olvidar en sus incursiones.
No conseguía oír nada que le revelase hacia dónde debía encaminarse para dar con la morada sagrada de la diosa. Ningún rumor de agua le alcanzaba, ni la más leve brisa soplaba sobre su rostro y tampoco conseguía proyectar la luz de la antorcha de modo que el camino se manifestara. Por ello, se vio obligado a recorrer cuidadosamente la planicie sintiendo crecer su terror porque alrededor de esa estancia sí afloraban del suelo grandes cuchillos de piedra. Detrás de estos, presentía la acechanza de horrores infernales.
En las noches de lumbre y consejas, en lo más hondo del repecho que habitaban, algunas viejas que habían rebasado los treinta soles relataban con ansiedad y entre gemidos las pruebas a que la diosa sometía a los que trataban de acercarse a su Templo del Cataclismo. Algunos no habían conseguido llegar al centro del santuario y hasta se habían dado casos de varios que no habían conseguido regresar. Se podía encontrar la muerte a causa de acechanzas que nadie había sabido describir. Ahora, presintió que en cualquier instante iba a topar con una de esas pruebas, ya que era incapaz de decidir hacia dónde dirigirse. Decían que pasada la primera cascada petrificada, había que descender mucho, algo así como altura de tres machos, pero ¿por dónde y hacia adónde?

Supo al instante la respuesta. Su brazo izquierdo, alzado hacia la oscuridad para no tropezar, fue impelido por algo que no sabía determinar qué era. No se traba de alguien que halase ni de ninguna fuerza que lo empujara. Simplemente, el brazo pareció animarse con voluntad propia y lo llevó a todo él detrás, mientras su cuerpo se estremecía torturado por dolores mayores que el causado por los colmillos de un tigre. Notó que caía mucho más de lo que le había parecido que el desnivel representaba, mientras una especie de minúsculos cuchillos de hielo se le clavaban no sólo en la piel, sino también en lo más profundo de las entrañas. De pronto, la oscuridad se desvaneció; todo cuanto creía que le rodeaba fue sustituido por cosas que no podían existir. Ningún acantilado podía ser tan blanco ni tan uniforme. No soplaba la brisa impetuosa y salobre proveniente del agua infinita ni se levantaban guedejas de niebla gélida para herirle la piel. Hacía calor, demasiado calor, como si permaneciera temerariamente muy cerca de una gran hoguera. Nada de lo que vio a primera vista parecía estar hecho por los dioses; había más acantilados igual de uniformes y pulidos, y perfectamente verticales, cubiertos de un blancor mucho más reverberante que el de la nieve; ante esos acantilados, en muchos puntos crecían profusamente hierbas trepadoras cubiertas de flores de color cárdeno y púrpura. El agua infinita estaba cerca, más allá de un acantilado verde que sólo podía adivinar; desde la resplandeciente superficie de agua, soplaba una amable y cálida brisa que transportaba aromas desconocidos pero sensualmente placenteros. Alrededor de la senda lisa y negra que pisaba, todo era verde también. Unos árboles muy pequeños eran agitados por la brisa y regaba hacia él aromas resinosos pero no desagradables, sino todo lo contrario. Esos soplos aliviaban el abrasador calor que a veces le resultaba insoportable.
Quiso dar la vuelta, a ver si esa visión desaparecía. Pero siguió viéndola y sintiéndola como si hubiera sido trasladado a otro mundo que no podía imaginar si sería infernal o divino. Un mundo que desafiaban los conocimientos adquiridos a lo largo de su vida y las consejas y anécdotas escuchadas a los viejos de todas las aldeas que conocía. Suponía que también desafiarían el saber de los más expertos de su propia tribu.
El blanco vertical y florido continuó envolviéndolo mientras avanzaba a ver si reencontraba su antorcha y podía comenzar a ver los cuchillos pétreos tras los que se ocultaban los monstruos. Tras rebasar unos arbustos recortados de modo muy antinatural y rectilíneo, se encontró con una fila de seres parecidos a sus congéneres, pero cubiertos de unas cosas de colores en vez de pelo. Emitían unos grititos ridículos, como pajaritos, y no paraban de cruzar esos sonidos mientras iban moviéndose muy lentamente y todos a la vez, hacia un extraño punto que brillaba mucho. No comprendía qué podía ser aquello, si esa fila estaría formada por los monstruos que guardaban a la diosa o si serían machos y hembras castigados por los seres de las profundidades. En realidad, no era capaz de imaginar nada más monstruoso que los machos y hembras recubiertos con tantas estridencias. Sintió un estremecimiento. ¿Podían ser seres de las profundidades a despecho de la esplendorosa luz que los envolvía?
Para escapar de tan negros augurios, giró sobre sí para volver atrás, y se dio de bruces de nuevo con las tinieblas más impenetrables de las profundidades. Volvía a tener la antorcha aferrada, pero tropezó con un enorme cuchillo de piedra emergido del suelo frente a él. Cuanto pisaba parecía estar compuesto de la misma dura piedra y, sin embargo, el cuchillo resonó al chocar contra él como si fuera la voz del viento.

Todo lo que conseguía iluminar la antorcha estaba formado por etéreos y pesados fantasmas blancos, semejantes a los fuegos nocturnos de los muertos, como para apretar los ojos a causa del pánico. Le habían dicho que todos los cuchillos ocultaban un monstruo cada uno; no conseguía escucharlos, aunque debían llevar mucho rato observándolo. Lo que oía era mucho más terrorífico que voces o pasos de seres oscuros; era un rumor muy lejano y, al mismo tiempo, tan próximo que parecía estar dentro de él, una especie escalofriante de gemido acallado por una mano apretada contra la boca.
Podía sonar como el aullido de un lobo durante una noche de tormenta. O un mamut perdido y herido barritando su agonía. O el silbido del viento, impetuoso, en su recorrido por un estrecho desfiladero. Todo eso podía ser lo que apenas conseguía escuchar.

Hacía esfuerzos casi físicos para lograr identificar el debilísimo rumor, cuando una sombra más oscura que todas las otras se movió detrás del cuchillo más cercano a su antorcha. Tuvo tiempo de verla aunque se desvaneció en cuanto volvió los ojos hacia ella. Sin ruido. Sin dejar olor ni huella ninguna en sus instintos alertas.
Gracias a la experiencia de cazador, comenzó a sentir que estaba rodeado por seres incontables. Eran millones, hablaban entre ellos aunque no pudiera oírlos y sobrevolaban su cabeza en formación. Estaban sedientos de sangre, lo sabía. ¿Por qué no se abalanzaban sobre él?
¿Lo impediría la diosa? ¿Era tan magnificente el templo que necesitaba legiones de guardianes? La estancia de la diosa tenía que disponer de un curso de agua, aunque fuese pequeño; pero por mucho que lo intentaba no escuchaba el agua correr. Con tantos seres infernales alrededor, el único sonido era el misterioso rumor no identificado.
Giró la mirada hacia el lado opuesto a la antorcha. Inesperadamente, la vio. Sonreía. Una hembra etérea y blancuzca que hasta tenía menos pelo que la hembra por cuya posesión se veía en ésas. Estaba sonriéndole, sí. Y no mostraba ningún temor a los tétricos guardianes.
En el cruce de sus miradas detectó el consejo de que no se dejase amilanar y continuara el camino.
Lo hizo. Avanzó unos diez codos hasta sentir que estaba al borde de un lugar bastante más profundo. Reculó un poco por temor a despeñarse hacia la muerte y adelantó la antorcha al tiempo que se agachaba. El desnivel que debía salvar no superaba la altura de un macho, por lo que saltó hacia abajo y en seguida se dio cuenta de que había calculado muy mal, porque siguió descendiendo durante un tiempo indeterminado pero largo. Iba a encontrar la muerte por inexperto. No había sabido hacer un cálculo que todos sus congéneres estaban obligados a realizar constantemente cuando hollaban territorios ignotos en busca de caza.
Lo mismo que la vez anterior, sintió el dolor generalizado y los pinchazos de los minúsculos cuchillos de hielo

Cayó suavemente en un blando colchón de arena dorada, bajo un sol inclemente. La temible agua infinita se encontraba a muy pocos codos y varias hembras muy extrañas estaban inmersas sin temor en el agua. Eran hembras, sí, pero muy diferentes de las que conocía. Sus cuerpos cubiertos solo por una pequeña pieza de colores estridentes que le herían los ojos, no tenían atisbo de pelo, pero el de la cabeza era muy largo y ondulante. El ruido del ir y venir del agua sobre la arena era ensordecedor, pero ellas reían placenteramente sin dejar de exclamar lo que parecían expresiones gozosas aunque no podía entenderlas.
Por mucho que sintiera el calor y por mucho que le envolviera la brisa llegada de la espantosa masa de agua, no creía que estuviera realmente en ese lugar tan extraño.
Este pensamiento produjo el mismo efecto que el despertar de un sueño. Repentinamente, le envolvía de nuevo la oscuridad. Pero se trataba de una oscuridad incompleta; no todo era tiniebla ya que podía distinguir claramente el perfil de los enormes cuchillos emergidos del suelo y algunos de los que pendían del techo y, a mayor distancia, algo que no sabía qué podía ser. Parecía de la misma naturaleza que todo lo demás, pero en vez de pender o emerger en vertical, formaba líneas oblicuas como la lluvia de nieve racheada.
Había oído mencionar un cataclismo muy antiguo, ocurrido hacía más soles de los que podía imaginar. Eso que miraba sin comprenderlo, ¿podía ser una de las consecuencias de aquella vez que la tierra gritó como un mamut malherido?
Al tiempo que se acercaba, cuanto más lo miraba menos lo comprendía. Aquello no podía ser. Nada de cuanto conocía tenía formas semejantes; ninguna montaña desafiaba la verticalidad de la atracción de los seres de las profundidades, de modo que aquello sólo podía ser divino. Aquellas formas incomprensibles tenían que ser por fuerza el aposento de la diosa.
El pensamiento fue como una invocación. Un resplandor, al principio muy débil, le dio la impresión de que podría convertirse en fulgurante, a pesar de que no despejaba las tinieblas. Se trataba de una luz más presentida que vista, con mayor presencia en la mente que en los ojos.
Pero él supo sin ninguna vacilación que estaba ante la diosa, porque todos los dolores, laceraciones, miedos y sobresaltos sentidos durante el recorrido por el Templo del Cataclismo se convirtieron de repente en la más intensa paz interior que había percibido en toda su vida. Dejó de sentir frío y el contacto de sus pies con el suelo; sencillamente, dejó de sentir. Solamente existía esa luz interior débil y fuerte a un tiempo y el efecto que producía en su espíritu, como si el chamán le hubiera dado uno de aquellos cocimientos con los que se volaba y que ahuyentaban a los espíritus. Sentía la misma anestesia, pero ningún sopor. Su mente se encontraba tan alerta como en una pelea a vida o muerte. Pero salvo por ese detalle, podía estar muerto y haber volado hacia el seno de los dioses, porque no era posible sentirse mejor.

No escuchaba la voz, pero la diosa estaba diciéndole que ya no debía sufrir más sonrojo ni culpa, porque había pagado su deuda y estaba en paz. Que saliera rápidamente del templo porque el sol no podía esperarle más y que dijera al chamán que la diosa lo amaba.
Aunque hubiera permanecido eternamente sin moverse frente aquel resplandor que le inundaba, desanduvo sus pasos con una celeridad que no era voluntaria. Aunque creía que había caídos dos veces por alturas insuperables, no halló ninguna dificultad en el regreso y, apagada la antorcha, cuando gateaba por el último pasadizo, notó que al extremo del túnel alumbraba todavía un ligero sol casi dormido.
Salió del túnel y emergió de la hondonada trasfigurado, feliz. No estaba preparado para lo que le vio.
Toda la tribu aguardaba su regreso frente a la boca.
Sonreían y sus gestos expresaban simpatía y afecto.
En el centro y delante de todos los demás, el chamán, cubierto de los maravillosos objetos sagrados de su oficio.
Y, junto a él, ella.
La hembra a la que había abultado reía abiertamente con el brazo de su padre, el chamán, sobre los hombros. Se había desprovisto de los colgantes que la señalaban como servidora de la diosa y alguien había tonsurado sus pechos como una madre cualquiera de la tribu, como si quisieran aclararle que su profanación había dejado de serlo. Desprovistas de pelo, las mamas constituían una invitación al deleite.
¿Qué milagro había obrado la diosa?
Aquélla por la que había estado a punto de convertirse en un proscrito le era ofrecida ahora con el asentimiento de la tribu y, lo que era mucho más importante, con la anuencia del chamán.

jueves, 25 de noviembre de 2010

DOS TONELADAS Y MEDIA



Mae Jemajá es una diosa
telúrica, espiritista,
que veneran muchedumbres
del mar en las dos orillas.

En Brasil o en Mozambique
Venezuela o Sao Tomé,
Jemajá es quien bendice
extraños ritos de fe.

Extraños ritos, que algunos
convirtieron en empleo
donde ganarse unos duros...
¡o unos cuantos milloncejos!.

Tal es el caso, parece,
de los que usaron la diosa
para colar un alijo
de droga en la ría de Arosa.

Mae Jemajá invocaban
de Cabo Verde a Galicia.
¡Dos toneladas y media
colaron de cocaína!.

Macumba con candoblé...
umbanda y espiritistas...
¿Invocar a Jemajá
para envenenar Galicia?.

jueves, 18 de noviembre de 2010

COPLAS QUE ESCRIBÍ HACE AÑOS

TAJO NEGRO

Dos que una vez fueron uno,
dos que al mismo tiempo rieron,
dos que juntos caminaron,
dos que promesas se dieron...

Dos que las arras cruzaron
al pie del altar mayor...
sienten que ya no son uno,
que de nuevo suman dos.

Por encimita del hombro
miran de pronto,
pa ver los tambaleantes
pasos del otro;
un tajo negro entre ellos
y un ancho río
un tajo negro los pone
sobre el vacío.

En el río de la vida
se les enfrió el querer
y sin pensar se olvidaron
de que ahora suman tres.

Uno, dos y tres,
piense su señoría que lo he parío.
Uno, dos y tres.,
piense su señoría que lo crié.

Dos que una vez fueron uno,
dos que en tres se transformaron,
dos que ante el juez discutieron
y el hijo se disputaron...

De su amor han renegado
al pie del altar mayor...
y no escuchan a ese niño
que está rogando su amor.

Por encimita del hombro
miran de pronto,
pa ver los tambaleantes
pasos del otro:
un tajo negro entre ellos
y un ancho río,
un tajo negro los pone
sobre el vacío.

En el río de la vida
se les enfrió el querer
y sin pensar se olvidaron
de que ahora suman tres.

Uno, dos y tres,
piense su señoría que lo he parío.
Uno, dos y tres,
piense su señoría que lo crié.



Luis Melero
Título: TAJO NEGRO Y CATORCE COPLAS
Registro Propiedad Intelectual nº 2683















COPLA

SANGRE
Y PIEDRAS
Copla-romance.

Tenía el fuego en los ojos
la claridad en su cintura,
desafiaba los vientos,
sobrevolaba las brumas.

Las luces de su mirada
deslumbraban a la luna
y las flores de su cuerpo
olían a esencia moruna.

¿Por qué envenena su sangre
gota a gota, llama a llama?.
¿Por qué se apagan sus luces
como la tarde se apaga?.

Sombra y fuego,
rosas negras
en sus brazos,
piedra, piedra.

Ya no desafía al viento,
ya no hay luz en su mirada,
ya no ríe ni enamora,
ya no se encuentra ni el alma.

En la sangre de sus venas
ya no hierve la esperanza,
que un caballo desbocao
le pisotea las entrañas.

¿Por qué agonizan sus sueños
gota a gota, llama a llama?.
¿Por qué, a dosis, entre pinchazos
su vida no vale nada?

Sombra y fuego,
rosas negras,
pensamientos
y violetas.

Ahora va como un guiñapo
embotada su cintura,
ya no siente ni los vientos.
Sumergido está entre brumas.

Vida que es muerte y vacío,
voz que es siempre una mentira,
mano que pide delirio,
ojos que ni ven ni miran.

¿Por qué agoniza en la calle
día a día, pena a pena?
¿Por qué se apagan sus luces?
¿Por qué el aliento le deja?

Sombra y fuego,
rosas negras,
piedra y sangre
sangre y piedra.

Luis Melero
Título: TAJO NEGRO Y CATORCE COPLAS
Registro de la Propiedad Intelectual nº 2683


SE TE QUEDÓ
CHICO EL BARRIO
Copla
Tanguillo-rumba.

De niño soñaba
con tu mirada
tras los jazmines.
Ojos deslumbrantes
que en Mangas Verdes
fueron mi sol.

Ahora, ya de hombre,
no sueño nunca
con tu abandono.
Y noche tras noche
despierto sangra
mi corazón.

Eras la niña bonita
Mangas Verdes te quería
claveles por centenares
adornaban tu balcón.
El barrio se quedó chico
para tus aspiraciones
buscaste otro camino
y sin ti me quedé yo.

Hoy te he visto, niña
en Torremolinos
vestía de largo.
Hay qure ver lo mucho
que has progresao,
que has progresao;

que ya no te acuerdas
de lo que fuiste
de lo que fuiste
ni las cosas que a solas
en calle Larios
me prometiste.

Eras la niña bonita,
Mangas Verdes te quería
claveles por centenares
adornaban tu balcón.
El barrio se quedó chico
para tus aspiraciones
seguiste otro camino
y sin ti me quedé yo.

Y cuando esta noche
en la discoteca
tú me dijiste
ponme, camarero
un cuba libre
con poco ron,

yo miré aquel pijo
tan elegante
que te abrazaba,
y pensé que el pobre
no es más que un piso
de tu ascensor.

Eras la niña bonita
Mangas Verdes te quería
claveles por centenares
adornaban tu balcón.
El barrio se quedó chico
para tus aspiraciones
seguiste otro camino
y sin ti me quedé yo.

Luis Melero
Título: TAJO NEGRO Y CATORCE COPLAS
Registro de la Propiedad Intelectual nº 2683

miércoles, 17 de noviembre de 2010

LETRA DE COPLAS, DE UNA AMPLIA COLECCIÓN CREADA HACE 20 AÑOS



Amor prohibido
Malagueña

¿Por qué te dije "adiós"
y te aparté de mí
si me ahogo sin ti?.
El miedo fue un dolor,
el miedo pudo más
que el placer de vivir.

Sé que es un amor prohibido
el que yo siento por ti;
sé que es un amor prohibido.
Desde que te conocí
fue placer, risa y suspiros,
gloria, miedo y sinvivir.

¿Por qué te dije "adiós"
y te aparté de mí
si me ahogo sin ti?.
Mis noches frías son,
si no rozo tu piel
no consigo dormir.

La gente me reprochaba
querer como te quería;
la gente me reprochaba.
Yo te cerré el alma mía
y ahora que lloro sin alma...
¡la gente vive su vida!.

¿Por qué te dije "adiós"
y te aparté de mí
si me ahogo sin ti?.
No sé dónde buscar,
no sé dónde encontrar
los besos que te di.

Qué locura he cometío:
mentir sobre mi pasión...
¡qué locura he cometío!.
Loco está quien pide a Dios
perdón, cuando tus oídos
no escuchan tu corazón.


La biznaga
Malagueña

¿Dónde la luz del sol
es claro resplandor
de oro y plata a la vez?
¿Dónde el blanco jazmín
se vuelve luna y sol,
fulgor de amanecer?

En mi Málaga la Bella
la luna sale a bailar,
en mi Málaga la Bella,
de jazmines perfumá;
rosa cuajada de estrellas
y de espuma de la mar.

¿Dónde la luz del sol
es claro resplandor
de oro y plata a la vez?
¿Dónde el blanco jazmín
se vuelve luna y sol,
fulgor de amanecer?.

En mi Málaga la Bella
la luna es como una flor
en mi Málaga la Bella.
Blanco puro es su color,
y su aroma te recrea
como una noche de amor.

¿Dónde la luz del sol
es claro resplandor
de oro y plata a la vez?.
¿Dónde el blanco jazmín
se vuelve luna y sol,
fulgor de amanecer?.

En mi Málaga la Bella
la luna quiere gritar
en mi Málaga la Bella,
que es una flor celestial.
La biznaga malagueña
es rosa blanca lunar.

Pescador
Malagueña

(Abandolao)
Se me perdió la esperanza
penando lejos del mar
se me perdió la esperanza.
Ahora la vuelvo a buscar
cantando cerca del agua
y no la puedo encontrar.

Con esperanza el sol
ha vuelto a iluminar
mi roto corazón.
Con esperanza yo
consigo imaginar
nueva felicidad.

Las arenas de la playa
sirven pa alcanzar el mar
las arenas de la playa.
Quiero la arena pisar
pa llegar donde tú vayas
cuando sales a pescar.

Con esperanza el sol
ha vuelto a iluminar
mi roto corazón.
Con esperanza yo,
consigo imaginar
nueva felicidad.

Si sales de madrugada
ya no consigo dormir,
si sales de madrugada;
no te vayas a encontrar
una lancha marroquí
que te lleve pa un penal.

Con esperanza yo
consigo imaginar
nueva felicidad.
Con esperanza el sol
ha vuelto a iluminar
mi roto corazón.

Cuando llegas por la tarde
después de tirar del copo,
cuando llegas por la tarde,
reluces de sal marina
que huele a esencia de mares.
¡Mira tú qué maravilla!.



Bruja.
Malagueña

Qué bonitas que son
las flores perfumás
que adornan tu balcón.
Ese pitiminí,
junto al rojo clavel
protegen nuestro amor.

En Málaga una morena
me embrujó al rayar el día
en Málaga una morena.
¡Qué sortilegio diría...
qué bruja más poderosa...
que por ella moriría!.

Qué bonitas que son
la flores perfumás
que adornan tu balcón.
Junto al blanco jazmín
la madreselva está
derramando su olor.

Bajabas por Puerta Oscura
cerca del anochecer
bajabas por Puerta Oscura:
y te pregunté, mujer,
si querías darme una
de las flores de tu piel.

Qué bonitas que son
las flores perfumás
que adornan tu balcón.
Azucenas de olor
que pueden ablandar
un duro corazón.

Dime tú, morena mía,
si eres bruja o hechicera
dime tú, morena mía,
porque darte yo quisiera
mis ojos, la vida mía
y la sangre de mis venas.

domingo, 14 de noviembre de 2010

ACUEDUCTO DE SAN TELMO

AGRADECERÍA MUCHÍSIMO QUE ME ESCRIBIESEIS PARA CONTARME LEYENDAS SOBRE EL ACUEDUCTO DE SAN TELMO DE MÁLAGA.
Estoy seguro de haber oído de niño relatos magníficos de leyendas y rumores sobre el recorrido y la HISTORIA DE ESTE ACUEDUCTO FUNDAMENTAL EN LA FORMACIÓN DE LA URBE MALAGUELA. Pero he pasado la mayor parte de mi vida fuera de Málaga y casi todos aquellos relatos se me han olvidado.
POR FAVOR ¿PODÉIS ESCRIBIRME CONTÁNDOME TALES LEYENDAS? SI LO DESEAIS,OS INCLUIRÉ EN LOS CRÉDITOS DE LOS CUENTOS QUE ESCRIBA
jlmgvc@gmail.com




jueves, 11 de noviembre de 2010

Éste es un intento de combinar nostalgias y sentimientos rimados con letras para los palos flamencos más clásicos. QUEJIDO



SOLEÁ
En la callejuela blanca
que me abrigó, ha suspirao
mi nombre una voz amarga


Babel
Nubes gritan con cuchillos sonámbulos sobre torres de cemento.
En la Babel de cristal y acero soy un número,
mientras mis torres de espuma se regocijan sin mí.

Arquitectónica cordillera bordada de pasos amnésicos,
acantilado de hierro y cristal por donde regurgita el vómito,
hálito inútil que la empaña con frío jadeo agónico.

No rezuma cataratas que apaguen el pavor tórrido.
Ni libera altozanos para volar etéreos.

Aristas afiladas que opacan lo cromático, cumbres de hollín.
Miasmas de estertor vandálico en cada desencuentro.
Orfandad de remansos edénicos con rastros de pisadas divergentes
que fueron y ya no.




ALBOREÁ
Fría luz sin nombre,
fríos están mis huesos;
gélida mi alma,
¡y la pena dentro!





Clarear
Cuando el clarín de las seis
llama para los afanes
y, aterido,
me aventuro por la bruma gris de hielo
del poliedro sin recodos
y el lago de hojas exhaustas,
me quema las sienes frías
un frío beso; la duda:

¿Vivo, sueño o desvarío?

El corazón regurgita su miedo,
el alma,
con sal y arcilla forjada,
sube a sobrevolar mi carne desvaída;
nubes rondan con cuchillos afilados
sobre torres de cemento.

En la Babel de cristal y acero
soy un número,
mientras mis torres de espuma
suspiran, lejos, por mí

SIGUIRIYA
De agua rutilante
no hay torres de espuma
en el mar de farallones oscuros,
ni estrellas ni luna.



Hojas
Hosca es la luz que las desvela
en los intersticios turbios del caos de silicio.
Una fuerza telúrica las mece, salpicando de limo agonizante
los caudalosos ríos del estruendo.

Tirano metabólico,
el tiempo las derrite como témpanos
y destila nutrientes que no inseminarán negadas sementeras.

En el caos, los sustratos del invierno
no encuentran senos para fecundar
la costra yerta impenetrable de la acerada superficie del desierto.

Cúpulas iluminadas de gemidos y cloacas obstruidas de terror,
mientras el sol decae, como un grito ahogado en la niebla.
En medio, la textura viva alborotada
que es ausencia, impavidez y mortaja.



TARANTA
La máquina de alquitrán
pintó de sombra el torrente
y las dunas del trigal.
¿Dónde hay un marro potente
para el limo liberar?

Glaciación
Una glaciación avanza,
el hielo fosiliza los aromas y deglute los colores;
atomiza la frágil temperatura;
profana la cama el frío y se aloja entre las sábanas.

Va recubriendo el frío con su escarcha los estucos embargados.

Racimos de horas secuestradas en la ruta, los carámbanos destierran la luz.

Culebrea el musgo y asoma entre las grietas del hielo,
escala por la pared y pende en jirones de la geografía del techo.

Va tapizando el frío las pisadas neblinosas y el retrato sin memoria.

¡Y esta mordaz paradoja
del sol fingido que trae voluptuosidad de mar...!




BANDOLÁ
Dejé intacta mi niñez,
en la playa sepultada.
No cantan las caracolas
nanas, porque de aquel día
no estalló la madrugada.

Qué canta
¿Qué canta el agua, qué canta cuando acaricia la proa
de tu barca?

¿Qué dijo el agua, qué dijo mientras mis pies se alejaban
de sus rizos?

¿Qué murmuraba?,
pues con tanta ambición no la escuchaba.


SERRANA
En el árbol del que soy
rama cortada
no queda para mí savia.
Para salvarme
puedo, forjador,
injertarme en cualquier parte
de un almendro en flor.


Solo
Una ventana, abierta persiana,
la luz ahí y no consigo abrazarla.
Aquí estoy; Luis, tan sólo Luis y Luis tan solo.

¿Suena el timbre de mi puerta?

Entre el risco, el tomillo y la retama
mi torrente recorrió senda inversa de la mar.
Aunque templado con soles, la luna me dibujó negras ojeras de ausencias.

¿Suena de mi puerta el timbre? No es mi timbre.

La espera desesperada vedó la temperatura a estos brazos exiliados.
¡Impotente acecho!

¿Suena el timbre de mi puerta? No es mi puerta.
Nadie quiere abrir mi puerta.


FANDANGO
Un jazmín cuido plantado
en el balcón de mi casa.
No verdece ni perfuma,
pero sus tallos me hablan
de los mimbres de mi cuna.

Aridez
Yermo dolor infecundo. ¿De qué sirves tú, ay, de qué?
¿De qué color son tus frutos?
¿Quién cosechará la mies?

Tu largo peregrinar por los ríos de mis venas, ¿a dónde te llevará?

Torpe dolor, ciega rabia. ¿Cuándo me liberarás?




TONÁ
Cuando se abren los claros del día
sale a relumbrar
un sol que no caldea mis entrañas, madre,
tan lejos del mar.


Máquina
Llegar, cruzar presuroso el umbral; pasar, decir "buenos días";
mirar airado al que no responde; y seguir.

Así uno y cada día.

Subir, bajar la palanca; pulsar el botón; ya en marcha el motor, pisar el pedal;
cuidar las evoluciones del sedal.

Señor; qué monotonía, qué aburrimiento, qué hastío.
¡Quiero remar en mi huerto!



JABERA
Ese ambicionado mar,
¡cuántas caricias me debe!
Cuántas manos han faltado
en el fuego de mis mieles.
¡Cuántos besos no me han dado


Manos
Manos fuertes,
recias manos, como un acebuche adulto. Como un algarrobo altivo.

Manos cálidas, tibias manos, engendradoras.
Suaves para estremecer.

Manos como tenazas, las manos,
para frenar las caídas.

Como un tónico, las manos, para endulzar los temores.
Como un refugio, las manos, como un puerto en la galerna.
Como raso en la caricia.
Como una ola en el fuego y como un fuego en el hielo.


PIYAYO
El alma que me has robado
a veces llora sin penas
y a veces, muere en tus brazos.
¡Que sea larga mi condena!



Ventanilla
Stop, pare, prohibido seguir, prohibido aparcar,
prohibido entrar. ¡Prohibido soñar!

Gire a la izquierda; necio, no, ¡a la derecha!
Siga, tuerza; póliza de veinte euros, ventanilla seis.
Suba las escaleras, no olvide las reverencias, golpee la quinta puerta.
Imbécil, ¿tengo que repetirle otra vez que es la cuarta a su derecha?

¿De parte de quién le digo? ¿De Luis, sin apellido?
Puede que esté reunido, veré si puede atenderle.

¿Está solo, dice? ¿Quién dejó a este majadero llegar hasta mi despacho?
¡Usted debe ir al psiquiatra!



ALEGRÍAS DE CÓRDOBA
Preguntaré al cartero, cartero
que cuándo viene,
la carta que a mí nadie, ay, nadie
mandarme quiere.


Sobre
Si tengo que abrir el sobre ¿se me agostará el anhelo?
Y si al abrirlo no encuentro lo que anhelo,
¿quién me devuelve el anhelo?


VEDIALES
Hay quien dice la verdad,
pero más mienten y opacan
la luz de la realidad.
Todos amarran las barcas
por miedo a la tempestad.

Puñales
¿Quién posee los puñales que cortan las ataduras?
¿Dónde bruñen sus metales?
¿Quién ha forjado el acero? ¿Y cuánto valen?

¿Cuánto más he de penar
para ganarme el derecho de volver a mi corral?



SOLEÁ
Desde arriba, en la montaña,
el mar parece de plata.
¡Cuánto la nostalgia engaña!

Hechizo
La iluminada pantalla seduce, sojuzga y miente
la sugestiva entelequia.

Contemplo a mi alrededor la ritual abstracción;
el nervioso mordisqueo de las uñas;
el fuego de las pupilas si la pantalla vacila por un fallo de las ondas;
el gesto reprobador cuando algún espectador interfiere conversando;
el silencio sordomudo que entrega el que es preguntado.

En colores va la imagen construyendo murallas entre nosotros.

Solos tú, yo, ellos, nosotros, todos.
Soledad arracimada; distancia cósmica.

MEDIA GRANAÍNA
Primero, quise un palacio,
luego, me bastaba el mar.
Antaño, anhelé tus brazos
y ahora, con sólo mirar
el dibujo de tus pasos
tendría para respirar.



Murallas negras
Aunque lo veas levitando en el no ser,
este cuerpo no es un odre vacío,
no retumba con los estruendos estruendos
ni en su pecho resuenan ecos ecos.
Es un pecho continente. Es pedernal, obsidiana, densa materia cansada.
¿Por qué golpeas mis ojos alzando murallas negras? ¿Por qué las negras murallas?
No creas que perdí el camino, me lo ahogó la atardecida
de un rosal negro que era todo espinas.


ALEGRÍAS
Resplandores y salinas
me ciegan en la bahía.
Será por ciego que anhelo
lo que nunca debería.
Con estos ojos ciegos vengo buscando
caminos imposibles de vez en cuando.


Dentro
El ahogo, el frío, la mazmorra claustrofóbica no son anécdotas de una noche.

Son mi ser.

En el centro de esta cerca, la anulación.
Fuera de los farallones negros brilla el sol, sonríen las madrugadas.
Dentro, yo.



CARCELERA
Algo que escapar podría
de la prisión de mi pecho
se atrinchera en la razón.
Los que mandan son los hechos.






Laberinto
Desvencijada fealdad, horroroso desvarío.
Chatarra desahuciada. Quincalla de oropel.
Zoo mecánico, desventurada Babel.




MALAGUEÑA
Hasta el mar descenderé
de la árida meseta
y allí me desnudaré.
Desnudo, abriré mis puertas.
No sé lo que haré después.


Juramento
Iré desnudo a la luz del día.
Exhumaré las ollas, derretiré los corchos, esquiaré cerrojos,
bailaré las llaves y se hará de día.

Licuaré paredes, destejeré los velos,
fundiré las rejas y se hará de día.

Aventaré el barbecho, masticaré la esencia,
araré el cemento y se hará de día.

A todos los que en la fría madriguera subterránea
de la ciudad opulenta claman por su independencia,
gritaré mi independencia.

Derramaré mi voz, desataré a mi pueblo,
verdeará el desierto y se hará de día.



Hojas
Hosca es la luz que las desvela
por los intersticios pardos del caos de silicio.
Una fuerza telúrica las mece
para vestir de limo que agoniza
los caudalosos ríos del silencio.

Tenaz, en su encomienda metabólica,
el tiempo las derrite como médanos
y teje los nutrientes
que no aprovecharán negadas sementeras.

Y en el caos, los sustratos del invierno
no encuentran poros por donde fecundar
la costra yerta e insondable
de la acerada superficie del desierto.

Cúpulas iluminadas de gemidos
y las cloacas, obstruídas de terror,
mientras el sol decae, como un grito
ahogado en la niebla.
En medio, la textura alborotada
que es ausencia, mortaja
y anulación.



POLO
Al regreso del tormento,
una risa y un quejío.
La una, por tu recuerdo
y el otro, por tu desvío.

Glaciación
Una glaciación avanza,
el hielo petrifica los aromas
y deglute los colores;
atomiza la frágil temperatura;
profana la cama el frío
y se aloja entre las sábanas.

Va recubriendo el frío
con su escarcha los estucos desahuciados.

Los carámbanos,
racimos de horas secuestradas en la ruta,
opacan la luz.

Culebrea el musgo y emerge
entre las grietas del hielo,
escala por la pared
y pende en jirones de la geografía del techo.

Va tapizando el frío
las baldosas silenciosas
y el retrato sin memoria.

¡Y esta mordaz paradoja
del sol fingido que trae voluptuosidad de mar!.



DEBLA
Que me asilen sus calores
aunque me consuma el Sol.
Y que su luz me ilumine
el delirio y la razón.
¡Que lo quiera Dios!.


Sopor
¿Quién lo derrocó
de su trono fulgurante?
¿A dónde lo desterró?

Como ya no la convoca,
la diosa azul riela demudada.

No es tenebrosa la noche,
es hora de expectación.
Es necesaria la noche
para que estalle la madrugada.

Las auroras, en eclipse,
se hielan bajo el metal de la lívida opresión.
¿Quién lo minió?.
¿Cómo destiñó su luz, la irisación
y el hechizo?.

¿Dónde, añorado esplendor, te llevaron embozado?.
¿Quién ha usurpado el ocaso,
el alba y el mediodía?.
¿Quién, cuándo y por qué abatió
el ritmo nictemeral?


SOLEÁ
En la callecita blanca
que me abrigó, ha pronunciado
mi nombre una voz amarga



Madre natural
Helena magnificencia,
madre natural.

Remota, clara, transparente
allí donde la pesca es espuma blanca,
nata plateada, seminal.

Madre alentadora
que besa, lava y acaricia
la arena en que sestean varadas
todas las reminiscencias.

Bullicio reluciente,
chisporroteo de luz, espejo de Apolo,
veta diamantífera de cardumen.

Irisación infinita,
crisol de aspiraciones,
polen de fisonomías, alumbradora de mi voz,
biógrafa de mi rastro.

Madre atávica, placenta de mis latidos,
¡acógeme!.
Haz que mis huellas reencuentren tus riberas.
Desarma a este cieno
frío y gris
para que no me amordace.


BANDOLÁ
Dejé oculta mi niñez,
en la playa sepultada.
No cantan las caracolas
nanas, porque de aquel día
no llegó la madrugada.

Qué canta
¿Qué canta el agua, qué canta
cuando acaricia la proa
de tu barca?.

¿Qué dijo el agua, qué dijo
mientras mis pies se alejaban
de sus rizos?.

¿Qué murmuraba?,
pues con tanta ambición
no la escuchaba.


MARTINETE
Del monte hasta el rebalaje
corto mi camino fue.
El éxodo fue más largo
y en él yo perdí la fe.
Mientras el mar sollozaba,
me sedujo la ciudad
babilónica y helada,
y anuló mi voluntad.

Solo
Una ventana, abierta persiana,
la luz ahí y yo no logro alcanzarla.
Aquí estoy;
Luis, tan sólo Luis y Luis tan solo.

¿Suena el timbre de mi puerta?.

Entre el risco, el tomillo y la retama
mi manantial recorrió
camino inverso del mar.
Aunque templado con soles,
la luna me dibujó negras ojeras de ausencias.

¿Suena de mi puerta el timbre?. No es mi timbre.

La espera deseseperada
vedó la temperatura a estos brazos expoliados.
¡Impotente acecho!.

¿Suena el timbre de mi puerta?. No es mi puerta.
Nadie quiere abrir mi puerta.



SERRANA
En el árbol del que soy
rama cortada
no queda para mí savia.
Para salvarme
puedo, soñador,
injertarme en cualquier parte
de un almendro en flor.


Aridez
Yermo dolor
infecundo.
¿De qué sirves tú, ay, de qué?.
¿De qué color son tus frutos?.

¿Quién recogerá la mies?

Tu largo peregrinar
por los ríos de mis venas,
¿a dónde te llevará?

Torpe dolor,
ciega rabia.
¿Cuándo me liberarás?.


GRANAÍNA
Las adelfas se encendían
entre la nieve y la sal.
Y ahora recorro la vida
sin luz ni color, ni mar.
¡Vaya locura la mía!.


Proverbio
¡Cuanto corren!.
¡Cuánta prisa por llegar!.
¿A dónde?. ¿A qué cénit del espacio?.

Tú, que te apresuras tanto,
¿deseas contarme tu pena?.

Tú, que pugnas por subir
el primero al autobús,
¿no quieres que yo te hable de la nada
que me espera?.

¿Te ríes?. Estás riendo;
presumes mi vesanía.

Según la sacra doctrina del oráculo escolar
no es loco
el que se desliza por la rauda fluidez;
sólo es loco el que descubre
una verdad disentida
y se aferra, vehemente, a un frágil noray
de anhelos
y entorpece, con su afán,
la legislada asunción.

TIENTO
Desde el brocal arrojé
a un pozo mis esperanzas
y me las quedó a deber.


Búsqueda
Se me perdió la esperanza
bajo un cinturón de espinas.
La busco por los manantiales rojos
y no encuentro los rubíes.

Se me perdió la esperanza,
quedó enredada en la tralla de mis dudas.
La busco por los raudales azules
y no alcanzo el lapislázuli.

Se me perdió la esperanza
bajo el alud que arrolló las caricias anheladas.
La busco en áureos mimos virginales
y no descubro la veta.

TONÁ
Cuando se abren los claros del día
sale a relumbrar
un sol que no caldea mis entrañas, madre,
tan lejos del mar.



Máquina
Llegar, cruzar presuroso el umbral;
pasar, decir "buenos días";
mirar (callado) al que no responde;
y seguir.

Así uno y cada día.

Subir, bajar la palanca; pulsar el botón;
ya en marcha el motor, pisar el pedal;
cuidar las evoluciones del sedal.

Señor; qué monotonía,
que aburrimiento, qué hastío.

¡Quiero remar en mi huerto!.


FANDANGO
Un jazmín tengo plantado
en el balcón de mi casa.
No verdece ni perfuma,
pero sus tallos me hablan
de los mimbres de mi cuna.

Blanco
¿Dónde la constelación redonda
de pétalos de algodón
que eran fiesta
de atardecer de verano?

Blanco impúber, noche de seda.

¿Dónde fueron,
sobrevolando las espinas de nopales,
ofrecidos por la mano
trémula?.

Blanco, galáctico y onírico.

¿En qué pecho se enraizaron
antes de morir regando esencias?.

Blanco célibe, alborada.

¿Qué libro es su panteón
en la hoja cuyo número
es código
y señal
que nadie descifrará?.



MIRABRÁS
A mí no me importa
que el mundo me acuse
si mis iguales me abrigan.
¿A quién le duelen mis noches?.




Sueño
El sol fingido que trae voluptuosidad de mar
se desvanece en un sueño.
Los aguijones insomnes
son rendidos por la espada anestesiada.

Acuden esquiadores
recubiertos de brocado, alhajas y terciopelo;
se disponen a esquiar
en la fuente de la plaza.
Pretendo entrar en el juego;
me rechazan, gesticulan, amenazan,
y una mujer enlutada
dogmatiza sobre guerras y traidores;
que me reservan honores
luego de bélico azar.
Yo sólo quiero jugar, respondo.

¿Deslizarte con ese traje de dril?. ¡Qué osadía!.
¿No ves sus polícromos atuendos?.

Tu deber es protegernos.

Los esquiadores me cercan acusadores,
proclaman mi cobardía, agitan las manos frías
y me golpean con banderas.



JABERA
Ese ambicionado mar,
¡cuántas caricias me debe!
Cuántas manos han faltado
en el fuego de mis mieles.
¡Cuántos besos no me han dado!.

Manos
Manos fuertes,
recias manos, como un acebuche adulto.
Como un algarrobo altivo.

Manos cálidas,
tibias manos, engendradoras.
Blandas para estremecer.

Manos
como tenazas, las manos,
para frenar las caídas.

Como un tónico, las manos,
para aliviar los temores.
Como un refugio, las manos.
Como un puerto en la tormenta.
Como un río en la caricia.
Como una ola en el fuego,
y como un fuego en el hielo.


CAÑA
Los crujidos de mi pecho
nadie los quiere escuchar,
porque no encuentran mi sombra
sobre una pared de cal.

Mudez
El hielo encierra el teléfono.
Evos lleva enmudecido.

El artefacto de plástico
yace ahora, asfixiado
por la gélida montaña transparente
que va creciendo y creciendo,
sin el calor de una voz.

Cuatro, cero, uno, dos, seis,
cuatro, cero; nadie presiona el botón
del cero, el cuatro y el seis,
el dos, el uno y el cero;
y el cuatro, cifra del apocalipsis.

Envidio
a través del hielo que inunda los ojos de mi pecho,
las voces, las manos, las mejillas,
los labios, las miradas
que ahora estarán en contacto.

Y reprimo el grito.


RONDEÑA
Si rondo los callejones
de los claveles prohibidos,
soy carne de rondadores.
Y si no rondo, suspiro
sin derecho a sus favores.



Hálito.
Golpes, toques,
palmoteo.
Con su ritmo,
el frenesí.
El ahogo.
El anticipo.

Pulso, pulso
alborotado.
En la cima,
el estallido.
La delicia.
El vaciamiento.

Pasos, pasos,
abandono.
Con la huída
y el adiós,
la desidia.
La desgana.

Nunca se para el reloj.



CARACOLES
En la calle desbordada,
¿quién me contempla?.
Amigo, que me condena al olvido,
venga usted y escúcheme.
No soy tan necio, ni loco;
mire mi boca y mis ojos
pues le quiero a usted - lo juro-
decir que yo soy verdad. Que yo soy verdad.
Caracoles. Caracoles.
Amigo, fíjese usted, que voy pregonando a voces
la angustia de mi mudez.


Ventanilla
Stop, pare, prohibido seguir,
prohibido aparcar,
prohibido entrar.
¡Prohibido soñar!.

Gire a la izquierda; necio, no, ¡a la derecha!.
Siga, tuerza; póliza de mil pesetas,
ventanilla seis.
Suba las escaleras,
no olvide las reverencias,
golpee la quinta puerta.
Imbécil, ¿tengo que repetirle otra vez
que es la cuarta a su derecha?.

¿De parte de quién le digo?. ¿De Luis, sin apellido?.
Puede que esté reunido, veré si puede atenderle.

¿Está solo, dice?. ¿Quién dejó a este majadero
llegar hasta mi despacho?.
¡Usted debe ir al psiquiatra!.


TANGO DE LA REPOMPA
En el cristal reluciente
mi cara se ha reflejado.
De esa cara no conozco
el color ni el viso ajado
ni el desconcierto en los ojos.

Estrépito
Arquitectónica cordillera
donde los pasos son amnésicos,
acantilado de hierro y cristal
por donde se precipita el vómito,
hálito inútil que los empaña
cuando el aliento es asmático.

No fluyen cataratas
que apaguen el pavor tórrido.
No hay altozanos
desde los que volar etéreos.

Aristas afiladas que hieren lo anacrónico,
cumbres de hollín.
Miasmas de ahogo patético
en cada desencuentro.

Orfandad de remansos edénicos
con marcas de pisadas concurrentes
que fueron y ya no.


MINERA
La máquina de alquitrán
cubrió de luto el torrente
y las dunas del trigal.
¿Dónde hay un marro potente
para el limo liberar?.


Tránsito
Solos, cruzan la avenida,
los claxons son como aullidos
en el fragor ubicuo de la máquina.

El asfalto emana
el vapor no condensado del brete atosigante.

Loco, ¡que no tienes verde!.
El necio, hasta lloriquea.

Colisonan dos cuerpos: Disculpe.
Hay que ser estúpido.
Lo siento.
¿De dónde ha salido usted, ha caído de una encina?

El furor enajenado que rocía la mirada
es una condena a muerte.

Todos pasan presurosos,
fugaces, ausentes, coléricos...
sin el brillo de una voz ni una cálida ocasión.


ALEGRÍAS DE CÓRDOBA
Pregutaré al cartero, cartero
que cuándo viene,
que cuándo viene,
la carta que a mí nadie, ay, nadie
mandarme quiere.




Sobre
Si tengo que abrir el sobre
¿se me perderá el anhelo?.
Y si al abrirlo no encuentro
lo que anhelo,
¿quién me devuelve el anhelo?.







MALAGUEÑA DE CHACÓN
Monte,
las alturas son del monte
y las anchuras, del mar.
Y las ansias de justicia,
de toda la Humanidad.




Gesto
Un niño muere en mi callecita blanca.

Alegraos, comensales;
sucede a más de cien leguas
de la fastuosa ciudad donde gozáis el festín.

Lentamente, sin enfado, se oscurecen las pupilas.
El hambre mata sin ira.
Suavemente, quedamente, y en su faz
donde hay paz,
no hay recriminación. No hay rencor.

Se agosta muy poco a poco,
como va dorando el trigo los tapices de los valles,
como va esculpiendo el viento
el paisaje de las dunas.

Esboza un gesto la mano;
queda el gesto perpetuado,
extinguido ya el postrer gemido.

Y yo, para no llorar, pregunto a la fantasía.
Responde la realidad.


VERDIALES
Historia (y un alminar)
abunda en mi tierra madre,
historia y un alminar.
Pero escasean los metales
con que puedan germinar
las luces en los corrales.


Hedor
Cuando segué mis raíces
creía que era hedor mortífero.

En la infinita busca
de dónde enraizar mis pies,
la evocación, sarcástica,
me pone aromas donde recuerdo hedor.

Las raíces murieron allí,
junto al corral de la algarabía,
donde el hedor era presagio de vida;
aquí, donde el hedor es muerte pútrida;
aquel hedor es celeste ambrosía.



PIYAYO
El alma que me has robado
a veces llora de pena
y a veces, muere en tus brazos.
¡Que sea larga mi condena!.



Penetración
Tu cuerpo, cimbreante cuerpo,
ondulante.
Tu cuerpo, ignorado cuerpo,
junto a mí deseo; explorarte.
Y sobre el mar, entrever
la cósmica ingravidez de tu carne.

Sudar, jadear de gozo; desgranar
como en un rito solemne
los intrincados racimos del amor.

Y amar.
Recordar que amor es quererte con dolor,
sin dolor, ausente y presente.

Sumergirme hasta la entraña
en el fino micrcosmo de tu piel
y recorrerte, desnuda la esplendorosa pradera.

Tu cuerpo.
Mi cuerpo junto a ti, frente a ti, en ti.
¿Dónde, entrevista quimera?.


GARROTÍN
Contigo, quizá me atreva
a hablar de mis intenciones,
pero debes prometerme
que no escucharás las voces.
El qué dirán
es una condena a muerte sin jueces ni tribunal.
Vamos juntos, de la mano,
a demoler las murallas;
juntas, tu mano y la mía,
serán poderosas armas.


Puñales
¿Quién posee los puñales que cortan las ataduras?
¿Dónde bruñen sus metales?
¿Quién ha forjado el acero?
¿Y cuánto valen?.

¿Cuánto más he de penar
para ganarme el derecho
de volver a mi corral?.


TARANTA
Hasta el mar descenderé
de la escarpada ladera
y allí me desnudaré.
Desnudo, abriré mis puertas.
No sé lo que haré después.


Juramento
Iré desnudo a la luz del día.
Destaparé las ollas,
extraeré los corchos,
descorreré cerrojos,
giraré las llaves y se hará de día.

Derretiré paredes
descolgaré los velos,
arrancaré las rejas y se hará de día.

Aventaré el barbecho,
escarbaré la esencia,
araré el cemento y se hará de día.

A todos los que en la fría madriguera subterránea
de la ciudad opulenta
claman por su independencia,
gritaré mi independencia.

Desgarraré mi voz, alentaré a mi pueblo,
verdeará el desierto y se hará de día.




SOLEÁ
Desde arriba, en la montaña,
el mar parece de plata.
¡Cuánto la mirada engaña!.


Riscos
Estos riscos de cristal
embozan la cobardía.
Los riscos que abandoné
eran bizarra osadía.























BAMBERA
Callar cuando se está solo
es forzada obligación.
Callar cuando estás con otro
es necio ahorro de voz.




Hechizo
La iluminada pantalla derrama, sojuzga y miente
la sugestiva entelequia.

Contemplo a mi alrededor la ritual abstracción;
el nervioso mordisqueo de las uñas;
el fuego de las pupilas si la pantalla vacila
por un fallo de las ondas;
el gesto reprobador cuando algún espectador
interfiere conversando;
el silencio sordomudo que entrega
el que es preguntado.

En colores
va la imagen construyendo
murallas entre nosotros.

Solos, tú, yo, ellos, nosotros, todos.
Enclaustrados, divorciados;
distancia vertiginosa.



JUAN BREVA
Hay quien dice la verdad,
pero más mienten y opacan
la luz de la realidad.
Todos amarran las barcas
por miedo a la tempestad.






Laberinto
Desvencijada,
horroroso desvarío.
Chatarra desahuciada.
Quincalla de oropel.

Zoo mecánico
desventurada Babel.




FANDANGO DE HUELVA
Monte y valle soñolientos,
¿qué mano enciende la llama?
¿qué mano abona ese fuego?
¿qué mano pinta borrones
entre pinsapos y brezos?.
Geranios rojos,
geranios blancos,
flores de aulaga,
olor de campo.



Sofoco
En la tarde, el bosque arde.
Una mano genocida
ha rascado la cerilla.
Los pinsapos, trasmutados en carbón,
tiñen de cobre el paisaje.

Tras la niebla sofocante
unos ojos desparraman
agua que de nada sirve.

Bajo el cielo, sobre el suelo, desconsuelo.

Vamos juntos de la mano
a desbrozar el sendero.
Hay que subirse a las peñas
en las trochas sin salida.
Hay que trepar a lo alto de las altas catedrales.

Vayamos, hermano, juntos;
el fuego arde en mi rabia
y esperan, en el valle, nudos que desanudar.

Hacia mí ha levantado
el poeta su mirada;
son unos ojos sin límite, húmedos, desmoronados.

¿Subir a lo alto, quieres?
¿Sobrevolar catedrales?
Observa cómo arde el pino,
mira en la encina las llamas;
así te irán agostando,
te eclipsarán las palabras,
cortarán las escaleras,
azotarán tus espaldas,
encadenarán tus piernas,
enrejarán tus ventanas,
clavetearán tu puerta
y te nublarán el alba

y tú, cuando ya no sepas
identificar poemas entre las demás palabras,
te preguntarás, perplejo,
qué fuego quema la esencia.



PETENERAS
Ese emigrante no es tuyo,
¿qué te importa el emigrante?
¿Qué más da que se le parta
el amor en dos mitades,
ni que le espante el asfalto
ceniza, sin verdes árboles?

Ese emigrante no es tuyo,
no te inquiete el emigrante.
¿Qué más da si no comprende
tu voz ni tus ademanes?.
¿Que te importan sus temblores
por las congeladas naves?.

Ese emigrante no es tuyo,
¿qué más da que cada tarde
tirite y dude, confuso,
entre el impulso apremiante
de volver y el de quedarse
arrebañando unos duros?.
CARTAGENERA
¿A quién le puedo pedir
ayuda, si nada tengo?.
Quien nada tiene, no tiene
amigos ni compañeros,
ni familia ni poderes.


Cacofonía
Solidaridad, cacofónica palabra;
¿será por ello,
quizá,
lo poco que se acostumbra?.

Unos cuerpos
han caído
en la fría carretera;
la savia roja rebulle,
el aliento
se desmanda;
los coches, claro, aminoran
por un instante la marcha;
punto seguido aceleran.
Imagina las molestias,
el papeleo,
las firmas...

Estan macerando
a golpes
una cara demudada;
oscuros tallos de bronce
como diapasón
trepidan;
se amontonan los curiosos
pero ninguno intercede.
No arriesgues tu integridad,
conserva intacta la piel.

Se oyen gritos en la calle,
amenazas
y jadeos.
¿Tratan de robar a alguien
o, acaso, desvanecerlo?.
Los sueños saben a lodo
y sonambulismo leso.
Hay que cerrar las ventanas,
¡cómo perturba el ruído!.

Tiritan de inanición
en la mugrienta
chabola.
¿Qué podrías hacer tú
si has de pagar cinco letras a finales de este mes?.

Solidaridad.
Una palabreja tan difícil de pronunciar,
mejor es no pronunciarla.





























CARCELERA
Algo que escapar podría
de la prisión de mi pecho
se refugia en la razón.
Los que mandan son los hechos.




Murallas negras
Aunque lo veas
levitando en el no ser,
ese cuerpo no es un odre vacío,
no retumba con los estruendos estruendos
ni en el pecho resuenan ecos ecos.
Es un pecho continente.
Es pedernal, obsidiana,
densa materia
cansada.
¿Por qué golpeas los ojos
alzando murallas negras?
¿Por qué las negras murallas?
Si las veredas están para siempre bloqueadas
no creas que perdió el camino,
se lo ahogó la atardecida
de un rosal negro que era
todo espinas.















MEDIA GRANAÍNA
Primero, quise un palacio,
luego, me bastaba el mar.
Antaño, anhelé tus brazos
y ahora, con sólo mirar
el dibujo de tus pasos
tendía para respirar.


Rebajas
¡Saldos, rebajas, financiación,
pago aplazado, precios ruinosos, ocasión!.

Puse en venta mi almacén
y nadie quiso comprar;
rebajé todos los precios
y nadie quiso comprar;
desgarré mis vestiduras,
desnudé las galanuras
de mi cuerpo,
y nadie quiso comprar.

He desvelado mi alma
y nadie quiere comprar;
extirpo sus hojas muertas
y nadie quiere comprar;
la arreglo con afilado
bisturí de cirujano
plástico,
y nadie quiere comprar.

¿No querría llevarse usted a Luis
a cambio de una caricia?.







SOLEÁ DE TRIANA
El río que hay entre los dos
no es un abismo insalvable,
es callejuela de amor





Dentro
El ahogo, el frío, la opresión
claustrofóbica no son
anécdotas de una noche.

Son mi ser.

En el centro de esta cerca,
la anulación.
Fuera de los farallones negros
brilla el sol,
sonríen las madrugadas.
Dentro, yo.




















ALEGRÍAS
Resplandores y salinas
me ciegan en la bahía.
Será por ciego que anhelo
lo que nunca debería.
Con estos ojos ciegos vengo buscando
caminos imposibles de vez en cuando.


Murga de carnaval
Yo quisiera cometer una locura,
quizás una travesura.

Poner la copa de un olmo
bebiendo entre sus raíces.
Llevar la torre del Oro
donde estuvo el Circo Price.

Trasladar el Mar Menor
a la sierra de Aracena.
Poner junto a la Mezquita
la fuente de Canaletas.

Cercar un coto de caza
para un niño betunero.
Colocar de presidente
en la Casa Blanca a un negro.

Deseo mirar la ría
de Bilbao en Almería
y ponerle al Sacromonte
humos de Fuenterrabía.

Hay que encajar el Vallés
entre los Montes de Málaga
y que fueran alemanes
los que a Polonia emigraran.

Lograré que los camellos
se atraganten con la yerba,
y la blanca y las agujas
se reconviertan en sendas.

Hay que nombrar general
de Tel Aviv a Arafat
y trasvasar el Nervión
donde arde el naranjal.

¿Se podrían arriar
banderas separadoras?.
¿Enmudecer las proclamas
que hablan de razas e ediomas?.

¿Alguien, al fin, logrará
que se callen los cañones?
¿Desmantelarán las minas
que mutilan intenciones?.

Ideas tan peregrinas
puede que sean de un loco.
Los locos, que las repitan.























COLOMBIANA
Quisiera ser jabalina
que en tu centro se clavara.
Que los ojos de tu mente
se volvieran luminarias.
Y que pudieras perderte
en mis hielos, vueltos agua.


Recado
No te inquietes, no es a ti;
nada de lo escrito aquí
te afecta particularmente.

Ni el muerto de inanición
ni la contaminación son tuyos.
Ni las guerras, la obsesión
ni el dolor de emigración son tuyos.

La pólvora amontonada
en los prados no te incumbe
ni las manos desoladas ni la insolidaridad.

No te quería preocupar.
Es que yo no sé cantar, por eso grito.

Tú sigue, despreocupado, amando en los soportales,
saboreando el festín.
Con la tarjeta de crédito
consume, sacia tu anhelo.
Continúa disfrutando la luz, el oro y la sal.
Ríe, baila, porque tú eres capaz.

Nos queda a los incapaces el bálsamo de soñar.

lunes, 8 de noviembre de 2010

El boquerón de la suerte, UN CUENTO CON HISTORIA

EL cuento que reproduzco más abajo, lo escribí a los dieciséis años.
A lo largo del tiempo, el espinazo del argumento me parecía desarrollable en una novela, pero nunca encontré visos de universalidad para un relato tan estrictamente local.
Hace unos quince años, usé el taller de alfareria de un supuesto amigo de Jaén, para modelar una imagen que simbolizara el cuento. Como yo soy artista y no comerciante, aquello pasó sin más. Años mas tarde, me enteré que el supuestgo "amigo" alfarero estaba comercializando aquella figura que YO HABÍA MODELAdo.

CREO QUE EL CUENTO NO TIENE DESPERDICIO

el boquerón de la suerte, UN CUENTO CON HISTORIA

EL cuento que reproduzco más abajo, lo escribí por primera vez a los dieciséis años.
A lo largo de los años, el espinazo del argumento me parecía desarrollable en una novela, pero nunca encontré visos de universalidad para un relato tan estrictamente local.
Hace unos quince años, usé el taller de alfareria de un supuesto amigo de Jaén, paraq modelar una imagen que simbolizara el cuento. Como yo soy artista y no comerciante, aquello paswó sin más.Años mas tarde, me enteré que el xsupuestgo "amigo" alfarero estaba comercializando aquella figura que YO HABÑÍA MODELAdo.

CREO QUE EL CUENTO NO TIENE DESPERDICIO

EL BOQUERÓN DE LA SUERTE



El joven pescador no tenía tiempo de meditar. Su padre le hacía despertar a las tres de la mañana y, cuando varaban de regreso al atardecer, estaba tan exhausto que el camastro de la pequeña casa de Pedregalejo le parecía la antesala del cielo.
El cansancio permanente, que jamás desaparecía, era tan intenso que a veces dormitaba durante las larguísimas horas de acecho de la pesca en la bahía. Cada vez que daba una cabezada, aunque su padre le llamaba constantemente la atención “¡cuidado, Ciriaco, que te vas a caer!”, tenía tiempo de soñar. Al sacudirlo su padre, siempre permanecía en su memoria el recuerdo de algo bello y placentero. Un paisaje de biznagas al atardecer, higos chumbos helados que no espinaban las manos, una fuente de cigalas rojas en un almuerzo de domingo…

Con gran frecuencia, aparecía un boquerón en sus sueños.
Un boquerón diminuto que se aproximaba a la barca y daba saltos a la vera de la borda, mientras le gritaba frases extrañas:
-Llámame cuando te pierdas.
O
-Cuando ames, te protegeré
O
-Un día, tu fortuna dependerá de mí.
Cuando ocurrió las primeras veces, se lo contaba a su padre, que se echaba a reír.
-Desde que naciste le he dicho a tu madre que estás un poquillo majareta.
Lo inexplicable era que se trataba de un sueño recurrente, que a veces también acudía cuando dormía en tierra, y siempre se trataba del mismo boquerón. Estaba seguro de que lo reconocería si un día caía en las redes; si ello ocurría, lo devolvería inmediatamente a la mar.

Por ello, le pareció natural que el boquerón habitara todos sus sueños la noche antes de conocer a Paula. Había repetido todas sus frases y, ya casi al alba, murmuró:
-Hoy, vas a completar la leyenda de las dos llamitas azules.
Hacía referencia a lo que contaba la gente vieja sobre la leyenda de los patronos de la ciudad. Dos mártires tan jóvenes, que se les denominaba “martiricos” y de los que se afirmaba hacía diecisiete siglos que se aparecían como dos llamitas azules la noche del aniversario de su sacrificio.
No volvió a pensar en el vaticinio soñado del boquerón hasta que, deslumbrado en la playa por una mocita que dijo llamarse Paula, cayó en la cuenta de que él se llamaba Ciriaco. Paula y Ciriaco, como los patronos de Málaga.
Al mirarla por primera vez, se quedó petrificado, inmóvil sobre la caliente arena oscura. Comprendió que sólo podía ser una visión, una especie de hechizo, y que la referencia a los patronos representaba un simple desvarío de su cuerpo agotado por la falta de descanso.

Paula no podía ser de este mundo. Nadie podía calcular con certeza su edad. Poseía su mirada una extraña inocencia infantil, mientras que su cuerpo exhibía la rotunda voluptuosidad de una hetaira. Lo que más destacaba era su fuerza, tanto la interior que se derramaba por sus ojos como la de su cuerpo; viéndola trabajar en la playa, nadie suponía al pronto que se trataba de una mujer y, cuando constataba que lo era, todos se maravillaban.
La noche anterior al día que se casaron, Ciriaco se había afanado en la tarea más de lo acostumbrado, queriendo compensar a su padre por la ayuda que no iba a aprestarle los dos días que iba a dedicar, con Paula, a un viaje en diligencia por Antequera. Exhausto, de madrugada, el boquerón volvió a visitarlo durante un instante en que la atención de su vela flaqueó. Creía que no se había dormido en ningún momento, pero la charla del boquerón demostraba que sin duda lo había hecho.
-Cuando amanezca, vas a emprender una vida nueva. Gozarás placeres que ahora no eres capas de imaginar, ni tampoco puedes imaginar lo grandes que pueden ser los dolores del alma. El día que sientas uno, acuérdate de mí.
Poco más tarde, le habló de la leyenda de las dos llamitas azules.

Con tales proyectos en la memoria, y después de que sus hermanos le ayudaran a ponerse el traje que le había prestado su tío para la boda, Ciriaco recorrió los dos centenares de metros que mediaban entre su casa y la ermita como si levitara. Una hora más tarde, a punto de llorar los novios, compartieron su felicidad en el tranvía, recorriendo el paraíso de La Caleta, Reding y el paseo del parque como si visitaran las siete maravillas del mundo. Sus ojos no tenían miradas más que para ellos, como si el universo se limitara al profundo azabache de las pulilas de Paula o el verde oliva de las pupilas de Ciriaco.

Viky quiso nacer al año justo, precisamente al comienzo del otoño de 1907. Paula despertó varias veces durante la noche, quejándose de espasmos, que Ciriaco consiguió aliviar varias veces cubriéndola de besos. Pero al acercarse la medianoche, el vientre pareció querer estallar. Anonadado, Ciriaco cargó en brazos a su mujer con prisas, a ver si conseguía llegar a la parada antes de la partida del último tranvía; debía llegar cuanto antes al Hospital Civil, porque era evidente que el bebe tenía prisas por nacer.
Mientras la sostenía, desvanecida a su lado, su corazón trataba de latir con regularidad, mientras le recorrían el pecho rayos y centellas lacerantes. ¿Qué había sido del vigor sobrehumano de Paula? ¿En qué pliegue del camastro se habría escondido la vitalidad desbordante de su mujer?
El carmín de sus mejillas se había convertido en marfil y la carita apoyada en su hombro tenía color de imagen de semana santa y quietud de estatua.
El corazón de Ciriaco sangraba entre ayes mudos, cuando le sacudió el tañido de las campanas. ¿Qué podía pasar para que, de repente, todas las campanas de Málaga se pusieran a redoblar a unísono, pasada con creces la medianoche?
Cuando el tranvía dejó atrás la plaza de La Malagueta, no había una alma en la calle, sólo una quietud de sonámbulos, pero, pasados sólo unos centenares de metros, las campanas alocadas parecieron haber enloquecido al pueblo, y Ciriaco vio que, de repente, eran casi multitudes las que corrían sin rumbo, muchos hombres cargados con envoltorios enormes. ¿Qué pasaría?
Un hombre acompasó su carrera con el tranvía y el conductor le preguntó.
-¡Que viene la riá! –gritó desencajadamente, sin detenerse.
Ciriaco se extrañó. Aunque el día había sido desapacible y tanto su padre como él decidieron no salir a la mar a faenar, realmente no había llovido más que una leve calaera. ¿Cómo podía haberse producido una riá que obligara a huir a la gente? Sin embargo, la afirmación del corredor parecía estar justificada por el alboroto de las campanas, que aumentaba su intensidad conforme avanzaban por el parque y las de lcatedral sonaban más cerca. Los redobles eran ensordecedores. Ciriaco abrazó a Paula con fuerza, como si alguien tratara de arrebatársela. Miró hacia la delantera del tranvía y notó que la Acera de la Marina bullía de gente que corría desordenadamente en todas las direcciones. ¿Qué pasaba, por Dios? Lamentó no poder dar una cabezada a ver si el boquerón acudía a explicarle el misterio.
Algo acudía Alameda adelante hacia el Boquete del Puerto. ¿Qué era esa masa?
No tuvo que preguntárselo dos veces. Su visión nocturna de marinero le reveló que aquello era una ola, todavía no muy grande, de un mar que acudía a engullirlos. Se alzó del asiento, cargó a Paula en el hombro izquierdo y bajó del tranvía de un salto. Corrió hacia la plaza del obispo, en busca de la protección de la maraña que formaban las calles de Málaga, que debían obstaculizar el avance de la ola.
Corrió y corrió, sin atreverse a mirar atrás. La gente había desarmado las rejas del pórtico catedralicio para refugiarse subiendo la inmensa escalinata, y hacía allí se encaminó. Paula no musitaba siquiera las quejas propias de una parturienta. Sentía su cuerpo lacio y sin voluntad.
La impresionante escalinata de piedra blanca resultaba invisible por la multitud quejumbrosa que la cubría. Ciriaco temía que, si le alcanzaba el agua, no fuera capaz de seguir soportando el peso de su mujer. Tenía que depositarla en una grada con la cabeza apoyada en su camisa, que se quitaría y enrollaría para que le sirviera de almohada.
Pero en un instante sintió que el agua lodosa, con tenebrosa viscosidad infernal, le cubría los tobillos y trataba de detener su carrera.
Iba a caer, porque el peso del cuerpo que tanto amaba iba resultando cada vez más insoportable. Se animó a sí mismo. Bastarían unos cinco pasos para alcanzar el primer escalón, ya oculto por el fangoso monstruo.
Lanzó un quejido de toro moribundo para superar los torbellinos marrones que aferraban sus piernas, para saltar con su último aliento al segundo escalón ,que todavía aparecía emergido sobre la inundación, aunque sería cubierto en seguida.
Al conseguirlo, y moderar la carrera, en medio de la algarabía de campanas y voces le pareció oír un leve gemido de Paula, lo que iluminó su corazón.
El convencimiento de que seguía viva le dio alas para avanzar escalinata arriba y consiguió depositarla en el escalón de la entrada, tendida lejos del agua que iba ascendiendo implacablemente.
Se echó sobre ella tratando de no pesar pero queriendo abrigarla, y aya no vio nada más. Consiguió ensordecerse para no escuchar el estruendo y oír solamente la débil respiración de Paula. De repente, el boquerón saltó para decirle:
-Cuida de tu hija, que es todo cuanto te queda ya.
Ciriaco sintió un estremecimiento. Las visitas del boquerón eran siempre consoladoras, pero ahora le traía terribles presagios. Le preguntó a voces por qué le torturaba, pero no recibió respuesta y, en cambio, alguien dijo muy cerca:
-No grites tanto muchacho, que has asustado a mis hijos.
En un duermevela clarividente, comenzó a comprender las palabras del boquerón. Estaba solo, aunque no comprendía la razón de su soledad en un desierto infinito y húmedo.
Cuando la luz del alba dio algo de color al paisaje, vio de reojo que el mundo se había convertido en un mar marrón, donde la catedral era una isla freía y estéril. Acudió una barcaza que amarró usando como noray la balaustrada que orlaba la escalinata. Comop todos los refugiados se lanzaron intentando subir a bordo de la frágil embarcación, dos hombres en la cubierta enarbolaron sus fusiles y se pusieron a disparar al aire. Uno de ellos gritó:
-Sólo embarcaremos a los heridos. ¿Hay alguno aquí?
Ciriaco alzó el cuerpo de Paula y corrió abriéndose paso a codazos. Gritó suplicante:
-Mi mujer estaba anoche a punto de parir. Ahora no sé qué le pasa.
-Ven pacá- dijo el hombre de la barca.
Le ayudaron a subir. Tendieron a Paula sobre unas lonas enrolladas y, de pie a su lado, Ciriaco se preguntó qué podía haber pasado mientras miraba las calles que navegaban, donde el agua alcanzaba cerca de los balcones. Como respuesta a su perplejidad, uno de los hombres armados le dijo:
-Ayer llovió tó el día por Casabermeja. Al Guadalmedina se le hincharon las narices y mira lo que nos ha traído. Hay muertos por todas partes, además de tu mujer.
Ciriac o bajó la mirada hacia el cuerpo inerte de Paula. Estaba tan pálida, que resultaba lógico que el hombre creyera que había muerto, pero su corazón le decía que no podía ser.
-Nos ha mandado el gobierno a recoger a los heridos, pa llevarlos al hospital. A tu mujer no creo que le haga falta. Para no meternos en engorros, de3beríamos tirarla a el agua, porque hay gente viva que nos necesita.
-Tendrías que matarme a mí –afirmó Ciriaco con voz amenazadora, mientras se acurrucaba junto al cuerpo de Paula y lo abrazaba.
-.No seas majara, muchacho. ¿No ves que tó Málaga está gritando en petición de ayuda?
-Si quieres librarte de ella, tírame a mí también.
El hombre cabeceó.
-Mira, muchacho. Por una muerta, no puedo gastar el tiempo que nos llevaría llegar al hospital Civil. Lo que vamos a hacer es llevarte ahí enfrente, al Hospital de Gálvez. Ahí te certgioficarán que el viaje ha sido inútil.
Con gran esfuerzo, enrumbaron la destartalada embarcación hacia un pequeño edificio situado al otro lado de la catedral, donde los dos hombres empujaron a Ciríaco para que bajase con la carga de su mujer. El muchacho tuvo que sumergirse hasta casi el cuello, mientras sujetaba a Paula en alto, al tiempo que avanzaba puerta adentro, donde también era tumultuoso el alboroto.
A Ciriaco le pareció experimentar una febril pesadilla, terrible puesto que no le habló el boquerón, hasta que dos mujeres muy fuertes prácticamente le arrebataron el cuerplo de Paula.
-Ven –le dijo una de ellas-. Te vamos a necesitar.
Después de varias manipulaciones encima de una mesa, la misma mujer le dijo:
-Escucha, muchacho, esfuérzate. No puedes soltarle los hombros, tienes que mantenerla quieta mientras actuamos deprisa. Ella ha muerto ya, pero sigue viviendo lo que hay dentro.

El mundo dejó de existir. Ni siquiera podía ver los ríos de sudor que caían por las mejillas de las dos mujeres, jadeantes al tiempo que mancillaban el cuerpo adorado.
Había naufragado, habitaba el mundo silencioso de las profundidades marinas y ya no le quedaban sentidos. Ni vista ni oído, ni olfato.
Más de repente, un relámpago iluminó su desolación.
El llanto de un bebé restalló en sus oídos como una lanza que lo atravesara.
-Hemos conseguido salvar a la niña. Aquí tienes a tu hija; es preciosa.
La voluminosa mujer puso en sus manos una toalla ensangrentada que envolvía una minúscula vida. Paula había sido lo bastante fuerte para salvar el fruto de sus entrañas.

Cuando Ciríaco consiguió recuperar la cabaña casi desarmada por la ola monstruosa, supo que Paula no había sido la única vida que le había robado la ría esa noche. Su padre había muerto también tratando de salvar la barca. Al volver a despejarse la plaza, la barca medio descuartizada se posó indiferente sobre el pedregoso rompeolas. Su padre, con la frente convertida en una mustia rosa de sangre, yacía a bordo, con los ojos detenidos en un terror perpetuo.

A partir de ese día, Ciriaco luchó, suspiró, sudo y vivió para que Viky triunfara sobre los muertos. La vio crecer hasta que, un día, supo que había nacido un amor mucho más grandioso y perdurable que el de Paula. Se despojó de todo pensamiento que no fuera la adoración de aquel ser perfecto que a los cinco años era capaz de cantar con voz argentina cuatro verdiales distintos y cinco malagueñas. Se fue anestesiando la añoranza y el recuerdo de los muertos.

Ciriaco hablaba con ellos siempre que salía a la mar. Con su padre, que nunca pudo ser rescatado de la riá, y con su hermano Pedro, secuestrado hacia diez años por una ola enamorada mientras faenaba por los lejanos vientos de Canarias. Y, sobre todo, con Paula, desterrada de la vida para que la niña que atesoraba su vientre pudiera vivir.
Ellos le indicaban el rumbo cuando la marejada quería tragarse la barca y también cuando la calma chicha expulsaba la pesca hacia el abismo de Alborán. Aunque no oía sus voces, escuchaba sus consejos en el vuelo de las nubes, en el roce húmedo de la brisa, en el juego de las gaviotas y en la luz que le vestía de sal. Tras escucharles, y sólo entonces, enrumbaba la proa por el derrotero que ellos le marcaban, sonriendo al tiempo que les oías discutir:
-El levante trae chanquetes –decía el padre con el baile de una nube.
-Pero la barca es muy chica –señalaba Pedro con los dedos de la brisa-. Tiene que ir a poniente y rolar al sur.
-Que no vaya tan adentro –suplicaba Paula con el vals de las gaviotas-. Que se quede en la playa y coja coquinas. Mi niña está sola.
-Bueno, vale –concedía el padre con la caricia del sol-; aunque se quede casi en la orilla y sólo bordee el rebalaje hacia poniente, llenará las artes si faena como le enseñé.

Entonces, amparado y guiado por ellos y confiando ciegamente en su juicio, remaba mar adentro tarareando un verdial, siempre el mismo.
Se l’antojao una estrella
a la niña que yo adoro.
Se l’antojao una estrella.
Tengo que coger un globo
y subí’ al cielo por ella.
Si no me la dan, la robo.
Viky, la niña, como contaba ya cinco años, no había quien consiguiera impedirle esperar en la playa el retorno de la barca. Con los terrales de agosto y con el relente de noviembre, corría al atardecer a brincar de alegría sobre la estela luminosa del agua mientras su padre apresuraba las paletadas de los remos que le llevaban a su encuentro. Ciriaco la contemplaba desde el bamboleo de las olas, ansioso de poner a sus pies las estrellas de plata que bullían prisioneras en la red.

Faltaban seis días para Navidad y Viky no mejoraba.
“Neumonía”, había dicho el médico con expresión macabra y tez cenicienta. Una semana en su cabecera cuidándola noche y día, sin salir a faenar ni poder, por consiguiente, pregonar el boliche en el mercado con los ojos como focos, para poder huir de la guardia urbana si llegaba a requisárselo. Siete días y siete noches atento a los cambios de la cara que ardía bajo el rocío de la nube posada en la frente de porcelana. En tales momentos, el recuerdo del cuerpo de Paula, abrazado en la escalinata de la catedral, le quemaba las entrañas.
Ese día, Ciriaco había comido el último pedazo de mojama, nada más; ni siquiera había podido comprar un bollo de pan para ensoparlo en aceite. Si no salía a la mar la próxima madrugada, mañana no tendría qué comer y no le importaba, lo peor sería no poder comprar las golosinas que ayudaban a Viky a soportar la fiebre. La niña abrió los ojos y Ciriaco desvió los suyos para que ella no descubriese el manantial de lágrimas.
-¿Van a traerme los reyes la casa de muñecas?
La habían visto en un escaparate durante un paseo por centro, hacía casi un mes y, en el mismo instante, Viky le rogó que escribiera su carta a los Reyes Magos, para cuya fiesta faltaba mes y medio.
-Es que siempre llego tarde y luego me dices que los reyes no pudieron traerme lo que yo quería, porque lo habían pedido demasiados niños.
Los días que llevaba calenturienta en la cama no paraba de nombrar la casa de muñecas en su delirio.
-¿Me traerán la casa de muñecas? –repitió Viky.
El juguete estaba tan lejos del alcance de Ciriaco como subir al cielo a robar una estrella. Tenía que salir a la mar inmediatamente, por si todavía ocurrían milagros. Tocó la frente de nácar y puesto que la fiebre no era demasiado alta, suplicó a la mujer del pescador que vivía al lado que velara a Viky.

Empujó la barca por el rebalaje.
-No salgas –le dijo el padre con el escalofrío de la niebla-. Nunca encontrarás el rumbo del regreso a la playa.
-Déjate de locuras –le aconsejó Pedro con el peso de la bruma azabache.
-¿Qué será de mi niña si no vuelves? –gimió Paula con el cuchillo helado del aire.
-Dejadme, sombras, dejadme que conquiste la mar –suplicó Ciriaco a la noche mientras entonaba el verdial entre el castañeo de sus dientes: “Se l’antojao una estrella a la niña que yo adoro...
Tres horas más tarde, había perdido el norte. La niebla era una esfera sólida que le ocultaba el brillo del firmamento y las luces familiares de la costa, un muro impenetrable que le forzaba a remar en círculos sin advertirlo, y la red permanecía vacía, sin lastrar el avance de la barca la prodigiosa cosecha de cardumen que anhelaba y por la que rezaba a todos los dioses cuyos nombres conocía. No había milagros en la mar, los monstruos submarinos pugnaban ya por él antes de devorarlo y Viky tendría que aprender a escuchar a los ausentes.
La noche era eterna, jamás amanecería, nunca brillaría ante la proa la derrota del retorno. Estaba prisionero en una cárcel líquida con cadena perpetua de espumas y caracolas de hielo.
Lloró mientras murmuraba una jabera:
Cuántos suspiros me debes
vereíta de la mar,
cuántos suspiros me debes.
Que se levante la niebla
y que se llenen las redes,
porque mi niña me espera.
No había camino de regreso. Las manos le sangraron por el esfuerzo afanoso de recuperar el derecho a besar la carita de lirio y jazmín. Y llegó la hora en que ya no le quedaban fuerzas para seguir buscando el rumbo. Tenía fiebre. La mar quería llevárselo con su padre, con su hermano y con Paula. Ellos le esperaban y nunca le permitirían volver junto a Viky con la red preñada de estrellas.
Sintió que lo material se esfumaba mientras su cabeza colgaba sin fuerzas sobre la borda.

-Te lo advertí –le amonestó el padre en los torbellinos del delirio.
-Fuiste un loco –reprochó Pedro en los latidos que se espaciaban debilitándose.
-Mi niña llora –suspiró Paula en el vértigo de la profundidad que iba a engullirle.
La niebla se había convertido en una piedra negra, dentro de la cual no había movimiento ni besos de la brisa. Inmóvil, condenado al silencio eterno de un limbo silencioso.
Pero... ¡algo traspasaba la piedra! Ya no era un cuchillo helado, sino la caricia suavemente punzante de un alfiler que le retornaba a la realidad; las gotas estallaban en sus mejillas, en su frente y en sus párpados, y no era lluvia porque venían de abajo, de la negrura del mar a pocos centímetros de su cabeza abatida.
El boquerón , que nunca dejaba de visitarlo intermitentemente, le aconsejó saltando cerca de su frente:
No desespere. La niña ate espera.
Abrió los ojos cuando creía que permanecerían cerrados para siempre. Llena a reventar, la red contenía un universo de estrellas. Apresados, los boquerones eran tan numerosos, que saltaban en el agua armando una algarabía de burbujas luminosas convertidas en proyectiles de agua salada.
Contempló en trance el chisporroteo, igual que la más bella constelación de estrellas, preguntándose cuál era la luz que hacía refulgir los boquerones.
Rescatado del naufragio de fiebre y desesperación, descubrió incrédulo que el haz luminoso de la Farola del puerto de Málaga rompía a ráfagas la neblinosa piedra negra y le señalaba la estela que le conduciría junto al lecho de Viky.
Había pesca suficiente para pagar la casa de muñecas.